Por Oriana Aranguren, licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Senior de EsLibertad Venezuela[*].
El pasado 24 de junio (2026), la tierra tembló dos veces con una violencia que mi memoria jamás olvidará. Día feriado en Venezuela, por tanto, no laborable, la mayoría de las personas se encontraban descansando en sus casas o en asuntos familiares cuando el doblete sísmico de que sacudió a Venezuela, con magnitudes de 7.2 y 7.5, fracturó el pavimento y derribó estructuras enteras en el norte del país. Muchos me cuentan que creyeron que era un «temblor normal», como esos que siempre han ocurrido en el país varias veces, pero pronto nos dariamos cuenta de la magnitud del desastre que desgarro el tejido cotidiano de miles de familias.
Cuando el estruendo cesó y el polvo comenzó a asentarse sobre la costa, el panorama en La Guaira era desolador: el principal puerto incomunicado, infraestructuras hechas añicos y un silencio pesado que pronto fue sepultado por los gritos de auxilio. Al ver las primeras imágenes de algunas zonas de Caracas, pero, especialmente, las imagenes aéreas de Caraballeda y Catia La Mar, con edificios de varios pisos reducidos a escombros y cerros que se habían venido abajo, supe que no podía quedarme de brazos cruzados. Sentí una mezcla de terror y profunda empatía que me obligó a moverme, transformando la impotencia en acción inmediata. Me fui de voluntaria a apoyar en lo que pudiera, al igual que miles de otros venezolanos de bien.
Llegar a la zona más afectada como voluntaria significó chocar de frente con una realidad brutal que los noticieros no logran transmitir. El olor a concreto pulverizado, el eco de las réplicas que ponían a temblar las piernas y las miradas desorbitadas de quienes lo habían perdido TODO en cuestión de minutos marcaron mis primeras horas en el terreno. La sociedad civil, con sus limitados conocimientos y herramientas, movidos por la solidaridad, se organizó rápido, entre el caos y las lágrimas, para remover escombros con las manos desnudas o con lo que tuviéramos a la mano, buscando señales de vida.
Sé de algunos que lograron ayudar a sus vecinos a salir de los escombros, y cada vez que lograban sacar a alguien con vida, la emoción contenida estallaba en un llanto colectivo que les devolvía las fuerzas. No obstante, éste no fue mi caso, a mi grupo, a pesar de los esfuerzos, nos tocó enfrentar, al igual que muchos otros, el dolor insoportable de recuperar cuerpos sin vida y consolar —si es que acaso es eso posible— a algunos familiares atrapados en el desespero. La tragedia se sentía a flor de piel, en cada caja de suministros que cargábamos, en cada botella de agua que racionábamos y en el cansancio físico que desaparecía ante la urgencia de ayudar.
En medio de ese dolor, la indignación no tardó en aparecer al constatar el abandono institucional. Mientras la emergencia humanitaria escalaba y los hospitales locales colapsaban por la falta de insumos, el Estado venezolano demostró una alarmante incapacidad y negligencia para atender la crisis como correspondía. Las respuestas oficiales fueron lentas, burocráticas y totalmente insuficientes para la magnitud de un desastre que dejó miles de edificios destruidos y un saldo trágico de vidas perdidas. Faltó maquinaria pesada, faltó coordinación logística y, sobre todo, faltó la voluntad de proteger a los más vulnerables en el momento más crítico. La ausencia de un plan de contingencia real dejó en evidencia que las prioridades de quienes gobiernan están muy alejadas de las necesidades del ciudadano de a pie.
Sin embargo, lo que el gobierno no pudo o no quiso hacer, lo resolvió la propia población a fuerza de pura solidaridad. Buena parte de la salvación de La Guaira no llegó en caravanas oficiales, sino en las manos de la misma gente afectada, de los vecinos que arriesgaron sus vidas para salvar a otros y de las oleadas de voluntarios civiles que llegamos desde distintas partes del país. Vimos a personas que habían perdido sus propias casas compartiendo lo poco que les quedaba, organizando cocinas comunitarias y tejiendo redes espontáneas para distribuir medicamentos y ropa. Esa resiliencia y hermandad genuina demostraron que el corazón de Venezuela sigue latiendo con fuerza en su gente. Fuimos nosotros, o en presente, somos nosotros… los ciudadanos unidos por el dolor y el amor a nuestra tierra, junto a la ayuda internacional que llegó apenas pudo —sin duda alguna, muy necesaria—, quienes hemos sostenido al país, aunque todo lo demás se caiga a pedazos. Y seguiremos siendo nosotros, también aceptando la ayuda internacional que disponga hacerlo, quienes mantengamos a flote este país, a pesar de las circunstancias.
[*] Apedagos a la solicitud de la autora, no se colocó fotos en esta oportunidad, dado el mensaje y el contexto que dió origen al texto.