Sin justicia no hay libertad: una breve reflexión sobre Justicia, Libertad, Dios, realismo político y el caso Venezuela

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

Sin justicia no hay libertad. (…) El perdón no es sinónimo de impunidad. (…) [Pero] lo que se requiere de nosotros no es un optimismo ingenuo ni un purismo paralizante, sino la capacidad de forzar las condiciones para que la justicia sea posible

Roymer A. Rivas B.

Cuando el Rey Salomón —según la Biblia[1], el hombre más sabio de su tiempo (1Re. 4:30-31)— llega al poder, lo primero que hizo fue juzgar y ejecutar sentencia sobre diversos personajes que habían cometido crímenes, hasta ese momento impunes, durante el reinado de su padre, el Rey David (1Re. 2:5-9). De hecho, fue su mismo padre quien, sabiendo de la sabiduría de su hijo, le dice que busque qué hacer con tales injusticias, es decir, lo deja de tarea pendiente, de cara al nuevo reinado que se instauraría en Israel, con un mensaje muy claro que encontramos en 1Re. 2:9: “Ahora tú, que eres un hombre sabio y sabes lo que le debes hacer, ¡No lo dejes sin castigo!”.

A mi me parece interesante este hecho, porque, partiendo de la idea que buscan vender las religiones sobre un Dios profundamente benevolente, bondadoso y amoroso, uno esperaría que un gobierno del hombre “más sabio” de su tiempo, que sirve a ese Dios, inicie con actos que se apeguen más al “dejar pasar” tales agravios. Pero fue todo lo contrario, y —gracias a Dios— de ello podemos extraer muchas cosas, dado lo que atraviesa Venezuela en este momento. En este sentido, debo resaltar lo siguiente: Salomón actuó conforme a la tarea que le había dejado su padre porque, como bien muestran las escrituras, comprendió —y demostró— que la estabilidad de una nación no es producto de oraciones, ni benignidad, la pasividad o el azar, sino el resultado de un orden legal que sí funciona.

El caso de Joab, por ejemplo, quien había conspirado para usurpar el trono y, en el camino, asesinado a generales —Abner y Amasa— en tiempo de paz, manchando el honor de la corona, era necesario que no quedara impune porque, en el fondo, se vendería la idea de que la ley del más fuerte prevalecería sobre la ley, o, junto al caso de Simei, de que cualquiera podría ser desleal y desafiar la autoridad legítima. Nuevamente, el “no dejar sin castigo” las injusticias cometidas eran necesarios, porque un reino construido sobre sangre u otras injusticias no castigadas es un reino frágil. Y los resultados así lo demuestran, porque el reino no fue “confirmado en la mano de Salomón”, o “llegó a estar firmemente establecido”, sino hasta después de que se hiciera justicia (1Re. 2:46) y Dios bendijo dicho reinado (1Cr 29:23; 2Cr 1:1).

Con esto en mente, estimo muy necesario resaltar un mensaje claro, irrefutable en muchos contextos, entre los que, a mi juicio, se encuentra el venezolano, a saber: sin justicia no hay libertad. El caso de Salomón en la Biblia no fue uno aislado, sino un patrón recurrente; podemos encontrar muchos ejemplos bíblicos que muestran que la justicia es el cimiento necesario para que cualquier estructura de libertad o paz se mantenga en pie. Cualquier acción de Dios en la Biblia, de hecho, parte de la corrección de un agravio, estableciendo un orden —legal—, antes de otorgar una bendición o una nueva etapa de libertad. En esta línea, puedo recordar cuando Jesús actuó con firmeza antes de continuar con su labor de enseñanza y sanación, al entrar al templo y expulsar a los mercaderes (Jn. 2:13-16; Mt. 21:12-13; Mc. 11:15-18; Lc. 19:45-46); o la llegada del diluvio para barrer con la maldad y la corrupción, apuntando a un nuevo comienzo (Gn. 6:4-12; 7:1-12, 17-20; 2Pe. 2:5); o cuando se hizo justicia contra el sistema egipcio que sometía a los israelitas, sirviendo de antesala para que fueran liberados —sin justicia, no hubo éxodo[2]— (Ex. 3:7-8; 6:6; 7:4-5; 12:12, 37-51). Todo apunta a que la libertad no se alcanza simplemente por el cambio de mando, sino que se fundamenta y sostiene en el tiempo sobre la justicia, puesto que la estabilidad institucional es producto del orden legal y no solo de la buena voluntad de quienes ostentan el poder, o pretenden hacerlo. De hecho, bien dice la Biblia que la justicia y el juicio son el cimiento del trono de Dios, y solo después señala que la misericordia y la verdad van delante de su rostro (Sal. 89:14), es decir, primero es la justicia, después todo lo demás.

Algunos casos puntuales de la historia seglar y la justicia como fundamento de la libertad

Este mismo mensaje podemos encontrarlo en diversos eventos que se han dado en la historia de la humanidad, y quizá el que más resalta son los juicios de Núremberg. Tras la caída del régimen nazi, los Aliados no se limitaron a ocupar el territorio alemán, sino que, tras entender la necesidad de juzgar los crímenes con el debido proceso, y tras intensos debates sobre la viabilidad y misma necesidad de tal empresa[3], sometieron a juicio a los criminales que aterrorizaron al mundo. Si se hubiera permitido que los perpetradores de tales injusticias se reintegraran sin castigo, o fueran condenados a muerte sin el debido proceso, el nuevo Estado Alemán habría nacido meramente sobre el poder puro, que tiende a ser caótico, y no sobre la ley[4]. Otro caso que podemos observar, en esta línea, es la transición en Ruanda, después de 1994, donde se vieron cara a cara con un dilema que puede que resuene mucho a los venezolanos en el presente, a saber: ¿Cómo podemos reconstruir un país donde los asesinos viven al lado de las víctimas? Paul Kagame y el gobierno de transición aplicaron un sistema de justicia que, si bien compaginó con procesos de reconciliación, se fundamentó en el reconocimiento del crimen y su castigo, pues una paz basada en el silencio solo llevaría a un nuevo ciclo de violencia[5].

Del otro lado de la acera, podemos observar el caso del Líbano y el acuerdo de Taif en 1989, donde las facciones libanesas, hasta ese momento enfrentadas en una guerra civil que llevaba 15 años, acordaron un reparto de poder que incluía una amnistía general para casi todos los crímenes de guerra —es decir, los que durante años cometieron crímenes y fueron señores de la guerra simplemente se quitaron el uniforme y se pusieron corbata para convertirse en funcionarios públicos—, y todo ello derivó en un secuestro del poder estatal por parte de las mismas mafias que en un principio se enfrentaban por ostentar le poder absoluto. Sin un proceso de justicia que purgara a los responsables, la corrupción se institucionalizó y, sumado a otras cosas, en consecuencia, hoy el Líbano vive una crisis sistémica. Todo partió de un pacto de impunidad entre las élites y no de un orden legal que purgara a los responsables de tantas injusticias.

En esta línea, puedo traer a colación lo que pasó en la República de Weimar entre 1919 y 1933, donde Alemania, de hecho, cometió un error salomónico, pero a la inversa, pues permitió que los jueces y militares del antiguo régimen imperial permanecieran en sus puestos sin ser juzgados por sus intentos de sabotear la nueva república. En este caso, el sistema judicial fue extremadamente blando con los criminales que estaban cerca del poder, o quienes se hacían cada vez con más poder —como el joven Hitler tras su golpe fallido de 1923, quien solo cumplió meses de cárcel en condiciones de lujo—. Es más, ese cimiento de justicia parcial, no efectiva y podrida, permitió que los enemigos de la libertad usaran las propias leyes para destruirla desde adentro —¿O tengo que recordar cómo llega Hitler al poder?—.

En todos los casos mencionados, el mensaje también es claro: se debe limpiar la casa antes de decorarla, y en el caso de que fuera destruida, se debe limpiar el terreno y sentar las bases antes de reconstruirla. No es suficiente con cambiar leyes en el papel y ejecutar sentencias sobre las personas que encarnan la injusticia, solo por miedo a la confrontación inicial, porque eso es insostenible en el tiempo.

Sobre la justicia, la libertad y quienes piden “perdón” en Venezuela

Todo lo anterior es necesario tenerlo en mente en el contexto venezolano, porque, bajo esa luz histórica y bíblica, debemos comprender lo imperativo que es confrontar el discurso de algunos que llamándose “opositores”, por razones cuales sean —para no desviarme en la paupérrima calidad moral de muchos de esos personajes[6] y asumiendo solo ingenuidad en cada uno de ellos—, invitan al “perdón” incondicional, a la convivencia con criminales y a la idea de que la libertad se puede edificar aceptando a todos, incluidos aquellos que han diseñado y ejecutado el sistema criminal, opresivo, que nos ha destruido en los últimos años. El colmo de todo es que unos lo piden tan convencidos, vanagloriándose en su interior de su superioridad moral y supuesta madurez política, que da miedo… miedo por cuanto realmente proponen un suicidio de los pocos rayos de esperanza —aunque tenues en instantes— de recuperación institucional en el país.

Estos personajes, con más, menos o nula relevancia en la opinión pública —eso es irrelevante—, algunos de ellos religiosos —he allí la razón del porqué menciono la Biblia—, no han comprendido el escenario en el que se encuentra Venezuela, porque no han diagnosticado la enfermedad para después atacarla debidamente. En suma, son nescientes de las causas que nos llevaron a vivir lo que seguimos viviendo, y seguiremos viviendo de no estar a la altura de las circunstancias, tal cual lo requiere el país. No han comprendido que, volviendo al Rey Salomón, no se ejecutó a Joab por rencor personal —si hubiera sido así, David lo habría hecho en vida—, sino porque entendía que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia. Convivir con el verdugo sin que este pase por el estrado no es “reconciliación”, es rendición, es impunidad. En el fondo, el “aceptar a todos”, así, sin más, sin distinción de responsabilidad criminal, es una apología a la impunidad y, por extensión, a la inestabilidad. Un nuevo sistema de gobierno que nace aceptando en su seno a las estructuras que lo saquearon y torturaron, no es un sistema nuevo, sí un cambio de administración sobre una estructura podrida. Si Salomón hubiese “perdonado” a Simei bajo la excusa de la paz social, habría dejado una mecha encendida en los cimientos de su palacio, y la Biblia es clara al señalar que el reino se estableció después de la purga, no antes.

A estos personajes que, desde un moralismo funcional al sistema criminal, citan el amor al prójimo para validar la impunidad del chavismo —en sus distintas manifestaciones y vertientes, independientemente del color de la camisa del partido político que usen o quieran usar—, les recuerdo que el mensaje que necesita Venezuela es que empobrecer, perseguir, torturar y asesinar, más si es sistemáticamente, no debe salir gratis. La ley, la verdadera, la que demanda la sensatez y la decencia, no es opcional para los poderosos. Es más, también les recuerdo que “prójimo” no es cualquiera, sino solo aquel que (i) tiene una necesidad y (ii) está en tu poder ayudarlo. Esos que llegan hablando de un “prójimo” abstracto, romántico y genérico, como si refiriera a toda la humanidad, simplemente no saben de lo que hablan y deberían sentarse a repasar los versículos bíblicos, en su contexto y con visión panorámica, que refieren al tema.

El término “prójimo” —plēsion en griego y rea en hebreo— no define una identidad estática, sino una relación circunstancial, y ello es constatado en la parábola del buen samaritano[7] (Lc. 10:25-37), cuando un intérprete de la ley le pregunta a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”, al final de la parábola, éste no responde “¿Quién es el que está tirado?”, sino “¿Quién de estos tres te parece que se hizo —o fue— prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”, y el intérprete respondió: “el que tuvo misericordia de él”. Es decir, aquel que tuvo en su poder ayudar, y la voluntad de hacerlo, se hizo o fue el prójimo del necesitado. Tanto en hebreo como en griego, las palabras aluden a la idea: “el que está cerca”, si alguien necesitado está al otro lado del mundo y no se tiene forma de influir en su situación, bíblicamente no hay una demanda de “projimidad” con ese otro, porque no hay cercanía situacional. Bien señala la Biblia: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieras poder para hacerlo” (Prov. 3:27).

En este sentido, en Venezuela nuestro prójimo no son aquellos criminales que nos han sometido, sino la victima que exige justicia contra esos victimarios. Aquí no hay caridad alguna en permitir que el asesino comparta la mesa con la familia del asesinado bajo la excusa de “pasar la página” o “amar y perdonar al prójimo”. Eso no es cristianismo; es complicidad disfrazada de piedad. El perdón en la Biblia no es sinónimo de impunidad —¿O debo también señalar la infinidad de versículos que demuestran lo que digo?—. Si bien es cierto que la misericordia es uno de los pilares del Dios verdadero del que habla la Biblia —YHWH, Yawéh, Yavéh, Jehová, etc. (Ex. 3:14, Sal 83:18; Is. 42:8)—, en todos esos casos hubo un cambio de actitud de quienes cometieron las injusticias[8] (Prov. 28:13). Ergo, esos victimarios, al quebrantar la paz y no mostrar metanoia, se autoexcluyen de la categoría de prójimo, y todo aquel que intente omitir la justicia frente esos criminales se convierte, en cómplice del mal, uno que, pudiendo hacerse prójimo del necesitado, del oprimido, de la víctima, optó por seguir de largo y no se “un buen samaritano”. Por consiguiente, si pretendemos que Venezuela sea libre, debemos entender que la libertad tiene un costo legal. La impunidad es un cáncer que hace metástasis, y si hoy permitimos que el crimen se recicle en nombre de una “paz negociada”, mañana tendremos un sistema tutelado por mafias, donde el poder real seguirá en manos de quienes tienen las armas y el dinero manchado del lamento y de la sangre de millones de venezolanos. La libertad NO es un regalo que se obtiene por cansancio o por acuerdos entre las élites; es una estructura que se sostiene sobre la corrección de agravios.

El problema, sin embargo, y me temo, es que muchos no entienden este asunto como deberían, y quizá por eso es que durante años han intentado resolver un problema de seguridad nacional como si fuera un problema político[9], y ahora quieren tratar un problema que se está haciendo político, que requiere visión a largo plazo, estadistas para la transición, adaptación y estrategia, como un problema electoral[10], como si fuera un trámite administrativo, olvidando que no se trata de cambiar el administrador, sino de —prácticamente— refundar la nación.

Un realismo político más sensato, dado el escenario venezolano

Ahora bien, si bien es cierto que lo que expreso hasta el momento es un imperativo ético y legal bastante realista —pues, no se puede pretender construir un país libre y justo fundamentado en la impunidad—, y los ejemplos —bíblicos para los cristianos e históricos para los no creyentes— apuntan a ello, no es menos cierto que la sensatez exige entender que hay cosas que no se pueden conseguir de la noche a la mañana. A todos los venezolanos nos gustaría ver hacerse justicia en el corto plazo en el país, dado lo que hemos sufrido —y seguimos sufriendo—, pero lo cierto es que mucho de lo que pasa, y mucho de lo que pasará, para bien o para mal, no depende de nosotros en el corto plazo, y mucho menos será en función de nuestros deseos, sino de la cruda realidad de las fuerzas en pugna en nuestro país.

El realismo político lleva a aceptar que, si bien la justicia es el cimiento de la libertad, la construcción de dicho cimiento en un terreno minado requiere de una comprensión del momento, acompañado de acciones inteligentes, que, sin embargo, no debe confundirse con la claudicación moral. Nos guste o no, estamos en un escenario de transición y, como en todo inicio de cualquier quiebre o transición, se han de sentar las victimas con los victimarios, porque, aunque heridos, siguen teniendo las armas y, con ello, capacidad de desestabilización. Es simple. Ahora, sentarse con el victimario no es, per se, un acto de traición si se entiende como un movimiento táctico —que no es lo que están haciendo muchos de esos opositores, vale destacar, puesto que ellos solo buscan lo que siempre han buscado, ser funcionales a un régimen que les paga por ello—, volviendo a Salomón, su sabiduría no consistió solo en el castigo, sino en el timing. David le deja la tarea precisamente porque el momento político de David ya no permitía tales acciones sin arriesgar la estabilidad total, por lo cual esperó a que la estructura del nuevo reinado tuviera las condiciones necesarias para hacer justicia.

En otras palabras, el contexto venezolano nos impone una madurez amarga, pero necesaria, y nosotros debemos ser capaces de saber leer el momento. Por ello, la presión no debe ser ciega, sino quirúrgica, orientada a resquebrajar las bases del poder y la estructura criminal que sostiene al sistema. Negociar el desmontaje de una tiranía no es lo mismo que negociar la impunidad de sus crímenes; lo primero es un paso hacia la libertad, lo segundo es la siembra —¿o el cuidado?— de los próximos desmanes de nuestra sociedad. ¿Debo ser más claro? Lo soy: lo que se requiere de nosotros no es un optimismo ingenuo ni un purismo paralizante, sino la capacidad de forzar las condiciones para que la justicia sea posible. Debemos entender que la justicia, en contextos de criminalidad sistémica, a veces es un proceso de asfixia estratégica del mal antes de su procesamiento legal.

