Realpolitik en el Siglo XXI: El colapso de las instituciones globales y el regreso de las esferas de influencia

Andrea Ruiz, internacionalista de la Universidad Central de Venezuela y coordinadora local senior de EsLibertad Venezuela

(…) la diplomacia deja de ser un espacio para la construcción de una comunidad global y pasa a ser una herramienta de gestión de riesgos, donde cada Gobierno busca expandir su soberanía y asegurar su supervivencia en un sistema internacional anárquico y competitivo.

Andrea Ruiz

El paradigma internacional que predominó desde la posguerra, más específicamente desde 1945 ha sido el Multilateralismo, siendo las Naciones Unidas (ONU) el nuevo organismo intergubernamental diseñado para promover la cooperación entre los distintos Gobiernos, el diálogo y evitar el conflicto a través del derecho internacional. La seguridad pasó a ser colectiva y todos los Gobiernos independientemente de su poder político, económico y militar contaban con voz y voto de decisión sobre los asuntos globales. Este sistema internacional fue impulsado y promovido por Estados Unidos, convirtiéndose en el nuevo hegemón del tablero internacional.

En este escenario comenzaron a surgir nuevo actores internacionales que en mayor a menor medida tienen influencia en la política y economía internacional, estos van desde Organismos Internacionales, Organismos Regionales, Organismo de seguridad colectiva como la OTAN, Empresas Transnacionales, Sociedad civil, Actores (personas) influyentes, entre otros. Asimismo, comenzaron a surgir nuevas potencias económicas como China, India, Alemania, Japón y Brasil, mientras que Rusia[1] surge como una potencia militar. Convirtiéndose la tecnología, los recursos energéticos (hidrocarburos), las tierras raras y el comercio internacional en factores claves para la política exterior de los Gobiernos, utilizando los mismos como método de presión para conseguir su interés nacional.

Durante el último año hemos visto el colapso del multilateralismo, en palabras del Primer Ministro de Canadá Mark Carney en su discurso en el Foro Económico Mundial en Davos, “estamos frente a la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad dura, en un entorno geopolítico en que las principales potencias, comenzando por la principal [—refiriéndose a Estados Unidos—], actúan siempre que pueden sin límites ni restricciones.”[2] En donde las Naciones Unidas ha perdido la capacidad de solucionar los conflictos armados y las guerras actuales, vemos que los Estados permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) utilizan su derecho al veto del voto para su propio beneficio nacional, limitando de esta forma la capacidad de actuar de la Organización.

En este nuevo escenario resurge el realismo político (Realpolitik), una corriente que entiende la política como una constante lucha de poder en la cual los Estados utilizan sus recursos (económicos, militares y políticos) para aumentar su poder e influencia, priorizando el nacionalismo, los intereses y la seguridad nacional, por encima de los intereses colectivos o globales[3]. Aquí existe la cooperación y las alianzas entre los diferentes Gobiernos, sin embargo, ya no es una cooperación basada en la búsqueda del bien común, sino que se convierten en acuerdos estrictamente transaccionales. De esta forma, las alianzas se vuelven pragmáticas —en donde ningún aliado es permanente, pues los aliados de hoy pueden ser los enemigos de mañana si el equilibrio de poder así lo requiere—.

Así, la diplomacia deja de ser un espacio para la construcción de una comunidad global y pasa a ser una herramienta de gestión de riesgos, donde cada Gobierno busca expandir su soberanía y asegurar su supervivencia en un sistema internacional anárquico y competitivo. Por lo que, tácitamente se acepta que las potencias predominantes ordenan el tablero geopolítico a su conveniencia, pues ya no existe un equilibrio internacional capaz de limitar su accionar.

Por otro lado, la seguridad colectiva era un compromiso internacional, donde cualquier amenaza a un Estado debía de ser solucionada a través del diálogo, acuerdos, arbitraje y mediante los organismos internacionales o regionales, siendo Estados Unidos la potencia encargada de vigilar la seguridad mundial y el mediador universal de solucionar los conflictos y desacuerdos internacionales. En el realpolitik la seguridad pasa a ser una cuestión nacional, en donde los Gobiernos ya no confían en la estabilidad y el compromiso de los acuerdos y tratados internacionales, sino que ahora confían es en el fortalecimiento de su fuerza militar nacional y de su avance tecnológico.

