Caracas. – José Enrique Martínez Flores, alias «Chuky», líder de alto rango de la banda criminal venezolana «Tren de Aragua», fue extraditado pro Colombia hacia Estados Unidos, donde enfrentará cargos por terrorismo y narcotráfico. El operativo, confirmado este viernes, lo convierte en uno de los cabecillas más importantes de esta organización en enfrentar la justicia estadounidense, siendo trasladado a Houston.
La Fiscalía del Distrito Sur de Texas informó que Martínez Flores, de 24 años, fue arrestado en Colombia el 31 de marzo de 2025 a petición de las autoridades estadounidenses y apenas llegue a Houston este viernes, comparecerá ante una corte federal.
Según la acusación, el venezolano formaría parte del círculo cercano de la cúpula del «Tren de Aragua» en Bogotá, y habría coordinado actividades criminales como narcotráfico, extorsión, prostitución y asesinatos.
El Departamento de Justicia señaló que Martínez Flores enfrenta cargos por conspirar para brindar apoyo material a una organización terrorista extranjera y por conspiración para distribuir más de cinco kilos de cocaína con destino a Estados Unidos.
La acusación también incluye a otros tres presuntos líderes del Tren de Aragua, entre ellos Giovanni Vicente Mosquera Serrano, alias “El Viejo”, quien figura en la lista de los 10 fugitivos más buscados del FBI.
Por su parte, el director del FBI, Kash Patel, calificó como «histórico» el hecho debido a que es la primera vez que un miembro de esta organización es acusado de delitos de terrorismo.
Cristian Romero, abogado Penalista, docente universitario, Coordinador Nacional de EsLibertad Colombia, Investigador jurídico, candidato a magister en derecho penal, columnista y conferencista.
“Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria.”
Cristian Romero
Durante décadas, el debate sobre la seguridad en Colombia se ha movido entre dos extremos igual de insuficientes: quienes creen que el monopolio estatal absoluto sobre los medios de defensa garantiza automáticamente el orden público, y quienes reducen cualquier discusión sobre armas a consignas ideológicas. El problema es que la realidad colombiana no cabe en ninguno de esos simplismos, tanto por el contexto de violencia actual como por la violencia histórica que ha atravesado el país.
Hace bastante tiempo he estado trabajando en una propuesta que brinde una solución real a esta problemática y amplíe el marco de libertad en torno a la defensa de los colombianos. Se trata de mi investigación presentada en la maestría en derecho penal de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, la cual parte de una incógnita distinta: ¿qué ocurre cuando el Estado restringe de manera casi total el acceso legal a los medios de defensa personal en un país donde la violencia armada continúa siendo ejercida, principalmente, por actores ilegales que jamás han obedecido la ley?
El régimen colombiano de armas, estructurado alrededor del Decreto 2535 de 1993, descansa sobre una lógica que merece ser revisada con rigor jurídico y no con prejuicios políticos ni ideológicos. La regulación actual termina produciendo una consecuencia profundamente contradictoria: restringe principalmente al ciudadano que sí está dispuesto a cumplir la ley, mientras que el criminal continúa obteniendo armas por fuera del sistema legal. No estamos frente a una hipótesis ideológica, sino frente a un problema estructural. En Colombia, obtener legalmente un permiso de porte implica atravesar una cadena de barreras económicas, administrativas y burocráticas que convierten el acceso en un privilegio reservado para pocos sectores con capacidad económica o influencia política. Entre permisos, exámenes, cursos y adquisición del arma, el costo puede superar ampliamente varios salarios mínimos. Lo que termina generando un resultado práctico bastante evidente, a saber: el sistema no selecciona portadores por conducta, estabilidad emocional o responsabilidad individual, sino por capacidad económica o posición social.
Este punto es central. La jurisprudencia colombiana, particularmente en la Sentencia C-296 de 1995, ha sentado una base importante frente a esta problemática y a la interpretación que el derecho penal moderno realiza sobre ella: este no castiga personas por el supuesto peligro abstracto que representan, sino por conductas concretas que lesionan bienes jurídicos de tutela. El principio de derecho penal de acto impide que el Estado convierta la mera posibilidad de riesgo en fundamento suficiente para restringir indiscriminadamente libertades individuales. Sin embargo, gran parte del enfoque actual sobre armas termina operando precisamente bajo esa lógica: asumir que el ciudadano civil, por el simple hecho de aspirar a un mecanismo de defensa personal, constituye un peligro potencial.
La viabilidad constitucional del modelo
Mi investigación cuestiona esa premisa desde una perspectiva constitucional y del derecho penal. La Constitución colombiana no prohíbe de manera absoluta el porte civil. El artículo 223 establece el monopolio estatal sobre la fabricación e introducción de armas y municiones, pero al mismo tiempo permite que la ley regule las condiciones bajo las cuales los particulares pueden acceder a permisos otorgados por la autoridad competente. Esto tiene una consecuencia jurídica importante, puesto que la restricción vigente no proviene de una prohibición constitucional expresa, sino principalmente de decisiones administrativas y políticas públicas adoptadas a lo largo del tiempo.
