La ilusión del diseño: ¿Por qué exigimos planificación centralizada a pesar de su inevitable fracaso?

Oriana P. Aranguren B. es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

Normalmente, el debate en torno a la planificación centralizada de la sociedad se ha librado de forma casi exclusiva en el terreno de la economía, el cálculo de costes y el Derecho, y, si bien es cierto que estos argumentos son sólidos, suelen ignorar la dimensión psicológica —que, se puede decir, es la verdadera raíz cognitiva de la planificación centralizada— que compete al tema. De hecho, podríamos decir que la tendencia a creer y/o desear la dirección del destino de la sociedad desde un poder central nace, no de un análisis técnico riguroso, sino de un profundo atavismo mental arraigado en nuestra propia evolución, y tal concepción, a su vez, nos podría ayudar a entender por qué la planificación central sigue siendo una propuesta atractiva a pesar de sus constantes fallos históricos.

Lo cierto es que el humano tiene sesgos biológicos que nublan la razón frente a los sistemas complejos, como lo son (i) la hiperatribución de agencia[1] e intención, (ii) la sobreconfianza en la planificación de sistemas complejos, y (iii) una tendencia a reificar la “sociedad” como si fuera un sujeto único que piensa y decide[2]. En efecto, los estudios disponibles sugieren que el impulso centralizador se alimenta de una intuición psicológica muy poderosa en el ser humano, a saber, que, si hay problemas sociales, entonces debe existir una mente coordinadora capaz de ordenar el todo, porque es la única manera de solucionar dichos problemas. Esta resistencia intuitiva a aceptar los sistemas complejos ordenados —o los órdenes espontáneos— puede explicarse con lo que en neurociencia se llama el Dispositivo Hiperactivo de Detección de Agentes (HADD), que explica cómo nuestro cerebro, en la evolución, aprendió a asumir que detrás de cada evento complejo o ambiguo se esconde o subyace una voluntad consciente[3]; por lo tanto, extrapolando el asunto, ante la complejidad social, el atavismo nos empuja a buscar —o a exigir— un diseñador central, lo que traduce una ventaja de supervivencia prehistórica en una peligrosa distorsión de cómo funciona la sociedad —o a qué se deben los fenómenos sociales—, pues, si vemos actores intencionales donde hay azar o procesos emergentes, también seremos más proclives a imaginar que la economía o la sociedad requieren una voluntad central que “sepa lo que hace”[4].

La evolución, la planificación y el rechazo a la complejidad de los sistemas

Durante la mayor parte de la historia evolutiva de nuestra especie, los humanos nos organizamos en pequeñas tribus donde la supervivencia dependía de relaciones directas y jerarquías explícitas. Así, si el fuego se encendía o una estrategia de caza funcionaba, se debía directamente a la acción deliberada de un individuo concreto. Y esta experiencia prolongada moldeó la arquitectura cognitiva para predisponerla a creer que cualquier orden funcional y sofisticado debe ser, de forma obligatoria, el producto de una mente inteligente que lo diseñó con un propósito claro, pues, en última instancia, el cerebro humano prefiere construir explicaciones basadas en un agente coordinador antes que aceptar la contingencia, el azar o, como nos gusta llamarlo el “caos”. Al cerebro humano le resulta contraintuitivo y le cuesta aceptar la inmensa complejidad de los sistemas complejos y, en contextos inciertos, tiende a creer que se necesita de la planificación consciente para coordinar los millones de decisiones, cuando en realidad los sistemas sociales pueden coordinarse por pautas que emanan de la interacción de los elementos que conforman dichos sistemas complejos, cada uno de ellos adaptándose a sus nuevas realidades o circunstancias[5].

De hecho, esta sobreconfianza se manifiesta en el llamado sesgo de la planificación, que es, prima facie, el sesgo que define la naturaleza misma de toda planificación centralizada, algo que queda de manifiesto cuando se examina la evidencia experimental en psicología social, según la cual, al diseñar un escenario futuro, los individuos se enfocan de manera casi exclusiva en el éxito del plan trazado —la visión interna del plan— e ignoran la estadística de los fracasos pasados; e incluso, cuando se les confronta con dichos errores históricos, el cerebro tiende a justificarlos como anomalías externas y transitorias, no como la norma[6]. Ahora bien, este fenómeno llevado al ámbito político es mucho peor, porque, en la acción privada, este sesgo encuentra un límite adaptativo inmediato, a saber, que si un individuo calcula mal sus recursos o expectativas, él mismo asume los costos de su equivocación, lo que activa funciones cerebrales para corregir u optimizar las acciones llevadas a cabo, con tal de aumentar las probabilidades de éxito en la consecución de sus fines; pero en la planificación centralizada, por el contrario, el sesgo muta y se institucionaliza de forma destructiva, pues, al tener el monopolio de la fuerza y la coerción estatal, el planificador jamás sufre en carne propia las consecuencias de sus fallos de cálculo, porque estas son socializadas y transferidas coactivamente a la población[7]. Y si a esto sumamos el hecho de que el planificador esté alejado de la realidad local en la cual repercutirá su decisión, todo esto explicaría por qué todo planificador central se encuentra siempre bajo la ilusión de que, esta vez, ahora sí, el sistema complejo que intenta controlar sí responderá a su intento de diseño, cuando en realidad es incapaz de ponderar los imprevistos y las fricciones propias del sistema[8].

No conforme con esto, la psicología ratifica con estudios —en diversas sociedades— que este impulso centralizador —característico de los colectivistas— no nace de un altruismo racional o desinteresado, más bien tiene una raíz cognitiva que se halla en un sustrato psicológico típico de los autoritarios, a saber, la exigencia de que todos los miembros de la sociedad, lo deseen o no, sean sometidos por la fuerza a un poder central que ordene cada aspecto de su vida[9]. Resulta que la supuesta benevolencia que los defensores de la planificación central atribuyen a la autoridad es, en realidad, una alucinación derivada del “razonamiento motivado por la identidad”[10]. Este sesgo cognitivo aparece porque las personas no evalúan los hechos de manera objetiva, sino que procesan la información de forma asimétrica para proteger y validar su pertenencia a un grupo político o ideológico. Según la evidencia científica, este mecanismo psicológico altera la raíz de las percepciones, llevándonos a actuar como abogados defensores de aquello que ligamos a nuestra propia identidad —o que consideramos nuestra identidad—, tendiendo automáticamente a atribuir intenciones nobles a los líderes y/o las políticas que coinciden con nuestro bando, mientras que juzgamos exactamente las mismas acciones bajo la sospecha de egoísmo, ambición personal o manipulación cuando provienen del bando contrario. De este modo, la supuesta benevolencia que se percibe en la autoridad no es un análisis racional de sus méritos, sino una distorsión mental destinada a mantener la coherencia con nuestras propias creencias e identidades compartidas[11].

En el mundo de la política, esto se traduce en que las personas militan activamente en el error, convirtiendo sus dogmas en verdades incuestionables para legitimar la expansión del poder central sobre los individuos, y dicha militancia se vuelve especialmente peligrosa cuando se defiende que la planificación centralizada es una condición necesaria para alcanzar una sociedad “más igualitaria”[12]. No reparan en el hecho de que, como bien aduce la investigación de los profesores Chaverri y Fernández, en el campo de la psicología social evolutiva, las sociedades con rasgos culturales más colectivistas se muestran, de manera sistemática, con mayores niveles de desigualdad socioeconómica, mientras que aquellas consideradas individualistas poseen menores índices de disparidad en la distribución de la riqueza. Éstas sociedades colectivistas, lejos de servir como un motor de justicia o equidad social, son el caldo de cultivo para permitir la arbitrariedad del poder y congelar —muchas veces hasta profundizar— las desigualdades económicas de los individuos. La razón de ello es que se hipertrofian valores adaptativos heredados de nuestro pasado tribal, como la obediencia ciega a la autoridad, el conformismo y la sumisión pasiva ante las jerarquías establecidas, que, en su conjunto, fungen como un mecanismo de estabilización del statu quo, minusvalidando a los individuos e impidiéndoles cuestionar o resistirse a las profundas asimetrías de poder y de recursos impuestas por la cúpula gobernante[13].

Para comprender la raíz de este problema, es imperativo analizar la transición de la humanidad desde las comunidades tribales, nómadas y profundamente igualitarias, hacia las estructuras centralizadas complejas que emergieron a partir del Neolítico y la revolución agraria. El exponencial crecimiento demográfico de los asentamientos humanos trajo consigo un fenómeno llamado “estrés escalar”, que refiere a la tensión asintótica entre el tiempo requerido para alcanzar un consenso social y el tamaño o volumen del grupo humano[14]. En este marco, los autores señalan que, cuando una sociedad expande sus fronteras demográficas, la toma de decisiones distribuida, directa y horizontal se vuelve inviable debido a sus prohibitivos costos de coordinación y, ante dicha crisis[15], la centralización del mando surge como una especie de “parche evolutivo” u organizativo, con el fin inmediato de mitigar el estrés escalar y reducir los costos de conducción social. No obstante, este “parche organizativo” alberga en su núcleo un virus que termina por degradar la salud institucional de las sociedades, porque, paradójicamente, el precio de delegar el poder en un poder central otorga a los planificadores y a las élites que asumen el mando la capacidad de sesgar las decisiones de todos los miembros de la sociedad que conforman y, en mayor o menor medida, desviar la asignación de recursos en su propio beneficio[16].

Ahora bien, es necesario matizar lo expresado por los autores desde la perspectiva del paradigma de la complejidad, porque cuando ellos hablan de que la toma de decisiones horizontal y descentralizada se vuelve “inviable” por culpa del estrés escalar, están cometiendo una falacia de reducción, en la medida en que presuponen que la única forma de coordinación horizontal es la deliberación consciente entre quienes conforman la comunidad —asambleas, búsqueda de consenso explícito, votaciones o acuerdos directos entre todos los miembros—. Bajo este lente, efectivamente —y a modo de ilustración—, si sentamos a 10.000 personas en un círculo a debatir conscientemente cada decisión, el sistema colapsa por saturación de información y costos de transacción —para usar sus términos—, lo cual deriva en lo que ellos llaman “problema de coordinación”. No obstante, desde el Creativismo Filosófico, entendemos que la coordinación en sistemas grandes y ordenados no ocurre ni necesita ocurrir a través del consenso deliberado, porque todo ello ocurre a través de la emergencia; los sistemas complejos resuelven el problema de la escala mediante interacciones locales, mecanismos de retroalimentación impersonales —como lo es, por ejemplo, el sistema de precios o las normas morales abstractas— y adaptaciones descentralizadas.

En esta línea, entonces, la escala no es un problema que requiera un “diseñador” o un “parche jerárquico”, porque, de hecho, a mayor escala, mayor es el potencial de diferenciación y complejidad emergente que se autorregula. Así, podemos corregir a los autores y advertir que la transición neolítica hacia la centralización del poder no ocurrió porque la coordinación horizontal fuera inherentemente imposible a gran escala, sino porque la mente humana de la época —atrapada en el atavismo de la tribu— era incapaz de concebir o tolerar un orden social extenso que no estuviera pilotado por una mente coordinadora. Es decir, ante el miedo a la incertidumbre y la incapacidad de dejar que los sistemas complejos se autoorganizasen, la humanidad prefirió diseñar un jefe, un rey o un planificador. Ergo, la centralización no fue una solución técnica inevitable a la complejidad, sino una respuesta desesperada ante el crecimiento demográfico —y en muchos casos, el precio de ese error de diseño fue la tiranía[17]—.

Volviendo al tema que nos compete, y para ir cerrando, lo verdaderamente curioso —y trágico— de este fenómeno que señalan Chaverri y Fernández es la dinámica de retroalimentación psicológica perversa que se genera entre el planificador y los gobernados. De acuerdo con su análisis, los entornos caracterizados por la escasez de recursos, la incertidumbre y la restricción coercitiva —condiciones crónicas e inevitables en los estratos desfavorecidos bajo un mando centralizado— empujan a los individuos a adoptar rasgos culturales colectivistas: conformismo, pasividad conductual y un repliegue defensivo hacia el refugio en el grupo —que es precisamente el “razonamiento motivado por la identidad” que señalamos en el subtema anterior—. En línea con ello, se puede aducir que el sistema centralizado precariza y empobrece materialmente el tejido social, por cuanto se activa de inmediato ese “chip evolutivo” colectivista de sumisión y acomodación jerárquica en la población[18]; y, finalmente, dicha sumisión psicológica blinda al planificador de cualquier atisbo de resistencia o cuestionamiento al orden establecido. Es decir, en última instancia, a lo largo de la evolución de la humanidad la planificación central de la sociedad se desvela como una refinada maquinaria evolutiva de subordinación, explotación y perpetuación del poder absoluto.

