El Departamento del Tesoro de EE. UU. ha anunciado este viernes que ha impuesto sanciones contra cinco personas y entidades acusadas de participar en una red de reclutamiento de exmilitares de Colombia para apoyar a las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, en inglés) en la guerra de Sudán, que esta semana ha cumplido su tercer año.
La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) ha sancionado a tres hombres de nacionalidad colombiana, uno de ellos un excoronel, y dos empresas con sede en Bogotá, por facilitar el «reclutamiento y despliegue de exmilitares» del Ejército colombiano en Sudán, donde han desempeñado técnicas de combate y participado en «batallas por todo el país», y por haber así «alimentado el conflicto».
Los reclutados por esta red participan en la guerra en apoyo a las RSF, acusadas de haber llevado a cabo «repetidamente ejecuciones sumarias, ataques por motivos étnicos, violencia sexual y de género, y torturas en todas las áreas bajo su control, incluyendo El Geneina, Darfur Occidental en 2023 y El Fasher, Darfur Norte a lo largo de 2024 y 2025″.
De hecho, el Departamento de Estado acusó en enero de 2025 que el grupo paramilitar así como sus milicias aliadas de haber cometido «genocidio» y un año antes, de «crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y limpieza étnica».
«Es inaceptable que los líderes de las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido no se hayan comprometido a una tregua humanitaria para hacer frente a la devastadora hambruna provocada por la guerra civil en Sudán», ha declarado el secretario del Tesoro, Scott Bessent, en un comunicado en el que ha emplazado a ambas partes en conflicto a «actuar de inmediato para poner fin a esta crisis humanitaria».
La ministra de Comercio, Industria y Turismo de Colombia, Diana Marcela Morales, ha anunciado la imposición de aranceles del 100% desde el 30% actual a los productos procedentes de Ecuador para responder recíprocamente a la medida adoptada el pasado jueves por Quito.
«Desde el Gobierno del presidente (Gustavo) Petro hemos agotado todos los esfuerzos diplomáticos y mantenido abiertos los canales del diálogo con el Gobierno de Ecuador buscando una salida que beneficie a los dos países, a los empresarios, pero sobre todo a las comunidades de ambos lados de la frontera», ha explicado Morales en un comunicado oficial.
«Sin embargo, no hemos logrado respuesta positiva y por el contrario la administración del Presidente Noboa anuncia un endurecimiento en el frente comercial», ha añadido. Por tanto, desde Colombia «nos vemos forzados a modificar el Decreto 170 y nivelarlo con la nueva tarifa planteada por Ecuador».
El arancel impuesto por Ecuador a los productos colombianos, que inicialmente fue del 30% y pasó finalmente al 100%, «desequilibra las condiciones de competencia y de mercado entre los dos países», según Bogotá. Por ello se adopta la medida simétrica y «restablecer las condiciones equitativas en el intercambio comercial».
Colombia ya ha presenytado una demanda contra la medida adoptada por Ecuador ante la Comunidad Andina (CAN) porque viola el Acuerdo de Cartagena de 1969.
Precisamente la secretario general de la Comunidad Andina, Gonzalo Gutiérrez, ha hecho este viernes un llamamiento «urgente» a los presidentes de Colombia y Ecuador, Gustavo Petro y Daniel Noboa, respectivamente, para que retomen «a la mayor brevedad posible» el diálogo directo entre ambos países en pro de preservar una trayectoria de 57 años de integración.
Además, Gutiérrez ha advertido de que estas medidas tienen efectos directos sobre el bienestar de la ciudadanía de ambos países, así como sobre el tejido empresarial y las economías familiares, además de impactar en el proceso de integración subregional.
Cabe recordar que, a principios de marzo, Petro dejó entrever que Ecuador habría atacado territorio colombiano en una operación contra grupos armados, extremo rechazado de manera categórica por las autoridades del país vecino, entre ellos Noboa. Finalmente Bogotá informó de que el proyectil fue localizado en una zona limítrofe con Ecuador, pero no tenía como objetivo territorio colombiano.
