El pueblo al pueblo le tocó salvar: La inacción de los cuerpos de seguridad (parte II)

Mauricio Hernández, estudiante de bibliotecología en la UCV, coordinador local senior de EsLibertad Venezuela y dirigente de Tomos UCV

En cuanto más nos inducimos en la conformación ontológica de los cuerpos de seguridad venezolanos, más nos damos cuenta que la ceguera por la pérdida de valores humanos abrió paso a generaciones enteras de corruptos.

Mauricio Hernández

En vista de la constante decadencia de los cuerpos de seguridad del Estado, y la tergiversación absoluta sobre la labor de servicio en Venezuela, actualmente nos vemos envueltos en el ápice del descaro e inutilidad por parte de los mismos. Militares y efectivos cuya trayectoria, desde el ingreso a su respectivo mundo hasta la salida y formación completa de generaciones de vergüenzas nacionales; estamos en presencia de las consecuencias del control institucional y el degradé de todos los aspectos que engloban este neo-sistema criminal. Esta caracterización no se limita a impresiones personales: organizaciones de derechos humanos documentaron en 2024 al menos 522 personas asesinadas por funcionarios de seguridad del Estado y 2.224 víctimas de tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, lo que respalda la percepción de una institucionalidad que opera crecientemente al margen del orden constitucional.

De esta manera, no resulta para nada sorprendente que los cuerpos de seguridad sean vistos por la sociedad como un sistema criminal, y poco confiable. Tal desconfianza se alinea con los hallazgos de diversas organizaciones que describen patrones de asesinatos de manifestantes, desapariciones forzadas y detenciones arbitrarias cometidas por fuerzas de seguridad y grupos armados progubernamentales, lo que refuerza su imagen social como aparato represivo más que como instancia de protección en lo que respecta a primeras opciones cuando se amerita el carácter que “según” representan. E históricamente cobra la significancia del ¿por qué? Pues el daño de dicha vocación se fue moldeando a los intereses dictatoriales y la diosificación de la figura del militar, desviando el objetivo de la vocación a verlos como entes de poder, en vez de servidores sociales, al punto de necesitar un sistema que no proteja a su pueblo, sino que haga inviable seguir a quienes sí lo hacen. Al fin y al cabo, es más sencillo hacer que la sociedad le tenga miedo a seguir a un salvador que revelarse contra quien la oprime.

En ese sentido, este degradé institucional funciona como un sistema escalonado, el cual define las bases de adoctrinamiento y cultivación de la impropiedad ciudadana desde los ámbitos escolares, ya que, en su mayoría, es ahí donde se definen los próximos pasos en ámbitos de carreras en los jóvenes. Y tomando en cuenta que este régimen se encargó de implantar una cultura de banalidad, conformismo y marginalidad en muchos nichos societarios, resulta fácil seguir los patrones que se dan a la hora de ver la calidad de individuos que concurren a los cuerpos de seguridad en los últimos años. Jóvenes con calidad de educación tanto familiar como institucional paupérrima, donde la primera –en muchos casos– viene de la mano de una consecución generacional de conductas cuya idiosincrasia ha sido de índole marginalizada e inmoral. Tal y como se ha podido presenciar hace poco en un video de ciertos estudiantes de la UNES, cuya actitud representa este enunciado. Así, y tomando en cuenta las evaluaciones pertinentes sobre las tasas de mala conducta vislumbradas en el país, y la magnitud de ingresos a estas filas de funcionarios, a su correlación, tenemos generaciones de jóvenes dañados y un sistema permisivo que da a entender que ganarse la vida en un lugar donde portar un arma no es ilegal, es fácil, si quienes están por encima de ti se encuentran recubiertos también por el barro.

En consonancia con lo expuesto, los datos preliminares —cuya precisión se ve limitada por la opacidad de los registros oficiales— revelan cómo este patrón se manifiesta en los sectores sociodemográficamente vulnerables. Al analizar la etiología –causa de origen– del problema, se observa un proceso de degradación social enraizado en la ausencia de planificación y en la fractura de los proyectos de vida de la juventud. Esta realidad coincide con los hallazgos del informe Psicópata de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el cual señala que entre el 60% y el 70% de la población, incluidos los jóvenes, experimenta serias dificultades para proyectar su futuro. De este modo, la falta de horizontes temporales, en coexistencia con dinámicas de crianza disfuncionales y mecanismos de adaptabilidad distorsionados al entorno, genera una convergencia de múltiples factores. Esta realidad propicia que individuos con conductas o tendencias transgresoras sean absorbidos por los propios cuerpos de seguridad nacional, ya sea a través de un alistamiento voluntario por supervivencia o mediante procesos de reclutamiento institucional, trasladando así lógicas delictivas y de corrupción al interior del aparato del Estado y, a su vez, la permisividad del mismo ante esto. En un diagnóstico similar, el Centro de Investigación de la Realidad Social de la Universidad Católica Andrés Bello ha mostrado que «entre 60% y 70% de la población declara dificultades significativas para proyectar su futuro en el mediano plazo», subrayando la ruptura de los proyectos vitales en amplios sectores juveniles (Universidad Católica Andrés Bello, 2023, Informe Psicópata: Diagnóstico psicosocial de la población venezolana).

A la luz de ello, lo mismo cobra más veracidad al ver las estadísticas. Ya que, según análisis de la organización Monitor de uso de Fuerza Letal en Venezuela (2023), se arrojó que el ingreso de jóvenes de bajos recursos a organizaciones de seguridad se había incrementado drásticamente debido a la promesa de beneficios socioeconómicos y el porte de armas. Esto se complementa con las autoridades del MPPRIJP, las cuales informaron que a finales del 2025, 32,000 jóvenes se inscribieron para ingresar en la UNES, y la gran mayoría proveniente de zonas populares. Por lo mismo, parece que los delincuentes encontraron un refugio de la ley en los mismos entes que deberían pregonarla. Esto siempre y cuando se vean acoplados en el sistema de condicionamiento entre regentes y regidos, el cual se basa en el desempeño de actividades ilícitas, las cuales tienden constantemente a violar la constitución y todos los principios éticos que deberían presidir los altos mandos. En contraste, el regido hace la vista gorda ante estas situaciones, siendo consciente del sistema en el que se encuentra. Y por esa misma obediencia se le otorgan las atribuciones de actuar de la misma manera a estratos micros dentro de la sociedad, lo cual nos lleva a las típicas dinámicas de corrupción, estandarizadas en la figura de los funcionarios; actividades como el matraqueo en alcabalas, los sobornos permisivos y la extorsión, herramientas comunes en la labor corrupta de un sistema que premia la sublevación, aplaude a sus borregos la constante insolencia y procura que la supuesta imagen de predominancia que tienen hacia ellos mismo sea el norte que los mantenga arrodillados –mientras más soles y estrellas les regalen, mejor se sienten–.

Estos hechos, en conjunto con la viveza criolla, se juntan para erosionar en la fórmula perfecta que junta a fracasados sociales cuya existencia y razones de vivir se vuelven tan superfluas que cualquier mérito artificial que puedan recibir por arrastrarse, merme el hecho de la esencia prepotente por naturalidad que compone a la gran mayoría de individuos que circulan estos entes. Personas con daños antropológicos pertinentes que lograron conseguir un puente directo a sus intenciones paupérrimas a través de un sistema igual.

