El amor en los tiempos del tutelaje

Por Leroy Garrett.

El amor, aunque un sentimiento mítico-sublime, es en sí un acto voluntario de cuidado y dedicación. No es apresurado, pero si constante.

Hoy pido dispensas a mis lectores por dos tópicos: primero, mi recurrente tendencia a fusilarme al Gabo para cubrir esta etapa no ortodoxa de la vida venezolana; y segundo, la premura por justicia y mi terror a que el chavismo quede impune, y por ello el a veces precipitarme en juzgar los hechos. Ahora mi esfuerzo consiste en ubicarme dentro de un cuadrante más objetivo; vuelvo a visitar el tópico de marras: la ocupación norteamericana de Venezuela y su interacción con el chavismo y la oposición.

Enfatizo hasta el aburrimiento que los Estados Unidos no han procedido con Venezuela de la manera que lo han venido haciendo en Latinoamérica en los últimos 250 años. Es meritorio destacar que, aunque no somos Irak, nosotros tenemos problemas graves de sectores agentes de la vida nacional en activa beligerancia. Estados Unidos ha llegado a ser el país que es porque ellos aplican las lecciones aprendidas.

Hoy, América danza con el chavismo y hasta lo elogia de lo bien que obedece los términos de la tutela. Claro que eso nos choca.

La dictadura hoy vive la analogía del preso liberado que debe retornar a la cárcel a firmar el libro de presentaciones. No hay presencia militar exorbitante, no hay autoridad civil o militar en directa gobernanza hacia los venezolanos; el chavismo sigue habitando en los espacios de poder de donde pensó no salir nunca. Pero saldrán.

Nos parece chocante la monopólica atención al petróleo, pero sabemos también que nadie ocupa algo sin interés. Como quiera, la situación geopolítica actual en occidente justifica y sirve de digestivo a la piedra sentida en el estómago.

El chavismo en Miraflores tiene libertad de seguir su narrativa, que agrada a los cada día más alzados grupos radicales. En su calendario festivo celebran el centenario del criminal a quien tanto deben: Fidel Castro.

¿Y al Departamento de Estado no parece importarle?

Hay elementos que hemos puesto al lado por nuestro afán de justicia expedita. Y es que los conflictos globales penden de eventos cuyos efectos dominó son anárquicos; incontrolables en sí mismos y pueden crear una pesadilla global violenta de escala impredecible.

Estoy seguro de que la mesa situacional de La Habana y el triunvirato local contemplan ese escenario. Estados Unidos lo gerencia y evita.

En Venezuela siguen orbitando grupos irregulares de larga data, pertenecientes al tráfico de narcóticos y al terrorismo internacional, con acceso a ilícitas actividades económicas y financieras, con poder de fuego y efectivos, con socios que ya entran en guerra total a raíz del triunfo de la derecha en Colombia. La limpia viene, progresivamente.

Hacer una movida de ocupación en Venezuela sacando de raíz el criminal statu quo podría ser la chispa que encienda la mecha de un esquema de guerra continental nunca contemporáneamente contemplado, la más aterradora pesadilla para Estados Unidos, hoy frentes  bélicos en desarrollo globales. Recuerden a Sarajevo en 1914 y lo que ocurrió.

La transición es a fuego lento, con prioridades energéticas, sí, pero hay signos reveladores: en la mesa de negociaciones, puntos como la elección de poderes ajenos al control del cogollo contubernal son alentadores; las liberaciones de presos políticos son en sí mismas un acto de justicia inicial necesaria y no más impostergable.

Estos hechos nos demuestran que, más allá de que ya el glosario para nombrar los entes públicos y el gobierno tutelado no se autoetiqueta con los odiosos remoquetes “del poder popular revolucionario”, sino “gobierno nacional” a secas en papel bond blanco tipo carta sin membrete, es alentador: hay un proceso tangible de cambio.

El dinero del petróleo se pagará; antes lo regalaban o se lo embolsillaban.

Todos debemos orientar nuestro poder de la intención en no permitir la impunidad.

Programa 784: Colina y Esteban PELEAN por culpa de Juan Barreto, y Trump AVANZA con tutelaje

Esta semana, la noticia del día trata sobre la liberación plena de la jueza María Lourdes Afiuni, considerada una de las prisioneras políticas más emblemáticas del régimen venezolano. Esto constituye un acontecimiento de profunda repercusión institucional y humana que dice mucho de la situación institucional y humana actual en Venezuela.

Afiuni, cuya privación ilegítima de libertad se desencadenó en el año 2009 tras dictar una resolución ajustada a derecho en el caso del empresario Eligio Cedeño, permaneció durante casi 17 años sometida a continuos atropellos, privación en centros de reclusión y un prolongado régimen de casa por cárcel parcial.

Si bien, esta medida sobreviene tras diagnosticársele tres tumores que requieren atención médica urgente e impostergable, evaluándose la necesidad de que la magistrada deba viajar al exterior para someterse al tratamiento adecuado.

A lo largo de casi dos décadas, Afiuni se mantuvo como una figura civil de conciencia sistemáticamente excluida de amnistías, indultos o procesos de negociación política. Durante su permanencia en el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF), fue víctima de severas torturas y vejaciones físicas y psicológicas, recordadas por amenazas directas de funcionarios carcelarios que llegaron a asegurarle que «iban a coletear el piso con su sangre».

Diversos análisis coinciden en inferir que esta liberación es producto de la sostenida presión e intervención ejercida por la administración de los EE. UU. Dentro de la estructura del Poder Judicial secuestrado, la jueza Afiuni fue instrumentalizada como un trofeo de amedrentamiento y un ejemplo aleccionador para disuadir a cualquier juez que intentara actuar con independencia, de forma similar al trato impartido a los prisioneros militares.

Su liberación plena representa una victoria en la causa por la justicia y reaviva la exigencia ineludible de libertad para la totalidad de los presos políticos, con especial énfasis en los prisioneros del sector militar.

Sumado a ello, y pasando por las secciones del Borrego de la Semana, la Polémica de la semana y Desmantelando a la Izquierda, la sección del Corrupto en la Mira desembocó en un intercambio sano entre los presentadores que gira en torno a la figura de Juan Barreto, exalcalde mayor de Caracas. Te invitamos a ver el programa para saber el motivo.

La epidemia del olvido: un paralelismo entre «Cien años de soledad» y Venezuela

Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).

Desde mis días de estudiante en el antiguo ciclo básico venezolano, donde Cien años de soledad era de lectura obligatoria —que en mi caso fue un agrado—, empecé a hacer símiles entre mi país y Macondo. Esas comparaciones son hoy más agudas y evidentes. —Por cierto, la nueva versión de miniserie hecha por Netflix-Colombia, ahora en su segunda temporada, no tiene desperdicio y recomiendo su visita.—

En el relato mítico del Gabo, Macondo sucumbe al olvido: debían etiquetar el más mínimo objeto hasta que dicha epidemia, así como vino, se fue. En Venezuela padecemos el mal desde 1999, cuando el estamento político decide colaborar y no enfrentar el peine que nos terminó montando el chavismo con mucho éxito gracias a los “opositores”.

Desde entonces, el país nacional no puede o no debe participar en debatir, ¿qué nos pasó? Si se olvida, no existe. Hoy volvemos a ver diálogos, ahora no coordinados por noruegos o dominicanos sino por el Departamento de Estado. Esa es una garantía; prefiere llamarse más un “voto de confianza” con sus naturales reservas.

¿Por qué dicho evento —el diálogo— es ignorado por la prensa internacional? Podemos hacer volúmenes de posibilidades, pero hay una protuberante: a nadie, al final, le interesa y ahora hasta le aburre ver lo incompetentes que somos para resolver nuestros problemas.

Una vez más es un conciliábulo ajeno a la prensa. ¿Por qué? Por acuerdo de las partes. Esas discusiones tendrían que ser televisadas por ambas partes, tan afectas a términos de “soberanía” —entre otras de carga retórica populista—. Lo cierto es que hay mucha podredumbre, mucho sucio, muchos negociados; todos lo sabemos. La comprobación siempre es amena, pero no indispensable.

El hecho es que, al decir de Teodoro Petkoff, la Venezuela prechavista era una sociedad compleja con grupos cogobernantes, que el chavismo, con la violencia, la represión y la aquiescencia de la oposición, masacró. Para Petkoff, sectores cogobernantes básicos eran las Fuerzas Armadas y los empresarios —Fedecámaras, la que llegó hasta Carmona, no la arrodillada de hoy—. Y yo añadiría la meritocracia petrolera como fuerza de generación y fiscalización de la riqueza.

Los militares, aquellos obedientes y no deliberantes, formados en democracia, fueron aniquilados. Se mantuvieron las individualidades que decidieron venderse al régimen. Serían ellos, los sobrevivientes de este exterminado sector tan importante para Venezuela, quienes deberían manejar la reconstrucción militar. Nunca la oposición les ha reconocido ni su mérito, ni su existencia, ni en sus panfletos cacofónicos mal llamados programas; ni los mencionan. ¡No existen!

Los petroleros, expropiados y despojados igualmente de su ciudadanía y pertenencias —obvio de sus carreras y maneras de vivir—, son otras víctimas notables del olvido.

Esas cosas no ocurrieron si no se incorporan en la narrativa, punto.

Pero Gabo entraría en un asombro colosal de saber que no solo los olvidaron a ellos —militares y petroleros—: también ellos se han olvidado de sí mismos y no han sido capaces ni de recordarse ni de defenderse, y viven en un círculo vicioso de manipulaciones politiqueras y aniquiladoras realidades de desencanto y falta de perseverancia.

Este cronista es actor y testigo de esta tragedia.

Ambos sectores no solo necesitan el recuerdo, sino su voz genuina de seguir en protesta y perseverar en lograr sus merecidas reparaciones con base en su experiencia sufrida. La impunidad no permitirá un resultado sanador de estas heridas notables que prevalecen, y no reconciliarán ni ofrecerán la necesaria justicia, que tampoco forma parte de la obsesión llamada elecciones.

Más allá de los recientes terremotos hay mucho dolor no curado y mucho crimen no buscado ser reparado. Es muy preocupante.

El holocausto judío es tan recordado que, desde que tenemos uso de razón, los nacidos después de la última gran guerra, el visitarlo por cualquier medio en todo momento es implícitamente esperado por la cotidianidad de nuestras vidas.

¿Tendremos que esperar por justicia dos mil años después de que nuestro templo democrático lo derrumbaron?

¿Existiremos como nación entonces?

Venezuela: entre las Islas y el Plan Marshall

Por Leroy Garrett.