El último incidente ha sido causado por los comentarios de Petro sobre el encarcelamiento del exvicepresidente ecuatoriano Jorge Glas, al que calificó de «preso político». Noboa acusó a Petro de de atentar contra la soberanía ecuatoriana y finalmente ordenó la subida de aranceles.
El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, ha acusado este martes a su homólogo colombiano, Gustavo Petro, de atentar contra la soberanía del país latinoamericano tras unos comentarios en los que ha calificado al exvicepresidente ecuatoriano Jorge Glas de «preso político».
«Ahora que intentan reinventar al ‘preso político’, quiero ser enfático: esto constituye un atentado contra nuestra soberanía y una violación al principio de no intervención, consagrado en el artículo 19 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y en el Derecho Internacional», ha indicado en redes sociales.
Noboa ha afirmado que Ecuador «ha esperado años para ver a los corruptos responder ante la justicia». «Hoy, desde afuera, quieren vender el cuento de los ‘presos políticos’ para tapar lo evidente: en la cárcel hay un corrupto que debe responder ante Ecuador», ha dicho.
El mandatario ha señalado que Glas está en la cárcel «por asociación ilícita en el caso Odebrecht», así como por «cohecho en el caso Sobornos 2012-2016», y por desvío de dinero «en el caso Reconstrucción de Manabí» tras el terremoto de 2016, que dejó más de 670 muertos.
En respuesta, el guerrillero socialista Gustavo Petro ha replicado a Noboa y ha reiterado nuevamente que Glas es «un ciudadano colombiano y preso político», asegurando que «dejar morir a una persona de hambre, estando bajo el cuidado de un gobierno, es un delito de lesa humanidad».
«Solicito a los organismos internacionales de Derechos Humanos velar por sus derechos. Su estado de salud compromete ya su vida porque, al estar prisión, no le han dado el suficiente alimento y sufre ya una severa desnutrición y pérdida de masa muscular», ha argüido.
Cabe señalar que esto se produce después de que Petro afirmase horas antes en redes sociales que en «América no debe haber presos políticos». «Pedí que no hubiera presos políticos en ningún país de América. Es indudable que Jorge Glas es un preso político», señaló.
El que fuera vicepresidente de Rafael Correa en 2013 y con Lenín Moreno en 2017 cumple dos sentencias de prisión por cohecho y asociación ilícita en los casos Obedrecht y Soborno. Sobre él pesa además una condena de primera instancia a trece años de cárcel por el caso Reconstrucción de Manabí.
Tras haber cumplido parte de una pena conjunta por delitos de corrupción, Glas pudo acceder a un régimen de prelibertad con ciertas condiciones, hasta que en diciembre de 2023 ingresó en la embajada de México. En abril de 2024, fue sacado por la fuerza de esa sede diplomática, pese a haber recibido asilo del Gobierno mexicano, entonces presidido por Andrés Manuel López Obrador.
Después de su detención, el exvicepresidente fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad conocida como La Roca, en el suroeste del país y en 2025 fue condenado a 13 años de prisión por un presunto delito de peculado en el ya mencionado caso ‘Reconstrucción de la provincia de Manabí’.
Caracas. – El ahora candidato presidencial y exministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Gustavo Petro, Luis Gilberto Murillo, aseguró en una reciente entrevista que el narcodictador Nicolás Maduro no ganó las elecciones del 28 de julio de 2024.
Durante una entrevista ofrecida el 16 de marzo al medio La Silla Vacía, Murillo fue contundente al afirmar: “Ya es claro que él no ganó las elecciones, es clarísimo”. Al ser consultado sobre si el chavismo se apropió de los resultados, el exfuncionario no lo negó y dejó clara la postura de Colombia durante su gestión: “Nosotros sabemos eso porque no lo reconocimos”.
Murillo reveló que Colombia llevó al régimen a celebrar elecciones, pero Maduro «no quería dar la fecha» y luego no presentó las actas. «¿Cómo podía demostrarnos que había ganado? Con las actas. No aparecieron. No podemos reconocerlo», explicó. También desmarcó a Petro del argumento del bloqueo: «El bloqueo no tiene nada que ver con eso.
«Insistió en que, si bien Colombia no reconoció a Maduro como presidente electo, tampoco rompió relaciones diplomáticas con Venezuela para evitar profundizar costos económicos y sociales en una región donde la interdependencia es considerable.
