Por María José Salinas
Bloqueos, incendios y ciudades paralizadas dejaron al descubierto la fragilidad de la seguridad y recordaron a millones de ciudadanos que, en cuestión de horas, el miedo puede imponerse sobre la normalidad.
El domingo 22 de febrero de 2026 comenzó como cualquier otro día en México. Familias saliendo a desayunar, personas tomando la carretera, negocios abriendo sus puertas. Nada parecía fuera de lugar. Pero alrededor de las 10 de la mañana, comenzaron a aparecer las primeras señales de que algo no estaba bien.
En Jalisco, vehículos incendiados bloqueaban carreteras. Tráilers atravesados impedían el paso. Automovilistas eran obligados a descender de sus unidades mientras estas eran utilizadas para cerrar vialidades estratégicas. Al principio, muchos pensaron que se trataba de un incidente aislado.
No lo era.
En cuestión de horas, el humo comenzó a elevarse también desde las ciudades. Puerto Vallarta, uno de los destinos turísticos más importantes del país, se convirtió en una de las imágenes más impactantes del día. Desde distintos puntos podían verse columnas de humo elevándose sobre el paisaje costero. Vehículos incendiados, vialidades bloqueadas y zonas paralizadas transformaron la rutina en incertidumbre.
Tiendas OXXO fueron incendiadas, como ha ocurrido en otros episodios similares, afectando directamente a trabajadores y ciudadanos que dependen de estos establecimientos en su vida diaria. Esta vez, también fueron atacadas sucursales del Banco del Bienestar, la institución financiera creada por el gobierno para distribuir apoyos sociales. Su destrucción no tenía un valor tácito evidente, pero sí un peso simbólico claro: demostrar que ni siquiera las estructuras visibles del Estado están fuera de alcance.
Horas antes, fuerzas federales habían logrado la captura de uno de los líderes criminales más poderosos del mundo, en un operativo que posteriormente se informó que había sido realizado en coordinación con agencias del gobierno de Estados Unidos. La reacción fue inmediata y dejó claro el nivel de alcance, coordinación y capacidad de respuesta de estas organizaciones.
Pero para los ciudadanos, el significado no estaba en los detalles del operativo. Estaba en el miedo.
Durante horas, millones de personas hicieron lo único que podían hacer: quedarse en casa, cancelar planes, escribir a sus familiares para asegurarse de que estaban bien, evitar salir. Las calles se vaciaron. La normalidad se suspendió.
Vivir en México implica, muchas veces, vivir en estado de alerta. No como un acto consciente, sino como una adaptación. Es aprender a observar el entorno, a tomar precauciones, a modificar hábitos. Es entender que la seguridad no siempre es una garantía, sino algo que puede cambiar en cualquier momento.
Pero lo ocurrido ese domingo fue distinto.
No fue un hecho aislado en una región específica. Fue una demostración que alcanzó ciudades, carreteras y comunidades al mismo Ɵempo. Fue la sensación compartida de que, sin importar dónde estuvieras, la estabilidad podía romperse en cuestión de horas.
El monopolio legítimo de la fuerza es uno de los pilares fundamentales de cualquier Estado. Su propósito es garantizar que los ciudadanos puedan vivir con seguridad, que la ley prevalezca y que nadie pueda imponer el miedo como forma de control.
Cuando ese principio se debilita, lo que se pierde no es solo el control territorial.
Se pierde la certeza.
El costo de esta violencia no se mide únicamente en infraestructura destruida. Se mide en vidas interrumpidas. En personas que pierden sus herramientas de trabajo. En negocios que no vuelven a abrir. En ciudadanos que aprenden a vivir con una sensación permanente de vulnerabilidad.
También lo pagan quienes enfrentan directamente estos escenarios. Elementos del Ejército, la Guardia Nacional y otras fuerzas de seguridad han perdido la vida en operativos y enfrentamientos. El secretario de la Defensa Nacional, el General Ricardo Trevilla Trejo, habló públicamente sobre estas pérdidas con la voz entrecortada y conteniendo las lágrimas, recordando que detrás de cada uniforme hay una familia, una historia, una vida.
Nada de esto es abstracto.
Es la realidad de millones de mexicanos.
Pero México es mucho más que esto.
México es un país de personas trabajadoras que todos los días construyen, emprenden y avanzan a pesar de las dificultades. Es un país con una riqueza cultural extraordinaria, con paisajes únicos, con ciudades vibrantes y una identidad que ha trascendido fronteras.
México merece vivir sin miedo.
Merece instituciones que funcionen. Merece un Estado de derecho que se cumpla. Merece que la seguridad no sea una aspiración, sino una garanơa.
Pero ese cambio no va a comenzar desde el poder. Va a comenzar desde la sociedad. Va a comenzar cuando los ciudadanos dejen de normalizar el miedo. Cuando empiecen a informarse, a cuestionar y, sobre todo, a exigir resultados. Cuando entiendan que el poder público no es una figura infalible, sino una responsabilidad delegada.
Porque en una sociedad libre, al poder no se le aplaude, al poder se le vigila. Se le limita. Y, cuando falla, se le exigen cuentas.







