La comunión con los Talibanes

Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).

Opinadores, opositores y algunos chavistas se han volcado en críticas y condenas al acuerdo petrolero. A este cronista le hubiera encantado que un debate de tal rigor se hubiera suscitado con respecto a la invasión cubana, el arreglo chino y ruso, incluyendo la destrucción total de Venezuela y su industria petrolera, cuando Chávez y Maduro estaban en apogeo de sus desmanes.

Al contrario, el debate político en casi tres décadas jamás tocó la invasión cubana, la presencia guerrera colombiana o la actividad del terrorismo musulmán. Todos artificiosamente enceguecidos, portando masivamente unos lentes de “cuero de cochino” —con los pelos pa’ dentro— de las fuerzas invasoras bienvenidas por el chavismo. Nadie hablaba. ¿Ahora sí?

Hemos comentado antes y debemos insistir en hacerlo, porque la clarificación demanda insistencia.

1. Legitimidad. Después del 3 de enero, la legitimidad la posee quien ejerce la fuerza. La Constitución chavista —madre de todas nuestras desgracias—, defendida a ultranza más por opositores que por chavistas, anulable de origen, ha dejado de facto de existir. Estados Unidos legitima los actos con su poder.

La fuerza hace el derecho. Ante el limbo de nuestra condición presente, una acción de corte ante la jurisdicción americana, en interpretación del estatuto y reglamentos donde se basaría nuestro tutelaje: ejemplos y precedentes sobran.

Este cronista interpuso esta pregunta en los foros que me tocó defender al holocausto petrolero. Tenemos registro. Ni el gobierno provisional del triunvirato títere, ni las acciones que comprometen la gobernabilidad y los recursos de la nación se rigen por el absurdo andamio legal chavista.

2. ¿Por qué esta comunión con los talibanes? Lo dijo claro el presidente Trump: “no queremos otro Irak”. ¿Qué pasó en Irak? El régimen de Saddam Hussein fue barrido de la faz de la tierra. Se pretendió imponer un régimen encabezado por el político exiliado Ahmed Chalabi, elemento crucial en persuadir y convencer al Departamento de Estado y al presidente Bush de invadir Irak y desmantelar el régimen de raíz. La misión se cumplió y Estados Unidos declaró victoria. El hipotético régimen de Chalabi no cuajó; la cacareada victoria era solo el principio de la etapa más sangrienta de la guerra.

Igual ocurrió en Afganistán: se pretendió erradicar a los talibanes con un gobierno impopular (Hamid Karzai) que solo hizo —después de cientos de soldados americanos muertos y casi dos décadas de ocupación— retardar el regreso de los mismos talibanes que quisieron erradicar.

Estados Unidos vivió en Latinoamérica el trauma de apoyar el débil liderazgo de Violeta Chamorro en Nicaragua, antesala a la etapa más espantosa del sandinismo.

Estados Unidos, durante los sesenta —trauma colectivo no superado—, apoyó al presidente de Vietnam del Sur, Ngô Đình Diệm, y a su hermano Ngô Đình Nhu, gobierno débil y corrupto, quienes murieron asesinados durante un golpe de Estado en 1963, el preámbulo de la toma total del Vietnam del Norte comunista, que condenó a la muerte a decenas de miles de jóvenes soldados norteamericanos.

Los objetivos de esas intervenciones no fueron cumplidos. Ellos quieren otro resultado para Venezuela: el proveedor seguro de petróleo no se puede perder. Las heridas en la experiencia de pasados desastres en ocupación de países por parte de los Estados Unidos les impone una política totalmente maquiavélica: “si no puedes con tus enemigos, únete a ellos”.

3. ¿Esto qué significa? Que, aun cuando el triunvirato, y sus empresarios y estructuras de poder, siguen operando bajo consentimiento del tutor, paradójicamente ellos siguen imputados por sus crímenes y, aun con todo y promesas de inmunidad por parte de la potencia de ocupación, esos crímenes pueden ser re-imputados y los acusados arrestados en cualquier momento. Ellos lo saben. Actúan sintiendo la brisa que resopla en el cuello desnudo ante la inminente guillotina.

¿Por qué aquellos opositores que se creen legítimos no gobiernan y parece que no podrán hacerlo en un buen tiempo? Estados Unidos, en respuesta a sus recientes y remotos traumas internacionales, compara con mucha razón a nuestros opositores —colaboracionistas o no— con los hermanos Đình, con los Chalabi y con los Karzai. Lección aprendida.