El Gobierno de EE. UU. ha subrayado este jueves que retirará los visados a quienes traten de «socavar» o «manipular» las elecciones en Colombia, país que será llamado a las urnas en segunda vuelta para elegir a su próximo presidente el 21 de junio.
«Quienes se vean tentados a socavar o manipular el proceso democrático, ya sea comprando votos o de cualquier otra forma, quedan, por tanto, advertidos de que están poniendo en riesgo sus visados y los de sus familias», ha advertido el subsecretario de Estado de EE. UU., Christopher Landau, en un mensaje publicado en redes sociales que ha culminado recalcando en español y entre exclamaciones: «¡Por algo me llaman El Quitavisas!».
Lo ha hecho aludiendo a una intervención del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, celebrada esta semana en el Congreso, en la cual, ha destacado, el país está «comprometido» con la «protección de la democracia» en Colombia. Por ello y, según ha subrayado Landau, en aras de «salvaguardar la integridad» de los próximos comicios electorales en el país sudamericano, desde Washington están «siguiendo de cerca la situación en la costa caribeña y en otras zonas».
Finalmente, el subsecretario de Estado norteamericano ha hecho hincapié en que, a ojos del Ejecutivo estadounidense, un visado del país «es un privilegio» y no «un derecho», siendo, por ende, su «denegación y revocación» herramientas «poderosas» para impulsar la política exterior de Washington.
El fiscal general de Colombia, Gregorio Eljach Pacheco, ha asegurado este lunes que no hay «prueba o indicio» de que se haya variado el censo electoral, como apuntó en la víspera el presidente guerrillero y socialista del país, Gustavo Petro, después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales que han superado el candidato Abelardo de la Espriella, y el comunista Iván Cepeda.
«En relación con la supuesta variación del software de preconteo de los votos, la última semana, la Procuraduría General de la Nación, de acuerdo con la función de vigilancia técnica que ha realizado a lo largo de este proceso, está en condiciones de asegurar que no se conoce prueba o indicio de la presunta modificación a la que se refiere el presidente», ha señalado en un vídeo difundido en redes sociales.
El magistrado ha agregado que «tampoco hay evidencia de que se haya alterado el censo electoral oficial para incorporar cédulas de manera irregular». «Las afirmaciones que se nos ha suministrado por nuestros delegados no constatan mesas impugnadas que demuestren miles de votos agregados. Mis delegados en el proceso electoral dan cuenta de que en ninguno de los casos señalados por el señor presidente de la República hay evidencias que confirmen sus afirmaciones», ha asegurado.
Pacheco, que ha pedido a Petro que le haga llegar las evidencias que puedan «respaldar cada una de sus afirmaciones», ha recordado que «no existe en el ordenamiento jurídico colombiano ninguna disposición que otorgue al presidente competencia para decidir la aceptación o no respecto de los resultados electorales, ni en el preconteo, ni en la etapa de escrutinio».
Asimismo, ha aprovechado para mencionar la «buena marcha del proceso electoral» y asegurar que «están dadas las condiciones para realizar la segunda vuelta presidencial con plenas garantías para todos los ciudadanos y los candidatos presidenciales que se mantienen en la contienda», que tendrá lugar el próximo 21 de junio.
Cabe señalar que las declaraciones del fiscal llegan después de que Petro manifestara que «no acepta» los resultados del preconteo electoral, alegando que «los algoritmos del software de conteo y escrutinio (…) fueron variados y agregaron 800.000 cédulas más de personas que están en el censo oficial presentado», una denuncia suscrita en un primer momento por Iván Cepeda, si bien se ha desdicho en la jornada de este lunes asegurando que hasta el momento no ha encontrado «evidencia» de este hecho.
El candidato Abelardo de la Espriella disputará la Presidencia de Colombia a la alternativa del Pacto Histórico —izquierda, profundamente comunista—, Iván Cepeda, en una segunda vuelta que tendrá lugar el próximo 21 de junio, tras haberse posicionado como las dos opciones más votadas en la primera ronda celebrada este domingo.
Concretamente, De la Espriella lo hará tras haber cosechado el 43,73% de los sufragios, frente a un Cepeda que se ha hecho con el 40,91% de los votos, según los últimos datos publicados por la Registraduría de Colombia, que apunta a un 98,70% del escrutinio completado.
