El presidente de EE. UU., Donald Trump, ha sugerido cambiar el nombre del estado de Nuevo México, en la frontera con México, por el de ‘Nueva América’, días después de firmar una orden para renombrar el lago Ontario como lago América en medio de una disputa comercial con Canadá.
«Mucha gente sugirió cambiar el nombre de Nuevo México, uno de los estados con mayor fraude electoral de todos los tiempos, a Nueva América», ha dicho. «Mucho más prestigioso y hermoso para la gente de ese estado potencialmente increíble. ¡Guau, me encanta!», ha señalado en un mensaje en redes sociales.
Apenas unas horas antes, el propio Trump había compartido una imagen del mapa del estado de Nuevo México con esta segunda palabra tachada y sustituida por América, un mensaje que fue posteriormente publicado también por la Casa Blanca a través de redes sociales.
Cabe señalar, sin embargo, que la gobernadora demócrata de Nuevo México, Michelle Lujan Grisham, ha resaltado que el nombre del estado «no está en discusión». «Ha sido nuestro desde antes de que existiera EE. UU.», ha sanjado, antes recalcar que, «mientras el presidente intenta distraer a los estadounidenses de su desastrosa guerra en Irán, los precios de la gasolina siguen disparándose».
«Los estadounidenses también gastan más en el supermercado, pierden acceso a la atención médica y se preguntan si algún día podrán permitirse una vivienda», ha lamentado, al tiempo que ha ensalzado que bajo su gobierno, en Nuevo México «se brinda a las familias guardería y universidad gratuitas, protegemos el acceso a la atención médica e invertimos en vivienda».
«Mientras la Casa Blanca pierde el tiempo dibujando mapas, Nuevo México trabaja duramente», ha dicho.
María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)
“En un país donde la violencia se vuelve paisaje, el Estado amplía sus capacidades de identificación, los contrapesos pierden fuerza y el poder exhibe a sus críticos. La libertad también se pierde cuando una sociedad se acostumbra a cederla.”
María José Salinas
México no está en guerra. No existe una invasión extranjera, las alarmas antiaéreas no interrumpen nuestras noches y ningún ejército enemigo avanza sobre el territorio nacional. No hay una declaración formal de guerra ni ciudades sitiadas por tropas extranjeras. Y, sin embargo, durante 2025 el país registró preliminarmente cerca de 28 mil homicidios.
La cifra debería bastar para incomodarnos sin necesidad de compararla con ningún conflicto extranjero. La pregunta verdaderamente perturbadora es cómo consiguió un país que formalmente vive en paz acostumbrarse a contar sus muertos por decenas de miles cada año. Quizá hemos construido una categoría propia: una paz en la que se asesina, se extorsiona y se desaparece; una normalidad donde millones de personas modifican horarios, rutas y costumbres para reducir la posibilidad de convertirse en la siguiente estadística.
Aquí no hay sirenas que anuncien bombardeos, pero sí comerciantes que reciben mensajes exigiendo derecho de piso. No vemos tropas extranjeras, pero conocemos carreteras que evitamos por miedo. No existen refugios subterráneos, pero hay madres que recorren terrenos y fosas clandestinas buscando a sus hijos con herramientas que, demasiadas veces, tuvieron que comprar ellas mismas. La violencia primero ocupa las primeras planas, después se transforma en una cifra y finalmente se incorpora a la rutina. México no está en guerra: ha aprendido a enterrar a sus muertos en tiempos de paz.
Frente a semejante realidad cabría esperar un Estado obsesionado con perseguir criminales, profesionalizar policías, fortalecer fiscalías, combatir la extorsión, localizar desaparecidos y reconstruir un sistema de justicia capaz de devolverle al ciudadano la confianza perdida. Sin embargo, mientras seguimos esperando resultados en esas materias, el propio Estado amplía sus mecanismos para identificar a quienes sí puede localizar: los ciudadanos que cumplen la ley.
Un Estado que identifica, pero no siempre protege
Desde 2026, las líneas móviles deben estar vinculadas con una persona física o moral. La medida ha sido presentada como un instrumento para combatir la extorsión, el fraude telefónico y la suplantación de identidad. El objetivo puede parecer razonable; la pregunta democrática, sin embargo, sigue siendo indispensable: ¿en qué momento la incapacidad estatal para perseguir eficazmente a quienes delinquen justifica imponer nuevas obligaciones de identificación a millones de ciudadanos que no han cometido ningún delito?
