Esta semana, el exasesor de la administración Biden para el hemisferio occidental, Juan Gonzalez, declaró que, supuestamente, EE. UU. “sí habría capturado a Nicolás Maduro” si hubiese tenido la oportunidad fuera de Venezuela, durante el mandato de Biden.
Sin embargo, eso contradice los hechos, pues fue el mismo González uno de los principales arquitectos de la política de diálogo, negociación y levantamiento de sanciones hacia el narcorégimen chavista —una estrategia que fracasó estrepitosamente—.
Por ello, sus declaraciones actuales solo llegan para intentar lavarse las manos y reescribir la historia, ignorando que, bajo su asesoría, se liberaron sanciones, se reconocieron procesos electorales fraudulentos y se fortaleció al régimen que somete a los venezolanos.
Por esta razón, Juan Gonzalez ha sido seleccionado como el Borrego de la Semana.
Paola Piotti, abogada, activista por la libertad y líder del Capítulo de Lola Tarija en Bolivia
“Los nuevos niños ricos de la revolución, esa que no implica para ellos perder patrimonio ni comodidad, son distintos. Se distinguen de sus antepasados caviar —reniegan de ellos— porque los consideran anticuados y elitistas, mientras ellos son de barrio.”
Paola Piotti
Desde el rooftop del barrio bohemio de moda, un grupo discute las injusticias del sistema capitalista. Esperan el pedido de su tabla de sushi fusión andino –porque les gusta reivindicar los productos nacionales- y beben cerveza artesanal libre de gluten, mientras coordinan sus agendas para la próxima marcha frente a la embajada americana.
Eligieron una mesa en la terraza por comodidad, ninguno de ellos tiene cambio y no les gusta la idea de decirle que no a las personas que piden una moneda mesa por mesa. Consuelan sus corazones con el pensamiento de que el resultado de esa reunión ayudará mucho más a los mendigos que cualquier moneda que puedan darles hoy. O al menos eso se repite entre brindis y consignas.
No están ahí para derrumbar el sistema; están ahí para criticarlo mientras lo disfrutan a sus anchas. Lo hacen desde cargos públicos, asesorías estatales, fondos concursables para proyectos y algunos con documentales sentimentales, todos financiados con impuestos, en suma, dinero ajeno.
Durante años, se criticó a la izquierda caviar -aquel grupo de izquierdistas de clase alta, educados en buenas universidades, con salones privados para la presentación de sus libros, viajes humanitarios y discursos perfectos sobre justicia y consciencia social- incluso desde los propios sectores populares de la izquierda. Bajo esa crítica fue gestándose una versión más antipática de ellos: la izquierda sushi, los herederos simbólicos de la revolución, los portadores de una conciencia de clase performática y mucho más intagrameable.
Los nuevos niños ricos de la revolución, esa que no implica para ellos perder patrimonio ni comodidad, son distintos. Se distinguen de sus antepasados caviar —reniegan de ellos— porque los consideran anticuados y elitistas, mientras ellos son de barrio. Aborrece la ostentación clásica del caviar, y reivindican su consciencia social a través del consumo “limpio”, consumen lo orgánico porque está lejos de los agro tóxicos capitalistas, compran ropa de fibras naturales porque no contribuirán a la producción del fast-fashion, y juzgan a todo a quien no sigue esas pautas de vida. Llaman cultura a su lujo. Se consideran rebeldes dentro de los círculos privilegiados que frecuentan porque alternan ocasionalmente una tarde pádel en el country con una visita ocasional a una exhibición de arte en un barrio carenciado.
No buscan justificar el dinero de sus padres, lo disfrutan y lo utilizan para denunciar el sistema que los hizo posibles. Son moralistas en público y hedonistas en privado. Critican la misma acumulación de capital que les permitió aprender a criticarla en los costosos cursos de sociología en Europa. Para la izquierda sushi las marchas son eventos sociales, la causa es contenido para redes y el mundo se transforma un hagshtag a la vez.
Son ilustrados. Han tenido el tiempo necesario para leer, no sólo a Marx y Hegel, sino a pensadores cada vez más nicho, cada vez menos accesibles para el común. Exigen de sus adversarios políticos una amplia bibliografía antes de debatir, no por interés genuino, sino por arrogancia intelectual. No son capaces de dimensionar los riesgos de sus consignas, ni reconocen el efecto real de sus ideas y conquistas. Dicen defender una voz que raramente escuchan y se indignan cuando alguien expone su propio consumo sofisticado y privilegios de clase. Por ello, la izquierda sushi no es una contradicción del sistema, es uno de sus subproductos más rentables, porque los nuevos revolucionarios abogan por la repartición de la riqueza, que empieza en la ajena y termina en el límite de la propia. Parece que muy dentro suyo, el capitalismo no los incomoda tanto, lo que les molesta es no poder controlarlo.