Estos datos se traducen en 10.346.212 votos para De la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, mientras que Cepeda, apoyado por el presidente socialista y guerrillero saliente, Gustavo Petro, logra 9.680.548 votos. A ellos le sigue de lejos la candidata de Centro Democrático, Paloma Valencia, respaldada por el expresidente Álvaro Uribe (2002-2010) que ha alcanzado el 6,92% de los sufragios.
Conocidos los resultados, el primero en pronunciarse ha sido el propio De la Espriella, quien se ha presentado a lo largo de la campaña como ‘El Tigre’. Dirigiéndose a los colombianos que se han «unido a la manada» en esta llamada a las urnas, y ha avanzado que irá a balotaje «para derrotar a la tiranía y el absolutismo», de manera que «en 21 días» cambie la historia de Colombia «para siempre».
Vamos a celebrar esta victoria de los nunca: de los que nunca hemos vivido de la teta del Estado, de los que nunca hemos hecho politiquería», ha defendido la cabeza del movimiento Defensores de la Patria en un vídeo publicado en redes sociales poco antes de dirigirse a la ciudadanía en un discurso pronunciado en el malecón de Barranquilla, ciudad caribeña sita en el norte de Colombia.
Tras él, se ha dirigido a las cámaras Paloma Valencia, quien abogando por una «Colombia en libertad» que «no cae en las manos del comunismo ni el neocomunismo» ha anunciado su apoyo a De la Espriella de cara a una segunda vuelta en la cual, ha sostenido, seguirá «en la batalla» para «derrotar» a Cepeda.
En esa misma línea, asumiendo «humildemente» sus «responsabilidades» por los resultados obtenidos por Centro Democrático en estos comicios, Uribe ha pedido el voto para De la Espriella arguyendo que Colombia «no puede seguir el camino de convertirse en una sucursal del chavismo, de Petro y Cepeda» ni tampoco «pretender elegir presidentes como Cepeda, apoyado por los grupos terroristas».
Caracas. – José Enrique Martínez Flores, alias «Chuky», líder de alto rango de la banda criminal venezolana «Tren de Aragua», fue extraditado pro Colombia hacia Estados Unidos, donde enfrentará cargos por terrorismo y narcotráfico. El operativo, confirmado este viernes, lo convierte en uno de los cabecillas más importantes de esta organización en enfrentar la justicia estadounidense, siendo trasladado a Houston.
La Fiscalía del Distrito Sur de Texas informó que Martínez Flores, de 24 años, fue arrestado en Colombia el 31 de marzo de 2025 a petición de las autoridades estadounidenses y apenas llegue a Houston este viernes, comparecerá ante una corte federal.
Según la acusación, el venezolano formaría parte del círculo cercano de la cúpula del «Tren de Aragua» en Bogotá, y habría coordinado actividades criminales como narcotráfico, extorsión, prostitución y asesinatos.
El Departamento de Justicia señaló que Martínez Flores enfrenta cargos por conspirar para brindar apoyo material a una organización terrorista extranjera y por conspiración para distribuir más de cinco kilos de cocaína con destino a Estados Unidos.
La acusación también incluye a otros tres presuntos líderes del Tren de Aragua, entre ellos Giovanni Vicente Mosquera Serrano, alias “El Viejo”, quien figura en la lista de los 10 fugitivos más buscados del FBI.
Por su parte, el director del FBI, Kash Patel, calificó como «histórico» el hecho debido a que es la primera vez que un miembro de esta organización es acusado de delitos de terrorismo.
Cristian Romero, abogado Penalista, docente universitario, Coordinador Nacional de EsLibertad Colombia, Investigador jurídico, candidato a magister en derecho penal, columnista y conferencista.
“Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria.”
Cristian Romero
Durante décadas, el debate sobre la seguridad en Colombia se ha movido entre dos extremos igual de insuficientes: quienes creen que el monopolio estatal absoluto sobre los medios de defensa garantiza automáticamente el orden público, y quienes reducen cualquier discusión sobre armas a consignas ideológicas. El problema es que la realidad colombiana no cabe en ninguno de esos simplismos, tanto por el contexto de violencia actual como por la violencia histórica que ha atravesado el país.
Hace bastante tiempo he estado trabajando en una propuesta que brinde una solución real a esta problemática y amplíe el marco de libertad en torno a la defensa de los colombianos. Se trata de mi investigación presentada en la maestría en derecho penal de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, la cual parte de una incógnita distinta: ¿qué ocurre cuando el Estado restringe de manera casi total el acceso legal a los medios de defensa personal en un país donde la violencia armada continúa siendo ejercida, principalmente, por actores ilegales que jamás han obedecido la ley?