Política exterior de Trump

Desde el primer mandato de Trump podemos ver como comienza a resurgir poco a poco el realpolitik, si analizamos sus acciones de política exterior en base a esta corriente en donde se utiliza el poder económico, político y militar para el beneficio nacional vemos que con el eslogan de “America first”, la política exterior  estadounidense pasó de promover la cooperación internacional a ser aislacionista y a buscar el beneficio nacional, la protección de su industria y de sus fronteras, caracterizándose por llevar a cabo acciones unilaterales pragmáticas en los asuntos internacionales, donde los acuerdos multilaterales y los organismos internacionales pasaron a ser obstáculos para la maximización de la soberanía nacional estadounidense.

Durante su primer mandato presidencial Trump busco incrementar la producción y los ingresos de la industria estadounidenses, por lo que revirtió numerosas regulaciones ambientales, se retiró del Acuerdo de París[4], promulgó una serie de aranceles sobre varios países, siendo China el mayor país afectado por los mismos, dando inicio a la guerra arancelaria que actualmente sigue vigente afectando al comercio internacional y sirviendo como un método de presión sobre los demás Gobiernos para lograr sus objetivos nacionales. Asimismo, Trump promovió el nacionalismo implementando una política migratoria rígida en donde el flujo migratorio pasó a ser una “amenaza” a la soberanía e integridad territorial.

Además, Trump también se retiró de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de las negociaciones de la Asociación Transpacífica, del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA)[5], demostrando que no existen aliados ni enemigos permanentes, por lo cual durante este primer mandato Trump se reunió tres veces con el presidente Norcoreano Kim Jong Un para intentar llegar a un acuerdo sobre la desnuclearización de Corea del Norte, pero no tuvo éxito.

Con respecto al continente asiático, las acciones de política exterior estadounidense más relevantes fueron los Acuerdos de Abraham, que beneficio a Israel al normalizar las relaciones económicas y diplomáticas con varios países Árabes, reconociendo a Jerusalén como capital del país. Con ello, la administración israelí firmo un acuerdo con Arabia Saudita para la venta de armas, retiro las tropas estadounidenses del norte de Siria, permitió que Turquía realizara la ocupación de la zona, apoyó la intervención de Arabia Saudita en Yemen contra los hutíes, e impuso sanciones económicas a Irán.

En este segundo mandato, Trump ahora con el eslogan de Make America Great Again (MAGA) empezó a utilizar la doctrina Monroe “América para los Americanos” en su política exterior buscando aumentar su influencia y poder en la región, por lo que dejando a un lado la cooperación internacional y la diplomacia Trump llevo a cabo una serie de acciones unilaterales que priorizan la seguridad nacional estadounidense, como lo es la guerra contra las drogas y el terrorismo que llevo al desplegué naval de sus tropas en el Caribe donde autorizó el uso de la fuerza para el ataque contra “las narcolanchas”, buscando evitar la expansión de grupos terroristas en la región.

Asimismo, designó a distintos grupos entre ellos el Tren de Aragua, el Cartel de los Soles y el Clan del Golfo como Organizaciones terroristas extranjeras que amenazan la seguridad nacional estadounidense por lo que dictó una serie de sanciones económicas y aranceles como método de presión a Venezuela y a distintos líderes de dichas organizaciones. Incluso designó al Gobierno venezolano como un “narco-estado” lo que le permitió llevar a cabo una operación militar el 3 de enero de 2026 contra el dictador venezolano Nicolás Maduro, que terminó en su captura y extracción a los Estados Unidos para ser juzgado por narcotráfico, convirtiendo el combate contra las drogas y el narcotráfico en un factor geopolítico clave.

Al convertirlo en un factor geopolítico le permite a Trump reafirmar los intereses estadounidenses en la región, controlar los recursos estratégicos clave y reducir la influencia de China, Rusia e Irán que ahí en la región. Por otro lado, Trump continua con una política proteccionista en donde vuelve a utilizar los aranceles comerciales como método de diplomacia y presión para el beneficio nacional, en donde impuso aranceles tanto a países “no amigos de EE. UU.” como a sus países aliados, siendo otra vez China el país al que le impuso más aranceles, para reducir su influencia global, buscando a su vez controlar la producción de microchips y de la tecnología. Estos aranceles afectan al mercado internacional, y a su vez también ocasiona que la bolsa de valores internacional fluctúe.

Por otro lado, continúo con una política migratoria rígida buscando controlar las migraciones ilegales, imponiendo incluso sanciones económicas a México y otros países latinoamericanos para que actúen como muros periféricos para frenar la migración, utilizando el control de las fronteras como método de presión geopolítica, además de establecer una política de deportaciones masivas lo que ocasionó una tensión de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y varios países Latinoamericanos, en donde los derechos humanos son desplazados por el levantamiento de sanciones arancelarias.