En conclusión, la libertad de Venezuela, si es que realmente se llega a alcanzarla[11], no vendrá de un “borrón y cuenta nueva”, ni de un acuerdo de élites a espaldas de la verdad, sino de nuestra capacidad para navegar las sombras del realismo político sin perder de vista el norte: —repito— que el perdón sin arrepentimiento es complicidad, y que la paz sin justicia es solo una tregua en el camino hacia el siguiente abismo. La meta sigue siendo clara e innegociable: sin justicia no hay libertad.

Excurso 1: sobre el éxodo, la posibilidad de impunidad y la justicia

Al respecto de lo sucedido en el éxodo con Egipto y los israelitas, algún lector de la Biblia podría señalar que Dios le había dado la oportunidad a Faraón de, a través de Moisés y Aarón, de dejar salir a los israelitas sin sufrir consecuencias por ello. Es decir, ofreció una salida diplomática al asunto (Ex. 5:1-2), y si Faraón hubiese aceptado, entonces no se aplicaría la premisa base sobre la cual ha girado el presente texto, a saber: sin justicia no hay libertad, y prima más bien el “dejar pasar”. No obstante, esto es una visión muy reducida de los hechos, y de la misma comprensión de lo que significa la “justicia”.

En principio, si Faraón hubiese aceptado dejar en libertad a los israelitas, sí, es cierto, YHWH no hubiese arremetido en contra del sistema tal y como lo hizo, pero no es menos cierto que, en este marco, se estaría apelando a la justicia restaurativa, es decir, a la reparación del orden —y no a la justicia retributiva, que es el castigo por los hechos—. El objetivo principal de la justicia no siempre es el exterminio del culpable, sino la detención del mal y la reparación por ello, por tanto, debemos entender que, si Faraón cedía, la justicia se habría cumplido en su forma restaurativa, porque el oprimido deja de serlo[12]. De hecho, quizá alguno no esté de acuerdo, pero era necesario que fuera así, porque, visto con objetividad, si no existiera la posibilidad de quedar “impune” —recibir una amnistía— tras cesar el daño, Faraón no tendría incentivos para detenerse, o sea, si el Faraón supiera que, aunque los libere, será destruido de todos modos, su opción lógica sería oprimir hasta el final —mejor morir luchando que con pasividad—. La salida que le había ofrecido Dios, como ya señalé, fue una diplomática, política, que partía del hecho de reconocer la soberanía del pueblo israelí, y la justicia iba por vía de la restitución y el arrepentimiento —por lo cual no era una “impunidad” en sentido absoluto—. El perdón no es sinónimo de impunidad.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que Faraón no cedió, y, en este marco, la misma Biblia muestra que las 10 plagas no fueron desastres naturales al azar, sino un ataque directo y sistemático contra el panteón egipcio, pues, en la cosmovisión antigua, se trataba de una guerra de dioses: el Dios de Israel —YHWH— vs. las deidades locales que sostenían el poder del Faraón. Así, el Nilo convertido en sangre simboliza la muerte de la fuente de vida de Egipto, siendo un ataque contra el dios del Nilo, Hapi, y Osiris[13] (Ex. 7:14-25); la proliferación de ranas fue un ataque a Heget, la diosa de la fertilidad con cabeza de rana[14] (Ex. 8:1-15); los mosquitos —o piojos,  representan una humillación para el dios de la tierra, Geb[15](Ex. 8:16-19); los tábanos —o moscas— tenían como objetivo, muy probablemente, a Khepri, dios del renacimiento y representado por el escarabajo[16] (Ex. 8:20-32); la peste del ganado simbolizó la destrucción de la economía y la fuerza, en ataque directo a los dioses Apis, el toro sagrado, y Hathor, la diosa con cabeza de vaca[17] (Ex. 9:1-7); las úlceras dejaron en evidencia la incapacidad de la medicina mágica de los dioses Sekhmet e Imhotep, que eran los dioses de las epidemias, curaciones y la sabiduría medicinal[18] (Ex. 9:8-12); el granizo y el fuego atacó a Nut, la diosa del cielo, y Shu, el dios del aire, y mostraron cómo el cielo, que debía ser protector y predecible para la agricultura, se convirtió en un arma de destrucción[19] (Ex. 9:13-35); las langostas tenían como objetivo a Min, el dios de las cosechas, y con ello se destruía totalmente las provisiones de los egipcios —lo que el granizo no destruyó, las langostas lo devoraron— (Ex. 10:1-20); las tinieblas fue una derrota para el dios supremos de los egipcios, a saber: Ra, el dios del sol, pues, durante tres días, el sol fue “borrado”[20] (Ex. 10:21-29); y la muerte de los primogénitos tenía como objetivo humillar a Faraón, quien se consideraba a sí mismo una divinidad[21] (Ex. 11:1-12-30). Todo ello fue necesario porque los hebreos, que llevaban 400 años inmersos en la cultura egipcia, tenían que ver cómo los dioses de sus opresores, a quienes probablemente habían llegado a temer o incluso respetar, eran impotentes ante su Dios. En otras palabras, funcionó como un proceso de desaprendizaje y formación para lo que les venía; cada plaga era una lección de que el sistema de castas y esclavitud de Egipto no estaba respaldado por una autoridad divina real, y era totalmente injusto.

Hoy, los venezolanos nos encontramos en un escenario más o menos similar. Si alguno pretende usar el ejemplo del éxodo para validar la impunidad en Venezuela, yerra en la medida en que, en Venezuela, el punto en cuestión es que, así como el Faraón no cedió ante los reclamos de justicia del pueblo israelí, muchos de los personajes que hoy ostentan, o en el pasado ostentaron, así como quienes pretenden ostentar, el poder, no han mostrado vestigio alguno de tal justicia restaurativa, y en muchos casos el daño ha sido tan grande que es inadmisible la impunidad, aun con el arrepentimiento —que no existe[22], dicho sea de paso—. Algunos se niegan a ceder y desmontar el aparato criminal que durante años ha sometido a los venezolanos. Y, en ese marco, no puede haber justicia restaurativa. Todo lo sucedido en Egipto, iniciando con la diplomacia, pasando por las 10 plagas y terminando con todo el aparato militar destruido, en realidad fue un juicio contra sus dioses y el sistema opresivo del Faraón, cada acción buscaba desmantelar la estructura que permitía la opresión contra los israelitas, y eso no es lo que muestran hoy algunos personajes. Durante todos estos años, el chavismo y la oposición falsaria han usado la diplomacia como un mecanismo para que el sistema criminal se mantenga, y vista así las cosas, el camino debe ser, al menos en buena medida, la justicia retributiva, cuando toque, en el momento que toque. Las oportunidades de salidas pacíficas no pueden ser infinitas, el mismo éxodo lo muestra, porque llega un punto donde la estructura opresiva se vuelve irreformable[23].

En vista de ello, quienes hoy debaten sobre esa falsa dicotomía que pretenden vendernos, “la paz con impunidad” o la “justicia con conflicto eterno”, simplemente no entienden donde están parados. Y si es cristiano y pretende apelar a la Biblia para sostener tal cosmovisión, no solo no entiende dónde está parado, sino que tampoco entiende el libro sagrado que dice estudiar. En ambos casos, ninguno tiene algo sensato que decir sobre la crisis venezolana y su salida. Hablar de “paz” en un contexto donde se mantenga la estructura criminal chavista, es hablar de la misma pax criminal egipcia, donde se gozaba de una “paz” basada en el orden, la producción y el control social, pero se era esclavo; si Venezuela sigue fundamentada en el control absoluto y la neutralización de la disidencia —la pax chavista—, no podremos hablar de verdadera paz. Sobre éste particular, la “paz”, debo señalar que la misma está asociada a los conceptos de armonía y la justicia, por tanto, mientras se siga por la vía del crimen, que implica restricción de libertad, no puede haber paz.

En suma, quien hable de paz y perdón en Venezuela sin el restablecimiento de los derechos, lo que exige en realidad es una tregua de sumisión, no una sociedad libre. La libertad real llegará el día en que el sistema completo caiga y se cimiente la refundación de un país en la justicia institucional, uno que impida la llegada de un nuevo Faraón o, en nuestro caso, un nuevo caudillo o mafioso.

Excurso 2: aclaratoria final

Antes de irme, y antes de que venga alguno, con nula o poca comprensión lectora, a llamarme “subversivo” o “sanguinario”, dejo bien claro que todo lo expresado hasta el momento no es un llamado al linchamiento, sino al debido proceso, al Derecho. Mi tesis central es que la reconstrucción y la estabilidad son hijas de la legalidad, no de la concordia forzada o artificial; esa “purga” de la que hablo es judicial, no violenta fuera de la ley —al menos no en este contexto, porque circunstancias distintas ameritan respuestas distintas, como también he expresado muchas veces en el pasado: ninguna dictadura en la historia ha salido por buenos modales, y ningún tirano ha entregado el poder con una sonrisa—. Lo dejo a reflexión.


[*] Este ensayo fue publicado en el portal de Humano Insurrecto, en: https://roymerrivas.substack.com/.

[1] Sí, voy a apelar a la Biblia, porque también quiero poner en tela de juicio a muchos autodenominados cristianos que viven dándose golpes de pecho por vociferar un moralismo absurdo, sin sustento bíblico, y que les sirve de base para ser funcionales, con acciones o por omisión, a un sistema criminal que ha sometido a Venezuela por años. A todos esos eruditos “cristianos” los desafío contraargumentar lo que aquí expongo, más si son del ala que “ora” y “bendice” a perversos personajes, en nombre del amor y el perdón al “prójimo”.

[2] Al respecto de este tema en concreto, sobre Egipto y los israelitas, que amerita ciertos matices, vuelvo en la sec. “Excurso 1: sobre el éxodo, la posibilidad de impunidad y la justicia”.

[3] Hasta ese momento, no había precedentes para sostener juicios de ese tipo, lo cual derivó en intensos debates sobre la viabilidad, necesidad y legitimidad de un proceso judicial que dirimiera y atacara directamente los crímenes en los que habían incurrido los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Este hecho, junto a otros, comparando con el presente, y solo a modo de comentario incisivo, media mis reflexiones sobre lo que pasó el 3 de enero en Venezuela y la “efectividad” de un Derecho Internacional que se ha mostrado inservible a la hora de responder efectivamente a los crímenes que se han cometido en Venezuela. Pareciera que sólo existe el Derecho Internacional efectivamente cuando se pretenden defender a los “Estados”, independientemente de sus acciones, y no al pueblo que éste somete. Sobre este tema, que compete a la teoría y/o filosofía del Derecho, he presentado un ensayo para un concurso que, independientemente del resultado, saldrá en algunos meses —aunque los estudiantes de Relaciones Internacionales de la Universidad Central de Venezuela (UCV) me invitaron a hablar al respecto este mes de mayo, así que daré una especie de abreboca ese día—.

[4] De hecho, todo ese proceso es lo que ha permitido y fundamentado los juicios de personajes nazis que son encontrados y procesados en la actualidad. Alemania se reconstruyó sobre una base ética que, aun con las críticas que podamos tener, prevalecen hasta hoy.

[5] La estabilidad de Ruanda es criticada en algunos aspectos, pero al menos las premisas pases para romper con la impunidad que reinaba hasta el momento es algo a considerar en cualquier proceso similar o peor.

[6] Esos personajes son el opuesto que su opuesto necesita para existir, por tanto, no se oponen a nada, porque constituyen, todos juntos, los pilares en los cuales se sustenta todo el sistema maligno que vivimos.

[7] En griego bíblico, se traduce principalmente como: πλησίον, que se pronuncia plesíon; y en hebreo, se escribe רֵ֫עַ y se pronuncia re’a. Ambos refieren a “asociado, compañero, vecino, amigo o cercano”. Ahora bien, en hebreo, el término está relacionado con la expresión: רַע, que se pronuncia “ra” y significa “mal” o “quebrantado”, ya que comparten la mismas consonantes básicas y se diferencias solo por la vocalización —que, de hecho, no aparece en los rollos originales de la torá—, y muchos teólogos interpretan esto como una “unidad en la fragmentación”, en el sentido de que el “mal” —ra— ocurre cuando una parte se separa de la imagen general —de allí que refiera a “quebranto”—, y, de manera similar, el “prójimo” —rea— es una parte separada, que parece “otro”, de la unidad total de la humanidad. No obstante, no estoy del todo de acuerdo con ello; si bien es cierto la premisa de que en la raíz “todos somos uno” y los demás son un “otro que yo”, lingüísticamente, más bien se indica que el prójimo es alguien que está quebrantado, o en malas condiciones, y necesita mi ayuda. En adición, para ir un poco más allá, la palabra “rea” también está ligada a la raíz רָעָה, que se pronuncia ra’ah, y la misma significa “pastorear” o “alimentar”. Entonces, el prójimo es alguien quebrantado o necesitado, y mi función como su rea —compañero, cercano, independientemente de si lo considero mi enemigo o no, y motivado por un amor ágape, es decir, fundamentado en principios, en el deber—, es la de un “pastor” que cuida, nutre y ayuda a sanar a quien está en malas condiciones. En otras palabras, y apelando a la Parábola del Buen Samaritano, el prójimo es aquel que está caído y herido en el camino, no cualquiera en todo lugar y en todo momento.

[8] Es el cambio de mente, de actitud, ante el mal que habían cometido —eso es lo que se conoce como metanoia—.

[9] Como expresé en el pasado: “Hoy tenemos a personajes que quieren reducir la situación a una ‘pugna política’, ignorando la realidad que golpea a los venezolanos en su cotidianidad”, no entienden que “con las bestias no se razona”, porque “ellos no se guían por la lógica de la negociación, del diálogo, derechos o procesos electorales cuando ostentan el poder, sino por la lógica de la fuerza para saciar su hambre de poder” (Ver: Roymer A. Rivas B. 2025. Los venezolanos y el pacifismo: el error de la lógica política ante la barbarie. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/rjuYC (Cit. 10/05/2025)). Si bien, tenga en cuenta que, aunque sigue siendo cierto, todo ello lo expresé antes del 3 de enero… las cosas cambiaron y se amerita otro tipo de pensamiento ahora, partiendo del realismo político —que, a mi juicio, la casta política venezolana opositora no posee y difícilmente poseerá—.

[10] Ver: Roymer A. Rivas B. 2026. El eterno retorno de la incapacidad: la miopía de una “oposición” que pide elecciones en un tablero que no fue capaz de conquistar. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/CzOIq0 (Cit. 10/05/2025). En esto, cito: “En contextos como el venezolano, primero es el poder, después es el voto, y esa es una lección que sus egos no les dejan aprender, porque son políticos de carrera que solo saben moverse en procesos electorales, no estadistas de transición que entienden que primero hay que demoler toda la estructura que mantuvo y sigue manteniendo al chavismo atornillado en el poder y que, de no cambiar, de seguro los hará volver con el tiempo.”

[11] He dicho que estamos en un escenario de transición, pero no dije que esa transición va a desembocar en lo que todos queremos. Después de los eventos del 3 de enero del presente año, evidentemente, las cosas no son, ni serán, iguales que en el pasado, pero en qué desembocará eso para nuestro bien o mal será directamente proporcional a la madurez política que demuestre la sociedad venezolana, tanto en los personajes que hagan sus líderes como en las exigencias que reclamen.  

[12] En la Biblia, el acto de “soltar” a quien se retiene ilegalmente es en sí mismo un acto de restitución, por lo que la liberación de los israelitas era el pago de una deuda acumulada por años —no solo con ellos, sino con el mismo YHWH, porque, si al caso vamos, Israel era visto como “su propiedad”, por lo que el sistema egipcio decía ser dueño de algo que no le pertenecía—. Si Faraón los liberaba, estaba renunciando a su capital económico y a su orgullo, lo cual ya es una forma de justicia correctiva. De hecho, al salir los israelitas, las escrituras indican que pidieron alhajas de oro y plata, en forma de pago de salarios atrasados —restitución— (Ex. 3:21-22; 11:2-3; 12:35-36; estos textos son relevantes, porque el cap. 3 del éxodo muestra que la intención primaria de Dios era que los israelitas salieran y recibieran un pago por sus años de trabajo, antes que recurrir a la justicia retributiva, es decir, era parte del diseño legal que los israelitas no se fueran con las manos vacías. Si bien, el sistema egipcio no aceptó y ya fue después de la última plaga donde todos estaban desesperados porque los israelitas salieran, que procedieron a entregar lo que les correspondía entregar en un principio —capaz más—).

[13] Se decía que el Nilo era su torrente sanguíneo.

[14] En el contexto egipcio, las ranas eran sagradas y no podían matarse, por lo que la fertilidad descontrolada se convirtió en un estorbo. Con vida y la muerte de esas ranas, es como si YHWH obligara a los egipcios a ver a su diosa pudriéndose en montones por toda la tierra.

[15] Los sacerdotes egipcios eran extremadamente meticulosos con la limpieza ritual en sus adoraciones, por lo que la infestación de parásitos que surgen del polvo de la tierra los hizo ritualmente impuros e incapaces de servir en sus templos.

[16] Aquí comienza a marcarse una distinción entre quienes eran afectados por las plagas, porque ésta afectó a los egipcios, pero no a la tierra de Gosén, donde vivían los israelitas.

[17] Para una cultura que veneraba al ganado como encarnación de lo divino, verlos morir en masa era un golpe devastador.

[18] Los magos del Faraón ni siquiera pudieron presentarse ante Moisés porque estaban cubiertos de llagas; sus dioses sanadores no pudieron proteger sus propios cuerpos.