El régimen colombiano de armas, estructurado alrededor del Decreto 2535 de 1993, descansa sobre una lógica que merece ser revisada con rigor jurídico y no con prejuicios políticos ni ideológicos. La regulación actual termina produciendo una consecuencia profundamente contradictoria: restringe principalmente al ciudadano que sí está dispuesto a cumplir la ley, mientras que el criminal continúa obteniendo armas por fuera del sistema legal. No estamos frente a una hipótesis ideológica, sino frente a un problema estructural. En Colombia, obtener legalmente un permiso de porte implica atravesar una cadena de barreras económicas, administrativas y burocráticas que convierten el acceso en un privilegio reservado para pocos sectores con capacidad económica o influencia política. Entre permisos, exámenes, cursos y adquisición del arma, el costo puede superar ampliamente varios salarios mínimos. Lo que termina generando un resultado práctico bastante evidente, a saber: el sistema no selecciona portadores por conducta, estabilidad emocional o responsabilidad individual, sino por capacidad económica o posición social.
Este punto es central. La jurisprudencia colombiana, particularmente en la Sentencia C-296 de 1995, ha sentado una base importante frente a esta problemática y a la interpretación que el derecho penal moderno realiza sobre ella: este no castiga personas por el supuesto peligro abstracto que representan, sino por conductas concretas que lesionan bienes jurídicos de tutela. El principio de derecho penal de acto impide que el Estado convierta la mera posibilidad de riesgo en fundamento suficiente para restringir indiscriminadamente libertades individuales. Sin embargo, gran parte del enfoque actual sobre armas termina operando precisamente bajo esa lógica: asumir que el ciudadano civil, por el simple hecho de aspirar a un mecanismo de defensa personal, constituye un peligro potencial.
La viabilidad constitucional del modelo
Mi investigación cuestiona esa premisa desde una perspectiva constitucional y del derecho penal. La Constitución colombiana no prohíbe de manera absoluta el porte civil. El artículo 223 establece el monopolio estatal sobre la fabricación e introducción de armas y municiones, pero al mismo tiempo permite que la ley regule las condiciones bajo las cuales los particulares pueden acceder a permisos otorgados por la autoridad competente. Esto tiene una consecuencia jurídica importante, puesto que la restricción vigente no proviene de una prohibición constitucional expresa, sino principalmente de decisiones administrativas y políticas públicas adoptadas a lo largo del tiempo.
El silogismo jurídico es relativamente claro:
Primera premisa: la Constitución admite el porte civil regulado.
Segunda premisa: el Congreso posee la facultad y libertad de configuración normativa para desarrollar el régimen jurídico correspondiente.
Tercera premisa: las restricciones actuales derivan, en gran medida, de políticas administrativas antes que de una prohibición constitucional absoluta.
Conclusión: el legislador colombiano puede ampliar legalmente el acceso regulado al porte de armas sin necesidad de reformar la Constitución.
Esto no significa eliminar controles ni promover una sociedad armada sin límites normativos. De hecho, la propuesta desarrollada en la investigación apunta exactamente a lo contrario: sustituir un sistema basado en barreras económicas por un modelo centrado en responsabilidad individual verificable.
¿Cómo funcionaría el modelo?
Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria. La propuesta mantiene intacto el monopolio estatal sobre la fabricación, trazabilidad y registro de armas, pero transforma la lógica mediante la cual el ciudadano accede legalmente a mecanismos de defensa personal.
El modelo funciona a partir de una habilitación progresiva y condicionada. El ciudadano interesado no obtendría un permiso permanente e indefinido, sino una licencia sujeta a evaluación continua de conducta, historial y cumplimiento normativo. A diferencia del sistema actual, donde el principal filtro termina siendo la capacidad económica del solicitante, el nuevo esquema prioriza criterios verificables como antecedentes penales, ausencia de conductas típicas relevantes para el derecho penal, estabilidad conductual, entrenamiento certificado y permanencia dentro de comunidades reguladas de práctica y supervisión.
