En Venezuela, la tragedia humanitaria y el dolor de un pueblo sepultado bajo los escombros sirvieron de escenario para revelar la faceta más miserable y desconectada de la administración regional chavista en Venezuela, personificada en el gobernador del estado Vargas, José Terán.
Esta semana, el gobernador chavista es seleccionado como el «Borrego de la Semana», dado su falta de escrúpulos que funge como símbolo de la negligencia criminal del sistema chavista. Estas afirmaciones llegan porque, durante los momentos más oscuros del reciente terremoto, mientras las víctimas agonizaban bajo las ruinas y el dolor consumía a los sobrevivientes, el gobernador —encargado, en teoría, de atender la emergencia estatal— simplemente no aparecía.
Su ausencia fue tan absoluta y cobarde que, en medio de la crisis, ningún ciudadano de a pie sabía realmente quién era el gobernador del Estado. Jamás se acercó a La Guaira y, con ello, evidencia un vacío de poder y un abandono absoluto de sus funciones públicas.
La indignación colectiva estalló de manera de manera definitiva el 30 de junio, apenas seis días después del desastre, cuando el funcionario finalmente decidió dar la cara ante la opinión pública. Sin embargo, lejos de asumir el liderazgo de los protocolos de rescate o coordinar la ayuda para los damnificados, Terán reapareció bailando tambores de manera festiva.
Este acto de desprecio, que consistió en celebrar y bailar de forma grotesca sobre los muertos y la desgracia, marca una línea clara entre el derecho a la recreación de cualquier ciudadano privado y la responsabilidad ineludible de un funcionario del Estado.
Haciendo una comparativa con las autoridades de EE. UU., el comportamiento impúdico del gobernador equivale a presenciar a las más altas autoridades de un estado como Florida bailando un vals sobre los escombros tras el azote simultáneo de diez huracanes de categoría cinco.
En suma, es una exhibición pornográfica de indolencia que demuestra que para la cúpula chavista que somete al país, la vida y el sufrimiento de los venezolanos no representan más que un ruido de fondo que puede ser silenciado al ritmo del tambor.
Si bien, es necesario señalar que este bochornoso espectáculo no es un hecho aislado, sino el reflejo del colapso de un sistema político y el fracaso de una sociedad que ha permitido que personajes de tal calaña ostenten el poder.
Mientras las familias de Vargas lloran a sus fallecidos y la infraestructura de la región yace destruida, el gobernador prefiere la comparsa antes que el deber, confirmando que la tragedia de Venezuela no solo radica en los desastres naturales, sino en la abyecta bajeza moral de quienes dicen gobernarla.






