Por Leroy Garrett (@lerogarrett).
Heródoto, a quien se atribuye ser el padre de la historia, escribió en primera persona. ¿Qué tiene esto de especial o trascendental?
Es el hombre y su circunstancia, su tránsito vital; una vida para contarla, como refería García Márquez de la suya propia. Es el relato prístino de un tránsito catapultado por el dedo del destino: estar donde las cosas pasan.
Esto ocurre con el libro que acaba de publicar Ricardo Escalante, premio nacional de periodismo —época en la que ser ganador no equivalía a ser adepto al gobierno, sino todo lo contrario—, pese a contar con la inteligencia emocional y el don de gentes suficientes para sostener una amistad sincera e incondicional con los personajes que marcaron el devenir de la República de Venezuela hasta su extinción en 1998.
En las páginas de Ricardo hallamos una prosa fresca e incisiva, sin menoscabo del nivel culto que nutrió durante años sus columnas de El Universal.
Ricardo, el joven tachirense de San Cristóbal que se trasladó a Caracas en busca de su destino y vinculó su vida al hecho político central de la era democrática venezolana, nos ofrece una línea de análisis indispensable en estos momentos tan difíciles para la venezolanidad a través de su obra En Voz Alta.
Con precisión de relojero, recorre los personajes y eventos que configuraron la democracia. Figuras indispensables como Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez, Gonzalo Barrios, Rafael Caldera, Luis Herrera Campins y Jaime Lusinchi, entre otros, aparecen en sus luces y sombras con objetividad histórica, en una narrativa yin-yang que alterna pasado y presente sin desorientar al lector; por el contrario, lo sumerge en el hilo de los hechos y su desenlace fatal: el chavismo.
Destaca un elemento fundamental que otros cronistas han pasado por alto o tratado superficialmente: el papel de los empresarios de medios en la campaña de desprestigio contra actores clave y contra el propio sistema de libertades, factor que contribuyó directamente a la caída de la democracia venezolana.
Especialmente Marcel Granier y RCTV como laboratorio de incesante descrédito y crítica no constructiva, al final, el sistema que destruyó, una vez destruido, hizo fácil su propia caída.
Otro aporte relevante es su análisis cubre abuso de poder como motor de degradación del liderazgo y, el usar la nación y recursos con el criterio Gomecista de la hacienda de su propiedad.
La ambición desmedida, los intentos de defenestración del adversario político, alcanzaron extremos escandalosos que erosionaron la estabilidad del sistema. Los odios entre antiguos aliados incondicionales —como el caso de Betancourt y Pérez en el escándalo del buque Sierra Nevada—, la obsesión de Luis Herrera Campins por liquidar a Acción Democrática, la ambición ilimitada Caldera y los errores garrafales en materia fiscal y económica terminaron por llevarse por los cachos al país y a sus instituciones, que hoy tanto extrañamos.
De especial valor para el estudio histórico es su relato de la caída del segundo gobierno de CAP, un hombre de buenas intenciones y vocación histórica —a diferencia del egocentrismo calderista—, que sucumbe como el Edipo Rey de la tragedia venezolana.
No pretendo agotar aquí el fascinante y clarividente contenido de la obra de Ricardo Escalante. Solo pretendo motivar a los lectores a procurarse este libro, disponible en Amazon, para que saquen sus propias conclusiones sobre las dolorosas lecciones de nuestra historia reciente, la desaparición como republica independiente latinoamericana y ahora posible nación asociada a los Estados Unidos de América.







