Por Carlos Infante, abogado.
Desde su ascenso al poder en 2022, Giorgia Meloni no solo ha consolidado un liderazgo interno histórico, sino que ha devuelto a Italia una centralidad diplomática que el país no lograba articular en décadas. Tras años de una política exterior supeditada a los ejes de poder de potencias como Francia o Alemania, la actual administración ha logrado posicionar a Roma como un pilar fundamental en la toma de decisiones del continente.
La trayectoria de Meloni es el resultado de una evolución política constante. Desde sus inicios como dirigente estudiantil hasta su ingreso en la Cámara de Diputados en 2006, su carrera ha estado marcada por una coherencia ideológica que culminó en la fundación y posterior presidencia de Fratelli d’Italia. Bajo su dirección, la formación transitó de ser un actor secundario a convertirse en la fuerza política predominante, logrando conectar con un electorado joven mediante una síntesis entre el conservadurismo nacionalista y una visión pragmática de la derecha moderna.
A diferencia de sus predecesores, cuya retórica se alineaba estrictamente con el consenso de Bruselas, Meloni introdujo una narrativa disruptiva. Al cuestionar abiertamente las políticas migratorias y los marcos comerciales de la Unión Europea —entonces definidos por la hegemonía progresista de la era Merkel-Macron—, la Primer Ministro italiana logró capitalizar el descontento social derivado de la crisis energética y los desafíos de seguridad regional.
La crisis multidimensional que atraviesa Europa, exacerbada por el conflicto en Ucrania y las tensiones en la gestión de fronteras, ha validado el discurso de una “Europa de las Naciones” que Meloni abandera. Su consigna sobre la ciudadanía como un derecho que se ejerce con responsabilidad ha resonado más allá de las fronteras italianas, impulsando un auge de movimientos similares en países como España, Francia, Alemania y los Países Bajos.
Este fenómeno ha fortalecido los vínculos con figuras como Santiago Abascal en España o Marine Le Pen en Francia, creando un frente que desafía el statu quo del progresismo europeo y busca una reestructuración de las instituciones comunitarias hacia modelos más estrictos en defensa y soberanía económica.
El impacto de Meloni trasciende el ámbito continental. En el plano global, ha demostrado una notable capacidad para forjar alianzas estratégicas basadas en la afinidad ideológica y el beneficio mutuo. Ejemplo de ello es su estrecha relación con el presidente argentino Javier Milei, con quien ha dinamizado acuerdos económicos y diplomáticos de gran calado.
Sin embargo, es su relación con la administración de Donald Trump en Estados Unidos lo que define su nuevo estatus internacional. Al posicionar a Italia como el aliado europeo más confiable para Washington, Meloni ha logrado un desplazamiento táctico frente a las relaciones históricas que EE. UU. mantenía con el Reino Unido o Francia. Esta conexión, que algunos analistas comparan por su solidez a la dupla Thatcher-Reagan, sitúa a Roma en una posición de ventaja estratégica sin precedentes en la era moderna.
Es así como Giorgia Meloni ha demostrado ser una estratega capaz de transformar la ambición política en estabilidad institucional. Al combinar un discurso firme e inflexible con una gran habilidad para las relaciones humanas y diplomáticas, ha logrado lo que parecía inalcanzable: situar de nuevo a Italia en el centro del tablero geopolítico global y consolidar el mandato más estable y duradero de la historia reciente del país.