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(Pablo Vázquez)

Venezuela… ¿está mejor?

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Por Nixon Piñango

@nixon_pinango

Recientemente, el youtuber Oscar Alejandro, residente de los Estados Unidos, viajó a Venezuela y publicó en su canal un par de videos mostrando realidades interesantes que se viven en el país; increíbles realidades, por cierto. En resumen, son los resultados de la llamada dolarización de facto que ahora rige la cotidianidad del venezolano: los bodegones, el internet satelital, el boom del delivery, etc.

Chocó a muchos, evidentemente, sobre todo a migrantes, y es curioso porque parece que la llaga sobre la cual cayó el dedo fue el miedo a la equivocación, esa idea aterradora que ataca de manera furtiva a quienes están en el exilio y que los hace pensar: «años diciendo que el chavismo es una mierda, que Venezuela es el peor ejemplo a seguir de América Latina, que la economía socialista es un desastre, ¿y ahora hay mercados más arrechos que Walmart en Caracas?»

Pues, tranquilidad ante todo. Que nadie se empiece a vestir de rojo ni ataque a Oscar Alejandro porque esto tiene una explicación, una que, además, no es más que un desenlace a mediano plazo de una realidad que cabría definir como agridulce:

En los casi seis años que llevo escribiendo columnas de opinión sobre política y economía, he venido hablando de un fenómeno que está cada vez más presente en Venezuela: el agorismo. Lo he rastreado en mis propios artículos y he llegado a la conclusión de que tuvo su explosión en el año 2018, con aquellas medidas económicas que precedieron al célebre intento de magnicidio contra el tirano Nicolás Maduro, aunque en realidad ha estado allí presente desde que el chavismo comenzó a socializar la economía en sus albores.

Recuerdo que para entonces escribí un artículo en mi blog personal que se llamaba Oda a la inflación: análisis sobre las recientes medidas económicas del chavismo en Venezuela (1), donde explicaba la dimensión e impacto que tendrían dos acciones que el régimen tomó ese mes de agosto: la eliminación (factible) del control cambiario y la eliminación de los aranceles a la importación de bienes de capital; en mi opinión, el paquete económico más importante que habría tomado un régimen político en Venezuela desde los años sesenta.

Les sugiero que lean ese artículo completo; no es tan largo. Pero para los efectos presentes, citaré las dos partes más importantes. La primera sería ésta:

«Llegué a pensar (y aún lo pienso) que estas medidas podrían dar inicio a una serie de transformaciones que virarían el barco hacia el ejemplo de China, es decir, un mercantilismo ofensivo en el que el Estado no se enemista con la propiedad privada —creando así un marco de relativa apertura económica bueno para la inversión—, aunque manteniendo la represión sobre las libertades civiles y continuando con el sistema de otorgamiento de privilegios a los grupos de poder (…)»

Y la segunda sería ésta:

«Está demostrado que ningún tirano nunca llega a ser lo suficientemente poderoso como para intervenir el cien por ciento de la economía y, por lo tanto, el cien por cien de la vida de sus súbditos, y era de eso de lo que me regocijaba en parte. Pero no significaba que no siguiese creyendo que Maduro es un tirano-genocida que merece estar en una prisión por el resto de sus días».

Entonces, el régimen reconoció, sin decirlo abiertamente, que el modelo socialista creado por el difunto tirano Chávez no sólo había afectado gravemente al ciudadano de a pie, sino también al propio politburó. Era quizás la primera vez que actuaban en función de destruir ciertos aspectos del legado de Chávez para garantizar la supervivencia del sistema, algo en lo que la Tintori no se equivocó del todo en su momento, aunque lo expresara de la manera más indigna que pudo hallar.

Por fin los números rojos, que estaban por todas partes, ya no sólo eran visibles para quienes tuviesen un mínimo de sentido común sino también para los propios ineptos que los habían provocado. Sin una renta petrolera multimillonaria como la que tuvo Chávez en su época, sólo quedaba jugar con los mecanismos clásicos para llenar las arcas públicas: la emisión de dinero de forma inorgánica, la emisión de deuda pública y la tributación.

Está de más contar exactamente lo que sucedió (porque extendería innecesariamente este texto y además el venezolano lo ha notado ya cuando le han informado por Twitter que su país tiene la inflación más alta del planeta Tierra), pero sí podríamos decir que en ese juego se percataron de que no era factible estar imprimiendo dinero o endeudándose de por vida.

