México no está en guerra, solo entierra a sus muertos

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

“En un país donde la violencia se vuelve paisaje, el Estado amplía sus capacidades de identificación, los contrapesos pierden fuerza y el poder exhibe a sus críticos. La libertad también se pierde cuando una sociedad se acostumbra a cederla.”

María José Salinas

México no está en guerra. No existe una invasión extranjera, las alarmas antiaéreas no interrumpen nuestras noches y ningún ejército enemigo avanza sobre el territorio nacional. No hay una declaración formal de guerra ni ciudades sitiadas por tropas extranjeras. Y, sin embargo, durante 2025 el país registró preliminarmente cerca de 28 mil homicidios.

La cifra debería bastar para incomodarnos sin necesidad de compararla con ningún conflicto extranjero. La pregunta verdaderamente perturbadora es cómo consiguió un país que formalmente vive en paz acostumbrarse a contar sus muertos por decenas de miles cada año. Quizá hemos construido una categoría propia: una paz en la que se asesina, se extorsiona y se desaparece; una normalidad donde millones de personas modifican horarios, rutas y costumbres para reducir la posibilidad de convertirse en la siguiente estadística.

Aquí no hay sirenas que anuncien bombardeos, pero sí comerciantes que reciben mensajes exigiendo derecho de piso. No vemos tropas extranjeras, pero conocemos carreteras que evitamos por miedo. No existen refugios subterráneos, pero hay madres que recorren terrenos y fosas clandestinas buscando a sus hijos con herramientas que, demasiadas veces, tuvieron que comprar ellas mismas. La violencia primero ocupa las primeras planas, después se transforma en una cifra y finalmente se incorpora a la rutina. México no está en guerra: ha aprendido a enterrar a sus muertos en tiempos de paz.

Frente a semejante realidad cabría esperar un Estado obsesionado con perseguir criminales, profesionalizar policías, fortalecer fiscalías, combatir la extorsión, localizar desaparecidos y reconstruir un sistema de justicia capaz de devolverle al ciudadano la confianza perdida. Sin embargo, mientras seguimos esperando resultados en esas materias, el propio Estado amplía sus mecanismos para identificar a quienes sí puede localizar: los ciudadanos que cumplen la ley.

Un Estado que identifica, pero no siempre protege

Desde 2026, las líneas móviles deben estar vinculadas con una persona física o moral. La medida ha sido presentada como un instrumento para combatir la extorsión, el fraude telefónico y la suplantación de identidad. El objetivo puede parecer razonable; la pregunta democrática, sin embargo, sigue siendo indispensable: ¿en qué momento la incapacidad estatal para perseguir eficazmente a quienes delinquen justifica imponer nuevas obligaciones de identificación a millones de ciudadanos que no han cometido ningún delito?

Las compañías telefónicas realizan la vinculación y resguardan los datos; según la autoridad reguladora, no existe una base gubernamental única que concentre todos los registros. No obstante, ante investigaciones relacionadas con delitos, las autoridades competentes pueden solicitar información a las empresas conforme a las disposiciones legales aplicables. El debate, por tanto, no debe reducirse a la disyuntiva infantil de estar a favor de la seguridad o a favor de los delincuentes. Una democracia madura puede combatir el crimen y, al mismo tiempo, discutir los límites del poder. De hecho, debe hacerlo.

La contradicción de fondo resulta difícil de ignorar: vivimos en un país donde miles de familias continúan buscando a personas desaparecidas mientras el aparato estatal desarrolla mayores capacidades para identificar a quienes sí están presentes. Dicho de otra manera, el mismo Estado que demasiadas veces no logra encontrarte cuando desapareces quiere tener certeza de quién eres cuando te comunicas. Puede tener razones legítimas para buscarlo; precisamente por eso los ciudadanos debemos exigir reglas legítimas, controles verificables y consecuencias ante cualquier abuso.

La discusión sobre privacidad suele quedar atrapada en un error recurrente: evaluamos las facultades del Estado según la confianza que sentimos por quien ocupa temporalmente el gobierno. Si confiamos en esa persona, las herramientas parecen inofensivas; si desconfiamos, descubrimos sus riesgos. Pero las instituciones no pueden diseñarse pensando únicamente en quien gobierna hoy. Deben resistir también a quien podría gobernar mañana. Esa es la diferencia entre confiar en un gobernante y construir una república.

Las libertades no pueden descansar sobre la promesa de que la autoridad utilizará correctamente sus atribuciones. Si dependieran de su buena voluntad, dejarían de ser derechos para convertirse en concesiones. La privacidad tampoco consiste en esperar que el gobierno se porte bien, sino en establecer reglas y contrapesos capaces de impedir que se porte mal sin enfrentar consecuencias. Por eso las preguntas son inevitables: ¿quién puede solicitar información?, ¿en qué circunstancias?, ¿quién autoriza su entrega?, ¿quién supervisa el procedimiento?, ¿puede el ciudadano impugnarlo? Y, sobre todo, ¿qué institución conserva la independencia suficiente para decirle que no al poder cuando sea necesario?

El contrapeso que debe proteger al ciudadano

Esa última pregunta conduce al Poder Judicial. El sistema mexicano nunca fue perfecto: durante décadas acumuló señalamientos por corrupción, nepotismo, lentitud, privilegios y decisiones incomprensibles. Defender su independencia no exige idealizar a los jueces ni negar los vicios históricos de la institución. México necesitaba -y continúa necesitando- una justicia más eficiente, accesible y confiable. Sin embargo, reconocer la necesidad de una reforma no obliga a aceptar que cualquier transformación fortalece automáticamente al sistema.

La reforma judicial modificó profundamente el mecanismo de selección de jueces, magistrados y ministros. La primera elección judicial federal registró una participación cercana al 13 por ciento y estuvo rodeada por una discusión pública sobre los llamados ‘acordeones’, materiales que recomendaban determinadas candidaturas. Desde 2024, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos había advertido sobre posibles afectaciones a la independencia judicial, el acceso a la justicia y la vigencia del Estado de derecho.

La discusión nunca debió reducirse a escoger entre defender una vieja élite judicial o respaldar incondicionalmente el nuevo modelo. La pregunta esencial es otra: ¿quién protegerá al ciudadano cuando sea el propio gobierno quien vulnere sus derechos? La independencia judicial importa no porque los jueces sean moralmente superiores, sino porque alguien debe ser capaz de detener al poder.

Durante décadas, el juicio de amparo ha sido una de las herramientas fundamentales del ciudadano frente a los actos de autoridad. Un juez puede suspender una decisión, frenar un daño potencialmente irreparable y recordar al Estado que incluso una mayoría política encuentra límites en la Constitución. Por eso la independencia del árbitro es más importante que su simpatía ideológica: la justicia no debe estar cerca del gobierno ni de la oposición, sino conservar la distancia suficiente para revisar a ambos.

Cuando el Ejecutivo, la mayoría legislativa y una parte sustancial de las instituciones encargadas de revisar sus actos comparten un mismo proyecto político, la cuestión de los contrapesos deja de ser académica. Se convierte en una pregunta ciudadana: ¿quién puede decir que no? Una Constitución puede enumerar decenas de derechos, pero un derecho sin una institución independiente capaz de hacerlo valer frente al poder corre el riesgo de convertirse en una promesa escrita con excelente caligrafía.

Cuando el poder individualiza a sus críticos

Dentro de ese contexto adquiere una dimensión distinta una escena reciente que debería incomodar a cualquier demócrata, independientemente de sus simpatías políticas. Desde una conferencia presidencial se proyectaron nombres y cuentas de periodistas, comunicadores, medios y ciudadanos críticos. El gobierno defendió el ejercicio como un análisis de tendencias digitales. Precisamente ahí comienza el problema: una democracia no solo debe preguntarse si el gobierno puede hacer algo, sino qué mensaje envía cuando decide hacerlo.

Si el objetivo era estudiar una conversación digital, ¿resultaba indispensable individualizar públicamente determinadas cuentas desde la principal tribuna política del país? Si se pretendía responder argumentos, ¿por qué colocar identidades particulares frente a una maquinaria de comunicación gubernamental cuya capacidad de amplificación supera por mucho a la de cualquier ciudadano? Y si no existía intención de señalar, ¿por qué tantas personas interpretaron el ejercicio precisamente como un señalamiento?

No hace falta compartir una sola opinión de quienes aparecieron en aquella exposición para comprender el riesgo. Esa es, de hecho, la prueba decisiva: la libertad de expresión no fue creada para proteger únicamente las ideas con las que coincidimos, sino para garantizar el desacuerdo. El poder, además, siempre encuentra términos amables para describir sus facultades. La vigilancia puede justificarse como seguridad; la propaganda, presentarse como información; el señalamiento, explicarse como derecho de réplica; y una relación pública de nombres, describirse como análisis.

Nada de ello significa que toda acción gubernamental de esa naturaleza constituya automáticamente autoritarismo. Significa algo más elemental: ninguna debe quedar exenta de escrutinio solo porque la autoridad asegure tener buenas intenciones. Cuando desde el poder se exhibe a ciudadanos críticos, el mensaje no termina en quienes aparecen en una pantalla. También lo reciben periodistas, académicos, empresarios, activistas, estudiantes y personas comunes que quizá mañana tengan algo incómodo que preguntar.

Ahí surge uno de los mecanismos políticos más antiguos y eficaces: la autocensura. Un gobierno no necesita silenciar directamente a millones de personas si consigue que suficientes ciudadanos concluyan que hablar puede traerles problemas. El miedo político alcanza su máxima eficiencia cuando deja de necesitar una orden y el ciudadano comienza a censurarse solo.

La erosión que se vuelve costumbre

Solemos imaginar las tiranías como una escena cinematográfica: tanques entrando a una plaza, militares clausurando un Congreso, periódicos cerrados y opositores encarcelados. A veces ocurre así; muchas otras, no. Las democracias también pueden erosionarse lentamente mediante procesos legales, reformas aprobadas por mayorías, controles justificados por emergencias, instituciones que pierden autonomía y pequeños abusos que la sociedad aprende a tolerar porque cada uno, observado por separado, parece insuficiente para encender todas las alarmas.

El peligro está en la secuencia. Primero se desacredita a los contrapesos porque son corruptos; después se transforma su composición porque deben democratizarse; más tarde se amplían las capacidades de identificación porque necesitamos seguridad; finalmente se exhibe a críticos porque el gobierno también tiene derecho a defenderse. Cada argumento puede contener una parte de verdad. La pregunta está en el resultado conjunto.

¿Cuándo comienza exactamente una tiranía: cuando se encarcela al primer opositor, cuando se clausura un periódico o mucho antes, cuando la sociedad considera razonable que el gobierno determine cuáles voces son legítimas y cuáles merecen ser señaladas? ¿La libertad de expresión desaparece únicamente cuando está prohibido hablar, o empieza a deteriorarse cuando hacerlo adquiere un costo suficientemente alto para que muchos prefieran callar? Ningún proyecto autoritario anuncia que desea menos libertad; siempre encuentra una causa noble -la seguridad, la justicia, la igualdad o la voluntad popular- para solicitar un poco más de poder.