El régimen de relación entre Estados Unidos y la República de las Islas Marshall se sustenta en un Pacto de Libre Asociación (COFA) firmado en 1983 y vigente desde 1986. Bajo este acuerdo, las Islas Marshall son un Estado soberano e independiente, con gobierno propio, presidente, constitución y asiento en la ONU. Sin embargo, ceden a Washington la autoridad total sobre su defensa y seguridad a cambio de asistencia económica periódica, derechos migratorios amplios (viaje, residencia, estudio y trabajo en Estados Unidos sin visa) y la posibilidad de enrolarse en las Fuerzas Armadas estadounidenses. El pacto también incluye compensaciones históricas por las pruebas nucleares realizadas en Bikini y Enewetak entre 1946 y 1958, y garantiza a Estados Unidos el uso estratégico de instalaciones como el atolón de Kwajalein.

Este modelo de soberanía condicionada no es una anomalía. Es una de las formas más claras en que Washington ha estructurado relaciones de poder con territorios de alto valor estratégico.

El Plan Marshall, por su parte, fue el instrumento visionario que, entre 1948 y 1952, reconstruyó la Europa occidental devastada por la guerra. No fue solo dinero. Fue un vehículo de contención del comunismo y de restablecimiento de prosperidad y libertades públicas. Contó con un liderazgo político efectivo y responsable: Clement Attlee y Ernest Bevin en el Reino Unido, Vincent Auriol, Georges Bidault y Robert Schuman en Francia, Konrad Adenauer en la naciente República Federal Alemana, Alcide De Gasperi en Italia, Paul-Henri Spaak en Bélgica, entre otros. Tras haber pulverizado el fascismo, estos hombres asumieron la tarea de reconstruir sin el lastre de las viejas élites derrotadas ni el contagio de las fuerzas que amenazaban desde el Este.

Venezuela, hoy, se encuentra en una encrucijada análoga, aunque con una diferencia decisiva: produce el petróleo suficiente para autofinanciar su propio Plan Marshall. No necesita limosnas. Necesita algo que no tiene: un equipo de conducción nacional incuestionable, ajeno al cáncer politiquero que ha destruido al país durante un cuarto de siglo.

La cuestión venezolana demanda la atención de Washington no por caridad, sino por interés estratégico. Venezuela es un enclave de suministro de petróleo al cual Estados Unidos no estará dispuesto a ceder ni a dejar nacionalizar o intervenir por rivales globales nunca más. 

Acerca de no volver a ser el país libérrimo que fuimos hasta 1999, ese es el precio que los venezolanos pagamos por el chavismo.

La oportunidad de una independencia absoluta fuera del chavismo fue asfixiada por la vergüenza llamada interinato. Ese experimento, que pretendió ser transición y terminó siendo una prolongación de la crisis, demostró que la oposición tradicional no estaba preparada para gobernar ni para romper de verdad con el sistema que decía combatir.

Sería un gesto de buena voluntad por parte de los Estados Unidos —y de realismo estratégico— que el Departamento de Estado descartara tanto a la oposición colaboracionista como al chavismo residual, y promoviera la selección de un equipo de dirigentes comprometidos con la reconstrucción, inicialmente sostenidos, si fuera necesario, por el poder estadounidense. Cualquiera sea el modelo de asociación que luego impere —COFA, protectorad de facto, o un arreglo más sofisticado—, la selección de ese liderazgo no es una decisión exclusivamente venezolana. Y no necesita serlo.

Lo que Venezuela requiere no es otra ronda de negociaciones entre los mismos actores que han fracasado. Requiere un equipo de conducción nacional ajeno a los bandos, con autoridad real y con el respaldo suficiente para imponer el orden mínimo sin el cual ninguna reconstrucción intentada será viable.

De ser así, enhorabuena.

Venezuela: ¿A dónde vamos?

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

Conversando con mi amigo Ricardo Escalante, le contaba entre un capuchino y un té que, de tantas cosas horrorosas y simultáneas que nos ocurren en Venezuela, no hallaba de qué escribir. Le pregunté: «¿A dónde vamos?». Y él me sugirió este título para la nota de esta semana. Una vez más, Ricardo tenía razón.

Venezuela es el producto de muchos desaciertos consecutivos, notables y evitables. Hemos llegado a esta estación de pavor y, en la desesperación, nos preguntamos: ¿cómo salimos del laberinto?

Lo cierto es que no ha habido mejor gobierno para hacerse rico —aquellos que pudieron impunemente— que el chavismo. Eso explica, en buena medida, el desastre. El chavismo incorporó el escenario de elecciones perpetuas, en una magnífica interpretación de una generación de políticos activistas que siguen entendiendo el activismo político como un acto de comercio y desconocen —o no quieren aprender— a ser estadistas.

El chavismo entregó la soberanía venezolana a la tiranía cubana e introdujo en el continente las causas más peligrosas del mundo, comenzando por el terrorismo musulmán árabe y el odio a la nación de Israel, sentimientos que nunca formaron parte del espíritu libertario y tolerante de nuestra nación.

La pérdida de la soberanía no comenzó el 3 de enero. Comenzó el día del hara kiri electoral que entregó el poder a alguien como Chávez y su compañía.

La piña con cereza que decora el jamón es la calamidad de los sismos gemelos en tiempo del consulado compartido de los gemelos siniestros, allende del dolor y muerte, la verdadera tragedia ocurrió antes del antojo natural, pasó cuando Venezuela dio el salto atrás chavista.

Para colmo de males, Venezuela propició —por permitirse que el chavismo durara más que cualquier dictadura en nuestra historia— la intervención más no ortodoxa jamás hecha por los Estados Unidos. Donde la orden del día es controlar recursos y dividendos, y el pueblo de Venezuela que se espere.

Pagan así los venezolanos, los pecados de unas oposiciones camaleónicas, complacientes e incondicionalmente inutiles. Con un liderazgo actual encumbrado por el reconocimiento mundial, que emergió en condenar a los colaboracionistas, que volvió a validar a Maduro participando en su último fraude, y que se retrata en Panamá con todos aquellos que condenó y que dio origen a su esperanza “diferente”.

Mientras tanto el pueblo observa a los esbirros cuidando las caletas entre ruinas, y aplaude a las tropas americanas. ¿A dónde vamos? No se sabe aún. Lo cierto es que no será a lo que creíamos que fuimos desde 1810.

El país de las hegemonías: Venezuela, de oligarquías y caudillos a pactos y chavismo, la alternancia que sigue siendo ilusión

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

La historia política de Venezuela no ha sido un relato de evolución hacia el equilibrio institucional ni hacia la alternancia real en la detentación del poder, ha sido, más bien, una cadena de hegemonías sucesivas del control absoluto del Estado —y de sus instituciones—. Esa es la constante. Y donde las constituciones han operado, no como expresión orgánica de las aspiraciones sociales, sino como instrumentos de mera formalidad al servicio de quienes detentan el mando en cada etapa. Cada régimen ha reescrito las reglas para perpetuarse o para facilitar su relevo controlado, mientras la oposición externa, fragmentada y carente de recursos reales de poder, ha terminado condenada a la denuncia desde el exilio o a la irrelevancia.

Tras la independencia y las guerras civiles del siglo XIX, se consolidó la oligarquía conservadora encarnada en José Antonio Páez, Carlos Soublette y la dinastía de los Monagas. Este orden, sustentado en el caudillismo personalista y en alianzas con sectores terratenientes y comerciales, cerró espacios a las aspiraciones liberales. La Guerra Federal (1859-1863) estalló precisamente como explosión de esa frustración liberal ante la imposibilidad de acceder al poder central, agravada por la estrangulación económica de campesinos y pequeños dueños de fundos bajo el peso de la Ley de Espera y Quita. Esa legislación, presentada como mecanismo de alivio para deudores, en la práctica favoreció la usura, protegió a los grandes acreedores y profundizó la ruina de los sectores populares del campo, la semilla fermentada hacia la guerra total.

La consigna final ante las mayores bajas por hambruna y paludismo fue ¡Muera el ganado!

Superada esa contienda, el guzmancismo de Antonio Guzmán Blanco —el “Ilustre Americano”— logró lo que los conservadores no pudieron: acabar con los caudillos regionales de viejo cuño. Pero lo hizo creando nuevos centros de poder personalista y consolidando el liberalismo amarillo como una hegemonía centralizada, modernizadora en apariencia (ferrocarriles, inmigración, obras públicas), pero profundamente autoritaria en su ejercicio. El poder siguió siendo botín de facciones que se renovaban por la fuerza o por o por el pacto, nunca por mecanismos institucionales estables de alternancia.

A comienzos del siglo XX, la invasión andina de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez —el Señor de la Mulera— reprodujo el mismo patrón con mayor crudeza. Castro fue eventualmente expulsado por indeseable, pero Gómez erigió sobre el incipiente boom petrolero el primer petroestado venezolano: un aparato de represión moderna, espionaje y lealtades compradas con el nuevo oro negro. Sus opositores históricos —Arévalo Cedeño con sus rebeliones armadas, Román Delgado Chalbaud con la expedición del Falke en 1929, Rufino Blanco Fombona desde el exilio europeo denunciando la tiranía, y tantos otros militares, intelectuales y civiles— fracasaron una y otra vez. Ninguno logró desplazar al régimen desde fuera. Cuando Gómez murió en 1935, la transición no vino de la oposición externa, sino desde dentro del gomecismo: Eleazar López Contreras, su ministro de Guerra y Marina, asumió el poder y gestionó una apertura gradual que evitó el colapso pero preservó la lógica hegemónica.

La alternancia democrática que nace en 1958 con el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez fue posible gracias al Pacto de Punto Fijo, un acuerdo – siempre un acuerdo- entre las principales facciones políticas (Acción Democrática, COPEI y URD) que se prometieron mutua convivencia y, sobre todo, la exclusión de otras fuerzas. Lejos de surgir de un reconocimiento consciente y amplio de la población, la Constitución de 1961 se convirtió en factor perturbador de las potencialidades nacionales al suspender garantías económicas durante su vigencia. Su viabilidad práctica descansó en un esquema de populismo petrolero basado en subsidios masivos y reparto clientelar. Cuando Carlos Andrés Pérez, en su segundo mandato, y sus “científicos” intentaron cambiar las reglas del juego económico —liberalizando precios, desregulando y abriendo espacios al mercado, sin

Liberar las garantías económicas como factor de inclusión pro libre empresa—, hirieron de muerte aquel arreglo puntofijista. Rompieron la hegemonía bipartidista que había durado cerca de cuatro décadas y abrieron las compuertas a nuevas fuerzas antisistémicas.

