Por Pedro Gonzalez.
Confieso que me costó dormir estas últimas noches. No por remordimientos —eso lo dejo para los moralistas de salón que tuitean desde sus áticos en Miami—, sino por el placer culpable de ver cómo la historia se escribe en tiempo real con la tinta de un tipo que todos creían acabado.
Hace un mes les conté cómo Donald J. Trump, el vendedor de pisos fantasma y casinero quebrado, estaba jugando la partida geopolítica más brutal del siglo. Les dije que superaba a Maquiavelo. Hoy, con Nicolás Maduro esposado en una celda de Brooklyn esperando su comparecencia mañana, les digo que lo ha enterrado vivo. Y no ha perdido una sola mano. Ni una.
El jugador de truco venezolano
Le llamaban “el hijo de Chávez”, “el buss driver que llegó a presidente”, pero en la mesa grande era el clásico jugador de truco: mucho grito, mucha envido, mucha mentira. Robaba elecciones como quien roba cartas debajo de la mesa, amenazaba con misiles rusos mientras pedía préstamos chinos, y vendía petróleo sancionado como si nadie se diera cuenta.
Trump no gritó. Subió la apuesta en silencio: bloqueos navales, recompensa de USD$ 50 millones, strikes quirúrgicos a lanchas cargadas de blanca. Y el 3 de enero, en la madrugada caraqueña, entró al palacio con Delta Force como quien entra a un casino endeudado: limpió la mesa. Maduro y su esposa fueron arrastrados en pijama hacia un helicóptero, goggles negros, rumbo a Nueva York. Fotos incluidas, cortesía del crupier en jefe.
Los medios serios esperaban resistencia épica, guerrilla urbana, intervención rusa o china. Nada. El jugador de truco se dobló. O, mejor dicho: pactó la entrega.
Porque el show fue demasiado perfecto. Demasiado limpio. Fuentes filtradas hablan de llamadas en noviembre, ultimátums velados, off-ramps rechazad, hasta que el buss driver entendió que la próxima carta era un misil en su bunker.
Por ello, se rindió con dignidad de telegrama: “cooperaré si me tratan bien”. Y Trump, generoso, le dio el escenario que quería el rebaño progresista: el “secuestro imperialista” para que pataleen, mientras el petróleo empieza a fluir hacia tanqueros americanos.
Las viudas del buss driver
Y ahora llegan las viudas. Externas e internas. Desorientadas, sin saber cómo defenderse del canto que va a soltar Maduro ante los tribunales yanquis.
Por su partem, Cuba llorando a sus 32 “asesores” caídos, Irán gruñendo desde lejos, China llamando a “liberar inmediatamente” al narco-tirano que le debía favores y los europeos woke con sus comunicados tibios sobre “soberanía” mientras especulaban con petrodólares sucios, patalean como exnovias celosas. ¿Cómo van a justificar que su títere favorito hable? —porque hablará—. El joker canta cuando le aprietan, y cuando salgan los detalles —sobornos a campañas progresistas, lavado en fondos verdes, alianzas con la pandilla de Soros—, nadie dudará. Ni los más hipócritas, porque el canto será música para los fiscales de Nueva York.
Las internas son más patéticas todavía. Esos chavistas de pura cepa, esos los militares que tienen su lema tatuado en el alma: “leales siempre, traidores nunca”, se quedaron calladitos, cuadrándose firmes ante el amo americano. Delcy Rodríguez balbucea sobre “diálogo respetuoso”, Padrino activa las fuerzas pero para “garantizar soberanía” sin disparar un tiro, Cabello mira al suelo. ¿Cómo justifican la traición? Con silencio pragmático, porque es mejor vivos y con algo de petróleo que muertos por un buss driver que ya se doblegó. La lealtad se evapora cuando el crupier reparte las cartas nuevas.
Maduro, el joker magistral
Ahora el expresidente es la carta comodín en la manga de Trump. No un rey, no una reina: un joker loco, impredecible, que sirve para cualquier jugada.
¿Quieren pruebas de corrupción demócrata? Maduro hablará. De los sobornos millonarios a campañas progresistas, del lavado de petrodólares venezolanos en fondos europeos “verdes”, de cómo la pandilla de Soros financiaba ONGs que defendían al régimen mientras gritaban “democracia”, y lo más jugoso: de la trama completa para robarle las elecciones de 2020 a Trump. Dinero venezolano canalizado a estados clave, intervención en sistemas de conteo, pagos a funcionarios locales para “ajustar” resultados nocturnos. Todo documentado, todo con nombres, fechas y transferencias. El joker no canta mentiras, canta con recibos.
Los globalistas —esos que venden “valores” mientras especulan con la miseria ajena, que financian revoluciones de color pero cierran los ojos ante narco-estados si hay negocio— están sudando frío. Porque este joker puede voltear la mesa entera y demostrar que el gran robo no fue en Caracas, sino en Atlanta, Detroit y Filadelfia.
Trump, sonriendo desde Mar-a-Lago, ya anunció que “vamos a manejar Venezuela” hasta que el petróleo pague la fiesta. Y de paso, pagará la limpieza de casa. Cual cacinero, cuenta los billetes de miles de millones en crudo pesado que pronto fluirán libres; las empresas americanas entrando a PDVSA como dueños de casa. Y el mensaje al mundo es claro: si juegas truco contra mí, terminas de joker, o debajo de la mesa.
No obstante, esta partida sigue. Para algunos es horror puro. Pero, para mí, y cada vez con menos culpa, es la crónica del mayor crupier que ha pisado el planeta desde que Maquiavelo escribió su manual.
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(Nota: las ideas expresadas son netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder 3.0)