En el marco de la dinámica política venezolana, el denominado «chavismo originario» —encabezado de forma grotesca por el cadáver político de Elías Jaua— se ha erigido de manera indiscutible como el «Borrego de la Semana».
Tras un prologado aislamiento y olvido, este sector pretende resucitar en la palestra pública pretendiendo asumir una supuesta postura «digna» mediante la firma de la llamada «Declaración de Maracay», un panfleto ideológico en el que se rebelan contra Delcy Rodríguez, acusándola de actuar como una ficha del «imperialismo» estadounidense y de someter al país a un tutelaje extranjero.
Si bien, esta maniobra no representa más que una muestra indignante de incoherencia, cinismo y desesperación de quienes jamás cuestionaron la injerencia e invasión de otros imperios mientras disfrutaban de las mieles del poder.
La pretendida postura «revolucionaria» de Jaua y su grupo queda absolutamente desmontada ante la evidente cobardía que guía sus actos. Resulta irrisorio que quienes hoy se rasgan las vestiduras con comunicados y retórica barata contra la colonización estadounidense no hayan tenido el valor de salir a la montaña, agarrar un fusil o arriesgar el pellejo para defender a Nicolás Maduro el pasado 03 de enero.
En este sentido, incapaces de pasar a la acción real, estos supuestos radicales reducen su «resistencia» a redactar comunicados desde la comodidad, confirmando que lo único que saben hacer es hablar paja y mendigar la atención que la dinámica política les ha arrebatado.
Este episodio no hace más que maximizar y exponer de manera quirúrgica la naturaleza intrínsecamente traicionera, mentirosa y delatora del chavismo. La pataleta de Elías Jaua no responde a convicciones patrióticas, sino al despecho por haber sido despojado de sus cuotas de poder y quedar fuera del reparto de prebendas.
Históricamente, la cúpula chavista ha estado repleta de «sapos» y delatores que terminan convertidos en testigos protegidos de la justicia estadounidense cuando sus intereses se ven amenazados —tal como ocurrió con Rafael Isea, Leamsy Salazar, Hugo «El Pollo» Carvajal y Clíver Alcalá Cordones—, demostrando que entre ellos mismos la lealtad no existe y la traición es la regla del juego.
Resulta patético el intento de rebrandear la imagen de estos personajes, pretendiendo ponerse una «camisita azul» para simular un «chavismo limpio» o «azul» desmarcado del rojo tradicional, en un burdo intento de borrar de un plumazo su historial criminal de violaciones a los derechos humanos, persecución y saqueo al Estado.
Elías Jaua no es más que un oportunista amargado que pretende lavar sus culpas criticando a Delcy Rodríguez; sin embargo, sus pataleos de ahogado no lograrán limpiar sus pecados ni engañar a un país que lo reconoce exactamente como lo que es: un delincuente serial de la revolución y el borrego insigne de la coyuntura política actual.