Uno de los elementos centrales de la propuesta es la creación de clubes certificados de tiro y defensa comunitaria con función pública delegada y supervisión estatal permanente. Estos espacios no operarían como simples polígonos recreativos, sino como instituciones de formación cívica y técnica encargadas de evaluar periódicamente a los portadores, verificar condiciones psicológicas y de idoneidad, registrar prácticas obligatorias y reportar comportamientos de riesgo o posibles conductas con relevancia penal a las autoridades competentes. El arma dejaría de entenderse como un objeto aislado de propiedad individual y pasaría a insertarse dentro de una estructura institucional de responsabilidad compartida.
A ello se suma un sistema obligatorio de seguro individual de responsabilidad civil del portador. Esto implica que toda persona autorizada para portar un arma debería mantener una póliza activa capaz de responder patrimonialmente frente a daños ocasionados por uso negligente, imprudente o irresponsable, especialmente en escenarios donde puedan concurrir conductas penalmente relevantes derivadas del uso indebido del arma de fuego. El objetivo es trasladar parte del costo del riesgo al propio portador y generar incentivos económicos reales hacia el comportamiento responsable. En otras palabras, el modelo busca que el ciudadano armado tenga no solo derechos, sino también obligaciones permanentes y consecuencias inmediatas frente a cualquier incumplimiento.
La propuesta también incorpora mecanismos de monitoreo continuo y pérdida automática de habilitación frente a conductas incompatibles con la licencia. Episodios relacionados con posibles tipos penales como violencia intrafamiliar, amenazas, lesiones personales, constreñimiento ilegal o cualquier manifestación de violencia dolosa activarían procesos de suspensión inmediata mientras se realiza la respectiva revisión institucional y jurídica. Del mismo modo, situaciones asociadas a abuso de sustancias psicoactivas, alteraciones graves de conducta, incumplimientos administrativos reiterados o antecedentes con relevancia criminológica serían objeto de evaluación permanente por parte de las autoridades competentes. La lógica cambia por completo: el permiso deja de ser una autorización estática otorgada una sola vez y se convierte en una relación jurídica dinámica sometida a evaluación constante.
Otro elemento fundamental consiste en reducir la actual aporofobia estructural del sistema colombiano de armas. Hoy, el acceso legal termina reservado para sectores con altos ingresos o conexiones políticas, mientras las poblaciones rurales y sectores vulnerables —precisamente los más expuestos a estructuras criminales armadas— permanecen excluidos del sistema legal de protección personal. La propuesta busca sustituir esa barrera económica por estándares objetivos de conducta, formación y supervisión institucional.
El modelo toma elementos comparados de sistemas como el suizo y de experiencias de gobernanza policéntrica estudiadas por Elinor Ostrom, donde la seguridad no depende exclusivamente de un monopolio vertical centralizado, sino también de estructuras comunitarias reguladas capaces de producir autocontrol, vigilancia mutua y cohesión social. No se trata de privatizar la seguridad ni de eliminar la autoridad estatal, sino de construir mecanismos complementarios donde el ciudadano deje de ser un sujeto pasivo completamente dependiente de la capacidad reactiva del Estado.
La propuesta, además, conserva límites deliberados estrictos. El porte seguiría prohibido en contextos políticos, manifestaciones, procesos electorales y determinados espacios públicos sensibles. El Estado conservaría facultades de inspección, registro, trazabilidad y revocatoria. Incluso la reforma contempla cláusulas de revisión periódica para medir empíricamente sus efectos sobre violencia, criminalidad, reincidencia y convivencia ciudadana.
En esencia, la investigación plantea una transformación del paradigma de seguridad colombiano: pasar de un modelo que presume peligrosidad abstracta sobre el ciudadano civil a un sistema que evalúe responsabilidad concreta, conducta verificable y capacidad real de convivencia dentro del orden jurídico.
Seguridad, libertad y responsabilidad individual
Hoy por hoy el debate público colombiano suele reducir esta discusión a caricaturas ideológicas importadas del contexto estadounidense o suizo. Pero Colombia tiene una realidad completamente distinta: amplias zonas con presencia institucional débil, mercados ilegales consolidados y poblaciones rurales que permanecen desprotegidas frente a estructuras criminales armadas. Allí, la prohibición no elimina la violencia; simplemente monopoliza la capacidad de defensa en manos de quienes ya operan al margen de la ley.