Conclusiones: la ilusión del diseño

A lo largo de este ensayo, ha quedado claro que la persistente obsesión con la viabilidad de la planificación centralizada de la sociedad es el resultado de un profundo atavismo cognitivo y evolutivo; la demanda de un poder central que controle a la sociedad tiene sus raíces en funciones humanas primitivas —como la tendencia a buscar una mente coordinadora o el miedo a la incertidumbre—. Al final, estos sesgos terminan siendo burdamente instrumentalizados por la pasión identitaria y son aprovechados por el sistema político que conocemos para legitimar el modo en que se organiza la sociedad en la actualidad[19].

Esta necesidad psicológica de control es la que explica por qué la humanidad, al enfrentarse al crecimiento demográfico a partir del Neolítico —tal como documentan Chaverri y Fernández—, prefirió el parche de la centralización jerárquica antes que permitir la emergencia de órdenes espontáneos. Al confundirse la imposibilidad de la deliberación explícita con la supuesta inviabilidad de la coordinación horizontal en la sociedad, se optó por una estructura vertical cuyo precio fue el límite de la libertad; es decir, que aquello que comenzó como un simple sesgo cognitivo ante la incertidumbre terminó institucionalizado en nuestra sociedad, debilitando el mismo tejido social. En este sentido, pareciera que, a nivel sociológico, la planificación central es una renuncia evolutiva de una especie que, temerosa de la complejidad del orden espontáneo, prefiere el refugio predecible del cautiverio.


[*] Este ensayo fue publicado en el portal de Humano Insurrecto, en: https://roymerrivas.substack.com/.

[1] En filosofía, un “agente” es una entidad que actúa, ha actuado o contempla la acción, y para lo mismo se presupone que tiene la capacidad de tomar decisiones. Es precisamente esta idea, que debe su origen a Aristóteles cuando conceptualizó el movimiento en el “acto”, entendido como la actualización del ser en el momento presente, la que sustenta la moral en la sociedad, puesto que solo se pueden atribuir cualidades morales a un ser que toma decisiones, que elige. Desviando un poco el foco, entre otras cosas, por eso es que desde el Creativismo Filosófico sostenemos que la naturaleza humana, entendida —en extremo groso modo— como el sistema estructurado y estructurante que desemboca en la elección, es lo que da paso a las propiedades emergentes que surgen en sociedad —la moral, el Derecho, el dinero, entre otros—.

[2] Hay que tener cuidado cuando extrapolamos el funcionamiento de un elemento aislado al sistema que le da origen —cuando se interrelaciona con sus iguales—, puesto que no se puede partir del hecho de que “el humano decide” —con todo lo que ello implica— para sostener, por ejemplo, que “la sociedad decide”, o que se puede orquestar, controlar, predecir y/o predestinar aquello que emana del cúmulo de todas las decisiones humanas, por razones cuales sean.

[3] Ver: Steven Novella. 2010. Hyperactive agency detection. Publicado en la Neurologica Blog. En: https://goo.su/UDtviC (Cit. 23/05/2026).

[4] Ibid. Además, ver: Benjamin Buck, et. Al. 2018. The bias toward intentionality in schizophrenia: automaticity, context, and relationships to symptoms and functioning. Revista Abnormal Psychology, vol. 127, n° 5, págs. 503-512. En: https://goo.su/J9JJ (Cit. 23/05/2026). Hemos de señalar que existe algo llamado “sesgo de intencionalidad”, que es una distorsión cognitiva que nos lleva a asumir que los acontecimientos o las acciones de las cosas —humanos o no— son siempre deliberados, incluso cuando son accidentales o fortuitos. La ciencia cognitiva ratifica que la atribución de intencionalidad es parte de nuestra arquitectura mental y, apelando a ello para seguir con el tema que nos compete, podemos decir que el humano tiene dificultad innata para asimilar los sistemas complejos. Por esta razón, se requiere un esfuerzo consciente para no dejarse llevar por dicho mecanismo, pero, por si fuera poco, este sistema de contención consciente del sesgo se ve afectado en escenarios de incertidumbre, lo cual deriva en que nos entreguemos por completo al mismo. En los estudios clínicos que aíslan los componentes cognitivos del sesgo de intencionalidad, que demuestran que el ser humano posee una inclinación automática a percibir propósitos conscientes en eventos neutros o accidentales, se puede observar cómo la presión de tiempo o la falta de control, entre otros, hacen que los mecanismos racionales que corrigen esta intuición primitiva colapsen, haciendo que la persona se entregue al sesgo. A nuestro juicio, esto provoca que incluso individuos sanos adopten respuestas sesgadas que ven o exigen un coordinador intencional donde solo hay interacciones impersonales —como es el caso en la sociedad—. En resumen, todo ello deriva en la incomprensión de los sistemas complejos y en la demanda de un planificador, o en que nosotros mismos queramos tomar el control —siendo nosotros los planificadores—.

[5] He aquí la razón de las instituciones sociales, de las cuales la Escuela Austriaca de Economía da luces, pero el Creativismo Filosófico sostiene con mayor rigor científico y filosófico.

[6] Ver: Roger Buehler, et. Al. 1994. Exploring the “Planning Fallacy”: why people underestimate their task completion times. Revista Personality and Social Psychology, vol. 67, n° 3, págs. 366-381. Publicado por la American Psychological Association, Inc. En: https://goo.su/wzYYg1a (Cit. 23/05/2026). Cabe señalar que este estudio expande el trabajo original de Daniel Kahneman y Amos Tversky, publicado en 1979, que se titula: “Intuitive prediction: Biases and corrective procedures”, complementado, entre otros, por sus análisis posteriores sobre predicción e intuición en 1982, en “Variants of uncertainty”, y en 1991 con Dan Lovallo, en “Timid choices and bold forecasts”. En resumen, la falacia de la planificación consiste en la tendencia generalizada a sostener la firme creencia de que un proyecto propio avanzará exactamente según lo planeado, lo que lleva a ignorar deliberadamente el conocimiento estadístico de que la gran mayoría de los proyectos similares previos se han retrasado o han fracasado. Si gusta profundizar en el tema, también invitamos a leer: Kira Warje. 2021. Planning Fallacy: why do we underestimate how long it Will take to complete a task. Publicado en The Decision Lab. En: https://goo.su/0tr1h (Cit. 23/05/2026). Trasladado al debate que nos compete, esto ayuda a comprender la persistencia de la confianza en la planificación centralizada de todos los políticos y sus seguidores o defensores, a pesar de que la evidencia no les favorezca sistemáticamente.

[7] Al extirparse el circuito de retroalimentación y el castigo adaptativo del error, el sesgo de planificación se desboca y se hace más difícil de identificar.

[8] Esto, de hecho, no es nada nuevo en cuanto a contenido, porque es el mismo problema que señala Ludwig von Mises cuando crítica la planificación central, en su artículo: “El cálculo económico en la comunidad socialista” (1920) —que más tarde derivaría en su obra “Socialismo: un análisis económico y sociológico” (1922)—, así como Friedrich von Hayek en su artículo: “El uso del conocimiento en la sociedad” (1945), donde demuestran que un planificador carece del conocimiento necesario, así como de las herramientas para poder hacerse con dicho conocimiento, para poder planificar la sociedad.

[9] Ver: Markus Kemmelmeier, et. Al. 2003. Individualism, Collectivism, and Authoritarianism in Seven Societies. Revista Cross-Cultural Psychology, vol. 34, n° 3, págs. 304-322. A través de un análisis cuantitativo en siete países con distintos antecedentes políticos, los autores demuestran que, a nivel individual, el colectivismo, lejos de ser una mera preferencia de armonía social, correlaciona de forma positiva y robusta con el “Autoritarismo de Derechas” (RWA). El desglose metodológico revela que esta vinculación está determinada por las dimensiones de sumisión a la autoridad y convencionalismo, validando además la tesis de John Duckitt, desarrollada en “Authoritarianism and group identification: a new view o fan old construct” (1989), sobre cómo la mentalidad colectivista exige subordinar las búsquedas y derechos privados a los objetivos establecidos por un ente colectivo centralizado. Si bien, en aras de la objetividad, es necesario señalar que el “colectivista vertical”, tal como se expresan los autores, no busca ejercer el poder político de manera directa o individual, sino que demanda de forma neurótica la existencia de un poder centralizado debido a su baja tolerancia a la incertidumbre que genera la libertad. No obstante, esta misma se complementa necesariamente con la agresión autoritaria, que describen los mismos autores en el marco del “Autoritarismo de Derechas” que usan para su estudio, la cual explica por qué el colectivista vertical celebra que los mecanismos coercitivos del Estado fuercen a los disidentes a alinearse con el diseño planificado, puesto que tampoco tolera que otros vivan en libertad, porque percibe en la libertad ajena una amenaza directa para su propia seguridad. En adición, en el marco del Creativismo Filosófico, caben dos acotaciones teóricas: (i) para nuestro fin rescatamos el concepto de colectivismo vertical —jerárquico, dogmático— al que refieren los autores en el texto, y no al “colectivismo horizontal”, que refiere más a la interdependencia, la cooperación y la benevolencia de los miembros de un grupo, sin responder necesariamente a una jerarquía, y que es a lo que nosotros, en referimos como “comunitarismo” —no comunismo. Pero esto es algo que no compete desarrollar aquí, suficiente con decir que, tal como vislumbran los autores, existe un “colectivismo” a nivel individual, psicológico, que no es opuesto al individualismo, sino que es tan solo una dimensión de la experiencia humana.—. Y (ii), que si bien los autores sostienen que el individualismo y el colectivismo —horizontal— son “dimensiones ortogonales”, es decir, dimensiones completamente independientes entre sí, consideramos que dicho enfoque incurre en el reduccionismo metodológico de la estadística, característico de cuando se aplica el método científico tradicional, es decir, lineal, atomista y cuantitativo, a las ciencias sociales. Las conclusiones del texto que rescatamos aún permanecen intactas si cambiamos el marco teórico para dar paso al paradigma de la complejidad, el cual nos permite comprender que tanto el individuo como la sociedad, es decir, el colectivo, se coproducen mutuamente en un bucle recursivo. ¿Qué significa eso? Pues, que la sociedad habita en el individuo a través de, por ejemplo, la cultura, o sus instituciones, o demás subsistemas que la conforman y hacen parte de la experiencia humana, y al mismo tiempo, las interacciones entre los individuos es lo que hace emerger la sociedad. En este sentido, es entendible que, absolutamente siempre, necesitemos del reconocimiento del otro, en distintos niveles, y la relación con ellos, para reconocernos a nosotros mismos y desarrollarnos plenamente.

[10] Ver: Sharon Arieli, et. Al. 2019. Identity-motivated reasoning: biased judgments regarding political leaders and their actions. Revista Cognition, vol. 188, págs. 64-73. En: https://goo.su/G7UlUdZ (Cit. 23/05/2026). Los autores expanden las teorías clásicas de la atribución demostrando empíricamente cómo la identidad política es como una fuerza de distorsión cognitiva. El estudio constata que los ciudadanos tienden a eximir a los líderes de su propio espectro político de las percepciones generalizadas de codicia y búsqueda de poder que típicamente se asocian a la clase política, revistiéndolos de una intencionalidad virtuosa dirigida al bien común —interés nacional—, lo que correlaciona directamente con la confianza ciega hacia el gobernante —trust—.