No conforme con esto, en la administración Trump, EE. UU. también se retiró de 66 organizaciones internacionales, incluyendo tanto tratados sobre el cambio climático como diversos organismos de la ONU, pues considera que estas son un obstáculo al promover agendas globales sobre los intereses estadounidenses, e incluso presionó a los países miembros de la OTAN a que aumentaran su gasto de defensa, esto ha llevado a una militarización acelerada de Europa, que ahora busca una «autonomía estratégica» ante la incertidumbre del apoyo estadounidense, además de que las tensiones entre Europa y Estados Unidos ha ido aumentando con las presiones políticas y económicas que ha ejercido Trump pues quiere comprar Groenlandia.

Cabe destacar que Trump ha buscado un acercamiento político con Putin para acabar la guerra Rusia-Ucrania, en donde ha reducido su gasto de financiamiento militar a Kiev impulsando a Europa a que asuma una colaboración económica y militar más activa en dicho conflicto. Del mismo modo, gracias a la presión política que ejerció Trump puso fin al conflicto armado entre Israel y Palestina. Y también, ha presionado a Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos para consolidar un bloque de seguridad regional que asuma la responsabilidad de mantener el orden, permitiendo que las tropas estadounidenses se retiren del área gradualmente.

Esta política exterior aislacionista de Trump debilitó la posición que tenía Estados Unidos como el hegemón del tablero internacional, permitiendo que nuevas potencias como China y Rusia puedan reclamar sus propias esferas de influencia, consolidando un paradigma tripolar.

El surgimiento del paradigma Tripolar

A inicios de 2026 hemos visto el colapso del multilateralismo bajo el surgimiento del paradigma tripolar liderado por Estados Unidos, Rusia y China, este nuevo orden se basa en la gestión de las esferas de poder y el control de recursos tecnológicos y estratégicos. China expande su poder e influencia a través de la geoeconomía, utilizando la Ruta de la Seda y el control de las cadenas de suministros en Asia y África convirtiéndose en su esfera de poder, además establece alianzas con el Sur Global. Mientras que Rusia reafirma su presencia mediante la fuerza militar y los recursos energéticos (hidrocarburos), consolidando un bloque euroasiático desestabilizando el orden occidental a través de su guerra contra Ucrania. Por su parte, Estados Unidos reafirma su influencia en el continente Americano.

En este nuevo paradigma, la seguridad nacional de estas tres potencias pasa a ser la agenda internacional: mientras Estados Unidos libera una guerra contra las drogas en el Caribe por cuestiones de seguridad nacional, Rusia se fue a la guerra con Ucrania para defender su frontera de la influencia de Occidente y la OTAN, es decir, una guerra por en donde se debate su seguridad nacional, y China aumenta la presión militar en su Mar del Sur pues no es solamente el plan de “una sola China”, sino que Taiwán es un competidor económico de China en la producción de microchips y además es aliado de Estados Unidos, lo que es una amenaza para su seguridad nacional.

Además, China y Estados Unidos se encuentran en una carrera por el control de las tierras raras, de la tecnología, de la IA y del comercio internacional, pues quien controle esos recursos, dicta las reglas en el tablero internacional.  Por ende comenzamos a ver cómo las potencias medias empiezan a tener un papel fundamental al comenzar a actuar como puentes entre Rusia, China y Estados Unidos, pues las instituciones multilaterales se han quedado sin capacidad real para resolver los problemas actuales, en donde las decisiones internacionales se toman en conversaciones bilaterales entre las tres esferas de poder.


[1] GDP by Country (2026) – Worldometer. (s. f.). Worldometer. https://www.worldometers.info/es/pib/pib-por-pais/?source=imf%C2%AEion=worldwide&year=2026&metric=nominal#google_vignette

[2] Davos 2026: discurso especial de Mark Carney, primer ministro de Canada. (2026, 26 enero). World Economic Forum. Recuperado 31 de enero de 2026, de https://www.weforum.org/stories/2026/01/davos-2026-special-address-by-mark-carney-prime-minister-of-canada/

[3] De Jalisco, E. C., & Medina-Núñez, I. (2019). El concepto Realpolitik en la ciencia política. Espiral Estudios Sobre Estado y Sociedad, 26(76), 281-290. https://doi.org/10.32870/eees.v26i76.7023

[4] Zurcher, A. (2018, 19 enero). 10 cosas que cambiaron con Donald Trump en Estados Unidos en su primer año como presidente. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-42674577

[5] Ibidem.

Putin, guerra e ideología

De FTN

Por Jorge Jraissati (@JraissatiJorge)

Estimados lectores,

Como muchos de ustedes sabrán, desde el otoño pasado, he estado escribiendo sobre Rusia.