Por eso la democracia no consiste en desconfiar únicamente de los gobernantes que detestamos. Consiste en limitar también a aquellos que admiramos.

La protesta que cambió de relación con el poder

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que una parte importante de la sociedad mexicana encontraba perfectamente legítimo cuestionar al presidente desde las calles, las universidades, los medios y las redes. Movimientos como #YoSoy132 o las movilizaciones posteriores a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa fueron expresiones distintas de una misma idea democrática: el poder debe soportar la incomodidad de una ciudadanía que pregunta.

Hoy siguen existiendo razones para indignarse. Persisten la violencia, las desapariciones, la extorsión y la impunidad; continúa la discusión sobre la militarización de tareas civiles, y a ella se suman cuestionamientos sobre la privacidad, los contrapesos institucionales y la manera en que el poder responde a sus críticos. ¿Dónde está, entonces, aquella capacidad de movilización?

Durante décadas, una parte importante de la izquierda latinoamericana desarrolló una enorme habilidad para organizar el descontento, articular movimientos, construir consignas y convertir agravios legítimos en presión política. Eso, por sí mismo, no es condenable: es política. El problema aparece cuando los estándares para juzgar al poder cambian dependiendo de quién lo ocupa. Entonces la protesta que ayer era resistencia se convierte en conspiración; la crítica que representaba conciencia ciudadana pasa a describirse como golpismo; el periodista incómodo que cuestionaba al gobierno anterior era valiente, pero quien cuestiona al propio se transforma, convenientemente, en mercenario.

Las causas no desaparecieron y las víctimas tampoco. Lo que cambió, para muchos, fue su relación con el poder. De ahí una frase incómoda que resume la contradicción: la protesta no murió; cambió de nómina. Sin embargo, el fenómeno no pertenece exclusivamente a la izquierda. La derecha ha cometido el mismo pecado cuando justifica abusos, corrupción o excesos de gobiernos propios mientras denuncia con furia los del adversario.

Ese es el punto: quien condena un abuso cuando lo comete su enemigo, pero encuentra una excusa cuando lo comete su partido, no defiende un principio, sino una identidad política. El abuso no cambia de naturaleza según el color de quien lo comete; la censura no se vuelve democrática porque provenga del partido correcto, ni la vigilancia se transforma en libertad porque la administre un gobierno popular. Los derechos que solo defendemos para quienes piensan como nosotros dejan de ser derechos y se convierten en privilegios ideológicos.

Mientras alguien conserve su voz

La relación de periodistas, comunicadores y ciudadanos exhibidos desde la conferencia presidencial puede encontrarse en redes sociales. Vale la pena buscarla, no para convertir automáticamente a cada persona que aparece ahí en héroe ni para asumir que todas sus opiniones son correctas, sino para leer, escuchar, contrastar y decidir por cuenta propia. Seguir una voz crítica no significa obedecerla; significa defender la existencia de un espacio en el que pueda hablar.

Si el propósito de exhibir determinadas voces era desacreditarlas, la respuesta de una ciudadanía libre debería ser ampliar la conversación. Si se pretendía aislarlas, podemos escuchar sus argumentos y juzgarlos nosotros mismos. Y si alguien esperaba que el señalamiento produjera silencio, la respuesta más democrática es multiplicar las voces. El gobierno posee instituciones, presupuestos y transmisiones oficiales; el ciudadano conserva algo aparentemente más frágil, pero decisivo: su criterio.

Sería fácil terminar esta reflexión desde el pesimismo. La violencia se ha normalizado hasta niveles que deberían resultarnos intolerables; las instituciones atraviesan transformaciones profundas y la tecnología amplía las capacidades del Estado. A ello se suma el cansancio producido por tantos escándalos, cifras, muertos y promesas. Quizá el mayor peligro no sea únicamente el miedo, sino el agotamiento: ese momento en que una sociedad deja de preguntar porque concluye que preguntar ya no sirve.

Pero la historia nunca queda completamente en manos del poder. Cada gobierno que intentó administrar la verdad encontró ciudadanos dispuestos a cuestionarla; cada proyecto que quiso uniformar el pensamiento enfrentó alguna voz que se negó a repetir el libreto. Ahí reside la esperanza: no en esperar que el gobierno decida voluntariamente limitarse, ni en sustituir un caudillo por otro, sino en una ciudadanía suficientemente adulta para comprender que ningún gobernante es su dueño, ninguna mayoría posee facultades ilimitadas y ningún proyecto político merece lealtad incondicional.

La democracia no consiste solamente en votar, sino también en vigilar a quien ganó, especialmente si votamos por él. Consiste en defender el derecho de nuestros adversarios a decir cosas que detestamos, porque algún día podemos ser nosotros quienes necesitemos esa misma protección. Y consiste en preguntar cada vez que el poder solicite un poco más de confianza, más información o menos resistencia: ¿por qué?, ¿hasta dónde?, ¿quién te vigila a ti?

Hoy fueron algunos nombres en una pantalla. Mañana puede ser cualquier ciudadano que formule una pregunta incómoda. Sin embargo, mientras exista una persona dispuesta a hacerla, otra decidida a defender su derecho a formularla y muchas más capaces de negarse a entregar su criterio a cambio de comodidad, el silencio nunca será completo.

La libertad rara vez desaparece de un día para otro; a veces se pierde porque dejamos de ejercerla, de preguntar y de incomodarnos. También puede sobrevivir porque alguien decide que existe una frontera que el poder no debe cruzar, porque alguien se niega a callar o porque alguien recuerda que ser ciudadano significa algo más que ser gobernado.

México no está en guerra. México entierra a sus muertos, discute sus libertades y decide todos los días cuánto poder está dispuesto a entregar a cambio de la promesa de sentirse seguro. La historia todavía no está escrita: mientras haya ciudadanos dispuestos a preguntarle al poder quién lo vigila, a defender el derecho del adversario a disentir y a recordar que la libertad no se hereda intacta, permanecerá algo que ningún gobierno podrá administrar por completo: nuestra decisión de seguir siendo libres. Mientras esa decisión permanezca viva, todavía hay esperanza.


Referencias

INEGI. Estadísticas preliminares de defunciones registradas por homicidio, 2025.

Comisión Reguladora de Telecomunicaciones. Lineamientos para la identificación de líneas telefónicas móviles.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pronunciamiento sobre la reforma judicial en México y sus posibles efectos en la independencia judicial, el acceso a la justicia y el Estado de derecho, 2024.

Instituto Nacional Electoral. Cómputos y participación ciudadana de la elección extraordinaria del Poder Judicial de la Federación, 2025.

Majo Salinas, La libertad no se agradece al poder: se ejerce, se defiende y se vigila. liberalesdisidentes.com

EE. UU. anuncia el despliegue de su portaaviones Nimitz en aguas del Caribe en medio de sus fuertes presiones a Cuba

El Ejército de EE. UU. ha informado este miércoles del despliegue de su portaaviones Nimitz en aguas del mar Caribe, en plena escalada de tensiones, presiones y amenazas contra la dictadura que somete al pueblo cubano.

«¡Bienvenido al Caribe, grupo de ataque del portaaviones Nimitz!», ha indicado el Comando Sur de EE. UU. (SOUTHCOM) en un mensaje publicado en redes sociales en el cual ha asegurado que el USS Nimitz «ha demostrado su destreza en combate en todo el mundo, garantizando la estabilidad y defendiendo la democracia desde el estrecho de Taiwán hasta el golfo Pérsico».

A renglón seguido, el comando norteamericano ha reivindicado como «el paradigma de la preparación y la presencia, de un alcance y letalidad sin igual, y de la ventaja estratégica» al referido portaaviones USS Nimitz, a la unidad de aviación naval Ala Aérea Embarcada, al destructor USS Gridley y al buque de aprovisionamiento logístico USNS Patuxent.

Este anuncio está enmarcado en pleno endurecimiento del intercambio de declaraciones entre Washington y La Habana hasta el punto de que este mismo miércoles, poco después de que EE. UU. haya impuesto nuevas sanciones contra el régimen dictatorial de la isla, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha propuesto al pueblo cubano entablar una «nueva relación» directa, sin la tutela de las autoridades isleñas, a las que ha acusado de «saquear miles de millones de dólares», a través de empresas como el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), un conglomerado propiedad de las Fuerzas Armadas cubanas.

«Mientras ustedes sufren, estos empresarios tienen USD$ 18.000 millones en activos y controlan el 70% de la economía de Cuba (…) Todo pasa por sus manos», dijo horas antes Rubio en un mensaje en vídeo en español publicado en redes sociales, agregando que, a su juicio, «la verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible ni alimentos (en la isla) es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares, pero nada ha sido utilizado para ayudar al pueblo».

Cabe señalar que a ello se suma la imputación, también este mismo miércoles, por parte del Departamento de Justicia de EE. UU., del jerarca de la dictadura cubana Raúl Castro, por el derribo en 1996 de dos aviones civiles en aguas internacionales pertenecientes a la organización de exiliados cubanos Hermanos al Rescate, incidente en el que perdieron la vida tres estadounidenses y un residente en el país norteamericano.

La paradoja de la seguridad en Colombia: más allá del prohibicionismo armado

Cristian Romero, abogado Penalista, docente universitario, Coordinador Nacional de EsLibertad Colombia, Investigador jurídico, candidato a magister en derecho penal, columnista y conferencista.

“Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria.”

Cristian Romero

Durante décadas, el debate sobre la seguridad en Colombia se ha movido entre dos extremos igual de insuficientes: quienes creen que el monopolio estatal absoluto sobre los medios de defensa garantiza automáticamente el orden público, y quienes reducen cualquier discusión sobre armas a consignas ideológicas. El problema es que la realidad colombiana no cabe en ninguno de esos simplismos, tanto por el contexto de violencia actual como por la violencia histórica que ha atravesado el país.

Hace bastante tiempo he estado trabajando en una propuesta que brinde una solución real a esta problemática y amplíe el marco de libertad en torno a la defensa de los colombianos. Se trata de mi investigación presentada en la maestría en derecho penal de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, la cual parte de una incógnita distinta: ¿qué ocurre cuando el Estado restringe de manera casi total el acceso legal a los medios de defensa personal en un país donde la violencia armada continúa siendo ejercida, principalmente, por actores ilegales que jamás han obedecido la ley?