[11] Ibid. Este fenómeno sirve para ilustrar cómo la mente humana tiende a reducir los problemas de diseño institucional y la imposibilidad del cálculo económico a un mero dilema de “buenas o malas intenciones” de quien ejerce o ejercerá el mando en la sociedad, donde el planificador es percibido como un coordinador altruista solo mientras comparta la identidad social del observador. Si llevamos este estudio a sus últimas consecuencias, la demanda por la planificación central no es más que una ficción que responde a sesgos cognitivos ligados a la identidad, diseñada para legitimar la coacción sobre el resto de la sociedad. Además, valida por completo la tesis de Bryan Caplan en “El mito del votante racional: por qué las democracias eligen malas políticas” (2007), quien sostiene que el votante es “peor que ignorante”, muy irracional, y en su condición, movido además por muchos sesgos ideológicos, defienden políticas en base a creencias erróneas sobre temas diversos.

[12] Sabrá Dios qué significa “igualitario” para cada uno de ellos. Pero aquí nos avocaremos solo a las medidas que hacen de “desigualdad socioeconómica” —o desigualdad económica—, solo a modo ilustrativo, puesto que también consideramos que, en el fondo, por sí mismas esas medidas no dicen absolutamente nada de la realidad social compleja.

[13] Ver: Pablo Chaverri e Itziar Fernández. 2023. Individualismo y colectivismo cultural en relación con la desigualdad socioeconómica desde el enfoque de la psicología social evolutiva. Revista Ánfora, vol. 30, n° 55, págs. 77-104. En: https://goo.su/PUfJF (Cit. 23/05/2026). Publicado por la Universidad Autónoma de Manizales.

[14] Es la expresión que usan Chaverri y Fernández en Ibid, y, en general, en toda la psicología social, la sociología y la antropología para referir a la sobrecarga cognitiva, comunicativa y de toma de decisiones que experimenta un grupo a medida que aumenta su tamaño o complejidad organizacional.

[15] Esto es a juicio de los autores, que lo perciben como tal. A nuestro juicio, creer que la expansión de la sociedad hace difícil la coordinación es un craso error, pero sobre ello volvemos en el siguiente párrafo.

[16] He aquí el tema de la corrupción, en muchos casos. Si gusta una aproximación al tema de la dinámica de la corrupción, en el marco de la comprensión sobre los sistemas complejos, ver: Roymer Rivas. 2023. El cáncer de la corrupción: una consecuencia de las restricciones a la libre acción humana. 2° lugar en el concurso “El costo de la corrupción” (2020), de Cedice Libertad. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/jn2uUbz (Cit. 23/05/2026).

[17] Aunque si nos ponemos más anarquistas, el precio es el ataque sistemático e institucionalizado a la libertad humana, que hoy representa el Estado.

[18] El estatismo, o cualquier otro tipo de planificación central de la sociedad, hace volver a las personas a sus más atávicos deseos. Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2023. El horror intelectual del Socialismo. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/tSxVra (Cit. 23/05/2026); y ver: Roymer Rivas. 2023. Economía y Socialismo, dos expresiones mutuamente excluyentes. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/NTxkYBr (Cit. 23/05/2026).

[19] El impulso centralizador es la institucionalización política de una limitación de nuestra propia arquitectura mental, que prefiere la ilusión de una mente coordinadora antes que aceptar la incertidumbre de los órdenes emergentes de los sistemas complejos.


Referencias

  • Benjamin Buck, et. Al. 2018. The bias toward intentionality in schizophrenia: automaticity, context, and relationships to symptoms and functioning. Revista Abnormal Psychology, vol. 127, n° 5, págs. 503-512. En: https://goo.su/J9JJ (Cit. 23/05/2026).
  • Kira Warje. 2021. Planning Fallacy: why do we underestimate how long it Will take to complete a task. Publicado en The Decision Lab. En: https://goo.su/0tr1h (Cit. 23/05/2026).
  • Markus Kemmelmeier, et. Al. 2003. Individualism, Collectivism, and Authoritarianism in Seven Societies. Revista Cross-Cultural Psychology, vol. 34, n° 3, págs. 304-322. https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0022022103034003005.
  • Pablo Chaverri e Itziar Fernández. 2023. Individualismo y colectivismo cultural en relación con la desigualdad socioeconómica desde el enfoque de la psicología social evolutiva. Revista Ánfora, vol. 30, n° 55, págs. 77-104. En: https://goo.su/PUfJF (Cit. 23/05/2026).
  • Roger Buehler, et. Al. 1994. Exploring the “Planning Fallacy”: why people underestimate their task completion times. Revista Personality and Social Psychology, vol. 67, n° 3, págs. 366-381. Publicado por la American Psychological Association, Inc. En: https://goo.su/wzYYg1a (Cit. 23/05/2026).
  • Roymer Rivas. 2023. Economía y Socialismo, dos expresiones mutuamente excluyentes. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/NTxkYBr (Cit. 23/05/2026).
  • Roymer Rivas. 2023. El cáncer de la corrupción: una consecuencia de las restricciones a la libre acción humana. 2° lugar en el concurso “El costo de la corrupción” (2020), de Cedice Libertad. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/jn2uUbz (Cit. 23/05/2026).
  • Roymer Rivas. 2023. El horror intelectual del Socialismo. Publicado en ContraPoder News. En: https://goo.su/tSxVra (Cit. 23/05/2026).
  • Sharon Arieli, et. Al. 2019. Identity-motivated reasoning: biased judgments regarding political leaders and their actions. Revista Cognition, vol. 188, págs. 64-73. En: https://goo.su/G7UlUdZ (Cit. 23/05/2026).
  • Steven Novella. 2010. Hyperactive agency detection. Publicado en la Neurologica Blog. En: https://goo.su/UDtviC (Cit. 23/05/2026).

EE. UU. anuncia el despliegue de su portaaviones Nimitz en aguas del Caribe en medio de sus fuertes presiones a Cuba

El Ejército de EE. UU. ha informado este miércoles del despliegue de su portaaviones Nimitz en aguas del mar Caribe, en plena escalada de tensiones, presiones y amenazas contra la dictadura que somete al pueblo cubano.

«¡Bienvenido al Caribe, grupo de ataque del portaaviones Nimitz!», ha indicado el Comando Sur de EE. UU. (SOUTHCOM) en un mensaje publicado en redes sociales en el cual ha asegurado que el USS Nimitz «ha demostrado su destreza en combate en todo el mundo, garantizando la estabilidad y defendiendo la democracia desde el estrecho de Taiwán hasta el golfo Pérsico».

A renglón seguido, el comando norteamericano ha reivindicado como «el paradigma de la preparación y la presencia, de un alcance y letalidad sin igual, y de la ventaja estratégica» al referido portaaviones USS Nimitz, a la unidad de aviación naval Ala Aérea Embarcada, al destructor USS Gridley y al buque de aprovisionamiento logístico USNS Patuxent.

Este anuncio está enmarcado en pleno endurecimiento del intercambio de declaraciones entre Washington y La Habana hasta el punto de que este mismo miércoles, poco después de que EE. UU. haya impuesto nuevas sanciones contra el régimen dictatorial de la isla, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha propuesto al pueblo cubano entablar una «nueva relación» directa, sin la tutela de las autoridades isleñas, a las que ha acusado de «saquear miles de millones de dólares», a través de empresas como el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), un conglomerado propiedad de las Fuerzas Armadas cubanas.

«Mientras ustedes sufren, estos empresarios tienen USD$ 18.000 millones en activos y controlan el 70% de la economía de Cuba (…) Todo pasa por sus manos», dijo horas antes Rubio en un mensaje en vídeo en español publicado en redes sociales, agregando que, a su juicio, «la verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible ni alimentos (en la isla) es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares, pero nada ha sido utilizado para ayudar al pueblo».

Cabe señalar que a ello se suma la imputación, también este mismo miércoles, por parte del Departamento de Justicia de EE. UU., del jerarca de la dictadura cubana Raúl Castro, por el derribo en 1996 de dos aviones civiles en aguas internacionales pertenecientes a la organización de exiliados cubanos Hermanos al Rescate, incidente en el que perdieron la vida tres estadounidenses y un residente en el país norteamericano.

La paradoja de la seguridad en Colombia: más allá del prohibicionismo armado

Cristian Romero, abogado Penalista, docente universitario, Coordinador Nacional de EsLibertad Colombia, Investigador jurídico, candidato a magister en derecho penal, columnista y conferencista.

Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria.

Cristian Romero

Durante décadas, el debate sobre la seguridad en Colombia se ha movido entre dos extremos igual de insuficientes: quienes creen que el monopolio estatal absoluto sobre los medios de defensa garantiza automáticamente el orden público, y quienes reducen cualquier discusión sobre armas a consignas ideológicas. El problema es que la realidad colombiana no cabe en ninguno de esos simplismos, tanto por el contexto de violencia actual como por la violencia histórica que ha atravesado el país.

Hace bastante tiempo he estado trabajando en una propuesta que brinde una solución real a esta problemática y amplíe el marco de libertad en torno a la defensa de los colombianos. Se trata de mi investigación presentada en la maestría en derecho penal de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, la cual parte de una incógnita distinta: ¿qué ocurre cuando el Estado restringe de manera casi total el acceso legal a los medios de defensa personal en un país donde la violencia armada continúa siendo ejercida, principalmente, por actores ilegales que jamás han obedecido la ley?

El régimen colombiano de armas, estructurado alrededor del Decreto 2535 de 1993, descansa sobre una lógica que merece ser revisada con rigor jurídico y no con prejuicios políticos ni ideológicos. La regulación actual termina produciendo una consecuencia profundamente contradictoria: restringe principalmente al ciudadano que sí está dispuesto a cumplir la ley, mientras que el criminal continúa obteniendo armas por fuera del sistema legal. No estamos frente a una hipótesis ideológica, sino frente a un problema estructural. En Colombia, obtener legalmente un permiso de porte implica atravesar una cadena de barreras económicas, administrativas y burocráticas que convierten el acceso en un privilegio reservado para pocos sectores con capacidad económica o influencia política. Entre permisos, exámenes, cursos y adquisición del arma, el costo puede superar ampliamente varios salarios mínimos. Lo que termina generando un resultado práctico bastante evidente, a saber: el sistema no selecciona portadores por conducta, estabilidad emocional o responsabilidad individual, sino por capacidad económica o posición social.

Este punto es central. La jurisprudencia colombiana, particularmente en la Sentencia C-296 de 1995, ha sentado una base importante frente a esta problemática y a la interpretación que el derecho penal moderno realiza sobre ella: este no castiga personas por el supuesto peligro abstracto que representan, sino por conductas concretas que lesionan bienes jurídicos de tutela. El principio de derecho penal de acto impide que el Estado convierta la mera posibilidad de riesgo en fundamento suficiente para restringir indiscriminadamente libertades individuales. Sin embargo, gran parte del enfoque actual sobre armas termina operando precisamente bajo esa lógica: asumir que el ciudadano civil, por el simple hecho de aspirar a un mecanismo de defensa personal, constituye un peligro potencial.

La viabilidad constitucional del modelo

Mi investigación cuestiona esa premisa desde una perspectiva constitucional y del derecho penal. La Constitución colombiana no prohíbe de manera absoluta el porte civil. El artículo 223 establece el monopolio estatal sobre la fabricación e introducción de armas y municiones, pero al mismo tiempo permite que la ley regule las condiciones bajo las cuales los particulares pueden acceder a permisos otorgados por la autoridad competente. Esto tiene una consecuencia jurídica importante, puesto que la restricción vigente no proviene de una prohibición constitucional expresa, sino principalmente de decisiones administrativas y políticas públicas adoptadas a lo largo del tiempo.

El silogismo jurídico es relativamente claro:

  • Primera premisa: la Constitución admite el porte civil regulado.
  • Segunda premisa: el Congreso posee la facultad y libertad de configuración normativa para desarrollar el régimen jurídico correspondiente.
  • Tercera premisa: las restricciones actuales derivan, en gran medida, de políticas administrativas antes que de una prohibición constitucional absoluta.
  • Conclusión: el legislador colombiano puede ampliar legalmente el acceso regulado al porte de armas sin necesidad de reformar la Constitución.

Esto no significa eliminar controles ni promover una sociedad armada sin límites normativos. De hecho, la propuesta desarrollada en la investigación apunta exactamente a lo contrario: sustituir un sistema basado en barreras económicas por un modelo centrado en responsabilidad individual verificable.