Las compañías telefónicas realizan la vinculación y resguardan los datos; según la autoridad reguladora, no existe una base gubernamental única que concentre todos los registros. No obstante, ante investigaciones relacionadas con delitos, las autoridades competentes pueden solicitar información a las empresas conforme a las disposiciones legales aplicables. El debate, por tanto, no debe reducirse a la disyuntiva infantil de estar a favor de la seguridad o a favor de los delincuentes. Una democracia madura puede combatir el crimen y, al mismo tiempo, discutir los límites del poder. De hecho, debe hacerlo.
La contradicción de fondo resulta difícil de ignorar: vivimos en un país donde miles de familias continúan buscando a personas desaparecidas mientras el aparato estatal desarrolla mayores capacidades para identificar a quienes sí están presentes. Dicho de otra manera, el mismo Estado que demasiadas veces no logra encontrarte cuando desapareces quiere tener certeza de quién eres cuando te comunicas. Puede tener razones legítimas para buscarlo; precisamente por eso los ciudadanos debemos exigir reglas legítimas, controles verificables y consecuencias ante cualquier abuso.
La discusión sobre privacidad suele quedar atrapada en un error recurrente: evaluamos las facultades del Estado según la confianza que sentimos por quien ocupa temporalmente el gobierno. Si confiamos en esa persona, las herramientas parecen inofensivas; si desconfiamos, descubrimos sus riesgos. Pero las instituciones no pueden diseñarse pensando únicamente en quien gobierna hoy. Deben resistir también a quien podría gobernar mañana. Esa es la diferencia entre confiar en un gobernante y construir una república.
Las libertades no pueden descansar sobre la promesa de que la autoridad utilizará correctamente sus atribuciones. Si dependieran de su buena voluntad, dejarían de ser derechos para convertirse en concesiones. La privacidad tampoco consiste en esperar que el gobierno se porte bien, sino en establecer reglas y contrapesos capaces de impedir que se porte mal sin enfrentar consecuencias. Por eso las preguntas son inevitables: ¿quién puede solicitar información?, ¿en qué circunstancias?, ¿quién autoriza su entrega?, ¿quién supervisa el procedimiento?, ¿puede el ciudadano impugnarlo? Y, sobre todo, ¿qué institución conserva la independencia suficiente para decirle que no al poder cuando sea necesario?
El contrapeso que debe proteger al ciudadano
Esa última pregunta conduce al Poder Judicial. El sistema mexicano nunca fue perfecto: durante décadas acumuló señalamientos por corrupción, nepotismo, lentitud, privilegios y decisiones incomprensibles. Defender su independencia no exige idealizar a los jueces ni negar los vicios históricos de la institución. México necesitaba -y continúa necesitando- una justicia más eficiente, accesible y confiable. Sin embargo, reconocer la necesidad de una reforma no obliga a aceptar que cualquier transformación fortalece automáticamente al sistema.
La reforma judicial modificó profundamente el mecanismo de selección de jueces, magistrados y ministros. La primera elección judicial federal registró una participación cercana al 13 por ciento y estuvo rodeada por una discusión pública sobre los llamados ‘acordeones’, materiales que recomendaban determinadas candidaturas. Desde 2024, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos había advertido sobre posibles afectaciones a la independencia judicial, el acceso a la justicia y la vigencia del Estado de derecho.
La discusión nunca debió reducirse a escoger entre defender una vieja élite judicial o respaldar incondicionalmente el nuevo modelo. La pregunta esencial es otra: ¿quién protegerá al ciudadano cuando sea el propio gobierno quien vulnere sus derechos? La independencia judicial importa no porque los jueces sean moralmente superiores, sino porque alguien debe ser capaz de detener al poder.
Durante décadas, el juicio de amparo ha sido una de las herramientas fundamentales del ciudadano frente a los actos de autoridad. Un juez puede suspender una decisión, frenar un daño potencialmente irreparable y recordar al Estado que incluso una mayoría política encuentra límites en la Constitución. Por eso la independencia del árbitro es más importante que su simpatía ideológica: la justicia no debe estar cerca del gobierno ni de la oposición, sino conservar la distancia suficiente para revisar a ambos.