De ese quiebre surgió la hegemonía chavista, cuyo partero político fue Rafael Caldera al conceder el indulto a Hugo Chávez tras el intento de golpe de 1992. Este nuevo dominio ha llevado ya medio cupón de poder y más de un cuarto de los cuarenta años promedio disfrutados por las otras permanencias políticas del pasado. En proporción y en duración efectiva, ha igualado o superado al ciclo gomecista y se acerca peligrosamente al del pacto de Punto Fijo, demostrando una capacidad de adaptación y resiliencia que pocos anticiparon.

Hoy, la oposición venezolana —salvo contadas excepciones como algunos guerrilleros de los años sesenta rehabilitados luego por Caldera y por el propio chavismo— parece condenada a repetir el rol de aquellos opositores gomecistas: hacer tarimas por todo el orbe, ahora etiquetadas despectivamente como “a la venezolana”. Mientras tanto, otros han regresado a hacer lo más condenable: servir de sustento de legalidad y legitimidad a un chavismo que posee la versatilidad camaleónica de mudar súbitamente del disfraz de zorra al de ovejita. Esa cualidad de sobrevivir, de adaptarse, de cambiar de piel según las circunstancias internacionales o internas, es la que hoy preocupa —y debe preocupar— profundamente a todos los venezolanos.

La lección que se repite es incómoda, pero clara: mientras la oposición no logre construir una alternativa real de poder —institucional, económica y social— más allá de la denuncia y de los pactos tácticos que terminan reforzando el ciclo, la historia seguirá escribiéndose con los mismos trazos. Las constituciones seguirán siendo instrumentos de los mandamases de turno, y la alternancia seguirá siendo una promesa incumplida. El verdadero quiebre no vendrá de una nueva tarima ni de un nuevo pacto, sino de la capacidad de romper, de una vez por todas, la lógica hegemónica que tan perniciosamente ha definido nuestra trayectoria republicana desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Magnífica humanitas: la verdad, la historia y Cristo en el centro del Universo

Por Leroy Garrett (@LeroGarrett).

Aún en los primeros meses de su pontificado, el Papa León XIV ha entregado al mundo Magnifica Humanitas, un acto de fe y una invitación profunda a todos los seres humanos.

La publicación no es casual. Se cumple 135 años de la histórica encíclica Rerum Novarum de León XIII, que marcó el nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia en un mundo tan convulso como el actual. Aquel documento permitió a la Iglesia convertirse en conciencia moral ante las atrocidades del siglo XX, incluyendo las dos guerras mundiales y el Holocausto.

León XIV rinde homenaje a sus predecesores, especialmente al Concilio Vaticano II y al legado del Papa Francisco, a quien cita directamente: “El ser humano tiene la misma dignidad inviolable en cualquier época de la historia y nadie puede sentirse autorizado por las circunstancias a negar esta convicción.” (Dignitas infinita, 2024).

Dos conceptos recorren la encíclica con particular fuerza: Historia (mencionada unas 27 veces) y Verdad (más de 45 veces). La Historia es presentada como el escenario donde el Evangelio interpela a la humanidad. Dios acompaña la libertad del hombre en su desarrollo histórico, y Cristo está presente en las transformaciones culturales como guía hacia su plenitud. El Papa advierte sobre la peligrosa “pérdida de la memoria histórica”, que facilita la reescritura selectiva del pasado y abre la puerta a nuevas formas de confusión, comparables a una nueva Torre de Babel impulsada por la vanidad tecnológica.

Historia como recipiente del evangelio, escenario del devenir de la humanidad, más allá del frasco contenedor de las crónicas que nos ha hecho evolucionar a donde estamos y al mismo tiempo sin desechar la importancia de tales registros y define que reconoce en la “historia el lugar donde el Evangelio interpela y acompaña la experiencia humana.”

El otro concepto donde Leon XIV profundiza con pasmosa clarividencia es en la Verdad, esa que es sinónimo de Cristo sobre ella afirma que es la verdad y la vida, y un corpus vivo de verdades, en ambas comparaciones hace incuestionable referencia al salvador del mundo.

La Verdad, por su parte, es identificada con Cristo mismo: “el camino, la verdad y la vida”. Es un corpus vivo de verdades que debe iluminar el desarrollo y uso de la inteligencia artificial. León XIV no condena la IA, sino que la ubica claramente: debe estar al servicio del hombre, de la verdad y de la historia, custodias de la justicia.

Advierte los peligros de la desmemoria histórica y el olvido de las atrocidades del siglo XX. Denuncia la confusión que genera la vanidad humana al poner la tecnología al servicio de emular a Dios, en vez de utilizarla como instrumento de las habilidades concedidas a la humanidad por la creación. Compara el presente con una nueva Torre de Babel, donde todo puede terminar en confusión y destrucción, y contrapone a esta falsa suficiencia el ejemplo de Nehemías, como modelo de fe y comunión con sus semejantes frente al individualismo tecnológico.

Solo una lectura atenta de la historia a la luz de la Verdad revelada permite discernir si el avance tecnológico representa verdadero progreso humano o mera innovación deshumanizadora.

Magnifica Humanitas estremece por su lucidez. Nos reencuentra con la divinidad más allá de nuestras propias creaciones y nos recuerda que, en medio de los desafíos existenciales del presente, todavía contamos con otro Papa santo en nuestro tránsito vital, para bendición de todos que nos recuerda que Cristo en el centro del Universo.

Esbozos hermenéuticos y crítica de la razón instrumental de los tipos serios

Anthony J. Parra L., estudiante de filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV); miembro del Centro de Estudiantes de la Escuela de Filosofía de la UCV; miembro de Cedice Joven; ex Coordinador Local de EsLibertad Venezuela.

(…) No dudo de mi heterosexualidad, pero sí del tipo de hombre que quiero ser. Mi punto de partida, ciertamente, presuponía la verdad del tipo serio, ¿y qué demonios es el tipo serio? Un tipo peligroso, medio insensible, principalmente con plata, exitoso, en su mayoría altos, musculoso, que actúa con deber….

Anthony J. Parra L.

El destino me empujaba las manos. Si tuviese ojos me miraría fijo, como si quisiera que la tomara y la hiciera mía. Lo hice. ¿Libertad? Nada que ver. Me había seleccionado esa noche a mí, ¿a mí? Sí, nadie más que a mí. Yo era el elegido. Fue entonces cuando tomé del fruto prohibido; fue entonces cuando tomé el primer trago de cerveza. ¡Pero no cualquier cerveza! Era la Cerveza Zulia Light. De este modo había nacido en aquel instante mi gran sistema filosófico, transmitido —como los grandes— oralmente: la filosofía del tipo serio.

Al inicio, nadie me tomó en serio, pero entretanto la discusión en las gracias se reavivó. ¿Resultado después de un rato de diálogo académico? Como a todos los grandes, me ignoraron. No logré la recepción de mis colegas. No estaban listos para tal pesquisa intelectual, y lo confieso: yo tampoco. Días después llegaron los críticos. El más grande de ellos era un kantiano; blanco, alto, risueño y con cara de sueño. Este hombre con sueño atacaba mi sistema filosófico entre risas. No paraba de reírse. Contra este enemigo se desplegó la primera gran batalla por la verdad. De este modo fue como empecé con remordimiento, luego de ganar la batalla cultural, a escribir el primer tratado de la filosofía del tipo serio (dedicado a estos críticos apresurados e irreflexivos).

Escribiendo retumbó en mi mente… no que era una pérdida de tiempo mis reflexiones (¡eso jamás!), sino el móvil de este estúpido problema. No dudo de mi heterosexualidad, pero sí del tipo de hombre que quiero ser. Mi punto de partida, ciertamente, presuponía la verdad del tipo serio, ¿y qué demonios es el tipo serio? Un tipo peligroso, medio insensible, principalmente con plata, exitoso, en su mayoría altos, musculoso, que actúa con deber… y si se puede lindo. Para sorpresa de algunos lectores, todo esto es importante, pues si un hombre no cumple con estas expectativas no es digno de lo mínimo o es digno de muy poco. ¿Cómo cumplir con este ideal cuando queremos sentir, ser vulnerables o vivir en el quinto mundo haciendo filosofía… y filosofía barata como esta? ¿Desde dónde pensar la masculinidad para atravesar esta dificultad? ¿Ha dejado de ser necesaria?

Esto lo saben las corrientes políticas contemporáneas, por eso quieren pensar la identidad. Entre ellas, el activismo feminista mayoritario, con sus pelos largos en las axilas, sostiene que figuras como el tipo serio son una construcción social. Lo que está en juego, sea cierto o no, es la dignidad masculina de su propia felicidad, lo cual hace necesaria su discusión. Si quiere liberarse de los prejuicios que obstruyen el pensamiento para pensar la necesidad o rechazo de la masculinidad es necesario partir de un análisis de esta postura.

La construcción social no da cuenta de los valores vitales para la supervivencia de una civilización y las cuestiones de hecho que permearon ese mundo moral. Podemos ver ese juego de hechos constitutivos en la identidad literaria formada, de manera inconsciente, desde el siglo XV hasta el siglo XVII en la literatura española. La identidad masculina tenía como ideal el soldado servidor del Rey con correspondencia con Dios y la Patria. La Española Inglesa de Cervantes revaloriza las armas al servicio del rey y Lope de Vega, en su Estrella de Sevilla, coloca a un hombre a elegir la patria y la seriedad sobre la embriaguez del amor. ¿Y qué decir de las obras que promueven ser soldado para “ver mundo”, ser admirado por mujeres[1], conseguir gloria[2] e ideales fruto de las autobiografías de soldados exitosos?[3]

Son estos claros ejemplos del ideal masculino y esconden razones para preservarse: les daba medios a hombres comunes para elevarse de su condición y garantizar sus fines con mejores medios y más seguridad. Por tanto, no son meras convenciones, era un ideal que respondía a necesidades de la vida de inicios de la modernidad. El activismo feminista no cuestiona si arrebatar estos arquetipos destruye valores vitales de la civilización.

Sin embargo, también es cierto que estos tiempos han cambiado: (i) las armas no requieren tanto de la operatividad de la fuerza; (ii) algunos hechos muestran que estamos en el tiempo más pacífico de la humanidad[4]. Como en otros trabajos he argumentado[5], la paz ha permitido condiciones de posibilidad para el liderazgo femenino, pero en el caso masculino, ¿qué pueden responder estos valores, desarrollados en el conflicto, en tiempos de paz? La vida del hombre está articulada para dar respuesta a un mundo que se pierde. Es esta la vía de navegación que se concluye fruto de los argumentos y críticas anteriores: si los valores deben o no de erradicarse a la luz de una necesidad fáctica en la civilización contemporánea. Se quiera o no, la figura masculina sigue siendo ampliamente atractiva, funcional (en muchos aspectos) y elegida en puestos de poder en tiempos de paz, responde a este tiempo. Llegados a este punto y respondida la pregunta de las coordenadas para pensar el tipo serio solo me queda decir seriamente: lector, por mis servicios, me debe una cerveza.