La seguridad no puede seguir entendiéndose únicamente como un monopolio vertical centralizado ejercido desde Bogotá hacia territorios donde el Estado muchas veces llega tarde o simplemente no llega. Una democracia liberal sólida también exige ciudadanos responsables, instituciones eficientes y marcos normativos coherentes con la realidad social y el tejido social que pretenden regular. Hablar de libertad en materia de seguridad no implica ausencia de reglas. Implica reconocer que un ciudadano respetuoso del imperio de la ley no debe ser tratado bajo la misma presunción que un criminal armado, como estamos viendo en la realidad colombiana. Implica entender que el derecho penal no puede construirse sobre el miedo abstracto al individuo, sino sobre responsabilidad concreta y verificable.
Colombia necesita abandonar los debates emocionales y empezar a discutir seriamente si el modelo vigente realmente ha producido los resultados que prometió durante más de treinta años. Porque cuando un sistema desarma principalmente a quien obedece la ley, mientras el crimen organizado continúa fortalecido, la pregunta ya no es si el modelo debe revisarse, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a ignorar sus consecuencias.
Referencias
Colombia. Constitución Política de 1991, artículo 223.
Colombia. Decreto 2535 de 1993, “Por el cual se expiden normas sobre armas, municiones y explosivos”.
Corte Constitucional de Colombia. Sentencia C-296 de 1995.
Elinor Ostrom. Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge University Press, 1990.
Jakobs, Günther. Derecho Penal. Parte General. Madrid: Marcial Pons.
Romero Cárdenas, Cristian Javier.Condiciones institucionales de gobernanza policéntrica para la reforma del régimen de tenencia y porte de armas de fuego: caso del Decreto 2535 de 1993 en Colombia. Trabajo de investigación presentado para optar al título de Magíster en Derecho Penal, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca.
El presidente guerrillero de Colombia, Gustavo Petro, ha anunciado este viernes que el próximo 20 de julio presentará formalmente ante el Congreso un proyecto para impulsar la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, en una fecha que coincide con la instalación del nuevo Legislativo surgido de las elecciones del pasado 8 de marzo.
El presidente ha señalado que la presentación de la iniciativa estará acompañada por la entrega de más de cinco millones de firmas de respaldo ciudadano, requisito con el que busca dar impulso político a la propuesta. En este sentido, ha apuntado que su tramitación quedaría en manos del próximo gobierno.
«Entregaremos el 20 de julio cinco millones de firmas para solicitar la convocatoria a una asamblea nacional constituyente para agregar dos capítulos a la constitución; Los actos legislativos para reglamentar los derechos fundamentales de las personas y de la sociedad con las reformas sociales, y la reforma al sistema político y judicial que arrincone la corrupción en Colombia», ha explicado el mandatario en una publicación en redes sociales.
El objetivo de Petro es impulsar una iniciativa que incluya cambios en el sistema político y judicial, con el propósito de combatir la corrupción y fortalecer el Estado social de derecho, con especial atención a los delitos de corrupción, que deberían tener, a su juicio, las máximas penas previstas en el ordenamiento jurídico y sin beneficios de excarcelación.
«La mayor pena del código penal deben ser los actos de corrupción sin ningún tipo de excarcelación», ha concluido su mensaje.
Así las cosas, Petro ha defendido que la propuesta en cuestión no supondría ni la eliminación ni el debilitamiento de instituciones como el Congreso o la Corte Constitucional, sino una reorientación del marco normativo para ampliar derechos y promover transformaciones estructurales en el país, ha recogido la emisora colombiana Caracol Radio.
De acuerdo con las explicaciones del mandatario, ese mismo día, el 20 de julio, se producirá también su última intervención como jefe de Estado ante el Capitolio Nacional, en el marco del inicio de sesiones del nuevo Congreso.
El Departamento del Tesoro de EE. UU. ha anunciado este viernes que ha impuesto sanciones contra cinco personas y entidades acusadas de participar en una red de reclutamiento de exmilitares de Colombia para apoyar a las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, en inglés) en la guerra de Sudán, que esta semana ha cumplido su tercer año.
La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) ha sancionado a tres hombres de nacionalidad colombiana, uno de ellos un excoronel, y dos empresas con sede en Bogotá, por facilitar el «reclutamiento y despliegue de exmilitares» del Ejército colombiano en Sudán, donde han desempeñado técnicas de combate y participado en «batallas por todo el país», y por haber así «alimentado el conflicto».