Todo tirano sabe que la única forma duradera de mantener su régimen es robándole a quienes producen, pero para eso necesita, evidentemente, que alguien produzca. En un reciente artículo publicado en iF Revista Digital, hablé sobre eso, decía que la base del gasto público es la clase media y que expoliar el capital, como ha pasado en veintidós años de expropiaciones y demás abusos contra la propiedad privada, supone una desaparición total de generadores de riqueza que a la larga también termina afectando régimen.

En pocas palabras, para robar de forma duradera, hay que controlar las agallas, hay que robar calmadamente y, sobre todo, hay que dejar respirar a la víctima. Y es eso lo que hizo Maduro con ese paquete económico de 2018, dejar respirar a su víctima…

¿Adónde voy con todo esto? Me parece que para analizar la situación de Venezuela hay que partir de que un sistema económico está lleno de complejidades y elementos que no se pueden categorizar. Los políticos lo saben bien porque son quienes ejercen la función coactiva del Estado y son quienes mejor se dan cuenta de hasta dónde pueden llegar, por eso no es de extrañarse que en Cuba se abran hoteles de lujo para turistas americanos y canadienses, o que China se haya convertido en la máxima potencia comercial del mundo de la mano del mismo partido que hace cincuenta años cargaba a cuestas al menos veinte millones de muertes por hambre.

Cuando la situación se hace insostenible, el cambio llega ineludiblemente, se coloca frente a tu puerta y te fastidia hasta que lo dejas entrar. Y sonará incómodo decirlo, pero no es descartable que en el caso venezolano esto suponga que sea el propio chavismo el impulsor de los cambios que el país necesita para salir de su desastre humanitario. ¿Qué tendrá que ocurrir para que se dé, que se muera Maduro y asuma un Deng Xiao Ping caribeño? No lo sé, no tengo una bola de cristal.

Acá me gustaría hacer una puntualización sobre los comunistas: es más fácil que comunistas como Maduro produzcan cambios radicales a que lo hagan izquierdistas latte como Guaidó, porque los comunistas creen en las grandes obras de ingeniería social (esto es, de hecho, la base del marxismo decimonónico), a diferencia de los socialdemócratas, que son más de pasitos cortos, de sempiternos gradualismos, que van con el freno y el acelerador pisados a la vez. Además, los comunistas, al ser en esencia mafiosos del pensamiento (su ideología se basa en el robo y la generación de violencia), tienen principios muy laxos y los hacen saltar por los aires cada vez que las conveniencias se reacomodan.

El fin de la conexión sensorial entre los ciudadanos y el poder

El régimen chavista se propuso expropiar la totalidad del aparato productivo venezolano desde su ascensión al poder en el año 1999. Sin embargo, no era fácil hacerlo en una economía como la de Venezuela, bastante pujante para ese momento si la comparamos con otras economías de la región. Para que tengan una idea, el sueldo mínimo ese año era de unos ciento treinta dólares mensuales, equiparable al de Chile, que en los noventa se convirtió en el país más rico de Latinoamérica.

Ir a la Plaza Venezuela, por ejemplo, implicaba encontrarse con un panorama citadino de altos edificios, pertenecientes a instituciones financieras y compañías tecnológicas, cientos de miles de vehículos circulando por las diferentes vías de comunicación y una vertiginosa actividad de compra-venta en cientos de comercios distribuidos tras kilómetros y kilómetros de aceras. Por más que un régimen se propusiese expropiar todo eso, sus posibilidades de hacerlo serían bastante bajas; ojo, no es que no pueda, porque todo dependería de la arbitrariedad con la que esté dispuesto a actuar, pero ciertamente se le haría difícil, tendría que enfrentarse a un altísimo nivel de resistencia por parte de los responsables de haber generado dicha prosperidad: los ciudadanos.

El resultado de eso ha sido evidente para el venezolano: un país en el que, a trancas y barrancas, se ha mantenido un mínimo código de convivencia entre la propiedad privada, el trabajador que resuelve como puede la papa del mes, y una tiranía burocrática que además conculca libertades civiles como el derecho a opinar y a organizarse. Se trata de un tira y encoje que ha resultado en cosas aparentemente insólitas como un boom del emprendimiento en el periodo 2009-2013, cuando los recios controles de precios provocaban las peores crisis de abastecimiento que alguien haya vivido jamás. Ustedes se deben acordar, porque éramos objeto de burlas en otros países por no tener papel higiénico en los anaqueles de nuestros supermercados, pero al mismo tiempo convertíamos a Churromania en una franquicia internacional (2).

