Esta semana, el programa ofrece un análisis contundente y sin concesiones sobre el estado real del poder en Venezuela, dibujando un mapa mapa de una transición tutelada, plagada de contradicciones, silencios incómodos y deudas morales aún impagas.
La noticia del día estuvo marcada por revelaciones de informes periodísticos que apuntan a contactos directos entre figuras históricamente antiestadounidenses del régimen venezolano y agencias clave de Estados Unidos antes, durante y después de la captura de Nicolás Maduro. Los encuentros de Diosdado Cabello y Delcy Rodríguez con representantes de alto nivel —incluido el director de la CIA— desmontan años de retórica incendiaria contra el “imperio” y exponen una realidad política mucho más pragmática: negociaciones tras bastidores, lealtades intercambiables y un poder que sobrevive no por ideología, sino por utilidad.
En ese contexto, el borrego de la semana no podía ser otro que Diosdado Cabello. Su historial de acusaciones obsesivas contra supuestos “agentes de la CIA” contrasta de forma grotesca con los indicios de su propia colaboración. La ironía es grande, porque quien construyó su poder señalando traidores termina encarnando la caricatura que él mismo difundió durante años. La narrativa conspirativa se derrumba frente a los hechos, y con ella, la credibilidad de uno de los hombres más temidos del chavismo.
La sección En polémica puso el foco en un caso humano que revela las grietas de la política migratoria estadounidense. La detención y posible deportación del teniente Germán Rodolfo Varela López —protegido durante más de dos décadas por la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura— abre un precedente alarmante. Enviar a un exmilitar venezolano, con un perfil de alto riesgo, a un tercer país como México no solo contradice el espíritu de la protección internacional, sino que expone una peligrosa incoherencia entre el discurso de derechos humanos y su aplicación práctica.
En Desmantelando a la izquierda, el programa abordó una de las grandes mentiras del momento, a saber, la supuesta liberación masiva de presos políticos. Los datos verificables indican que, aunque se han producido excarcelaciones puntuales, estas están muy lejos de las cifras proclamadas por el chavismo. La realidad es que la mayoría de los presos políticos —especialmente militares— continúan tras las rejas, mientras la comunidad internacional parece más atenta a los indicadores económicos que a la libertad efectiva de los ciudadanos.
Finalmente, El corrupto en la mira cerró el círculo señalando que ninguna negociación, colaboración o utilidad geopolítica borra el pasado de Diosdado Cabello, quien concentra un prontuario político y administrativo marcado por corrupción sistemática, nepotismo, vínculos con el narcotráfico y abuso de poder en cada cargo que ocupó. Por ello, su permanencia en la estructura del Estado no es símbolo de estabilidad, sino de impunidad; que hoy coopere no lo absuelve; apenas confirma que el poder, cuando se siente acorralado, cambia de discurso, no de naturaleza.