[19] Con ello, se destruía casi totalmente las provisiones.

[20] Con esto Dios decía que los esclavos tenían un Dios que tenia poder sobre la luz misma.

[21] Se creía que el Faraón era un dios viviente y su hijo primogénito era un heredero divino, por tanto, al no poder proteger a su propio hijo, el Faraón quedó expuesto como un simple mortal ante el poder de YHWH. A este le acompañaron muchos primogénitos de quienes seguían creyendo en el sistema egipcio.

[22] ¿Es necesario que hable de la burla que representó la supuesta “Ley de amnistía”, donde solo se liberaron parcial y discrecionalmente a personas que jamás debieron estar en las mazmorras del régimen chavista? ¿Es necesario que hable de la burla de ciertos personajes a la cantidad de asesinados por la dictadura? Tan solo esta semana, por hablar de lo más próximo, el régimen dio a conocer la muerte de Víctor Hugo Quero, quien supuestamente murió —fue asesinado— hace 10 meses, pero durante todo este tiempo se le negó información a la madre sobre su paradero y condición. Ahora, después de dado a conocer todo, se sigue amedrentando contra su madre, Carmen Teresa Navas, de 82 años, con colectivos y amenazas a su integridad física (ver: Carmen Teresa Navas denunció que colectivos armados la amenazaron en su casa. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/Kdr7 (Cit. 10/05/2026). ¿Acaso no es esto un equivalente a la actitud de Faraón para con los israelitas en Egipto? Reflexione usted.

[23] En este punto, cabe una reflexión: ¿Se puede refundar una nación apelando al mismo sistema legal que le dio origen —constitución, por ejemplo—? ¿Se puede hablar de restauración si se siguen manteniendo ciertas ideas de paternalismo estatal en el país? ¿Se puede sostener un sistema justo si las armas siguen en manos de los opresores y un sistema militar adoctrinado para el mal? ¿Se puede hablar de elecciones con el mismo CNE fraudulento, fundamentado en registros de identidades fraudulentos, rodeado de instituciones que se fundamentan en leyes ilegitimas? Y pare usted de preguntar…

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Séneca

Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.

Oriana Aranguren

En mis anteriores apuntes, exploramos cómo Epicteto blindó la prohairesis —ese mundo interno de la voluntad que ni el más cruel de los tiranos puede someter— estableciendo que la libertad es, ante todo, una soberanía sobre el juicio propio, enseñando, además, que el individuo es el único responsable de su sufrimiento moral y que la esclavitud comienza cuando depositamos nuestros deseos en lo que no controlamos[1]. De este modo, Epicteto sienta las bases de lo que hoy podríamos llamar una “libertad de la conciencia”, pues, la Libertad no es una concesión estatal, sino el resultado de someter a juicio nuestros propios deseos —si tu bienestar depende de lo que otros controlan, te has entregado a la esclavitud antes de que algún soldado toque a tu puerta—. En este sentido, expliqué cómo ésta visión rompe frontalmente con el colectivismo, porque desplaza el origen del malestar desde las estructuras externas hacia el juicio individual, sugiriendo que el resentimiento social es, en el fondo, una confesión de servidumbre psicológica[2].

Sin embargo, si el liberalismo se fundamenta en el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, debemos reconocer que dicho proyecto no es más que una abstracción si el individuo no es, primero, dueño efectivo de sus recursos —propiedad, lo cual incluye su propio cuerpo—. Y es aquí donde la ola estoica nos exige una transición: mientras Epicteto nos enseñó a ser libres en las cadenas, Séneca, uno de los hombres más ricos de su tiempo y mano derecha del poder imperial, nos traslada una discusión sobre la gestión de los recursos en nuestra vida —siendo el tiempo y la facultad de juicio los recursos más importantes—.

Este contraste entre los personajes es interesante, porque, a pesar de que ambos convergieron en la misma idea de libertad, sus puntos de partida colindan con, o pueden enriquecer de alguna manera —a mi juicio—, el pensamiento libertario. Volteandonos en esta oportunidad a Séneca, su posición lo llevó a experimentar de primera mano cómo el poder absoluto y la riqueza extrema pueden erosionar la soberanía individual con la misma eficacia que un grillete físico, lo cual lo llevó a enseñar cómo el individuo puede resistir en un entorno de opresión y servidumbre voluntaria. Veamos qué podemos encontrar en sus ideas.

El tiempo como propiedad: sobre la brevedad de la vida

La primera idea a la que referiré se encuentra en la obra “Sobre la brevedad de la vida”, donde Séneca lanza una de las críticas más feroces y vigentes contra la mentalidad colectivista y la enajenación del individuo, a saber: el robo de nuestro tiempo. En el pasado ya he hablado de cómo el Estado se roba nuestro tiempo, demostrando que es parte esencial de la self-ownership —autopropiedad— que defendemos los libertarios y, de hecho, es vital para la misma existencia humana[3], y tal concepción sería muy probablemente aplaudida por Séneca, quien expresó:

No consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstrense miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia.[4]

Con estas palabras, Séneca indica que los humanos somos extremadamente territoriales, que no toleramos que nadie nos quite un centímetro de nuestra propiedad —si alguien intenta invadir nuestras tierras, recurrimos a la violencia—. Sin embargo, esa misma persona que pelea por un trozo de tierra permite que otros “entren en su vida” sin resistencia, o, peor aún, nosotros mismos invitamos a personas o actividades banales a que tomen control de nuestro tiempo, convirtiéndolos en “poseedores” de nuestra realidad —o nuestra existencia misma, si seguimos la idea expresada en “La cronarquía del Estado”—.

Si bien es cierto que Séneca no critica directamente al Estado, sí queda clara la idea de que el mayor robo a la libertad no es el que se hace mediante la fuerza bruta, sino el que permitimos que otros hagan de nuestro tiempo —aunque también es cierto que no hay mayor ladrón del tiempo humano que el Estado[5]—. En este sentido, al ser el tiempo un recurso finito, no renovable y de oferta perfectamente inelástica, el humano no debe tratar su tiempo como un bien público o una propiedad comunal, permitiendo que el Estado, las convenciones sociales o las ambiciones ajenas lo saqueen sin resistencia.

Con esto, Séneca también crítica a aquellos que viven en una perpetua agitación, entregando su libertad a cambio de prestigio, favores políticos o simplemente por la incapacidad de decir “no” a las demandas de la sociedad[6] —que es a lo que podemos llamar: servidumbre voluntaria o colectivista en el alma—, porque el individuo que no controla su tiempo es un esclavo, sin importar que su amo sea un emperador o su propia agenda de negocios.

Esto es importante, porque, al igual que Epicteto, nos deja ver que no siempre hay que buscar solamente la ausencia de coacción externa, porque la coacción más insidiosa es la que aceptamos por cortesía o ambición —un individuo puede vivir bajo un sistema de libre mercado y total libertad de movimiento, pero si su tiempo está hipotecado a las expectativas de los demás, su propiedad privada más fundamental, que es su vida, está bajo un régimen de colectivización de facto—.

Ahora, es necesario señalar que no se trata simplemente de tener tiempo libre para hacer lo que queramos, sino de ejercer la soberanía sobre el uso de nuestro tiempo a cada instante. Entre otras cosas, es por esta razón, que sostengo que el derecho de propiedad debe empezar necesariamente por el tiempo, porque si yo no soy dueño de mi tiempo —y este argumento le debería gustar a cualquier socialista—, ¿Cómo puedo afirmar que poseo los frutos de mi trabajo? Ya lo he dicho, el trabajo no es más que tiempo congelado en valor; si el origen —el tiempo— es saqueado, la propiedad derivada de ello es solo una ilusión legal —es decir, soy “propietario” de “x” bien en algún momento en concreto, y así lo dicen los registros, pero, curiosamente, no tengo tiempo para beneficiarme de ello, usarlo como considere, cuando lo considere, porque mi tiempo está extremadamente condicionado por demandas ajenas[7]—.

La riqueza como indiferente preferible

Otro punto que puede conectar a Séneca con las ideas del libertarismo es su defensa de la riqueza. En su tiempo, como era un hombre rico, muchos lo acusaron de no alinearse con las ideas estoicas, pues las mismas se tendían a ligar con la vida sencilla, desposeída de propiedades. En otras palabras, Séneca era criticado por supuesta hipocresía al defender la austeridad siendo uno de los hombres más ricos de la Roma imperial —algo que resuena con fuerza en los debates contemporáneos sobre la desigualdad—. Pero en “Sobre la vida feliz”, deja bien claro que una cosa es ser esclavo de las posesiones y otra muy distinta ser “rico”, por lo tanto, el sabio no está obligado a ser pobre, sino a no ser codiciosos ni vivir por y para el dinero, como fin en sí mismo. De este modo, destaca que no hay problemas en la riqueza, sino en el apego desmedido a ella. En sus palabras, de hecho, el sabio debe preferir la riqueza, aunque debe estar mentalmente preparado para vivir sin ella. Él dice:

… porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su virtud[8].

Es importante mencionarlo, porque generalmente los colectivistas tienden a ver la riqueza como un juego de suma cero o un síntoma de la opresión de clases, sosteniendo con ello que “ser rico es malo” —como en su momento dijo Hugo Chávez en Venezuela— y que solo “los pobres” recibirán el reino de los cielos —lo que sea que eso signifique—. Para un estoico como Séneca, sin embargo, la riqueza es un bien preferible, es decir, aunque no es estrictamente necesario para la virtud, es racionalmente mejor poseer riqueza que no tenerla. Lo que importa es que la riqueza no nos posea, no que nosotros poseamos la riqueza. Séneca lo expresa con claridad cuando señala que la riqueza ofrece un campo más amplio para ejercer la virtud que la pobreza, pues, un hombre rico tiene la capacidad de ser generoso, de financiar proyectos, de emprender y de crear un entorno de orden, mientras que el hombre pobre está limitado a la resistencia pasiva[9].

Un matiz entre el liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca

Ahora bien, hay que tener cuidado con los paralelismos que trazamos entre las ideas de la libertad del liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca —solo así podemos pensar la Libertad con honestidad—. Para el liberalismo o el libertarismo, la libertad —vista como ausencia de coacción, y que llamaré “libertad política”— es un medio fundamental para que cada quien busque su fin; pero, para Séneca y los estoicos, la libertad —que ven como algo interno— es el fin en sí mismo. Ahora, es interesante la distinción porque, en última instancia, ambas posturas se conectan, ya que para Séneca, quien había experimentado el poder absoluto de Nerón y sus peligros, la libertad política es preferible a no tenerla —aunque no necesaria para la virtud o la felicidad[10]—, es decir, es mejor vivir en una sociedad con respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno y a los derechos de propiedad que vivir bajo una tiranía —es preferible ser libre legalmente que ser un esclavo—.

¿Y qué pasa si el Estado extiende sus tentáculos y arremete contra las libertades políticas de los individuos, es decir, no se puede tener esas libertades preferibles a la esclavitud física? Séneca defiende la idea de que es mejor retirarse a otro lugar donde el Estado —o lo que sea que pretenda someternos— no incida en nuestra vida. Séneca argumenta que el ser humano pertenece a dos repúblicas: la “pequeña república” de su lugar de nacimiento —el Estado, con sus leyes y burocracias— y la “gran república” de la humanidad y la razón[11]; cuando la pequeña república se vuelve incompatible con la virtud —o cuando simplemente ha absorbido demasiado de nuestro tiempo, nuestras fuerzas—, el individuo tiene el derecho moral de retirarse[12] y cultivar su intelecto[13], porque solo así podrá perfeccionar su juicio —para tener criterio propio— y no entregarse a la servidumbre.

Otra cosa a tener en cuenta es que, quizá, alguien podría decirme que cómo puedo defender la postura de Séneca cuando, de hecho, él obtuvo su riqueza gracias a los vínculos que tenía con el poder absoluto. No obstante, me adelanto a los hecho y respondo que aquí no se busca defender a Séneca como persona, sino los argumentos lógicos con los que se defendía de los ataques morales contra el “tener” riqueza[14].

Conclusiones

Habiendo abordado a estos dos personajes —Séneca y Epicteto— y sus concepciones sobre la Libertad, vimos cómo la misma no es una concesión del Estado ni un regalo de la fortuna, sino una conquista diaria sobre el error de pensar que lo externo nos define. Epicteto nos dice que la prohairesis es inviolable, puesto que nadie puede hacernos esclavos si no otorgamos jurisdicción sobre nuestros deseos; y Séneca nos muestra que la vida es un patrimonio que debe gestionarse con la avaricia de un inversor y la independencia de un soberano.

Mientras que el colectivismo sitúa el origen del malestar en estructuras externas y busca la salvación a través de la intervención estatal, el estoicismo propone una rebelión interna y nos enseñanza que la libertad política, aunque preferible, necesita de la gestión de nuestra propia vida. En última instancia, el mensaje para el liberalismo del siglo XXI es claro: hay que defender la propiedad privada de las tierras y el capital, pero eso es estéril si no defendemos primero la propiedad privada de nuestra mente y nuestro tiempo. Como bien señalan nuestros autores, no somos víctimas de las circunstancias, sino de nuestra propia voluntad cuando decidimos no ser dueños de nosotros mismos. Por ello, me gustaría cerrar con un mensaje: la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.


[1] Oriana Aranguren. 2026. El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/el-estoicismo-y-el-liberalismo-algunos-apuntes-sobre-la-libertad-segun-epicteto/ (Cit. 21/04/2026).

[2] Podríamos hablar incluso de “colectivista en el alma”, refiriendo a Ayn Rand. Al respecto, me parece interesante cómo Rivas resume la idea en: Roymer Rivas. 2023. Cautivos de un concepto: la lucha entre lo individual y lo colectivo en el alma del hombre. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/cautivos-de-un-concepto-la-lucha-entre-lo-individual-y-lo-colectivo-en-el-alma-del-hombre/ (Cit. 21/04/2026).

[3] Oriana Aranguren. 2025. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/la-cronarquia-del-estado-como-el-estado-se-aduena-de-tu-tiempo-y-por-que-no-deberia-hacerlo/ (Cit. 21/04/2026). Siguiendo a Heidegger, es la misma esencia humana.

[4] Lucio Anneo Séneca. 2016 (55 d. C.). De la brevedad de la vida. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-brevedad-de-la-vida/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo III, párr. 1.

[5] Óp. Cit. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?.

[6] Séneca llama a esto “Occupati” —los ocupados—. Las personas están ocupada en lo que piensan o quieren otros, al punto en el que termina enmarcando nuestro tiempo y la vida misma en vivir “de prestado” —para aludir nuevamente a Rand—.

[7] Con esto no quiero decir, sin embargo, que aludo a un sistema en el que cada quien pueda hacer lo que quiera, como quiera, sin ningún tipo de límite en su tiempo. Somos seres limitados, y el tiempo no escapa de ello. Simplemente hago énfasis en la idea de que muchas veces nuestro tiempo es “de prestado”, está amoldado solo a lo que los demás quieren de nosotros hagamos con ello —especialmente el Estado—.

[8] Lucio Anneo Séneca. 2019 (58 d. C.). De la vida bienaventurada. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-vida-bienaventurada/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo XXI.

[9] Ibidem., capítulos XXI-XXIV. Podíamos hablar de un “capitalista virtuoso”, uno que posee bienes sin que estos dicten su valor moral.

[10] No lo es porque para los estoicos las luchas contra la esclavitud van al plano mental, de los deseos, los anhelos, del ser humano —como vimos con Epicteto—. Alguien puede tener todas las garantías de respeto a sus derechos y, aún así, ser esclavo de la ambición, la ira o el miedo. En este sentido, Séneca nos recuerda que la ausencia de interferencia estatal no es suficiente, porque también es necesaria la soberanía sobre nuestra propia voluntad.

[11] Lucio Anneo Séneca. 2013 (62 d. C.). Sobre el ocio. Epublibre. Traducción de Eduardo Gil Bera. Editado por Titivillus. Capítulo IV.

[12] Esto es interesante, porque conecta mucho con las ideas de secesión que defendemos los libertarios. Es preferible marchar a un lugar donde respeten nuestra libertad a perder el tiempo luchando contra algo que nos intenta someter, poniendo nuestra vida a disposición del colectivo. Y así se invierten las reglas del juego: mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo externo para que el individuo deje de sufrir, Séneca propone que el individuo se retire de la maquinaria que lo oprime para que el mundo ya no pueda someterlo. Al respecto, ver: Ibidem., capítulo III.

[13] De hecho, ese es el fin primario para lo que se ha de dedicar nuestro tiempo: el estudio, porque solo así podremos tener esa libertad interna. El hecho de dedicar tiempo a conseguir cosas materiales es solo “preferible”, no el fin último.

[14] Habría que ver cómo se defendería de los ataques de un libertario que denuncia sus vínculos con el poder. ¿Quizá responda que es preferible estar cerca del poder a no estarlo? —comentario jocoso, aunque quizá no alejado de la realidad—.

¿Economía o fantasía? Asdrúbal Oliveros, bonos y aumento de sueldo en Venezuela

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho.

Roymer A. Rivas B.