Eran esas épocas en las que pensábamos: «Venezuela es un país loco de bola, la gente hace cola para comprar harina mientras ve YouTube en sus teléfonos inteligentes, juega en sus PSPs o viste zapatos Adidas. Que arrecho que la moda ahora sea que te maten por un BlackBerry o que en las ferias y los cines de los centros comerciales haya que sentarse en el piso por el coñazo de gente que va a consumir».

Pero no podía ser un producto de la imaginación la escasez de papel higiénico o de harina, menos que a un pensionado no le alcanzara el sueldo para más de dos compras al mes, tampoco podía ser ficción la creciente ola de personas que —previendo un oscurísimo futuro— se iba a probar suerte en otros países, ¿o acaso no se acuerdan de Caracas Ciudad de Despedidas, aquella joyita de la movida alternativa capitalina, publicada en mayo de 2012, de la que todo el mundo se burló?

La verdad es que Venezuela no era, ni es, un país loco de bola, sino que ha estado experimentando el AGORISMO, una cosa bastante cuerda. Escribo la palabra en mayúsculas porque me gustaría que se quedaran con ella en la mente ya que es la clave para comprenderlo todo.

La anarquía que ordena, aunque suene contradictorio

En esos años nadie podía negar que en Venezuela había un Estado arbitrario que con el paso de los días seguía avanzando sobre las libertades de la gente, y yo lo sentía de manera muy vívida porque el haber descubierto al liberalismo económico (extrañamente de la mano de un sociólogo) en 2008, me había abierto los ojos. De hecho, cuando releí mi primera novela hace unos días pude sentir esas ideas nacientes en ella, y también es perceptible en los primeros artículos que publiqué en iF Revista Digital en el año 2015, cuando ya llamaba tiranía al régimen venezolano.

Si alguien dice que «en Venezuela no hay socialismo», está cometiendo un importante error que se puede refutar aludiendo a la propia definición del término: el socialismo es un sistema que busca la conversión total de la propiedad privada en propiedad social o comunal. El Estado venezolano ha hecho justo eso confiscando la mayor parte de los medios de producción en estos veintidós años, empezó teniendo el control total de la industria petrolera (herencia de La Cuarta), aunque luego expropió la tierra, las empresas básicas, los servicios primarios, casi la totalidad de la banca, toda la bolsa de valores, y monopolizó mercados como el de la producción y distribución de alimentos, la obra pública, las telecomunicaciones, el transporte y el turismo.

En manos de los ciudadanos sólo quedó una parte del sector comercial, que si bien nunca ha sido tan pequeño como se cree, igual no representará ni el veinte por ciento del PIB. Ahora, hay otro sector asociado al comercio que también quedó en manos de los ciudadanos: el mercado negro, la economía sumergida, informal, o como quieran llamarlo. Es aquí donde vuelve a entrar el término agorismo, una teoría sobre las diferentes maneras que tiene el ser humano actual de alcanzar la libertad económica plena.

El agorismo viene a explicar aquello que ocurre después de rota la conexión sensorial entre las personas y el poder, cuando una buena parte de la sociedad decide espontaneamente hacer caso omiso a los mandatos coactivos del Estado que más le afectan y organizarse en modelos anárquicos que tienen, en principio, códigos de convivencia primitivos que evolucionan y se vuelven casi tan complejos como los órdenes regulados a los que estamos acostumbrados, justo como una dolarización de facto o un próspero intercambio de bienes importados.

Hablé sobre esto en un artículo publicado en junio de 2019 (3), donde dije:

«Evaluemos –por poner un ejemplo– el mercado de divisas: la tiranía bolivariana estableció un férreo y burocrático control de cambio que provocó una brutal escasez de divisas en pocos años, una política que a su vez hizo florecer un mercado negro del que se han beneficiado, y aún se benefician, un sinnúmero de personas. Éste es sólo uno de los muchos otros mecanismos que el venezolano ha encontrado para funcionar en paralelo a lo que se supone es regular, en una especie de sistema «anárquico» que poco a poco ha adoptado sus propias normas (…)»

También dije, en el párrafo siguiente:

«Es fascinante que las personas hagan cosas para esquivar los tentáculos del poder, cosas que de hecho no deberían considerarse crímenes (…) y es aún más fascinante que lo hagan de una manera inconsciente, como si de hecho ser libres estuviera impreso en su ADN».