Cuando el Ejecutivo, la mayoría legislativa y una parte sustancial de las instituciones encargadas de revisar sus actos comparten un mismo proyecto político, la cuestión de los contrapesos deja de ser académica. Se convierte en una pregunta ciudadana: ¿quién puede decir que no? Una Constitución puede enumerar decenas de derechos, pero un derecho sin una institución independiente capaz de hacerlo valer frente al poder corre el riesgo de convertirse en una promesa escrita con excelente caligrafía.
Cuando el poder individualiza a sus críticos
Dentro de ese contexto adquiere una dimensión distinta una escena reciente que debería incomodar a cualquier demócrata, independientemente de sus simpatías políticas. Desde una conferencia presidencial se proyectaron nombres y cuentas de periodistas, comunicadores, medios y ciudadanos críticos. El gobierno defendió el ejercicio como un análisis de tendencias digitales. Precisamente ahí comienza el problema: una democracia no solo debe preguntarse si el gobierno puede hacer algo, sino qué mensaje envía cuando decide hacerlo.
Si el objetivo era estudiar una conversación digital, ¿resultaba indispensable individualizar públicamente determinadas cuentas desde la principal tribuna política del país? Si se pretendía responder argumentos, ¿por qué colocar identidades particulares frente a una maquinaria de comunicación gubernamental cuya capacidad de amplificación supera por mucho a la de cualquier ciudadano? Y si no existía intención de señalar, ¿por qué tantas personas interpretaron el ejercicio precisamente como un señalamiento?
No hace falta compartir una sola opinión de quienes aparecieron en aquella exposición para comprender el riesgo. Esa es, de hecho, la prueba decisiva: la libertad de expresión no fue creada para proteger únicamente las ideas con las que coincidimos, sino para garantizar el desacuerdo. El poder, además, siempre encuentra términos amables para describir sus facultades. La vigilancia puede justificarse como seguridad; la propaganda, presentarse como información; el señalamiento, explicarse como derecho de réplica; y una relación pública de nombres, describirse como análisis.
Nada de ello significa que toda acción gubernamental de esa naturaleza constituya automáticamente autoritarismo. Significa algo más elemental: ninguna debe quedar exenta de escrutinio solo porque la autoridad asegure tener buenas intenciones. Cuando desde el poder se exhibe a ciudadanos críticos, el mensaje no termina en quienes aparecen en una pantalla. También lo reciben periodistas, académicos, empresarios, activistas, estudiantes y personas comunes que quizá mañana tengan algo incómodo que preguntar.
Ahí surge uno de los mecanismos políticos más antiguos y eficaces: la autocensura. Un gobierno no necesita silenciar directamente a millones de personas si consigue que suficientes ciudadanos concluyan que hablar puede traerles problemas. El miedo político alcanza su máxima eficiencia cuando deja de necesitar una orden y el ciudadano comienza a censurarse solo.
La erosión que se vuelve costumbre
Solemos imaginar las tiranías como una escena cinematográfica: tanques entrando a una plaza, militares clausurando un Congreso, periódicos cerrados y opositores encarcelados. A veces ocurre así; muchas otras, no. Las democracias también pueden erosionarse lentamente mediante procesos legales, reformas aprobadas por mayorías, controles justificados por emergencias, instituciones que pierden autonomía y pequeños abusos que la sociedad aprende a tolerar porque cada uno, observado por separado, parece insuficiente para encender todas las alarmas.
El peligro está en la secuencia. Primero se desacredita a los contrapesos porque son corruptos; después se transforma su composición porque deben democratizarse; más tarde se amplían las capacidades de identificación porque necesitamos seguridad; finalmente se exhibe a críticos porque el gobierno también tiene derecho a defenderse. Cada argumento puede contener una parte de verdad. La pregunta está en el resultado conjunto.
¿Cuándo comienza exactamente una tiranía: cuando se encarcela al primer opositor, cuando se clausura un periódico o mucho antes, cuando la sociedad considera razonable que el gobierno determine cuáles voces son legítimas y cuáles merecen ser señaladas? ¿La libertad de expresión desaparece únicamente cuando está prohibido hablar, o empieza a deteriorarse cuando hacerlo adquiere un costo suficientemente alto para que muchos prefieran callar? Ningún proyecto autoritario anuncia que desea menos libertad; siempre encuentra una causa noble -la seguridad, la justicia, la igualdad o la voluntad popular- para solicitar un poco más de poder.