¿Economía o fantasía?[*] Es la pregunta que surge tras escuchar la última ocurrencia de Asdrúbal Oliveros: repartir bonos de hasta USD$ 250 a los trabajadores del sector público por un periodo de 6 meses[1]. Resulta desconcertante, si no alarmante, que quien presume de entender las cicatrices de nuestro caótico escenario en Venezuela —especialmente el monetario—, proponga ahora una inyección de liquidez que constituye más un guion de ficción que un plan de estabilización para el país. La supina miopía de los economistas mainstream para comprender la situación de Venezuela los lleva a reciclar fórmulas que se han mostrado fracasadas —no puede ser de otra manera si se parte de un mal diagnostico— que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.

Esto, lamentablemente, no es un caso aislado y, de hecho, sirve de ejemplo para destacar una patología mayor, a saber: la creencia de que se puede decretar la prosperidad por gaceta, como es el caso de aquellos que piden —por diversos medios— aumento de salarios. Muchos no han entendido que Venezuela no necesita más subsidios, ni aumento de salarios, que solo sirven para patear el problema hacia adelante, a costa de que el problema mañana sea aún peor, sino una reestructuración que permita que el trabajo valga por lo que produce y no por lo que un economista o un burócrata decida fantasear en sus redes sociales o podios.

Para entender por qué estas “soluciones” son, en realidad, un problema, es suficiente con someter esas fantasías a los hechos —que no entiende de buenas intenciones ni cálculos alegremente presentados en foros en redes sociales—. Pero antes, comenzaré con un breve inciso.

El inciso: sobre la subida de precios en dólares en Venezuela —mal llamada “inflación”[2]

Previo a abordar el tema de los bonos, Oliveros pone el foco en lo que él y otros muchos llaman “inflación en dólares” [3]. Esto, de entrada, está mal. Técnicamente, el dólar en Venezuela no sufre de inflación como fenómeno monetario del dólar en sí, sino que es causa del rezago cambiario —aunque en la práctica se sienta exactamente igual—. Para entender esto es necesario separar le dinero de los precios: (i) está la inflación monetaria —que en realidad es lo que ha sido la inflación toda la vida, pero es necesario estipularlo así por fines didácticos— que es cuando la cantidad de dinero en la economía —oferta— supera su demanda, y en Venezuela, esto no existe, porque la demanda de dólares supera su oferta —¿O acaso alguien quiere tener sus ahorros en bolívares?—; y (ii) está la inflación de precios, que es cuando la moneda se deprecia, lo cual se traduce en subida de precios en la economía —aunque eso no significa necesariamente que veremos reflejado con la subida nominal de los precios en la economía[4]—. Lo que no te dicen es que, en circunstancias normales, no puede haber (ii) sin (i), así que, en rigor, se debe hablar de “inflación” sin adjetivos.

El problema es que casi ningún economista explica la dinámica correctamente y, por si fuera poco, Venezuela no entra en la categoría de “circunstancias normales”. En Venezuela, la perdida del poder adquisitivo del dólar se debe a distorsiones locales que hacen que exista algo llamado: “rezago cambiario”, que significa que los precios internos —en bolívares— suben a una velocidad mucho mayor de lo que sube el tipo de cambio —el precio del dólar—. Comprender esto es un tanto curioso, y paradójico, porque, en un escenario donde la demanda de dólares supera su oferta, se esperaría que los precios reflejados en dólares bajen, pero ocurre lo contrario. En este marco, alguno podría decir que la subida de precios en dólares se debe a la inyección de dólares por parte del Estado a la banca, intentando contener la tasa de cambio. Pero esto es un error. En otros lugares ya expliqué que, en un escenario con rezago, la inyección de dólares más bien reduce dicho rezago, causando que los precios en dólares aumenten menos de lo que hubiesen aumentado en caso de que haber inyección[5].

Sobre la propuesta de entregar bonos y el aumento de salarios

Comprender lo anterior es clave, porque si ya tenemos un problema de precios altos por falta de oferta en dólares y distorsiones estructurales, meter más dinero en la economía —vía bonos o aumento de salarios— sin aumentar la producción es echar más gasolina al fuego. A Oliveros y quienes exigen aumento de salarios les hace falta entender que, en una economía sana, el consumo es el premio final de la producción previa, e invertir esa causalidad bajo la premisa de que se “ayudará” a los trabajadores es profundamente irresponsable. Como ya mencioné, es patear el problema hacia adelante a costa de que el problema mañana sea aún peor. Parecen ignorar que en Venezuela se han aumentado bonos y salarios muchas veces, y eso no ayudó a aumentar la calidad de vida de forma sostenida en el tiempo, sino que profundizó la crisis —¿Ya se olvidaron de 2018-2019, y de todos los aumentos de salarios desde 1999 hasta 2022, o de bonos desde 1999 hasta 2026?—.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho. Muchos venezolanos creen que los problemas del país se solucionan vía decretos de aumentos salariales, emisión de derechos, regalo de viviendas, en suma, subsidios de todo tipo, sugiriendo que la solución a la miseria es la transferencia de renta y no la creación de valor, porque ninguno de esos personajes se pregunta en cómo crear un escenario adecuado para que los salarios reales se estabilicen o tiendan al alza a lo largo del tiempo, eliminando la dependencia del Estado.

La Venezuela de ahora y la Venezuela que queremos: ¿Qué necesitamos?

Venezuela no necesita parches de seis meses que se diluyen ante el primer ajuste de precios. Lo que el país requiere es una reestructuración que desmantele el andamiaje estatista y permita el florecimiento del libre mercado, porque la verdadera mejora en la calidad de vida no vendrá de la generosidad de un burócrata, sino de un escenario donde (a) la competencia atraiga capital, (b) la productividad determine el ingreso y (c) la estabilidad jurídica reemplace la dádiva. El salario no es una variable que algún economista puede determinar con fórmulas o modelos matemáticos en una tabla de Excel, sí es el resultado de la conjunción de los tres puntos ya mencionados. ¿Y qué necesitamos? Simple de decir, tortuoso de aplicar, pero no imposible[6]:

  1. Necesitamos una reforma monetaria y bancaria, porque el salario no puede subir si la moneda es una basura o si no hay crédito. Para ello, podríamos hacer tres cosas —las diré en orden, de más radical y eficaz a menos radical y eficaz, aunque cualquiera infinitamente mejor al escenario en el que nos encontramos actualmente, comprendiendo todo lo que implica cada uno de ellos—:
    1. Ir a un régimen de patrón oro para la moneda nacional, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y donde se separe legalmente los depósitos a la vista —con encaje legal 100%— de los préstamos a la vista —dejando a los bancos determinar por sí mismos qué encaje tendrán para mostrarse “solventes” y responder a sus acreedores—. Asimismo, dar paso al libre intercambio de monedas.
    1. Olvidar el patrón oro, pero yendo a un régimen de libre competencia de monedas, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y… —igual que el punto anterior—.
    1. Dolarizar oficialmente la economía. Algunos economistas pondrán diversas objeciones a esto —de la misma forma que con el punto 1.1. y 1.2.—, pero a esos economistas les digo que vayan a estudiar. Todos los fantasmas que rondan a la dolarización son, simplemente, falsos —empezando por el que dice que se pierde poder para controlar la oferta monetaria, tan solo vean el caso Ecuador—. Y si se va a usar esto de transición para alcanzar el 1.1. o 1.2., mejor aún.
  2. Necesitamos una seria reforma fiscal y tributaria. El Estado actual vive de asfixiar al sector privado que ha quedado reducido tras años de crisis. Esto se traduce en simplificación y reducción de impuestos —empezando por eliminar el IGTF—. El escenario ideal es que se vaya a un régimen de confederaciones y cada municipio compita con sus tasas de impuestos, pero eso en este momento es utópico; en el corto plazo es suficiente con simplificar y reducir impuestos —aunque si se apunta en el mediano plazo a lo segundo, mucho mejor. Al final, ¿No “trabajan” por el bien del trabajador? Pues, no hay nada mejor que eso, ¿O sí? ¿Lo hacemos por parroquias autónomas y con derecho de secesión?—.
  3. Necesitamos una reforma laboral que vea el contrato de trabajo como algo privado entre patrono y empleado. Se debe eliminar la inamovilidad laboral y los costos de despido absurdos —que hacen que el empresario tenga miedo de contratar—. El Estado no tiene por qué meterse en contratos privados, para eso existe el arbitraje en el Derecho —hablando de ello…,
  4. También necesitamos, más que una reforma, una reconstrucción de nuestro sistema legal en distintos ámbitos y niveles de profundidad, todo partiendo del respeto al individuo y la propiedad. Sin ello, nadie querrá invertir en Venezuela. Y si esto viene acompañado de la privatización de todas las empresas en manos del Estado —especialmente de servicios—, mejor. Es más, ese “excedente” que Oliveros quiere quemar en bonos podría ser el capital semilla para la transición hacia servicios privados eficientes, ¿Por qué no?[7].

Solo estas cosas es lo que permitirá alcanzar salarización de los bonos, porque, allí sí estamos de acuerdo: es necesario eliminar la estructura de bonos, el salario debe ser transparente, permitiendo que el trabajador vea su ingreso real y pueda planificar ahorros o créditos. Pero eso no se logra con subsidios, sino con mercado.

En este marco, yo pregunto:

  1. ¿Por qué Asdrúbal no propone usar ese excedente de ingresos petroleros para reestructurar el país, llevando a cabo todas las medidas necesarias, apuntando incluso a la dolarización, en lugar de regalar el dinero?
  2. ¿Por qué no habla primero de sanear las cuentas públicas, lo cual incluye el despido de trabajadores en nomina del Estado que no hacen absolutamente nada, para después, si acaso se apelará a ello, crear un fondo de reserva para responder a sus pagos mientras se llevan a cabo todas las reformas necesarias para el país?
  3. ¿Por qué no ofrece una lista de reformas que puedan sostener una mejor Venezuela y, por tanto, el aumento de salarios del que tanto le gusta hablar?
  4. ¿Qué pasará en el mes 7, cuando se deje de dar bonos, una vez que más de 2.4 millones de venezolanos hayan aumentado sus gastos por contar con un ingreso adicional de USD$ 250, pero no se haya creado el escenario para mejorar las cosas en el país?
  5. ¿Por qué las personas en general no hablan de atacar problemas de fondo y no los síntomas de un cáncer que ya llegó a los huesos de la sociedad venezolana?
  6. ¿Por qué no se propone bajar impuestos y usar los recursos para optimizar el sistema energético nacional, puesto que buena parte de los ingresos de las empresas son robados por el Estado y, por si fuera poco, deben invertir dinero en la autogeneración eléctrica, cisternas de agua y logística de combustible para poder operar en su cotidianidad? ¿Acaso no permitiría esto a los empresarios subir el salario de sus trabajadores por si mismos[8]?

Mantener el silencio ante tales desvaríos es aceptar que la economía venezolana sea reducida a un ejercicio de caridad administrada, y me niego a ello. Por eso, resalto que la propuesta de Asdrúbal Oliveros no es una solución, sino el síntoma de una élite intelectual[9] que, por miedo al cambio radical, o por complacencia con el modelo extractivo, o simplemente por ignorancia, prefiere administrar la agonía con parches antes que defender las reformas que el país reclama. Debemos comprender que si seguimos exigiendo y celebrando aumentos de salarios por decreto y llegadas de bonos efímeros, seguiremos siendo esclavos de la discrecionalidad de un burócrata y de la inflación que algunos “expertos” alimentan. ¡Es suficiente!


[*] Este texto fue originalmente publicado en: Humano Insurrecto.

[1] MundoURenVivo. 2026. Román Lozinski en Agenda Económica con Asdrúbal Oliveros 08.04.2026. Video de YouTube. En: https://www.youtube.com/watch?v=uLnPf-nnPkk (Cit. 11/04/2026). 

[2] Sirva esto de corolario para evidenciar la incapacidad de Oliveros para comprender el escenario venezolano y, en consecuencia, de facto, queda minusválido mucho de lo que pueda decir al respecto.

[3] A esa narrativa, de hecho, se apega cierto sector para decir que “los venezolanos nos estamos matando entre nosotros mismos” y pedir más control estatal para el “perverso comerciante, imperialista, especulador y capitalista” que arremete contra “el pueblo”. Todos ellos, sin embargo, saben de economía lo que sabe mi tortuga mascota de astrofísica.

[4] Eso no te lo dicen el común de los economistas, porque tienden a ser malos lectores y, por consiguiente, se quedan solo con lo enseñado en la universidad —que no se ajusta del todo a la realidad y la eficacia de las herramientas de análisis de los fenómenos económicos queda en entredicho—. Para ilustrar el punto señalado en el párrafo, imagine una economía donde las empresas invierten para automatizar y optimizar procesos de producción, abaratando los costos y, con ello, pudiendo bajar los precios al consumidor, en aras de que pueda vender más. No obstante, si alguna entidad inyecta más dinero a la economía —argumentando, por ejemplo, que es necesario para dinamizarla—, los precios de los productos que antes tenderían a bajar pueden quedarse igual —ni subir, ni bajar—. En este escenario, un economista común, guiándose por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), te diría que “no hubo inflación” en ese periodo de tiempo, y quizá saldría algún político vanagloriándose porque en su gestión “no hubo inflación”, pero nadie está viendo que, al inyectar dinero, los precios que antes iban a bajar ahora se mantuvieron iguales. Ergo, la moneda igual se depreció, pero no “aumentaron los precios”.

[5] Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2023. Hiperinflación: un fenómeno incomprendido; respuesta al libro de Pascualina Cursio. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/hiperinflacion-un-fenomeno-incomprendido-respuesta-al-libro-de-pascualina-cursio/ (Cit: 11/04/2026). Desde la sección: “Pascualina, dólar implícito y tasa de cambio”, en adelante. Para el ciudadano común, si ayer un café costaba USD$ 2 y hoy cuesta USD$ 3, su percepción inmediata es “el dólar se infló”, cuando en realidad lo que ocurrió fue que (i) el costo de vida subió en bolívares y (ii) el tipo de cambio no se ajustó en la misma proporción. En este escenario, una inyección de dólares ayuda a reducir el rezago cambiario vía depreciación de la divisa.

[6] Bueno, sí imposible si quienes tienes el poder, sumado a quienes pretenden tenerlo y quienes hacen propuestas limpias de sensatez, siguen por el camino que vienen. Claro está que la supervivencia política de la mayoría depende de que la economía se mantenga igual.

[7] En un marco de transparencia, claro está, que no es el que tenemos ahora. Ergo, para llegar allí también se necesitan llevar a cabo muchos cambios.

[8] En los últimos años, mientras el sector público se quedó estancado en sus salarios, el sector privado, a pesar de la crisis, comenzó a pagar a sus empleados por encima del sueldo mínimo. Esto demuestra que no se necesita del Estado para mejorar la calidad de vida de los trabajadores en Venezuela, más bien todo lo contrario, es un obstáculo que limita a las empresas de explotar su máximo potencial, beneficiando a sus empleados en el camino.

[9] Así convertido por la masa, porque yo no les tengo respeto alguno a sus ideas.

La gran estafa: cómo el progresismo secuestró la palabra “libertad” para destruirla

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.”

María José Salinas

Hay una mentira que se ha repetido hasta el cansancio y ya suena como verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad. Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos” … lo dicen con tal convicción que dudar de ello casi parece un acto de mala fe. Pero esa seguridad absoluta es justamente lo que debería ponernos en alerta, porque apropiarse del lenguaje de la libertad no es lo mismo que defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa: vender libertad en las palabras y estrangularla en los hechos.

La verdadera libertad, esa que incomoda, la que no pide permiso, nunca salió del colectivismo, sino que nació de una idea simple y radical: cada individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo vieron con una claridad que hoy muchos prefieren ignorar; si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es solo un favor que te hace el poder.

Por eso la libertad no se puede partir en pedazos. No puedes exigir control absoluto sobre tu cuerpo y al mismo tiempo aceptar que el Estado te quite, como si nada, el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras decretas qué opiniones son aceptables y cuáles merecen cancelación. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, inflar el Estado hasta convertirlo en el gran tutor, juez y carcelero de la vida ajena.

La libertad auténtica es indivisible, y eso es lo que más les molesta. Les molesta a los progresistas porque les obliga a soltar su vicio favorito: meterse en la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también le molesta a cierta derecha que todavía cree que puede legislar la moral privada desde el Congreso.

El cuento oficial es demasiado conveniente: izquierda = liberación; derecha = opresión. Y millones lo repiten sin tomarse la molestia de revisar la historia. Pero eso pasa porque saben que la historia no perdona. El Che y Fidel hoy convertidos en camisetas fashion persiguieron, metieron a la cárcel y mandaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba, se fusilaba o se enviaba al gulag. Y no era la excepción a la regla, era el resultado lógico de darle poder absoluto a quien se cree poseedor de la verdad.

Cuando el poder se concentra tanto, la libertad deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio que te pueden quitar cuando les dé la gana. Y hoy ese proceso ya no necesita disfraces; en Cuba, Venezuela y Nicaragua el progresismo se quedó sin eufemismos: el que piensa diferente es reprimido, censurado o encarcelado por el sistema, sin rodeos.