El silogismo jurídico es relativamente claro:
Primera premisa: la Constitución admite el porte civil regulado.
Segunda premisa: el Congreso posee la facultad y libertad de configuración normativa para desarrollar el régimen jurídico correspondiente.
Tercera premisa: las restricciones actuales derivan, en gran medida, de políticas administrativas antes que de una prohibición constitucional absoluta.
Conclusión: el legislador colombiano puede ampliar legalmente el acceso regulado al porte de armas sin necesidad de reformar la Constitución.
Esto no significa eliminar controles ni promover una sociedad armada sin límites normativos. De hecho, la propuesta desarrollada en la investigación apunta exactamente a lo contrario: sustituir un sistema basado en barreras económicas por un modelo centrado en responsabilidad individual verificable.
¿Cómo funcionaría el modelo?
Lo que propone mi investigación no es simplemente flexibilizar permisos de porte, sino reemplazar un modelo centralizado, costoso y burocrático por un sistema de seguridad civil regulada basado en responsabilidad individual, monitoreo permanente y gobernanza comunitaria. La propuesta mantiene intacto el monopolio estatal sobre la fabricación, trazabilidad y registro de armas, pero transforma la lógica mediante la cual el ciudadano accede legalmente a mecanismos de defensa personal.
El modelo funciona a partir de una habilitación progresiva y condicionada. El ciudadano interesado no obtendría un permiso permanente e indefinido, sino una licencia sujeta a evaluación continua de conducta, historial y cumplimiento normativo. A diferencia del sistema actual, donde el principal filtro termina siendo la capacidad económica del solicitante, el nuevo esquema prioriza criterios verificables como antecedentes penales, ausencia de conductas típicas relevantes para el derecho penal, estabilidad conductual, entrenamiento certificado y permanencia dentro de comunidades reguladas de práctica y supervisión.
Uno de los elementos centrales de la propuesta es la creación de clubes certificados de tiro y defensa comunitaria con función pública delegada y supervisión estatal permanente. Estos espacios no operarían como simples polígonos recreativos, sino como instituciones de formación cívica y técnica encargadas de evaluar periódicamente a los portadores, verificar condiciones psicológicas y de idoneidad, registrar prácticas obligatorias y reportar comportamientos de riesgo o posibles conductas con relevancia penal a las autoridades competentes. El arma dejaría de entenderse como un objeto aislado de propiedad individual y pasaría a insertarse dentro de una estructura institucional de responsabilidad compartida.
A ello se suma un sistema obligatorio de seguro individual de responsabilidad civil del portador. Esto implica que toda persona autorizada para portar un arma debería mantener una póliza activa capaz de responder patrimonialmente frente a daños ocasionados por uso negligente, imprudente o irresponsable, especialmente en escenarios donde puedan concurrir conductas penalmente relevantes derivadas del uso indebido del arma de fuego. El objetivo es trasladar parte del costo del riesgo al propio portador y generar incentivos económicos reales hacia el comportamiento responsable. En otras palabras, el modelo busca que el ciudadano armado tenga no solo derechos, sino también obligaciones permanentes y consecuencias inmediatas frente a cualquier incumplimiento.
La propuesta también incorpora mecanismos de monitoreo continuo y pérdida automática de habilitación frente a conductas incompatibles con la licencia. Episodios relacionados con posibles tipos penales como violencia intrafamiliar, amenazas, lesiones personales, constreñimiento ilegal o cualquier manifestación de violencia dolosa activarían procesos de suspensión inmediata mientras se realiza la respectiva revisión institucional y jurídica. Del mismo modo, situaciones asociadas a abuso de sustancias psicoactivas, alteraciones graves de conducta, incumplimientos administrativos reiterados o antecedentes con relevancia criminológica serían objeto de evaluación permanente por parte de las autoridades competentes. La lógica cambia por completo: el permiso deja de ser una autorización estática otorgada una sola vez y se convierte en una relación jurídica dinámica sometida a evaluación constante.
Otro elemento fundamental consiste en reducir la actual aporofobia estructural del sistema colombiano de armas. Hoy, el acceso legal termina reservado para sectores con altos ingresos o conexiones políticas, mientras las poblaciones rurales y sectores vulnerables —precisamente los más expuestos a estructuras criminales armadas— permanecen excluidos del sistema legal de protección personal. La propuesta busca sustituir esa barrera económica por estándares objetivos de conducta, formación y supervisión institucional.