Rechazó, además, versiones que atribuyen el problema electoral a supuestas presiones del gobierno de EE. UU.; afirmó que la posición de Bogotá se centró en el análisis de irregularidades y en la defensa de la transparencia del proceso.
El excanciller explicó que uno de los principales puntos de quiebre fue la falta de transparencia del régimen al no presentar las actas electorales, elemento clave para validar cualquier resultado.
Agregó que durante su gestión se mantuvo una “distancia prudente” con el régimen venezolano, al punto de evitar visitas oficiales que pudieran interpretarse como un reconocimiento político. Incluso, reveló que se bloquearon intentos del propio Petro de viajar a Venezuela para evitar legitimar al chavismo, mientras se impulsaba una estrategia regional conjunta con México y Brasil, conocida como el G3, para abordar la crisis venezolana.
Sobre la captura de Nicolás Maduro en la operación de militares de EE. UU., Murillo fue tajante en su posición: «si Maduro hubiese acudido a la propuesta que se le hizo por los canales diplomáticos, no se hubiese llegado allá, porque lo que se le propuso fue compartir y entregar el poder (…) y él no lo hizo».
Álvaro Gómez Hurtado, con su proverbial lucidez, diagnosticó que en Colombia los conservadores superan con creces al Partido Conservador. Es hora de completar su aguda observación con una verdad incómoda que la clase política, en su hipocresía estructural, se empeña en ocultar: la mal llamada “derecha” colombiana es, en su praxis real, una izquierda economicista vestida de seda y corbata. Mientras esgrimen con devoción retórica las frases sacramentales del libre mercado, han edificado y defendido con uñas y dientes un capitalismo de compadres, un sistema diseñado no para fomentar la competencia, sino para proteger los intereses de una poderosa minoría empresarial privilegiada.
Es un engaño de grandes dimensiones pretender que en este suelo haya florecido alguna vez una derecha liberal auténtica. El verdadero liberalismo económico —aquel que cree en la competencia abierta, la destrucción creativa y en un Estado árbitro imparcial, no jugador interesado— es un fantasma ausente en nuestro debate público: un espectro al que se invoca en los discursos, pero se exorciza en los hechos. Lo que ha predominado, y lo sigue haciendo, es un modelo mercantilista decimonónico en el que el Estado no es rival de los oligopolios; es, en realidad, su arquitecto principal y su guardián más celoso. La supuesta “protección de la industria nacional” nunca fue más que la patente de corso para crear monopolios privados y públicos que hoy estrangulan la innovación, encarecen la vida y limitan las oportunidades. Y la ironía más trágica es que la izquierda contemporánea, en lugar de proponer la libertad económica que tanto invoca en su retórica antioligárquica, lo que busca es controlar esos mismos monopolios. Ambos bandos, en el fondo, comparten una fe dogmática en el Estado como gran repartidor de favores y controlador omnipresente de la vida económica: son dos caras de la misma moneda estatista.
Oligopolios y controles: el país del “no se puede”
Esto no es teoría económica abstracta; es la experiencia cotidiana que sofoca a los colombianos. Los ejemplos no son anomalías del sistema; son su regla de oro, la columna vertebral misma de ese orden perverso.
El feudo energético
Mientras se corea la soberanía energética, el Estado se aferra con puño de hierro al sector de los hidrocarburos. Ecopetrol, un gigante que actúa como juez y parte, ahoga la inversión competitiva y perpetúa un modelo extractivista único. Esta farsa se extiende a la política de precios de combustibles: se le vende al ciudadano el “subsidio” a la gasolina como un favor magnánimo del gobierno, ocultando cuidadosamente que los impuestos pueden representar hasta el 40% del precio final. Es el colmo del cinema estatista: el Estado carga el combustible con una tributación grotesca, asfixiando la productividad nacional, y luego se presenta como el salvador que mitiga el problema que él mismo creó.
La dictadura de las gaseosas
Es un hecho verificado y cotidiano. Las prácticas de exclusividad de empresas como Postobón y Coca-Cola impiden que un tendero, so pena de perder estantes, refrigeradores y hasta el local, venda una gaseosa de una marca distinta. Esto no es libre mercado: es un cártel legalizado que el Estado, por acción u omisión, avala y consiente. El consumidor no elige: obedece la oferta dictada.