En consonancia con el proceso de acciones de disfunción de los cuerpos de seguridad, resulta inevitable referirnos al adoctrinamiento y la moral nacionalista procesada, la cual llevó a remplazar los valores que caracterizaban a los agentes por consignas ideológicas, con función en el desvío de las razones de su labor. A lo cual, nos remontamos al año 96; un militar se revela ante el gobierno de Rafael Caldera con ideales “nacionalistas” y con una fuerte influencia militarista. Ese era Hugo Chávez, el cual, bajo premisas populistas y profundamente marcadas por la lucha de clases y el antiimperialismo, sesgó visiones colectivas con narrativas que se basaban en un supuesto apoderamiento de las élites internacionales sobre los recursos del país, y la posible destrucción de la figura de libertadores como Simón Bolívar. Sus principios inicialmente se veían disfrazados de un gobierno de centro izquierda, con fuerte tendencia a la socialdemocracia, –hasta su posterior toma de poder– en la cual se terminó de revelar las intenciones socialistas y las reformas de índole extremas, las cuales preside si quería establecer un control tanto institucional como dicotómico en las diversas competencias del Estado.

En ese sentido, el sistema de seguridad de la Guardia Nacional y las distintas organizaciones de protección fueron el foco de esas operaciones. Empezando por la inducción a principios revolucionarios en las academias y liceos militares, tal y como lo plantaban explícitamente proyectos estatales como el Plan de la Patria (2013-2019): «La formación del oficial debe estar impregnada del pensamiento bolivariano, robinsoniano y zamorano… El socialismo bolivariano es la única vía para garantizar la defensa de la patria.» — Plan de la Patria (2013-2019), Objetivo Histórico N° 1. Del mismo modo, la implementación de consignas en la cotidianidad de sus entrenamientos y labores, las cuales, lejos de representar un sistema plural cuya obediencia debe ir dedicada a la protección nacional y los ciudadanos, se redirigen a dosificar su figura e ideales de izquierda. Lo cual dio inicio a una dicotomía que sirvió de herramienta para justificar injerencias y crímenes hacia la población bajo la premisa de ataques contra la revolución y el pueblo.

En conclusión, el análisis realizado a lo largo del artículo permite concluir que la actual configuración de los cuerpos de seguridad en Venezuela no es un accidente coyuntural, sino el resultado de un proceso prolongado de degradación institucional y moral que ha venido sedimentando durante décadas. Se ha incubado un modelo donde la vocación de servicio fue progresivamente sustituida por una lógica de poder y sometimiento, hasta dar forma a un neo-sistema criminal que opera desde las propias entrañas del Estado. Un sistema necesario en la dinámica de protección de un país, convertido en una burla y circo de intereses.


Bibliografía

Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela. (2013). Plan de la Patria: Segundo Plan Socialista de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2013-2019. Objetivo Histórico N° 1. Caracas, Venezuela.

Monitor del Uso de la Fuerza Letal en Venezuela. (2023). Informe sobre el uso de la fuerza letal y perfil socioeconómico de los integrantes de los cuerpos de seguridad.

Ministerio del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz (MPPRIJP). (2025). Registro de aspirantes e ingresos a la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES). Caracas, Venezuela.

Universidad Católica Andrés Bello. (2023). Informe Psicópata: Diagnóstico psicosocial de la población venezolana. Centro de Investigación de la Realidad Social (CIRS-UCAB). Caracas, Venezuela.

El amor en los tiempos del tutelaje

Por Leroy Garrett.

El amor, aunque un sentimiento mítico-sublime, es en sí un acto voluntario de cuidado y dedicación. No es apresurado, pero si constante.

Hoy pido dispensas a mis lectores por dos tópicos: primero, mi recurrente tendencia a fusilarme al Gabo para cubrir esta etapa no ortodoxa de la vida venezolana; y segundo, la premura por justicia y mi terror a que el chavismo quede impune, y por ello el a veces precipitarme en juzgar los hechos. Ahora mi esfuerzo consiste en ubicarme dentro de un cuadrante más objetivo; vuelvo a visitar el tópico de marras: la ocupación norteamericana de Venezuela y su interacción con el chavismo y la oposición.

Enfatizo hasta el aburrimiento que los Estados Unidos no han procedido con Venezuela de la manera que lo han venido haciendo en Latinoamérica en los últimos 250 años. Es meritorio destacar que, aunque no somos Irak, nosotros tenemos problemas graves de sectores agentes de la vida nacional en activa beligerancia. Estados Unidos ha llegado a ser el país que es porque ellos aplican las lecciones aprendidas.

Hoy, América danza con el chavismo y hasta lo elogia de lo bien que obedece los términos de la tutela. Claro que eso nos choca.

La dictadura hoy vive la analogía del preso liberado que debe retornar a la cárcel a firmar el libro de presentaciones. No hay presencia militar exorbitante, no hay autoridad civil o militar en directa gobernanza hacia los venezolanos; el chavismo sigue habitando en los espacios de poder de donde pensó no salir nunca. Pero saldrán.

Nos parece chocante la monopólica atención al petróleo, pero sabemos también que nadie ocupa algo sin interés. Como quiera, la situación geopolítica actual en occidente justifica y sirve de digestivo a la piedra sentida en el estómago.

El chavismo en Miraflores tiene libertad de seguir su narrativa, que agrada a los cada día más alzados grupos radicales. En su calendario festivo celebran el centenario del criminal a quien tanto deben: Fidel Castro.

¿Y al Departamento de Estado no parece importarle?

Hay elementos que hemos puesto al lado por nuestro afán de justicia expedita. Y es que los conflictos globales penden de eventos cuyos efectos dominó son anárquicos; incontrolables en sí mismos y pueden crear una pesadilla global violenta de escala impredecible.

Estoy seguro de que la mesa situacional de La Habana y el triunvirato local contemplan ese escenario. Estados Unidos lo gerencia y evita.

En Venezuela siguen orbitando grupos irregulares de larga data, pertenecientes al tráfico de narcóticos y al terrorismo internacional, con acceso a ilícitas actividades económicas y financieras, con poder de fuego y efectivos, con socios que ya entran en guerra total a raíz del triunfo de la derecha en Colombia. La limpia viene, progresivamente.

Hacer una movida de ocupación en Venezuela sacando de raíz el criminal statu quo podría ser la chispa que encienda la mecha de un esquema de guerra continental nunca contemporáneamente contemplado, la más aterradora pesadilla para Estados Unidos, hoy frentes  bélicos en desarrollo globales. Recuerden a Sarajevo en 1914 y lo que ocurrió.

La transición es a fuego lento, con prioridades energéticas, sí, pero hay signos reveladores: en la mesa de negociaciones, puntos como la elección de poderes ajenos al control del cogollo contubernal son alentadores; las liberaciones de presos políticos son en sí mismas un acto de justicia inicial necesaria y no más impostergable.

Estos hechos nos demuestran que, más allá de que ya el glosario para nombrar los entes públicos y el gobierno tutelado no se autoetiqueta con los odiosos remoquetes “del poder popular revolucionario”, sino “gobierno nacional” a secas en papel bond blanco tipo carta sin membrete, es alentador: hay un proceso tangible de cambio.

El dinero del petróleo se pagará; antes lo regalaban o se lo embolsillaban.

Todos debemos orientar nuestro poder de la intención en no permitir la impunidad.

La epidemia del olvido: un paralelismo entre «Cien años de soledad» y Venezuela

Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).

Desde mis días de estudiante en el antiguo ciclo básico venezolano, donde Cien años de soledad era de lectura obligatoria —que en mi caso fue un agrado—, empecé a hacer símiles entre mi país y Macondo. Esas comparaciones son hoy más agudas y evidentes. —Por cierto, la nueva versión de miniserie hecha por Netflix-Colombia, ahora en su segunda temporada, no tiene desperdicio y recomiendo su visita.—

En el relato mítico del Gabo, Macondo sucumbe al olvido: debían etiquetar el más mínimo objeto hasta que dicha epidemia, así como vino, se fue. En Venezuela padecemos el mal desde 1999, cuando el estamento político decide colaborar y no enfrentar el peine que nos terminó montando el chavismo con mucho éxito gracias a los “opositores”.