[*] Este ensayo fue publicado en el portal de Humano Insurrecto, en: https://roymerrivas.substack.com/.

[1] Véase los casos de viajar en el mundo en las tres obras citadas a continuación, es la obra de Cervantes donde se vuelve sobre la cuestión del atractivo femenino del soldado. Vicente Espinel, Vida del escudero Marcos de Obregón (Zaragoza: Editorial Ebro, 1957); Miguel de Cervantes, “La fuerza de la sangre”, en Novelas ejemplares, Vol. 3 (Madrid: Editorial Magisterio español, 1974); Juan Timoneda, El patrañuelo (Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1952).

[2] Véase el caso en la elogiada obra por Pedro Calderón de la Barca: Cristobal Lozano, Soledades de la vida y desengaños del mundo (Madrid, Juan de Zuñiga, 1748).

[3] Véase la biografía de: Jerónimo de Pasamonte, Vida y trabajos (Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cevantes, 2017).

[4] Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro. (Barcelona: Editorial Paidós, 2018).

[5] Anthony Parra, “El liderazgo perdido: hombres y mujeres en el mercado (parte 1). https://contrapodernews.com/el-liderazgo-perdido-hombres-y-mujeres-en-el-mercado-parte-1/; Anthony Parra, “El liderazgo perdido: en Venezuela la elección es el mercado, no el estado (parte 2). https://contrapodernews.com/el-liderazgo-perdido-en-venezuela-la-eleccion-es-el-mercado-no-el-estadoparte-2/


Referencias

Sin justicia no hay libertad: una breve reflexión sobre Justicia, Libertad, Dios, realismo político y el caso Venezuela

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

Sin justicia no hay libertad. (…) El perdón no es sinónimo de impunidad. (…) [Pero] lo que se requiere de nosotros no es un optimismo ingenuo ni un purismo paralizante, sino la capacidad de forzar las condiciones para que la justicia sea posible

Roymer A. Rivas B.

Cuando el Rey Salomón —según la Biblia[1], el hombre más sabio de su tiempo (1Re. 4:30-31)— llega al poder, lo primero que hizo fue juzgar y ejecutar sentencia sobre diversos personajes que habían cometido crímenes, hasta ese momento impunes, durante el reinado de su padre, el Rey David (1Re. 2:5-9). De hecho, fue su mismo padre quien, sabiendo de la sabiduría de su hijo, le dice que busque qué hacer con tales injusticias, es decir, lo deja de tarea pendiente, de cara al nuevo reinado que se instauraría en Israel, con un mensaje muy claro que encontramos en 1Re. 2:9: “Ahora tú, que eres un hombre sabio y sabes lo que le debes hacer, ¡No lo dejes sin castigo!”.

A mi me parece interesante este hecho, porque, partiendo de la idea que buscan vender las religiones sobre un Dios profundamente benevolente, bondadoso y amoroso, uno esperaría que un gobierno del hombre “más sabio” de su tiempo, que sirve a ese Dios, inicie con actos que se apeguen más al “dejar pasar” tales agravios. Pero fue todo lo contrario, y —gracias a Dios— de ello podemos extraer muchas cosas, dado lo que atraviesa Venezuela en este momento. En este sentido, debo resaltar lo siguiente: Salomón actuó conforme a la tarea que le había dejado su padre porque, como bien muestran las escrituras, comprendió —y demostró— que la estabilidad de una nación no es producto de oraciones, ni benignidad, la pasividad o el azar, sino el resultado de un orden legal que sí funciona.

El caso de Joab, por ejemplo, quien había conspirado para usurpar el trono y, en el camino, asesinado a generales —Abner y Amasa— en tiempo de paz, manchando el honor de la corona, era necesario que no quedara impune porque, en el fondo, se vendería la idea de que la ley del más fuerte prevalecería sobre la ley, o, junto al caso de Simei, de que cualquiera podría ser desleal y desafiar la autoridad legítima. Nuevamente, el “no dejar sin castigo” las injusticias cometidas eran necesarios, porque un reino construido sobre sangre u otras injusticias no castigadas es un reino frágil. Y los resultados así lo demuestran, porque el reino no fue “confirmado en la mano de Salomón”, o “llegó a estar firmemente establecido”, sino hasta después de que se hiciera justicia (1Re. 2:46) y Dios bendijo dicho reinado (1Cr 29:23; 2Cr 1:1).

Con esto en mente, estimo muy necesario resaltar un mensaje claro, irrefutable en muchos contextos, entre los que, a mi juicio, se encuentra el venezolano, a saber: sin justicia no hay libertad. El caso de Salomón en la Biblia no fue uno aislado, sino un patrón recurrente; podemos encontrar muchos ejemplos bíblicos que muestran que la justicia es el cimiento necesario para que cualquier estructura de libertad o paz se mantenga en pie. Cualquier acción de Dios en la Biblia, de hecho, parte de la corrección de un agravio, estableciendo un orden —legal—, antes de otorgar una bendición o una nueva etapa de libertad. En esta línea, puedo recordar cuando Jesús actuó con firmeza antes de continuar con su labor de enseñanza y sanación, al entrar al templo y expulsar a los mercaderes (Jn. 2:13-16; Mt. 21:12-13; Mc. 11:15-18; Lc. 19:45-46); o la llegada del diluvio para barrer con la maldad y la corrupción, apuntando a un nuevo comienzo (Gn. 6:4-12; 7:1-12, 17-20; 2Pe. 2:5); o cuando se hizo justicia contra el sistema egipcio que sometía a los israelitas, sirviendo de antesala para que fueran liberados —sin justicia, no hubo éxodo[2]— (Ex. 3:7-8; 6:6; 7:4-5; 12:12, 37-51). Todo apunta a que la libertad no se alcanza simplemente por el cambio de mando, sino que se fundamenta y sostiene en el tiempo sobre la justicia, puesto que la estabilidad institucional es producto del orden legal y no solo de la buena voluntad de quienes ostentan el poder, o pretenden hacerlo. De hecho, bien dice la Biblia que la justicia y el juicio son el cimiento del trono de Dios, y solo después señala que la misericordia y la verdad van delante de su rostro (Sal. 89:14), es decir, primero es la justicia, después todo lo demás.

Algunos casos puntuales de la historia seglar y la justicia como fundamento de la libertad

Este mismo mensaje podemos encontrarlo en diversos eventos que se han dado en la historia de la humanidad, y quizá el que más resalta son los juicios de Núremberg. Tras la caída del régimen nazi, los Aliados no se limitaron a ocupar el territorio alemán, sino que, tras entender la necesidad de juzgar los crímenes con el debido proceso, y tras intensos debates sobre la viabilidad y misma necesidad de tal empresa[3], sometieron a juicio a los criminales que aterrorizaron al mundo. Si se hubiera permitido que los perpetradores de tales injusticias se reintegraran sin castigo, o fueran condenados a muerte sin el debido proceso, el nuevo Estado Alemán habría nacido meramente sobre el poder puro, que tiende a ser caótico, y no sobre la ley[4]. Otro caso que podemos observar, en esta línea, es la transición en Ruanda, después de 1994, donde se vieron cara a cara con un dilema que puede que resuene mucho a los venezolanos en el presente, a saber: ¿Cómo podemos reconstruir un país donde los asesinos viven al lado de las víctimas? Paul Kagame y el gobierno de transición aplicaron un sistema de justicia que, si bien compaginó con procesos de reconciliación, se fundamentó en el reconocimiento del crimen y su castigo, pues una paz basada en el silencio solo llevaría a un nuevo ciclo de violencia[5].

Del otro lado de la acera, podemos observar el caso del Líbano y el acuerdo de Taif en 1989, donde las facciones libanesas, hasta ese momento enfrentadas en una guerra civil que llevaba 15 años, acordaron un reparto de poder que incluía una amnistía general para casi todos los crímenes de guerra —es decir, los que durante años cometieron crímenes y fueron señores de la guerra simplemente se quitaron el uniforme y se pusieron corbata para convertirse en funcionarios públicos—, y todo ello derivó en un secuestro del poder estatal por parte de las mismas mafias que en un principio se enfrentaban por ostentar le poder absoluto. Sin un proceso de justicia que purgara a los responsables, la corrupción se institucionalizó y, sumado a otras cosas, en consecuencia, hoy el Líbano vive una crisis sistémica. Todo partió de un pacto de impunidad entre las élites y no de un orden legal que purgara a los responsables de tantas injusticias.

En esta línea, puedo traer a colación lo que pasó en la República de Weimar entre 1919 y 1933, donde Alemania, de hecho, cometió un error salomónico, pero a la inversa, pues permitió que los jueces y militares del antiguo régimen imperial permanecieran en sus puestos sin ser juzgados por sus intentos de sabotear la nueva república. En este caso, el sistema judicial fue extremadamente blando con los criminales que estaban cerca del poder, o quienes se hacían cada vez con más poder —como el joven Hitler tras su golpe fallido de 1923, quien solo cumplió meses de cárcel en condiciones de lujo—. Es más, ese cimiento de justicia parcial, no efectiva y podrida, permitió que los enemigos de la libertad usaran las propias leyes para destruirla desde adentro —¿O tengo que recordar cómo llega Hitler al poder?—.

En todos los casos mencionados, el mensaje también es claro: se debe limpiar la casa antes de decorarla, y en el caso de que fuera destruida, se debe limpiar el terreno y sentar las bases antes de reconstruirla. No es suficiente con cambiar leyes en el papel y ejecutar sentencias sobre las personas que encarnan la injusticia, solo por miedo a la confrontación inicial, porque eso es insostenible en el tiempo.

Sobre la justicia, la libertad y quienes piden “perdón” en Venezuela

Todo lo anterior es necesario tenerlo en mente en el contexto venezolano, porque, bajo esa luz histórica y bíblica, debemos comprender lo imperativo que es confrontar el discurso de algunos que llamándose “opositores”, por razones cuales sean —para no desviarme en la paupérrima calidad moral de muchos de esos personajes[6] y asumiendo solo ingenuidad en cada uno de ellos—, invitan al “perdón” incondicional, a la convivencia con criminales y a la idea de que la libertad se puede edificar aceptando a todos, incluidos aquellos que han diseñado y ejecutado el sistema criminal, opresivo, que nos ha destruido en los últimos años. El colmo de todo es que unos lo piden tan convencidos, vanagloriándose en su interior de su superioridad moral y supuesta madurez política, que da miedo… miedo por cuanto realmente proponen un suicidio de los pocos rayos de esperanza —aunque tenues en instantes— de recuperación institucional en el país.