El régimen colombiano de armas, estructurado alrededor del Decreto 2535 de 1993, descansa sobre una lógica que merece ser revisada con rigor jurídico y no con prejuicios políticos ni ideológicos. La regulación actual termina produciendo una consecuencia profundamente contradictoria: restringe principalmente al ciudadano que sí está dispuesto a cumplir la ley, mientras que el criminal continúa obteniendo armas por fuera del sistema legal. No estamos frente a una hipótesis ideológica, sino frente a un problema estructural. En Colombia, obtener legalmente un permiso de porte implica atravesar una cadena de barreras económicas, administrativas y burocráticas que convierten el acceso en un privilegio reservado para pocos sectores con capacidad económica o influencia política. Entre permisos, exámenes, cursos y adquisición del arma, el costo puede superar ampliamente varios salarios mínimos. Lo que termina generando un resultado práctico bastante evidente, a saber: el sistema no selecciona portadores por conducta, estabilidad emocional o responsabilidad individual, sino por capacidad económica o posición social.

Este punto es central. La jurisprudencia colombiana, particularmente en la Sentencia C-296 de 1995, ha sentado una base importante frente a esta problemática y a la interpretación que el derecho penal moderno realiza sobre ella: este no castiga personas por el supuesto peligro abstracto que representan, sino por conductas concretas que lesionan bienes jurídicos de tutela. El principio de derecho penal de acto impide que el Estado convierta la mera posibilidad de riesgo en fundamento suficiente para restringir indiscriminadamente libertades individuales. Sin embargo, gran parte del enfoque actual sobre armas termina operando precisamente bajo esa lógica: asumir que el ciudadano civil, por el simple hecho de aspirar a un mecanismo de defensa personal, constituye un peligro potencial.

La viabilidad constitucional del modelo

Mi investigación cuestiona esa premisa desde una perspectiva constitucional y del derecho penal. La Constitución colombiana no prohíbe de manera absoluta el porte civil. El artículo 223 establece el monopolio estatal sobre la fabricación e introducción de armas y municiones, pero al mismo tiempo permite que la ley regule las condiciones bajo las cuales los particulares pueden acceder a permisos otorgados por la autoridad competente. Esto tiene una consecuencia jurídica importante, puesto que la restricción vigente no proviene de una prohibición constitucional expresa, sino principalmente de decisiones administrativas y políticas públicas adoptadas a lo largo del tiempo.

El silogismo jurídico es relativamente claro:

  • Primera premisa: la Constitución admite el porte civil regulado.
  • Segunda premisa: el Congreso posee la facultad y libertad de configuración normativa para desarrollar el régimen jurídico correspondiente.
  • Tercera premisa: las restricciones actuales derivan, en gran medida, de políticas administrativas antes que de una prohibición constitucional absoluta.
  • Conclusión: el legislador colombiano puede ampliar legalmente el acceso regulado al porte de armas sin necesidad de reformar la Constitución.

Esto no significa eliminar controles ni promover una sociedad armada sin límites normativos. De hecho, la propuesta desarrollada en la investigación apunta exactamente a lo contrario: sustituir un sistema basado en barreras económicas por un modelo centrado en responsabilidad individual verificable.

¿Cómo funcionaría el modelo?

Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria. La propuesta mantiene intacto el monopolio estatal sobre la fabricación, trazabilidad y registro de armas, pero transforma la lógica mediante la cual el ciudadano accede legalmente a mecanismos de defensa personal.

El modelo funciona a partir de una habilitación progresiva y condicionada. El ciudadano interesado no obtendría un permiso permanente e indefinido, sino una licencia sujeta a evaluación continua de conducta, historial y cumplimiento normativo. A diferencia del sistema actual, donde el principal filtro termina siendo la capacidad económica del solicitante, el nuevo esquema prioriza criterios verificables como antecedentes penales, ausencia de conductas típicas relevantes para el derecho penal, estabilidad conductual, entrenamiento certificado y permanencia dentro de comunidades reguladas de práctica y supervisión.

Uno de los elementos centrales de la propuesta es la creación de clubes certificados de tiro y defensa comunitaria con función pública delegada y supervisión estatal permanente. Estos espacios no operarían como simples polígonos recreativos, sino como instituciones de formación cívica y técnica encargadas de evaluar periódicamente a los portadores, verificar condiciones psicológicas y de idoneidad, registrar prácticas obligatorias y reportar comportamientos de riesgo o posibles conductas con relevancia penal a las autoridades competentes. El arma dejaría de entenderse como un objeto aislado de propiedad individual y pasaría a insertarse dentro de una estructura institucional de responsabilidad compartida.

A ello se suma un sistema obligatorio de seguro individual de responsabilidad civil del portador. Esto implica que toda persona autorizada para portar un arma debería mantener una póliza activa capaz de responder patrimonialmente frente a daños ocasionados por uso negligente, imprudente o irresponsable, especialmente en escenarios donde puedan concurrir conductas penalmente relevantes derivadas del uso indebido del arma de fuego. El objetivo es trasladar parte del costo del riesgo al propio portador y generar incentivos económicos reales hacia el comportamiento responsable. En otras palabras, el modelo busca que el ciudadano armado tenga no solo derechos, sino también obligaciones permanentes y consecuencias inmediatas frente a cualquier incumplimiento.

La propuesta también incorpora mecanismos de monitoreo continuo y pérdida automática de habilitación frente a conductas incompatibles con la licencia. Episodios relacionados con posibles tipos penales como violencia intrafamiliar, amenazas, lesiones personales, constreñimiento ilegal o cualquier manifestación de violencia dolosa activarían procesos de suspensión inmediata mientras se realiza la respectiva revisión institucional y jurídica. Del mismo modo, situaciones asociadas a abuso de sustancias psicoactivas, alteraciones graves de conducta, incumplimientos administrativos reiterados o antecedentes con relevancia criminológica serían objeto de evaluación permanente por parte de las autoridades competentes. La lógica cambia por completo: el permiso deja de ser una autorización estática otorgada una sola vez y se convierte en una relación jurídica dinámica sometida a evaluación constante.

Otro elemento fundamental consiste en reducir la actual aporofobia estructural del sistema colombiano de armas. Hoy, el acceso legal termina reservado para sectores con altos ingresos o conexiones políticas, mientras las poblaciones rurales y sectores vulnerables —precisamente los más expuestos a estructuras criminales armadas— permanecen excluidos del sistema legal de protección personal. La propuesta busca sustituir esa barrera económica por estándares objetivos de conducta, formación y supervisión institucional.

El modelo toma elementos comparados de sistemas como el suizo y de experiencias de gobernanza policéntrica estudiadas por Elinor Ostrom, donde la seguridad no depende exclusivamente de un monopolio vertical centralizado, sino también de estructuras comunitarias reguladas capaces de producir autocontrol, vigilancia mutua y cohesión social. No se trata de privatizar la seguridad ni de eliminar la autoridad estatal, sino de construir mecanismos complementarios donde el ciudadano deje de ser un sujeto pasivo completamente dependiente de la capacidad reactiva del Estado.

La propuesta, además, conserva límites deliberados estrictos. El porte seguiría prohibido en contextos políticos, manifestaciones, procesos electorales y determinados espacios públicos sensibles. El Estado conservaría facultades de inspección, registro, trazabilidad y revocatoria. Incluso la reforma contempla cláusulas de revisión periódica para medir empíricamente sus efectos sobre violencia, criminalidad, reincidencia y convivencia ciudadana.

En esencia, la investigación plantea una transformación del paradigma de seguridad colombiano: pasar de un modelo que presume peligrosidad abstracta sobre el ciudadano civil a un sistema que evalúe responsabilidad concreta, conducta verificable y capacidad real de convivencia dentro del orden jurídico.

Seguridad, libertad y responsabilidad individual

Hoy por hoy el debate público colombiano suele reducir esta discusión a caricaturas ideológicas importadas del contexto estadounidense o suizo. Pero Colombia tiene una realidad completamente distinta: amplias zonas con presencia institucional débil, mercados ilegales consolidados y poblaciones rurales que permanecen desprotegidas frente a estructuras criminales armadas. Allí, la prohibición no elimina la violencia; simplemente monopoliza la capacidad de defensa en manos de quienes ya operan al margen de la ley.

La seguridad no puede seguir entendiéndose únicamente como un monopolio vertical centralizado ejercido desde Bogotá hacia territorios donde el Estado muchas veces llega tarde o simplemente no llega. Una democracia liberal sólida también exige ciudadanos responsables, instituciones eficientes y marcos normativos coherentes con la realidad social y el tejido social que pretenden regular. Hablar de libertad en materia de seguridad no implica ausencia de reglas. Implica reconocer que un ciudadano respetuoso del imperio de la ley no debe ser tratado bajo la misma presunción que un criminal armado, como estamos viendo en la realidad colombiana. Implica entender que el derecho penal no puede construirse sobre el miedo abstracto al individuo, sino sobre responsabilidad concreta y verificable.

Colombia necesita abandonar los debates emocionales y empezar a discutir seriamente si el modelo vigente realmente ha producido los resultados que prometió durante más de treinta años. Porque cuando un sistema desarma principalmente a quien obedece la ley, mientras el crimen organizado continúa fortalecido, la pregunta ya no es si el modelo debe revisarse, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a ignorar sus consecuencias.


Referencias

  • Colombia. Constitución Política de 1991, artículo 223.
  • Colombia. Decreto 2535 de 1993, “Por el cual se expiden normas sobre armas, municiones y explosivos”.
  • Corte Constitucional de Colombia. Sentencia C-296 de 1995.
  • Elinor Ostrom. Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge University Press, 1990.
  • Jakobs, Günther. Derecho Penal. Parte General. Madrid: Marcial Pons.
  • Romero Cárdenas, Cristian Javier. Condiciones institucionales de gobernanza policéntrica para la reforma del régimen de tenencia y porte de armas de fuego: caso del Decreto 2535 de 1993 en Colombia. Trabajo de investigación presentado para optar al título de Magíster en Derecho Penal, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca.

Mesianismo populista: la trampa más antigua de América Latina

Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP

“(…) Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios.”

Lourdes N. Romero L.

América Latina está históricamente enamorada de los hombres providenciales. De vez en cuando, cuando la frustración social se torna insoportable, vuelve a aparecer la figura del líder que promete salvar la economía, la patria, la moral y el futuro. No es el político común, es la excepción. No pide que se le examine por los resultados, sino por la fe. Y ahí es donde empieza el problema.

No porque el mesianismo populista sea tan solo una forma de comunicación política. Es una deformación profunda de la cultura democrática. Se trata de la idea de que un solo hombre, o una sola figura carismática, puede ser el portador del pueblo, puede interpretar mejor que ninguna institución la voluntad del pueblo y resolver por sí solo los conflictos de una sociedad compleja. Sí que es una promesa seductora. Pero también es una mentira peligrosa.

La región cuenta con muchos ejemplos. Líderes que llegan anunciando que vienen a “salvar a los olvidados”, a acabar con la oligarquía, a acabar con la corrupción o a devolverle al pueblo lo que les han quitado. El discurso suele cambiar, pero la estructura es la misma: un relato moral absoluto, una división entre buenos y malos y un caudillo que se sitúa por encima de la ley, de la crítica y de los límites institucionales. El líder no gobierna: se hace carne. No da; salva. No escucha: descubre.