¿Cómo funcionaría el modelo?

Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria. La propuesta mantiene intacto el monopolio estatal sobre la fabricación, trazabilidad y registro de armas, pero transforma la lógica mediante la cual el ciudadano accede legalmente a mecanismos de defensa personal.

El modelo funciona a partir de una habilitación progresiva y condicionada. El ciudadano interesado no obtendría un permiso permanente e indefinido, sino una licencia sujeta a evaluación continua de conducta, historial y cumplimiento normativo. A diferencia del sistema actual, donde el principal filtro termina siendo la capacidad económica del solicitante, el nuevo esquema prioriza criterios verificables como antecedentes penales, ausencia de conductas típicas relevantes para el derecho penal, estabilidad conductual, entrenamiento certificado y permanencia dentro de comunidades reguladas de práctica y supervisión.

Uno de los elementos centrales de la propuesta es la creación de clubes certificados de tiro y defensa comunitaria con función pública delegada y supervisión estatal permanente. Estos espacios no operarían como simples polígonos recreativos, sino como instituciones de formación cívica y técnica encargadas de evaluar periódicamente a los portadores, verificar condiciones psicológicas y de idoneidad, registrar prácticas obligatorias y reportar comportamientos de riesgo o posibles conductas con relevancia penal a las autoridades competentes. El arma dejaría de entenderse como un objeto aislado de propiedad individual y pasaría a insertarse dentro de una estructura institucional de responsabilidad compartida.

A ello se suma un sistema obligatorio de seguro individual de responsabilidad civil del portador. Esto implica que toda persona autorizada para portar un arma debería mantener una póliza activa capaz de responder patrimonialmente frente a daños ocasionados por uso negligente, imprudente o irresponsable, especialmente en escenarios donde puedan concurrir conductas penalmente relevantes derivadas del uso indebido del arma de fuego. El objetivo es trasladar parte del costo del riesgo al propio portador y generar incentivos económicos reales hacia el comportamiento responsable. En otras palabras, el modelo busca que el ciudadano armado tenga no solo derechos, sino también obligaciones permanentes y consecuencias inmediatas frente a cualquier incumplimiento.

La propuesta también incorpora mecanismos de monitoreo continuo y pérdida automática de habilitación frente a conductas incompatibles con la licencia. Episodios relacionados con posibles tipos penales como violencia intrafamiliar, amenazas, lesiones personales, constreñimiento ilegal o cualquier manifestación de violencia dolosa activarían procesos de suspensión inmediata mientras se realiza la respectiva revisión institucional y jurídica. Del mismo modo, situaciones asociadas a abuso de sustancias psicoactivas, alteraciones graves de conducta, incumplimientos administrativos reiterados o antecedentes con relevancia criminológica serían objeto de evaluación permanente por parte de las autoridades competentes. La lógica cambia por completo: el permiso deja de ser una autorización estática otorgada una sola vez y se convierte en una relación jurídica dinámica sometida a evaluación constante.

Otro elemento fundamental consiste en reducir la actual aporofobia estructural del sistema colombiano de armas. Hoy, el acceso legal termina reservado para sectores con altos ingresos o conexiones políticas, mientras las poblaciones rurales y sectores vulnerables —precisamente los más expuestos a estructuras criminales armadas— permanecen excluidos del sistema legal de protección personal. La propuesta busca sustituir esa barrera económica por estándares objetivos de conducta, formación y supervisión institucional.

El modelo toma elementos comparados de sistemas como el suizo y de experiencias de gobernanza policéntrica estudiadas por Elinor Ostrom, donde la seguridad no depende exclusivamente de un monopolio vertical centralizado, sino también de estructuras comunitarias reguladas capaces de producir autocontrol, vigilancia mutua y cohesión social. No se trata de privatizar la seguridad ni de eliminar la autoridad estatal, sino de construir mecanismos complementarios donde el ciudadano deje de ser un sujeto pasivo completamente dependiente de la capacidad reactiva del Estado.

La propuesta, además, conserva límites deliberados estrictos. El porte seguiría prohibido en contextos políticos, manifestaciones, procesos electorales y determinados espacios públicos sensibles. El Estado conservaría facultades de inspección, registro, trazabilidad y revocatoria. Incluso la reforma contempla cláusulas de revisión periódica para medir empíricamente sus efectos sobre violencia, criminalidad, reincidencia y convivencia ciudadana.

En esencia, la investigación plantea una transformación del paradigma de seguridad colombiano: pasar de un modelo que presume peligrosidad abstracta sobre el ciudadano civil a un sistema que evalúe responsabilidad concreta, conducta verificable y capacidad real de convivencia dentro del orden jurídico.

Seguridad, libertad y responsabilidad individual

Hoy por hoy el debate público colombiano suele reducir esta discusión a caricaturas ideológicas importadas del contexto estadounidense o suizo. Pero Colombia tiene una realidad completamente distinta: amplias zonas con presencia institucional débil, mercados ilegales consolidados y poblaciones rurales que permanecen desprotegidas frente a estructuras criminales armadas. Allí, la prohibición no elimina la violencia; simplemente monopoliza la capacidad de defensa en manos de quienes ya operan al margen de la ley.

La seguridad no puede seguir entendiéndose únicamente como un monopolio vertical centralizado ejercido desde Bogotá hacia territorios donde el Estado muchas veces llega tarde o simplemente no llega. Una democracia liberal sólida también exige ciudadanos responsables, instituciones eficientes y marcos normativos coherentes con la realidad social y el tejido social que pretenden regular. Hablar de libertad en materia de seguridad no implica ausencia de reglas. Implica reconocer que un ciudadano respetuoso del imperio de la ley no debe ser tratado bajo la misma presunción que un criminal armado, como estamos viendo en la realidad colombiana. Implica entender que el derecho penal no puede construirse sobre el miedo abstracto al individuo, sino sobre responsabilidad concreta y verificable.

Colombia necesita abandonar los debates emocionales y empezar a discutir seriamente si el modelo vigente realmente ha producido los resultados que prometió durante más de treinta años. Porque cuando un sistema desarma principalmente a quien obedece la ley, mientras el crimen organizado continúa fortalecido, la pregunta ya no es si el modelo debe revisarse, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a ignorar sus consecuencias.


Referencias

  • Colombia. Constitución Política de 1991, artículo 223.
  • Colombia. Decreto 2535 de 1993, “Por el cual se expiden normas sobre armas, municiones y explosivos”.
  • Corte Constitucional de Colombia. Sentencia C-296 de 1995.
  • Elinor Ostrom. Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge University Press, 1990.
  • Jakobs, Günther. Derecho Penal. Parte General. Madrid: Marcial Pons.
  • Romero Cárdenas, Cristian Javier. Condiciones institucionales de gobernanza policéntrica para la reforma del régimen de tenencia y porte de armas de fuego: caso del Decreto 2535 de 1993 en Colombia. Trabajo de investigación presentado para optar al título de Magíster en Derecho Penal, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca.

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Séneca

Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.

Oriana Aranguren

En mis anteriores apuntes, exploramos cómo Epicteto blindó la prohairesis —ese mundo interno de la voluntad que ni el más cruel de los tiranos puede someter— estableciendo que la libertad es, ante todo, una soberanía sobre el juicio propio, enseñando, además, que el individuo es el único responsable de su sufrimiento moral y que la esclavitud comienza cuando depositamos nuestros deseos en lo que no controlamos[1]. De este modo, Epicteto sienta las bases de lo que hoy podríamos llamar una “libertad de la conciencia”, pues, la Libertad no es una concesión estatal, sino el resultado de someter a juicio nuestros propios deseos —si tu bienestar depende de lo que otros controlan, te has entregado a la esclavitud antes de que algún soldado toque a tu puerta—. En este sentido, expliqué cómo ésta visión rompe frontalmente con el colectivismo, porque desplaza el origen del malestar desde las estructuras externas hacia el juicio individual, sugiriendo que el resentimiento social es, en el fondo, una confesión de servidumbre psicológica[2].

Sin embargo, si el liberalismo se fundamenta en el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, debemos reconocer que dicho proyecto no es más que una abstracción si el individuo no es, primero, dueño efectivo de sus recursos —propiedad, lo cual incluye su propio cuerpo—. Y es aquí donde la ola estoica nos exige una transición: mientras Epicteto nos enseñó a ser libres en las cadenas, Séneca, uno de los hombres más ricos de su tiempo y mano derecha del poder imperial, nos traslada una discusión sobre la gestión de los recursos en nuestra vida —siendo el tiempo y la facultad de juicio los recursos más importantes—.

Este contraste entre los personajes es interesante, porque, a pesar de que ambos convergieron en la misma idea de libertad, sus puntos de partida colindan con, o pueden enriquecer de alguna manera —a mi juicio—, el pensamiento libertario. Volteandonos en esta oportunidad a Séneca, su posición lo llevó a experimentar de primera mano cómo el poder absoluto y la riqueza extrema pueden erosionar la soberanía individual con la misma eficacia que un grillete físico, lo cual lo llevó a enseñar cómo el individuo puede resistir en un entorno de opresión y servidumbre voluntaria. Veamos qué podemos encontrar en sus ideas.

El tiempo como propiedad: sobre la brevedad de la vida

La primera idea a la que referiré se encuentra en la obra “Sobre la brevedad de la vida”, donde Séneca lanza una de las críticas más feroces y vigentes contra la mentalidad colectivista y la enajenación del individuo, a saber: el robo de nuestro tiempo. En el pasado ya he hablado de cómo el Estado se roba nuestro tiempo, demostrando que es parte esencial de la self-ownership —autopropiedad— que defendemos los libertarios y, de hecho, es vital para la misma existencia humana[3], y tal concepción sería muy probablemente aplaudida por Séneca, quien expresó:

No consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstrense miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia.[4]

Con estas palabras, Séneca indica que los humanos somos extremadamente territoriales, que no toleramos que nadie nos quite un centímetro de nuestra propiedad —si alguien intenta invadir nuestras tierras, recurrimos a la violencia—. Sin embargo, esa misma persona que pelea por un trozo de tierra permite que otros “entren en su vida” sin resistencia, o, peor aún, nosotros mismos invitamos a personas o actividades banales a que tomen control de nuestro tiempo, convirtiéndolos en “poseedores” de nuestra realidad —o nuestra existencia misma, si seguimos la idea expresada en “La cronarquía del Estado”—.

Si bien es cierto que Séneca no critica directamente al Estado, sí queda clara la idea de que el mayor robo a la libertad no es el que se hace mediante la fuerza bruta, sino el que permitimos que otros hagan de nuestro tiempo —aunque también es cierto que no hay mayor ladrón del tiempo humano que el Estado[5]—. En este sentido, al ser el tiempo un recurso finito, no renovable y de oferta perfectamente inelástica, el humano no debe tratar su tiempo como un bien público o una propiedad comunal, permitiendo que el Estado, las convenciones sociales o las ambiciones ajenas lo saqueen sin resistencia.

Con esto, Séneca también crítica a aquellos que viven en una perpetua agitación, entregando su libertad a cambio de prestigio, favores políticos o simplemente por la incapacidad de decir “no” a las demandas de la sociedad[6] —que es a lo que podemos llamar: servidumbre voluntaria o colectivista en el alma—, porque el individuo que no controla su tiempo es un esclavo, sin importar que su amo sea un emperador o su propia agenda de negocios.

Esto es importante, porque, al igual que Epicteto, nos deja ver que no siempre hay que buscar solamente la ausencia de coacción externa, porque la coacción más insidiosa es la que aceptamos por cortesía o ambición —un individuo puede vivir bajo un sistema de libre mercado y total libertad de movimiento, pero si su tiempo está hipotecado a las expectativas de los demás, su propiedad privada más fundamental, que es su vida, está bajo un régimen de colectivización de facto—.