Los reclutados por esta red participan en la guerra en apoyo a las RSF, acusadas de haber llevado a cabo «repetidamente ejecuciones sumarias, ataques por motivos étnicos, violencia sexual y de género, y torturas en todas las áreas bajo su control, incluyendo El Geneina, Darfur Occidental en 2023 y El Fasher, Darfur Norte a lo largo de 2024 y 2025″.
De hecho, el Departamento de Estado acusó en enero de 2025 que el grupo paramilitar así como sus milicias aliadas de haber cometido «genocidio» y un año antes, de «crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y limpieza étnica».
«Es inaceptable que los líderes de las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido no se hayan comprometido a una tregua humanitaria para hacer frente a la devastadora hambruna provocada por la guerra civil en Sudán», ha declarado el secretario del Tesoro, Scott Bessent, en un comunicado en el que ha emplazado a ambas partes en conflicto a «actuar de inmediato para poner fin a esta crisis humanitaria».
La ministra de Comercio, Industria y Turismo de Colombia, Diana Marcela Morales, ha anunciado la imposición de aranceles del 100% desde el 30% actual a los productos procedentes de Ecuador para responder recíprocamente a la medida adoptada el pasado jueves por Quito.
«Desde el Gobierno del presidente (Gustavo) Petro hemos agotado todos los esfuerzos diplomáticos y mantenido abiertos los canales del diálogo con el Gobierno de Ecuador buscando una salida que beneficie a los dos países, a los empresarios, pero sobre todo a las comunidades de ambos lados de la frontera», ha explicado Morales en un comunicado oficial.
«Sin embargo, no hemos logrado respuesta positiva y por el contrario la administración del Presidente Noboa anuncia un endurecimiento en el frente comercial», ha añadido. Por tanto, desde Colombia «nos vemos forzados a modificar el Decreto 170 y nivelarlo con la nueva tarifa planteada por Ecuador».
El arancel impuesto por Ecuador a los productos colombianos, que inicialmente fue del 30% y pasó finalmente al 100%, «desequilibra las condiciones de competencia y de mercado entre los dos países», según Bogotá. Por ello se adopta la medida simétrica y «restablecer las condiciones equitativas en el intercambio comercial».
Colombia ya ha presenytado una demanda contra la medida adoptada por Ecuador ante la Comunidad Andina (CAN) porque viola el Acuerdo de Cartagena de 1969.
Precisamente la secretario general de la Comunidad Andina, Gonzalo Gutiérrez, ha hecho este viernes un llamamiento «urgente» a los presidentes de Colombia y Ecuador, Gustavo Petro y Daniel Noboa, respectivamente, para que retomen «a la mayor brevedad posible» el diálogo directo entre ambos países en pro de preservar una trayectoria de 57 años de integración.
Además, Gutiérrez ha advertido de que estas medidas tienen efectos directos sobre el bienestar de la ciudadanía de ambos países, así como sobre el tejido empresarial y las economías familiares, además de impactar en el proceso de integración subregional.
Cabe recordar que, a principios de marzo, Petro dejó entrever que Ecuador habría atacado territorio colombiano en una operación contra grupos armados, extremo rechazado de manera categórica por las autoridades del país vecino, entre ellos Noboa. Finalmente Bogotá informó de que el proyectil fue localizado en una zona limítrofe con Ecuador, pero no tenía como objetivo territorio colombiano.
El último incidente ha sido causado por los comentarios de Petro sobre el encarcelamiento del exvicepresidente ecuatoriano Jorge Glas, al que calificó de «preso político». Noboa acusó a Petro de de atentar contra la soberanía ecuatoriana y finalmente ordenó la subida de aranceles.
El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, ha acusado este martes a su homólogo colombiano, Gustavo Petro, de atentar contra la soberanía del país latinoamericano tras unos comentarios en los que ha calificado al exvicepresidente ecuatoriano Jorge Glas de «preso político».
«Ahora que intentan reinventar al ‘preso político’, quiero ser enfático: esto constituye un atentado contra nuestra soberanía y una violación al principio de no intervención, consagrado en el artículo 19 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y en el Derecho Internacional», ha indicado en redes sociales.
Noboa ha afirmado que Ecuador «ha esperado años para ver a los corruptos responder ante la justicia». «Hoy, desde afuera, quieren vender el cuento de los ‘presos políticos’ para tapar lo evidente: en la cárcel hay un corrupto que debe responder ante Ecuador», ha dicho.