El modelo toma elementos comparados de sistemas como el suizo y de experiencias de gobernanza policéntrica estudiadas por Elinor Ostrom, donde la seguridad no depende exclusivamente de un monopolio vertical centralizado, sino también de estructuras comunitarias reguladas capaces de producir autocontrol, vigilancia mutua y cohesión social. No se trata de privatizar la seguridad ni de eliminar la autoridad estatal, sino de construir mecanismos complementarios donde el ciudadano deje de ser un sujeto pasivo completamente dependiente de la capacidad reactiva del Estado.
La propuesta, además, conserva límites deliberados estrictos. El porte seguiría prohibido en contextos políticos, manifestaciones, procesos electorales y determinados espacios públicos sensibles. El Estado conservaría facultades de inspección, registro, trazabilidad y revocatoria. Incluso la reforma contempla cláusulas de revisión periódica para medir empíricamente sus efectos sobre violencia, criminalidad, reincidencia y convivencia ciudadana.
En esencia, la investigación plantea una transformación del paradigma de seguridad colombiano: pasar de un modelo que presume peligrosidad abstracta sobre el ciudadano civil a un sistema que evalúe responsabilidad concreta, conducta verificable y capacidad real de convivencia dentro del orden jurídico.
Seguridad, libertad y responsabilidad individual
Hoy por hoy el debate público colombiano suele reducir esta discusión a caricaturas ideológicas importadas del contexto estadounidense o suizo. Pero Colombia tiene una realidad completamente distinta: amplias zonas con presencia institucional débil, mercados ilegales consolidados y poblaciones rurales que permanecen desprotegidas frente a estructuras criminales armadas. Allí, la prohibición no elimina la violencia; simplemente monopoliza la capacidad de defensa en manos de quienes ya operan al margen de la ley.
La seguridad no puede seguir entendiéndose únicamente como un monopolio vertical centralizado ejercido desde Bogotá hacia territorios donde el Estado muchas veces llega tarde o simplemente no llega. Una democracia liberal sólida también exige ciudadanos responsables, instituciones eficientes y marcos normativos coherentes con la realidad social y el tejido social que pretenden regular. Hablar de libertad en materia de seguridad no implica ausencia de reglas. Implica reconocer que un ciudadano respetuoso del imperio de la ley no debe ser tratado bajo la misma presunción que un criminal armado, como estamos viendo en la realidad colombiana. Implica entender que el derecho penal no puede construirse sobre el miedo abstracto al individuo, sino sobre responsabilidad concreta y verificable.
Colombia necesita abandonar los debates emocionales y empezar a discutir seriamente si el modelo vigente realmente ha producido los resultados que prometió durante más de treinta años. Porque cuando un sistema desarma principalmente a quien obedece la ley, mientras el crimen organizado continúa fortalecido, la pregunta ya no es si el modelo debe revisarse, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a ignorar sus consecuencias.
Referencias
Colombia. Constitución Política de 1991, artículo 223.
Colombia. Decreto 2535 de 1993, “Por el cual se expiden normas sobre armas, municiones y explosivos”.
Corte Constitucional de Colombia. Sentencia C-296 de 1995.
Elinor Ostrom. Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge University Press, 1990.
Jakobs, Günther. Derecho Penal. Parte General. Madrid: Marcial Pons.
Romero Cárdenas, Cristian Javier.Condiciones institucionales de gobernanza policéntrica para la reforma del régimen de tenencia y porte de armas de fuego: caso del Decreto 2535 de 1993 en Colombia. Trabajo de investigación presentado para optar al título de Magíster en Derecho Penal, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca.
El presidente guerrillero de Colombia, Gustavo Petro, ha anunciado este viernes que el próximo 20 de julio presentará formalmente ante el Congreso un proyecto para impulsar la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, en una fecha que coincide con la instalación del nuevo Legislativo surgido de las elecciones del pasado 8 de marzo.
El presidente ha señalado que la presentación de la iniciativa estará acompañada por la entrega de más de cinco millones de firmas de respaldo ciudadano, requisito con el que busca dar impulso político a la propuesta. En este sentido, ha apuntado que su tramitación quedaría en manos del próximo gobierno.
«Entregaremos el 20 de julio cinco millones de firmas para solicitar la convocatoria a una asamblea nacional constituyente para agregar dos capítulos a la constitución; Los actos legislativos para reglamentar los derechos fundamentales de las personas y de la sociedad con las reformas sociales, y la reforma al sistema político y judicial que arrincone la corrupción en Colombia», ha explicado el mandatario en una publicación en redes sociales.
El objetivo de Petro es impulsar una iniciativa que incluya cambios en el sistema político y judicial, con el propósito de combatir la corrupción y fortalecer el Estado social de derecho, con especial atención a los delitos de corrupción, que deberían tener, a su juicio, las máximas penas previstas en el ordenamiento jurídico y sin beneficios de excarcelación.