Ahora, es necesario señalar que no se trata simplemente de tener tiempo libre para hacer lo que queramos, sino de ejercer la soberanía sobre el uso de nuestro tiempo a cada instante. Entre otras cosas, es por esta razón, que sostengo que el derecho de propiedad debe empezar necesariamente por el tiempo, porque si yo no soy dueño de mi tiempo —y este argumento le debería gustar a cualquier socialista—, ¿Cómo puedo afirmar que poseo los frutos de mi trabajo? Ya lo he dicho, el trabajo no es más que tiempo congelado en valor; si el origen —el tiempo— es saqueado, la propiedad derivada de ello es solo una ilusión legal —es decir, soy “propietario” de “x” bien en algún momento en concreto, y así lo dicen los registros, pero, curiosamente, no tengo tiempo para beneficiarme de ello, usarlo como considere, cuando lo considere, porque mi tiempo está extremadamente condicionado por demandas ajenas[7]—.

La riqueza como indiferente preferible

Otro punto que puede conectar a Séneca con las ideas del libertarismo es su defensa de la riqueza. En su tiempo, como era un hombre rico, muchos lo acusaron de no alinearse con las ideas estoicas, pues las mismas se tendían a ligar con la vida sencilla, desposeída de propiedades. En otras palabras, Séneca era criticado por supuesta hipocresía al defender la austeridad siendo uno de los hombres más ricos de la Roma imperial —algo que resuena con fuerza en los debates contemporáneos sobre la desigualdad—. Pero en “Sobre la vida feliz”, deja bien claro que una cosa es ser esclavo de las posesiones y otra muy distinta ser “rico”, por lo tanto, el sabio no está obligado a ser pobre, sino a no ser codiciosos ni vivir por y para el dinero, como fin en sí mismo. De este modo, destaca que no hay problemas en la riqueza, sino en el apego desmedido a ella. En sus palabras, de hecho, el sabio debe preferir la riqueza, aunque debe estar mentalmente preparado para vivir sin ella. Él dice:

… porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su virtud[8].

Es importante mencionarlo, porque generalmente los colectivistas tienden a ver la riqueza como un juego de suma cero o un síntoma de la opresión de clases, sosteniendo con ello que “ser rico es malo” —como en su momento dijo Hugo Chávez en Venezuela— y que solo “los pobres” recibirán el reino de los cielos —lo que sea que eso signifique—. Para un estoico como Séneca, sin embargo, la riqueza es un bien preferible, es decir, aunque no es estrictamente necesario para la virtud, es racionalmente mejor poseer riqueza que no tenerla. Lo que importa es que la riqueza no nos posea, no que nosotros poseamos la riqueza. Séneca lo expresa con claridad cuando señala que la riqueza ofrece un campo más amplio para ejercer la virtud que la pobreza, pues, un hombre rico tiene la capacidad de ser generoso, de financiar proyectos, de emprender y de crear un entorno de orden, mientras que el hombre pobre está limitado a la resistencia pasiva[9].

Un matiz entre el liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca

Ahora bien, hay que tener cuidado con los paralelismos que trazamos entre las ideas de la libertad del liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca —solo así podemos pensar la Libertad con honestidad—. Para el liberalismo o el libertarismo, la libertad —vista como ausencia de coacción, y que llamaré “libertad política”— es un medio fundamental para que cada quien busque su fin; pero, para Séneca y los estoicos, la libertad —que ven como algo interno— es el fin en sí mismo. Ahora, es interesante la distinción porque, en última instancia, ambas posturas se conectan, ya que para Séneca, quien había experimentado el poder absoluto de Nerón y sus peligros, la libertad política es preferible a no tenerla —aunque no necesaria para la virtud o la felicidad[10]—, es decir, es mejor vivir en una sociedad con respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno y a los derechos de propiedad que vivir bajo una tiranía —es preferible ser libre legalmente que ser un esclavo—.

¿Y qué pasa si el Estado extiende sus tentáculos y arremete contra las libertades políticas de los individuos, es decir, no se puede tener esas libertades preferibles a la esclavitud física? Séneca defiende la idea de que es mejor retirarse a otro lugar donde el Estado —o lo que sea que pretenda someternos— no incida en nuestra vida. Séneca argumenta que el ser humano pertenece a dos repúblicas: la “pequeña república” de su lugar de nacimiento —el Estado, con sus leyes y burocracias— y la “gran república” de la humanidad y la razón[11]; cuando la pequeña república se vuelve incompatible con la virtud —o cuando simplemente ha absorbido demasiado de nuestro tiempo, nuestras fuerzas—, el individuo tiene el derecho moral de retirarse[12] y cultivar su intelecto[13], porque solo así podrá perfeccionar su juicio —para tener criterio propio— y no entregarse a la servidumbre.

Otra cosa a tener en cuenta es que, quizá, alguien podría decirme que cómo puedo defender la postura de Séneca cuando, de hecho, él obtuvo su riqueza gracias a los vínculos que tenía con el poder absoluto. No obstante, me adelanto a los hecho y respondo que aquí no se busca defender a Séneca como persona, sino los argumentos lógicos con los que se defendía de los ataques morales contra el “tener” riqueza[14].

Conclusiones

Habiendo abordado a estos dos personajes —Séneca y Epicteto— y sus concepciones sobre la Libertad, vimos cómo la misma no es una concesión del Estado ni un regalo de la fortuna, sino una conquista diaria sobre el error de pensar que lo externo nos define. Epicteto nos dice que la prohairesis es inviolable, puesto que nadie puede hacernos esclavos si no otorgamos jurisdicción sobre nuestros deseos; y Séneca nos muestra que la vida es un patrimonio que debe gestionarse con la avaricia de un inversor y la independencia de un soberano.

Mientras que el colectivismo sitúa el origen del malestar en estructuras externas y busca la salvación a través de la intervención estatal, el estoicismo propone una rebelión interna y nos enseñanza que la libertad política, aunque preferible, necesita de la gestión de nuestra propia vida. En última instancia, el mensaje para el liberalismo del siglo XXI es claro: hay que defender la propiedad privada de las tierras y el capital, pero eso es estéril si no defendemos primero la propiedad privada de nuestra mente y nuestro tiempo. Como bien señalan nuestros autores, no somos víctimas de las circunstancias, sino de nuestra propia voluntad cuando decidimos no ser dueños de nosotros mismos. Por ello, me gustaría cerrar con un mensaje: la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.


[1] Oriana Aranguren. 2026. El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/el-estoicismo-y-el-liberalismo-algunos-apuntes-sobre-la-libertad-segun-epicteto/ (Cit. 21/04/2026).

[2] Podríamos hablar incluso de “colectivista en el alma”, refiriendo a Ayn Rand. Al respecto, me parece interesante cómo Rivas resume la idea en: Roymer Rivas. 2023. Cautivos de un concepto: la lucha entre lo individual y lo colectivo en el alma del hombre. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/cautivos-de-un-concepto-la-lucha-entre-lo-individual-y-lo-colectivo-en-el-alma-del-hombre/ (Cit. 21/04/2026).

[3] Oriana Aranguren. 2025. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/la-cronarquia-del-estado-como-el-estado-se-aduena-de-tu-tiempo-y-por-que-no-deberia-hacerlo/ (Cit. 21/04/2026). Siguiendo a Heidegger, es la misma esencia humana.

[4] Lucio Anneo Séneca. 2016 (55 d. C.). De la brevedad de la vida. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-brevedad-de-la-vida/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo III, párr. 1.

[5] Óp. Cit. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?.

[6] Séneca llama a esto “Occupati” —los ocupados—. Las personas están ocupada en lo que piensan o quieren otros, al punto en el que termina enmarcando nuestro tiempo y la vida misma en vivir “de prestado” —para aludir nuevamente a Rand—.

[7] Con esto no quiero decir, sin embargo, que aludo a un sistema en el que cada quien pueda hacer lo que quiera, como quiera, sin ningún tipo de límite en su tiempo. Somos seres limitados, y el tiempo no escapa de ello. Simplemente hago énfasis en la idea de que muchas veces nuestro tiempo es “de prestado”, está amoldado solo a lo que los demás quieren de nosotros hagamos con ello —especialmente el Estado—.

[8] Lucio Anneo Séneca. 2019 (58 d. C.). De la vida bienaventurada. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-vida-bienaventurada/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo XXI.

[9] Ibidem., capítulos XXI-XXIV. Podíamos hablar de un “capitalista virtuoso”, uno que posee bienes sin que estos dicten su valor moral.

[10] No lo es porque para los estoicos las luchas contra la esclavitud van al plano mental, de los deseos, los anhelos, del ser humano —como vimos con Epicteto—. Alguien puede tener todas las garantías de respeto a sus derechos y, aún así, ser esclavo de la ambición, la ira o el miedo. En este sentido, Séneca nos recuerda que la ausencia de interferencia estatal no es suficiente, porque también es necesaria la soberanía sobre nuestra propia voluntad.

[11] Lucio Anneo Séneca. 2013 (62 d. C.). Sobre el ocio. Epublibre. Traducción de Eduardo Gil Bera. Editado por Titivillus. Capítulo IV.

[12] Esto es interesante, porque conecta mucho con las ideas de secesión que defendemos los libertarios. Es preferible marchar a un lugar donde respeten nuestra libertad a perder el tiempo luchando contra algo que nos intenta someter, poniendo nuestra vida a disposición del colectivo. Y así se invierten las reglas del juego: mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo externo para que el individuo deje de sufrir, Séneca propone que el individuo se retire de la maquinaria que lo oprime para que el mundo ya no pueda someterlo. Al respecto, ver: Ibidem., capítulo III.

[13] De hecho, ese es el fin primario para lo que se ha de dedicar nuestro tiempo: el estudio, porque solo así podremos tener esa libertad interna. El hecho de dedicar tiempo a conseguir cosas materiales es solo “preferible”, no el fin último.

[14] Habría que ver cómo se defendería de los ataques de un libertario que denuncia sus vínculos con el poder. ¿Quizá responda que es preferible estar cerca del poder a no estarlo? —comentario jocoso, aunque quizá no alejado de la realidad—.

Mesianismo populista: la trampa más antigua de América Latina

Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP

(…) Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios.

Lourdes N. Romero L.

América Latina está históricamente enamorada de los hombres providenciales. De vez en cuando, cuando la frustración social se torna insoportable, vuelve a aparecer la figura del líder que promete salvar la economía, la patria, la moral y el futuro. No es el político común, es la excepción. No pide que se le examine por los resultados, sino por la fe. Y ahí es donde empieza el problema.

No porque el mesianismo populista sea tan solo una forma de comunicación política. Es una deformación profunda de la cultura democrática. Se trata de la idea de que un solo hombre, o una sola figura carismática, puede ser el portador del pueblo, puede interpretar mejor que ninguna institución la voluntad del pueblo y resolver por sí solo los conflictos de una sociedad compleja. Sí que es una promesa seductora. Pero también es una mentira peligrosa.

La región cuenta con muchos ejemplos. Líderes que llegan anunciando que vienen a “salvar a los olvidados”, a acabar con la oligarquía, a acabar con la corrupción o a devolverle al pueblo lo que les han quitado. El discurso suele cambiar, pero la estructura es la misma: un relato moral absoluto, una división entre buenos y malos y un caudillo que se sitúa por encima de la ley, de la crítica y de los límites institucionales. El líder no gobierna: se hace carne. No da; salva. No escucha: descubre.

En eso consiste el mesianismo popular. Su fortaleza no reside en la firmeza de sus ideas, sino en su poder de llenar emocionalmente el vacío que dejan las instituciones débiles. El caudillo aparece como una solución allí donde el Estado se queda corto. El líder se convierte en la única referencia cuando los partidos se vuelven irrelevantes. En los lugares donde la ciudadanía está cansada de promesas incumplidas, aparece alguien que no ofrece un programa, sino esperanza inmediata.

Y eso funciona porque toca un punto muy sensible. En países afectados por la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la desconfianza, mucha gente ya no quiere hablar sobre instituciones; quiere ver resultados. La gente busca certezas, no ideas complejas. Quiere soluciones rápidas, no procesos largos. El populismo mesiánico se aprovecha de esta desesperación. Le habla a la gente cansada como si fuera un creyente que busca respuestas. Le ofrece la idea de que todo mejorará si se le da el poder a la persona adecuada. Pero el costo de esa entrega suele ser altísimo.

El líder como salvador

El líder mesiánico quiere que la política deje de basarse en reglas y se centre en la devoción. Por eso, crea una historia donde él es más que un gobernante: es una causa importante, una identidad compartida, una misión trascendental.