Estos personajes, con más, menos o nula relevancia en la opinión pública —eso es irrelevante—, algunos de ellos religiosos —he allí la razón del porqué menciono la Biblia—, no han comprendido el escenario en el que se encuentra Venezuela, porque no han diagnosticado la enfermedad para después atacarla debidamente. En suma, son nescientes de las causas que nos llevaron a vivir lo que seguimos viviendo, y seguiremos viviendo de no estar a la altura de las circunstancias, tal cual lo requiere el país. No han comprendido que, volviendo al Rey Salomón, no se ejecutó a Joab por rencor personal —si hubiera sido así, David lo habría hecho en vida—, sino porque entendía que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia. Convivir con el verdugo sin que este pase por el estrado no es “reconciliación”, es rendición, es impunidad. En el fondo, el “aceptar a todos”, así, sin más, sin distinción de responsabilidad criminal, es una apología a la impunidad y, por extensión, a la inestabilidad. Un nuevo sistema de gobierno que nace aceptando en su seno a las estructuras que lo saquearon y torturaron, no es un sistema nuevo, sí un cambio de administración sobre una estructura podrida. Si Salomón hubiese “perdonado” a Simei bajo la excusa de la paz social, habría dejado una mecha encendida en los cimientos de su palacio, y la Biblia es clara al señalar que el reino se estableció después de la purga, no antes.

A estos personajes que, desde un moralismo funcional al sistema criminal, citan el amor al prójimo para validar la impunidad del chavismo —en sus distintas manifestaciones y vertientes, independientemente del color de la camisa del partido político que usen o quieran usar—, les recuerdo que el mensaje que necesita Venezuela es que empobrecer, perseguir, torturar y asesinar, más si es sistemáticamente, no debe salir gratis. La ley, la verdadera, la que demanda la sensatez y la decencia, no es opcional para los poderosos. Es más, también les recuerdo que “prójimo” no es cualquiera, sino solo aquel que (i) tiene una necesidad y (ii) está en tu poder ayudarlo. Esos que llegan hablando de un “prójimo” abstracto, romántico y genérico, como si refiriera a toda la humanidad, simplemente no saben de lo que hablan y deberían sentarse a repasar los versículos bíblicos, en su contexto y con visión panorámica, que refieren al tema.

El término “prójimo” —plēsion en griego y rea en hebreo— no define una identidad estática, sino una relación circunstancial, y ello es constatado en la parábola del buen samaritano[7] (Lc. 10:25-37), cuando un intérprete de la ley le pregunta a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”, al final de la parábola, éste no responde “¿Quién es el que está tirado?”, sino “¿Quién de estos tres te parece que se hizo —o fue— prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”, y el intérprete respondió: “el que tuvo misericordia de él”. Es decir, aquel que tuvo en su poder ayudar, y la voluntad de hacerlo, se hizo o fue el prójimo del necesitado. Tanto en hebreo como en griego, las palabras aluden a la idea: “el que está cerca”, si alguien necesitado está al otro lado del mundo y no se tiene forma de influir en su situación, bíblicamente no hay una demanda de “projimidad” con ese otro, porque no hay cercanía situacional. Bien señala la Biblia: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieras poder para hacerlo” (Prov. 3:27).

En este sentido, en Venezuela nuestro prójimo no son aquellos criminales que nos han sometido, sino la victima que exige justicia contra esos victimarios. Aquí no hay caridad alguna en permitir que el asesino comparta la mesa con la familia del asesinado bajo la excusa de “pasar la página” o “amar y perdonar al prójimo”. Eso no es cristianismo; es complicidad disfrazada de piedad. El perdón en la Biblia no es sinónimo de impunidad —¿O debo también señalar la infinidad de versículos que demuestran lo que digo?—. Si bien es cierto que la misericordia es uno de los pilares del Dios verdadero del que habla la Biblia —YHWH, Yawéh, Yavéh, Jehová, etc. (Ex. 3:14, Sal 83:18; Is. 42:8)—, en todos esos casos hubo un cambio de actitud de quienes cometieron las injusticias[8] (Prov. 28:13). Ergo, esos victimarios, al quebrantar la paz y no mostrar metanoia, se autoexcluyen de la categoría de prójimo, y todo aquel que intente omitir la justicia frente esos criminales se convierte, en cómplice del mal, uno que, pudiendo hacerse prójimo del necesitado, del oprimido, de la víctima, optó por seguir de largo y no se “un buen samaritano”. Por consiguiente, si pretendemos que Venezuela sea libre, debemos entender que la libertad tiene un costo legal. La impunidad es un cáncer que hace metástasis, y si hoy permitimos que el crimen se recicle en nombre de una “paz negociada”, mañana tendremos un sistema tutelado por mafias, donde el poder real seguirá en manos de quienes tienen las armas y el dinero manchado del lamento y de la sangre de millones de venezolanos. La libertad NO es un regalo que se obtiene por cansancio o por acuerdos entre las élites; es una estructura que se sostiene sobre la corrección de agravios.

El problema, sin embargo, y me temo, es que muchos no entienden este asunto como deberían, y quizá por eso es que durante años han intentado resolver un problema de seguridad nacional como si fuera un problema político[9], y ahora quieren tratar un problema que se está haciendo político, que requiere visión a largo plazo, estadistas para la transición, adaptación y estrategia, como un problema electoral[10], como si fuera un trámite administrativo, olvidando que no se trata de cambiar el administrador, sino de —prácticamente— refundar la nación.

Un realismo político más sensato, dado el escenario venezolano

Ahora bien, si bien es cierto que lo que expreso hasta el momento es un imperativo ético y legal bastante realista —pues, no se puede pretender construir un país libre y justo fundamentado en la impunidad—, y los ejemplos —bíblicos para los cristianos e históricos para los no creyentes— apuntan a ello, no es menos cierto que la sensatez exige entender que hay cosas que no se pueden conseguir de la noche a la mañana. A todos los venezolanos nos gustaría ver hacerse justicia en el corto plazo en el país, dado lo que hemos sufrido —y seguimos sufriendo—, pero lo cierto es que mucho de lo que pasa, y mucho de lo que pasará, para bien o para mal, no depende de nosotros en el corto plazo, y mucho menos será en función de nuestros deseos, sino de la cruda realidad de las fuerzas en pugna en nuestro país.

El realismo político lleva a aceptar que, si bien la justicia es el cimiento de la libertad, la construcción de dicho cimiento en un terreno minado requiere de una comprensión del momento, acompañado de acciones inteligentes, que, sin embargo, no debe confundirse con la claudicación moral. Nos guste o no, estamos en un escenario de transición y, como en todo inicio de cualquier quiebre o transición, se han de sentar las victimas con los victimarios, porque, aunque heridos, siguen teniendo las armas y, con ello, capacidad de desestabilización. Es simple. Ahora, sentarse con el victimario no es, per se, un acto de traición si se entiende como un movimiento táctico —que no es lo que están haciendo muchos de esos opositores, vale destacar, puesto que ellos solo buscan lo que siempre han buscado, ser funcionales a un régimen que les paga por ello—, volviendo a Salomón, su sabiduría no consistió solo en el castigo, sino en el timing. David le deja la tarea precisamente porque el momento político de David ya no permitía tales acciones sin arriesgar la estabilidad total, por lo cual esperó a que la estructura del nuevo reinado tuviera las condiciones necesarias para hacer justicia.

En otras palabras, el contexto venezolano nos impone una madurez amarga, pero necesaria, y nosotros debemos ser capaces de saber leer el momento. Por ello, la presión no debe ser ciega, sino quirúrgica, orientada a resquebrajar las bases del poder y la estructura criminal que sostiene al sistema. Negociar el desmontaje de una tiranía no es lo mismo que negociar la impunidad de sus crímenes; lo primero es un paso hacia la libertad, lo segundo es la siembra —¿o el cuidado?— de los próximos desmanes de nuestra sociedad. ¿Debo ser más claro? Lo soy: lo que se requiere de nosotros no es un optimismo ingenuo ni un purismo paralizante, sino la capacidad de forzar las condiciones para que la justicia sea posible. Debemos entender que la justicia, en contextos de criminalidad sistémica, a veces es un proceso de asfixia estratégica del mal antes de su procesamiento legal.

En conclusión, la libertad de Venezuela, si es que realmente se llega a alcanzarla[11], no vendrá de un “borrón y cuenta nueva”, ni de un acuerdo de élites a espaldas de la verdad, sino de nuestra capacidad para navegar las sombras del realismo político sin perder de vista el norte: —repito— que el perdón sin arrepentimiento es complicidad, y que la paz sin justicia es solo una tregua en el camino hacia el siguiente abismo. La meta sigue siendo clara e innegociable: sin justicia no hay libertad.

Excurso 1: sobre el éxodo, la posibilidad de impunidad y la justicia

Al respecto de lo sucedido en el éxodo con Egipto y los israelitas, algún lector de la Biblia podría señalar que Dios le había dado la oportunidad a Faraón de, a través de Moisés y Aarón, de dejar salir a los israelitas sin sufrir consecuencias por ello. Es decir, ofreció una salida diplomática al asunto (Ex. 5:1-2), y si Faraón hubiese aceptado, entonces no se aplicaría la premisa base sobre la cual ha girado el presente texto, a saber: sin justicia no hay libertad, y prima más bien el “dejar pasar”. No obstante, esto es una visión muy reducida de los hechos, y de la misma comprensión de lo que significa la “justicia”.