En eso consiste el mesianismo popular. Su fortaleza no reside en la firmeza de sus ideas, sino en su poder de llenar emocionalmente el vacío que dejan las instituciones débiles. El caudillo aparece como una solución allí donde el Estado se queda corto. El líder se convierte en la única referencia cuando los partidos se vuelven irrelevantes. En los lugares donde la ciudadanía está cansada de promesas incumplidas, aparece alguien que no ofrece un programa, sino esperanza inmediata.

Y eso funciona porque toca un punto muy sensible. En países afectados por la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la desconfianza, mucha gente ya no quiere hablar sobre instituciones; quiere ver resultados. La gente busca certezas, no ideas complejas. Quiere soluciones rápidas, no procesos largos. El populismo mesiánico se aprovecha de esta desesperación. Le habla a la gente cansada como si fuera un creyente que busca respuestas. Le ofrece la idea de que todo mejorará si se le da el poder a la persona adecuada. Pero el costo de esa entrega suele ser altísimo.

El líder como salvador

El líder mesiánico quiere que la política deje de basarse en reglas y se centre en la devoción. Por eso, crea una historia donde él es más que un gobernante: es una causa importante, una identidad compartida, una misión trascendental.

Cuando alguien critica, ya no es una opinión diferente, sino un ataque moral. Quien se opone se convierte en un enemigo. Cualquier límite institucional se ve como un obstáculo o un acto de sabotaje.

Ese mecanismo es muy útil para que un líder tenga mucho poder. Si la gente cree que el líder es el salvador, entonces el líder siempre tiene la razón. Si el líder se equivoca, la culpa la tienen otras personas. Si las cosas no salen bien, es porque alguien lo traicionó. Si el líder miente, es porque el sistema lo obligó a hacerlo. Si el líder tiene todo el poder, es para proteger a la gente. Si el líder persigue a sus oponentes, es porque está defendiendo la democracia. El mesianismo populista es muy bueno para cambiar la realidad y hacer que siempre parezca que el líder tiene la razón.

Es muy complicado combatirlo. No solo se trata de presentar datos o buenos argumentos. Lo que hay que hacer es entender y abordar la necesidad emocional que lo mantiene en pie. Para lograr esto, se necesita algo más que una crítica técnica. Se necesita una cultura política que esté bien desarrollada, una ciudadanía que exija resultados y unas instituciones que no dependan de la personalidad de una sola persona.

La política convertida en religión

Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios. El líder se convierte en alguien muy importante para sus seguidores. Repiten lo que dice como si fueran verdades absolutas. Justifican los errores que comete. Sus seguidores lo defienden porque lo quieren, no porque tengan razones para hacerlo. Ya no importa si hace lo que dice o no, lo que importa es creer en él.

Este tipo de relación daña el espacio público porque no permite discutir y tomar decisiones juntos. En un país democrático, las personas comparten ideas, piden resultados, corrigen a sus líderes y aceptan que otros puedan gobernar después. Pero cuando el populismo mesiánico toma control, el líder se vuelve alguien que no se puede criticar. Todo gira alrededor de él. Todo se entiende según quién es y qué ha hecho en su vida. Todo se hace para que él siga en el poder.

Cuando la política se convierte en algo en lo que creemos, la verdad ya no es lo importante. Lo que importa es qué nos conviene creer. Entonces se abre la puerta a que nos manipulen de manera muy obvia. Por ejemplo, nos pueden hacer creer cosas que no son verdad, hacernos sentir como víctimas, inventar enemigos que no existen, hacer promesas que no se pueden cumplir y crear una atmósfera emocional que nos hace dejar de pensar con la cabeza. Todo esto puede llevarnos a tomar decisiones basadas en emociones en lugar de en hechos reales.

La pobreza del atajo

El mesianismo populista muestra una gran pobreza intelectual. Se basa en creer que los problemas estructurales se pueden resolver solo con la voluntad personal de un líder. Es como pensar que poniendo a un “hombre fuerte” al mando, se pueden solucionar de la noche a la mañana décadas de problemas institucionales, económicos y sociales.

En Latinoamérica, nos gusta mucho la idea de encontrar soluciones rápidas. Nos entusiasman los líderes que dicen “se atreven a todo», los políticos que dicen “no tener miedo», o los presidentes que prometen “romper con todo». Pero, en realidad, romper no es lo mismo que construir algo nuevo. Gritar no es gobernar de manera efectiva. Castigar no es reformar. Y mandar sin limitaciones no es liderar; es simplemente acumular poder.

Los países realmente mejoran cuando fortalecen sus instituciones, mejoran la gestión pública, respetan las libertades, generan inversiones, organizan sus gastos y establecen controles efectivos sobre el poder. Todo esto puede parecer poco emocionante. Pero precisamente por eso es eficaz.

La crisis de representación

El éxito del mesianismo populista no se puede entender sin la crisis de representación que vive la región. Los partidos políticos se están quedando vacíos, las élites se están desconectando de la gente y la política se está convirtiendo en un asunto de grupos cerrados. Como resultado, la gente común deja de sentirse representada en el sistema.

En este vacío, surge el líder carismático como un sustituto emocional de la representación pérdida.

Sin embargo, esta solución es peor que el problema. En lugar de reconstruir las instituciones que median entre la gente y el gobierno, las destruye aún más. Los partidos políticos se vuelven irrelevantes y los espacios de participación se cierran en torno a una sola persona. En lugar de fomentar la ciudadanía activa, se crean seguidores leales.

El gran engaño del populismo mesiánico es que promete devolver el poder al pueblo, pero en realidad le quita autonomía. La gente se acostumbra a depositar su destino en otra persona, en lugar de tomar las riendas de su propio futuro. Esto la hace más vulnerable a la manipulación. La ciudadanía que deja de pensar por sí misma es fácilmente influenciable.

Una cultura política infantilizada

Tal vez la consecuencia más grave del mesianismo populista sea que la sociedad se vuelva dependiente de líderes que la salven. Esto hace que la gente crea que siempre habrá alguien que venga a resolver los problemas que no se quieren o no se saben resolver juntos.

En lugar de tomar responsabilidad, la gente espera que otro lo haga por ella. La responsabilidad se reemplaza con la adoración a una figura que se considera providencial.

Una sociedad que actúa de esta manera es débil. No puede establecer límites claros, no puede exigir con coherencia lo que es justo y no puede diferenciar entre una autoridad legítima y una que solo tiene carisma. Termina aplaudiendo a quien la seduce con discursos atractivos, en lugar de apoyar a quien realmente la fortalece.

América Latina necesita cambiar esta forma de pensar. Debe dejar de confundir el carisma de un líder con su capacidad para gobernar, la emoción del momento con un gobierno eficaz y la popularidad con la verdadera legitimidad.

Es importante que deje atrás esta enfermedad política que convierte a los líderes en figuras de culto y que hace que criticarlos sea considerado una herejía. Mientras la gente siga buscando un salvador, seguirá renunciando a ser un ciudadano activo.

El verdadero desafío no es encontrar a alguien que la salve. Sino construir una sociedad en la que no sea necesario que haya un salvador.

La inteligencia artificial como catalizador del renacer agrícola en Venezuela

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

“La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.”

Génesis N. Rodríguez G.

En la actualidad, la Inteligencia Artificial (IA) se presenta como una herramienta clave para revitalizar el sector agrícola en Venezuela, un área que ha enfrentado grandes desafíos y que, sin duda, representa una de las asignaturas pendientes de nuestro país. La crisis alimentaria que ha afectado a la nación es un recordatorio constante de la importancia de volver a poner en marcha una agricultura sostenible y eficiente.

A través de la implementación de tecnologías avanzadas, como la IA, se pueden abordar problemas fundamentales que han contribuido a la debacle agrícola. Uno de los aspectos más críticos en la agricultura es el análisis de suelos, agua y clima. Gracias a monitores inteligentes conectados a sistemas de IA, es posible obtener datos precisos y en tiempo real sobre las condiciones del terreno. Esta información permite a los agricultores tomar decisiones informadas sobre qué cultivos sembrar y cuándo hacerlo, optimizando así la producción.

Además, la IA puede predecir cosechas, identificar plagas y enfermedades, y determinar el momento óptimo para la recolección de productos. Todo esto se puede realizar a un costo relativamente bajo, lo que representa una ventaja significativa para los productores. Otro aspecto crucial que a menudo se pasa por alto es el análisis de mercado: con la ayuda de la IA, los agricultores pueden acceder a información actualizada sobre los precios de venta de sus productos, lo que les permite negociar mejor y maximizar sus ganancias. Este tipo de análisis en tiempo real es fundamental para que los productores puedan adaptarse rápidamente a las fluctuaciones del mercado y planificar su producción de manera más efectiva.

Sin embargo, la situación legal y administrativa relacionada con la propiedad de las tierras agrícolas en Venezuela es un obstáculo considerable. Muchos terrenos pertenecen a personas fallecidas, lo que genera conflictos entre herederos y vecinos. La falta de claridad en los títulos de propiedad complica aún más la situación. Aquí es donde la IA puede desempeñar un papel crucial. Con la colaboración de expertos legales, se podrían desarrollar sistemas que utilicen IA para resolver disputas y agilizar procesos administrativos relacionados con la tenencia de tierras. Esto no solo facilitaría el acceso a la tierra para nuevos agricultores, sino que también contribuiría a una mayor estabilidad en el sector.

Además, la logística de transporte es otro de los puntos débiles del sistema agrícola venezolano. La construcción de infraestructuras viales tradicionales es un proceso lento y costoso. En este sentido, los drones equipados con tecnología de IA pueden ofrecer una solución innovadora y rápida. Estos vehículos aéreos no tripulados pueden acceder a áreas remotas y transportar productos desde las fincas hasta los centros de distribución. Esta capacidad no solo aumentaría la eficiencia del transporte agrícola, sino que también podría reducir significativamente las pérdidas post-cosecha.

Uno de los recursos más críticos en la agricultura es el agua. En un país como Venezuela, donde las variaciones climáticas pueden ser extremas, la gestión eficiente del agua es vital. La IA puede ayudar a optimizar el uso del agua a través de sistemas de riego inteligentes. Mediante sensores que monitorean la humedad del suelo y las condiciones climáticas, la IA puede determinar cuándo y cuánto regar, evitando el desperdicio de este recurso esencial. Esto no solo mejora la eficiencia del riego, sino que también contribuye a la sostenibilidad ambiental al preservar los acuíferos y reducir el riesgo de erosión del suelo.

La agricultura de precisión es un enfoque que utiliza tecnologías avanzadas para maximizar la producción agrícola mientras se minimizan los insumos. Con la ayuda de drones y satélites, los agricultores pueden obtener imágenes aéreas detalladas de sus cultivos, lo que les permite identificar áreas que necesitan atención específica, ya sea por falta de nutrientes o por plagas. La IA puede analizar estos datos para ofrecer recomendaciones precisas sobre fertilización y tratamiento, lo que resulta en un uso más eficiente de los insumos y una reducción en los costos operativos.

