Esta semana, el «Borrego de la semana» vuelve a ser la jerarca del narcorégimen chavista y ahora presirvienta de EE. UU., Delcy Rodríguez, por su reprochable actitud descarada, la manipulación mediática y la insensibilidad frente al sufrimiento humano. A casi un mes de haberse registrado los devastadores terremotos que han cobrado la vida de —oficialmente— más de 5.000 personas —aunque es del conocimiento general que la cifra real de víctimas es significativamente mayor—, la funcionaria ha vuelto a recurrir a su habitual espectáculo propagandístico.
Con esto, lejos de asumir una postura de recato o de gestión eficiente frente a la magnitud del desastre, Rodríguez interrumpió la dinámica de contingencia para montar una puesta en escena grotesca, entregando medallas y reconocimientos a supuestos rescatistas y unidades caninas en un burdo intento de adjudicarse un protagonismo que no le corresponde.
Este «show barato» reincide en la misma estratagema utilizada en los días más oscuros de la tragedia, cuando convocó al personal en pleno despliegue únicamente para escucharse hablar y simular un agradecimiento ante las cámaras. La reacción de los propios equipos que trabajan en el terreno de los hechos ha sido de absoluto rechazo, recordando que la misión no ha concluido y que resulta inaceptable utilizar el dolor colectivo para obtener ganancias políticas.
Es decir, mientras los rescatistas enfrentan la amarga realidad de que ya no se encontrarán sobrevivientes debido a la deshidratación y los estragos del impacto bajo los escombros, la cúpula del régimen demuestra una absoluta falta de empatía y rigor moral, convirtiendo la pérdida de miles de vidas en un circo mediático.
La gravedad de este accionar se evidencia con mayor fuerza al analizar la fase de respuesta posterremoto y posrescate. Según testimonios de expertos en infraestructura y rescate —incluyendo especialistas estadounidenses de origen cubano que acudieron como parte de las labores de apoyo—, la verdadera crisis sanitaria apenas comienza. Con una infraestructura totalmente destruida y sin acceso a agua limpia, las zonas afectadas se perfilan como un inminente caldo de cultivo para la proliferación de infecciones, bacterias y epidemias mortales.
Con todo, en lugar de abocarse prioritariamente a la distribución de medicina, insumos de emergencia, control epidemiológico y a la planificación de la reconstrucción para las familias que lo perdieron todo, el régimen prefiere concentrarse en la farsa de los discursos y la repartición de medallitas.
El contraste entre el deber ser institucional y la conducta de Delcy Rodríguez deja al descubierto la naturaleza farsante de su presencia en el poder, puesto que, de haber existido un interés genuino por los rescatistas o por las víctimas, la funcionaria se habría calzado unas botas de campaña y un casco para adentrarse en la zona de desastre, entregando suministros y ofreciendo apoyo real de forma anónima, sin cámaras, sin grabaciones y sin discursos ideologizados.
Por ello, exhibirse entregando insumos o pretendiendo capitalizar el luto generalizado representa una ridiculez de marca mayor que se traduce en una auténtica barbarie, por cuanto antepone el beneficio y el control político a la dignidad de la sociedad. Todo esto, y más, ratifica a Delcy Rodríguez como el Borrego de la semana, una perversa que queda expuesta ante la opinión pública por su ineficiencia, su miseria moral y su absoluto desprecio por la vida.