Por eso la democracia no consiste en desconfiar únicamente de los gobernantes que detestamos. Consiste en limitar también a aquellos que admiramos.
La protesta que cambió de relación con el poder
Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que una parte importante de la sociedad mexicana encontraba perfectamente legítimo cuestionar al presidente desde las calles, las universidades, los medios y las redes. Movimientos como #YoSoy132 o las movilizaciones posteriores a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa fueron expresiones distintas de una misma idea democrática: el poder debe soportar la incomodidad de una ciudadanía que pregunta.
Hoy siguen existiendo razones para indignarse. Persisten la violencia, las desapariciones, la extorsión y la impunidad; continúa la discusión sobre la militarización de tareas civiles, y a ella se suman cuestionamientos sobre la privacidad, los contrapesos institucionales y la manera en que el poder responde a sus críticos. ¿Dónde está, entonces, aquella capacidad de movilización?
Durante décadas, una parte importante de la izquierda latinoamericana desarrolló una enorme habilidad para organizar el descontento, articular movimientos, construir consignas y convertir agravios legítimos en presión política. Eso, por sí mismo, no es condenable: es política. El problema aparece cuando los estándares para juzgar al poder cambian dependiendo de quién lo ocupa. Entonces la protesta que ayer era resistencia se convierte en conspiración; la crítica que representaba conciencia ciudadana pasa a describirse como golpismo; el periodista incómodo que cuestionaba al gobierno anterior era valiente, pero quien cuestiona al propio se transforma, convenientemente, en mercenario.
Las causas no desaparecieron y las víctimas tampoco. Lo que cambió, para muchos, fue su relación con el poder. De ahí una frase incómoda que resume la contradicción: la protesta no murió; cambió de nómina. Sin embargo, el fenómeno no pertenece exclusivamente a la izquierda. La derecha ha cometido el mismo pecado cuando justifica abusos, corrupción o excesos de gobiernos propios mientras denuncia con furia los del adversario.
Ese es el punto: quien condena un abuso cuando lo comete su enemigo, pero encuentra una excusa cuando lo comete su partido, no defiende un principio, sino una identidad política. El abuso no cambia de naturaleza según el color de quien lo comete; la censura no se vuelve democrática porque provenga del partido correcto, ni la vigilancia se transforma en libertad porque la administre un gobierno popular. Los derechos que solo defendemos para quienes piensan como nosotros dejan de ser derechos y se convierten en privilegios ideológicos.
Mientras alguien conserve su voz
La relación de periodistas, comunicadores y ciudadanos exhibidos desde la conferencia presidencial puede encontrarse en redes sociales. Vale la pena buscarla, no para convertir automáticamente a cada persona que aparece ahí en héroe ni para asumir que todas sus opiniones son correctas, sino para leer, escuchar, contrastar y decidir por cuenta propia. Seguir una voz crítica no significa obedecerla; significa defender la existencia de un espacio en el que pueda hablar.
Si el propósito de exhibir determinadas voces era desacreditarlas, la respuesta de una ciudadanía libre debería ser ampliar la conversación. Si se pretendía aislarlas, podemos escuchar sus argumentos y juzgarlos nosotros mismos. Y si alguien esperaba que el señalamiento produjera silencio, la respuesta más democrática es multiplicar las voces. El gobierno posee instituciones, presupuestos y transmisiones oficiales; el ciudadano conserva algo aparentemente más frágil, pero decisivo: su criterio.
Sería fácil terminar esta reflexión desde el pesimismo. La violencia se ha normalizado hasta niveles que deberían resultarnos intolerables; las instituciones atraviesan transformaciones profundas y la tecnología amplía las capacidades del Estado. A ello se suma el cansancio producido por tantos escándalos, cifras, muertos y promesas. Quizá el mayor peligro no sea únicamente el miedo, sino el agotamiento: ese momento en que una sociedad deja de preguntar porque concluye que preguntar ya no sirve.
Pero la historia nunca queda completamente en manos del poder. Cada gobierno que intentó administrar la verdad encontró ciudadanos dispuestos a cuestionarla; cada proyecto que quiso uniformar el pensamiento enfrentó alguna voz que se negó a repetir el libreto. Ahí reside la esperanza: no en esperar que el gobierno decida voluntariamente limitarse, ni en sustituir un caudillo por otro, sino en una ciudadanía suficientemente adulta para comprender que ningún gobernante es su dueño, ninguna mayoría posee facultades ilimitadas y ningún proyecto político merece lealtad incondicional.