Desde entonces, el país nacional no puede o no debe participar en debatir, ¿qué nos pasó? Si se olvida, no existe. Hoy volvemos a ver diálogos, ahora no coordinados por noruegos o dominicanos sino por el Departamento de Estado. Esa es una garantía; prefiere llamarse más un “voto de confianza” con sus naturales reservas.

¿Por qué dicho evento —el diálogo— es ignorado por la prensa internacional? Podemos hacer volúmenes de posibilidades, pero hay una protuberante: a nadie, al final, le interesa y ahora hasta le aburre ver lo incompetentes que somos para resolver nuestros problemas.

Una vez más es un conciliábulo ajeno a la prensa. ¿Por qué? Por acuerdo de las partes. Esas discusiones tendrían que ser televisadas por ambas partes, tan afectas a términos de “soberanía” —entre otras de carga retórica populista—. Lo cierto es que hay mucha podredumbre, mucho sucio, muchos negociados; todos lo sabemos. La comprobación siempre es amena, pero no indispensable.

El hecho es que, al decir de Teodoro Petkoff, la Venezuela prechavista era una sociedad compleja con grupos cogobernantes, que el chavismo, con la violencia, la represión y la aquiescencia de la oposición, masacró. Para Petkoff, sectores cogobernantes básicos eran las Fuerzas Armadas y los empresarios —Fedecámaras, la que llegó hasta Carmona, no la arrodillada de hoy—. Y yo añadiría la meritocracia petrolera como fuerza de generación y fiscalización de la riqueza.

Los militares, aquellos obedientes y no deliberantes, formados en democracia, fueron aniquilados. Se mantuvieron las individualidades que decidieron venderse al régimen. Serían ellos, los sobrevivientes de este exterminado sector tan importante para Venezuela, quienes deberían manejar la reconstrucción militar. Nunca la oposición les ha reconocido ni su mérito, ni su existencia, ni en sus panfletos cacofónicos mal llamados programas; ni los mencionan. ¡No existen!

Los petroleros, expropiados y despojados igualmente de su ciudadanía y pertenencias —obvio de sus carreras y maneras de vivir—, son otras víctimas notables del olvido.

Esas cosas no ocurrieron si no se incorporan en la narrativa, punto.

Pero Gabo entraría en un asombro colosal de saber que no solo los olvidaron a ellos —militares y petroleros—: también ellos se han olvidado de sí mismos y no han sido capaces ni de recordarse ni de defenderse, y viven en un círculo vicioso de manipulaciones politiqueras y aniquiladoras realidades de desencanto y falta de perseverancia.

Este cronista es actor y testigo de esta tragedia.

Ambos sectores no solo necesitan el recuerdo, sino su voz genuina de seguir en protesta y perseverar en lograr sus merecidas reparaciones con base en su experiencia sufrida. La impunidad no permitirá un resultado sanador de estas heridas notables que prevalecen, y no reconciliarán ni ofrecerán la necesaria justicia, que tampoco forma parte de la obsesión llamada elecciones.

Más allá de los recientes terremotos hay mucho dolor no curado y mucho crimen no buscado ser reparado. Es muy preocupante.

El holocausto judío es tan recordado que, desde que tenemos uso de razón, los nacidos después de la última gran guerra, el visitarlo por cualquier medio en todo momento es implícitamente esperado por la cotidianidad de nuestras vidas.

¿Tendremos que esperar por justicia dos mil años después de que nuestro templo democrático lo derrumbaron?

¿Existiremos como nación entonces?

Decodificando a Macondo

Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).

Sí, la Aracataca mágica del Gabo que nos retrata a todos completamente.

En medio del caos nos preguntamos qué nos pasó, y es difícil incorporar una respuesta única que abarque todos los vectores que nos trajeron aquí.

Pasa por el liderazgo democrático enterrado por el chavismo. Otrora cómodo en la esterilla del puntofijismo y fracasando en una reforma del Estado que, además de necesitar elecciones regionales, lo primero era convertir de verdad a los venezolanos en ciudadanos, no más en militantes políticos.

Al no hacerlo, al chavismo le fue muy fácil arrasar con todo, como en efecto. Sin los atributos de la ciudadanía una nación no puede efectivamente proteger su Estado de derecho ni su república.

Hoy somos aún los rehenes de nuestros malhechores. Hoy nuestro Estado tutor tiene imperativos comerciales que cubrir, y para darle normalidad al interés pecuniario prevaleciente, trata de acomodar un Frankenstein de Estado hecho de partes chavistas y opositoras que se rechazan entre sí, producto de un cuarto de siglo de convivencia política de las más atípicas que recuerde la historia: te quiero como socio comercial, te odio a muerte como socio político.

El Departamento de Estado aparta y neutraliza el liderazgo Nobel-guacamayo, ese que se empeña en hacer las cosas a su antojo sin mediar racionalidad y sin el cual nada debe ocurrir de ninguna manera.

Sordo, mudo y ciego ante problemas escandalosos de violaciones de derechos humanos, (Ejemplo Holocausto Petrolero) grupo cuyo lenguaje corporal es macondiano, expresado en cantidades imprecisables de rosarios, abrazos y besos, y cuyo programa político —“Tierra de Gracia”, frase de un Colón contento de poder cumplirle la promesa a su reina católica financista de sus conquistas— es aún totalmente desconocido para los venezolanos y los estadounidenses.

Para los desplazados del convivio, los venezolanos no somos ciudadanos tampoco, somos “comanditos”, y quienes realmente lo han sido también han pagado un precio personal altísimo entre la tuntún y el olvido.

El diálogo, expresado durante el fin de semana en una llamada telefónica y dos comunicados separados e intrascendentes, es una bofetada a Estados Unidos. El señor Rubio debe saber que han habido 16 diálogos en la etapa chavista. Que para ellos el diálogo no es conceder, sino entretener, dar los mendrugos del pan a opositores que entienden la política como un acto de comercio donde luego nada cambia para los sinciudadanía venezolanos.

El presidente Trump, autor de la comunicación política contemporánea vía twitter (X) ha respondido por su cuenta de Truth Social, ante el fracaso: saca su mapa de Venezuela cubierto con la bandera americana y el número 51.

El mensaje es claro ante los incapaces de crear una república: a Venezuela solo le queda el camino de ingresar a la Unión. ¿Pensará el presidente Trump que será la manera de que los venezolanos nos sintamos ciudadanos de verdad verdad?

Venezuela: entre las Islas y el Plan Marshall

Por Leroy Garrett.

El régimen de relación entre Estados Unidos y la República de las Islas Marshall se sustenta en un Pacto de Libre Asociación (COFA) firmado en 1983 y vigente desde 1986. Bajo este acuerdo, las Islas Marshall son un Estado soberano e independiente, con gobierno propio, presidente, constitución y asiento en la ONU. Sin embargo, ceden a Washington la autoridad total sobre su defensa y seguridad a cambio de asistencia económica periódica, derechos migratorios amplios (viaje, residencia, estudio y trabajo en Estados Unidos sin visa) y la posibilidad de enrolarse en las Fuerzas Armadas estadounidenses. El pacto también incluye compensaciones históricas por las pruebas nucleares realizadas en Bikini y Enewetak entre 1946 y 1958, y garantiza a Estados Unidos el uso estratégico de instalaciones como el atolón de Kwajalein.

Este modelo de soberanía condicionada no es una anomalía. Es una de las formas más claras en que Washington ha estructurado relaciones de poder con territorios de alto valor estratégico.