La implementación de tecnologías basadas en IA requiere un cambio cultural y educativo en el sector agrícola. Es fundamental capacitar a los agricultores en el uso de estas herramientas y en la interpretación de los datos que generan. Programas de formación y talleres pueden ser organizados en colaboración con universidades y organizaciones no gubernamentales para garantizar que los productores estén equipados con las habilidades necesarias para adoptar estas nuevas tecnologías. Es crucial que cualquier solución tecnológica se integre adecuadamente con los sistemas agrícolas locales. Esto implica considerar las prácticas tradicionales y las particularidades culturales de cada región. La IA debe ser vista como una herramienta complementaria que respete y potencie el conocimiento local, en lugar de reemplazarlo. La participación activa de los agricultores en el diseño e implementación de estas tecnologías es esencial para asegurar su aceptación y efectividad.

Si bien, a pesar de las oportunidades que presenta la IA, también hay desafíos significativos que deben abordarse. Uno de ellos es la brecha digital; muchas áreas rurales en Venezuela carecen de acceso a internet y tecnología adecuada. Para que la IA tenga un impacto real, es necesario invertir en infraestructura tecnológica y garantizar que todos los agricultores tengan acceso a las herramientas necesarias. Además, es importante considerar las implicaciones éticas de la automatización en la agricultura. Si bien la IA puede aumentar la eficiencia y reducir costos, también podría amenazar empleos tradicionales en el sector. Por lo tanto, es fundamental desarrollar estrategias que incluyan a todos los actores involucrados, garantizando que los beneficios sean equitativos y accesibles para todos.

¿Economía o fantasía? Asdrúbal Oliveros, bonos y aumento de sueldo en Venezuela

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

“Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho.”

Roymer A. Rivas B.

¿Economía o fantasía?[*] Es la pregunta que surge tras escuchar la última ocurrencia de Asdrúbal Oliveros: repartir bonos de hasta USD$ 250 a los trabajadores del sector público por un periodo de 6 meses[1]. Resulta desconcertante, si no alarmante, que quien presume de entender las cicatrices de nuestro caótico escenario en Venezuela —especialmente el monetario—, proponga ahora una inyección de liquidez que constituye más un guion de ficción que un plan de estabilización para el país. La supina miopía de los economistas mainstream para comprender la situación de Venezuela los lleva a reciclar fórmulas que se han mostrado fracasadas —no puede ser de otra manera si se parte de un mal diagnostico— que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.

Esto, lamentablemente, no es un caso aislado y, de hecho, sirve de ejemplo para destacar una patología mayor, a saber: la creencia de que se puede decretar la prosperidad por gaceta, como es el caso de aquellos que piden —por diversos medios— aumento de salarios. Muchos no han entendido que Venezuela no necesita más subsidios, ni aumento de salarios, que solo sirven para patear el problema hacia adelante, a costa de que el problema mañana sea aún peor, sino una reestructuración que permita que el trabajo valga por lo que produce y no por lo que un economista o un burócrata decida fantasear en sus redes sociales o podios.

Para entender por qué estas “soluciones” son, en realidad, un problema, es suficiente con someter esas fantasías a los hechos —que no entiende de buenas intenciones ni cálculos alegremente presentados en foros en redes sociales—. Pero antes, comenzaré con un breve inciso.

El inciso: sobre la subida de precios en dólares en Venezuela —mal llamada “inflación”[2]—

Previo a abordar el tema de los bonos, Oliveros pone el foco en lo que él y otros muchos llaman “inflación en dólares” [3]. Esto, de entrada, está mal. Técnicamente, el dólar en Venezuela no sufre de inflación como fenómeno monetario del dólar en sí, sino que es causa del rezago cambiario —aunque en la práctica se sienta exactamente igual—. Para entender esto es necesario separar le dinero de los precios: (i) está la inflación monetaria —que en realidad es lo que ha sido la inflación toda la vida, pero es necesario estipularlo así por fines didácticos— que es cuando la cantidad de dinero en la economía —oferta— supera su demanda, y en Venezuela, esto no existe, porque la demanda de dólares supera su oferta —¿O acaso alguien quiere tener sus ahorros en bolívares?—; y (ii) está la inflación de precios, que es cuando la moneda se deprecia, lo cual se traduce en subida de precios en la economía —aunque eso no significa necesariamente que veremos reflejado con la subida nominal de los precios en la economía[4]—. Lo que no te dicen es que, en circunstancias normales, no puede haber (ii) sin (i), así que, en rigor, se debe hablar de “inflación” sin adjetivos.

El problema es que casi ningún economista explica la dinámica correctamente y, por si fuera poco, Venezuela no entra en la categoría de “circunstancias normales”. En Venezuela, la perdida del poder adquisitivo del dólar se debe a distorsiones locales que hacen que exista algo llamado: “rezago cambiario”, que significa que los precios internos —en bolívares— suben a una velocidad mucho mayor de lo que sube el tipo de cambio —el precio del dólar—. Comprender esto es un tanto curioso, y paradójico, porque, en un escenario donde la demanda de dólares supera su oferta, se esperaría que los precios reflejados en dólares bajen, pero ocurre lo contrario. En este marco, alguno podría decir que la subida de precios en dólares se debe a la inyección de dólares por parte del Estado a la banca, intentando contener la tasa de cambio. Pero esto es un error. En otros lugares ya expliqué que, en un escenario con rezago, la inyección de dólares más bien reduce dicho rezago, causando que los precios en dólares aumenten menos de lo que hubiesen aumentado en caso de que haber inyección[5].

Sobre la propuesta de entregar bonos y el aumento de salarios

Comprender lo anterior es clave, porque si ya tenemos un problema de precios altos por falta de oferta en dólares y distorsiones estructurales, meter más dinero en la economía —vía bonos o aumento de salarios— sin aumentar la producción es echar más gasolina al fuego. A Oliveros y quienes exigen aumento de salarios les hace falta entender que, en una economía sana, el consumo es el premio final de la producción previa, e invertir esa causalidad bajo la premisa de que se “ayudará” a los trabajadores es profundamente irresponsable. Como ya mencioné, es patear el problema hacia adelante a costa de que el problema mañana sea aún peor. Parecen ignorar que en Venezuela se han aumentado bonos y salarios muchas veces, y eso no ayudó a aumentar la calidad de vida de forma sostenida en el tiempo, sino que profundizó la crisis —¿Ya se olvidaron de 2018-2019, y de todos los aumentos de salarios desde 1999 hasta 2022, o de bonos desde 1999 hasta 2026?—.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho. Muchos venezolanos creen que los problemas del país se solucionan vía decretos de aumentos salariales, emisión de derechos, regalo de viviendas, en suma, subsidios de todo tipo, sugiriendo que la solución a la miseria es la transferencia de renta y no la creación de valor, porque ninguno de esos personajes se pregunta en cómo crear un escenario adecuado para que los salarios reales se estabilicen o tiendan al alza a lo largo del tiempo, eliminando la dependencia del Estado.

La Venezuela de ahora y la Venezuela que queremos: ¿Qué necesitamos?

Venezuela no necesita parches de seis meses que se diluyen ante el primer ajuste de precios. Lo que el país requiere es una reestructuración que desmantele el andamiaje estatista y permita el florecimiento del libre mercado, porque la verdadera mejora en la calidad de vida no vendrá de la generosidad de un burócrata, sino de un escenario donde (a) la competencia atraiga capital, (b) la productividad determine el ingreso y (c) la estabilidad jurídica reemplace la dádiva. El salario no es una variable que algún economista puede determinar con fórmulas o modelos matemáticos en una tabla de Excel, sí es el resultado de la conjunción de los tres puntos ya mencionados. ¿Y qué necesitamos? Simple de decir, tortuoso de aplicar, pero no imposible[6]:

  1. Necesitamos una reforma monetaria y bancaria, porque el salario no puede subir si la moneda es una basura o si no hay crédito. Para ello, podríamos hacer tres cosas —las diré en orden, de más radical y eficaz a menos radical y eficaz, aunque cualquiera infinitamente mejor al escenario en el que nos encontramos actualmente, comprendiendo todo lo que implica cada uno de ellos—:
    1. Ir a un régimen de patrón oro para la moneda nacional, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y donde se separe legalmente los depósitos a la vista —con encaje legal 100%— de los préstamos a la vista —dejando a los bancos determinar por sí mismos qué encaje tendrán para mostrarse “solventes” y responder a sus acreedores—. Asimismo, dar paso al libre intercambio de monedas.
    1. Olvidar el patrón oro, pero yendo a un régimen de libre competencia de monedas, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y… —igual que el punto anterior—.
    1. Dolarizar oficialmente la economía. Algunos economistas pondrán diversas objeciones a esto —de la misma forma que con el punto 1.1. y 1.2.—, pero a esos economistas les digo que vayan a estudiar. Todos los fantasmas que rondan a la dolarización son, simplemente, falsos —empezando por el que dice que se pierde poder para controlar la oferta monetaria, tan solo vean el caso Ecuador—. Y si se va a usar esto de transición para alcanzar el 1.1. o 1.2., mejor aún.
  2. Necesitamos una seria reforma fiscal y tributaria. El Estado actual vive de asfixiar al sector privado que ha quedado reducido tras años de crisis. Esto se traduce en simplificación y reducción de impuestos —empezando por eliminar el IGTF—. El escenario ideal es que se vaya a un régimen de confederaciones y cada municipio compita con sus tasas de impuestos, pero eso en este momento es utópico; en el corto plazo es suficiente con simplificar y reducir impuestos —aunque si se apunta en el mediano plazo a lo segundo, mucho mejor. Al final, ¿No “trabajan” por el bien del trabajador? Pues, no hay nada mejor que eso, ¿O sí? ¿Lo hacemos por parroquias autónomas y con derecho de secesión?—.
  3. Necesitamos una reforma laboral que vea el contrato de trabajo como algo privado entre patrono y empleado. Se debe eliminar la inamovilidad laboral y los costos de despido absurdos —que hacen que el empresario tenga miedo de contratar—. El Estado no tiene por qué meterse en contratos privados, para eso existe el arbitraje en el Derecho —hablando de ello…,
  4. También necesitamos, más que una reforma, una reconstrucción de nuestro sistema legal en distintos ámbitos y niveles de profundidad, todo partiendo del respeto al individuo y la propiedad. Sin ello, nadie querrá invertir en Venezuela. Y si esto viene acompañado de la privatización de todas las empresas en manos del Estado —especialmente de servicios—, mejor. Es más, ese “excedente” que Oliveros quiere quemar en bonos podría ser el capital semilla para la transición hacia servicios privados eficientes, ¿Por qué no?[7].

