La Biblia, especialmente el Antiguo Testamento, habla de la ira de Dios y de cómo el hombre, provisto de libre albedrío, al apartarse de la sabiduría —entendida como comunión sincera con su Creador— y entregarse al pecado, recibe el merecido y terrible castigo.
La mujer de Lot fue convertida en mogote de sal por desobedecer la instrucción divina de huir de Sodoma y Gomorra sin mirar atrás. El arca de Noé fue construida para salvarlo a él, a su familia y a los animales de la creación. Las siete vacas flacas del sueño del faraón de Egipto —aquel que debía su supervivencia ante la inminente hambruna a un modesto joven hebreo, intérprete de sueños e investido de la gracia de Dios, vendido por sus hermanos como esclavo— anunciaron siete años de escasez tras siete de abundancia.
En otras palabras, como decía mi abuela Ángela: “Dios castiga”. ¿Pero por qué se enseña esto con Venezuela? ¿Por qué en 27 años no pegamos una? Las respuestas están todas con nosotros. Todos sabemos lo que nos ha pasado. Venezuela es una llaga abierta, infestada y adolorida, antes incluso de que este par de terremotos simultáneos devastaran Caracas y se ensañaran nuevamente con Vargas.
El espectáculo de la devastación expone a la banda que aún permanece en el poder, sostenida por la administración Trump. Ellos hacen lo que saben hacer: reprimir, impedir el voluntariado de quienes aún sobreviven, incomodarse ante la ayuda internacional y querer encerrar en un hangar de La Carlota a los corresponsales extranjeros para esconder y evadir la flagrancia de su crimen.
La banda en el poder es el verdadero terremoto que devastó a Venezuela. Destruyó sus instituciones, sus símbolos, su infraestructura, sus hospitales, sus escuelas, sus fábricas y sus industrias. Arrastró la vida de sus ciudadanos al éxodo en todos los confines del planeta, a la cárcel, a la muerte, obligándolos a beber del Guaire para seguir adelante.
Por eso aparecen en la zona de desastre después de los rescatistas salvadoreños o mexicanos. Porque los esbirros no saben rescatar. No les interesa. Ellos no saben servir: reprimen, matan, torturan, encierran y hacen añicos a diario la dignidad de los venezolanos.
En Japón y en otros países proclives a catástrofes naturales cotidianas también hay muertos y heridos. La diferencia es que son menos, la mayoría se salva, ellos siempre están preparados. Nosotros no. Nosotros, muchos años antes de ocurrir el evento, ya estábamos destruidos.
No hay esbirro sin opositor. Este cronista ya está convencido de que, aunque en público veamos fariseísmos, vestiduras rasgadas, lágrimas de cocodrilo, golpes de pecho y dramáticas manifestaciones de pesar, este año no habrá elecciones. Y ese es su verdadero dolor. Como los otros reprimen y matan, si de instintos hablamos, estos impresentables solo tienen uno: buscar hacer elecciones aunque se las roben. ¿Cómo hacer campaña y elecciones con centenares de muertos y desaparecidos?
Los chinos escriben la palabra “crisis” con dos símbolos: uno significa peligro y el otro, oportunidad. Vendrán los líderes paridos de esta desgracia, los genuinos, los indispensables.
Las manifestaciones de solidaridad que vemos con asombro en el pueblo sobreviviente —sin distingo de clase, unidos por el dolor y la hermandad— llevan en su seno la promesa de que la nación no ha sido destruida. Existe. Ha sobrevivido y sobrevivirá al chavismo.
La sanación de la desgracia más larga y destructiva jamás sufrida por nación latinoamericana alguna advierte su dramática caída. Y eso no lo va a poder condicionar ni detener ni siquiera quienes cargaron con Maduro y compañía.