El Plan Marshall, por su parte, fue el instrumento visionario que, entre 1948 y 1952, reconstruyó la Europa occidental devastada por la guerra. No fue solo dinero. Fue un vehículo de contención del comunismo y de restablecimiento de prosperidad y libertades públicas. Contó con un liderazgo político efectivo y responsable: Clement Attlee y Ernest Bevin en el Reino Unido, Vincent Auriol, Georges Bidault y Robert Schuman en Francia, Konrad Adenauer en la naciente República Federal Alemana, Alcide De Gasperi en Italia, Paul-Henri Spaak en Bélgica, entre otros. Tras haber pulverizado el fascismo, estos hombres asumieron la tarea de reconstruir sin el lastre de las viejas élites derrotadas ni el contagio de las fuerzas que amenazaban desde el Este.

Venezuela, hoy, se encuentra en una encrucijada análoga, aunque con una diferencia decisiva: produce el petróleo suficiente para autofinanciar su propio Plan Marshall. No necesita limosnas. Necesita algo que no tiene: un equipo de conducción nacional incuestionable, ajeno al cáncer politiquero que ha destruido al país durante un cuarto de siglo.

La cuestión venezolana demanda la atención de Washington no por caridad, sino por interés estratégico. Venezuela es un enclave de suministro de petróleo al cual Estados Unidos no estará dispuesto a ceder ni a dejar nacionalizar o intervenir por rivales globales nunca más. 

Acerca de no volver a ser el país libérrimo que fuimos hasta 1999, ese es el precio que los venezolanos pagamos por el chavismo.

La oportunidad de una independencia absoluta fuera del chavismo fue asfixiada por la vergüenza llamada interinato. Ese experimento, que pretendió ser transición y terminó siendo una prolongación de la crisis, demostró que la oposición tradicional no estaba preparada para gobernar ni para romper de verdad con el sistema que decía combatir.

Sería un gesto de buena voluntad por parte de los Estados Unidos —y de realismo estratégico— que el Departamento de Estado descartara tanto a la oposición colaboracionista como al chavismo residual, y promoviera la selección de un equipo de dirigentes comprometidos con la reconstrucción, inicialmente sostenidos, si fuera necesario, por el poder estadounidense. Cualquiera sea el modelo de asociación que luego impere —COFA, protectorad de facto, o un arreglo más sofisticado—, la selección de ese liderazgo no es una decisión exclusivamente venezolana. Y no necesita serlo.

Lo que Venezuela requiere no es otra ronda de negociaciones entre los mismos actores que han fracasado. Requiere un equipo de conducción nacional ajeno a los bandos, con autoridad real y con el respaldo suficiente para imponer el orden mínimo sin el cual ninguna reconstrucción intentada será viable.

De ser así, enhorabuena.

Nuestras emergencias subcontinentales y los Estados Unidos

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

Dentro de una incontable secuencia de factores que pudieran orbitar alrededor del caudillo de turno que hace lo que le da la gana menos lo que dice la ley, nuestra región ha necesitado —o no le ha quedado otra opción— que recibir la presencia correctora de nuestro hermano continental del norte: los Estados Unidos de América.

Desde la Doctrina Monroe (el Monroe de Trump es otra cosa) y su “Big Stick” en el Caribe y Centroamérica a comienzos del siglo XX, las intervenciones de la Guerra Fría para impedir “otra Cuba”, hasta la captura de Maduro el 3 de enero de 2026 y la reacción inevitable derivada de los sismos gemelos del 24 de junio que dejaron al descubierto la podredumbre estructural del Estado venezolano —y que el chavismo en nada se parece al régimen de Saddam Hussein—.

En casi todos los casos el guion fue similar, porque las relaciones internacionales no se basan en el altruismo sino en los intereses, ya sean económicos o de seguridad. En todas las acciones se justificó el uso de la fuerza; se removió o debilitó al actor local; se instaló o se toleró un régimen cliente; y cuando la fuerza externa se retiró —o redujo su presencia—, quedó un vacío que las élites y políticos sobrevivientes, generalmente corrompidos o incapaces, no lograron llenar con instituciones reales. El resultado no fue democracia estable, sino un nuevo ciclo de inestabilidad, autoritarismo o criminalización del poder y la consecuente intervención.

Nuestra complicada historia con los Estados Unidos está llena de ejemplos. Las ocupaciones en Haití, República Dominicana y Nicaragua a principios del siglo XX crearon las condiciones para dictaduras posteriores. La intervención de 1954 en Guatemala derrocó a un gobierno reformista y abrió décadas de guerra civil y genocidio. El apoyo al golpe de 1973 en Chile desplazó a un gobierno que amenazaba con entrar en la órbita castrista por una dictadura atroz de derecha que, si bien abrió la economía, dejó una herencia de impunidad y desigualdad que aún pesa. La invasión de Panamá en 1989 eliminó a Noriega pero no eliminó las redes de narcotráfico ni construyó un Estado sólido y capaz de automejora. Cada intervención generó, en el mejor de los casos, una calma temporal; en el peor, un nuevo vacío llenado por actores aún más depredadores.

La diferencia de nuestro 3 de enero es que los depredadores siguen operando y sus colaboracionistas, etiquetados como “opositores”, siguen perdidos en el espacio.

En este contexto, la pregunta que ya formulamos se vuelve inevitable: ¿qué esquema de gobernabilidad emerge después de una intervención que remueve al tirano pero deja intacto el entramado criminal e institucional que lo sostuvo? La historia latinoamericana ofrece pocas respuestas que nos ayuden en esta línea de análisis. Las ocupaciones prolongadas terminan generando resentimiento y nuevas formas de dependencia. Los gobiernos surgidos tras la intervención suelen reproducir la corrupción y la debilidad institucional que justificaron la intervención. Las “transiciones pactadas” entre élites fallidas, por lo general, solo logran administrar el declive o, peor, legitimar nuevas rondas de latrocinio.

La devastación actual venezolana impone un replanteamiento radical. No se trata de elegir entre intervención extranjera o soberanía abstracta. Se trata de reconocer que el vacío de poder es real y que llenarlo con las mismas fuerzas que lo crearon —o que lo consintieron bajo torneos electorales conocidos de antemano como fraudulentos y jugosos negociados— solo prolonga la agonía. La solución no puede ser otro pacto entre los mismos actores que han demostrado su incapacidad histórica. Tampoco puede ser una ocupación indefinida que convierta a Venezuela en un territorio bajo tutela de facto, aunque los precedentes “insulares” ofrezcan alguna cobertura de derechos básicos.

Lo que se requiere es un gobierno de emergencia nacional integrado por ciudadanos independientes de los bandos, con méritos probados —muchos de ellos en el exilio—, dispuesto a utilizar el apoyo militar temporal de los Estados Unidos para desmantelar el aparato criminal chavista, recuperar el control territorial y sentar las bases mínimas de un Estado de derecho. Solo entonces, cuando exista capacidad real de proteger a la población y de organizar procesos electorales limpios, podrá hablarse de una transición hacia la democracia. No antes. Las elecciones precipitadas en medio del caos solo servirán para que el cartel reconquiste por vía electoral lo que perdió por vía militar.

La historia de las intervenciones en América Latina demuestra que la fuerza externa puede romper estructuras criminales enquistadas, pero no puede —ni debe— sustituir la construcción de instituciones locales. Ese es el vacío que ni la potencia del norte ni las élites vernáculas han sabido llenar. Venezuela tiene hoy la oportunidad —y la obligación— de romper ese ciclo. De lo contrario, el próximo capítulo de este largo apocalipsis latinoamericano ya está escrito.

El pueblo al pueblo le tocó salvar: análisis de los acontecimientos sociales y políticos tras los sismos en Venezuela (Parte 1)

Mauricio Hernández, estudiante de bibliotecología en la UCV, coordinador local senior de EsLibertad Venezuela y dirigente de Tomos UCV

(…) nos encontramos ante una generación de funcionarios del sector de seguridad sin escrúpulos ni sentido de vocación real, a raíz de la inacción y la ausencia de protestas internas por la misma, al igual que por la faceta de oportunismo que muchos han usado para aprovecharse de la situación [del 24 de junio].