Solo estas cosas es lo que permitirá alcanzar salarización de los bonos, porque, allí sí estamos de acuerdo: es necesario eliminar la estructura de bonos, el salario debe ser transparente, permitiendo que el trabajador vea su ingreso real y pueda planificar ahorros o créditos. Pero eso no se logra con subsidios, sino con mercado.

En este marco, yo pregunto:

  1. ¿Por qué Asdrúbal no propone usar ese excedente de ingresos petroleros para reestructurar el país, llevando a cabo todas las medidas necesarias, apuntando incluso a la dolarización, en lugar de regalar el dinero?
  2. ¿Por qué no habla primero de sanear las cuentas públicas, lo cual incluye el despido de trabajadores en nomina del Estado que no hacen absolutamente nada, para después, si acaso se apelará a ello, crear un fondo de reserva para responder a sus pagos mientras se llevan a cabo todas las reformas necesarias para el país?
  3. ¿Por qué no ofrece una lista de reformas que puedan sostener una mejor Venezuela y, por tanto, el aumento de salarios del que tanto le gusta hablar?
  4. ¿Qué pasará en el mes 7, cuando se deje de dar bonos, una vez que más de 2.4 millones de venezolanos hayan aumentado sus gastos por contar con un ingreso adicional de USD$ 250, pero no se haya creado el escenario para mejorar las cosas en el país?
  5. ¿Por qué las personas en general no hablan de atacar problemas de fondo y no los síntomas de un cáncer que ya llegó a los huesos de la sociedad venezolana?
  6. ¿Por qué no se propone bajar impuestos y usar los recursos para optimizar el sistema energético nacional, puesto que buena parte de los ingresos de las empresas son robados por el Estado y, por si fuera poco, deben invertir dinero en la autogeneración eléctrica, cisternas de agua y logística de combustible para poder operar en su cotidianidad? ¿Acaso no permitiría esto a los empresarios subir el salario de sus trabajadores por si mismos[8]?

Mantener el silencio ante tales desvaríos es aceptar que la economía venezolana sea reducida a un ejercicio de caridad administrada, y me niego a ello. Por eso, resalto que la propuesta de Asdrúbal Oliveros no es una solución, sino el síntoma de una élite intelectual[9] que, por miedo al cambio radical, o por complacencia con el modelo extractivo, o simplemente por ignorancia, prefiere administrar la agonía con parches antes que defender las reformas que el país reclama. Debemos comprender que si seguimos exigiendo y celebrando aumentos de salarios por decreto y llegadas de bonos efímeros, seguiremos siendo esclavos de la discrecionalidad de un burócrata y de la inflación que algunos “expertos” alimentan. ¡Es suficiente!


[*] Este texto fue originalmente publicado en: Humano Insurrecto.

[1] MundoURenVivo. 2026. Román Lozinski en Agenda Económica con Asdrúbal Oliveros 08.04.2026. Video de YouTube. En: https://www.youtube.com/watch?v=uLnPf-nnPkk (Cit. 11/04/2026). 

[2] Sirva esto de corolario para evidenciar la incapacidad de Oliveros para comprender el escenario venezolano y, en consecuencia, de facto, queda minusválido mucho de lo que pueda decir al respecto.

[3] A esa narrativa, de hecho, se apega cierto sector para decir que “los venezolanos nos estamos matando entre nosotros mismos” y pedir más control estatal para el “perverso comerciante, imperialista, especulador y capitalista” que arremete contra “el pueblo”. Todos ellos, sin embargo, saben de economía lo que sabe mi tortuga mascota de astrofísica.

[4] Eso no te lo dicen el común de los economistas, porque tienden a ser malos lectores y, por consiguiente, se quedan solo con lo enseñado en la universidad —que no se ajusta del todo a la realidad y la eficacia de las herramientas de análisis de los fenómenos económicos queda en entredicho—. Para ilustrar el punto señalado en el párrafo, imagine una economía donde las empresas invierten para automatizar y optimizar procesos de producción, abaratando los costos y, con ello, pudiendo bajar los precios al consumidor, en aras de que pueda vender más. No obstante, si alguna entidad inyecta más dinero a la economía —argumentando, por ejemplo, que es necesario para dinamizarla—, los precios de los productos que antes tenderían a bajar pueden quedarse igual —ni subir, ni bajar—. En este escenario, un economista común, guiándose por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), te diría que “no hubo inflación” en ese periodo de tiempo, y quizá saldría algún político vanagloriándose porque en su gestión “no hubo inflación”, pero nadie está viendo que, al inyectar dinero, los precios que antes iban a bajar ahora se mantuvieron iguales. Ergo, la moneda igual se depreció, pero no “aumentaron los precios”.

[5] Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2023. Hiperinflación: un fenómeno incomprendido; respuesta al libro de Pascualina Cursio. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/hiperinflacion-un-fenomeno-incomprendido-respuesta-al-libro-de-pascualina-cursio/ (Cit: 11/04/2026). Desde la sección: “Pascualina, dólar implícito y tasa de cambio”, en adelante. Para el ciudadano común, si ayer un café costaba USD$ 2 y hoy cuesta USD$ 3, su percepción inmediata es “el dólar se infló”, cuando en realidad lo que ocurrió fue que (i) el costo de vida subió en bolívares y (ii) el tipo de cambio no se ajustó en la misma proporción. En este escenario, una inyección de dólares ayuda a reducir el rezago cambiario vía depreciación de la divisa.

[6] Bueno, sí imposible si quienes tienes el poder, sumado a quienes pretenden tenerlo y quienes hacen propuestas limpias de sensatez, siguen por el camino que vienen. Claro está que la supervivencia política de la mayoría depende de que la economía se mantenga igual.

[7] En un marco de transparencia, claro está, que no es el que tenemos ahora. Ergo, para llegar allí también se necesitan llevar a cabo muchos cambios.

[8] En los últimos años, mientras el sector público se quedó estancado en sus salarios, el sector privado, a pesar de la crisis, comenzó a pagar a sus empleados por encima del sueldo mínimo. Esto demuestra que no se necesita del Estado para mejorar la calidad de vida de los trabajadores en Venezuela, más bien todo lo contrario, es un obstáculo que limita a las empresas de explotar su máximo potencial, beneficiando a sus empleados en el camino.

[9] Así convertido por la masa, porque yo no les tengo respeto alguno a sus ideas.

La gran estafa: cómo el progresismo secuestró la palabra “libertad” para destruirla

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

“Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.”

María José Salinas

Hay una mentira que se ha repetido hasta el cansancio y ya suena como verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad. Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos” … lo dicen con tal convicción que dudar de ello casi parece un acto de mala fe. Pero esa seguridad absoluta es justamente lo que debería ponernos en alerta, porque apropiarse del lenguaje de la libertad no es lo mismo que defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa: vender libertad en las palabras y estrangularla en los hechos.

La verdadera libertad, esa que incomoda, la que no pide permiso, nunca salió del colectivismo, sino que nació de una idea simple y radical: cada individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo vieron con una claridad que hoy muchos prefieren ignorar; si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es solo un favor que te hace el poder.

Por eso la libertad no se puede partir en pedazos. No puedes exigir control absoluto sobre tu cuerpo y al mismo tiempo aceptar que el Estado te quite, como si nada, el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras decretas qué opiniones son aceptables y cuáles merecen cancelación. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, inflar el Estado hasta convertirlo en el gran tutor, juez y carcelero de la vida ajena.

La libertad auténtica es indivisible, y eso es lo que más les molesta. Les molesta a los progresistas porque les obliga a soltar su vicio favorito: meterse en la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también le molesta a cierta derecha que todavía cree que puede legislar la moral privada desde el Congreso.

El cuento oficial es demasiado conveniente: izquierda = liberación; derecha = opresión. Y millones lo repiten sin tomarse la molestia de revisar la historia. Pero eso pasa porque saben que la historia no perdona. El Che y Fidel hoy convertidos en camisetas fashion persiguieron, metieron a la cárcel y mandaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba, se fusilaba o se enviaba al gulag. Y no era la excepción a la regla, era el resultado lógico de darle poder absoluto a quien se cree poseedor de la verdad.

Cuando el poder se concentra tanto, la libertad deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio que te pueden quitar cuando les dé la gana. Y hoy ese proceso ya no necesita disfraces; en Cuba, Venezuela y Nicaragua el progresismo se quedó sin eufemismos: el que piensa diferente es reprimido, censurado o encarcelado por el sistema, sin rodeos.

Mientras tanto, el circo sigue. Artistas, influencers y activistas llegan de países con economías más o menos abiertas se hospedan en hoteles emblemáticos de lujo como el Nacional, el Meliá o el Bristol Habana Vieja con piscinas, aire acondicionado y luces que nunca se apagan, y usan los mismos recursos (agua, electricidad, comida y combustible) que el régimen debería destinar a la población. Todo esto mientras Cuba atraviesa una de las peores crisis humanitarias en décadas: apagones masivos que han dejado a millones sin luz por 12, 16 o hasta más de 20 horas, alimentos que se pudren sin refrigeración, colas eternas para un pedazo de pan y una escasez de combustible que ya tiene al país al borde del colapso.

Desde su burbuja climatizada, posan para Instagram y luego le exigen “resistencia” y “soberanía” al cubano de a pie que lleva más de sesenta años aguantando la misma tiranía, y que ahora, en pleno 2026, apenas sobrevive entre velas, hambre y oscuridad.

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.

Ese contraste no es una simple anécdota, es la radiografía moral del progresismo contemporáneo: más apegado a su narrativa que a la realidad, más interesado en mantener su aura de superioridad ética que en reconocer los hechos que le estallan en la cara.

En México la trampa es aún más fina y cínica. Se habla de más gasto público, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente importante el Estado de derecho sigue brillando por su ausencia. No faltan leyes, faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas bonitas, sobran incentivos torcidos.

Al final, tanto el paternalismo progresista como el moralismo conservador comparten el mismo pecado de fondo: no confían en el individuo. Uno quiere criarlo con subsidios y el otro vigilarlo con prohibiciones. Los dos terminan asfixiándolo.

Por eso la frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso, sino una contradicción en los huesos. La libertad no se divide. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.

Mientras México siga atrapado en esa falsa pelea izquierda-derecha, seguiremos dando vueltas en el mismo hoyo. El verdadero cambio no llegará cambiando de partido. Llegará cuando por fin cambiemos las ideas que nos han llevado al fracaso una y otra vez.

Los países que sí avanzaron Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia no lo hicieron concentrando más poder, sino liberando al individuo. Los resultados saltan a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el espejo más cruel de lo que pasa cuando se lleva la idea contraria hasta el final.

México no necesita más gobierno, sí menos ilusión. Necesita entender de una buena vez que la libertad no se pide, se ejerce; que los derechos no se negocian por subsidios; y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.

«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo ya sea una raza, una clase o un Estado. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”, expresó Ayn Rand en una oportunidad.