Mientras tanto, el circo sigue. Artistas, influencers y activistas llegan de países con economías más o menos abiertas se hospedan en hoteles emblemáticos de lujo como el Nacional, el Meliá o el Bristol Habana Vieja con piscinas, aire acondicionado y luces que nunca se apagan, y usan los mismos recursos (agua, electricidad, comida y combustible) que el régimen debería destinar a la población. Todo esto mientras Cuba atraviesa una de las peores crisis humanitarias en décadas: apagones masivos que han dejado a millones sin luz por 12, 16 o hasta más de 20 horas, alimentos que se pudren sin refrigeración, colas eternas para un pedazo de pan y una escasez de combustible que ya tiene al país al borde del colapso.

Desde su burbuja climatizada, posan para Instagram y luego le exigen “resistencia” y “soberanía” al cubano de a pie que lleva más de sesenta años aguantando la misma tiranía, y que ahora, en pleno 2026, apenas sobrevive entre velas, hambre y oscuridad.

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.

Ese contraste no es una simple anécdota, es la radiografía moral del progresismo contemporáneo: más apegado a su narrativa que a la realidad, más interesado en mantener su aura de superioridad ética que en reconocer los hechos que le estallan en la cara.

En México la trampa es aún más fina y cínica. Se habla de más gasto público, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente importante el Estado de derecho sigue brillando por su ausencia. No faltan leyes, faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas bonitas, sobran incentivos torcidos.

Al final, tanto el paternalismo progresista como el moralismo conservador comparten el mismo pecado de fondo: no confían en el individuo. Uno quiere criarlo con subsidios y el otro vigilarlo con prohibiciones. Los dos terminan asfixiándolo.

Por eso la frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso, sino una contradicción en los huesos. La libertad no se divide. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.

Mientras México siga atrapado en esa falsa pelea izquierda-derecha, seguiremos dando vueltas en el mismo hoyo. El verdadero cambio no llegará cambiando de partido. Llegará cuando por fin cambiemos las ideas que nos han llevado al fracaso una y otra vez.

Los países que sí avanzaron Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia no lo hicieron concentrando más poder, sino liberando al individuo. Los resultados saltan a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el espejo más cruel de lo que pasa cuando se lleva la idea contraria hasta el final.

México no necesita más gobierno, sí menos ilusión. Necesita entender de una buena vez que la libertad no se pide, se ejerce; que los derechos no se negocian por subsidios; y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.

«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo ya sea una raza, una clase o un Estado. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”, expresó Ayn Rand en una oportunidad.

El problema de fondo nunca ha sido solo quién gana las elecciones. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con una crudeza brutal. Es tiempo de que como ciudadanos tomemos la responsabilidad del futuro de nuestros países. Leer, cuestionar e informarnos debería ser obligación y regla para ejercer un voto consciente y con la responsabilidad que ello implica.

La visita en la historia: URD

Por Leroy Garret (@lerogarrett).

En el ajedrez geopolítico del hemisferio, Estados Unidos ha mirado siempre a Venezuela con una mezcla de paternalismo y recelo, especialmente cuando la oposición interna, por popular que sea, se muestra como un caballo desbocado incapaz de galopar hacia la estabilidad. ¿De dónde viene esta aversión crónica a las oposiciones venezolanas hoy por hoy? No es un capricho reciente de la era Trump, sino un patrón forjado en el fuego de la fragilidad política caribeña. Recordemos: la Venezuela pre-petrolera del siglo XX era un polvorín de caos, con caudillos y revueltas que invitaban a intervenciones foráneas. En 1902-1903, el bloqueo naval de Gran Bretaña, Alemania e Italia a las costas venezolanas por deudas impagas alarmó a Washington. 

Theodore Roosevelt, blandiendo la Doctrina Monroe, rechazó la agresión europea no solo por ayudar al “vecino débil”, sino para afirmar que América era ya antes de la primera guerra mundial su zona de influencia. Nada de aventuras imperiales como la de Napoleón III en México en los 1860s. El mensaje fue claro: fragilidad política equivale a caos, pero no a suelo fértil para posesiones de ningún índole, el principio se mantiene, es geopolítica del poder, es realpolitik punto.

No es la primera vez que una oposición, o fracciones de ella, es descartada como “no apta” para el poder, pese a su arrastre popular. 

Ahí está el caso paradigmático de la Unión Republicana Democrática (URD), el partido de Jovito Villalba, que en los 1950s y 1960s encarnó las luces y sombras de un movimiento que Washington vio como un factor conveniente… hasta que dejó de serlo. Pero antes de sumergirnos en ese episodio, hagamos un paréntesis con la oposición actual, cuya caída en desgracia puede resumirse en un rosario de pecados: colaboracionismo con el régimen chavista, silencio ante la invasión cubana y ausencia de un plan real para desmantelarla, apego masoquista a elecciones fraudulentas, popularidad efímera sin músculo para gobernar, y declaraciones tragicómicas como tildar a Chevron de “organización terrorista”. Estos errores la han convertido en un serio inconveniente para la transición post-Maduro, marginada por una Casa Blanca que prefiere negociar con el chavismo “exorcizado” de Delcy Rodríguez.

Los Archivos Nacionales de Estados Unidos, a través de documentos desclasificados en Foreign Relations of the United States (FRUS) y el Reading Room de la CIA, pintan un retrato detallado de la URD y sus riesgos para la democracia venezolana de entonces. Desglosémoslo en tres lentes clave, como se recoge en estos registros:

1.  Legitimidad democrática vs. Estabilidad: En 1952, la URD arrasó en las elecciones a la Asamblea Constituyente, reflejando el rechazo masivo a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Washington lo reconoció como una fuerza popular legítima, pero priorizó relaciones cálidas con el dictador por “imperativos estratégicos” como el petróleo. URD era visto como un catalizador de cambio, pero uno que no podía ignorarse eternamente sin arriesgar estabilidad.

2.  El comodín “amorfo”: Cables diplomáticos describen a URD como menos rígida ideológicamente que sus pares (como AD o COPEI), lo que la hacía “conveniente” para forjar el Pacto de Punto Fijo en 1958, una coalición que garantizaba una transición estable a la democracia. Sin embargo, esa naturaleza “amorfa” la volvía impredecible: un aliado táctico, pero con potencial para desequilibrar el tablero.

3.  La fricción de 1960: Aquí llegó el quiebre. Documentos de la CIA revelan que, al romper con la coalición gubernamental a finales de 1960, la URD viró hacia elementos radicales, aliándose con facciones castristas y comunistas para obstruir programas del gobierno de Rómulo Betancourt. Inteligencia americana la etiquetó como amenaza a la “reforma evolutiva” que EE.UU. favorecía, un eufemismo para cambios controlados que preservaran intereses petroleros y anticomunistas.

Esta evaluación se confirmó con figuras como José Vicente Rangel y Fabricio Ojeda, militantes URD que actuaron como informantes de Fidel Castro, traicionando la patria. Ojeda, héroe de la Junta Patriótica contra Pérez Jiménez, murió prematuramente en la guerrilla; Rangel, un Richelieu tropical, maniobró con astucia hasta clavarle la daga a la república, facilitando el ascenso y control absoluto del chavismo décadas después.

Ahora, comparemos con la oposición actual. Jovito Villalba y María Corina Machado comparten un aura mesiánica: líderes carismáticos, populares en sus épocas, pero no jefes de Estado materializados. Villalba, con su oratoria incendiaria, galvanizó masas contra la dictadura, pero su sectarismo interno diluyó la URD en divisiones ideológicas. Machado, Nobel de la Paz 2025, arrasó en primarias opositoras con 93% en 2023, pero su radicalismo (denuncias a ultranza, alianzas volátiles) la ha hecho impredecible para Washington. Trump la descartó públicamente: “No tiene apoyo ni respeto en el país”, optando por la estabilidad del chavismo tramitante. El factor sectarismo persiste: como la URD se escindió por radicales, la oposición actual se fragmenta entre Machado y colaboradores como Henrique Capriles, diluyendo fuerza colectiva.

 La apreciación norteamericana es idéntica: conveniente para presionar, pero inconveniente para gobernar, un “wildcard” que amenaza la reforma controlada.

En resumen, la “visita” de la historia a la URD nos recuerda que popularidad no basta; se necesita pragmatismo para navegar el escrutinio de la diplomacia de Washington. Hoy, con Maduro capturado y Rodríguez al timón, la oposición repite el guion: mesiánica pero ineficaz, indefinida y subordinada, sectaria y marginada. Si no aprende de Villalba, quedará en Narnia, mientras el poder real muda de piel bajo la la tutela sin precedentes de nuestra nación hermana. Verdades veredes, Sancho amigo: la fragilidad sigue siendo caos, y  para Washington se acabó el bochinche.

Autoritarismo: Dictadura romántica

Valentina Gómez es economista (UCAB), fundadora Impulsa Tu Economía, y coordinadora local senior de EsLibertad Venezuela. En todos sus espacios, aprovecha cada oportunidad para reflexionar sobre las ideas de la libertad y empoderar a quienes le rodean.

… Cuando un líder se eleva al estatus de “salvador”, la política deja de ser gestión para convertirse en teología.

Valentina Gómez

Así como la tecnología ha evolucionado hasta el punto de hacerse más sofisticada y compleja, el autoritarismo también ha evolucionado para sobrevivir en países donde la democracia es el estándar. Como los aparatos electrónicos que ahora son inteligentes —capaces de conocer todo de todos y estar siempre con nosotros—, las técnicas de control moderno son más suaves, amigables; se camuflan de legalidad y transparencia.

En el siglo XX, el autoritarismo era ruidoso y sanguinario; el orden era la fuerza bruta ante todo. La oposición no era “cancelada” en redes sociales ni asfixiada con impuestos: era ejecutada, exiliada o enviada a campos de concentración. El control de la información era sencillo porque existían pocas fuentes. Hoy en día, el acceso a la información es tan fácil y rápido que los regímenes han tenido que optar por la desinformación como estrategia evasiva: saturar con datos falsos para mantener a la población confundida y entretenida, permitiendo que sepamos solo lo que ellos quieren que sepamos.

Algunas cosas nunca cambian. Desde Stalin y Hitler se usan retratos en cada oficina, estatuas gigantes y la idea del líder como el “salvador” de la nación. Esto solo nos demuestra que la idealización es un verdadero problema; nos ciega al punto de no discernir entre lo bueno y lo malo, entre un Dios y un dictador genocida. Así de grave es la idealización. Así de graves estamos como sociedad y, sobre todo, en la educación.

Cuando un líder se eleva al estatus de “salvador”, la política deja de ser gestión para convertirse en teología. El fallo del sistema educativo es lo que ha permitido que la propaganda de los servicios de inteligencia —especialmente el modelo cubano— opere sin resistencia, transformando la lealtad ciudadana en una ceguera ética donde el genocidio o la corrupción se justifican como sacrificios necesarios en el altar del “Dios-Líder”. Por eso en Nicaragua no basta con controlar el voto; necesitan encarcelar a los sacerdotes y silenciar los púlpitos, porque la fe es el último reducto de discernimiento que el “Dios-Estado” no puede hackear.

No todo el tiempo el Estado va tras la Iglesia. Nicaragua se ha convertido en el laboratorio más cruel; todo forma parte de una decisión del aparato de inteligencia. Más de 200 religiosos han sido desterrados, expulsados o se les ha prohibido el ingreso desde 2018. Todo comenzó con las protestas civiles contra las reformas al seguro social (INSS), cuando la represión policial y parapolicial dejó cientos de muertos. Los templos católicos abrieron sus puertas para refugiar a los estudiantes y brindar atención médica a los heridos que los hospitales públicos rechazaban por orden estatal. Ortega y Murillo acusaron a los obispos de ser “golpistas” y, desde entonces, no han parado su persecución. Recordemos que es el último recurso para eliminar cualquier voz que hable de un ser superior, de otras normas, valores o discernimiento. El Estado no quiere que te cuestiones; quiere que lo idealices, que lo veas como única fuente de la verdad.

El aparato de inteligencia nació como un mecanismo de supervivencia radical para un grupo que sabía que, si no controlaba todo, perdería el poder rápidamente. Hoy, el socialismo en Cuba ha logrado sobrevivir 65 años bajo ese mecanismo y ha conseguido trasladarlo a sus aliados en otras partes del mundo. Este aparato nace después de que Fidel Castro y el “Che” Guevara se obsesionaran con evitar lo que le pasó a Jacobo Árbenz en Guatemala (derrocado por un golpe apoyado por la CIA en 1954). Comprendieron que para que la revolución sobreviviera, necesitaban un sistema que detectara la disidencia antes de que se organizara. Por ello crearon el G2 (inteligencia militar) bajo la tutela directa de la Unión Soviética (KGB) y la Stasi de Alemania Oriental, heredando sus métodos de vigilancia vecinal.

En Venezuela, estos métodos se conocen como “Consejos Comunales”. A diferencia de las cámaras que vigilan criminales, la inteligencia vecinal busca reportar “anomalías ideológicas”, convirtiendo al vecino en un agente del Estado. La vigilancia vecinal es un sistema que no busca protegerte, sino obligar tu lealtad. Han logrado que el miedo no sea algo que viene de arriba, sino algo que vive al lado. Así, el discernimiento va muriendo lentamente; de una u otra manera van sobornando tu lealtad y haciendo que tu derecho a recursos básicos dependa de aplaudir al dictador. La idealización deja de ser una opción y se convierte en una estrategia de supervivencia.

Las características principales del G2 son el control y la desconfianza. Controlan toda la información para mantener a las personas bajo una misma creencia: la que le conviene al dictador. Al convertir a cualquier vecino en un arma contra otro, nace el silencio por temor a ser escuchado y aparecen las repercusiones, que en muchos casos significan ser privado de la libertad por simplemente pensar distinto.

Todos los años de éxito cubano han inspirado a otros líderes que han querido perpetuarse en el poder. Juan Carretero fue el oficial de la inteligencia cubana encargado de la DGI (Dirección General de Inteligencia) para América Latina. Cada país latinoamericano, dependiendo del desarrollo de sus luchas, tenía un agente encargado de las relaciones en general o uno para cada organización específica. En el primer lustro de la década de 1960, la inteligencia cubana priorizó dos líneas: la preparación de la guerrilla del Che Guevara en el Cono Sur y la vinculación con países que mantenían luchas armadas, como Venezuela y Perú.

Así, mientras el G2 se enfoca en la seguridad interna (contrainteligencia), la DGI es la encargada de la inteligencia exterior. Es la DGI quien entrena a los cuadros políticos de estos países para que utilicen el mismo lenguaje y las mismas tácticas de propaganda. Por eso, ante la crisis, todos repiten el mismo guion: que las protestas son “golpes de Estado” o “ataques de los Estados Unidos”.

El objetivo del aparato de inteligencia cubano ha sido siembre la estandarización de métodos de control, no la expansión de la ideología socialista como muchos pueden pensar. Ha logrado poner en contra a vecinos, amigos, familiares. El proceso electoral se ha disfrazado de legalidad y transparencia, siendo ahora un proceso profundamente corrupto que solo sirve para garantizar la perpetuidad del líder en el poder.

El fraude electoral en las elecciones presidenciales de julio de 2024 en Venezuela se ha convertido en el ejemplo definitivo de cómo se utiliza el soporte técnico del aparato cubano para anular la soberanía popular. Utilizaron 3 estrategias claves:

-Desinformación: Gracias a que la ciudadanía resguardo la mayor cantidad de resultados electorales el estado activó su manual de desinformación aprendida de la inteligencia cubana. El Consejo Nacional Electoral (CNE) optó por proclamar un ganador sin mostrar un solo dato que lo respaldara, confiando en que la saturación narrativa nublaría la verdad.

-Miedo: Se utilizó aplicaciones digitales y redes de vigilancia vecinal (los Consejos Comunales), para conocer los que estaban en desacuerdo con el resultado “oficial” del estado. Este es el G2 en su máxima expresión: el uso de la tecnología no para proteger al pueblo, sino para que el vecino reporte la «anomalía ideológica» de quien se atrevió a votar distinto, convirtiendo el derecho al voto en un motivo de persecución penal.

-Complicidad internacional: La DGI se ha encargado de hacer un bloque de reconocimiento, países como Bolivia, Nicaragua y Honduras respondió a la validación del fraude para protegerse mutuamente en la estructura de control y supervivencia.

En definitiva, la Dictadura Romántica es el desafío más sofisticado y complejo que enfrenta la libertad en nuestro siglo. Ya no es nada agresivo al contrario, utiliza la inteligencia, la estrategia, al convertir al vecino en espía, al líder en Dios y al fraude en un trámite administrativo, estos regímenes han creado un sistema operativo de opresión casi invisible pero muy presente y destructor.

La inutilidad de la democracia pacifista en escenarios de autoritarismos

Mauricio Hernández, coordinador local de EsLibertad Venezuela y dirigente estudiantil del movimiento universitario TomosUCV

(…) Ante el estancamiento interno y la erosión de las capacidades de la oposición para generar un cambio real, el recurso a la incidencia extranjera se presenta como la última esperanza, aunque, esta ha demostrado ser una fuente de incertidumbre e histeria reprimida..