Los feudos alcohólicos
Es quizá el ejemplo más cínico y medieval. Es ilegal que un empresario innovador cree una marca de licores para competir con la fábrica del gobernador de turno. Es ilegal que un ciudadano compre el aguardiente de otra región, como si las fronteras departamentales fueran aduanas de reinos de taifas. Esto no es “defensa de los ingresos territoriales”: es la consagración legal del feudalismo comercial.
La tasa de usura: un “techo” que hunde el crédito
En un alarde de populismo regulatorio que pretende proteger, el Estado fija una tasa máxima de usura. Lejos de ser un escudo para el ciudadano, este control sitúa a la banca en el límite máximo permitido para no incurrir en sanciones penales, eliminando cualquier incentivo para competir ofreciendo tasas más bajas. Suprimida esta camisa de fuerza, los bancos se verían forzados a una competencia genuina por el bolsillo del consumidor, dinamizando masivamente el crédito productivo y de consumo. Esta tasa sí afecta directamente al “pueblo”, encareciendo el acceso al capital, a diferencia de las tasas del Banco de la República, un indicador macro lejano que la gente nunca percibe en su día a día pero que siente en el pellejo al solicitar un préstamo.
La prueba irrefutable de esta farsa de una derecha izquierdizada tiene un nombre propio: Álvaro Uribe Vélez, el ícono de esa mal entendida “derecha” colombiana. Como lo documenta fríamente el Cato Institute de Washington, D. C., su gobierno fue un festival de estatismo. Fortaleció a Ecopetrol, no la privatizó; mantuvo los aranceles proteccionistas y no desmontó un ápice de la arquitectura monopolista del país. El uribismo no es liberal: es la perfecta encarnación de una plutocracia que busca favores del Estado en lugar de ganar clientes en el mercado. Es, para ser claros y polémicos, la derecha colectivista.
En este punto, la lúcida y mordaz sentencia de Nicolás Gómez Dávila ilumina el corazón de nuestra paradoja: “El izquierdista no es el que quiere quitarle al burgués su riqueza, sino el que quiere vivir como el burgués, pero sin su esfuerzo”. Esta frase desnuda la esencia. La mal entendida “derecha” colombiana no anhela un mercado libre donde cualquiera pueda, con su esfuerzo, competir y ascender; quiere un Estado que le garantice su posición burguesa mediante oligopolios, aranceles y protecciones. Y la izquierda, a su vez, no ansía una sociedad de hombres libres; ansía capturar ese mismo Estado para redistribuir sus privilegios entre una nueva clase burguesa burocrática, sin necesidad de innovar, arriesgar o competir. Ambos, en el sentido más profundo de Gómez Dávila, son izquierdistas: aspiran a la riqueza o al control, pero huyen del riesgo real y purificador de la competencia abierta.
Imaginar una Colombia liberal no es un sueño utópico; es simplemente recordar el futuro de progreso y oportunidades que nos han robado décadas de este consenso estatista. En esa Colombia posible:
Se acabarían los cárteles legales. Cualquier ciudadano podría montar su negocio de licores; cualquier empresario podría competir con Postobón, y la inversión inundaría el país con capital, creando empleo masivo y genuino.
Los precios caerían en picada, pues la competencia por el bolsillo del consumidor haría más por abaratar la canasta familiar que todos los subsidios y controles de precios juntos.
La corrupción se reduciría drásticamente. Si al Estado se le quita el poder de otorgar monopolios, licencias exclusivas y favores regulatorios, se le desarma su principal herramienta de venalidad.
El crédito fluiría a tasas competitivas, liberando el potencial productivo de millones de colombianos hoy excluidos del sistema financiero formal.
