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Imagen ilustrativa sobre sobre cómo las personas racionales se ganan el rechazo de las personas que solo se guian por la emoción, que no siempre es sensata (ContraPoder News / AI: Gemini)

Guía práctica para perder amigos y seguidores defendiendo la libertad

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Paola Piotti, abogada, activista por la libertad y líder del Capítulo de Lola Tarija en Bolivia

Los liberales, por el contrario, no nos vendemos como mesías, sino como pensadores incómodos que desafían las narrativas populares con la incómoda verdad de que la perfección social no es alcanzable por medio de buenas intenciones, sino por un respeto inquebrantable a las libertades individuales.

Paola Piotti

Tras años involucrada en la divulgación de las ideas de la libertad, observando colegas y amigos enfrentando públicos diversos de universidades públicas y privadas, de ambientes empresariales y académicos, escogiendo estratégicamente las palabras a utilizar con aquellos auditorios, y habiéndolo experimentado por mi cuenta, me he enfrentado a una verdad difícil de digerir: el liberalismo genera antipatía no por el cómo dice las cosas, sino por las cosas que dice. Culpa de la razón, que rara vez es carismática.

El sacrificio de caer mal ha funcionado como un filtro eficiente en el campo de la divulgación de las ideas. No todos los liberales están dispuestos a enfrentarse al escarnio público, las acusaciones de insensibilidad y, por supuesto, los memes, los grandes temidos de la comunicación política en el siglo XXI. La tentación de caer bien ha arrojado a muchos hacia el omnipresente concepto de la moderación. Pero si alguna vez has tomado en serio las ideas liberales, sabes que moderarse no es una opción. Las ideas que realmente importan, aquellas que desafían el status quo, son siempre las más incómodas. Defender la libertad se ha convertido en una nueva forma de heroísmo… o de inmolación social.

Sin embargo, no sólo exponerte a públicos masivos defendiendo la libertad conlleva riesgos. La realidad es que incluso hacerlo dentro de una cena con amigos, un almuerzo familiar o una pequeña participación en clases puede desencadenar un descenso de la opinión del resto sobre ti.

Si estás dispuesto a asumir los desafíos y, sobre todo, asumir las pérdidas, aquí tienes una corta y práctica guía para perder amigos y seguidores defendiendo la libertad:

PASO 1. Ignora las emociones: prioriza el principio por sobre el sentimiento.

Fue durante un debate sobre la desigualdad en la facultad de economía de la universidad pública de mi ciudad cuando contemplé por primera vez el efecto que una verdad incómoda genera en una multitud ansiosa por soluciones mágicas y empáticas hacia los problemas que los aquejan. Tras los minutos iniciales de introducción por parte del debatiente socialista sobre los efectos de la desigualdad, el debatiente liberal lanzó la afirmación que silenció la sala: “La desigualdad en términos absolutos es un fenómeno natural…” No importó demasiado el razonamiento lógico e innegable de su frase, ni sus intentos de ejemplificar la misma. Para la gran mayoría de los asistentes, que ya habían proyectado en sus mentes las crueles imágenes de la desigualdad económica a través de niños mendigando, el sólo inicio de su afirmación ya había supuesto una defensa a que esos niños continuaran en las calles.

Evidentemente, el debatiente liberal se transmutó en un ser desprovisto de emociones, porque, siendo francos, es un espacio del tablero de ajedrez político en el que los liberales poseemos poca o nula experiencia. Hay movimientos que ganan adeptos prometiendo consuelo, sociabilizando los problemas y redistribuyendo culpas. Frente a ello, el liberalismo contrataca recordando la responsabilidad individual. Estamos en desventaja.

Ignorar las emociones es una tarea complicada cuando se trata de defender principios liberales, ya que partimos de una base racional: no todos los problemas sociales tendrán una solución inmediata, ni mucho menos una solución cómoda. El liberalismo es consciente de sus limitaciones, a diferencia de otras corrientes de pensamiento que se autodenominan salvadoras de la humanidad y creen poseer la llave a la construcción de utopías. Los liberales, por el contrario, no nos vendemos como mesías, sino como pensadores incómodos que desafían las narrativas populares con la incómoda verdad de que la perfección social no es alcanzable por medio de buenas intenciones, sino por un respeto inquebrantable a las libertades individuales.

Podría ser una estrategia plausible, si no te sientes cómodo con el mote de “insensible”, recordar que los principios que defiendes tendrán un efecto mayor en reducir y prevenir la cantidad de niños mendigando en las calles. Sin embargo, no te garantizo que un gran número de tus amistades concuerde con la gradualidad del cambio que tus ideas plantean. En este punto, sería apropiado recordarles que el liberalismo promueve las iniciativas privadas de caridad para la atención de las causas que los conmueven y que, en la mayoría de los casos, resulta más empático quien dona a una causa noble que quien le exige cómodamente al Estado que haga algo al respecto, consciente de que su pedido no será atendido, delegando la empatía.

PASO 2. Entrégate a la magia de los números: habla con jerga técnica, las cifras y los datos son tus amigos.

Existe un adjetivo que se utiliza con frecuencia para intentar descalificar a los liberales: economicista. Aunque, si te soy sincero, con el tiempo este término ha pasado de ser una ofensa a un trofeo de honor. Al final, ¿quién no querría ser etiquetado como alguien que prefiere datos tangibles sobre simples narrativas anecdóticas?