Mauricio Hernández

Introducción

Ante lo que parece ser la insuficiencia para cumplir el objetivo prometido por la supuesta nueva oposición venezolana en 2025, y el retorno a los escenarios casi post apocalípticos en los cuales se sume el país últimamente, tanto como a nivel social, político y económico, cabe que quienes todavía siguen renuentes a vislumbrar el panorama actual de manera lógica se pregunten: ¿Es una parafernalia colaborativa al mal que se nos ha infringido desde hace dos décadas la oposición? O, sencillamente vivimos sumidos en un liderazgo inútil, que a temporadas cambia su color de ojos, pero deja viva su esencia primigenia, —la cual es cobarde y abanderada a un poder externo a ellos, el cual se busca que haga de llave para el cumplimiento de sus promesas, porque no han de contar ni con la organización, los recursos y menos con el coraje suficiente por su parte para llevar a cabo un accionar verdaderamente eficiente para salir de la dictadura—. Vivimos con la cuerda en la garganta durante años, amarrada por la potestad de nuestro propio pueblo, que a su vez, es apretada por una esperanza que cojea y propicia cualquier placebo que nos resulte esperanzador a nuestra desgracia.

La sociedad venezolana se encuentra en un ciclo de error y postergación de su desdicha, únicamente debido a su incapacidad de abrir los ojos ante la realidad de una lucha por la libertad que ha sido menoscabada por un espiral de inacción política, como también por el discurso pacifista y fantasioso propiciado por quien se supone es su órgano heraldo de su libertad: su propia oposición, —la misma que se ha encargado del entorpecimiento crónico en lo que respecta a la salida del régimen—, una que se ocupó de distribuir una narrativa democrática, arraigada a la inacción por mantener una figura supuestamente recta. Tanto así que, a través de los años, se ha podido presenciar como los únicos actos de acción verdadera para tomar cartas en el asunto han venido de manos de grupos ajenos a los partidos. Actores como estudiantes, personas comunes organizadas por un deseo colectivo, pero sin un liderazgo claro o competente, mismos que ahora, muchos o se encuentran privados de libertad o en un mundo mejor. Todo por no entender que la factibilidad de la democracia pacifista se rebaja a mera inutilidad, si es que se aplica a escenarios dictatoriales. Esta es una estrategia la cual transmuta a ser hasta contraproducente para el objetivo gracias a su naturaleza, y, a su vez, resulta plenamente perjudicial a las masas fuera de las elites que apuestan por ella.

Dicho lo anterior, me propongo a desmantelar el supuesto camino hacia la salvación, dicha senda, adornada con palabras melosas, y al mismo tiempo, hacer recapacitar a cuyos ciegos se niegan a afrontar nuestro presente de manera realista, y prefieren vivir bajo utopías y promesas sin sustentación alguna, al igual que hacer ver sobre cómo si mismo está siendo funcional a su propio mal. —Porque no existe más ciego que el que se niega a ver su propia desgracia—. Este ensayo ha de postular las etapas de los autoritarismos en las que mínimamente cabe la idea de una democracia pacifista, o en su defecto, la democracia por sí sola. De igual manera, enmarcar como las dictadura ejercen un control estratégico y selectivo en la sociedad ante cualquier protesta, y, del mismo modo, la misma sociedad siendo funcional al régimen. Del mismo modo, doy a ver cómo un autoritarismo convierte el estado de excepción en la norma vigente, y esta termina inutilizando a la democracia.

Sobre las primeras etapas de los autoritarismos y la cabida de la democracia

¿En qué parte de los autoritarismos cabe la democracia? ¿Si la misma se trata del respeto a la voluntad de la mayoría y el respeto a la vida humana, y los autoritarismos resultan ser su anulador por excelencia? Pues, la respuesta simple sería que en ningún momento, sin embargo, en Transición a la democracia. Juan. Linz (1990) se plantea al autoritarismo como un proceso más que lineal, escalonado, hasta el punto de derrumbe del mismo, —una transición de niveles que resaltan por la evolución de las prácticas dictatoriales. Dicho lo anterior, preciso el dar razón de lo que denominé como las tres etapas clave de las dictaduras, basándome en la experiencia venezolana, cada una enmarcada por sus características clave que repercutan en el respeto de la democracia y una sociedad libre, al igual que las acciones con las que cuenta cada etapa para garantizar su declive. Empezando con saber que los autoritarismos son, en esencia, modelos los cuales evolucionan con el tiempo, la mayoría, cimentados al principio por el apoyo popular.

De este modo, la gran mayoría han llegado al poder por revoluciones armadas, u otros por procesos electorales con premisas partidistas comúnmente radicales, y que traen consigo reformas visiblemente doctrinarias y alejadas del pluralismo. En la generalidad, este modelo —como ya fue mencionado—, se apoya en la gente hasta llegar a su autonomía y control absoluto de las competencias del Estado. Awi, siendo las democracias, en especial las pacifistas propugnadoras de los órganos legales de la nación que, se sobreentiende, ya han sido tomados, lo cuál resuena en las pocas posibilidades que puedan darle cabida a una potestad de la mayoría o un cambio.

De estas etapas, partimos de la primera la cual es la instalación. Un inicio del periodo enmarcado por un apoyo considerable, el cual no se ve afectado en los primeros años de mandato, —a excepción de que ocurra alguna irregularidad que deje en un descontento grande a la sociedad—. En lo general este periodo va acompañado de una estructura inicial supuestamente democrática, lo que condiciona una oposición débil, al igual que existe una vigencia todavía de la decisión tomada, que ya está siendo aplicada. Según la historia, son los primeros años en los cuales vemos un contento en la población a base de los cambios ya propiciados por el mandato, que de plano pueden resultar radicales si es que se llegó al poder a través de una revolución, o, una ideología sumamente extremista. Dichas reestructuraciones pueden traer consigo reformas de leyes de naturaleza muy polarizada, implementación de políticas favorecedoras a un grupo específico, al igual que también se dejan ver los primeros rasgos de centralización de poder en varias personas. Esta es una etapa la cual lleva un aire de alerta a lo que posteriormente se acerca, y el anuncio de algo que tarde o temprano desembocará en una situación más grande.

En concordancia con lo anterior, y un avance temporal del primer periodo, se puede notar de manera clara como lo que empezó con meras acciones enmarcadas por una ideología, o a peor, sumida en escándalos y violaciones orquestadas, pasa a ser lo que llamo consolidación del autoritarismo temprano. Dicha faceta, tomando como una pequeña referencia lo que en su obra plantea Juan J. Link (1990), el gobierno se sume en la burocratización, la eficacia parcial y la legitimidad débil (aún operante). En consecuencia, esta etapa presenta ya los primeros signos de represión y censura, inicialmente representados por respuestas violentas o injustificadas del gobierno hacia sus disidentes, como sucedió en Venezuela, que, entre los años 2001 y 2002, Hugo Chávez declaró a los medios de comunicación que discrepaban con sus ideas enemigos de la revolución y, bajo su narrativa de delirios de grandeza, eso representaba atacar a la voluntad del pueblo, —mismo que con orgullo declaraba él mismo ser el recipiente—, lo que le sirvió como el primer paso a sus prácticas de censura y persecución. Al mismo tiempo, eso ocasionó que en 2004 se diera validación por parte de la Asamblea Nacional a la Ley de responsabilidad en radio, televisión y medios electrónicos, dando paso a la permisividad para la censura mediática masiva dentro del territorio nacional, junto a la posterior nacionalización de los medios de comunicación. Otro escenario es Alberto Fujimori, quien independientemente del bando, prosiguió con las acciones que resaltan este periodo: en 1992, ejecutando un autogolpe de Estado, y así disolviendo el parlamento y el poder judicial con apoyo militar, dando paso a una ola de persecuciones, y, del mismo modo, a 25 asesinatos selectivos a opositores por la mano de un escuadrón ligado al servicio de inteligencia nacional. Así pues, se abre paso a la evolución de esas actividades represivas, para posteriormente consolidar esa estructura dictatorial la cual pasa a ser a simple vista.

Asimismo, consecuente a los primeros dos puntos, nos damos cuenta que, aunque la elección a la democracia puede seguir vigente gracias al descontento poblacional, resultaría sólo en cuestión de tiempo para que la estructura dictatorial termine controlando dichos organismos que quedan para apelar, de este modo, entrando a [1] en un control de las acciones opositoras [2] una permisividad de ciertas acciones de manera selectiva, —las cuales no representarán un peligro para la estructura dictatorial—.

Seguidamente, pasamos a la tercera etapa, la cual denomino como Estancamiento de la libertad: Control de las potestades, misma que enmarca el control de lo que respecta a las acciones populares para acabar a un modelo dictatorial dónde, de manera completa, la cúpula gubernamental se ha apoderado de todos los confines competentes del Estado, —como si a un virus que se esparce por el sistema se tratara—. De esa manera, ya mermada la insignificante pizca de oportunidad que representaban estas estructuras dentro del país, condiciona que el poder de una oposición por medio del Estado ya no exista, que a su correlación lleva a el control absoluto de las atribuciones para la expresión, y sus limitaciones dentro del territorio nacional, lo que radica a que después se lleve a optar por el apoyo de instituciones internacionales, las cuales, cabe recalcar, han demostrado ser partícipes de incrementar la burocracia exterior antes que buscar la resolución a la problemática. Esto es el inicio de una dependencia sumamente peligrosa por la incertidumbre en la cuál se apoyan las decisiones que se debaten en los organismos internacionales.

Recapitulando el panorama interno de los años anteriores en Venezuela. Aunque se pueden ver intentos de expresión en contra, a menudo suelen ser acciones simbólicas que no representan ningún tipo de peligro o alerta hacia la cúpula, y asimismo, resultan fáciles de reprimir, como también al final estas terminan siendo parte de un juego de permisividad que manejan los que ostentan el poder, porque la represión no es bruta por más que parezca, —es permisiva, es selectiva de personas y situaciones que resulten relevantes—. Además, al final de cada una de esas obras llevadas a cabo, y parcialmente fallidas, aquella ¨oportunidad¨ otorgada hacia los que se oponen, serán las masas quienes terminen pagando las consecuencias. —Porque resulta más fácil hacer que un pueblo le tenga miedo a seguir a sus líderes que a su propio opresor—.

Sobre la represión dictatorial estratégica

Dicho lo anterior, cuando me refiero a esa permisividad que se da en ciertos momentos, hago mención a acciones que funcionan como una ilusión de supuesto control hacía los que se oponen, ciertas cosas que las masas creen que siguen en manos de sus ¨salvadores¨. Tales son estas actividades que terminan siendo la línea recta que seguirán cual pasaje hacia el cumplimiento de sus objetivos, y que se convertirá, posteriormente, en un ciclo que llevará al estancamiento de sus acciones por no ser útiles. Acciones como [1] manifestaciones dispersas, sin un objetivo o lugar a fin. Estas funcionan como un objeto inamovible, casi llegando a un punto de inacción, —desde la subjetividad, claro está—. Aunque para muchos les puede resultar increíble, así lo es, siempre y cuándo se tenga un gobierno plenamente democrático, solo así esta puede ser una opción viable.

Partiendo de la máxima ya mencionada, la represión es selectiva y permisiva, el que esté en el poder siempre se va a decantar por coaccionar ante lo que represente una verdadera amenaza para la integridad de su estructura, por ello, le resulta más beneficioso el alimentar esa ilusión que no representa un peligro real, y así colaborar a ese ciclo. Asimismo, por su inutilidad a largo plazo la estrategia hace función de placebo para las personas, y una justificación del dictador para ocasionar nuevamente un periodo de castigo hacia quienes decidieron revelarse, lo cual es solo una fachada, ya que el castigo irá por igual, y la narrativa del tirano será una en contra de un supuesto acto para inestabilizar a la nación y su gente. Así pues, vislumbrando la trayectoria vaga de la oposición, y el afán de la gente de seguir arrastrándose hacía ella, uno se da cuenta que Venezuela ha metido sus sentimientos en un molde junto a sus propias esperanzas, mismas que se han dejado llevar a por una musa que los maneja, y le promete lo que sus necesidades le gritan. Pensamiento parecido enuncia mi compañero en su trabajo. Roymer, R. (2025). Venezuela, la sociedad bucle: sobre las contradicciones de quienes dicen liderar un cambio, y quienes los siguen. En este trabajo, describe cómo ciertos líderes y seguidores viven en una especie de “show de Truman”, aislados de la realidad.

Esto es real, y el caso más claro de este ciclo en América latina es Venezuela. Si a ver vamos, la historia vista en 26 años para acá, notamos ese ciclo de estancamiento de liderazgo político, enmarcado por el apoyo de la sociedad venezolana. Comenzando por:

  1. Acción democrática, 1999. Contando con 25% en parlamentarias, y para 2010 8.17% según la página de AD por el CNE, Wikipedia (genera dudas).
  2. COPEI, 2010. Con 5.13% en parlamentarias según CIUDAD MCY. destacando que, 2010 fue una época profundamente marcada por una oposición fragmentada, lo que llevó a la población a redirigir sus votos a distintos partidos.
  3. UNT, 2006. 36,9% en presidenciales según. Proyecto de datos electorales de América latina de Georgetown, CNE (genera dudas).
  4. Voluntad popular, 2009 / 2015. 49,12% coalición de la mesa de unidad democrática.
  5. Primero justicia, 2006 / 2008. 11.17% en presidenciales y 14.54% en regionales del 2017 según los boletines del CNE (genera dudas).
  6. Vente Venezuela, 2023. 92.35% en primarias presidenciales, 2024. 76.1% en presidenciales según el 90% de las actas escrutadas.

Estas estadísticas presentan más similitudes que diferencias entre estos partidos, la más importante siendo el patrón de acciones vistas en estas fechas como forma de contraposición al régimen. [1] Todos estos partidos han llamado a marchas para exigir respeto, concentraciones inútiles que terminan desembocando en nada, y apelaciones desde el interior del país hasta el exterior a la comunidad internacional, la cual ha implementado su común burocracia, —o de plano no ha hecho nada—. En segundo lugar [2] se encuentran los referendos consultivos y las colectas de firmas. Queda poco que decir al respecto ya que se han agotado todas las evidencias y preceptos que demuestran lo absurdo de esas acciones. Sin embargo, la única manera que esta estrategia funcione, es que todavía los órganos judiciales y administrativos no estén tomados en lo absoluto, o, en su defecto, la totalidad de los mismos, lo cual podría representar la primera etapa. Asimismo, la tercera acción [3] serían las simbólicas, las cuales son del mismo índole de las segundas. Tanto por dentro del país como por fuera de si, el objetivo radica la mayoría de las veces en llamar la atención de la comunidad internacional. Nuevamente, caemos en la burocracia y la inacción derivada de por factores como la discrepancia por los hechos los cuales se ocasiona la oposición al régimen, al igual que la indiferencia por una parte de la comunidad que apoya al mandato, misma que, aunque sea minoría, detendrá dicho proceso. Y el último [4] campañas de firmas por fraude electoral. Sencillamente, sin palabras.

Dictadura convertida en estado de excepción prolongado

Sumado a lo ya expuesto, es necesario iniciar precisando qué se entiende por democracia pacifista, a fin de delimitar el porqué de su incapacidad de ofrecer una solución eficaz al problema que aquí se plantea. La llamada democracia pacifista puede describirse, en términos generales, como una forma de acción política que privilegia estrategias no violentas frente al poder, independientemente de las capacidades de este, apoyándose en el respeto a los consensos populares expresados a través de procedimientos institucionales, en la utilización de los cauces judiciales para la tramitación de conflictos y reclamaciones, como en el recurso a prácticas de movilización pacífica como mecanismo principal de presión.

En contraste, el estado de excepción es un régimen jurídico, por naturaleza temporal, mediante el cual se otorgan facultades especiales al Poder Ejecutivo para hacer frente a situaciones graves que no pueden ser abordadas mediante los mecanismos ordinarios del ordenamiento, lo que conlleva la suspensión o restricción de determinados derechos y garantías constitucionales. Las dictaduras tienden a sumir sus mandatos en una situación material de excepción permanente, aun sin proclamar formalmente dicho estado, o bien les resulta jurídicamente sencillo institucionalizarlo cuando cuentan con suficiente control sobre los aparatos estatales y el sistema de frenos, extremo que suele evidenciarse en patrones reiterados de represión severa.

En tales contextos, la excepción se convierte en la norma. Agamben, G. (2004). Estado de excepción: Homo sacer, II, 1. Adriana Hidalgo Editora. Sostiene que el totalitarismo moderno puede definirse como la instauración de una “guerra civil legal” que permite eliminar categorías enteras de ciudadanos mediante el mecanismo del estado de excepción, de modo que este deja de ser una medida extraordinaria para convertirse en un paradigma normal de gobierno. El estado de excepción crea así una “zona de indiferencia” en la que el derecho se suspende, de manera que el régimen jurídico excepcional se transforma en el marco que autoriza, en la práctica, la exclusión de la libertad e incluso de la vida de determinadas personas, convertidas en vidas prescindibles. Sobre esta base, la norma que pasa a regir el sistema, una vez instaurado el estado de excepción, consolida su apariencia de legalidad mediante la formalización de ese régimen extraordinario como si fuera un orden jurídico ordinario. Tal instauración se orienta a descomponer selectivamente la pluralidad política, haciendo posible la persecución, detención e incluso la eliminación física de opositores, bajo la cobertura de disposiciones de emergencia. Un ejemplo paradigmático es el Decreto para la protección del pueblo y del Estado, dictado en Alemania en 1933, que suspendió los artículos de la Constitución de Weimar, relativos a las libertades personales y que nunca fue formalmente revocado, permitiendo calificar jurídicamente todo el Tercer Reich como un largo estado de excepción que se prolongó durante doce años. En escenarios de este tipo, la dinámica de excepción se convierte en el principal mecanismo de sometimiento de la población, autorizando detenciones arbitrarias sin orden judicial previa y medidas represivas fundadas más en señalamientos y presunciones políticas que en garantías procesales propias de un Estado de derecho.