En principio, si Faraón hubiese aceptado dejar en libertad a los israelitas, sí, es cierto, YHWH no hubiese arremetido en contra del sistema tal y como lo hizo, pero no es menos cierto que, en este marco, se estaría apelando a la justicia restaurativa, es decir, a la reparación del orden —y no a la justicia retributiva, que es el castigo por los hechos—. El objetivo principal de la justicia no siempre es el exterminio del culpable, sino la detención del mal y la reparación por ello, por tanto, debemos entender que, si Faraón cedía, la justicia se habría cumplido en su forma restaurativa, porque el oprimido deja de serlo[12]. De hecho, quizá alguno no esté de acuerdo, pero era necesario que fuera así, porque, visto con objetividad, si no existiera la posibilidad de quedar “impune” —recibir una amnistía— tras cesar el daño, Faraón no tendría incentivos para detenerse, o sea, si el Faraón supiera que, aunque los libere, será destruido de todos modos, su opción lógica sería oprimir hasta el final —mejor morir luchando que con pasividad—. La salida que le había ofrecido Dios, como ya señalé, fue una diplomática, política, que partía del hecho de reconocer la soberanía del pueblo israelí, y la justicia iba por vía de la restitución y el arrepentimiento —por lo cual no era una “impunidad” en sentido absoluto—. El perdón no es sinónimo de impunidad.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que Faraón no cedió, y, en este marco, la misma Biblia muestra que las 10 plagas no fueron desastres naturales al azar, sino un ataque directo y sistemático contra el panteón egipcio, pues, en la cosmovisión antigua, se trataba de una guerra de dioses: el Dios de Israel —YHWH— vs. las deidades locales que sostenían el poder del Faraón. Así, el Nilo convertido en sangre simboliza la muerte de la fuente de vida de Egipto, siendo un ataque contra el dios del Nilo, Hapi, y Osiris[13] (Ex. 7:14-25); la proliferación de ranas fue un ataque a Heget, la diosa de la fertilidad con cabeza de rana[14] (Ex. 8:1-15); los mosquitos —o piojos,  representan una humillación para el dios de la tierra, Geb[15](Ex. 8:16-19); los tábanos —o moscas— tenían como objetivo, muy probablemente, a Khepri, dios del renacimiento y representado por el escarabajo[16] (Ex. 8:20-32); la peste del ganado simbolizó la destrucción de la economía y la fuerza, en ataque directo a los dioses Apis, el toro sagrado, y Hathor, la diosa con cabeza de vaca[17] (Ex. 9:1-7); las úlceras dejaron en evidencia la incapacidad de la medicina mágica de los dioses Sekhmet e Imhotep, que eran los dioses de las epidemias, curaciones y la sabiduría medicinal[18] (Ex. 9:8-12); el granizo y el fuego atacó a Nut, la diosa del cielo, y Shu, el dios del aire, y mostraron cómo el cielo, que debía ser protector y predecible para la agricultura, se convirtió en un arma de destrucción[19] (Ex. 9:13-35); las langostas tenían como objetivo a Min, el dios de las cosechas, y con ello se destruía totalmente las provisiones de los egipcios —lo que el granizo no destruyó, las langostas lo devoraron— (Ex. 10:1-20); las tinieblas fue una derrota para el dios supremos de los egipcios, a saber: Ra, el dios del sol, pues, durante tres días, el sol fue “borrado”[20] (Ex. 10:21-29); y la muerte de los primogénitos tenía como objetivo humillar a Faraón, quien se consideraba a sí mismo una divinidad[21] (Ex. 11:1-12-30). Todo ello fue necesario porque los hebreos, que llevaban 400 años inmersos en la cultura egipcia, tenían que ver cómo los dioses de sus opresores, a quienes probablemente habían llegado a temer o incluso respetar, eran impotentes ante su Dios. En otras palabras, funcionó como un proceso de desaprendizaje y formación para lo que les venía; cada plaga era una lección de que el sistema de castas y esclavitud de Egipto no estaba respaldado por una autoridad divina real, y era totalmente injusto.

Hoy, los venezolanos nos encontramos en un escenario más o menos similar. Si alguno pretende usar el ejemplo del éxodo para validar la impunidad en Venezuela, yerra en la medida en que, en Venezuela, el punto en cuestión es que, así como el Faraón no cedió ante los reclamos de justicia del pueblo israelí, muchos de los personajes que hoy ostentan, o en el pasado ostentaron, así como quienes pretenden ostentar, el poder, no han mostrado vestigio alguno de tal justicia restaurativa, y en muchos casos el daño ha sido tan grande que es inadmisible la impunidad, aun con el arrepentimiento —que no existe[22], dicho sea de paso—. Algunos se niegan a ceder y desmontar el aparato criminal que durante años ha sometido a los venezolanos. Y, en ese marco, no puede haber justicia restaurativa. Todo lo sucedido en Egipto, iniciando con la diplomacia, pasando por las 10 plagas y terminando con todo el aparato militar destruido, en realidad fue un juicio contra sus dioses y el sistema opresivo del Faraón, cada acción buscaba desmantelar la estructura que permitía la opresión contra los israelitas, y eso no es lo que muestran hoy algunos personajes. Durante todos estos años, el chavismo y la oposición falsaria han usado la diplomacia como un mecanismo para que el sistema criminal se mantenga, y vista así las cosas, el camino debe ser, al menos en buena medida, la justicia retributiva, cuando toque, en el momento que toque. Las oportunidades de salidas pacíficas no pueden ser infinitas, el mismo éxodo lo muestra, porque llega un punto donde la estructura opresiva se vuelve irreformable[23].

En vista de ello, quienes hoy debaten sobre esa falsa dicotomía que pretenden vendernos, “la paz con impunidad” o la “justicia con conflicto eterno”, simplemente no entienden donde están parados. Y si es cristiano y pretende apelar a la Biblia para sostener tal cosmovisión, no solo no entiende dónde está parado, sino que tampoco entiende el libro sagrado que dice estudiar. En ambos casos, ninguno tiene algo sensato que decir sobre la crisis venezolana y su salida. Hablar de “paz” en un contexto donde se mantenga la estructura criminal chavista, es hablar de la misma pax criminal egipcia, donde se gozaba de una “paz” basada en el orden, la producción y el control social, pero se era esclavo; si Venezuela sigue fundamentada en el control absoluto y la neutralización de la disidencia —la pax chavista—, no podremos hablar de verdadera paz. Sobre éste particular, la “paz”, debo señalar que la misma está asociada a los conceptos de armonía y la justicia, por tanto, mientras se siga por la vía del crimen, que implica restricción de libertad, no puede haber paz.

En suma, quien hable de paz y perdón en Venezuela sin el restablecimiento de los derechos, lo que exige en realidad es una tregua de sumisión, no una sociedad libre. La libertad real llegará el día en que el sistema completo caiga y se cimiente la refundación de un país en la justicia institucional, uno que impida la llegada de un nuevo Faraón o, en nuestro caso, un nuevo caudillo o mafioso.

Excurso 2: aclaratoria final

Antes de irme, y antes de que venga alguno, con nula o poca comprensión lectora, a llamarme “subversivo” o “sanguinario”, dejo bien claro que todo lo expresado hasta el momento no es un llamado al linchamiento, sino al debido proceso, al Derecho. Mi tesis central es que la reconstrucción y la estabilidad son hijas de la legalidad, no de la concordia forzada o artificial; esa “purga” de la que hablo es judicial, no violenta fuera de la ley —al menos no en este contexto, porque circunstancias distintas ameritan respuestas distintas, como también he expresado muchas veces en el pasado: ninguna dictadura en la historia ha salido por buenos modales, y ningún tirano ha entregado el poder con una sonrisa—. Lo dejo a reflexión.


[*] Este ensayo fue publicado en el portal de Humano Insurrecto, en: https://roymerrivas.substack.com/.

[1] Sí, voy a apelar a la Biblia, porque también quiero poner en tela de juicio a muchos autodenominados cristianos que viven dándose golpes de pecho por vociferar un moralismo absurdo, sin sustento bíblico, y que les sirve de base para ser funcionales, con acciones o por omisión, a un sistema criminal que ha sometido a Venezuela por años. A todos esos eruditos “cristianos” los desafío contraargumentar lo que aquí expongo, más si son del ala que “ora” y “bendice” a perversos personajes, en nombre del amor y el perdón al “prójimo”.

[2] Al respecto de este tema en concreto, sobre Egipto y los israelitas, que amerita ciertos matices, vuelvo en la sec. “Excurso 1: sobre el éxodo, la posibilidad de impunidad y la justicia”.

[3] Hasta ese momento, no había precedentes para sostener juicios de ese tipo, lo cual derivó en intensos debates sobre la viabilidad, necesidad y legitimidad de un proceso judicial que dirimiera y atacara directamente los crímenes en los que habían incurrido los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Este hecho, junto a otros, comparando con el presente, y solo a modo de comentario incisivo, media mis reflexiones sobre lo que pasó el 3 de enero en Venezuela y la “efectividad” de un Derecho Internacional que se ha mostrado inservible a la hora de responder efectivamente a los crímenes que se han cometido en Venezuela. Pareciera que sólo existe el Derecho Internacional efectivamente cuando se pretenden defender a los “Estados”, independientemente de sus acciones, y no al pueblo que éste somete. Sobre este tema, que compete a la teoría y/o filosofía del Derecho, he presentado un ensayo para un concurso que, independientemente del resultado, saldrá en algunos meses —aunque los estudiantes de Relaciones Internacionales de la Universidad Central de Venezuela (UCV) me invitaron a hablar al respecto este mes de mayo, así que daré una especie de abreboca ese día—.

[4] De hecho, todo ese proceso es lo que ha permitido y fundamentado los juicios de personajes nazis que son encontrados y procesados en la actualidad. Alemania se reconstruyó sobre una base ética que, aun con las críticas que podamos tener, prevalecen hasta hoy.

[5] La estabilidad de Ruanda es criticada en algunos aspectos, pero al menos las premisas pases para romper con la impunidad que reinaba hasta el momento es algo a considerar en cualquier proceso similar o peor.

[6] Esos personajes son el opuesto que su opuesto necesita para existir, por tanto, no se oponen a nada, porque constituyen, todos juntos, los pilares en los cuales se sustenta todo el sistema maligno que vivimos.

[7] En griego bíblico, se traduce principalmente como: πλησίον, que se pronuncia plesíon; y en hebreo, se escribe רֵ֫עַ y se pronuncia re’a. Ambos refieren a “asociado, compañero, vecino, amigo o cercano”. Ahora bien, en hebreo, el término está relacionado con la expresión: רַע, que se pronuncia “ra” y significa “mal” o “quebrantado”, ya que comparten la mismas consonantes básicas y se diferencias solo por la vocalización —que, de hecho, no aparece en los rollos originales de la torá—, y muchos teólogos interpretan esto como una “unidad en la fragmentación”, en el sentido de que el “mal” —ra— ocurre cuando una parte se separa de la imagen general —de allí que refiera a “quebranto”—, y, de manera similar, el “prójimo” —rea— es una parte separada, que parece “otro”, de la unidad total de la humanidad. No obstante, no estoy del todo de acuerdo con ello; si bien es cierto la premisa de que en la raíz “todos somos uno” y los demás son un “otro que yo”, lingüísticamente, más bien se indica que el prójimo es alguien que está quebrantado, o en malas condiciones, y necesita mi ayuda. En adición, para ir un poco más allá, la palabra “rea” también está ligada a la raíz רָעָה, que se pronuncia ra’ah, y la misma significa “pastorear” o “alimentar”. Entonces, el prójimo es alguien quebrantado o necesitado, y mi función como su rea —compañero, cercano, independientemente de si lo considero mi enemigo o no, y motivado por un amor ágape, es decir, fundamentado en principios, en el deber—, es la de un “pastor” que cuida, nutre y ayuda a sanar a quien está en malas condiciones. En otras palabras, y apelando a la Parábola del Buen Samaritano, el prójimo es aquel que está caído y herido en el camino, no cualquiera en todo lugar y en todo momento.