Cuando alguien critica, ya no es una opinión diferente, sino un ataque moral. Quien se opone se convierte en un enemigo. Cualquier límite institucional se ve como un obstáculo o un acto de sabotaje.

Ese mecanismo es muy útil para que un líder tenga mucho poder. Si la gente cree que el líder es el salvador, entonces el líder siempre tiene la razón. Si el líder se equivoca, la culpa la tienen otras personas. Si las cosas no salen bien, es porque alguien lo traicionó. Si el líder miente, es porque el sistema lo obligó a hacerlo. Si el líder tiene todo el poder, es para proteger a la gente. Si el líder persigue a sus oponentes, es porque está defendiendo la democracia. El mesianismo populista es muy bueno para cambiar la realidad y hacer que siempre parezca que el líder tiene la razón.

Es muy complicado combatirlo. No solo se trata de presentar datos o buenos argumentos. Lo que hay que hacer es entender y abordar la necesidad emocional que lo mantiene en pie. Para lograr esto, se necesita algo más que una crítica técnica. Se necesita una cultura política que esté bien desarrollada, una ciudadanía que exija resultados y unas instituciones que no dependan de la personalidad de una sola persona.

La política convertida en religión

Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios. El líder se convierte en alguien muy importante para sus seguidores. Repiten lo que dice como si fueran verdades absolutas. Justifican los errores que comete. Sus seguidores lo defienden porque lo quieren, no porque tengan razones para hacerlo. Ya no importa si hace lo que dice o no, lo que importa es creer en él.

Este tipo de relación daña el espacio público porque no permite discutir y tomar decisiones juntos. En un país democrático, las personas comparten ideas, piden resultados, corrigen a sus líderes y aceptan que otros puedan gobernar después. Pero cuando el populismo mesiánico toma control, el líder se vuelve alguien que no se puede criticar. Todo gira alrededor de él. Todo se entiende según quién es y qué ha hecho en su vida. Todo se hace para que él siga en el poder.

Cuando la política se convierte en algo en lo que creemos, la verdad ya no es lo importante. Lo que importa es qué nos conviene creer. Entonces se abre la puerta a que nos manipulen de manera muy obvia. Por ejemplo, nos pueden hacer creer cosas que no son verdad, hacernos sentir como víctimas, inventar enemigos que no existen, hacer promesas que no se pueden cumplir y crear una atmósfera emocional que nos hace dejar de pensar con la cabeza. Todo esto puede llevarnos a tomar decisiones basadas en emociones en lugar de en hechos reales.

La pobreza del atajo

El mesianismo populista muestra una gran pobreza intelectual. Se basa en creer que los problemas estructurales se pueden resolver solo con la voluntad personal de un líder. Es como pensar que poniendo a un “hombre fuerte” al mando, se pueden solucionar de la noche a la mañana décadas de problemas institucionales, económicos y sociales.

En Latinoamérica, nos gusta mucho la idea de encontrar soluciones rápidas. Nos entusiasman los líderes que dicen “se atreven a todo», los políticos que dicen “no tener miedo», o los presidentes que prometen “romper con todo». Pero, en realidad, romper no es lo mismo que construir algo nuevo. Gritar no es gobernar de manera efectiva. Castigar no es reformar. Y mandar sin limitaciones no es liderar; es simplemente acumular poder.

Los países realmente mejoran cuando fortalecen sus instituciones, mejoran la gestión pública, respetan las libertades, generan inversiones, organizan sus gastos y establecen controles efectivos sobre el poder. Todo esto puede parecer poco emocionante. Pero precisamente por eso es eficaz.

La crisis de representación

El éxito del mesianismo populista no se puede entender sin la crisis de representación que vive la región. Los partidos políticos se están quedando vacíos, las élites se están desconectando de la gente y la política se está convirtiendo en un asunto de grupos cerrados. Como resultado, la gente común deja de sentirse representada en el sistema.

En este vacío, surge el líder carismático como un sustituto emocional de la representación pérdida.

Sin embargo, esta solución es peor que el problema. En lugar de reconstruir las instituciones que median entre la gente y el gobierno, las destruye aún más. Los partidos políticos se vuelven irrelevantes y los espacios de participación se cierran en torno a una sola persona. En lugar de fomentar la ciudadanía activa, se crean seguidores leales.

El gran engaño del populismo mesiánico es que promete devolver el poder al pueblo, pero en realidad le quita autonomía. La gente se acostumbra a depositar su destino en otra persona, en lugar de tomar las riendas de su propio futuro. Esto la hace más vulnerable a la manipulación. La ciudadanía que deja de pensar por sí misma es fácilmente influenciable.

Una cultura política infantilizada

Tal vez la consecuencia más grave del mesianismo populista sea que la sociedad se vuelva dependiente de líderes que la salven. Esto hace que la gente crea que siempre habrá alguien que venga a resolver los problemas que no se quieren o no se saben resolver juntos.

En lugar de tomar responsabilidad, la gente espera que otro lo haga por ella. La responsabilidad se reemplaza con la adoración a una figura que se considera providencial.

Una sociedad que actúa de esta manera es débil. No puede establecer límites claros, no puede exigir con coherencia lo que es justo y no puede diferenciar entre una autoridad legítima y una que solo tiene carisma. Termina aplaudiendo a quien la seduce con discursos atractivos, en lugar de apoyar a quien realmente la fortalece.

América Latina necesita cambiar esta forma de pensar. Debe dejar de confundir el carisma de un líder con su capacidad para gobernar, la emoción del momento con un gobierno eficaz y la popularidad con la verdadera legitimidad.

Es importante que deje atrás esta enfermedad política que convierte a los líderes en figuras de culto y que hace que criticarlos sea considerado una herejía. Mientras la gente siga buscando un salvador, seguirá renunciando a ser un ciudadano activo.

El verdadero desafío no es encontrar a alguien que la salve. Sino construir una sociedad en la que no sea necesario que haya un salvador.

La inteligencia artificial como catalizador del renacer agrícola en Venezuela

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.

Génesis N. Rodríguez G.

En la actualidad, la Inteligencia Artificial (IA) se presenta como una herramienta clave para revitalizar el sector agrícola en Venezuela, un área que ha enfrentado grandes desafíos y que, sin duda, representa una de las asignaturas pendientes de nuestro país. La crisis alimentaria que ha afectado a la nación es un recordatorio constante de la importancia de volver a poner en marcha una agricultura sostenible y eficiente.

A través de la implementación de tecnologías avanzadas, como la IA, se pueden abordar problemas fundamentales que han contribuido a la debacle agrícola. Uno de los aspectos más críticos en la agricultura es el análisis de suelos, agua y clima. Gracias a monitores inteligentes conectados a sistemas de IA, es posible obtener datos precisos y en tiempo real sobre las condiciones del terreno. Esta información permite a los agricultores tomar decisiones informadas sobre qué cultivos sembrar y cuándo hacerlo, optimizando así la producción.

Además, la IA puede predecir cosechas, identificar plagas y enfermedades, y determinar el momento óptimo para la recolección de productos. Todo esto se puede realizar a un costo relativamente bajo, lo que representa una ventaja significativa para los productores. Otro aspecto crucial que a menudo se pasa por alto es el análisis de mercado: con la ayuda de la IA, los agricultores pueden acceder a información actualizada sobre los precios de venta de sus productos, lo que les permite negociar mejor y maximizar sus ganancias. Este tipo de análisis en tiempo real es fundamental para que los productores puedan adaptarse rápidamente a las fluctuaciones del mercado y planificar su producción de manera más efectiva.

Sin embargo, la situación legal y administrativa relacionada con la propiedad de las tierras agrícolas en Venezuela es un obstáculo considerable. Muchos terrenos pertenecen a personas fallecidas, lo que genera conflictos entre herederos y vecinos. La falta de claridad en los títulos de propiedad complica aún más la situación. Aquí es donde la IA puede desempeñar un papel crucial. Con la colaboración de expertos legales, se podrían desarrollar sistemas que utilicen IA para resolver disputas y agilizar procesos administrativos relacionados con la tenencia de tierras. Esto no solo facilitaría el acceso a la tierra para nuevos agricultores, sino que también contribuiría a una mayor estabilidad en el sector.

Además, la logística de transporte es otro de los puntos débiles del sistema agrícola venezolano. La construcción de infraestructuras viales tradicionales es un proceso lento y costoso. En este sentido, los drones equipados con tecnología de IA pueden ofrecer una solución innovadora y rápida. Estos vehículos aéreos no tripulados pueden acceder a áreas remotas y transportar productos desde las fincas hasta los centros de distribución. Esta capacidad no solo aumentaría la eficiencia del transporte agrícola, sino que también podría reducir significativamente las pérdidas post-cosecha.

Uno de los recursos más críticos en la agricultura es el agua. En un país como Venezuela, donde las variaciones climáticas pueden ser extremas, la gestión eficiente del agua es vital. La IA puede ayudar a optimizar el uso del agua a través de sistemas de riego inteligentes. Mediante sensores que monitorean la humedad del suelo y las condiciones climáticas, la IA puede determinar cuándo y cuánto regar, evitando el desperdicio de este recurso esencial. Esto no solo mejora la eficiencia del riego, sino que también contribuye a la sostenibilidad ambiental al preservar los acuíferos y reducir el riesgo de erosión del suelo.

La agricultura de precisión es un enfoque que utiliza tecnologías avanzadas para maximizar la producción agrícola mientras se minimizan los insumos. Con la ayuda de drones y satélites, los agricultores pueden obtener imágenes aéreas detalladas de sus cultivos, lo que les permite identificar áreas que necesitan atención específica, ya sea por falta de nutrientes o por plagas. La IA puede analizar estos datos para ofrecer recomendaciones precisas sobre fertilización y tratamiento, lo que resulta en un uso más eficiente de los insumos y una reducción en los costos operativos.

La implementación de tecnologías basadas en IA requiere un cambio cultural y educativo en el sector agrícola. Es fundamental capacitar a los agricultores en el uso de estas herramientas y en la interpretación de los datos que generan. Programas de formación y talleres pueden ser organizados en colaboración con universidades y organizaciones no gubernamentales para garantizar que los productores estén equipados con las habilidades necesarias para adoptar estas nuevas tecnologías. Es crucial que cualquier solución tecnológica se integre adecuadamente con los sistemas agrícolas locales. Esto implica considerar las prácticas tradicionales y las particularidades culturales de cada región. La IA debe ser vista como una herramienta complementaria que respete y potencie el conocimiento local, en lugar de reemplazarlo. La participación activa de los agricultores en el diseño e implementación de estas tecnologías es esencial para asegurar su aceptación y efectividad.

Si bien, a pesar de las oportunidades que presenta la IA, también hay desafíos significativos que deben abordarse. Uno de ellos es la brecha digital; muchas áreas rurales en Venezuela carecen de acceso a internet y tecnología adecuada. Para que la IA tenga un impacto real, es necesario invertir en infraestructura tecnológica y garantizar que todos los agricultores tengan acceso a las herramientas necesarias. Además, es importante considerar las implicaciones éticas de la automatización en la agricultura. Si bien la IA puede aumentar la eficiencia y reducir costos, también podría amenazar empleos tradicionales en el sector. Por lo tanto, es fundamental desarrollar estrategias que incluyan a todos los actores involucrados, garantizando que los beneficios sean equitativos y accesibles para todos.

¿Economía o fantasía? Asdrúbal Oliveros, bonos y aumento de sueldo en Venezuela

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho.

Roymer A. Rivas B.

¿Economía o fantasía?[*] Es la pregunta que surge tras escuchar la última ocurrencia de Asdrúbal Oliveros: repartir bonos de hasta USD$ 250 a los trabajadores del sector público por un periodo de 6 meses[1]. Resulta desconcertante, si no alarmante, que quien presume de entender las cicatrices de nuestro caótico escenario en Venezuela —especialmente el monetario—, proponga ahora una inyección de liquidez que constituye más un guion de ficción que un plan de estabilización para el país. La supina miopía de los economistas mainstream para comprender la situación de Venezuela los lleva a reciclar fórmulas que se han mostrado fracasadas —no puede ser de otra manera si se parte de un mal diagnostico— que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.