La democracia no consiste solamente en votar, sino también en vigilar a quien ganó, especialmente si votamos por él. Consiste en defender el derecho de nuestros adversarios a decir cosas que detestamos, porque algún día podemos ser nosotros quienes necesitemos esa misma protección. Y consiste en preguntar cada vez que el poder solicite un poco más de confianza, más información o menos resistencia: ¿por qué?, ¿hasta dónde?, ¿quién te vigila a ti?
Hoy fueron algunos nombres en una pantalla. Mañana puede ser cualquier ciudadano que formule una pregunta incómoda. Sin embargo, mientras exista una persona dispuesta a hacerla, otra decidida a defender su derecho a formularla y muchas más capaces de negarse a entregar su criterio a cambio de comodidad, el silencio nunca será completo.
La libertad rara vez desaparece de un día para otro; a veces se pierde porque dejamos de ejercerla, de preguntar y de incomodarnos. También puede sobrevivir porque alguien decide que existe una frontera que el poder no debe cruzar, porque alguien se niega a callar o porque alguien recuerda que ser ciudadano significa algo más que ser gobernado.
México no está en guerra. México entierra a sus muertos, discute sus libertades y decide todos los días cuánto poder está dispuesto a entregar a cambio de la promesa de sentirse seguro. La historia todavía no está escrita: mientras haya ciudadanos dispuestos a preguntarle al poder quién lo vigila, a defender el derecho del adversario a disentir y a recordar que la libertad no se hereda intacta, permanecerá algo que ningún gobierno podrá administrar por completo: nuestra decisión de seguir siendo libres. Mientras esa decisión permanezca viva, todavía hay esperanza.
Referencias
INEGI. Estadísticas preliminares de defunciones registradas por homicidio, 2025.
Comisión Reguladora de Telecomunicaciones. Lineamientos para la identificación de líneas telefónicas móviles.
Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pronunciamiento sobre la reforma judicial en México y sus posibles efectos en la independencia judicial, el acceso a la justicia y el Estado de derecho, 2024.
Instituto Nacional Electoral. Cómputos y participación ciudadana de la elección extraordinaria del Poder Judicial de la Federación, 2025.
Majo Salinas, La libertad no se agradece al poder: se ejerce, se defiende y se vigila.liberalesdisidentes.com
Las autoridades de EE. UU. han emitido una alerta de seguridad para Mexicali, en el estado mexicano de Baja California, y ha suspendido las actividades de su personal diplomático en esta ciudad fronteriza debido a informaciones sobre una «amenaza potencial», sin más detalles al respecto.
La Embajada estadounidense en México ha indicado en un breve comunicado que «debido a informaciones sobre amenazas, las actividades gubernamentales estadounidenses en, y el viaje a, Mexicali, han quedado suspendidas este 25 de agosto» en la localidad, ubicada en el noroeste del país.
Así, ha recomendado a sus ciudadanos «evitar edificios gubernamentales en Mexicali» y «buscar refugio en caso de incidente», así como «seguir las instrucciones de las fuerzas de seguridad mexicanas», sin que las autoridades de México se hayan pronunciado por ahora sobre el mensaje de Washington.
Caracas. – El comandante Carlos Morales Cienfuegos, líder del grupo de rescatistas «Topos» de México (específicamente de la brigada Topos USAR BREC A.C.), denunció este pasado domingo, que fue la corrupción (del narcorégimen chavista) la que provocó el colapso de los edificios en Venezuela, causando la muerte de miles de inocentes.
El rescatista emitió estas declaraciones tras viajar al país para colaborar en las labores de búsqueda luego del doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5, que azotó la zona norte de Venezuela, con graves afectaciones en Caracas y Vargas, esta última entidad en la cual Cienfuegos se dedicó a rescatar víctimas y fallecidos desde los escombros, lo cual le permitió observar de cerca las pésimas construcciones de los urbanismos de la Misión Vivienda.
Cienfuegos afirmó tajantemente en una entrevista que «los dos terremotos no mataron a la gente, los mató la corrupción» debido a las graves fallas e irregularidades edilicias.