Este fenómeno se ha ido produciendo a medida que el Estado es cada vez más incapaz —a causa de la ingente corrupción— de hacer cumplir sus propios mandatos. De nada vale ahora, por ejemplo, que las autoridades intenten cerrar establecimientos donde el dólar es el medio de pago por excelencia, pues cerrían todos los negocios del país. Nadie produciría y no habría de donde robar. Entonces, sólo en ese punto, la anarquía agorista venció.

También venció a la burocracia. Hoy por hoy, es virtualmente imposible fundar una empresa de forma regularizada porque las intendencias venezolanas son mamotretos insorteables. Hacer el papeleo que da sustento legal a una empresa en Venezuela supone pasar por procesos que pueden tardar años en completarse y además requieren de una complejidad logística considerable: va desde lidiar con páginas web que nunca cargan hasta esperar todo una vida a que te publiquen la iniciación del proceso de registro en un periódico impreso. Y eso sin mencionar que el registro de marcas es aún más tedioso. Por eso a la gente le ha importado un pepino hacer los trámites y simplemente ha utilizado sus ganas de trabajar como fuente de legitimidad para abrir abastos, bodegones o tiendas, etc.

Podemos también decir que la anarquía le ganó a la inseguridad. La gente piensa que la disminución del malandraje común en Venezuela se debe a que todas las lacras emigraron a Colombia, Ecuador y Perú. Pero la realidad es más curiosa: al estar conscientes de que las autoridades no cumplen su función de proteger, fiscalizar e intervenir cuando suceden cíimenes, el ciudadano asumido dicha función para sí mismo, algo que en un país tan violento como Venezuela se traduce en una reacción hiperbólica de las víctimas. ¿Ejemplo? La legitimidad de los linchamientos públicos. Todos vimos en algún momento cómo se mataba a golpes a carteristas en lugares públicos cuando eran capturados en flagrancia, eso tuvo un efecto tan sumo en la sociedad venezolana que ya prácticamente se acabaron los hurtos.

Anarquización con luces y sombras

Las personas piensan que la anarquía es mala, pero no es más que lo que les han metido en la cabeza los socialistas de todos los partidos a lo largo de sus vidas. La anarquía es un orden social más dentro de los muchos a los que puede aspirar una civilización. Grandes pensadores como Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, entre otros, consideran que es el orden social más compatible con la naturaleza del ser humano pues evita que éste, siempre pensando en su propio interés, quiera utilizar un órgano monopolista de la violencia para beneficiarse en detrimento de los demás. No obstante, los agoreros del poder absoluto han convertido el término anarquía —al igual que lo han hecho con el término capitalismo— en una palabra peyorativa para describir el desastre socio-político.

Pero no. La anarquía es simplemente un sistema, como su etimología lo indica, donde no existe un poder centralizado —es decir, un Estado— que regule la actividad vital de los seres humanos en un determinado lugar, lo cual no significa que no haya orden. El sistema provoca un autocontrol espontáneo basado en principios innatos del homo sapiens, comportamientos que lo han convertido en el único animal capaz de interactuar pacíficamente con desconocidos de su misma especie.

Aquí cabe plantear entonces, ¿es la presencia de una anarquía agorista en Venezuela algo bueno? Sería difícil responder la pregunta sin consecuencias emocionales para quienes se ofenden con facilidad y no son capaces de evaluar fríamente una determinada realidad, pero ya lo intenté en su momento en el mismo artículo de 2019 que mencioné en el punto anterior. Allí dije:

«Como tiene unos aspectos positivos, el agorismo, para mí, es negativo esencialmente por ser una consecuencia de la intervención violenta del Estado, obliga a la gente a subsistir y crear instituciones que se pueden cuestionar mucho, moralmente hablando (…), lo que supone un caldo de cultivo perfecto para el resentimiento, que es a su vez el principal elemento que utilizan los socialistas-estatistas como combustible».