Mauricio Hernández

Desde pequeños, al venezolano le han dicho que el amarillo representa la riqueza, que el azul son los cielos y que el rojo es la sangre derramada en las luchas por la independencia. Hoy, sus riquezas se encuentran en las manos equivocadas a falta de una reivindicación nacional, y el azul de sus cielos se tornó en el rojo de la sangre que sigue cayendo en sus calles. No obstante, la virtud más rara del venezolano demostró que su desorden acopló perfectamente las piezas y sus potestades para lograr en días lo que un Estado incompetente como este controlado por el chavismo haría en años.

En la coyuntura que tenemos al frente, producto de los sismos que sufrió el país el pasado 24 de junio de 2026, caemos en tres verdades innegables: (1) que la sociedad civil se organizó de manera esporádica para ayudar a su propia gente desde las pocas capacidades de las cuales las personas comunes presiden; (2) que nos encontramos ante una generación de funcionarios del sector de seguridad sin escrúpulos ni sentido de vocación real, a raíz de la inacción y la ausencia de protestas internas por la misma, al igual que por la faceta de oportunismo que muchos han usado para aprovecharse de la situación; y (3) que Venezuela no estaba preparada a nivel civil para una catástrofe así, por lo que la centralización de las atribuciones económicas en manos del Estado hará que la reconstrucción de la vida de cada individuo sea un proceso casi intratable.

En concordancia con lo anterior, podemos ver que, históricamente, el actuar del venezolano en decisiones de gran magnitud a través del tiempo ha vislumbrado un comportamiento errático y, a veces, espontáneo —derivado del impulso—. Y eso es algo que podemos notar en los siguientes dos puntos:

La cultura de improvisación y planificación, la cual cobró prominencia en la era del boom petrolero, el derroche masivo de capital y el aumento exponencial de la deuda externa en la década de 1980. Tras la crisis de 1973, el precio del petróleo se multiplicó por cuatro. Posteriormente, Carlos Andrés Pérez nacionalizó el recurso y el hierro, al tiempo que lanzó un plan de inversiones masivas. En consecuencia, se creó una cantidad absurda de empresas estatales y se implantó la costumbre de importar todo lo que se consumía, hasta terminar acumulando una deuda externa colosal.

Eventualmente, los precios del petróleo cayeron de forma desmesurada y las tasas de interés internacionales subieron cuando la deuda externa ya se encontraba en un punto de erosión. Asimismo, dichos aconteceres indujeron al país en una imposibilidad de mantener tantas empresas —las cuales quebraron—, generando una acumulación de pasivos que en ese momento se tornó impagable. Todo esto en virtud de que, tanto los gobiernos de ese entonces como las personas, no vislumbraban una visión a futuro, sino una busqueda inmediata de beneficios y un consumismo extremo para la calidad de vida, perseguian ganancias masivas y dejaban en un segundo plano el tan importante ahorro. Todo ello derivó, más temprano que tarde, en la crisis.

La tendencia al abanderamiento populista que, históricamente, ha marcado la dinámica electoral nacional. Dicha premisa se enfoca en que la población se ha visto envuelta en elecciones cuya competencia por el mandato, aunque no todo el tiempo ha sido profundamente polarizada, sí ha estado enmarcada por una costumbre de captación y selección hacia actores con tendencia populista, poseedores de narrativas divisorias y supuestos sentidos de «pertenencia» o «nacionalistas». Estos líderes tuvieron por objetivo abordar a los votantes a base de apegarse a los sentimientos de manera excesiva y mediante acciones volátiles; debido a ello, podemos resumir esto en una carencia de análisis crítico por parte de la población.

El regimiento electoral, en el sentido previamente planteado, ha sido un hilo trascendental. Empezando por el caudillismo —antes del concepto de populismo que hoy conocemos—, ya que ante el vacío de poder después de la independencia, militares con poder usaban discursos nacionalistas y divisores para movilizar a la población, contando con actores como José Antonio Páez y Ezequiel Zamora. Progresivamente, se pasó por la premisa de Juan Vicente Gómez sobre la imposibilidad de la población para mantenerse por sí misma y lo imprescindible que resultaba un «Gendarme Necesario», además de la narrativa de «estás con el progreso o en contra de la nación». Después, se transitó por la era del boom petrolero y las narrativas de los candidatos de Acción Democrática sobre la repartición justa de los fondos de la industria del petróleo, lo cual dividió a la sociedad en sus propios intereses y discursos de polarización ideológica —cabe aclarar que, aunque esta fue vista como una época que impulsó grandes cambios a nivel democrático, de igual forma funcionó bajo el mismo hilo conductor—.

En resumidas cuentas, el venezolano se deja llevar por los primeros instantes que le propicien la suficiente emoción como para no evaluar si dicha opción se considera viable a largo plazo o pertinente para la situación. No obstante, aun actuando de manera “machucada”, este ser puede llegar a disponer de un alineamiento casi natural con la inmediatez de las situaciones, pudiendo solventar de forma temprana —más no perdurable— diversas contingencias. Tal y como lo plantea Axel Capriles en La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo:

«El pícaro no puede esperar. Su horizonte temporal es el instante. En la viveza criolla, la previsión y el ahorro de energía para metas a largo plazo son sustituidos por el destello de la oportunidad. No se trata de construir un edificio, sino de encontrar el hueco en la pared para pasar hoy.»

Por lo tanto, la atención de este artículo radica en entender que el desorden por el cual nosotros mismos nos hemos criticado demasiadas veces, fue en ese preciso instante nuestra peor virtud y nuestro mejor defecto. Y que, a distancias de contar con el apoyo institucional y cotidiano de una nación “normal”, evidenciamos lo que para muchos de los venezolanos será visto como la nueva cúspide del descaro por parte de la dictadura. En consecuencia, nos podríamos encontrar en vísperas de un próximo estallido social. Esperemos…

Venezuela: ¿A dónde vamos?

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

Conversando con mi amigo Ricardo Escalante, le contaba entre un capuchino y un té que, de tantas cosas horrorosas y simultáneas que nos ocurren en Venezuela, no hallaba de qué escribir. Le pregunté: «¿A dónde vamos?». Y él me sugirió este título para la nota de esta semana. Una vez más, Ricardo tenía razón.

Venezuela es el producto de muchos desaciertos consecutivos, notables y evitables. Hemos llegado a esta estación de pavor y, en la desesperación, nos preguntamos: ¿cómo salimos del laberinto?

Lo cierto es que no ha habido mejor gobierno para hacerse rico —aquellos que pudieron impunemente— que el chavismo. Eso explica, en buena medida, el desastre. El chavismo incorporó el escenario de elecciones perpetuas, en una magnífica interpretación de una generación de políticos activistas que siguen entendiendo el activismo político como un acto de comercio y desconocen —o no quieren aprender— a ser estadistas.

El chavismo entregó la soberanía venezolana a la tiranía cubana e introdujo en el continente las causas más peligrosas del mundo, comenzando por el terrorismo musulmán árabe y el odio a la nación de Israel, sentimientos que nunca formaron parte del espíritu libertario y tolerante de nuestra nación.

La pérdida de la soberanía no comenzó el 3 de enero. Comenzó el día del hara kiri electoral que entregó el poder a alguien como Chávez y su compañía.

La piña con cereza que decora el jamón es la calamidad de los sismos gemelos en tiempo del consulado compartido de los gemelos siniestros, allende del dolor y muerte, la verdadera tragedia ocurrió antes del antojo natural, pasó cuando Venezuela dio el salto atrás chavista.

Para colmo de males, Venezuela propició —por permitirse que el chavismo durara más que cualquier dictadura en nuestra historia— la intervención más no ortodoxa jamás hecha por los Estados Unidos. Donde la orden del día es controlar recursos y dividendos, y el pueblo de Venezuela que se espere.