Conclusión: dos izquierdas frente al mismo Estado
El veredicto es brutalmente simple y políticamente incorrecto: Colombia no está atrapada en una pugna entre derecha e izquierda; está secuestrada por dos variantes del mismo colectivismo que se turnan el poder en un baile de máscaras. Una, la de la “derecha”, usa la retórica del mercado para blindar sus privilegios. Otra, la de la izquierda, usa la retórica social para anhelar el control total. Mientras no exijamos con vigor una auténtica libertad económica —no de discurso, sino de hechos— seguiremos condenados a elegir, elección tras elección, entre los dueños de hoy y los aspirantes a ser los nuevos dueños de mañana. El pueblo, como siempre, paga la cuenta de un engaño monumental.
El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha alertado este jueves del aumento de las tasas de reclutamiento en Colombia y en Haití, con unos datos que se han triplicado durante los últimos cinco y el último año, respectivamente, en el marco de la inseguridad en ambos países, unos datos publicados coincidiendo con el Día Internacional contra el uso de Niñas y Niños Soldado.
El organismo ha destacado que, según los datos verificados por la ONU, el número de niños y niñas reclutados y utilizados por grupos armados en Colombia se ha disparado en un 300% a lo largo de los últimos cinco años, en medio del peligro para la infancia a causa de la expansión de la violencia. Así, según datos de 2024, una media de un niño o niña es reclutado y utilizado cada 20 horas por grupos armados en el país sudamericano.
«Los niños y niñas de Colombia no solo quedan atrapados en el fuego cruzado, sino que llevan años siendo reclutados o utilizados por grupos armados. Las consecuencias que esto tiene para ellos y sus familias son devastadoras», ha afirmado la representante de UNICEF en Colombia, Tanya Chapuisat.
«Es urgente tomar medidas para proteger a la infancia frente al reclutamiento y el uso por parte de grupos armados, así como de la violencia sexual y otras violaciones graves. Los efectos de estas traumáticas experiencias pueden perseguirles toda la vida, y es nuestro deber evitar que se produzcan», ha manifestado.
UNICEF ha recordado además que el reclutamiento de niños supone una grave violación de sus derechos y es un acto prohibido por el Derecho Internacional, antes de subrayar que el aumento de estas prácticas en Colombia es resultado de factores como «el aumento de la violencia, la pobreza generalizada, la falta de educación y la disponibilidad limitada de servicios sociales e infraestructuras críticas en algunas regiones, especialmente en las zonas rurales».
Así, ha destacado que los niños se ven «a menudo» obligados a alistarse para «ayudar a sus familias» o para «escapar de la violencia en su hogar», mientras que otros lo hacen «tras recibir amenazas contra su seguridad». Además, apunta a que muchos «son reclutados y utilizados por estos grupos tras haber sido separados de sus cuidadores, desprovistos de protección y sin más alternativas de supervivencia».
«Los grupos armados recurren cada vez con más frecuencia a las redes sociales para reclutar y utilizar niños y niñas, en muchos casos mediante la falsa promesa de un empleo y una vida mejor. Una vez dentro de los grupos, no se les permite abandonar», ha puntualizado UNICEF, que ha esgrimido que trabaja para evitar estas acciones a través de un enfoque que prioriza el acceso a los servicios esenciales en sus familias y comunidades.
Valentina Gómez es economista (UCAB), fundadora Impulsa Tu Economía, y coordinadora local senior de EsLibertad Venezuela. En todos sus espacios, aprovecha cada oportunidad para reflexionar sobre las ideas de la libertad y empoderar a quienes le rodean.
“…El éxito del comercio venezolano ante una situación así dependerá de la rapidez con la que las empresas logren absorber esta nueva demanda y de su capacidad para ofrecer precios competitivos en un mercado que dejará de vivir de remesas para vivir del trabajo local.”
Valentina Gómez
¿Te has preguntado qué pasaría si retornan los 2.8 millones de venezolanos en Colombia y cómo afectará a tu negocio?
En un principio, Colombia recibiría el impacto del choque económico y social tras un evento de gran magnitud. Estudios de la OIM (2024-2025) afirman que los venezolanos en Colombia aportan más de 529 millones de dólares anualessolo en impuestos (principalmente IVA por consumo). Su salida dejaría un hueco inmediato en las arcas del Estado.
Los comerciantes sentirían la caída de sus ventas, principalmente en Bogotá donde se concentra la mayor cantidad de venezolanos (21%). Industrias como la construcción, la agricultura (recolección de cosechas) y el sector servicios (restaurantes y hoteles) sufrirían una falta de personal inmediata. Los sueldos tendrían que subir para atraer trabajadores locales. El único punto donde el país sentiría un alivio, es en el Gasto Público Social.