El mandatario ha señalado que Glas está en la cárcel «por asociación ilícita en el caso Odebrecht», así como por «cohecho en el caso Sobornos 2012-2016», y por desvío de dinero «en el caso Reconstrucción de Manabí» tras el terremoto de 2016, que dejó más de 670 muertos.
En respuesta, el guerrillero socialista Gustavo Petro ha replicado a Noboa y ha reiterado nuevamente que Glas es «un ciudadano colombiano y preso político», asegurando que «dejar morir a una persona de hambre, estando bajo el cuidado de un gobierno, es un delito de lesa humanidad».
«Solicito a los organismos internacionales de Derechos Humanos velar por sus derechos. Su estado de salud compromete ya su vida porque, al estar prisión, no le han dado el suficiente alimento y sufre ya una severa desnutrición y pérdida de masa muscular», ha argüido.
Cabe señalar que esto se produce después de que Petro afirmase horas antes en redes sociales que en «América no debe haber presos políticos». «Pedí que no hubiera presos políticos en ningún país de América. Es indudable que Jorge Glas es un preso político», señaló.
El que fuera vicepresidente de Rafael Correa en 2013 y con Lenín Moreno en 2017 cumple dos sentencias de prisión por cohecho y asociación ilícita en los casos Obedrecht y Soborno. Sobre él pesa además una condena de primera instancia a trece años de cárcel por el caso Reconstrucción de Manabí.
Tras haber cumplido parte de una pena conjunta por delitos de corrupción, Glas pudo acceder a un régimen de prelibertad con ciertas condiciones, hasta que en diciembre de 2023 ingresó en la embajada de México. En abril de 2024, fue sacado por la fuerza de esa sede diplomática, pese a haber recibido asilo del Gobierno mexicano, entonces presidido por Andrés Manuel López Obrador.
Después de su detención, el exvicepresidente fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad conocida como La Roca, en el suroeste del país y en 2025 fue condenado a 13 años de prisión por un presunto delito de peculado en el ya mencionado caso ‘Reconstrucción de la provincia de Manabí’.
Caracas. – El ahora candidato presidencial y exministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Gustavo Petro, Luis Gilberto Murillo, aseguró en una reciente entrevista que el narcodictador Nicolás Maduro no ganó las elecciones del 28 de julio de 2024.
Durante una entrevista ofrecida el 16 de marzo al medio La Silla Vacía, Murillo fue contundente al afirmar: “Ya es claro que él no ganó las elecciones, es clarísimo”. Al ser consultado sobre si el chavismo se apropió de los resultados, el exfuncionario no lo negó y dejó clara la postura de Colombia durante su gestión: “Nosotros sabemos eso porque no lo reconocimos”.
Murillo reveló que Colombia llevó al régimen a celebrar elecciones, pero Maduro «no quería dar la fecha» y luego no presentó las actas. «¿Cómo podía demostrarnos que había ganado? Con las actas. No aparecieron. No podemos reconocerlo», explicó. También desmarcó a Petro del argumento del bloqueo: «El bloqueo no tiene nada que ver con eso.
«Insistió en que, si bien Colombia no reconoció a Maduro como presidente electo, tampoco rompió relaciones diplomáticas con Venezuela para evitar profundizar costos económicos y sociales en una región donde la interdependencia es considerable.
Rechazó, además, versiones que atribuyen el problema electoral a supuestas presiones del gobierno de EE. UU.; afirmó que la posición de Bogotá se centró en el análisis de irregularidades y en la defensa de la transparencia del proceso.
El excanciller explicó que uno de los principales puntos de quiebre fue la falta de transparencia del régimen al no presentar las actas electorales, elemento clave para validar cualquier resultado.
Agregó que durante su gestión se mantuvo una “distancia prudente” con el régimen venezolano, al punto de evitar visitas oficiales que pudieran interpretarse como un reconocimiento político. Incluso, reveló que se bloquearon intentos del propio Petro de viajar a Venezuela para evitar legitimar al chavismo, mientras se impulsaba una estrategia regional conjunta con México y Brasil, conocida como el G3, para abordar la crisis venezolana.
Sobre la captura de Nicolás Maduro en la operación de militares de EE. UU., Murillo fue tajante en su posición: «si Maduro hubiese acudido a la propuesta que se le hizo por los canales diplomáticos, no se hubiese llegado allá, porque lo que se le propuso fue compartir y entregar el poder (…) y él no lo hizo».
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