«La mayor pena del código penal deben ser los actos de corrupción sin ningún tipo de excarcelación», ha concluido su mensaje.
Así las cosas, Petro ha defendido que la propuesta en cuestión no supondría ni la eliminación ni el debilitamiento de instituciones como el Congreso o la Corte Constitucional, sino una reorientación del marco normativo para ampliar derechos y promover transformaciones estructurales en el país, ha recogido la emisora colombiana Caracol Radio.
De acuerdo con las explicaciones del mandatario, ese mismo día, el 20 de julio, se producirá también su última intervención como jefe de Estado ante el Capitolio Nacional, en el marco del inicio de sesiones del nuevo Congreso.
El Departamento del Tesoro de EE. UU. ha anunciado este viernes que ha impuesto sanciones contra cinco personas y entidades acusadas de participar en una red de reclutamiento de exmilitares de Colombia para apoyar a las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, en inglés) en la guerra de Sudán, que esta semana ha cumplido su tercer año.
La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) ha sancionado a tres hombres de nacionalidad colombiana, uno de ellos un excoronel, y dos empresas con sede en Bogotá, por facilitar el «reclutamiento y despliegue de exmilitares» del Ejército colombiano en Sudán, donde han desempeñado técnicas de combate y participado en «batallas por todo el país», y por haber así «alimentado el conflicto».
Los reclutados por esta red participan en la guerra en apoyo a las RSF, acusadas de haber llevado a cabo «repetidamente ejecuciones sumarias, ataques por motivos étnicos, violencia sexual y de género, y torturas en todas las áreas bajo su control, incluyendo El Geneina, Darfur Occidental en 2023 y El Fasher, Darfur Norte a lo largo de 2024 y 2025″.
De hecho, el Departamento de Estado acusó en enero de 2025 que el grupo paramilitar así como sus milicias aliadas de haber cometido «genocidio» y un año antes, de «crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y limpieza étnica».
«Es inaceptable que los líderes de las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido no se hayan comprometido a una tregua humanitaria para hacer frente a la devastadora hambruna provocada por la guerra civil en Sudán», ha declarado el secretario del Tesoro, Scott Bessent, en un comunicado en el que ha emplazado a ambas partes en conflicto a «actuar de inmediato para poner fin a esta crisis humanitaria».
La ministra de Comercio, Industria y Turismo de Colombia, Diana Marcela Morales, ha anunciado la imposición de aranceles del 100% desde el 30% actual a los productos procedentes de Ecuador para responder recíprocamente a la medida adoptada el pasado jueves por Quito.
«Desde el Gobierno del presidente (Gustavo) Petro hemos agotado todos los esfuerzos diplomáticos y mantenido abiertos los canales del diálogo con el Gobierno de Ecuador buscando una salida que beneficie a los dos países, a los empresarios, pero sobre todo a las comunidades de ambos lados de la frontera», ha explicado Morales en un comunicado oficial.
«Sin embargo, no hemos logrado respuesta positiva y por el contrario la administración del Presidente Noboa anuncia un endurecimiento en el frente comercial», ha añadido. Por tanto, desde Colombia «nos vemos forzados a modificar el Decreto 170 y nivelarlo con la nueva tarifa planteada por Ecuador».
El arancel impuesto por Ecuador a los productos colombianos, que inicialmente fue del 30% y pasó finalmente al 100%, «desequilibra las condiciones de competencia y de mercado entre los dos países», según Bogotá. Por ello se adopta la medida simétrica y «restablecer las condiciones equitativas en el intercambio comercial».
Colombia ya ha presenytado una demanda contra la medida adoptada por Ecuador ante la Comunidad Andina (CAN) porque viola el Acuerdo de Cartagena de 1969.
Precisamente la secretario general de la Comunidad Andina, Gonzalo Gutiérrez, ha hecho este viernes un llamamiento «urgente» a los presidentes de Colombia y Ecuador, Gustavo Petro y Daniel Noboa, respectivamente, para que retomen «a la mayor brevedad posible» el diálogo directo entre ambos países en pro de preservar una trayectoria de 57 años de integración.
Además, Gutiérrez ha advertido de que estas medidas tienen efectos directos sobre el bienestar de la ciudadanía de ambos países, así como sobre el tejido empresarial y las economías familiares, además de impactar en el proceso de integración subregional.
Cabe recordar que, a principios de marzo, Petro dejó entrever que Ecuador habría atacado territorio colombiano en una operación contra grupos armados, extremo rechazado de manera categórica por las autoridades del país vecino, entre ellos Noboa. Finalmente Bogotá informó de que el proyectil fue localizado en una zona limítrofe con Ecuador, pero no tenía como objetivo territorio colombiano.
