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Imagen ilustrativa de la Libertad (ParentRap / Pixabay)

La libertad como hecho político

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Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Local Senior de EsLibertad Venezuela.

“(…) la política representa la herramienta que surgió en la sociedad para gestionar nuestras diferencias sin matarnos. Es decir, constituye la alternativa civilizada a la ley de la selva..”

Oriana Aranguren

Imagina a una persona viviendo sola en una isla desierta, en medio del océano. Allí posee una autonomía absoluta sobre sus acciones: puede caminar hacia donde guste, gritar al viento o callar durante días. Nadie le dicta normas, nadie le exige tributos ni cuestiona sus elecciones. Y, sin embargo, en ese aislamiento, el concepto «Libertad» carece de sentido. Quiero decir, sí, existe la posibilidad física de hacer lo que quiera, dadas sus circunstancias —la mera supervivencia—, pero la libertad en su sentido más humano precisa de un escenario distinto, dado que nace en el instante en que aparece el otro, cuando dos o más voluntades se cruzan y descubren que deben compartir el mismo espacio, los mismos recursos y el mismo horizonte. Es ahí donde la libertad deja de ser una abstracción para transformarse en un desafío, uno que se llama «política».

A menudo contemplamos la política con un celo justificado. La asociamos con palacios de gobierno, maquinarias burocráticas, discursos vacíos y luchas encarnizadas por el poder. Esta mirada escéptica resulta comprensible ante los abusos que han marcado la historia humana. Pese a ello, en su raíz más limpia, la política representa la herramienta que surgió en la sociedad para gestionar nuestras diferencias sin matarnos. Es decir, constituye la alternativa civilizada a la ley de la selva. En lugar de resolver las discrepancias mediante la fuerza bruta del más apto, la política abre un espacio de palabra, acuerdo y deliberación. Sin política, la libertad de unos se convierte de inmediato en la condena de otros; pero con política legítima, la libertad busca convertirse en un derecho garantizado para todos.

Esto quizá choca con la tentación recurrente de percibir a las leyes y a las instituciones como cadenas que sofocan la autonomía individual, y ciertamente las normas imponen límites y condicionan ciertas decisiones cotidianas. No obstante, si reflexionamos un poco nos daremos cuenta que la libertad necesita fronteras claras para no autodestruirse. Sin un marco institucional que proteja a los débiles y contenga los excesos de los poderosos, la libertad se reduce al privilegio de unos pocos. Por ejemplo: un semáforo en una esquina transitada parece una restricción cuando la luz está en rojo, pero en realidad permite que miles de vehículos circulen con seguridad sin colisionar. De manera análoga, los acuerdos políticos trazan los rieles sobre los cuales la libertad individual puede desplegarse sin temor a la violencia ajena.

Para comprender la riqueza de este vínculo, conviene explorar las dos caras fundamentales que componen la libertad cotidiana. Por un lado, necesitamos la tranquilidad de que nadie interfiera de manera arbitraria en nuestras decisiones íntimas: qué pensar, en qué creer, a qué dedicarnos o cómo construir nuestro proyecto vital —esta dimensión nos resguarda del control sofocante del Estado o de la mayoría moral de turno—. Por otro lado, la simple ausencia de prohibiciones resulta insuficiente si carecemos de las condiciones materiales y sociales para actuar, que se ven truncadas cuando el Estado interviene activamente en cada ambito de la vida de los ciudadanos —porque si va a existir, al menos debería solo promover los medios activos que permiten a cada individuo materializar sus capacidades reales, que es: defender la libertad y la propiedad de los ciudadanos—.

Precisamente por esto es peligroso que el ciudadano se repliegue hacia la esfera estrictamente privada —que, en la Grecia antigua es precisamente lo que definía al «idiota»—, porque pone en riesgo su libertad. Cuando la población desatiende los asuntos públicos y considera que la política es un territorio ajeno o sucio, genera un vacío peligroso que tienden a ser ocupados rápidamente por grupos de interés, sectores autoritarios o élites dispuestas a decidir por el resto. Por ello, la apatía ciudadana es el suelo más fértil para la tiranía. Mantener viva la libertad exige una actitud de custodia constante, una disposición a participar, cuestionar y vigilar las decisiones de los gobernantes. De hecho, la libertad privada se sostiene, en última instancia, sobre el pilar de la responsabilidad pública. Quien renuncia a la política termina aceptando que otros diseñen el marco de su propia existencia.

Asimismo, la política saludable exige abrazar la pluralidad como un valor enriquecedor y no como una amenaza. Una sociedad libre jamás será uniforme ni monolítica. La diversidad de opiniones, estilos de vida, prioridades y visiones del mundo es la consecuencia natural de permitir que las personas piensen por sí mismas. El conflicto de ideas resulta inevitable en cualquier comunidad abierta. La clave del éxito político reside en canalizar ese desacuerdo a través de vías pacíficas y mecanismos democráticos. La negociación, el debate respetuoso y la búsqueda de consensos provisionales permiten que posturas opuestas convivan sin destruirse. La verdadera libertad política se mide por el grado de seguridad y respeto que otorga a las voces disidentes y a las minorías.

A lo largo de la historia se percibe con claridad que la libertad dista de ser un objeto estático conquistado de una vez y para siempre, más bien funciona como un organismo vivo que requiere cuidado constante, oxigenación y renovación. Cada época trae consigo nuevos desafíos: avances tecnológicos que amenazan la privacidad, desigualdades económicas que algunos consideran un problema y quiebran la cohesión social, o discursos polarizadores que erosionan la confianza mutua. Frente a estas amenazas, la política permite que la comunidad ajuste sus normas para proteger la dignidad humana, que se consigue solo protegiendo la libertad. Por ello, defender la libertad en este siglo implica involucrarse activamente en los debates públicos, exigiendo instituciones transparentes, educación de calidad y espacios reales de participación.

En conclusión, la libertad y la política forman un binomio inseparable. Separar la autonomía personal de la vida comunitaria representa un espejismo insostenible. La libertad cobra verdadero significado cuando nos reconocemos como seres interdependientes, capaces de moldear juntos el destino de la sociedad que habitamos. Al asumir nuestro papel como actores políticos, protegemos nuestra capacidad individual de elegir y, al mismo tiempo, honramos la promesa de un mundo donde cada persona pueda desarrollarse, en función de sus decisiones. Ser libre es, en última instancia, asumir la responsabilidad compartida de construir y cuidar el hogar común.

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John R. De la Vega, P.A.

Immigration Law
  • Asilo
  • Representaciones en la corte de inmigración
  • Peticiones familiares

John De la Vega es un abogado venezolano-americano que ha ayudado mucho a la comunidad venezolana e hispana en sus procesos migratorios en los Estados Unidos.

John R. De la Vega, P.A.

Immigration Law

John De la Vega es un abogado venezolano-americano que ha ayudado mucho a la comunidad venezolana e hispana en sus procesos migratorios en los Estados Unidos.

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