El rescatista mexicano basó sus declaraciones en los de 40 años de experiencia en búsqueda y rescate que posee. Su trayectoria, marcada desde el terremoto de México de 1985, respalda una visión que invita a analizar más allá del desastre natural.
Además, en sus declaraciones criticó fuertemente la ausencia de respaldo logístico y operativo por parte de las autoridades gubernamentales venezolanas hacia las brigadas de socorro.
Cabe resaltar, que a pesar de que la mayoría de los cuerpos de auxilio internacionales se retiraron, Cienfuegos y su equipo continuaron trabajando un mes después de la tragedia porque cientos de familias aún tienen personas atrapadas bajo los escombros.
«Alguien se hizo millonario matando gente», dijo Cienfuegos, quien aseguró que podría durar horas detallando los errores que detectó en las construcciones, lo cual, a su juicio, evidenció que no emplearon materiales de calidad ni en la cantidad adecuada, para garantizar que los edificios estuvieran bien edificados.
Su denuncia ocurre en momentos, en los cuales la opinión pública pone en tela de juicio la calidad de los urbanismos levantados en Vargas, por la citada Misión Vivienda, los cuales se derribaron en su mayoría durante los sismos.
Lo que dice uno de los topos sobre el terremoto en Venezuela, no es nadie de la oposición ni antichavista, es alguien de otro país dando su opinión: pic.twitter.com/JLLWvwoRlu
El Gobierno de EE. UU. ha sancionado a más de medio centenar de personas y entidades mexicanas que relaciona con el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), en lo que ha descrito como «un golpe crucial a la cúpula de una de las organizaciones narcoterroristas más violentas y peligrosas del hemisferio».
«En una acción histórica para debilitar el narcoterrorismo, Estados Unidos sanciona a más de 50 personas y entidades mexicanas vinculadas al Cártel de Jalisco Nueva Generación, asestando un golpe crucial a la cúpula de una de las organizaciones narcoterroristas más violentas y peligrosas del hemisferio», ha afirmado el portavoz del Departamento de Estado Thomas Pigott en un comunicado.
Según la cartera que lidera Marco Rubio, estas sanciones «desarticulan una amplia gama de actividades delictivas y terroristas del CJNG en varios estados mexicanos». La medida, además, «también apunta a Juan Carlos González, alias ‘Pelón’, ciudadano con doble nacionalidad estadounidense y mexicana, y nuevo líder del CJNG».
Asimismo, ha recordado que el Departamento «continúa ofreciendo una recompensa de hasta USD$ 5 millones, en el marco del Programa de Recompensas por Narcóticos, por información que conduzca a su arresto y/o condena». «Los días de impunidad de Pelón están contados, será llevado ante la justicia», espeta el comunicado.
«Miembro veterano del cártel, Pelón ascendió a este puesto tras la muerte de su padrastro, El Mencho, quien falleció durante una operación del gobierno mexicano en febrero de 2026. Pelón, también conocido como «Juan Carlos Valencia González», enfrenta cargos federales por narcotráfico en EE. UU., presentados ante el Tribunal de Distrito de EE. UU. para el Distrito de Columbia», ha recordado, por su parte, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, en inglés), del Departamento del Tesoro, en un comunicado.
En el mismo, la OFAC, principal ente sancionador del Ejecutivo estadounidense, ha subrayado que este conjunto de designaciones «ponen de manifiesto cómo los líderes y altos cargos de los cárteles mexicanos suelen confiar sus bienes a familiares cercanos y socios de confianza».
«Estas personas suelen ocupar puestos de liderazgo en empresas de su red, con el fin de reducir el riesgo de que dichas empresas y sus integrantes sean objeto de futuras investigaciones», explica en una nota en la que desgrana un conjunto de sanciones contra la red empresarial y familiar de Audias Flores Silva, alias ‘Jardinero’.
Uno de sus socios más importantes «es César Alejandro Villasenor Olivares (alias ‘El Güero Conta’)», de quien el Tesoro asegura que «es responsable de supervisar la red de ‘Jardinero’, compuesta por empresas fachada, particulares y familiares, (y) diseñada para ocultar el interés de ‘Jardinero’ en los bienes obtenidos inicialmente con ganancias ilícitas».
También incluye la de Gerardo Botello Rozalez, alias ‘El Cachas’, de quien ha recordado que «fue vinculado al centro de entrenamiento del Rancho Izaguirre», unos terrenos en Jalisco empleados por el CJNG como centro de confinamiento, adiestramiento y exterminio donde se descubrieron numerosos restos humanos e incluso tres hornos crematorios clandestinos.