En aquel momento, tuve la agudeza de alertar sobre la creciente posibilidad de que el presidente ruso, Vladimir Putin, escalaría sus acciones militares en Ucrania.

Cabe destacar que digo escalar y no iniciar, ya que esta guerra no comenzó en febrero de este año, sino en marzo de 2014 cuando Putin decidió invadir Crimea.

Cuando sostuve que Putin planeaba tomar Kyiv a principios de 2022, muchos quedaron desconcertados por mis comentarios. En su opinión, mi análisis retrataba una visión sesgada del líder ruso.

«Putin nunca haría eso; es un realista, un pragmático», me decían. De hecho, permítanme parafrasearlos de mejor manera:

«Jorge, está claro que Putin decidió tomar Crimea en 2014 por su interés geopolítico. Sin Crimea, y el puerto de comercial de Sebastopol en particular, Rusia no puede acceder al Mar Negro. La falta de puertos de aguas cálidas de Rusia es un riesgo para su seguridad nacional. Eso todos lo sabemos. Putin simplemente está haciendo ahora lo que Catalina II hizo en 1783».

Mi problema con ese razonamiento es simple: No considero a Putin como un táctico o un pragmático. Por el contrario, lo veo como un individuo gobernado por sus emociones y por una ideología profundamente anacrónica sobre el poder político en general, y el lugar de Rusia en el mundo en particular.

Esto se hizo evidente con su famoso discurso en Múnich en 2005. Fue en ese discurso durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, cuando Putin dijo que el colapso de la Unión Soviética fue «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX».

Se trata de un comentario sorprendente, teniendo en cuenta que el siglo pasado fue testigo de dos guerras mundiales, que provocaron la muerte de 20 y 50 millones de personas, respectivamente.

El comentario de Putin es aún más preocupante si se tiene en cuenta que, gracias a la caída del Imperio Soviético, millones de personas se vieron finalmente liberadas del Kremlin, aquel régimen que condenó a millones a los gulags.

Pero esa no es la forma en que Putin ve el mundo. Él ve el mundo a través de los ojos de un hombre de la KGB. Él gobierna con el miedo. Él cree en el miedo. Y por ello, una Ucrania libre y democrática era inaceptable a sus ojos, una amenaza para su propio régimen.

Su guerra en Ucrania nunca ha sido por la expansión de la OTAN hacia el este europeo. Putin no le teme a la OTAN; Putin simplemente odia la democracia.

Por eso decidió invadir Crimea en marzo de 2014. Ya que, para él, la «revolución de la dignidad» en Ucrania era un hecho intolerable. El veía a esos jóvenes que protestaban en la plaza Maidan como alborotadores. Y el vio la salida de Víktor Yanukóvich en febrero de 2014 como un complot del embajador Michael McFaul y del gobierno de Estados Unidos. Este complot, por supuesto, tenía como objetivo socavar su poder en Rusia, así como su «esfera de influencia privilegiada» en Europa del Este, especialmente entre los países eslavos del este.

Desde entonces, Putin ha hecho todo lo posible para destruir la ya débil democracia de Ucrania. Anexó ilegalmente a Crimea. Apoyó a los grupos separatistas en Donetsk y Luhansk. Lanzó ataques cibernéticos contra Kyiv. Y esta primavera, hizo lo que muchos consideraban impensable en el siglo XXI, lanzó un ataque militar contra Ucrania. Esta vez, no sólo para recrear lo que él llama Novorossiya, sino para tomar todo el país.

En definitiva, es una pena que Putin llegase al poder en 1999. Boris Yeltsin hizo muchas cosas mal, pero quizá su peor legado no sea otro que el ascenso de Putin.

Imagínense un mundo en el que Yeltsin en lugar de elegir a Putin como sucesor, hubiera elegido a un joven gobernador llamado Boris Nemtsov, cuyas reformas en la región de Nizhny Novgorod Oblast fueron alabadas en su momento. Ahora, con casi con toda seguridad, Rusia sería una nación democrática, respetada y próspera, en lugar de la nación paria, autoritaria y pobre que es hoy.

Pero todos conocemos la historia. Más de dos décadas después de esta decisión, Putin sigue en el poder, mientras que Nemtsov ya no está entre nosotros, brutalmente asesinado en la primera del 2015. Y mientras Putin esté en el poder, Rusia nunca alcanzará todo su potencial.

En este sentido, yo creo que Rusia puede desempeñar un gran papel en nuestro mundo, pero para ello tiene que ser libre y democrática. Tiene que estar abierta a la innovación. Tiene que respetar el orden internacional actual. Y tiene que dar oportunidades a sus jóvenes. El pueblo ruso se lo merece. Y el mundo se beneficiará enormemente de ello.