Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).
Sin caer en números, posibilidades, encuestas y favoritismos, es de asumir que el gobierno de Trump está en el umbral de enfrentar el más importante cataclismo político de su segundo gobierno, y el opositor Partido Demócrata en ciernes de ejecutar su arrase electoral, donde se apodera del Congreso en ambas cámaras y de múltiples gobiernos locales y regionales. Esto los hace de pleno derecho socios del poder, a juro, muy a pesar de los deseos del presidente, pero socios al fin.
Es el mecanismo. Así ha trabajado en dos siglos y medio. Trump no irá en contra, y él mejor que nadie tiene su lección aprendida de lo ocurrido el 6 de enero de 2021.
El abrumador control demócrata establece la respuesta a una crisis más que constitucional, relativa a los usos y costumbres, a la manera de ejercer la presidencia de los Estados Unidos. Trump no ha cometido —hasta ahora— nada ilegal, pero la radical naturaleza mercantil y monetarista de su estilo de gobernar ha prendido las alarmas de la nación y de sus aliados.
El descubrimiento y fascinación de la administración Trump de encontrar decididas similitudes mercantiles y monetaristas igualmente en la nomenclatura chavista, y sus acólitos opositores, han marcado el año 2026 para Venezuela. Lejos quedó cualquier expectativa de saneamiento institucional o control directo del poder por parte del tutor ocupante militar. Desechado Maduro y Cilia, era y es la hora de los negocios. Los socios venezolanos han sido descubiertos como serviles eficientes adoradores del dinero y el poder, por lo que pueden permanecer. El resto, veremos.
Esto implica que un cambio de socio (Gobierno) en Venezuela, hoy por hoy, no es parte de la agenda de Trump. Es muy posible que en el nuevo reparto del poder los demócratas consientan que la política venezolana trazada por la Casa Blanca continúe, con concesiones proclives a cierta transparencia de los dineros habidos y por haber, y blandengue presión demócrata por algún aceleramiento para nombrar TSJ y CNE.
Ah, pero también faltarán normas, instructivos y reglamentos que se llevarán el 2027 en hacerse. Quiere decir “no elecciones”, eventualmente, para dolor del grupo político que muy mal supuso que eran a ellos a quienes les tocaba ocupar los salones del éxtasis del mirafloreo. Pues no: después del 3 de enero, no fue así.
Los demócratas tendrán que auditar algunas cosas, pero no derribar lo que Trump ha venido haciendo de fondo en Venezuela. El concepto que otorga inmunidad donde los intereses partidistas en el norte convergen, se respetan y colaboran se conoce como: seguridad nacional. El petróleo es un bien considerado de importancia en la preservación de la seguridad nacional. Venezuela es petróleo. Venezuela y lo hecho allí pertenece a dicha esfera de protección e inmunidad, que no se puede arriesgar en permitir gobiernos cabreados y contestatarios. Delcy y su exsancionado hermano demostraron ser viables a los objetivos perseguidos por Estados Unidos. Se quedan. Punto.
La crisis en el Medio Oriente refuerza esta posición. Los poderes nombrados por el diálogo serán producto de la actual encerrona. El pacto de Mar-a-Lago es totalmente arepresentativo, pero el necesario a los intereses de la superpotencia.
Estados Unidos conoce a fondo el contubernio entre chavistas y asambleístas 2015. Para muestra un botón: el caso de defensa venezolana en las cortes donde se buscaba liquidar a Citgo, conocidos en el ambiente legal local como las “Venezuelas”.
¿Todo lo anterior algo gatopardiano, verdad? Absolutamente. Esto es lo que hay.