Ahora, los comerciantes venezolanos tendrían que prepararse para un aumento de consumo. Debido a que el mercado venezolano sumaría casi 3 millones de bocas que alimentar, vestir y movilizar, es un reto grande; para lograr el éxito, será imperativo que fortalezcan sus inventarios y optimicen su logística.
En el sector de víveres y aseo, los supermercados experimentarán una rotación nunca antes vista. La clave estará en la reposición: si la industria nacional no acelera, la importación estratégica será la única vía para evitar la escasez.
Fuente: Elaboración propia.
El país también debe estar preparado para recibir nuevamente a los venezolanos. Si el retornado no se inserta rápidamente en el mercado laboral productivo, su capacidad de compra podría reducirse frente a la que tenía cuando enviaba dinero, afectando principalmente a los productos no esenciales (maquillaje, spas, cines…)
El éxito del comercio venezolano ante una situación así dependerá de la rapidez con la que las empresas logren absorber esta nueva demanda y de su capacidad para ofrecer precios competitivos en un mercado que dejará de vivir de remesas para vivir del trabajo local. Deben tener la certeza de que el retorno masivo es inminente y que solo los preparados sobrevivirán al cambio.
Julián Ramírez, asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica, politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra
“El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas.”
Julián Ramírez
En Colombia, la desconfianza hacia el aparato judicial ha dejado de ser un murmullo para convertirse en un clamor colectivo. Para el ciudadano común, el sistema parece moverse entre rebajas de pena, libertades anticipadas y vencimientos de términos que, en la práctica, se perciben como premios a la impunidad. Mientras tanto, en las orillas del Estado, allí donde la institucionalidad llega tarde o no llega, resurgen formas comunitarias de resolución de conflictos que, con todos sus matices y riesgos, a menudo producen más orden que el propio ordenamiento jurídico. Este contraste, incómodo pero innegable, revela un divorcio profundo: por un lado, el lenguaje solemne de la ley; por otro, la experiencia cotidiana de una justicia que, ante la ausencia estatal, termina resolviéndose por mano propia. Y esto no ocurre solo en la periferia rural, sucede, de manera cada vez más visible, en el mismísimo corazón del centralismo: Bogotá.
Cabe señalar que no se trata de negar los avances normativos ni de idealizar la informalidad. Se trata de admitir que el modelo centralista luce exhausto. Colombia es un país pluricultural y plurirregional, sin embargo, ha pretendido administrar justicia con una plantilla única, diseñada desde y para un centro que con frecuencia desconoce las periferias. La imagen es tosca, aunque útil: tratamos de vestir un cuerpo continental con un traje europeo de talla estándar; el resultado es torpeza, parálisis y frustración generalizada.
Nuestro sistema, diseñado bajo parámetros homogéneos, ignora la diversidad de legitimidades que conviven en el territorio. En Bogotá, por ejemplo, se debaten protocolos de justicia restaurativa en seminarios bienintencionados; en contraste, comunidades afro del Chocó han practicado durante generaciones formas eficientes de reparación y reintegración, y en la Amazonía los pueblos indígenas sostienen nociones de justicia profundamente vinculadas al entorno y a la recomposición del tejido social, no al mero castigo.
La pregunta es inevitable: ¿Por qué insistir en un único modelo cuando el país exhibe realidades tan disímiles? No se trata de un elogio a la informalidad por sí misma, sino de un llamado a reconocer lo que ya funciona y a integrarlo dentro de un marco constitucional que lo regule y lo potencie.
Álvaro Gómez Hurtado habló de la “presencia diferenciada del Estado” para describir una nación donde la autoridad no llega igual a todas partes. En vastas zonas rurales, esta realidad se expresa en un dato crudo: cuando a un campesino le usurpan su tierra, su primer recurso no es un juzgado; acude a quien ejerce autoridad efectiva en el territorio. Durante décadas, en numerosos municipios, esa autoridad ha sido un comandante guerrillero o un jefe paramilitar.