Ahora que lo releo no sé si estar tan de acuerdo con la totalidad de esa opinión, pero sin duda sigo creyendo que, como hay cosas positivas, también hay sombras, y es que no se puede esperar que algo que surge tan repentinamente y como una pulsión a saltarse las reglas esté del todo bien.

Digamos que una economía que ha sido parcialmente liberada a partir de una reacción abrupta contra las leyes de controles de precios y la burocracia gubernamental, ha terminado siendo un entorno al que sólo puede acceder ese tercio de la población con la posibilidad de conseguir ingresos en divisas o ganancias sustanciales al índice de precios. De esta manera, la gente que sigue —porque no le queda de otra— anclada a las obsoletas leyes de curso legal, vivirá aún en la Venezuela que los emigrados en 2018 recordamos con tristeza, la Venezuela de las colas kilométricas, de los productos de mala calidad, de las humillantes cajas CLAP y de los miserables bonos de la patria. (Esto debería cambiar a medida que crezca esa suerte de contraeconomía y se haga más compleja e inclusiva, pero de momento estarán quienes, como pensionados y adultos jóvenes, deben subsistir de la caridad de otros).

Por otra parte, persisten los crímenes de alto rango, el sicariato y el secuestro. Estas cuestiones son males endémicos de las sociedades caribeñas que, por temas relacionados con el mercado de estupefacientes, son las más violentas del planeta. Aquí la anarquización resultó en una institucionalidad paralela en aquellos lugares donde el Estado perdió su poder coercitivo, hablo del arco minero (controlado por señores de la guerra), la Península Guajira (controlada por carteles de narcotráfico) e incluso, en un sentido más sectorial, la Cota 905 en Caracas (gobernada por Coqui). Esos sitios funcionan bajo simplísimas normas que garantizan paz a quienes se someten sin chistar y que desatan sadismo sobre quienes deserten.

Pero lo peor de todo es la consecuencia principal de tomar un respiro: la pasividad. Con una economía dinamizándose de a poco y la mirada del ciudadano puesta en qué hacer para crecer como persona inclusive en las extrañas circunstancias alrededor, nadie estará pendiente de resistencias, movilizaciones de calle, diálogos o elecciones. Es por eso que, aunque hablo fríamente de agorismo, aunque entiendo por qué surge y en parte lo veo con buenos ojos, no me considero su fan.

Entonces, ¿qué podemos decir en conclusión con respecto a la pregunta que da título al texto? Bueno, hay dos respuestas concretas: la primera es que, sin duda alguna, Venezuela está mejor para cierto sector de la población y seguirá estando mejor e incluyendo a más gente en esa mejoría si al régimen no se le ocurre arreciar de nuevo sus controles; y la segunda es que Venezuela no está mejor gracias a ningún político (todos son de alguna manera ladrones y oportunistas) sino al ciudadano de a pie que ha dado con la clave para que su desgracia se le haga más leve.

Ahora, no me gustaría terminar esto de forma negativa sino más bien con un cuestionamiento esperanzador, porque realmente confío en el ciudadano libre como promotor elemental de las grandes cosas: se teoriza en la filosofía libertaria que a la larga la ciudadanía aumirá que las competencias del Estado son perfectamente trasladables a la empresa privada, además, ya habrá practicado hechos similares en los pequeños espacios de anarquía donde se hubo desenvuelto. Entonces, ¿cabría la posibilidad de que esto que vive Venezuela sea un paso en la buena dirección para originar una sociedad verdaderamente liberal?

  1. https://laciudaddeloslocos.wordpress.com/2018/08/21/oda-a-la-inflacion-analisis-sobre-las-recientes-medidas-economicas-del-chavismo-en-venezuela/#more-798
  2. https://www.sun-sentinel.com/elsentinel/fl-es-churromania-walmart-20131213-story.html
  3. https://revistalibertaria.com/mercado-negro-hay-realmente-anarquia-en-venezuela/
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John R. De la Vega, P.A.

Immigration Law
  • Asilo
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  • Peticiones familiares

John De la Vega es un abogado venezolano-americano que ha ayudado mucho a la comunidad venezolana e hispana en sus procesos migratorios en los Estados Unidos.

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John De la Vega es un abogado venezolano-americano que ha ayudado mucho a la comunidad venezolana e hispana en sus procesos migratorios en los Estados Unidos.

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