Al mismo tiempo, las acciones previamente planteadas quedan anuladas por el Estado de derecho ya existente, lo que termina en su inutilización debido a su naturaleza, la cual se decanta por el mismo en cualquiera situación. Lo que resulta más banal, es que, aun en conciencia de que ese estado de derecho está siendo menoscabado sin mesura, se termina pidiendo respeto a las instituciones y, a seres los cuales carecen de moral.

A propósito de los gobernantes, a dista de ser suficiente, existe un cierto placer del cual alimentan su malicia los dictadores, uno que, de manera maquiavélica secreta, la población al orquestar acciones que terminan en nada. Y esa es la posterior vuelta a la dependencia al tirano en la cual la sociedad vive. En su plenitud, al estar centralizado el poder en el Estado, y por ende en los gobernantes, se extienden sus potestades a controlar áreas las cuales son imprescindibles para el ser humano, tales como la comida, la salud y los servicios básicos, lo que hace que inevitablemente algunos sectores de la sociedad se abstengan a expresarse por miedo a ser perjudicados en sus necesidades, y así, a largo plazo, sumirse en un estado de conformismo con la situación política, aunque, eso termina por aplicarse más en los simpatizantes al régimen, o por otro lado, a personas inicialmente dependientes de él, las cuales en muchos casos son personas marginales (refiriéndome a su estado mental). Del mismo modo, estas últimas deben su dependencia y simpatía al ser el grupo poblacional el cual inició el apoyo a la dictadura en su etapa de instauración. Así pues, no se ha de negar que la mayoría de la población se ve en dependencia de dicho régimen por el factor laboral, el cual, en Venezuela se ha visto centralizado por la destrucción del sector privado. Esto dejó al ciudadano común sin alternativas de fuentes de ingreso, al igual que resultó en que ser emprendedor se convirtiese en una bolsa de dificultades más que una opción.

La postergación del sufrimiento poblacional

En el marco de las observaciones anteriores, cabe agregar que una función pasiva de represión, respecta a la suspensión de estos servicios a la sociedad, no solo complicando su situación aún más, sino que postergando ese sufrimiento, el cual servirá como colaborante a la oposición para alimentar su discurso de libertad y exigencia de respeto a las autoridades. Esto es evidenciable en casos como en Siria, bajo el gobierno de Bashar al‑Asad en 2011, en ese periodo, fuerzas estatales cortaron electricidad, líneas telefónicas y suministro de agua en zonas que se convirtieron en focos de protestas contra el régimen, como parte de operaciones militares para sofocar las manifestaciones, según medios de comunicación, fungió como castigo a las zonas que se rebelaron, para aislar a la sociedad con un Estado el cual era altamente centralizado sobre la provisión de servicios. Del mismo modo, escenario parecido ocurrió en Venezuela en el año 2016, dónde el gobierno de Nicolás Maduro declaró estados de emergencia y de excepción en un contexto de protestas por escasez de alimentos y medicinas, combinando concentración de poder, militarización de la distribución de alimentos (CLAP) y graves fallas en servicios básicos, lo que afectó de manera sistemática el acceso a salud, alimentación y educación, reteniendo subsidios y así generando crisis en esos sectores según Human Rights Watch, (2016).

Es evidente entonces que si se sale de las manos la capacidad de generar un cambio por parte de la oposición, el terminar abogando por la incidencia extranjera es el último recurso que se vislumbra, lo cual, en lo anterior mencionado, solo generará burocracia y estancamiento si es que se debate una intervención, esto a base del derecho internacional. Asimismo, esto genera una dependencia esperanzada en las acciones internacionales, y estas han demostrado de forma empírica tediosidad en estos temas, generando incertidumbre e histeria reprimida. Al igual que, mientras más avanza la dictadura en temas de poder, ya trascendiendo fuera de su territorio nacional, causa que dicha nación se convierta en un peligro ya reconocible por algunos países. Lo cual hace que las opciones para dar fin al problema afecten más a la población que en un principio. Lo cual nos lleva a este postulado. ¨La abstención de las acciones contundentes para liberar un país durante un periodo prolongado desencadena que las represalias hacia la estructura dictatorial trasciendan a niveles mayores de las que en un principio se pudieran haber evitado¨. Simplificado, ante situaciones difíciles, soluciones a la altura. De forma realista, esas soluciones no terminan siendo el precio a pagar por la libertad, sino las consecuencias de un pasado irresponsable y una carencia de actitud para dirigir un movimiento que verdaderamente tuviese un plan realista a un escenario crudo como lo son los autoritarismos.

Conclusión

Tras el análisis pormenorizado de las tesis planteadas en este ensayo, llego a una conclusión ineludible sobre la inutilidad de los métodos tradicionales frente a estructuras de poder que han trascendido los límites de la legalidad convencional. La “democracia pacifista”, lejos de ser un camino hacia la libertad, se ha transmutado en una herramienta funcional para el propio régimen, alimentando un ciclo de error y postergación de la desdicha que arropa a la sociedad venezolana. Esta estrategia, arraigada a una inacción que busca mantener una supuesta rectitud moral, ha demostrado ser plenamente perjudicial para las masas, pues, se enfrenta a un adversario que no reconoce los mismos códigos éticos ni respeta los procedimientos institucionales. El liderazgo opositor, visto como una parafernalia colaborativa o un órgano heraldo de una esperanza cojeante, carece de la organización, los recursos y, sobre todo, del coraje necesario para ejecutar un accionar verdaderamente eficiente. En consecuencia, la persistencia en estas tácticas simbólicas como son las marchas sin objetivo, colectas de firmas y referendos en instituciones ya tomadas, no representaran un peligro real para la cúpula, sino que actúa como un placebo que permitirá al tirano justificar nuevos periodos de castigo contra quienes intentan rebelarse. Al final, este bucle de liderazgo político estancado solo sirve para que la sociedad termine pagando las consecuencias de una estrategia que, por su naturaleza, se reduce a la mera inutilidad en escenarios dictatoriales.

La realidad del control totalitario se manifiesta en la instauración de una “guerra civil legal”, donde el estado de excepción deja de ser una medida extraordinaria para convertirse en el paradigma normal de gobierno. En este escenario, la dictadura ejerce una represión estratégica y selectiva que anula cualquier intento de expresión popular a través de los cauces del derecho ya existente, los cuales han sido mermados sin mesura por el aparato estatal. Bajo esta lógica de “vidas prescindibles”, el régimen utiliza la apariencia de legalidad para formalizar un orden jurídico extraordinario que autoriza la persecución, detención y eliminación física de los opositores bajo la cobertura de disposiciones de emergencia. Esta dinámica de excepción permanente, similar a la experimentada en periodos históricos oscuros en el mundo, permite al poder centralizado controlar áreas imprescindibles como la salud y la alimentación, utilizando el hambre y la carencia de servicios básicos como una función pasiva de represión. Así, la población se ve sumida en una dependencia forzada hacia el tirano, donde el miedo a perder el acceso a necesidades vitales genera un conformismo trágico o una abstención absoluta de la protesta. El control de las potestades estatales se esparce por el sistema, dejando a la sociedad civil sin alternativas de ingreso o fuentes de poder autónomo, especialmente tras la destrucción del sector privado y la centralización absoluta de la vida pública.

Ante el estancamiento interno y la erosión de las capacidades de la oposición para generar un cambio real, el recurso a la incidencia extranjera se presenta como la última esperanza, aunque, esta ha demostrado ser una fuente de incertidumbre e histeria reprimida. Del mismo modo, las instituciones internacionales, a menudo, señaladas por su tediosidad y burocracia exterior, han participado más en el incremento de los trámites que en la resolución efectiva de la problemática, dejando al país en una dependencia esperanzada pero estéril. Esta inacción internacional, sumada a la abstención de acciones contundentes por parte de los actores locales durante periodos prolongados, ha permitido que la dictadura trascienda sus fronteras y se convierta en un peligro reconocido a nivel global. El postulado central de este trabajo cobra pues una relevancia crítica: la postergación de las soluciones realistas y crudas ante un escenario de autoritarismo, solo garantiza que las represalias futuras sean de una magnitud mucho mayor a las que se habrían enfrentado inicialmente. En última instancia, la libertad no se alcanzará mediante palabras melosas o narrativas democráticas vacías, sino reconociendo que la democracia pacifista es un sistema inválido frente a quienes ostentan el poder mediante la coacción y el control absoluto de las instituciones. Las soluciones deben estar a la altura de la gravedad de la situación, entendiendo que el precio que se paga actualmente no es el de la liberación, sino las consecuencias de un pasado irresponsable y una carencia sistemática de actitud para dirigir un movimiento de cambio verdadero. Y eso se presenta con una palabra: “Cobardía”.

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto

Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) La Prohairesis no refiere simplemente a la acción humana, sino a la capacidad de juzgar, asentir y decidir qué hacer con las impresiones que recibimos del mundo, para actuar en consecuencia.

Oriana Aranguren

Dentro de las corrientes del liberalismo y el libertarismo se suele definir la libertad en términos negativos o políticos, entendido como la ausencia de coacción externa, la no interferencia del Estado, el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, a sus derechos de propiedad y de asociación. No obstante, aunque tácito y/o subliminal, pocas veces se aborda el concepto de libertad como un algo interno en el ser humano, que se fundamenta en la razón y en la soberanía sobre la propia voluntad, que es, de hecho, como lo veía un grande de la filosofía estoica, como lo es Epicteto. Si éste personaje viera el concepto de libertad que normalmente se discute hoy, diría que la definición es incompleta, porque, si un individuo tiene total libertad de movimiento y comercio, pero es esclavo de su ambición, de su ira o de su miedo a la muerte, para él —en realidad, cualquier estoico— ese individuo es, en el sentido más estricto de la palabra, un esclavo.

Como ando montada en la ola de conocer a los estoicos, he tomado algunas notas interesantes sobre temas que competen a la libertad, estando o no de acuerdo con las premisas, que son necesarias siempre para reflexionar y “pensar la Libertad”. En esta oportunidad, me propuse analizar exhaustivamente la concepción de la libertad a través de este gran pensador, que fue uno de los exponentes más representativos de esta idea en la Roma imperial —junto a Séneca, de quien escribiré más adelante—. La elección de estos dos nombres no es casual, pues, Epicteto nació esclavo y vivió la opresión en su forma más física y legal, mientras que Séneca, en contraste, fue uno de los hombres más ricos de su época y consejero del emperador Nerón, experimentando el poder absoluto y sus peligros. A pesar de encontrarse en los extremos opuestos del espectro sociopolítico, ambos convergieron en una misma idea sobre la libertad. Pero hoy me enfocaré en Epicteto, veamos qué podemos extraer de él.

Epicteto, el control, los deseos y facultad de elegir —a la que llamó: prohairesis

Para Epicteto, el ser humano no lo puede controlar todo, porque algunas cosas escapan de su poder y, por tanto, debe enfocarse solamente en lo que sí controla. En este sentido, la libertad se presenta como la alineación entre lo que la persona desea y lo que puede controlar. De no ser éste el caso, llega el sufrimiento y la esclavitud, porque éstas surgen inevitablemente cuando las personas depositan sus deseos en elementos externos que ellos no controlan[1]. Es decir, para Epicteto, la esclavitud humana comienza con un error en el pensar, a saber: depositar el deseo o la aversión en aquellas cosas que escapan de nuestro control absoluto. Si una persona, por ejemplo, es dominada por el deseo de conservar la riqueza o el temor al destierro, el control de su bienestar ha sido entregado a la fortuna y, por extensión, a cualquier persona que tenga el poder de arrebatarle sus riquezas o imponerle el destierro. En suma, es una servidumbre psicológica. En sus palabras:

Libre es el que vive como quiere, al que no se puede forzar ni poner impedimentos ni violentar, sin obstáculos en sus impulsos ni fallos en sus deseos ni tropiezos en sus rechazos. Entonces, ¿Quién quiere vivir en el error? Nadie. ¿Quién quiere vivir engañado, dejándose arrastrar, siendo injusto, incontinente, quejumbroso, vil? Nadie. Por tanto, ningún malvado vive como quiere. Ni tampoco, por consiguiente, es libre.[2].

A partir de esta premisa, Epicteto somete a interrogatorio a diversos personajes —un político, un rico, un hombre supuestamente “libre” legalmente— y les demuestra que, dado que sus deseos están atados a conseguir el favor del César o a evitar la prisión, sus vidas están llenas de impedimentos y coacciones. Por tanto, no viven como quieren —son esclavos—. Y de aquí deriva un pensamiento radical acerca de la verdadera libertad y la esclavitud: nadie puede hacerte esclavo si tú no le otorgas previamente jurisdicción sobre tus deseos. De allí que sostuviera que el tirano no domina a la persona, sino que domina el cuerpo de la persona, por tanto, es la persona quien, al apegarse a su cuerpo o sus posesiones, se somete voluntariamente al tirano para protegerlos[3]. Si se retiran todos los deseos a todo lo externo y nos restringimos únicamente a lo que depende de nosotros —nuestros juicios y elecciones morales—, nos volvemos inexpugnables, porque quien quiera someternos pierde toda herramienta de chantaje. En sus palabras: “¿Quién es el amo [de la persona]? El que tiene poder sobre alguna de las cosas por las que te afanas o que rechazas”[4].

En este marco, surge el concepto de la Prohairesis, que es el término que usa el autor para referirse a la capacidad de elección del ser humano —y no “libre” o “libertad”—, y llega para ser el núcleo de la identidad humana, lo que le hace ser lo que es, y, por extensión, ser el único territorio que queda del lado de la libertad. La Prohairesis no refiere simplemente a la acción humana, sino a la capacidad de juzgar, asentir y decidir qué hacer con las impresiones que recibimos del mundo, para actuar en consecuencia[5]. Incluso bajo tortura física, la Prohairesis permanece “libre”; un verdugo puede causarte dolores físicos, obligar a tus cuerdas vocales a emitir un sonido o romperte los huesos, pero no puede obligarte a juzgar que lo que está sucediendo es un “mal” moral, ni puede obligarte a desear cometer un acto que sirva para detener el dolor, porque las impresiones y adherencia a las ideas, o deseos, sigue siendo siempre, bajo cualquier circunstancia, una prerrogativa exclusiva del individuo[6].

Quizá esto suene muy radical —y probablemente lo sea para alguno—, pues, si se sigue al pie de la letra lo que dice Epicteto, si la Prohairesis, tal y como él la concibe, es inviolable, entonces el individuo es el único y absoluto responsable de sus propio sufrimiento moral, de sus frustraciones y de su degradación, pero de todo esto podemos rescatar que nosotros, en tanto individuos, no somos victimas psicológicas de las circunstancias, sino de nuestra voluntad y nuestras creencias. Nadie puede justificarse, por ejemplo, diciendo: “él me insultó y por eso me enojé”, porque, siguiendo al autor, es un error categorial, en la medida en que percibimos como insulto es externo, y somos nosotros mismos quienes le damos ese valor, por ello, el enojo es resultado directo de nuestra voluntad, nosotros, que decidimos juzgar lo externo como una ofensa y asentir a la pasión de la ira. En última instancia, el punto es que debemos aprender a jugar con las cartas que nos da la vida con la mejor actitud posible, y no siendo un resentido, o quejarnos por cosas que no controlamos —como lo hacen, prima facie, todos los socialistas—.

La Prohairesis y el colectivismo

De hecho, siguiendo con el resentimiento de los socialistas, y los principios del Socialismo en sí[7], la perspectiva de Epicteto y la Prohairesis rompe por completo con la premisa fundamental del socialismo y las corrientes estatistas, pues éstas tienden a situar el origen del malestar humano en estructuras externas, en la desigualdad material o en la opresión de clase, alimentando los deseos de controlar cosas que no pueden controlar y, con ello, haciéndose esclavos de sus pasiones —y esclavizando a otros en el camino, en el sentido físico—. Siguiendo la lógica de Epicteto, el resentimiento social, ese motor emocional que ha servido a tantas revoluciones, no es una reacción justificada ante la injusticia, sino una confesión de su esclavitud existencial[8]. Epicteto nos enseña que no somos víctimas psicológicas de las circunstancias, sino de nuestros propios juicios. Mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo para que el individuo deje de sufrir, el estoicismo propone cambiar al individuo para que el mundo ya no pueda someterlo. ¿Significa esto que debemos incurrir en algún tipo de resignación pasiva ante ciertas cosas que pasan en la sociedad? No necesariamente, o al menos no lo entiendo así, creo más bien que se trata de una rebelión interna, de aprender a jugar el juego de la vida, entendiendo sus reglas, con la mejor actitud posible, y entendiendo que también existen cadenas mentales que nos estancan cuando decidimos ser esclavos de lo que no nos pertenece o está en nuestro control.


[1] Ver: Epicteto. 1993 (108 d. C.). Disertaciones por Arriano. Traducción y notas de Paloma O. García. Publicado por Editorial Gredos. Libro I, I, 1-32, págs. 56-60.

