Esta semana, se designa al exministro venezolano Tareck El Aissami, dada sus denuncias públicas acusando al fiscal general del régimen, Tarek William Saab, de haber ordenado su tortura dentro de los centros de reclusión de la tiranía.
El Aissami afirma haber sido víctima de tratos crueles e inhumanos, especificando que fue desnudado, drogado con el propósito de someterlo a interrogatorios coercitivos y dejado con secuelas físicas graves producto de una intervención quirúrgica deficientemente ejecutada en su lugar de cautiverio.
No obstante, es necesario recordar que El Aissami fue miembro de toda la estructura criminal, y por tanto corrupta y represiva, que sometía a los venezolanos, antes de ser victima del propio sistema que defendía. Por tanto, está recibiendo una cucharada de su propia medicina.
Durante años, El Aissami operó como una de las principales cabecillas de la cúpula que durante años ejecutó torturas, asesinatos y violaciones sistemáticas a los derechos humanos en Venezuela, y no se quejó ni una vez de ello, más bien lo ocultó y defendió.
En su paso por el chavismo, El Aissami ejerció cargos de alta relevancia, tales como gobernador del estado Aragua —periodo en el cual dirigió las fuerzas policiales y militares más sangrientas y represivas contra las manifestaciones civiles— y posteriormente como ministro de Relaciones Interiores y Justicia, posición desde la cual actuó con total arbitrariedad.
De hecho, el exministro formaba parte de una estructura centralizada de «cuatro patas», compartida con el ministro de la Defensa, los hermanos Rodríguez y otra pieza del entorno delictivo, antes de ser finalmente desplazado del esquema de poder.
Por tanto, la caída en desgracia de El Aissami responde directamente a conflictos de intereses internos tras intentar disputar influencia frente a actores que ostentan el control real de la tiranía, específicamente Diosdado Cabello.
Así, ironicamente, las quejas de El Aissami solo demuestran una máxima histórica indiscutible: «la revolución se traga a sus propios hijos», sin importar cuán arriba o abajo se encuentren dentro de la estructura criminal.