El liberal, ese ser obsesionado con números, se siente genuinamente más cómodo citando estadísticas que discutiendo las historias emocionales de la Tía Marta y su emprendimiento de gaseosas. Claro, a Tía Marta le fue mal por no entender la realidad del mercado, pero a lo que realmente deberíamos prestar atención es a la inmensa cantidad de emprendimientos que fracasan debido al aplastante peso de los impuestos y las barreras regulatorias impuestas por el Estado. ¿No es más relevante hablar de cómo las altas tasas impositivas y la sobre-regulación impiden que miles de pequeñas empresas se formalicen que contar la historia de una mujer que no entendió cómo competir con los gigantes de la industria?

Pero, por supuesto, eso requiere números. Es en el arte de citar cifras donde el liberal brilla. No es de extrañar que se haya perfeccionado en el uso de términos como la curva de Laffer, el índice de libertad económica o el índice de facilidad para hacer negocios. Es mucho más efectivo bombardear con estadísticas que hacer una introspectiva emocional sobre cómo un mercado libre podría haber salvado a Tía Marta, porque al final del día, los números no mienten.

La belleza de usar números es que, aunque nadie los entienda realmente, todos asumirán que están diciendo algo importante y complejo. ¿Quién podría cuestionar que un país con un índice de libertad económica más alto tenga un PIB per cápita más grande? El simple hecho de mencionar el índice de Gini hace que la mayoría se quede en silencio, asintiendo, mientras tú, con una sonrisa interna, sabes que no tienen ni idea de qué estás hablando. Pero es lo de menos; el objetivo es hacer que el peso de los datos recaiga sobre tus oponentes, no para convencerlos (es demasiado tarde para eso), sino para que se sientan pequeños frente a la arrogancia de los números.

PASO 3. Debate las creencias populares: haz que la gente se cuestione todo lo que sabe.

Si tus amigos y seguidores han logrado sobrevivir a tu posición economicista e insensible, entonces el Paso 3 será el golpe final para que todos decidan cerrar sus puertas y bloquear tu número. Porque, seamos honestos, no hay nada más irritante que un cuestionamiento constante a las bases morales en las que la mayoría ha cimentado su existencia. Y si tú, como liberal, te atreves a desafiar esas bases, prepárate para que tu círculo de afectos se reduzca drásticamente.

Tómate un momento y reflexiona sobre ello. ¿Qué factores han influido en tu visión del mundo? ¿Realmente has explorado filosofías diferentes a las que te enseñaron en la escuela? ¿Te sientes moralmente obligado a algo solo por vivir en sociedad, como si debieras una deuda eterna a tus conciudadanos? ¿Cuánto de tu pensamiento es fruto de un proceso racional y cuánto es simplemente un producto de la imposición social que aceptaste sin cuestionar? Hazte estas preguntas, y si te atreves a ser honesto contigo mismo, te sorprenderás con las respuestas.

Ahora, imagina que alguien ajeno a ti, con quien compartes apenas una pizca de afinidad, empieza a desmantelar tus creencias más profundas. Esa persona no solo pone en duda tus respuestas emocionales o tus intuiciones; te exige que revises los cimientos de tu pensamiento moral. ¿Cómo te sentirías? Probablemente no muy bien. De hecho, te sentirías como si te estuvieran atacando directamente en la psique.

Este es el tipo de enfrentamiento que el liberal debe estar dispuesto a tener. No es solo sobre debatir políticas públicas o números económicos, es sobre poner en tela de juicio lo que la gente cree sobre el bien común y la justicia social. Hacerles ver que muchas de sus creencias populares y bienintencionadas sobre el estado de bienestar o la redistribución de la riqueza son, en realidad, mitos que jamás se han sometido a un análisis crítico. Eso, sin duda, será la parte más irritante de todo este proceso.

En el juego del bingo de situaciones irritantes, este paso se lleva el premio mayor. Porque no basta con lanzar datos o corregir falacias, se trata de desarmar un conjunto de creencias profundamente arraigadas en el sentido común, y muchas veces, el sentido común es el enemigo más fuerte.

El compromiso con las ideas de la libertad no es para cualquiera. Nadie, por muy amable, atento o sensible que pretenda ser al hablar de estos temas, podrá ser ajeno a las acusaciones comunes que todos compartimos, porque, nuevamente, no se trata de cómo lo decimos, se trata de lo que decimos y lo que enfrentamos. Se trata, en todo caso, de reconducir el camino hacia la razón, uno que no todos están dispuestos a transitar.

Finalmente, perder algunos amigos por defender la libertad no es un error en sí, es un ejercicio de coherencia moral… y un excelente filtro social.

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John R. De la Vega, P.A.

Immigration Law
  • Asilo
  • Representaciones en la corte de inmigración
  • Peticiones familiares

John De la Vega es un abogado venezolano-americano que ha ayudado mucho a la comunidad venezolana e hispana en sus procesos migratorios en los Estados Unidos.

John R. De la Vega, P.A.

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John De la Vega es un abogado venezolano-americano que ha ayudado mucho a la comunidad venezolana e hispana en sus procesos migratorios en los Estados Unidos.

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