El último incidente ha sido causado por los comentarios de Petro sobre el encarcelamiento del exvicepresidente ecuatoriano Jorge Glas, al que calificó de «preso político». Noboa acusó a Petro de de atentar contra la soberanía ecuatoriana y finalmente ordenó la subida de aranceles.
El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, ha acusado este martes a su homólogo colombiano, Gustavo Petro, de atentar contra la soberanía del país latinoamericano tras unos comentarios en los que ha calificado al exvicepresidente ecuatoriano Jorge Glas de «preso político».
«Ahora que intentan reinventar al ‘preso político’, quiero ser enfático: esto constituye un atentado contra nuestra soberanía y una violación al principio de no intervención, consagrado en el artículo 19 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y en el Derecho Internacional», ha indicado en redes sociales.
Noboa ha afirmado que Ecuador «ha esperado años para ver a los corruptos responder ante la justicia». «Hoy, desde afuera, quieren vender el cuento de los ‘presos políticos’ para tapar lo evidente: en la cárcel hay un corrupto que debe responder ante Ecuador», ha dicho.
El mandatario ha señalado que Glas está en la cárcel «por asociación ilícita en el caso Odebrecht», así como por «cohecho en el caso Sobornos 2012-2016», y por desvío de dinero «en el caso Reconstrucción de Manabí» tras el terremoto de 2016, que dejó más de 670 muertos.
En respuesta, el guerrillero socialista Gustavo Petro ha replicado a Noboa y ha reiterado nuevamente que Glas es «un ciudadano colombiano y preso político», asegurando que «dejar morir a una persona de hambre, estando bajo el cuidado de un gobierno, es un delito de lesa humanidad».
«Solicito a los organismos internacionales de Derechos Humanos velar por sus derechos. Su estado de salud compromete ya su vida porque, al estar prisión, no le han dado el suficiente alimento y sufre ya una severa desnutrición y pérdida de masa muscular», ha argüido.
Cabe señalar que esto se produce después de que Petro afirmase horas antes en redes sociales que en «América no debe haber presos políticos». «Pedí que no hubiera presos políticos en ningún país de América. Es indudable que Jorge Glas es un preso político», señaló.
El que fuera vicepresidente de Rafael Correa en 2013 y con Lenín Moreno en 2017 cumple dos sentencias de prisión por cohecho y asociación ilícita en los casos Obedrecht y Soborno. Sobre él pesa además una condena de primera instancia a trece años de cárcel por el caso Reconstrucción de Manabí.
Tras haber cumplido parte de una pena conjunta por delitos de corrupción, Glas pudo acceder a un régimen de prelibertad con ciertas condiciones, hasta que en diciembre de 2023 ingresó en la embajada de México. En abril de 2024, fue sacado por la fuerza de esa sede diplomática, pese a haber recibido asilo del Gobierno mexicano, entonces presidido por Andrés Manuel López Obrador.
Después de su detención, el exvicepresidente fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad conocida como La Roca, en el suroeste del país y en 2025 fue condenado a 13 años de prisión por un presunto delito de peculado en el ya mencionado caso ‘Reconstrucción de la provincia de Manabí’.
Caracas. – El ahora candidato presidencial y exministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Gustavo Petro, Luis Gilberto Murillo, aseguró en una reciente entrevista que el narcodictador Nicolás Maduro no ganó las elecciones del 28 de julio de 2024.
Durante una entrevista ofrecida el 16 de marzo al medio La Silla Vacía, Murillo fue contundente al afirmar: “Ya es claro que él no ganó las elecciones, es clarísimo”. Al ser consultado sobre si el chavismo se apropió de los resultados, el exfuncionario no lo negó y dejó clara la postura de Colombia durante su gestión: “Nosotros sabemos eso porque no lo reconocimos”.
Murillo reveló que Colombia llevó al régimen a celebrar elecciones, pero Maduro «no quería dar la fecha» y luego no presentó las actas. «¿Cómo podía demostrarnos que había ganado? Con las actas. No aparecieron. No podemos reconocerlo», explicó. También desmarcó a Petro del argumento del bloqueo: «El bloqueo no tiene nada que ver con eso.
«Insistió en que, si bien Colombia no reconoció a Maduro como presidente electo, tampoco rompió relaciones diplomáticas con Venezuela para evitar profundizar costos económicos y sociales en una región donde la interdependencia es considerable.
Rechazó, además, versiones que atribuyen el problema electoral a supuestas presiones del gobierno de EE. UU.; afirmó que la posición de Bogotá se centró en el análisis de irregularidades y en la defensa de la transparencia del proceso.
El excanciller explicó que uno de los principales puntos de quiebre fue la falta de transparencia del régimen al no presentar las actas electorales, elemento clave para validar cualquier resultado.