Pagan así los venezolanos, los pecados de unas oposiciones camaleónicas, complacientes e incondicionalmente inutiles. Con un liderazgo actual encumbrado por el reconocimiento mundial, que emergió en condenar a los colaboracionistas, que volvió a validar a Maduro participando en su último fraude, y que se retrata en Panamá con todos aquellos que condenó y que dio origen a su esperanza “diferente”.

Mientras tanto el pueblo observa a los esbirros cuidando las caletas entre ruinas, y aplaude a las tropas americanas. ¿A dónde vamos? No se sabe aún. Lo cierto es que no será a lo que creíamos que fuimos desde 1810.

Anatomía de un fracaso institucional: Lo que expuso el terremoto del 24J en Venezuela

Mariangel Sophia Carvajal, politólogo de la Universidad de los Andes (ULA) y Coordinadora Local Senior de EsLibertad Venezuela.

(…) Los terremotos del 24J demostraron que el centralismo gubernamental no solo es ineficiente, sino peligroso. Pese a ello, en medio de las ruinas, (…) bastó la coordinación espontánea de millones de voluntades autónomas —fuera y dentro del país— para salvar vidas allí donde el Estado solo ofreció escombros..

Mariangel Sophia Carvajal

El terremoto doble del pasado 24 de junio sacudió a Venezuela: destruyó edificios, arrebató vidas y ocultó bajo los escombros a muchas personas que, a día de hoy, siguen desaparecidas, y es probable que muchas sean encontradas sin vida. Aunque es cierto que los milagros, después de cinco días, hasta el 29 de junio, siguen sucediendo, porque aún aparecen personas con vida, no es menos cierto que se pudieron haber salvado más vidas si el Estado venezolano hubiese permitido que las personas se prepararan para ello —quizá hasta incentivándolo él mismo—. Por esta razón, podemos afirmar que los sismos también sacudieron al régimen venezolano encabezado ahora por Delcy Rodríguez, a la infraestructura institucional y al chavismo en general; dos cosas quedaron demostradas: por un lado, el deterioro acumulado en 27 años de chavismo, por otro lado, el alto nivel de indiferencia hacia el sufrimiento de la sociedad venezolana.

Actualmente, según la ONU, asciende a 50.000 personas la cifra de desaparecidos a raíz del terremoto; además, un estudio preliminar publicado por la NASA indica que unos 59.000 edificios sufrieron daños estructurales (EFE, 2026). Ahora bien, hablando de heridos y de muertes confirmadas hasta el 01 de julio por Jorge Rodríguez, quien es presidente de la Asamblea Nacional chavista: hay 11.267 heridos y 2.295 muertos (página web de la AN, 2026). Sin embargo, organizaciones internacionales como las Naciones Unidas (Efecto Cocuyo, 2026) o la Organización Panamericana de la Salud (El Nacional, 2026), apuntan que las cifras son superiores y que ha habido un registro inadecuado de víctimas, siendo totalmente probable que el régimen venezolano altere datos. Asimismo, la OIM estima que los terremotos afectaron aproximadamente a 6,76 millones de personas (Efecto Cocuyo, 2026). Estas cifras son importantes para dimensionar lo que significó el terremoto en Venezuela, porque, a pesar de que los eventos sísmicos significan y pesan diferente para cada país, la diferencia radica especialmente en el nivel de preparación frente a desastres, insumos en hospitales y construcción segura antisísmica de los edificios.

Tras los destructivos sismos, muchos venezolanos salieron a ayudar a sus compatriotas con recursos escasos y conocimientos limitados. Sin embargo, el deseo de cooperar y la premura de ayudar a aquellos entre los escombros, superó a la coordinación macro necesaria -que no existió- para responder con efectividad, especialmente ante un Estado incapaz de actuar en favor de los necesitados.

Ahora bien, esta desconexión entre la voluntad civil y la parálisis institucional no es un fallo accidental, sino la consecuencia directa de la práctica de un modelo ideológico que hemos vivido los venezolanos desde hace mucho, a saber: el socialismo. En esta catástrofe, Venezuela ha demostrado, una vez más, que la promesa de un Estado protector que lo gestiona todo es, en realidad, una ilusión peligrosa que, en última instancia, también termina por socavar la capacidad de coordinación de la sociedad civil. Para desentrañar tal dinámica es útil analizar el marco conceptual de Hayek en torno a la planificación estatal —siempre en detrimento de la descentralización—.

En este sentido, Hayek plantea que la planificación dirigida por el Estado contiene dos principios, a saber: (1) que debe existir una igualdad absoluta y completa de todos los individuos; y (2) que la gente considere que esa igualdad sea deseable (citado por Borgucci, E., 2012). No obstante, es claro que esa igualdad es imposible de lograr, por tanto, “el discurso del planificador planteará entonces una lucha por una mayor igualdad. En consecuencia, el Estado planificador se debe hacer cargo en su totalidad de las personas a quienes les sirve. Es decir, el Estado planificador tiene ante sí un problema político central” (Hayek, citado por Borgucci, E., 2012, p.360).

¿Qué quiere decir lo anterior? Que el Estado, bajo la premisa planificadora y de la “igualdad”, terminará centralizando todo el poder en su afán y deseo de controlar lo que sucede en la economía del país, lo cual implica, también, darse vía libre a controlar precios, expropiar propiedades, controlar inclusive, en situaciones extremas, donaciones. No obstante, a pesar de todos los esfuerzos que pueda hacer el planificador central restringiendo y regulando todo —o eso intenta—, chocan con una realidad que ya Ludwig von Mises explicó a principios del siglo XX, esto es: sin precios libres, realizar cálculos económicos es sencillamente imposible, y, por tanto, que se asignen correctamente los recursos al tiempo oportuno. Todo ello responde al hecho de que, como también señala Hayek, “ningún planificador central podría poseer suficiente información para lograr la eficiencia (Trescott, P., 2021)”. Es decir, solo se centralizaría el poder, se intentaría imitar las reglas de decisión de una economía competitiva (Trescott, P., 2021) y se intervendría en la acción del mercado, pero igualmente no se lograría la eficiencia ni la prosperidad mantenida a largo plazo.

Ahora, ¿por qué Hayek relaciona la planificación económica por parte del Estado con el surgimiento del un Estado totalitario? Como bien resume Trescott, P. (2021): “Los esfuerzos por persuadir a la gente para que trabajara en pos de un conjunto común conducirían a la propaganda y a la represión del debate libre y la disidencia. (p.1)”.

Todo esto es precisamente lo que sucede en Venezuela desde hace algunos años. Todos hemos visto la represión a la libertad de expresión y la violación al derecho de la manifestación pacífica —consagrado en la Constitución venezolana en el artículo 68—. En general, se sabe que varios derechos humanos y derechos políticos han sido violados por el régimen venezolano. No obstante, el régimen no solo intentó por años centralizar el poder, la economía, la riqueza, etc., sino que, actualmente, también están cometiendo la insolencia de querer centralizar la ayuda, el rescate de personas que quedaron bajo los escombros de los edificios y la distribución bajo control militar. Se reportaron persecuciones a voluntarios que se inscribieron en plataformas digitales para colaborar como traductores con equipos de rescate internacionales. La presión fue tal que la página que concentraba dichos datos tuvo que cerrarse.