[8] Es el cambio de mente, de actitud, ante el mal que habían cometido —eso es lo que se conoce como metanoia—.

[9] Como expresé en el pasado: “Hoy tenemos a personajes que quieren reducir la situación a una ‘pugna política’, ignorando la realidad que golpea a los venezolanos en su cotidianidad”, no entienden que “con las bestias no se razona”, porque “ellos no se guían por la lógica de la negociación, del diálogo, derechos o procesos electorales cuando ostentan el poder, sino por la lógica de la fuerza para saciar su hambre de poder” (Ver: Roymer A. Rivas B. 2025. Los venezolanos y el pacifismo: el error de la lógica política ante la barbarie. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/rjuYC (Cit. 10/05/2025)). Si bien, tenga en cuenta que, aunque sigue siendo cierto, todo ello lo expresé antes del 3 de enero… las cosas cambiaron y se amerita otro tipo de pensamiento ahora, partiendo del realismo político —que, a mi juicio, la casta política venezolana opositora no posee y difícilmente poseerá—.

[10] Ver: Roymer A. Rivas B. 2026. El eterno retorno de la incapacidad: la miopía de una “oposición” que pide elecciones en un tablero que no fue capaz de conquistar. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/CzOIq0 (Cit. 10/05/2025). En esto, cito: “En contextos como el venezolano, primero es el poder, después es el voto, y esa es una lección que sus egos no les dejan aprender, porque son políticos de carrera que solo saben moverse en procesos electorales, no estadistas de transición que entienden que primero hay que demoler toda la estructura que mantuvo y sigue manteniendo al chavismo atornillado en el poder y que, de no cambiar, de seguro los hará volver con el tiempo.”

[11] He dicho que estamos en un escenario de transición, pero no dije que esa transición va a desembocar en lo que todos queremos. Después de los eventos del 3 de enero del presente año, evidentemente, las cosas no son, ni serán, iguales que en el pasado, pero en qué desembocará eso para nuestro bien o mal será directamente proporcional a la madurez política que demuestre la sociedad venezolana, tanto en los personajes que hagan sus líderes como en las exigencias que reclamen.  

[12] En la Biblia, el acto de “soltar” a quien se retiene ilegalmente es en sí mismo un acto de restitución, por lo que la liberación de los israelitas era el pago de una deuda acumulada por años —no solo con ellos, sino con el mismo YHWH, porque, si al caso vamos, Israel era visto como “su propiedad”, por lo que el sistema egipcio decía ser dueño de algo que no le pertenecía—. Si Faraón los liberaba, estaba renunciando a su capital económico y a su orgullo, lo cual ya es una forma de justicia correctiva. De hecho, al salir los israelitas, las escrituras indican que pidieron alhajas de oro y plata, en forma de pago de salarios atrasados —restitución— (Ex. 3:21-22; 11:2-3; 12:35-36; estos textos son relevantes, porque el cap. 3 del éxodo muestra que la intención primaria de Dios era que los israelitas salieran y recibieran un pago por sus años de trabajo, antes que recurrir a la justicia retributiva, es decir, era parte del diseño legal que los israelitas no se fueran con las manos vacías. Si bien, el sistema egipcio no aceptó y ya fue después de la última plaga donde todos estaban desesperados porque los israelitas salieran, que procedieron a entregar lo que les correspondía entregar en un principio —capaz más—).

[13] Se decía que el Nilo era su torrente sanguíneo.

[14] En el contexto egipcio, las ranas eran sagradas y no podían matarse, por lo que la fertilidad descontrolada se convirtió en un estorbo. Con vida y la muerte de esas ranas, es como si YHWH obligara a los egipcios a ver a su diosa pudriéndose en montones por toda la tierra.

[15] Los sacerdotes egipcios eran extremadamente meticulosos con la limpieza ritual en sus adoraciones, por lo que la infestación de parásitos que surgen del polvo de la tierra los hizo ritualmente impuros e incapaces de servir en sus templos.

[16] Aquí comienza a marcarse una distinción entre quienes eran afectados por las plagas, porque ésta afectó a los egipcios, pero no a la tierra de Gosén, donde vivían los israelitas.

[17] Para una cultura que veneraba al ganado como encarnación de lo divino, verlos morir en masa era un golpe devastador.

[18] Los magos del Faraón ni siquiera pudieron presentarse ante Moisés porque estaban cubiertos de llagas; sus dioses sanadores no pudieron proteger sus propios cuerpos.

[19] Con ello, se destruía casi totalmente las provisiones.

[20] Con esto Dios decía que los esclavos tenían un Dios que tenia poder sobre la luz misma.

[21] Se creía que el Faraón era un dios viviente y su hijo primogénito era un heredero divino, por tanto, al no poder proteger a su propio hijo, el Faraón quedó expuesto como un simple mortal ante el poder de YHWH. A este le acompañaron muchos primogénitos de quienes seguían creyendo en el sistema egipcio.

[22] ¿Es necesario que hable de la burla que representó la supuesta “Ley de amnistía”, donde solo se liberaron parcial y discrecionalmente a personas que jamás debieron estar en las mazmorras del régimen chavista? ¿Es necesario que hable de la burla de ciertos personajes a la cantidad de asesinados por la dictadura? Tan solo esta semana, por hablar de lo más próximo, el régimen dio a conocer la muerte de Víctor Hugo Quero, quien supuestamente murió —fue asesinado— hace 10 meses, pero durante todo este tiempo se le negó información a la madre sobre su paradero y condición. Ahora, después de dado a conocer todo, se sigue amedrentando contra su madre, Carmen Teresa Navas, de 82 años, con colectivos y amenazas a su integridad física (ver: Carmen Teresa Navas denunció que colectivos armados la amenazaron en su casa. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/Kdr7 (Cit. 10/05/2026). ¿Acaso no es esto un equivalente a la actitud de Faraón para con los israelitas en Egipto? Reflexione usted.

[23] En este punto, cabe una reflexión: ¿Se puede refundar una nación apelando al mismo sistema legal que le dio origen —constitución, por ejemplo—? ¿Se puede hablar de restauración si se siguen manteniendo ciertas ideas de paternalismo estatal en el país? ¿Se puede sostener un sistema justo si las armas siguen en manos de los opresores y un sistema militar adoctrinado para el mal? ¿Se puede hablar de elecciones con el mismo CNE fraudulento, fundamentado en registros de identidades fraudulentos, rodeado de instituciones que se fundamentan en leyes ilegitimas? Y pare usted de preguntar…

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Séneca

Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.

Oriana Aranguren

En mis anteriores apuntes, exploramos cómo Epicteto blindó la prohairesis —ese mundo interno de la voluntad que ni el más cruel de los tiranos puede someter— estableciendo que la libertad es, ante todo, una soberanía sobre el juicio propio, enseñando, además, que el individuo es el único responsable de su sufrimiento moral y que la esclavitud comienza cuando depositamos nuestros deseos en lo que no controlamos[1]. De este modo, Epicteto sienta las bases de lo que hoy podríamos llamar una “libertad de la conciencia”, pues, la Libertad no es una concesión estatal, sino el resultado de someter a juicio nuestros propios deseos —si tu bienestar depende de lo que otros controlan, te has entregado a la esclavitud antes de que algún soldado toque a tu puerta—. En este sentido, expliqué cómo ésta visión rompe frontalmente con el colectivismo, porque desplaza el origen del malestar desde las estructuras externas hacia el juicio individual, sugiriendo que el resentimiento social es, en el fondo, una confesión de servidumbre psicológica[2].

Sin embargo, si el liberalismo se fundamenta en el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, debemos reconocer que dicho proyecto no es más que una abstracción si el individuo no es, primero, dueño efectivo de sus recursos —propiedad, lo cual incluye su propio cuerpo—. Y es aquí donde la ola estoica nos exige una transición: mientras Epicteto nos enseñó a ser libres en las cadenas, Séneca, uno de los hombres más ricos de su tiempo y mano derecha del poder imperial, nos traslada una discusión sobre la gestión de los recursos en nuestra vida —siendo el tiempo y la facultad de juicio los recursos más importantes—.

Este contraste entre los personajes es interesante, porque, a pesar de que ambos convergieron en la misma idea de libertad, sus puntos de partida colindan con, o pueden enriquecer de alguna manera —a mi juicio—, el pensamiento libertario. Volteandonos en esta oportunidad a Séneca, su posición lo llevó a experimentar de primera mano cómo el poder absoluto y la riqueza extrema pueden erosionar la soberanía individual con la misma eficacia que un grillete físico, lo cual lo llevó a enseñar cómo el individuo puede resistir en un entorno de opresión y servidumbre voluntaria. Veamos qué podemos encontrar en sus ideas.

El tiempo como propiedad: sobre la brevedad de la vida

La primera idea a la que referiré se encuentra en la obra “Sobre la brevedad de la vida”, donde Séneca lanza una de las críticas más feroces y vigentes contra la mentalidad colectivista y la enajenación del individuo, a saber: el robo de nuestro tiempo. En el pasado ya he hablado de cómo el Estado se roba nuestro tiempo, demostrando que es parte esencial de la self-ownership —autopropiedad— que defendemos los libertarios y, de hecho, es vital para la misma existencia humana[3], y tal concepción sería muy probablemente aplaudida por Séneca, quien expresó:

No consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstrense miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia.[4]

Con estas palabras, Séneca indica que los humanos somos extremadamente territoriales, que no toleramos que nadie nos quite un centímetro de nuestra propiedad —si alguien intenta invadir nuestras tierras, recurrimos a la violencia—. Sin embargo, esa misma persona que pelea por un trozo de tierra permite que otros “entren en su vida” sin resistencia, o, peor aún, nosotros mismos invitamos a personas o actividades banales a que tomen control de nuestro tiempo, convirtiéndolos en “poseedores” de nuestra realidad —o nuestra existencia misma, si seguimos la idea expresada en “La cronarquía del Estado”—.

Si bien es cierto que Séneca no critica directamente al Estado, sí queda clara la idea de que el mayor robo a la libertad no es el que se hace mediante la fuerza bruta, sino el que permitimos que otros hagan de nuestro tiempo —aunque también es cierto que no hay mayor ladrón del tiempo humano que el Estado[5]—. En este sentido, al ser el tiempo un recurso finito, no renovable y de oferta perfectamente inelástica, el humano no debe tratar su tiempo como un bien público o una propiedad comunal, permitiendo que el Estado, las convenciones sociales o las ambiciones ajenas lo saqueen sin resistencia.

Con esto, Séneca también crítica a aquellos que viven en una perpetua agitación, entregando su libertad a cambio de prestigio, favores políticos o simplemente por la incapacidad de decir “no” a las demandas de la sociedad[6] —que es a lo que podemos llamar: servidumbre voluntaria o colectivista en el alma—, porque el individuo que no controla su tiempo es un esclavo, sin importar que su amo sea un emperador o su propia agenda de negocios.