Esto, lamentablemente, no es un caso aislado y, de hecho, sirve de ejemplo para destacar una patología mayor, a saber: la creencia de que se puede decretar la prosperidad por gaceta, como es el caso de aquellos que piden —por diversos medios— aumento de salarios. Muchos no han entendido que Venezuela no necesita más subsidios, ni aumento de salarios, que solo sirven para patear el problema hacia adelante, a costa de que el problema mañana sea aún peor, sino una reestructuración que permita que el trabajo valga por lo que produce y no por lo que un economista o un burócrata decida fantasear en sus redes sociales o podios.

Para entender por qué estas “soluciones” son, en realidad, un problema, es suficiente con someter esas fantasías a los hechos —que no entiende de buenas intenciones ni cálculos alegremente presentados en foros en redes sociales—. Pero antes, comenzaré con un breve inciso.

El inciso: sobre la subida de precios en dólares en Venezuela —mal llamada “inflación”[2]

Previo a abordar el tema de los bonos, Oliveros pone el foco en lo que él y otros muchos llaman “inflación en dólares” [3]. Esto, de entrada, está mal. Técnicamente, el dólar en Venezuela no sufre de inflación como fenómeno monetario del dólar en sí, sino que es causa del rezago cambiario —aunque en la práctica se sienta exactamente igual—. Para entender esto es necesario separar le dinero de los precios: (i) está la inflación monetaria —que en realidad es lo que ha sido la inflación toda la vida, pero es necesario estipularlo así por fines didácticos— que es cuando la cantidad de dinero en la economía —oferta— supera su demanda, y en Venezuela, esto no existe, porque la demanda de dólares supera su oferta —¿O acaso alguien quiere tener sus ahorros en bolívares?—; y (ii) está la inflación de precios, que es cuando la moneda se deprecia, lo cual se traduce en subida de precios en la economía —aunque eso no significa necesariamente que veremos reflejado con la subida nominal de los precios en la economía[4]—. Lo que no te dicen es que, en circunstancias normales, no puede haber (ii) sin (i), así que, en rigor, se debe hablar de “inflación” sin adjetivos.

El problema es que casi ningún economista explica la dinámica correctamente y, por si fuera poco, Venezuela no entra en la categoría de “circunstancias normales”. En Venezuela, la perdida del poder adquisitivo del dólar se debe a distorsiones locales que hacen que exista algo llamado: “rezago cambiario”, que significa que los precios internos —en bolívares— suben a una velocidad mucho mayor de lo que sube el tipo de cambio —el precio del dólar—. Comprender esto es un tanto curioso, y paradójico, porque, en un escenario donde la demanda de dólares supera su oferta, se esperaría que los precios reflejados en dólares bajen, pero ocurre lo contrario. En este marco, alguno podría decir que la subida de precios en dólares se debe a la inyección de dólares por parte del Estado a la banca, intentando contener la tasa de cambio. Pero esto es un error. En otros lugares ya expliqué que, en un escenario con rezago, la inyección de dólares más bien reduce dicho rezago, causando que los precios en dólares aumenten menos de lo que hubiesen aumentado en caso de que haber inyección[5].

Sobre la propuesta de entregar bonos y el aumento de salarios

Comprender lo anterior es clave, porque si ya tenemos un problema de precios altos por falta de oferta en dólares y distorsiones estructurales, meter más dinero en la economía —vía bonos o aumento de salarios— sin aumentar la producción es echar más gasolina al fuego. A Oliveros y quienes exigen aumento de salarios les hace falta entender que, en una economía sana, el consumo es el premio final de la producción previa, e invertir esa causalidad bajo la premisa de que se “ayudará” a los trabajadores es profundamente irresponsable. Como ya mencioné, es patear el problema hacia adelante a costa de que el problema mañana sea aún peor. Parecen ignorar que en Venezuela se han aumentado bonos y salarios muchas veces, y eso no ayudó a aumentar la calidad de vida de forma sostenida en el tiempo, sino que profundizó la crisis —¿Ya se olvidaron de 2018-2019, y de todos los aumentos de salarios desde 1999 hasta 2022, o de bonos desde 1999 hasta 2026?—.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho. Muchos venezolanos creen que los problemas del país se solucionan vía decretos de aumentos salariales, emisión de derechos, regalo de viviendas, en suma, subsidios de todo tipo, sugiriendo que la solución a la miseria es la transferencia de renta y no la creación de valor, porque ninguno de esos personajes se pregunta en cómo crear un escenario adecuado para que los salarios reales se estabilicen o tiendan al alza a lo largo del tiempo, eliminando la dependencia del Estado.

La Venezuela de ahora y la Venezuela que queremos: ¿Qué necesitamos?

Venezuela no necesita parches de seis meses que se diluyen ante el primer ajuste de precios. Lo que el país requiere es una reestructuración que desmantele el andamiaje estatista y permita el florecimiento del libre mercado, porque la verdadera mejora en la calidad de vida no vendrá de la generosidad de un burócrata, sino de un escenario donde (a) la competencia atraiga capital, (b) la productividad determine el ingreso y (c) la estabilidad jurídica reemplace la dádiva. El salario no es una variable que algún economista puede determinar con fórmulas o modelos matemáticos en una tabla de Excel, sí es el resultado de la conjunción de los tres puntos ya mencionados. ¿Y qué necesitamos? Simple de decir, tortuoso de aplicar, pero no imposible[6]:

  1. Necesitamos una reforma monetaria y bancaria, porque el salario no puede subir si la moneda es una basura o si no hay crédito. Para ello, podríamos hacer tres cosas —las diré en orden, de más radical y eficaz a menos radical y eficaz, aunque cualquiera infinitamente mejor al escenario en el que nos encontramos actualmente, comprendiendo todo lo que implica cada uno de ellos—:
    1. Ir a un régimen de patrón oro para la moneda nacional, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y donde se separe legalmente los depósitos a la vista —con encaje legal 100%— de los préstamos a la vista —dejando a los bancos determinar por sí mismos qué encaje tendrán para mostrarse “solventes” y responder a sus acreedores—. Asimismo, dar paso al libre intercambio de monedas.
    1. Olvidar el patrón oro, pero yendo a un régimen de libre competencia de monedas, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y… —igual que el punto anterior—.
    1. Dolarizar oficialmente la economía. Algunos economistas pondrán diversas objeciones a esto —de la misma forma que con el punto 1.1. y 1.2.—, pero a esos economistas les digo que vayan a estudiar. Todos los fantasmas que rondan a la dolarización son, simplemente, falsos —empezando por el que dice que se pierde poder para controlar la oferta monetaria, tan solo vean el caso Ecuador—. Y si se va a usar esto de transición para alcanzar el 1.1. o 1.2., mejor aún.
  2. Necesitamos una seria reforma fiscal y tributaria. El Estado actual vive de asfixiar al sector privado que ha quedado reducido tras años de crisis. Esto se traduce en simplificación y reducción de impuestos —empezando por eliminar el IGTF—. El escenario ideal es que se vaya a un régimen de confederaciones y cada municipio compita con sus tasas de impuestos, pero eso en este momento es utópico; en el corto plazo es suficiente con simplificar y reducir impuestos —aunque si se apunta en el mediano plazo a lo segundo, mucho mejor. Al final, ¿No “trabajan” por el bien del trabajador? Pues, no hay nada mejor que eso, ¿O sí? ¿Lo hacemos por parroquias autónomas y con derecho de secesión?—.
  3. Necesitamos una reforma laboral que vea el contrato de trabajo como algo privado entre patrono y empleado. Se debe eliminar la inamovilidad laboral y los costos de despido absurdos —que hacen que el empresario tenga miedo de contratar—. El Estado no tiene por qué meterse en contratos privados, para eso existe el arbitraje en el Derecho —hablando de ello…,
  4. También necesitamos, más que una reforma, una reconstrucción de nuestro sistema legal en distintos ámbitos y niveles de profundidad, todo partiendo del respeto al individuo y la propiedad. Sin ello, nadie querrá invertir en Venezuela. Y si esto viene acompañado de la privatización de todas las empresas en manos del Estado —especialmente de servicios—, mejor. Es más, ese “excedente” que Oliveros quiere quemar en bonos podría ser el capital semilla para la transición hacia servicios privados eficientes, ¿Por qué no?[7].

Solo estas cosas es lo que permitirá alcanzar salarización de los bonos, porque, allí sí estamos de acuerdo: es necesario eliminar la estructura de bonos, el salario debe ser transparente, permitiendo que el trabajador vea su ingreso real y pueda planificar ahorros o créditos. Pero eso no se logra con subsidios, sino con mercado.

En este marco, yo pregunto:

  1. ¿Por qué Asdrúbal no propone usar ese excedente de ingresos petroleros para reestructurar el país, llevando a cabo todas las medidas necesarias, apuntando incluso a la dolarización, en lugar de regalar el dinero?
  2. ¿Por qué no habla primero de sanear las cuentas públicas, lo cual incluye el despido de trabajadores en nomina del Estado que no hacen absolutamente nada, para después, si acaso se apelará a ello, crear un fondo de reserva para responder a sus pagos mientras se llevan a cabo todas las reformas necesarias para el país?
  3. ¿Por qué no ofrece una lista de reformas que puedan sostener una mejor Venezuela y, por tanto, el aumento de salarios del que tanto le gusta hablar?
  4. ¿Qué pasará en el mes 7, cuando se deje de dar bonos, una vez que más de 2.4 millones de venezolanos hayan aumentado sus gastos por contar con un ingreso adicional de USD$ 250, pero no se haya creado el escenario para mejorar las cosas en el país?
  5. ¿Por qué las personas en general no hablan de atacar problemas de fondo y no los síntomas de un cáncer que ya llegó a los huesos de la sociedad venezolana?
  6. ¿Por qué no se propone bajar impuestos y usar los recursos para optimizar el sistema energético nacional, puesto que buena parte de los ingresos de las empresas son robados por el Estado y, por si fuera poco, deben invertir dinero en la autogeneración eléctrica, cisternas de agua y logística de combustible para poder operar en su cotidianidad? ¿Acaso no permitiría esto a los empresarios subir el salario de sus trabajadores por si mismos[8]?

Mantener el silencio ante tales desvaríos es aceptar que la economía venezolana sea reducida a un ejercicio de caridad administrada, y me niego a ello. Por eso, resalto que la propuesta de Asdrúbal Oliveros no es una solución, sino el síntoma de una élite intelectual[9] que, por miedo al cambio radical, o por complacencia con el modelo extractivo, o simplemente por ignorancia, prefiere administrar la agonía con parches antes que defender las reformas que el país reclama. Debemos comprender que si seguimos exigiendo y celebrando aumentos de salarios por decreto y llegadas de bonos efímeros, seguiremos siendo esclavos de la discrecionalidad de un burócrata y de la inflación que algunos “expertos” alimentan. ¡Es suficiente!


[*] Este texto fue originalmente publicado en: Humano Insurrecto.

[1] MundoURenVivo. 2026. Román Lozinski en Agenda Económica con Asdrúbal Oliveros 08.04.2026. Video de YouTube. En: https://www.youtube.com/watch?v=uLnPf-nnPkk (Cit. 11/04/2026). 

[2] Sirva esto de corolario para evidenciar la incapacidad de Oliveros para comprender el escenario venezolano y, en consecuencia, de facto, queda minusválido mucho de lo que pueda decir al respecto.

[3] A esa narrativa, de hecho, se apega cierto sector para decir que “los venezolanos nos estamos matando entre nosotros mismos” y pedir más control estatal para el “perverso comerciante, imperialista, especulador y capitalista” que arremete contra “el pueblo”. Todos ellos, sin embargo, saben de economía lo que sabe mi tortuga mascota de astrofísica.

