Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).
Antecedentes remotos y no tan remotos:
El Pacto de Puntofijo, ese mismo al que siempre se nombra, se extraña, se apela como el deber ser o receta legítima hacia una vuelta a la democracia, es un valor y también nuestra condena.
Su vigencia y no revisión oportuna convirtieron el Estado de derecho y orden de respeto a las libertades públicas en vetusto y sin respuesta.
Derivó en la guanábana, expresión de repartición del poder luego de las elecciones por partidos que aprendieron a convivir y otros que llegaron luego y se orbitaron en el esquema.
La perversión del estancamiento fue obvia: un país que hacía justicia por el surplus de la renta petrolera a través de subsidios. Que, en preservación de sus privilegios y su burguesía a la medida (que luego se acomodó a la medida de Chávez), le dio la espalda a los urgentes problemas nacionales, deslegitimando su naturaleza y fines.
Una vez que la riqueza petrolera se convirtió en endeudamiento, murio la justicia social y la democracia.
Mucha liba y mucho sibaritismo implicó “repensar el Estado”, reformarlo, torneos de intelectualidad y propósitos sin tangibles adaptaciones. El segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez la impulsó; hubo elecciones regionales, el país conoció nuevos políticos, más el desastre de una política económica radical que aún ahora se pretende vender, en apelación de nuestra amnesia crónica antropomórfica que padecemos: como ¡el milagro de los seis meses¡, que este personaje corresponsable por imprudente, dejarlo volver a asistir a mentarle la madre a la banca internacional, para de nuevo aislar financieramente a Venezuela, y de paso y colmo no liberar o reingeniar un sistema de garantías económicas que produzcan ese milagro económico de abajo hacia arriba, sin bravuconerias narcisistas y con reglas claras para que el pueblo venezolano no dependa sino, por fin, emprenda.
¿Elecciones, elecciones, elecciones?:
Esta obsesión política masiva que de facto fue convalidante de la eternidad chavista es una expresión de la degeneración de Puntofijo y su alterabilidad eterna entre sus asociados.
Chávez encuentra a una clase política constituida por comerciantes, cuya misión pro servicio público quedaba en los cargos que ostentan. Ser político a la llegada de Chávez, y aún en la actualidad, era dejar de ser pelabola.
A Chávez le fue muy fácil controlarlo todo: estaba rodeado por adversarios donde todos tenían un precio.
La estrategia “preservó espacios y me cuento en elecciones así me las roben” es una posición de naturaleza mercantil, no política ni de vocación histórica, tremendamente antiética y el origen de la destrucción de Venezuela.
Elecciones como vengan, con muertos e islamistas radicales en el registro electoral, con las máquinas Smartmatic, con los mismos militares en el Plan República y los mismos esbirros merodeando y amedrentando los centros de votación. Increíble.
Rómulo, Jovito y Caldera —este último partero del acabose—, principalmente los dos primeros, jamás pensaron que su acuerdo histórico sufriría una metamorfosis y se convirtiera en el método “Chávez”, donde el chavismo tiene el garrote y los colaboracionistas priorizan el devorar los mendrugos de pan caídos de la mesa del poderoso. La actual negociación, su estilo, talante y resultados, no produce otra certidumbre que nos haga sospechar lo contrario.
Los Estados Unidos avanzan comprometidos en sus intereses. Saben lo que ignora esta clase política mercantil: no puede haber condiciones electorales en estas circunstancias. Normalizan el suministro de petróleo por urgentes razones geopolíticas, someten al chavismo hasta convertirlo en un miserable mandadero (bien hecho).
La colaboración y su incapacidad manifiesta, expresada en elecciones y nada más acá o allá, deja ver el bojote de su radical naturaleza mercantil, en suicidio de un pueblo que dicen representar pero al que se la tienen jurada a destruir, por acción y omisión desde 1999.
Ese pueblo que aún no se le ha puesto a pensar en la Venezuela postchavista, que ve no una reforma institucional sino otra planchitis.
Por medio del petróleo, Estados Unidos no se retira, no se cansa como unos insignes opinadores por ahí profetizan. Los Estados Unidos nos están dando una clase de manejo político excepcional y sin precedentes, con aplicación rigurosa de las lecciones aprendidas en las guerras eternas post 11 de septiembre.
Este diálogo y las reacciones alteradas de aquellos que se resienten al descubrirse no presuntos herederos al trono es un simple proceso darwinista que busca, en base a leyes de selección natural, la desaparición de este hijo bastardo del Pacto de Puntofijo, los usufructuantes del método Chávez de la A a la Z.
Iremos a elecciones en condiciones, y no me extrañaría con otra generación política, pregúntenle a Blanco Fombona, a Gil Fortoul o a Emilio Arévalo Cedeño.