Agregó que durante su gestión se mantuvo una “distancia prudente” con el régimen venezolano, al punto de evitar visitas oficiales que pudieran interpretarse como un reconocimiento político. Incluso, reveló que se bloquearon intentos del propio Petro de viajar a Venezuela para evitar legitimar al chavismo, mientras se impulsaba una estrategia regional conjunta con México y Brasil, conocida como el G3, para abordar la crisis venezolana.
Sobre la captura de Nicolás Maduro en la operación de militares de EE. UU., Murillo fue tajante en su posición: «si Maduro hubiese acudido a la propuesta que se le hizo por los canales diplomáticos, no se hubiese llegado allá, porque lo que se le propuso fue compartir y entregar el poder (…) y él no lo hizo».
Álvaro Gómez Hurtado, con su proverbial lucidez, diagnosticó que en Colombia los conservadores superan con creces al Partido Conservador. Es hora de completar su aguda observación con una verdad incómoda que la clase política, en su hipocresía estructural, se empeña en ocultar: la mal llamada “derecha” colombiana es, en su praxis real, una izquierda economicista vestida de seda y corbata. Mientras esgrimen con devoción retórica las frases sacramentales del libre mercado, han edificado y defendido con uñas y dientes un capitalismo de compadres, un sistema diseñado no para fomentar la competencia, sino para proteger los intereses de una poderosa minoría empresarial privilegiada.
Es un engaño de grandes dimensiones pretender que en este suelo haya florecido alguna vez una derecha liberal auténtica. El verdadero liberalismo económico —aquel que cree en la competencia abierta, la destrucción creativa y en un Estado árbitro imparcial, no jugador interesado— es un fantasma ausente en nuestro debate público: un espectro al que se invoca en los discursos, pero se exorciza en los hechos. Lo que ha predominado, y lo sigue haciendo, es un modelo mercantilista decimonónico en el que el Estado no es rival de los oligopolios; es, en realidad, su arquitecto principal y su guardián más celoso. La supuesta “protección de la industria nacional” nunca fue más que la patente de corso para crear monopolios privados y públicos que hoy estrangulan la innovación, encarecen la vida y limitan las oportunidades. Y la ironía más trágica es que la izquierda contemporánea, en lugar de proponer la libertad económica que tanto invoca en su retórica antioligárquica, lo que busca es controlar esos mismos monopolios. Ambos bandos, en el fondo, comparten una fe dogmática en el Estado como gran repartidor de favores y controlador omnipresente de la vida económica: son dos caras de la misma moneda estatista.
Oligopolios y controles: el país del “no se puede”
Esto no es teoría económica abstracta; es la experiencia cotidiana que sofoca a los colombianos. Los ejemplos no son anomalías del sistema; son su regla de oro, la columna vertebral misma de ese orden perverso.
El feudo energético
Mientras se corea la soberanía energética, el Estado se aferra con puño de hierro al sector de los hidrocarburos. Ecopetrol, un gigante que actúa como juez y parte, ahoga la inversión competitiva y perpetúa un modelo extractivista único. Esta farsa se extiende a la política de precios de combustibles: se le vende al ciudadano el “subsidio” a la gasolina como un favor magnánimo del gobierno, ocultando cuidadosamente que los impuestos pueden representar hasta el 40% del precio final. Es el colmo del cinema estatista: el Estado carga el combustible con una tributación grotesca, asfixiando la productividad nacional, y luego se presenta como el salvador que mitiga el problema que él mismo creó.
La dictadura de las gaseosas
Es un hecho verificado y cotidiano. Las prácticas de exclusividad de empresas como Postobón y Coca-Cola impiden que un tendero, so pena de perder estantes, refrigeradores y hasta el local, venda una gaseosa de una marca distinta. Esto no es libre mercado: es un cártel legalizado que el Estado, por acción u omisión, avala y consiente. El consumidor no elige: obedece la oferta dictada.
Los feudos alcohólicos
Es quizá el ejemplo más cínico y medieval. Es ilegal que un empresario innovador cree una marca de licores para competir con la fábrica del gobernador de turno. Es ilegal que un ciudadano compre el aguardiente de otra región, como si las fronteras departamentales fueran aduanas de reinos de taifas. Esto no es “defensa de los ingresos territoriales”: es la consagración legal del feudalismo comercial.
La tasa de usura: un “techo” que hunde el crédito
En un alarde de populismo regulatorio que pretende proteger, el Estado fija una tasa máxima de usura. Lejos de ser un escudo para el ciudadano, este control sitúa a la banca en el límite máximo permitido para no incurrir en sanciones penales, eliminando cualquier incentivo para competir ofreciendo tasas más bajas. Suprimida esta camisa de fuerza, los bancos se verían forzados a una competencia genuina por el bolsillo del consumidor, dinamizando masivamente el crédito productivo y de consumo. Esta tasa sí afecta directamente al “pueblo”, encareciendo el acceso al capital, a diferencia de las tasas del Banco de la República, un indicador macro lejano que la gente nunca percibe en su día a día pero que siente en el pellejo al solicitar un préstamo.