Esto es importante, porque, al igual que Epicteto, nos deja ver que no siempre hay que buscar solamente la ausencia de coacción externa, porque la coacción más insidiosa es la que aceptamos por cortesía o ambición —un individuo puede vivir bajo un sistema de libre mercado y total libertad de movimiento, pero si su tiempo está hipotecado a las expectativas de los demás, su propiedad privada más fundamental, que es su vida, está bajo un régimen de colectivización de facto—.

Ahora, es necesario señalar que no se trata simplemente de tener tiempo libre para hacer lo que queramos, sino de ejercer la soberanía sobre el uso de nuestro tiempo a cada instante. Entre otras cosas, es por esta razón, que sostengo que el derecho de propiedad debe empezar necesariamente por el tiempo, porque si yo no soy dueño de mi tiempo —y este argumento le debería gustar a cualquier socialista—, ¿Cómo puedo afirmar que poseo los frutos de mi trabajo? Ya lo he dicho, el trabajo no es más que tiempo congelado en valor; si el origen —el tiempo— es saqueado, la propiedad derivada de ello es solo una ilusión legal —es decir, soy “propietario” de “x” bien en algún momento en concreto, y así lo dicen los registros, pero, curiosamente, no tengo tiempo para beneficiarme de ello, usarlo como considere, cuando lo considere, porque mi tiempo está extremadamente condicionado por demandas ajenas[7]—.

La riqueza como indiferente preferible

Otro punto que puede conectar a Séneca con las ideas del libertarismo es su defensa de la riqueza. En su tiempo, como era un hombre rico, muchos lo acusaron de no alinearse con las ideas estoicas, pues las mismas se tendían a ligar con la vida sencilla, desposeída de propiedades. En otras palabras, Séneca era criticado por supuesta hipocresía al defender la austeridad siendo uno de los hombres más ricos de la Roma imperial —algo que resuena con fuerza en los debates contemporáneos sobre la desigualdad—. Pero en “Sobre la vida feliz”, deja bien claro que una cosa es ser esclavo de las posesiones y otra muy distinta ser “rico”, por lo tanto, el sabio no está obligado a ser pobre, sino a no ser codiciosos ni vivir por y para el dinero, como fin en sí mismo. De este modo, destaca que no hay problemas en la riqueza, sino en el apego desmedido a ella. En sus palabras, de hecho, el sabio debe preferir la riqueza, aunque debe estar mentalmente preparado para vivir sin ella. Él dice:

… porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su virtud[8].

Es importante mencionarlo, porque generalmente los colectivistas tienden a ver la riqueza como un juego de suma cero o un síntoma de la opresión de clases, sosteniendo con ello que “ser rico es malo” —como en su momento dijo Hugo Chávez en Venezuela— y que solo “los pobres” recibirán el reino de los cielos —lo que sea que eso signifique—. Para un estoico como Séneca, sin embargo, la riqueza es un bien preferible, es decir, aunque no es estrictamente necesario para la virtud, es racionalmente mejor poseer riqueza que no tenerla. Lo que importa es que la riqueza no nos posea, no que nosotros poseamos la riqueza. Séneca lo expresa con claridad cuando señala que la riqueza ofrece un campo más amplio para ejercer la virtud que la pobreza, pues, un hombre rico tiene la capacidad de ser generoso, de financiar proyectos, de emprender y de crear un entorno de orden, mientras que el hombre pobre está limitado a la resistencia pasiva[9].

Un matiz entre el liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca

Ahora bien, hay que tener cuidado con los paralelismos que trazamos entre las ideas de la libertad del liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca —solo así podemos pensar la Libertad con honestidad—. Para el liberalismo o el libertarismo, la libertad —vista como ausencia de coacción, y que llamaré “libertad política”— es un medio fundamental para que cada quien busque su fin; pero, para Séneca y los estoicos, la libertad —que ven como algo interno— es el fin en sí mismo. Ahora, es interesante la distinción porque, en última instancia, ambas posturas se conectan, ya que para Séneca, quien había experimentado el poder absoluto de Nerón y sus peligros, la libertad política es preferible a no tenerla —aunque no necesaria para la virtud o la felicidad[10]—, es decir, es mejor vivir en una sociedad con respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno y a los derechos de propiedad que vivir bajo una tiranía —es preferible ser libre legalmente que ser un esclavo—.

¿Y qué pasa si el Estado extiende sus tentáculos y arremete contra las libertades políticas de los individuos, es decir, no se puede tener esas libertades preferibles a la esclavitud física? Séneca defiende la idea de que es mejor retirarse a otro lugar donde el Estado —o lo que sea que pretenda someternos— no incida en nuestra vida. Séneca argumenta que el ser humano pertenece a dos repúblicas: la “pequeña república” de su lugar de nacimiento —el Estado, con sus leyes y burocracias— y la “gran república” de la humanidad y la razón[11]; cuando la pequeña república se vuelve incompatible con la virtud —o cuando simplemente ha absorbido demasiado de nuestro tiempo, nuestras fuerzas—, el individuo tiene el derecho moral de retirarse[12] y cultivar su intelecto[13], porque solo así podrá perfeccionar su juicio —para tener criterio propio— y no entregarse a la servidumbre.

Otra cosa a tener en cuenta es que, quizá, alguien podría decirme que cómo puedo defender la postura de Séneca cuando, de hecho, él obtuvo su riqueza gracias a los vínculos que tenía con el poder absoluto. No obstante, me adelanto a los hecho y respondo que aquí no se busca defender a Séneca como persona, sino los argumentos lógicos con los que se defendía de los ataques morales contra el “tener” riqueza[14].

Conclusiones

Habiendo abordado a estos dos personajes —Séneca y Epicteto— y sus concepciones sobre la Libertad, vimos cómo la misma no es una concesión del Estado ni un regalo de la fortuna, sino una conquista diaria sobre el error de pensar que lo externo nos define. Epicteto nos dice que la prohairesis es inviolable, puesto que nadie puede hacernos esclavos si no otorgamos jurisdicción sobre nuestros deseos; y Séneca nos muestra que la vida es un patrimonio que debe gestionarse con la avaricia de un inversor y la independencia de un soberano.

Mientras que el colectivismo sitúa el origen del malestar en estructuras externas y busca la salvación a través de la intervención estatal, el estoicismo propone una rebelión interna y nos enseñanza que la libertad política, aunque preferible, necesita de la gestión de nuestra propia vida. En última instancia, el mensaje para el liberalismo del siglo XXI es claro: hay que defender la propiedad privada de las tierras y el capital, pero eso es estéril si no defendemos primero la propiedad privada de nuestra mente y nuestro tiempo. Como bien señalan nuestros autores, no somos víctimas de las circunstancias, sino de nuestra propia voluntad cuando decidimos no ser dueños de nosotros mismos. Por ello, me gustaría cerrar con un mensaje: la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.


[1] Oriana Aranguren. 2026. El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/el-estoicismo-y-el-liberalismo-algunos-apuntes-sobre-la-libertad-segun-epicteto/ (Cit. 21/04/2026).

[2] Podríamos hablar incluso de “colectivista en el alma”, refiriendo a Ayn Rand. Al respecto, me parece interesante cómo Rivas resume la idea en: Roymer Rivas. 2023. Cautivos de un concepto: la lucha entre lo individual y lo colectivo en el alma del hombre. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/cautivos-de-un-concepto-la-lucha-entre-lo-individual-y-lo-colectivo-en-el-alma-del-hombre/ (Cit. 21/04/2026).

[3] Oriana Aranguren. 2025. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/la-cronarquia-del-estado-como-el-estado-se-aduena-de-tu-tiempo-y-por-que-no-deberia-hacerlo/ (Cit. 21/04/2026). Siguiendo a Heidegger, es la misma esencia humana.

[4] Lucio Anneo Séneca. 2016 (55 d. C.). De la brevedad de la vida. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-brevedad-de-la-vida/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo III, párr. 1.

[5] Óp. Cit. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?.

[6] Séneca llama a esto “Occupati” —los ocupados—. Las personas están ocupada en lo que piensan o quieren otros, al punto en el que termina enmarcando nuestro tiempo y la vida misma en vivir “de prestado” —para aludir nuevamente a Rand—.

[7] Con esto no quiero decir, sin embargo, que aludo a un sistema en el que cada quien pueda hacer lo que quiera, como quiera, sin ningún tipo de límite en su tiempo. Somos seres limitados, y el tiempo no escapa de ello. Simplemente hago énfasis en la idea de que muchas veces nuestro tiempo es “de prestado”, está amoldado solo a lo que los demás quieren de nosotros hagamos con ello —especialmente el Estado—.

[8] Lucio Anneo Séneca. 2019 (58 d. C.). De la vida bienaventurada. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-vida-bienaventurada/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo XXI.

[9] Ibidem., capítulos XXI-XXIV. Podíamos hablar de un “capitalista virtuoso”, uno que posee bienes sin que estos dicten su valor moral.

[10] No lo es porque para los estoicos las luchas contra la esclavitud van al plano mental, de los deseos, los anhelos, del ser humano —como vimos con Epicteto—. Alguien puede tener todas las garantías de respeto a sus derechos y, aún así, ser esclavo de la ambición, la ira o el miedo. En este sentido, Séneca nos recuerda que la ausencia de interferencia estatal no es suficiente, porque también es necesaria la soberanía sobre nuestra propia voluntad.

[11] Lucio Anneo Séneca. 2013 (62 d. C.). Sobre el ocio. Epublibre. Traducción de Eduardo Gil Bera. Editado por Titivillus. Capítulo IV.

[12] Esto es interesante, porque conecta mucho con las ideas de secesión que defendemos los libertarios. Es preferible marchar a un lugar donde respeten nuestra libertad a perder el tiempo luchando contra algo que nos intenta someter, poniendo nuestra vida a disposición del colectivo. Y así se invierten las reglas del juego: mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo externo para que el individuo deje de sufrir, Séneca propone que el individuo se retire de la maquinaria que lo oprime para que el mundo ya no pueda someterlo. Al respecto, ver: Ibidem., capítulo III.

[13] De hecho, ese es el fin primario para lo que se ha de dedicar nuestro tiempo: el estudio, porque solo así podremos tener esa libertad interna. El hecho de dedicar tiempo a conseguir cosas materiales es solo “preferible”, no el fin último.

[14] Habría que ver cómo se defendería de los ataques de un libertario que denuncia sus vínculos con el poder. ¿Quizá responda que es preferible estar cerca del poder a no estarlo? —comentario jocoso, aunque quizá no alejado de la realidad—.