El doblete sísmico del 24 de junio ya ha comprobado que toda esta “planificación central” liderada por el Estado en los últimos 27 años de gobierno chavista no tuvo resultados eficientes ni efectivos, porque la mayoría de los edificios e infraestructuras pertenecientes a la “Gran Misión Vivienda Venezuela” -programa habitacional del chavismo lanzado en 2011 para construir viviendas en sectores populares- colapsaron, específicamente en los sectores Caraballeda y Catia La Mar, que se ubican en el litoral central del país, específicamente en La Guaira, Estado Vargas, que fueron de las zonas más afectadas y destruidas de la región central (Diario Las Américas, 2026). Es importante mencionar que, según el Diario Las Américas (2026): “Al menos dos de las cinco estructuras que forman parte del conjunto de la Misión Vivienda se derrumbaron (p.1)”.

El régimen venezolano comenzó con la planificación central y ha terminado desarrollando poderes dictatoriales con el tiempo. Esto es algo que se sabe desde hace años en el país. Pero los resultados de su dictadura y de su “trabajo”, si bien se han podido percibir anteriormente, por ejemplo, con la escasez de alimentos del año 2016, nunca habían sido tan palpables como esta vez con lo sucedido el pasado miércoles 24 de junio. La falta de un gobierno organizado y preocupado por su gente, fuerzas armadas indiferentes e incapaces de coordinar un rescate básico y los edificios mal construidos. Suma a esto ahora el hecho de que no dejen a la sociedad civil coordinarse y que la misma no esté preparada para responder adecuadamente a la crisis, porque no existen nociones básicas para ello, porque el Estado ha querido arrogarse absolutamente todo para ellos, porque “eran nuestros salvadores”.

El terremoto doble del 24J no ocasionó las ruinas de Venezuela, solo las hizo visibles. Lo acontecido el 24 de junio es la demostración empírica y el ejemplo del fracaso de la planificación centralizada que Friedrich Hayek denunció: un sistema diseñado, establecido y aferrado al poder, netamente enfocado en someter al ciudadano, pero totalmente inútil e indiferente para salvarlo.

En un sistema libre y descentralizado, la competencia y la responsabilidad legal obligan a cumplir normas de construcción que harían que los edificios fueran antisísmicos, es decir, pudieran resistir a sismos. La Gran Misión Vivienda Venezuela fue un proyecto que, en 2014, años después de sus inicios, según Transparencia Venezuela (citada por Diario Las Américas, 2026) alertó: “permaneció cubierto por la desidia y la corrupción (p.1)”. Los edificios colapsados y devastados son el resultado de la falta total de ingeniería de calidad, porque la lealtad partidista y los intereses propios prevalecieron sobre la preocupación por la vida de los ciudadanos que habitarían allí.

Adicionalmente, otra de las tesis de Hayek fue comprobada a través del “orden espontáneo” que sucedió al desastre natural del 24 de junio. Como ya mencioné, los valores del venezolano, la resiliencia y la empatía del mundo para con personas —en gran medida— desconocidas, se unieron por el mismo acontecimiento destructivo que sacudió al país —para aquellos venezolanos que vivieron el terremoto en alguno de los estados sacudidos— y por la solidaridad hacia quien lo perdió todo —para aquellas personas, venezolanas o no, dentro o fuera del país, que se solidarizaron difundiendo lo que había sucedido o donando recursos-; demostraron que el orden espontáneo significa, más allá del mercado o de la economía, humanidad.

Como explica Hayek (1966), el orden espontáneo se fundamenta en la reciprocidad y los beneficios mutuos. A diferencia de los sistemas verticales, su estructura “no se basa en una jerarquía única de fines y, por consiguiente, no asegura, en general, que lo más importante llegue antes que lo menos importante (p.185)”.

A este fenómeno el autor lo define como “Catalaxia”, un término derivado del griego ‘Katallattein’, que significa ‘admitir en la comunidad’ y ‘convertir de enemigo en amigo’” (p.184). Es el orden que emerge espotáneamente del intercambio libre, y lejos de exigir una escala de valores o fines centralizada y unitaria, no requiere planificación central ni jerarquía de fines: basta con que cada persona actúe desde su propio conocimiento, permite que los miembros de una sociedad libre tengan “una buena oportunidad de hacer un uso exitoso de sus conocimientos individuales para el logro de los propósitos individuales que efectivamente tengan.” (Hayek, F., 185)

Ahora bien, se sabe que este caso, tal y como lo describe Hayek, no es el caso de Venezuela, pero frente al evento extraordinario que sucedió, los venezolanos antepusieron la preocupación por la vida a la preocupación por ser perseguidos por las fuerzas armadas del país. Y es precisamente allí donde se relaciona lo citado anteriormente con el terremoto en Venezuela. Mi país fue testigo de una catalaxia en su estado más puro y urgente, por cuanto, ante la parálisis y la indolencia del centralismo gubernamental, los venezolanos se movilizaron de forma autónoma para ayudar a sus semejantes. Cada individuo activó su conocimiento local: unos mapeando zonas de desastre en redes sociales, otros difundiendo listas de desaparecidos, otros viajando de otros estados del país para ayudar, y muchos arriesgando su vida en los escombros. El propósito individual de algunos era encontrar a su familia; el de otros, el impulso voluntario de salvar a un extraño; y el de unos últimos, el sentimiento de deber moral de ayudar donando a aquel que lo había perdido todo. Y lo único que limitó esta respuesta ciudadana fue el mismo Estado —en el pasado y ahora—. Con todo, sin un plan central, la libre convergencia de estos fines particulares dio forma a un orden espontáneo de rescate que ha logrado que todo el mundo mire a Venezuela, mire a los damnificados y tenga un nuevo propósito individual: ayudar.

Los terremotos del 24J demostraron que el centralismo gubernamental no solo es ineficiente, sino peligroso. Pese a ello, en medio de las ruinas, la ausencia de autoridades en las primeras horas y la indiferencia estatal, quedó en evidencia la mayor lección hayekiana de nuestra historia reciente: Mi país fue testigo de una catalaxia en su estado más puro y urgente. Bastó la coordinación espontánea de millones de voluntades autónomas —fuera y dentro del país— para salvar vidas allí donde el Estado solo ofreció escombros.

Referencias Bibliográficas

Agencia EFE. (2026). Unos 59.000 edificios resultaron afectados por los terremotos en Venezuela, según una primera evaluación de la NASA. CNN Chile. https://www.cnnchile.com/mundo/unos-59-000-edificios-resultaron-afectados-por-los-terremotos-en-venezuela-segun-una-primera-evaluacion-de-la-nasa/

Asamblea Nacional. (2026). Reportan 2.295 fallecidos por doble terremoto del 24 de junio. En: https://www.asambleanacional.gob.ve/noticias/reportan-2295-fallecidos-por-doble-terremoto-del-24-de-junio

BBC News Mundo. (2026). Así te lo contamos: asciende a más 1.900 el número de muertos tras los terremotos en Venezuela mientras disminuye la esperanza de hallar sobreviviente. En: https://www.bbc.com/mundo/live/czxq45p430lt

Borgucci, E. (2012). La descentralización en el discurso (neo)liberal entre 1940 y 1980. Espacio Abierto, vol. 21, núm. 2. Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. En: https://www.redalyc.org/pdf/122/12222378007.pdf

Diario Las Américas. (2026). Edificios sociales de misión de Chávez se desmoronan como castillos de arenas por los sismos, según reportes. En: https://www.diariolasamericas.com/america-latina/edificios-sociales-mision-chavez-se-desmoronan-como-castillos-arena-los-sismos-segun-reportes-n5397946

Efecto Cocuyo. (2026). ONU advierte que cifra real de fallecidos por terremotos en Venezuela supera los reportes oficiales. En: https://efectococuyo.com/la-humanidad/onu-advierte-que-cifra-real-de-fallecidos-por-terremotos-en-venezuela-supera-los-reportes-oficiales/

El Nacional. (2026). Sube a 1.943 el número de fallecidos y a 10.571 los heridos por los terremotos en Venezuela. En: https://www.elnacional.com/2026/06/sube-a-1-943-el-numero-de-fallecidos-y-a-10-571-los-heridos-por-los-terremotos-en-venezuela/