La prueba irrefutable de esta farsa de una derecha izquierdizada tiene un nombre propio: Álvaro Uribe Vélez, el ícono de esa mal entendida “derecha” colombiana. Como lo documenta fríamente el Cato Institute de Washington, D. C., su gobierno fue un festival de estatismo. Fortaleció a Ecopetrol, no la privatizó; mantuvo los aranceles proteccionistas y no desmontó un ápice de la arquitectura monopolista del país. El uribismo no es liberal: es la perfecta encarnación de una plutocracia que busca favores del Estado en lugar de ganar clientes en el mercado. Es, para ser claros y polémicos, la derecha colectivista.
En este punto, la lúcida y mordaz sentencia de Nicolás Gómez Dávila ilumina el corazón de nuestra paradoja: “El izquierdista no es el que quiere quitarle al burgués su riqueza, sino el que quiere vivir como el burgués, pero sin su esfuerzo”. Esta frase desnuda la esencia. La mal entendida “derecha” colombiana no anhela un mercado libre donde cualquiera pueda, con su esfuerzo, competir y ascender; quiere un Estado que le garantice su posición burguesa mediante oligopolios, aranceles y protecciones. Y la izquierda, a su vez, no ansía una sociedad de hombres libres; ansía capturar ese mismo Estado para redistribuir sus privilegios entre una nueva clase burguesa burocrática, sin necesidad de innovar, arriesgar o competir. Ambos, en el sentido más profundo de Gómez Dávila, son izquierdistas: aspiran a la riqueza o al control, pero huyen del riesgo real y purificador de la competencia abierta.
Imaginar una Colombia liberal no es un sueño utópico; es simplemente recordar el futuro de progreso y oportunidades que nos han robado décadas de este consenso estatista. En esa Colombia posible:
Se acabarían los cárteles legales. Cualquier ciudadano podría montar su negocio de licores; cualquier empresario podría competir con Postobón, y la inversión inundaría el país con capital, creando empleo masivo y genuino.
Los precios caerían en picada, pues la competencia por el bolsillo del consumidor haría más por abaratar la canasta familiar que todos los subsidios y controles de precios juntos.
La corrupción se reduciría drásticamente. Si al Estado se le quita el poder de otorgar monopolios, licencias exclusivas y favores regulatorios, se le desarma su principal herramienta de venalidad.
El crédito fluiría a tasas competitivas, liberando el potencial productivo de millones de colombianos hoy excluidos del sistema financiero formal.
Conclusión: dos izquierdas frente al mismo Estado
El veredicto es brutalmente simple y políticamente incorrecto: Colombia no está atrapada en una pugna entre derecha e izquierda; está secuestrada por dos variantes del mismo colectivismo que se turnan el poder en un baile de máscaras. Una, la de la “derecha”, usa la retórica del mercado para blindar sus privilegios. Otra, la de la izquierda, usa la retórica social para anhelar el control total. Mientras no exijamos con vigor una auténtica libertad económica —no de discurso, sino de hechos— seguiremos condenados a elegir, elección tras elección, entre los dueños de hoy y los aspirantes a ser los nuevos dueños de mañana. El pueblo, como siempre, paga la cuenta de un engaño monumental.
El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha alertado este jueves del aumento de las tasas de reclutamiento en Colombia y en Haití, con unos datos que se han triplicado durante los últimos cinco y el último año, respectivamente, en el marco de la inseguridad en ambos países, unos datos publicados coincidiendo con el Día Internacional contra el uso de Niñas y Niños Soldado.
El organismo ha destacado que, según los datos verificados por la ONU, el número de niños y niñas reclutados y utilizados por grupos armados en Colombia se ha disparado en un 300% a lo largo de los últimos cinco años, en medio del peligro para la infancia a causa de la expansión de la violencia. Así, según datos de 2024, una media de un niño o niña es reclutado y utilizado cada 20 horas por grupos armados en el país sudamericano.
«Los niños y niñas de Colombia no solo quedan atrapados en el fuego cruzado, sino que llevan años siendo reclutados o utilizados por grupos armados. Las consecuencias que esto tiene para ellos y sus familias son devastadoras», ha afirmado la representante de UNICEF en Colombia, Tanya Chapuisat.
«Es urgente tomar medidas para proteger a la infancia frente al reclutamiento y el uso por parte de grupos armados, así como de la violencia sexual y otras violaciones graves. Los efectos de estas traumáticas experiencias pueden perseguirles toda la vida, y es nuestro deber evitar que se produzcan», ha manifestado.