¿Por qué ocurre esto? Porque al intentar resolverlo por vías institucionales, se le exigirían escrituras, planos y folios en una Colombia con altísimas tasas de informalidad en la propiedad. El pleito se eterniza, la violencia escala y la convivencia se rompe. En cambio, le guste o no al observador, el actor armado resuelve en horas lo que el despacho judicial tramitaría en años. No es un ideal: es la expresión brutal de un vacío estatal. La respuesta no puede ser romantizar la violencia, pero tampoco negar el fenómeno: sin justicia accesible y oportuna, la gente busca juez donde lo haya.
Este mismo patrón se replica en contextos urbanos. En barrios como Ciudad Bolívar, Kennedy o Bosa, cuando la delincuencia se desborda, los vecinos no esperan pasivamente, sino que forman “vigías” o “frentes de seguridad”, aplican castigos expeditivos a presuntos vándalos o ladrones y, en casos extremos, recurren a la llamada “limpieza social”. No se trata de anécdotas aisladas, sino de la expresión urbana del mismo vacío que, en el campo, alimenta a los “comandantes”. Aquí, el juez de facto no es un actor armado, sino la turba enardecida o grupos organizados de vecinos desesperados.
Hay ejemplos que el debate oficial suele soslayar por su carga polémica. En zonas de Urabá y del norte de Córdoba, comunidades han ejercido sanciones ejemplares contra agresores violentos: desde trabajos comunitarios hasta mecanismos de vigilancia social y reparación directa a las víctimas. No es un sistema perfecto —ninguno lo es— y conlleva riesgos de arbitrariedad. Aun así, para muchas de estas comunidades, los resultados son tangibles: menos extorsión, mayor seguridad nocturna y disuasión efectiva.
En Castilla, corregimiento del norte de Córdoba, un delincuente reincidente fue juzgado públicamente y condenado a reparar caminos vecinales. Meses después, la comunidad reportaba una sensación de mayor seguridad; el sancionado, bajo supervisión social, se había reincorporado a labores productivas. ¿Garantiza esto la ausencia de abusos? No. ¿Muestra que la comunidad, cuando se organiza, puede generar orden donde el Estado ha sido errático? Indiscutiblemente sí.
La diversidad jurídica no implica caos. Nigeria reconoce sistemas consuetudinarios junto a tribunales estatales. Guatemala admite la justicia maya en ámbitos comunitarios. Incluso en Somalia, tras el colapso estatal, el derecho consuetudinario (Xeer) mantuvo cierta paz local en territorios huérfanos de gobierno central. No se trata de copiar modelos, sino de aceptar un principio elemental: la unidad nacional no exige uniformidad absoluta.
Por ello, vale la pena discutir sin eufemismos un federalismo judicial por regiones culturales —Andina, Caribe, Pacífica, Amazonía, Orinoquía e Insular— con autonomía regulada para adaptar procedimientos, sanciones y prioridades. No es carta blanca, sino elasticidad responsable.
La Constitución como techo y piso: derechos fundamentales inamovibles.
Asambleas legislativas regionales con competencia en materia penal y penitenciaria.
Cortes regionales con jueces formados en prácticas locales.
Coordinación interregional para criminalidad transfronteriza.
Sistemas penitenciarios diferenciados, con énfasis en penas alternativas donde el encarcelamiento masivo ha fracasado.
Polémicas que debemos enfrentar
“¿No legitima esto la justicia por mano propia?” No. Se trata de dotar de marco jurídico a prácticas comunitarias que ya existen, evitando excesos y garantizando derechos.
“¿No habrá disparidades intolerables?” Las hay hoy, solo que clandestinas y sin control. Un federalismo judicial serio visibiliza, regula y somete a estándares mínimos esas diferencias.
“¿No se abrirá la puerta a castigos degradantes?” Cláusulas pétreas deben prohibir torturas y tratos crueles. La autonomía no es sinónimo de barbarie.
Conclusión: la justicia no espera al Estado
El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas. Como dijo Alirio Pineda, campesino de la Sierra Nevada, con sabiduría sencilla: “Durante siglos nos han dicho cómo debemos resolver nuestros conflictos, pero quienes nos lo dicen no resuelven los suyos”.