En este caso, la OFAC también ha designado «a la esposa más reciente de ‘El Cachas’, Liliana Cisneros Tapia, y a sus hijos —Jesús David Botello Ortiz, Edgar Gerardo Botello Ortiz y Ricardo Botello Ortiz— por su participación en las entidades corporativas mencionadas».
Entre las actividades que el Tesoro atribuye al CJNG y a sus miembros, se encuentran el «tráfico de fentanilo y robo de combustible», el «tráfico de cocaína» y el «lavado de dinero de terceros».
El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México, Omar García Harfuch, ha anunciado este martes la detención de Isai ‘N’, sobrino de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, y que cuenta con una orden de extradición hacia EE. UU. por tráfico de drogas.
El arresto, ha confirmado García Harfuch en sus redes sociales, ha tenido lugar en Nogales, una ciudad situada en el estado de Sonora, considerada estratégica para las rutas del tráfico de droga hacia EE. UU.
El titular de Seguridad ha subrayado que la captura de Isai ‘N’, sobrino del que fuera líder del Cártel de Sinaloa, es el resultado de «trabajos de inteligencia militar central de la Secretaría de Defensa y en coordinación con la Fiscalía General, a través de la Agencia de Investigación Criminal con la Guardia Nacional e instituciones del Gabinete de Seguridad».
Estos trabajos han permitido, asimismo, la incautación de «687 kilos de cocaína, 151 armas de fuego, 363 cargadores y 18 granadas» en Tapachula, localidad fronteriza con Guatemala situada en el estado de Chiapas.
«Estas acciones reflejan la coordinación permanente del Estado mexicano para detener objetivos prioritarios y debilitar las capacidades operativas de los grupos criminales», ha señalado García Harfuch.
El presidente de EE. UU., Donald Trump, ha vuelto a amenazar este miércoles con intervenir en México si las autoridades mexicanas «no hacen su trabajo» contra el narcotráfico, afirmando que su Administración lo hará por ellas.
«El tráfico de drogas por mar se ha reducido en un 97%, y ahora hemos puesto en marcha la fuerza terrestre, que es mucho más fácil. Oirán algunas quejas de ciertas personas, como representantes de México y otros lugares. Pero si ellos no van a hacer el trabajo, lo haremos nosotros, y ellos lo entienden», ha señalado durante un acto celebrado en la Casa Blanca.
El mandatario se ha expresado de este modo en anteriores ocasiones y, de hecho, el pasado febrero los ataques estadounidenses contra organizaciones del narcotráfico podrían ocurrir en «cualquier lugar», incluyendo todo el territorio latinoamericano.
En este marco, las autoridades de México, incluida su presidente, la socialista Claudia Sheinbaum, han reivindicado su soberanía e independencia ante la beligerante postura de Washington que, alegando la lucha contra el tráfico de drogas, no ha dudado en atacar embarcaciones en el Pacífico y el Caribe desde septiembre del pasado año, dejando más de un centenar de muertos.
Caracas. – Erika María “N” Herrera (63), la mujer acusada de asesinar a la ex reina de belleza Carolina Flores Gómez en México, fue detenida este pasado miércoles en Caracas durante un procedimiento realizado en el municipio El Hatillo.
Herrera se encontraba prófuga desde el 15 de abril, cuando cometió el feminicidio ocurrido en Polanco, alcaldía Miguel Hidalgo, Ciudad de México. La víctima fue asesinada dentro de un departamento y un video captó el momento en el cual Herrera disparó varias veces contra Flores, grabación que se hizo viral en las redes sociales.
El video exhibe el momento que la exreina de belleza discute con su suegra en la sala del apartamento. En medio de esa discusión, Carolina ingresó a una habitación del apartamento, donde es seguida por Erika María. Luego se oyen seis detonaciones y de seguido el reclamo del esposo de Carolina expresado en la pregunta «¿Qué hiciste, mamá?”. También se oye la respuesta a la presunta asesina cuando expresó: “Me hizo enojar”.
Su captura se logró luego de la emisión de una ficha roja de Interpol solicitada por la Fiscalía General de la República (FGR), en coordinación con la Fiscalía de la Ciudad de México, tras una orden de aprehensión en su contra. Fue capturada en un apartamento del edificio Parque Alegre, en la urbanización El Cigarral, municipio El Hatillo (Miranda).