UNICEF ha recordado además que el reclutamiento de niños supone una grave violación de sus derechos y es un acto prohibido por el Derecho Internacional, antes de subrayar que el aumento de estas prácticas en Colombia es resultado de factores como «el aumento de la violencia, la pobreza generalizada, la falta de educación y la disponibilidad limitada de servicios sociales e infraestructuras críticas en algunas regiones, especialmente en las zonas rurales».
Así, ha destacado que los niños se ven «a menudo» obligados a alistarse para «ayudar a sus familias» o para «escapar de la violencia en su hogar», mientras que otros lo hacen «tras recibir amenazas contra su seguridad». Además, apunta a que muchos «son reclutados y utilizados por estos grupos tras haber sido separados de sus cuidadores, desprovistos de protección y sin más alternativas de supervivencia».
«Los grupos armados recurren cada vez con más frecuencia a las redes sociales para reclutar y utilizar niños y niñas, en muchos casos mediante la falsa promesa de un empleo y una vida mejor. Una vez dentro de los grupos, no se les permite abandonar», ha puntualizado UNICEF, que ha esgrimido que trabaja para evitar estas acciones a través de un enfoque que prioriza el acceso a los servicios esenciales en sus familias y comunidades.
Valentina Gómez es economista (UCAB), fundadora Impulsa Tu Economía, y coordinadora local senior de EsLibertad Venezuela. En todos sus espacios, aprovecha cada oportunidad para reflexionar sobre las ideas de la libertad y empoderar a quienes le rodean.
“…El éxito del comercio venezolano ante una situación así dependerá de la rapidez con la que las empresas logren absorber esta nueva demanda y de su capacidad para ofrecer precios competitivos en un mercado que dejará de vivir de remesas para vivir del trabajo local.”
Valentina Gómez
¿Te has preguntado qué pasaría si retornan los 2.8 millones de venezolanos en Colombia y cómo afectará a tu negocio?
En un principio, Colombia recibiría el impacto del choque económico y social tras un evento de gran magnitud. Estudios de la OIM (2024-2025) afirman que los venezolanos en Colombia aportan más de 529 millones de dólares anualessolo en impuestos (principalmente IVA por consumo). Su salida dejaría un hueco inmediato en las arcas del Estado.
Los comerciantes sentirían la caída de sus ventas, principalmente en Bogotá donde se concentra la mayor cantidad de venezolanos (21%). Industrias como la construcción, la agricultura (recolección de cosechas) y el sector servicios (restaurantes y hoteles) sufrirían una falta de personal inmediata. Los sueldos tendrían que subir para atraer trabajadores locales. El único punto donde el país sentiría un alivio, es en el Gasto Público Social.
Ahora, los comerciantes venezolanos tendrían que prepararse para un aumento de consumo. Debido a que el mercado venezolano sumaría casi 3 millones de bocas que alimentar, vestir y movilizar, es un reto grande; para lograr el éxito, será imperativo que fortalezcan sus inventarios y optimicen su logística.
En el sector de víveres y aseo, los supermercados experimentarán una rotación nunca antes vista. La clave estará en la reposición: si la industria nacional no acelera, la importación estratégica será la única vía para evitar la escasez.
Fuente: Elaboración propia.
El país también debe estar preparado para recibir nuevamente a los venezolanos. Si el retornado no se inserta rápidamente en el mercado laboral productivo, su capacidad de compra podría reducirse frente a la que tenía cuando enviaba dinero, afectando principalmente a los productos no esenciales (maquillaje, spas, cines…)
El éxito del comercio venezolano ante una situación así dependerá de la rapidez con la que las empresas logren absorber esta nueva demanda y de su capacidad para ofrecer precios competitivos en un mercado que dejará de vivir de remesas para vivir del trabajo local. Deben tener la certeza de que el retorno masivo es inminente y que solo los preparados sobrevivirán al cambio.
En nuestra web utilizamos cookies para hacer tu navegación más personalizada en tus próximas visitas. Al hacer clic en "Aceptar" o navegar en la web, aceptas estas condiciones.
This website uses cookies to improve your experience while you navigate through the website. Out of these cookies, the cookies that are categorized as necessary are stored on your browser as they are essential for the working of basic functionalities of the website. We also use third-party cookies that help us analyze and understand how you use this website. These cookies will be stored in your browser only with your consent. You also have the option to opt-out of these cookies. But opting out of some of these cookies may have an effect on your browsing experience.
Necessary cookies are absolutely essential for the website to function properly. This category only includes cookies that ensures basic functionalities and security features of the website. These cookies do not store any personal information.
Any cookies that may not be particularly necessary for the website to function and is used specifically to collect user personal data via analytics, ads, other embedded contents are termed as non-necessary cookies. It is mandatory to procure user consent prior to running these cookies on your website.