El debate está servido. Negarlo es condenarnos a repetir los mismos errores, mientras el clamor por justicia continúa creciendo en la periferia de un Estado que aún no decide escuchar.
El Gobierno de Colombia ha anunciado este martes un nuevo arancel del 30% a productos ecuatorianos que no estaban incluidos en los más de 50 gravados con la equivalente tarifa anunciada la pasada semana, en medio de la guerra arancelaria librada entre Bogotá y Quito desde que el Ejecutivo de Daniel Noboa diera el primer golpe aludiendo a una supuesta «falta de reciprocidad y acciones firmes» de Colombia ante el narcotráfico.
«Hoy estamos contemplando otro decreto que va a contemplar otro tipo de productos provenientes del Ecuador, también la imposición del 30% de aranceles, de tal manera que busquemos ese equilibrio comercial», ha manifestado en rueda de prensa la ministra de Comercio colombiana, Diana Morales, según ha recogido Caracol Radio.
Morales ha defendido así la imposición de un segundo arancel, alegando que Colombia se ha visto obligada «como Estado» a «generar condiciones de equilibrio en la relación comercial con Ecuador».
Cabe señalar que la medida llega después de que Quito, que también anunció a su vez otro gravamen del 30%, haya decidido incrementar en más de un 900% la tarifa de transporte de petróleo colombiano a través del Oleoducto Transecuatoriano (SOTE), al pasar de un coste de USD$ 2,5 por barril a más de 30 dólares por barril para usuarios extranjeros, una medida rechazada por Bogotá, que la ha tachado de «desproporcionada».
El Gobierno de Colombia ha respondido este jueves a los aranceles contra sus exportaciones anunciados en la víspera por el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, imponiendo a una veintena de productos ecuatorianos tasas también del 30% y suspendiendo de manera temporal las ventas de electricidad al país vecino.
El Ministerio de Minas y Energía de Colombia ha anunciado que la decisión de suspender la venta de energía busca garantizar el abastecimiento interno debido a la «variabilidad climática» y las alertas provocadas por la posibilidad de que este 2026 vuelva a aparecer el fenómeno climático conocido como El Niño.
«El deber del Estado es garantizar, ante todo, que los hogares, la industria y los servicios esenciales de Colombia cuenten con energía segura y confiable. Esta es una decisión responsable, preventiva y soberana», ha afirmado el ministro de Minas y Energía, Edwin Palma Egea, según recoge un comunicado.
Egea ha señalado que si bien Colombia sigue apostando por la «integración energética y el diálogo entre pueblos hermanos», las condiciones actuales no hacen posible este intercambio sin poner en riesgo el abastecimiento interno.
«Cuando se restablezcan las condiciones de seguridad energética y se reconstruya un marco de confianza y buena fe entre ambos países, Colombia estará dispuesta a retomar los intercambios eléctricos», ha remarcado el ministro.
Por su parte, el Ministerio de Comercio ha anunciado aranceles de hasta el 30% a una veintena de productos ecuatorianos, que podría aplicarse a otras exportaciones, en respuesta a los gravámenes de ese mismo porcentaje que el presidente Noboa notificó en la víspera ante la supuesta «falta de reciprocidad» de las autoridades colombianas en la lucha contra el narcotráfico.
«Este gravamen no constituye una sanción ni una medida de confrontación, sino una acción correctiva orientada a restablecer el equilibrio del intercambio y a proteger el aparato productivo nacional frente a distorsiones externas», ha explicado la ministra de Comercio, Diana Morales Rojas.
La ministra ha defendido que cuando las buenas relaciones comerciales entre ambos países se ven interrumpidas por el Gobierno ecuatoriano «de manera unilateral», Colombia «tiene la obligación de actuar para corregir la alteración y proteger su aparato productivo», recoge un comunicado de la cartera de Comercio.
Cabe señalar que las medidas del Gobierno colombiano llegan pocas horas después de que el presidente guerrillero Gustavo Petro anunciara que respondería con «reciprocidad» a las decisiones de su homólogo ecuatoriano, al mismo tiempo que puso en valor la lucha que viene llevando acabo el Estado colombiano contra el narcotráfico.
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