Hayek, F. (1966).Los principios de un orden social liberal. En: https://jeffersonamericas.org/wp-content/uploads/2020/08/Hayek07.pdf

Infobae. (2026). La tragedia sísmica en Venezuela expuso la fragilidad de los edificios de la Gran Misión Vivienda, símbolo de la era chavista. En: https://www.infobae.com/venezuela/2026/07/03/la-tragedia-sismica-en-venezuela-expuso-la-fragilidad-de-los-edificios-de-la-gran-mision-vivienda-simbolo-de-la-era-chavista/

Issing, O. (1999). Hayek – Competencia monetaria y Unión Monetaria Europea. Discurso del profesor Otmar Issing, Conferencia Anual en Memoria de Hayek, organizada por el Instituto de Asuntos Económicos. En: https://www.ecb.europa.eu/press/key/date/1999/html/sp990527.en.html

Molina, T. (2026). Gobierno de Delcy Rodríguez oculta cifras de víctimas del terremoto. En: https://www.elnacional.com/2026/06/delcy-rodriguez-cifras-terremoto-la-guaira-jorge-rodriguez/

Trescott, P. (2021). Hayek se opone a la planificación económica centralizada. EBSCO. En: https://www.ebsco.com/research-starters/history/hayek-opposes-centralized-economic-planning

[*] Este artículo fue publicado en el Blog de Students For Liberty.

El “negocio” del poder

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

La fama ha reemplazado al mérito, la popularidad ha reemplazado a la capacidad y el populismo ha reemplazado a la responsabilidad..”

María José Salinas

Durante años nos han dicho que debemos preocuparnos por quienes acumulan riqueza, que los empresarios ganan demasiado dinero, que nadie debería tener tanto, que hay que poner límites a la riqueza. Sin embargo, casi nadie habla de algo mucho más peligroso: la acumulación de poder. Resulta curioso que existan personas convencidas de que un empresario no debería acumular tanta riqueza, pero consideren perfectamente normal que un político pase treinta o cuarenta años viviendo del presupuesto público; nos preocupa la concentración de capital, mas no la concentración de poder. Y la historia demuestra que el poder suele ser mucho más peligroso.

Un empresario arriesga su patrimonio; un político administra el patrimonio de todos. Uno pone en juego su dinero; el otro decide sobre recursos que no le pertenecen. Aun así, la sospecha suele dirigirse hacia quien produce riqueza y no hacia quien administra impuestos.

La consecuencia está a la vista: hemos normalizado ver políticos rodeados de privilegios que jamás aceptaríamos en cualquier otro empleado. Camionetas blindadas, escoltas, choferes, asistentes, viajes, restaurantes exclusivos, propiedades millonarias, patrimonios que crecen de manera sorprendente al ocupar cargos públicos. Lo observamos una y otra vez y nunca nos detenemos a preguntar algo elemental: ¿de dónde salió ese dinero?

La historia latinoamericana está llena de ejemplos. Fidel Castro construyó un régimen basado en la condena de la riqueza privada, pese a que la revista Forbes estimaba su fortuna en alrededor de 900 millones de dólares. Cristina Fernández de Kirchner fue condenada por corrupción y la justicia argentina ordenó el decomiso de cientos de millones de dólares en bienes vinculados a sus causas judiciales. En Venezuela, mientras millones de personas enfrentaban escasez, apagones, inflación y pobreza extrema, las autoridades acumulaban denuncias internacionales por corrupción, lavado de dinero y enriquecimiento ilícito.

Los nombres cambian, las banderas cambian, los discursos cambian; la tentación del poder permanece. Lo verdaderamente preocupante no es que alguien tenga dinero. Lo preocupante es que quienes viven de recursos públicos terminen acumulando fortunas imposibles de explicar con los ingresos que ellos mismos reportan. Más grave todavía es que muchos ni siquiera cumplen con las responsabilidades básicas para las que fueron elegidos.

La función principal de un gobierno no es repartir favores. No es regalar dinero. No es inaugurar obras con su nombre. No es aparecer en conferencias de prensa. La función de un gobierno es garantizar seguridad, justicia e igualdad ante la ley. Y precisamente ahí es donde demasiados gobiernos fracasan.

Millones de ciudadanos viven con miedo a la delincuencia. Miles enfrentan procesos judiciales lentos, costosos e injustos. La impunidad sigue siendo la regla para innumerables delitos. No obstante, quienes deberían resolver esos problemas suelen vivir protegidos por los privilegios que el ciudadano común jamás tendrá. El privilegio más escandaloso no siempre es económico: es jurídico.

A diferencia de una persona común, que puede pasar años intentando demostrar su inocencia o reclamando justicia, muchos políticos cuentan con fueros, influencias, estructuras partidistas y redes de protección que los mantienen alejados de las consecuencias que enfrentaría cualquier otro ciudadano.

La igualdad ante la ley debería ser el principio más sagrado de una república. Cuando la ley es más indulgente con el gobernante que con el gobernado, deja de existir justicia: lo que existe es privilegio.

Hemos desarrollado una extraña costumbre de tratar a los políticos cual celebridades. Los seguimos. Los defendemos. Los justificamos. Los convertimos en figuras de admiración. Les aplaudimos por hacer aquello para lo que fueron contratados. Aplaudir a un político porque cumple con su trabajo es tan absurdo como aplaudir a un cajero automático porque entrega el dinero que nos pertenece. No está haciendo un favor: está cumpliendo una obligación.

No debería sorprendernos que la calidad de la clase política siga deteriorándose. Para dirigir una empresa se exigen resultados, experiencia, referencias y capacidad demostrada; para dirigir un país parece bastar con la popularidad.

Cada vez es más común ver a influencers, celebridades, actores, deportistas o personajes mediáticos ocupar cargos públicos únicamente gracias a su nivel de reconocimiento. La fama ha reemplazado al mérito, la popularidad ha reemplazado a la capacidad y el populismo ha reemplazado a la responsabilidad.

Ninguna empresa seria entregaría su dirección a alguien solo por ser famoso. Sin embargo, millones de personas están dispuestas a entregar el destino de una nación bajo ese mismo criterio. Si algunos creen que la riqueza debe tener límites, también deberían preguntarse si el poder debería tenerlos.

¿Por qué una persona puede pasar cuarenta años viviendo de la política? ¿Por qué consideramos normal que alguien construya una carrera entera alrededor del presupuesto público? La vieja frase sigue vigente: “los políticos son como los pañales; deben cambiarse con frecuencia y por la misma razón”.

El poder prolongado rara vez mejora a las personas. Con demasiada frecuencia las convence de que las instituciones les pertenecen, de que los recursos públicos son suyos y de que las reglas existen para los demás. Las sociedades libres no se construyen vigilando obsesivamente a quienes generan riqueza: se construyen vigilando a quienes ejercen el poder. El dinero puede comprar comodidad. El poder puede comprar impunidad. El dinero puede perderse. El poder puede utilizarse para manipular leyes, proteger aliados, castigar adversarios y administrar recursos que pertenecen a millones de personas.

La pregunta no es cuánto dinero tiene una persona. La pregunta es cuánto poder estamos dispuestos a tolerar que acumule alguien antes de olvidar que trabaja para nosotros.

El día que dejemos de admirar a los políticos y empecemos a evaluarlos con un rigor semejante al de cualquier empleado; el día que exijamos resultados en lugar de discursos; el día que la ley trate igual al gobernante que al ciudadano; el día que entendamos que el presupuesto público no es propiedad de quienes lo administran, sino de quienes lo financian, habremos dado un paso enorme hacia una sociedad más libre. Pues el mayor privilegio nunca ha sido la riqueza: el mayor privilegio siempre ha sido el poder sin límites.