El problema de fondo nunca ha sido solo quién gana las elecciones. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con una crudeza brutal. Es tiempo de que como ciudadanos tomemos la responsabilidad del futuro de nuestros países. Leer, cuestionar e informarnos debería ser obligación y regla para ejercer un voto consciente y con la responsabilidad que ello implica.

LOLA denuncia la violación de los DD. HH. en Venezuela y acompaña a los familiares de presos políticos exigiendo su liberación

Caracas – Hace poco, la organización Ladies Of Liberty Alliance (LOLA), una alianza de mujeres a nivel global que tiene como fin educar y empoderar a las mujeres para que sean agentes de cambio en la sociedad, con el fin de artícular y construir una sociedad fundamentada en la libertad, organizó un evento en las instalaciones de la UCAB para informar y contienzar sobre la violación sistemática de los DD. HH. llevado a cabo por el régimen chavista en Venezuela.

LOLA dando espacios para hablar de la violación de DD. HH y exponer el tema de los presos políticos en Venezuela

El evento estuvieron varios capítulos del liderazgo de LOLA en el país, entre ellas: Andrea Castellano, de Maracaibo; Isabella Antichan, de Yaracuy; y María Oropeza, de Portuguesa. Con respecto Oropeza, es necesario recordar que ella misma fue victima del régimen y estuvo en sus mazmorras durante más de un año, y fue recientemente liberada, dada la presión que ejerce EE. UU. al regimen venezolano, tras la captura del genocida dictador que sometía a Venezuela, Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero. Oropeza compartió su experiencia y recordó que solo la libertad es lo que hace grande a los paises.

Además, se contó con la particupación de Gaby Álvarez, quien es famosa por acompañar a los presos políticos desde hace años, denunciando la liberación de los mismos. Álvarez expuso lo fuerte que es ir absolutamente todos los días a dar fortaleza moral, entre otro tipo de apoyos logisticos, a los familiares de los presos políticos que incansablemente se ubican a las afueras de los centros de reclusión del chavismo, donde los disidentes al régimen son torturados.

Gaby Álvarez hablando sobre su experiencia con los familiares de los presos políticos, en un evento realizado por LOLA para concientizar sobre el tema.

Luego del encuentro en las instalaciones de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), los asistentes, incluyendo las coorganizadoras del evento, miembros de LOLA, fueron invitadas a la famosa «Esquina de la libertad», el lugar donde todos los días los familiares de los presos políticos encerrados en el helicoide —el centro de tortura más famoso del régimen chavista— se ubican para exigir la liberación de los presos políticos.

LOLA aceptó con gusto y, una vez en el lugar, aprovechó la oportunidad para denunciar las arbitrariedades del régimen chavista y exigir la liberación de los presos políticos. En este marco, Andrea Castellano recordó que el regimen chavista aun no ha liberado a todos los presos, a pesar de que así lo prometió tras aprobar la Ley de amnistía, semanas despues de los eventos del 3 de enero. Asimismo, destacó que no hay el hecho de pensar diferente no es una razón suficiente para privar a alguien de su libertad, y que la libertad de expresión es, de hecho, sumamente importante si queremos hablar de «Democracia».

Es necesario señalar que la mayoría de los familiares que se encuentran en la Esquina de la Libertad lo son de presos políticos militares, especialmente de aquellos que vincluaron con la Operación Gedeón, de los cuales el régimen chavista tiene desaparecido a varios, sin querer dar respuesta al respecto.

De esta forma, LOLA se suma a la denuncia masiva que han hecho en Venezuela para que el chavismo libera a los presos políticos, incluyendo los militares, porque una nueva Venezuela no puede ser construida a la sombra de todas las violaciones de DD. HH. y crimenes que han realizado quienes durante los últimos 27 años han ostentado el poder en Venezuela.

El terror de la esperanza, auge y decadencia del neoliberalismo desde una visión actual

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

“La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.”

Génesis N. Rodríguez G.

Las bases del neoliberalismo incluyen la promoción de la libre competencia, la reducción de la intervención del Estado en la economía, la privatización de empresas estatales, la liberalización del comercio y la desregulación de los mercados. Estas políticas se centran en la idea de que el mercado es el mejor mecanismo para asignar recursos y que la intervención del Estado solo distorsiona el funcionamiento eficiente de la economía. El autor Dos Santos en su libro “El Terror de la Esperanza, Auge y Decadencia del Neoliberalismo” nos ofrece un análisis crítico de las políticas neoliberales y su impacto en América Latina y otras regiones. Argumenta que el neoliberalismo, con su énfasis en la liberalización económica, la privatización y la desregulación, ha exacerbado las desigualdades sociales y ha generado inestabilidad económica en muchos países. Además, en este libro, Dos Santos examina cómo las políticas neoliberales han llevado a crisis financieras, aumento de la pobreza y deterioro de las condiciones laborales. Propone alternativas basadas en la soberanía económica, el fortalecimiento del mercado interno y la protección de los derechos sociales.

Si bien, para hablar de lo que hace o hizo una persona debemos conocer primero quien es, o quien fue, Theotonio Dos Santos fue un economista y sociólogo brasileño reconocido por sus contribuciones al campo de la economía política y el desarrollo económico. Nacido en 1936, Dos Santos fue una figura destacada en el estudio de la dependencia económica y las relaciones internacionales, centrándose en las disparidades económicas entre países desarrollados y en desarrollo.

A medida que estudiamos autores como Dos Santos nos damos cuenta que el impacto del neoliberalismo en la economía global ha sido objeto de debate. Algunos defensores argumentan que ha llevado a un aumento en la eficiencia económica, el crecimiento del PIB y la reducción de la pobreza en algunos países.  Entre estos defensores tenemos autores como:

  • Milton Friedman: En su libro “Capitalismo y Libertad” (1962) argumenta que la intervención del Estado en la economía a través de regulaciones y controles distorsiona el funcionamiento eficiente del mercado. Según él, la promoción de la libre competencia y la reducción de la intervención estatal permiten que los recursos se asignen de manera más eficiente, lo que lleva a un mayor crecimiento económico.
  • En su obra “Camino de Servidumbre” (1944) el autor sostiene que el neoliberalismo promueve la libertad individual y la competencia como motores del progreso económico. Argumenta que la planificación centralizada y la intervención estatal en la economía conducen a la pérdida de libertades individuales y a una asignación ineficiente de recursos. Según Hayek el neoliberalismo favorece la innovación, la eficiencia y el crecimiento económico.

Estos autores son referentes clave en la defensa del neoliberalismo y argumentan que sus principios han contribuido a aumentar la eficiencia económica en la economía global y no al revés. Cabe mencionar que Dos Santos también ha sido criticado por contribuir a la desigualdad económica, la concentración de riqueza en manos de unos pocos, y la erosión de los derechos laborales y sociales. Podemos decir que, en general, el impacto del neoliberalismo en la economía global ha sido mixto, con beneficios y desafíos. Ha habido casos donde ha contribuido al desarrollo económico, pero también ha generado problemas sociales y económicos en otros lugares. La evaluación del impacto del neoliberalismo varía según el contexto específico de cada país y región.

Ahora bien, hagamos referencia de lo leído y analizado en las páginas del libro específicamente desde la pagina 158 hasta la 178. El esquema de recuperación de la economía mundial, que abarca el período de 1983 a 1989, se caracterizó por un funcionamiento basado en dos agujeros negros: el aumento de la deuda pública interna y externa estadounidense, originada en el déficit del Tesoro, que fue la punta de lanza de la recuperación económica internacional en ese mismo período. La imposibilidad de controlar el déficit público y cambiario llevó a una caída en el valor del dólar, lo que a su vez desvalorizó las deudas interna y externa. Esto resultó en una restricción en la demanda de dólares y una disminución en el nivel de demanda norteamericana, generando una depresión global hacia finales de los años ochenta. Los intentos posteriores de recuperación, durante el período Clinton, no lograron superar este esquema, y el gobierno de George W. Bush adoptó los mismos recursos de Reagan, con un concepto mucho más deteriorado.

Principales indicadores económicos del Esquema de Recuperación de la Economía Mundial:

  • Flujos de Capitales hacia Estados Unidos.
  • Transferencia Liquida de Recursos a Estados Unidos
  • Balanza Comercial
  • Importaciones Norteamericanas en el resto del mundo
  • Flujo Liquido del Capital Privado
  • Déficit del Tesoro Norteamericano
  • Deuda Externa Norteamericana
  • Deuda Interna Norteamericana (en billones de dólares)
  • Balanza Comercial (Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental)
  • Flujo de Capitales para Estados Unidos
  • Flujo de Capital liquido

El período entre 1990 y 1993 fue caracterizado por una recesión y crisis política a nivel mundial. La crisis económica, el desempleo, la violencia social, la criminalidad, la corrupción, las crisis políticas y las guerras interétnicas indicaban que la humanidad pasaba por una fase muy difícil en lugar de ingresar en el período de Bienestar anunciado por el neoliberalismo. Se sucedieron intentos de controlar esta situación, destacándose las acciones de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Además, el Grupo de los Siete, que inicialmente se creó para unir los intereses norteamericanos, europeos y japoneses con el fin de detener el avance del Tercer Mundo y de los países socialistas, fue revivido en los años noventa con.la presencia permanente de Rusia.

Este esquema económico refleja la complejidad y las interconexiones entre los flujos financieros internacionales, los déficits fiscales y comerciales, así como la influencia de las políticas económicas y las relaciones geopolíticas en la dinámica global. La respuesta a estas crisis económicas y políticas requirió la participación y coordinación de múltiples actores internacionales, lo que pone en evidencia la importancia del análisis y entendimiento profundo de los fenómenos económicos y políticos para abordar los desafíos globales.

¿En qué consistió esa crisis? Se trató de una fase de larga duración iniciada, de hecho, en 1967-1968, cuando Estados Unidos y Europa tuvieron por primera vez una recesión conjunta tras el auge económico iniciado en 1945. En esa época, asomaron las dificultades para que Estados Unidos mantuviera el respaldo en oro al dólar, tal como se había decidido en 1943, en Bretton Woods.

Esta situación se aceleró en los años siguientes, cuando Estados Unidos anunció crecimientos de 4,3% en 1998, 4,2% en 1999, y 5,2% en 2000. Por otra parte, Japón entró en crisis exactamente en 1992-1993, mientras que Alemania ya había iniciado su caída en 1991 y llegaba a la recesión abierta en 1993, cuando ocurrió la caída de 1,9% de su PIB. Esta situación recesiva prevaleció en los países industrializados en general, afectando sobre todo a África y la Europa del Este, que sufrieron una brutal depresión desde que fueron asaltadas por los neoliberales. Estas regiones quedaron totalmente sometidas al control del Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. La situación es opuesta en Latinoamérica (con las importantes excepciones de Brasil, Cuba y Haití), donde se inició una modesta recuperación económica al comienzo de la década para caer en la recesión desde mediados de los años noventa. El Asia occidental y el Sureste asiático siguieron creciendo hasta 1997; China aparecía como la estrella del crecimiento económico mundial con 12,8% de expansión del PIB en 1992, performance que se mantuvo en toda la década de los años noventa.