Actualmente la mujer permanece bajo custodia de las autoridades venezolanas, mientras se realizan los trámites correspondientes para su extradición a México. Datos extraoficiales y no confirmados por redes sociales, aseguran que fueron militares fieles al narcorégimen interino chavista, quienes delataron la presencia de Herrera en Venezuela.
Presuntamente la extorsionaron con 150.000 dólares para no revelar su ubicación, pero al no tener más dinero para pagar a otros uniformados, decidieron delatarla.
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha reclamado este miércoles «empatía» a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, por la muerte de dos agentes estadounidenses en un accidente de tráfico al regreso de una operación llevada a cabo con la colaboración de las autoridades de Chihuahua.
«Creo que el presidente (Donald Trump) estaría de acuerdo en que un poco de empatía por parte de Claudia Sheinbaum sería muy oportuno por las dos vidas estadounidenses que se han perdido», ha declarado en una entrevista concedida a la cadena Fox New, alegando «todo» lo que la actual Administración estadounidense está haciendo para combatir el trafico de drogas desde el país vecino.
Leavitt ha acogido «cierta cooperación» dispuesta por parte de Sheinbaum, pero acto seguido ha señalado que el mandatario estadounidense «siempre busca mayor cooperación». «Lo que estamos haciendo no solo beneficia al pueblo estadounidense, sino también al suyo, al combatir a estos cárteles y erradicar, una vez más, el flagelo del narcotráfico y la trata de personas que ha azotado México durante demasiado tiempo», ha señalado.
La presidenta mexicana ha pedido explicaciones a las autoridades estadouidenses, en particular a su legación diplomática, por la presencia de los agentes de la CIA en una operación de la que no tenía conocimiento y ha dejado entrever que se podría haber infringido la seguridad nacional y la soberanía de México.
«No es menor lo que ocurrió», ha advertido durante su rueda de prensa matutina de este miércoles, desde donde ha señalado que ya han dejado «muy claro» en varias ocasiones a Washington que no aceptan la participación sobre el terreno de sus agentes y que hay «otras formas de colaboración y cooperación».
Las autoridades de Chihuahua informaron en la noche del domingo de la muerte de dos funcionarios mexicanos y de dos agentes de las Embajada de EE. UU., en un accidente de tráfico cuando regresaban de un operativo en el municipio de Morelos, en el que había destruido laboratorios clandestinos.
Las autoridades mexicanas han informado del arresto del líder de la organización criminal Cárteles Unidos, Jesús Mendoza Castillo, alias ‘Gallo’, ‘Licenciado’ o ‘Serrucho’, y de otros siete miembros del grupo.
Efectivos de la Fiscalía General de la República (FGR) en Michoacán y Puebla han dirigido la operación, en la que se realizaron nueve registros en otros tanto inmuebles en Tancítaro, Uruapan, Apatzingán, en Michoacán, y en Santa María La Alta, en Puebla.
Las autoridades han identificado a los detenidos como Uziel Morales Baltazar, José Alfonso Castillo Sánchez, Jaime Sánchez Soriano, Bulmaro Mendoza Castillo, Agustín Felipe López Morales, Flavio Eduardo Sánchez Zamora y Joaquín Sánchez Sánchez, además de Mendoza Castillo.
El grupo se dedicaba al tráfico de drogas, armas y lavado de dinero. En la operación se incautaron de armas de fuego largas y cortas, cargadores, cartuchos, probable narcótico y dinero en efectivo, entre otros objetos, así como de sus inmuebles.
Un portavoz de la Fiscalía, Ulises Lara López, ha explicado en redes sociales que los detenidos se dedicaban al tráfico de droga de México a la ciudad estadounidense Kansas City, en el estado de Missouri.
«De manera paralela, se implementaron monitoreos en materia de comunicaciones debidamente autorizados, seguimiento en distintas redes digitales, georreferencias, por lo que la información obtenida permitió identificar rutas, horarios, puntos de reunión y domicilios utilizados para el resguardo de narcóticos y armas, lo que fortaleció las indagatorias», ha apuntado.
«Estos resultados representan un golpe importante a la delincuencia organizada y evitan que grupos criminales continúen su operación que tanto daño causa a la sociedad», ha añadido Lara.
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