[4] Eso no te lo dicen el común de los economistas, porque tienden a ser malos lectores y, por consiguiente, se quedan solo con lo enseñado en la universidad —que no se ajusta del todo a la realidad y la eficacia de las herramientas de análisis de los fenómenos económicos queda en entredicho—. Para ilustrar el punto señalado en el párrafo, imagine una economía donde las empresas invierten para automatizar y optimizar procesos de producción, abaratando los costos y, con ello, pudiendo bajar los precios al consumidor, en aras de que pueda vender más. No obstante, si alguna entidad inyecta más dinero a la economía —argumentando, por ejemplo, que es necesario para dinamizarla—, los precios de los productos que antes tenderían a bajar pueden quedarse igual —ni subir, ni bajar—. En este escenario, un economista común, guiándose por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), te diría que “no hubo inflación” en ese periodo de tiempo, y quizá saldría algún político vanagloriándose porque en su gestión “no hubo inflación”, pero nadie está viendo que, al inyectar dinero, los precios que antes iban a bajar ahora se mantuvieron iguales. Ergo, la moneda igual se depreció, pero no “aumentaron los precios”.

[5] Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2023. Hiperinflación: un fenómeno incomprendido; respuesta al libro de Pascualina Cursio. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/hiperinflacion-un-fenomeno-incomprendido-respuesta-al-libro-de-pascualina-cursio/ (Cit: 11/04/2026). Desde la sección: “Pascualina, dólar implícito y tasa de cambio”, en adelante. Para el ciudadano común, si ayer un café costaba USD$ 2 y hoy cuesta USD$ 3, su percepción inmediata es “el dólar se infló”, cuando en realidad lo que ocurrió fue que (i) el costo de vida subió en bolívares y (ii) el tipo de cambio no se ajustó en la misma proporción. En este escenario, una inyección de dólares ayuda a reducir el rezago cambiario vía depreciación de la divisa.

[6] Bueno, sí imposible si quienes tienes el poder, sumado a quienes pretenden tenerlo y quienes hacen propuestas limpias de sensatez, siguen por el camino que vienen. Claro está que la supervivencia política de la mayoría depende de que la economía se mantenga igual.

[7] En un marco de transparencia, claro está, que no es el que tenemos ahora. Ergo, para llegar allí también se necesitan llevar a cabo muchos cambios.

[8] En los últimos años, mientras el sector público se quedó estancado en sus salarios, el sector privado, a pesar de la crisis, comenzó a pagar a sus empleados por encima del sueldo mínimo. Esto demuestra que no se necesita del Estado para mejorar la calidad de vida de los trabajadores en Venezuela, más bien todo lo contrario, es un obstáculo que limita a las empresas de explotar su máximo potencial, beneficiando a sus empleados en el camino.

[9] Así convertido por la masa, porque yo no les tengo respeto alguno a sus ideas.

La gran estafa: cómo el progresismo secuestró la palabra “libertad” para destruirla

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.”

María José Salinas

Hay una mentira que se ha repetido hasta el cansancio y ya suena como verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad. Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos” … lo dicen con tal convicción que dudar de ello casi parece un acto de mala fe. Pero esa seguridad absoluta es justamente lo que debería ponernos en alerta, porque apropiarse del lenguaje de la libertad no es lo mismo que defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa: vender libertad en las palabras y estrangularla en los hechos.

La verdadera libertad, esa que incomoda, la que no pide permiso, nunca salió del colectivismo, sino que nació de una idea simple y radical: cada individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo vieron con una claridad que hoy muchos prefieren ignorar; si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es solo un favor que te hace el poder.

Por eso la libertad no se puede partir en pedazos. No puedes exigir control absoluto sobre tu cuerpo y al mismo tiempo aceptar que el Estado te quite, como si nada, el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras decretas qué opiniones son aceptables y cuáles merecen cancelación. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, inflar el Estado hasta convertirlo en el gran tutor, juez y carcelero de la vida ajena.

La libertad auténtica es indivisible, y eso es lo que más les molesta. Les molesta a los progresistas porque les obliga a soltar su vicio favorito: meterse en la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también le molesta a cierta derecha que todavía cree que puede legislar la moral privada desde el Congreso.

El cuento oficial es demasiado conveniente: izquierda = liberación; derecha = opresión. Y millones lo repiten sin tomarse la molestia de revisar la historia. Pero eso pasa porque saben que la historia no perdona. El Che y Fidel hoy convertidos en camisetas fashion persiguieron, metieron a la cárcel y mandaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba, se fusilaba o se enviaba al gulag. Y no era la excepción a la regla, era el resultado lógico de darle poder absoluto a quien se cree poseedor de la verdad.

Cuando el poder se concentra tanto, la libertad deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio que te pueden quitar cuando les dé la gana. Y hoy ese proceso ya no necesita disfraces; en Cuba, Venezuela y Nicaragua el progresismo se quedó sin eufemismos: el que piensa diferente es reprimido, censurado o encarcelado por el sistema, sin rodeos.

Mientras tanto, el circo sigue. Artistas, influencers y activistas llegan de países con economías más o menos abiertas se hospedan en hoteles emblemáticos de lujo como el Nacional, el Meliá o el Bristol Habana Vieja con piscinas, aire acondicionado y luces que nunca se apagan, y usan los mismos recursos (agua, electricidad, comida y combustible) que el régimen debería destinar a la población. Todo esto mientras Cuba atraviesa una de las peores crisis humanitarias en décadas: apagones masivos que han dejado a millones sin luz por 12, 16 o hasta más de 20 horas, alimentos que se pudren sin refrigeración, colas eternas para un pedazo de pan y una escasez de combustible que ya tiene al país al borde del colapso.

Desde su burbuja climatizada, posan para Instagram y luego le exigen “resistencia” y “soberanía” al cubano de a pie que lleva más de sesenta años aguantando la misma tiranía, y que ahora, en pleno 2026, apenas sobrevive entre velas, hambre y oscuridad.

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.

Ese contraste no es una simple anécdota, es la radiografía moral del progresismo contemporáneo: más apegado a su narrativa que a la realidad, más interesado en mantener su aura de superioridad ética que en reconocer los hechos que le estallan en la cara.

En México la trampa es aún más fina y cínica. Se habla de más gasto público, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente importante el Estado de derecho sigue brillando por su ausencia. No faltan leyes, faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas bonitas, sobran incentivos torcidos.

Al final, tanto el paternalismo progresista como el moralismo conservador comparten el mismo pecado de fondo: no confían en el individuo. Uno quiere criarlo con subsidios y el otro vigilarlo con prohibiciones. Los dos terminan asfixiándolo.

Por eso la frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso, sino una contradicción en los huesos. La libertad no se divide. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.

Mientras México siga atrapado en esa falsa pelea izquierda-derecha, seguiremos dando vueltas en el mismo hoyo. El verdadero cambio no llegará cambiando de partido. Llegará cuando por fin cambiemos las ideas que nos han llevado al fracaso una y otra vez.

Los países que sí avanzaron Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia no lo hicieron concentrando más poder, sino liberando al individuo. Los resultados saltan a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el espejo más cruel de lo que pasa cuando se lleva la idea contraria hasta el final.

México no necesita más gobierno, sí menos ilusión. Necesita entender de una buena vez que la libertad no se pide, se ejerce; que los derechos no se negocian por subsidios; y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.

«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo ya sea una raza, una clase o un Estado. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”, expresó Ayn Rand en una oportunidad.

El problema de fondo nunca ha sido solo quién gana las elecciones. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con una crudeza brutal. Es tiempo de que como ciudadanos tomemos la responsabilidad del futuro de nuestros países. Leer, cuestionar e informarnos debería ser obligación y regla para ejercer un voto consciente y con la responsabilidad que ello implica.

LOLA denuncia la violación de los DD. HH. en Venezuela y acompaña a los familiares de presos políticos exigiendo su liberación

Caracas – Hace poco, la organización Ladies Of Liberty Alliance (LOLA), una alianza de mujeres a nivel global que tiene como fin educar y empoderar a las mujeres para que sean agentes de cambio en la sociedad, con el fin de artícular y construir una sociedad fundamentada en la libertad, organizó un evento en las instalaciones de la UCAB para informar y contienzar sobre la violación sistemática de los DD. HH. llevado a cabo por el régimen chavista en Venezuela.

LOLA dando espacios para hablar de la violación de DD. HH y exponer el tema de los presos políticos en Venezuela

El evento estuvieron varios capítulos del liderazgo de LOLA en el país, entre ellas: Andrea Castellano, de Maracaibo; Isabella Antichan, de Yaracuy; y María Oropeza, de Portuguesa. Con respecto Oropeza, es necesario recordar que ella misma fue victima del régimen y estuvo en sus mazmorras durante más de un año, y fue recientemente liberada, dada la presión que ejerce EE. UU. al regimen venezolano, tras la captura del genocida dictador que sometía a Venezuela, Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero. Oropeza compartió su experiencia y recordó que solo la libertad es lo que hace grande a los paises.

Además, se contó con la particupación de Gaby Álvarez, quien es famosa por acompañar a los presos políticos desde hace años, denunciando la liberación de los mismos. Álvarez expuso lo fuerte que es ir absolutamente todos los días a dar fortaleza moral, entre otro tipo de apoyos logisticos, a los familiares de los presos políticos que incansablemente se ubican a las afueras de los centros de reclusión del chavismo, donde los disidentes al régimen son torturados.

Gaby Álvarez hablando sobre su experiencia con los familiares de los presos políticos, en un evento realizado por LOLA para concientizar sobre el tema.

Luego del encuentro en las instalaciones de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), los asistentes, incluyendo las coorganizadoras del evento, miembros de LOLA, fueron invitadas a la famosa «Esquina de la libertad», el lugar donde todos los días los familiares de los presos políticos encerrados en el helicoide —el centro de tortura más famoso del régimen chavista— se ubican para exigir la liberación de los presos políticos.

LOLA aceptó con gusto y, una vez en el lugar, aprovechó la oportunidad para denunciar las arbitrariedades del régimen chavista y exigir la liberación de los presos políticos. En este marco, Andrea Castellano recordó que el regimen chavista aun no ha liberado a todos los presos, a pesar de que así lo prometió tras aprobar la Ley de amnistía, semanas despues de los eventos del 3 de enero. Asimismo, destacó que no hay el hecho de pensar diferente no es una razón suficiente para privar a alguien de su libertad, y que la libertad de expresión es, de hecho, sumamente importante si queremos hablar de «Democracia».

Es necesario señalar que la mayoría de los familiares que se encuentran en la Esquina de la Libertad lo son de presos políticos militares, especialmente de aquellos que vincluaron con la Operación Gedeón, de los cuales el régimen chavista tiene desaparecido a varios, sin querer dar respuesta al respecto.

De esta forma, LOLA se suma a la denuncia masiva que han hecho en Venezuela para que el chavismo libera a los presos políticos, incluyendo los militares, porque una nueva Venezuela no puede ser construida a la sombra de todas las violaciones de DD. HH. y crimenes que han realizado quienes durante los últimos 27 años han ostentado el poder en Venezuela.

LOLA forma a la ciudadanía venezolana sobre el desarrollo de las mujeres en el libre mercado

Caracas – Miembros de la organización Ladies Of Liberty Alliance (LOLA) han llevado a cabo un evento formativo sobre Mujeres y los mercados libres, explicando cómo el libre mercado es el camino que se ha de tomar si de verdad se quiere que las mujeres se desarrollen plenamente, encontrando más oportunidades en el camino.

En el evento, organizado por diferentes capítulos de LOLA que hacen vida en el país y al que asistieron más de 70 personas, participaron mujeres emprendedoras del país, resaltando que el libre mercado, el respeto a la propiedad y una institucionalidad fuerte en defensa de la libertad, es lo que ha dado oportunidades a las mujeres para poder crecer personal y profesionalmente.

El mismo se llevó a cabo en los espacios de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), y Oriana Aranguren, coorganizadora y líder del capítulo de Caracas, y quien además tiene un artículo sobre el tema, ha destacado que el evento se debe a la celebración del mes de la mujer.

Cabe señalar que se contó con la participación de María Oropeza, quien forma parte de la organización, y tuvo una participación donde explicó la famosa historia de cómo se fabrica un lapiz, para destacar la importancia del libre comercio, pero adaptandolo a lo femenino explicandolo con un lapíz labial.

Cabe señalar que LOLA es una alianza de mujeres a nivel global que tiene como fin educar y empoderar a las mujeres para que sean agentes de cambio en la sociedad, con el fin de artícular y construir una sociedad fundamentada en la libertad.