Crisis y cotuntura

En varias oportunidades, hemos demostrado que, a partir de 1994, se inició en la economía mundial una nueva fase de crecimiento. En esos años se presentaron crisis de ajuste a esta nueva fase de crecimiento económico global inscrito en los ciclos largos de Kondratiev. Según estos ciclos, descubiertos por el economista ruso, la economía mundial se mueve en períodos de 50 a 60 años caracterizados por una primera fase A en la que predominan los años de crecimiento económico, y se moderan las recesiones, las cuales duran cerca de 25 ó 30 años, seguidas por las fases B del ciclo largo, las cuales se dan en períodos de 25 a 30 años, principalmente dominados por recesiones con reanudaciones moderadas del crecimiento.

La llamada crisis asiática permitió que Japón y a los Tigres Asiáticos reajustaran sus tipos de cambios, lo que dio inicio a un nuevo período de crecimiento que ya se esbozaba en 1999, pero que quedó frustrado por la política recesiva de la FED en 2001. Rusia, envuelta en esa crisis por distintas razones, solicitó una moratoria y se encaminó hacia una redefinición política que hizo viable su recuperación económica a partir de 1999. 171 Brasil hizo un ajuste cambiario con retardo, sólo en 1999, lo que se hizo posible debido al apoyo del sistema financiero internacional para la reelección de Fernando Henrique Cardoso. Este país pasó por una grave crisis en 1998 a consecuencia de esta irresponsabilidad, pero redefinió en parte su política económica con la devaluación cambiaria de enero de 1999.

Para finalizar con mi análisis sobre el tema, hemos podido observar como este texto aborda varios aspectos importantes de la economía mundial y la especulación financiera que ocurrió en los años ochenta y noventa. Se destaca como el crecimiento basado en la deuda pública estadounidense y la inestabilidad de las monedas llevo a una crisis de la deuda externa y a una especulación financiera a gran escala.

La crisis resultante tuvo efectos devastadores en países como Brasil, Latinoamérica, África, Europa Oriental y la antigua URSS, generando altos niveles de desempleo y miseria. La especulación en torno a la deuda estadounidense y los excedentes financieros de Japón y Alemania creo una burbuja que finalmente estallo en 1990, exacerbando el desempleo a nivel mundial. El surgimiento del desempleo en países antes considerados de pleno empleo, como en Europa Occidental y la antigua URSS, ilustra la magnitud de la crisis. La introducción de tecnologías avanzadas en la producción y los servicios resultó en una mayor automatización y robotización, lo que redujo la necesidad de mano de obra y genero pocos empleos nuevos.

La reflexión sobre el impacto de estas tecnologías en la jornada laboral y la distribución equitativa de los beneficios del progreso tecnológico es crucial. La propuesta de reducir la jornada laboral y permitir la contratación de nuevos trabajadores para distribuir los efectos del progreso entre toda la población es una idea interesante y relevante para abordar los desafíos actuales del mercado laboral y la automatización. Además, la discusión sobre como orientar el potencial productivo hacia el beneficio de toda la humanidad, en lugar de favorecer a una minoría, plantea cuestiones fundamentales sobre el sistema económico y la distribución de la riqueza. La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.


Referencias Bibliográficas

Del terror a la esperanza Auge y decadencia del neoliberalismo, Traducción: Amelia Hernández. Versión preliminar. Versión original: Dos Santos, Theotonio (2007), Del terror a la esperanza. Auge y decadencia del neoliberalismo, Venezuela, Editorial Monte Ávila.

¿Es Guárico el estado con mas pobreza de Venezuela? Hablemos un poco de libertad y pobreza

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

“La mejor opción para los países pobres es apoyarse en la idea básica de que cuando los mercados son libres y los incentivos adecuados, la gente puede encontrar la solución a sus problemas sin necesidad de limosnas del extranjero ni de sus propios gobiernos.”

Génesis N. Rodríguez G.

Comenzare hablando de la pobreza con este fragmento que me gustó mucho desde que lo leí hace semanas, tomado del libro “Repensar la pobreza” de los autores Abhijit V. Banerrjee y Esther Duflo: “En lugar de discutir la mejor manera de luchar contra la diarrea o el dengue, muchos de los expertos más influyentes tienen fijación con las «grandes preguntas»: ¿cuál es la causa principal de la pobreza? ¿Hasta qué punto debemos creer en el mercado libre? ¿La democracia es buena para los pobres? ¿Cuál es el papel que puede tener la ayuda al desarrollo?» Y otras de este estilo.

Jeffrey Sachs, asesor de Naciones Unidas, director del Earth Institute en la Universidad de Columbia de Nueva York y uno de estos expertos, tiene respuesta para todas estas preguntas: los países pobres lo son porque son calurosos, poco fértiles, están infestados de malaria y a menudo carecen de salidas al mar, lo que dificulta que sean productivos por falta de una gran inversión inicial que les ayude a ocuparse de estos problemas endémicos. Pero estos países no pueden financiar las inversiones precisamente porque son pobres se encuentran inmersos en lo que los economistas llaman la «trampa de la pobreza». Mientras no se haga algo contra estos problemas, ni la democracia ni el mercado libre les aportarán gran cosa.

Por eso la ayuda externa resulta fundamental, ya que, gracias a ella, los países pobres pueden invertir en estas áreas críticas, haciéndolos más productivos e iniciando un círculo virtuoso. Los ingresos que se generen, que serán más elevados, permitirán nuevas inversiones y así continuará una espiral favorable.

En su best-seller de 2005, El fin de la pobreza, Sachs argumenta que si los países ricos aportasen 195.000 millones de dólares al año en cooperación entre los años 2005 y 2025, al final de este periodo la pobreza podría haber desaparecido completamente. Sin embargo, otras voces también influyentes creen que todas las respuestas de Sachs son erróneas. William Easterly, enfrentado a Sachs desde el otro extremo de Manhattan, en la Universidad de Nueva York, se ha convertido en una de las figuras públicas más destacadas en la oposición a la ayuda internacional, a raíz de la publicación de dos libros, En busca del crecimiento y The White Man’s Burden. Y otra voz que se ha unido recientemente a la de Easterly es la de Dambisa Moyo, autora del libro Dead Aid y economista que había trabajado anteriormente en Goldman Sachs y en el Banco Mundial. Estos dos autores sostienen que la ayuda hace más mal que bien, al disuadir a la gente de buscar soluciones propias, al corromper y socavar las instituciones locales y al crear un lobby formado por las ONG que tiende a perpetuarse.

La mejor opción para los países pobres es apoyarse en la idea básica de que cuando los mercados son libres y los incentivos adecuados, la gente puede encontrar la solución a sus problemas sin necesidad de limosnas del extranjero ni de sus propios gobiernos. De ese modo, los pesimistas de la ayuda se consideran bastante optimistas respecto a cómo funciona el mundo. Para Easterly no existen las denominadas trampas de la pobreza. Llegados a este punto, ¿a quién debemos creer? ¿A quienes afirman que la ayuda resolverá el problema o a quienes aseguran que empeorará la situación? El debate no puede ser resuelto de forma abstracta. Se necesitan evidencias, pero desafortunadamente los datos que se suelen utilizar para responder a estas grandes preguntas no inspiran confianza.

La pobreza en Venezuela ha aumentado significativamente en los últimos años debido a una combinación de factores como la crisis económica, la inflación, descontrolada, la falta de inversión en infraestructura y servicios básicos, la corrupción, y las políticas gubernamentales. Fuentes como el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida ( ENCOVI) suelen proporcionar datos actualizados sobre la pobreza en el país. En el caso específico del Estado Guárico la pobreza también ha aumentado, afectando principalmente a las zonas rurales y a las comunidades mas vulnerables. La falta de oportunidades laborales, la escasez de servicios básicos como agua potable y electricidad, y la inseguridad alimentaria son algunos de los factores que contribuyen a la pobreza en la región.

En cuanto a los municipios más pobres o con pobreza extrema en Guárico, esta información puede variar dependiendo de los criterios utilizados para medir la pobreza. Sin embargo, algunos municipios que suelen ser identificados como los más afectados por la pobreza son San Gerónimo de Guayabal, El Socorro, Leonardo Infante y Francisco de Miranda.

De acuerdo con las metodologías internacionales de evaluación utilizadas por la comunidad humanitaria en crisis y emergencias, las organizaciones aliadas de HumVenezuela siguen un modelo de medición de los impactos de la EHC construido por consensos, en cinco sectores (condiciones de vida, alimentación, agua y saneamiento, salud y educación básica), que tiene un alcance nacional y por estados del país. Este modelo comprende mediciones de la escala, severidad, intensidad y profundidad de la EHC, que permiten presentar estimaciones de las personas en necesidad, sus agrupaciones por niveles de severidad y la relación de su situación con las capacidades caídas de sistemas, programas, bienes y servicios, como producto de los factores que originan la EHC.

En cada medición anual se realiza un análisis de las fuentes de información demográfica disponibles, utilizando hasta la actualidad las proyecciones estimadas por CELADE (División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe – CEPAL), publicadas en 2019. Para la distribución de la población por estados, a partir de 2023 se comenzaron a realizar análisis estadísticos basados en data censal y otras estimaciones pasadas de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) de 2020 y 20219, que también de basan en proyecciones de CELADE. En esta medición se utilizaron las proyecciones de población de CELADE para Venezuela correspondientes al año 2023, la cual fue estimada en un total de 28.838.496 de personas.

Pudimos observar, en un rango de tres niveles (bajo, medio y alto), se clasificaron los estados por la población afectada en cada dimensión. En tanto todas las afectaciones tienen impactos severos en la vida de las personas, la clasificación solo tiene el propósito de realizar un abordaje integrado de perfiles de afectación. La clasificación arrojó que 8 de los 20 estados mostraron hasta 6 dimensiones donde las poblaciones en necesidad alcanzan niveles altos. En orden alfabético, estos fueron Anzoátegui, Apure, Bolívar, Falcón, Guárico, Miranda, Monagas y Táchira. Podemos ver como el Estado Guárico esta entre los 8 mas afectados en casi todas las dimensiones que se evaluaron, sobre todo en altos números de violencia y la irregularidad de la asistencia escolar, es importante que haga énfasis aquí en la parte educativa, aunque estemos hablando de pobreza el no poseer niveles altos de educación influye de manera directa para medir la pobreza. El Estado Guárico aparece entre los principales Estados del país con personas en necesidades críticas, y según los anteriores informes para 2023 fue aumentando de critico a severa la situación, cifras que nos indican que las políticas públicas no están siendo ejecutadas de la mejor manera por los organismos correspondientes, aparte de muchos otros factores que están influyendo para agudizar aún más la pobreza en el Estado llanero.