[2] Ibidem. Libro IV, I, 1-5, pág. 369-370.

[3] Ibidem. Libro I, IX, 15-17, pág. 85; XVIII, 17, pág. 113; XIX, 1-29, págs. 114-117; XXIV, 1-20, págs. 126-129. Para Epicteto, un hombre en cadenas puede ser libre si su voluntad permanece intacta.

[4] Ibidem. Libro II, II, 26, pág. 165.

[5] Para Epicteto, los seres humanos son fragmentos de la divinidad —Logos o Zeus—, y Zeus, al crear al ser humano, le otorgó una parte de su propia racionalidad. Debido a éste origen divino, esa facultad volitiva tiene la característica de ser absolutamente incoercible por causas externas. Ver: Ibidem. Libro I, I, 10-12, pág. 57.

[6] Ibidem. Libro I, I, 23, pág. 58.

[7] Ver: Roymer Rivas. 2023. Principios inmorales del Socialismo, el sistema más antivalores que existe. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/principios-inmorales-del-socialismo-el-sistema-mas-antivalores-que-existe/ (Cit. 23/02/2026).

[8] Quien se queja de que la riqueza de otro es la causa de su infelicidad, está admitiendo que su bienestar depende de algo que no controla: el patrimonio ajeno. Y al juzgar lo externo como un “mal” y asentir a la pasión de la envidia o la ira, el individuo entrega su libertad al sistema que dice combatir.

La humanidad según Matrix: elección, servidumbre, libertad

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

(…) en un mundo diseñado para adormecernos, el simple acto de cuestionar, de buscar una verdad más allá de la superficie, es el primer y más crucial paso hacia la libertad..

Roymer A. Rivas B.

Finalizando el siglo XX, cuando ya la internet se vislumbraba como el mediador del siglo XXI y la digitalización comenzaba a impregnar o mediar la vida cotidiana de forma irreversible, los hermanos Wachowski estrenaron una obra que trascendería el género de la ciencia ficción para convertirse en un hito cultural y filosófico, a saber: The Matrix (1999), en donde se propone una alegoría —potente y a veces perturbadora— sobre la naturaleza humana[1]. En este se presenta una distopía con una humanidad que vive esclavizada sin saberlo —algunos hablarían sobre ello a futuro, pero creo que la obra nos muestra la misma condición presente de la humanidad, tal y como vive en sociedad—, obligándonos a confrontar las eternas preguntas sobre la naturaleza de la realidad, pero, sobre todo, —y es lo que nos interesa aquí— nos ofrece un crudo espejo para examinar tres pilares que fungen como condición de nuestra existencia: la servidumbre a la que nos sometemos y la libertad como una conquista interna antes que externa, y otra que podríamos ver como la misma naturaleza humana[2]: la elección como acto fundamental de consciencia y, más que eso, como la misma esencia del humano.

Sobre la servidumbre en un mundo simulado

En una escena de Morfeo y Neo —el elegido—, Morfeo dice lo siguiente:

  • “La Matrix es un sistema, Neo. Ese sistema es nuestro enemigo. Pero cuando estás dentro, ¿qué ves a tu alrededor? Hombres de negocios, maestros, abogados, carpinteros. Las mismas mentes de la gente que intentamos salvar. Pero hasta que lo hagamos, estas personas siguen siendo parte de ese sistema y eso las convierte en nuestro enemigo”.

Con estas palabras, Morfeo no solo describe la mecánica de la simulación en donde se encuentra la humanidad atrapada, sino que diagnostica la forma más perfecta y terrible de esclavitud, a saber: aquella que es invisible para el esclavo, porque la misma se manifiesta como la construcción de una realidad tan completa y convincente que anula cualquier deseo de rebelión, en el que las personas están sumergidas en su cotidianidad, nescientes de la condición en la que se encuentran, o incluso conscientes de ella, pero no queriendo abandonarla o hasta defendiéndola[3]. Es decir, la servidumbre no aparece como consecuencia de la fuerza o violencia física, sino mediante un sistema que nos inculcan desde nuestro nacimiento y aceptamos sin cuestionar por el resto de nuestras vidas[4].

De hecho, esta sumisión se muestra magistralmente en las escenas iniciales de la vida de Thomas Anderson —Neo—, al mostrar su cubículo gris, la monotonía de su rutina, el no identificar si está dormido o despierto, y, en suma, varias escenas que pintan el retrato de una vida de silenciosa y desesperada, mostrándonos un personaje que, como todos, es un sirviente del sistema —hasta que llega Trinity para ayudarlo a dar sus primeros pasos en “despertar” de verdad—. Ahora bien, note que la genialidad de esta representación radica en su normalidad, en el hecho de que la servidumbre no es un estado de sufrimiento abyecto, sino de complacencia anestesiada[5], es una paz ilusoria —o no— que ofrece la ignorancia, la comodidad de no tener que tomar decisiones[6] difíciles[7].

El acto radical de la elección

No obstante, si la servidumbre es el estado por defecto de la humanidad en la Matrix —que sirve de alegoría a nuestra sociedad moderna—, la elección es el único catalizador para el cambio. En este punto, destaca lo que probablemente son las dos escenas más icónicas de la película, y quizá dos de las más emblemáticas de la historia del cine, (i) la oferta de Morfeo a Neo sobre elegir entre la píldora azul o la píldora roja, y (ii) el dialogo entre el Arquitecto y Neo. Al respecto de la oferta de Morfeo, éste dice:

  • “[Neo] tomas la píldora azul, la historia termina. Despiertas en tu cama y crees lo que quieras creer. Tomas la píldora roja, te quedas en el País de las Maravillas y te muestro qué tan profundo es el hoyo del conejo”.

Estas son palabras que le hacen saber a Neo que no se trata de una simple elección entre dos objetos, sino entre dos formas de existencia: la esclavitud voluntaria —que se representa con la píldora azul, marcada por el acto de no saber, no conocer, la ignorancia, la ilusión—, o la libertad —que se acompaña o cobra sentido con lo que nos hace humanos: la elección consciente, la autenticidad, la verdad, por muy dolorosa que sea, y que viene representada por la píldora roja, y que constituye en sí misma un acto de rebeldía fundamental que implica aceptar la responsabilidad sobre la propia vida —. En la escena, Neo elige la píldora roja y, con ello, elige actuar —quienes eligen al azul, solo son llevados por la inercia de las circunstancias, no actúan—, abandonando así su pasividad como Thomas Anderson y comenzando su viaje del héroe para convertirse en Neo, en el elegido.

Siguiendo con la segunda escena, tenemos un dialogo entre Neo y el Arquitecto, en donde tienen un intrincado debate filosófico, y el Arquitecto muestra que, contrario a lo que Neo probablemente pueda pensar, la profecía no se trata de la liberación de la humanidad, sino del fortalecimiento del sistema de control[8], introduciendo un elemento religioso que mantiene cautivos a quienes creen que se han liberado de la Matrix —o a quienes se liberan, pero tarde o temprano sucumben ante ella—. Tras muchas fallas de la simulación, el Arquitecto encontró la forma de regular aquello que nos hace humanos y que siempre llevaba a algunos a rechazar la Matrix: la elección —de hecho, en el intercambio, Neo atina su respuesta: “el problema es la elección”, que es algo con lo que el arquitecto está de acuerdo.—.

Estos momentos subrayan lo que para mí es la tesis central de la película, esto es: la humanidad no se define por sus circunstancias, sino por sus decisiones[9]. En la película, Neo no es especial por haber nacido con un potencial inherente, sino que se hizo a sí mismo especial el instante en que eligió la verdad por encima de la comodidad, lo cual nos invita a reflexionar sobre nuestra sociedad y nuestra humanidad, porque, en un mundo diseñado para adormecernos, el simple acto de cuestionar, de buscar una verdad más allá de la superficie, es el primer y más crucial paso hacia la libertad. Es la decisión constante de los personajes lo que desarrolla toda la película —podría, incluso, sumarse las elecciones de la máquina, reflejada en el arquitecto, ¿O no? Si elige o no, ya dependerá de las premisas filosóficas de donde partimos, yo solo reflexiono e invito a la reflexión—.

No conforme con esto, la película nos hace pensar sobre la verdadera naturaleza de la Libertad —con L en mayúsculas—, porque muchas veces creemos que somos libres, pero nuestras cadenas mentales nos atan a un sistema que se encarga de proyectar nuestra vida a detalle y de restar valor a nuestras decisiones conscientes —si es que realmente las tomamos así—. Podemos encontrarnos el caso en el que nuestra mente, todavía condicionada por las reglas del mundo que conocemos, nos impida aceptar nuestro verdadero potencial, o el verdadero potencial de lo que nos rodea[10].

En el caso de Neo, tal libertad, el poder accionar según sus elecciones que sirven como expresión libérrima de su voluntad, se cristaliza en su encuentro con el “niño de la cuchara”; mientras el niño dobla una cuchara con la mente, le ofrece a Neo la clave de su poder: “No intentes doblar la cuchara. Eso es imposible. En vez de eso, solo intenta darte cuenta de la verdad (…) No hay cuchara. Entonces verás que no es la cuchara la que se dobla, sino solo tú mismo”. Es decir, la libertad última, esa que debe entender Neo —y nosotros, porque es lo que nos conecta con nuestra humanidad—, no es un poder sobrehumano, sino una profunda comprensión de la naturaleza de su realidad y de su lugar en ella. Es esto lo que le permite dejar de ser reactivo —reaccionar al sistema— y empezar a imponer su propia voluntad sobre él —en la medida de sus posibilidades—. No es un destino, sino un proceso de decisión constante; es la vita activa, y no superflua, de la que nos hablaría Arendt, esa mediada por la elección, porque, en el fondo, es lo que nos hace humanos[11].


[1] Aquí creo importante señalar la diferencia entre (i) “naturaleza humana” y (ii) “condición humana”. En principio, (i) refiere a la esencia, el principio activo que hace ser a la cosa lo que se —es el ser en cuanto ser, en palabras de Heidegger—, mientras que (ii) refiere a las circunstancias y factores que moldean y limitan la existencia humana, es decir, es lo contingente, lo que delimita la acción humana —aunque Hannah Arendt diría que, de hecho, como un todo, es lo que está para que el humano pueda existir, tal y como es, asignando valores a las cosas y accionando en función de ello. Al respecto, ver: Hannah Arendt. 2012. La condición humana. Publicado por Editorial Paidós. Capítulo 1: “La condición humana”, págs. 35-42.—. Aunque muchas veces las personas lo usan indistintamente, como sinónimos, si somos rigurosos con el lenguaje, no lo son. Tengan presente la aclaración en la lectura del presente texto.

[2] Aquí se apela a la concepción sobre la naturaleza humana del Creativismo Filosófico, una filosofía en construcción, que —groso modo— muestra al humano como un sistema que desemboca siempre en la elección, dadas las circunstancias.

[3] Aquí podríamos hablar del síndrome de Estocolmo, pero me extenderé más de lo necesario. Si gusta profundizar en esta referencia, puede ver: Michael Huemer. 2019. El problema de la autoridad política. Barcelona, España. Publicado por Editorial Deusto. Traducción de Javier Serrano. Sección: “6.6 El síndrome de Estocolmo y el carisma del poder”, págs. 150-158. En la obra, el autor explica cómo la dinámica de poder del mundo actual lleva a muchos a defender un sistema de orden social mediado por el Estado, en el que este, a pesar de presentarse como un verdugo, consigue que muchos lo vean como algo necesario, defendiéndolo en el camino. Invito a todos a leerlo, y mejor aún si lo hacen con la obra completa.

[4] Esto podría ser, fácilmente, una crítica al consumismo, las normas sociales que moldean nuestro comportamiento, o las burbujas informativas que filtran nuestra percepción del mundo, entre muchos etc., que constituyen, en cierto modo, versiones más sutiles de la Matrix.

[5] Es la patología de la normalidad de la que habla Fromm. Al respecto, ver: Erich Fromm. 1994. La patología de la normalidad. Publicado por Ediciones Paidós Ibérica, S.A. Barcelona, España. Págs. 19, 99, 100.

[6] Esto será importante más adelante. Ver sección: “El acto radical de la elección”, en este mismo texto.

[7] Esto destaca más cuando vemos más tarde que el traidor de Cypher —mientras saborea un filete que sabe que no es real— expresa que “La ignorancia es la felicidad”, mostrando así su anhelo por volver a la Matrix, por olvidar la cruda verdad a cambio de una vida de placeres simulados, encapsula la aterradora seducción de la servidumbre voluntaria. Cypher representa a esa parte de la humanidad que, si se le diera a elegir, preferiría la seguridad de la jaula dorada a la incertidumbre de lo real. Compare esto con la nota 3 del presente texto.

[8] Neo no es el primer elegido, porque antes de él hubo muchos, y todos terminaron igual. Así está programado el sistema.

[9] Que se toman dadas las circunstancias. Si la elección es lo que nos hace humanos, en tanto sistema, como sostiene el Creativismo Filosófico —ver notas 2—, dicha naturaleza está enmarcada con la condición humana, por la contingencia, tal como resalta Arendt —ver nota 1—. Sobre este tema, siempre es bueno referir a las famosas palabras de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, en: José Ortega y Gasset. 1966 (1914). Meditaciones del quijote. Obras completas, tomo I, séptima edición. Publicado por Revista de Occidente. Pág. 322.

[10] En la película, la escena del primer salto entre edificios es fundamental, porque Neo cae del mismo, a pesar de estar en una simulación donde las leyes de la física no aplican, mostrándonos que su mente estaba estructurada con las reglas de la simulación, hasta ese momento su mundo conocido, limitando su potencial. Más adelante, en símbolo de su liberación, puede volar.

[11] Aclaro que Hannah Arendt no dice eso, yo simplemente apelo a conceptos para integrarlos con las premisas del Creativismo Filosófico. Puede leer las obras citadas sobre la autora y comprenderá mejor el tema.

El socialismo y Venezuela: no nos caigamos a coba, esto no empezó en el 99

Omar Ramírez Rondón, estudiante de economía en la ULA y Coordinador Nacional de EsLibertad Venezuela

… Los principales partidos que dirigieron el país el siglo pasado, eran apristas —una corriente de inspiración marxista (…)—, o socialcristianos (…). En la práctica, ambos partidos emborracharon al país de petrodólares y bajo el espejismo del «ta’ barato, dame dos», ocultaron una crisis que explotó en su rostro y que terminó con el ascenso del golpista..

Omar Ramírez Rondón

La revolución bolivariana no es la única responsable de los problemas en Venezuela, y debemos dejar de fingir que es así.

La crisis estructural en Venezuela no apareció en el 99, si bien se agravó en estos últimos 27 años, problemas como la inflación, la pobreza, la corrupción, la debilidad institucional, el clientelismo y el «enchufe» no son de este siglo en Vzla. De hecho, resolver estos problemas fue bandera de la campaña de cierto comandante difunto del batallón de paracaidistas que en el largo plazo solo los terminó de agravar.

En línea con lo anterior, es necesario recordar que muchas personas que hoy recordamos como «adalides» de la democracia y que debieron defenderla, fueron precisamente copartícipes del ascenso del Comacate al poder. No pregunten a ningún fan de la clase política del siglo pasado quiénes lucharon por lograr y aplaudieron el sobreseimiento.

Las nacionalizaciones ‘a las patadas’, el financiamiento del déficit vía inflación/emisión monetaria, la traba a la iniciativa privada, el modelo mono-rentístico dependiente exclusivamente del petróleo y el constante aumento de deuda, no son inventos de este siglo.

Existen y se han aplicado en el país desde el siglo pasado. El socialismo del siglo XXI las profundizó y acompañó de un ánimo socialista más claro y de un carácter totalitario, pero no se las inventó.

Lo más cercano a un programa ‘liberal’ de gobierno que ha habido fue el gran viraje de CAP, programa que ciertos personajes aún dentro de su partido se esforzaron en sabotear, y que aunque hoy sea demonizado, cualquiera que abra un libro de texto de macroeconomía, entiende lo necesario que eran dichas reformas en el país, aunque se puede criticar cómo se manejó a nivel político, eran las medidas necesarias, y al hacer política económica, los sentimientos poco importan, importan los resultados y evitar la resaca de continuar cometiendo errores.

Los principales partidos que dirigieron el país el siglo pasado, eran apristas —una corriente de inspiración marxista, cuyas tesis las planteó Raúl Haya de la Torre—, o socialcristianos —a ver si dejamos de decir que en el siglo pasado gobernó la ultraderecha—. En la práctica, ambos partidos emborracharon al país de petrodólares y bajo el espejismo del «ta’ barato, dame dos», ocultaron una crisis que explotó en su rostro y que terminó con el ascenso del golpista.

 Esto lo advirtieron voces como Renny Ottolina o Carlos Rangel, ambos marginados por el mainstream del momento pero cuyas advertencias hoy suenan más a profecías cumplidas.

No va sobre demonizar, ni tampoco de desconocer las cosas rescatables, ni sobre echar culpas o sobre vivir con odio, pero sí sobre no olvidar para evitar repetir errores, y de entender que si eso ya nos llevó a una crisis como la de este siglo, nos va a volver a llevar allá tarde o temprano.

Venezuela no será rica por tener petróleo, sino si sus instituciones y componente humano dan la talla. Podemos hacerlo mucho mejor que los últimos 70 años.