Desde esa misma terraza en la que comen, debaten y conviven sin ver la calle, juzgan al resto, especialmente a su blanco favorito: el pobre de derechas. Se sienten con la superioridad moral para explicarle al trabajador cómo funciona el mundo, y exigirle renuncias que él jamás podría permitirse. De hecho, marchan en horario de oficina, porque ninguno de ellos necesita estar en una en ese momento; denuncian a quienes hablan desde sus privilegios, mientras ellos hacen lo mismo, incapaces de reconocer los propios; han encontrado en su doctrina un consuelo: “No existe consumo ético en el capitalismo”, mientras continúan con el brunch y envían sus aplicaciones a la maestría anticolonial de la Universidad de Cataluña.
Sueñan con cambiar el mundo desde puestos bien remunerados en ONGs, o con la publicación de su compendio de poesía antiimperialista, pero tampoco parecen muy afectados porque los cambios no se materialicen con la rapidez que esperan. Tienen una red de seguridad financiera que los sostiene y previene su caída.
Asimismo, su relación con el Estado no termina en proyectos o becas, porque lo han domesticado y convertido en su red de seguridad personal, como recordatorio vivo de que dependen de lo que predican destruir. Es su herramienta favorita para sociabilizar la culpa y garantizar su moral sin incomodarse.
Para colmo, la izquierda Sushi, heredera de la intelectualidad caviar, domina el arte del teatro de la cercanía y la sensibilidad, dentro de la burbuja que sus privilegios les asegura. Su revolución es simbólica, los riesgos son ajenos, y sus consignas inquebrantables. Y aunque esta descripción pueda despertarles indignación, ese sentimiento no será más que la prueba irrefutable de haberse reconocido en estas palabras.
La Fiscalía de Ecuador ha informado este miércoles de un operativo contra el lavado de dinero que ha incluido el allanamiento de varios domicilios, entre ellos el de la excandidata de Revolución Ciudadana (RC) Luisa González, de quien se sospecha habría recibido dinero de Venezuela para financiar su campaña de 2023.
La operación por el conocido como caso ‘Caja Chica’ también se ha desarrollado con el allanamiento en los domicilios del diputado de RC Patricio Chávez y de Andrés Aráuz, compañero de fórmula de González para las elecciones de 2023 y antiguo jefe del partido además candidato presidencial en las de 2021.
En total son ocho personas las investigadas por esta —aparente— financiación irregular de la campaña para las elecciones de 2023, en las que González perdió en segunda vuelta con el ahora presidente, Daniel Noboa, entre ellas el expresidente Rafael Correa, que ha publicado en sus redes la nota de la Fiscalía.
En caso de ser declarada culpable como autora del delito de delincuencia organizada para blanquear dinero, se verá ante la posibildiad de pagar con hasta 30 años de cárcel.
Cabe señalar que este se trata del segundo caso que se le abre a la campaña de González, quien dejó de ser secretaria general del partido el 18 de enero. Ese mismo día, recibió una notificación del Tribunal Contencioso Electoral (TCE) por unas presuntas infracciones en la financiación y los gastos electorales durante la campaña.
Washington, D.C. — Este miércoles, el Gobierno de EE. UU. presentó la actualización de sus pautas dietéticas nacionales, emitidas de forma conjunta por los Departamentos de Agricultura (USDA) y de Salud y Servicios Humanos (HHS). Las nuevas directrices, que se revisan cada cinco años, introducen ajustes relevantes en las recomendaciones oficiales sobre alimentación saludable.
Durante la presentación en la Casa Blanca, el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., señaló que el objetivo de las pautas es promover el consumo de alimentos reales y contribuir a la reducción de enfermedades crónicas como la obesidad y la diabetes, especialmente en la población infantil.
Entre los cambios más destacados, las nuevas pautas recomiendan priorizar el consumo de proteínas en cada comida, con una ingesta diaria sugerida de entre 1,2 y 1,6 gramos por kilogramo de peso corporal. En este sentido, de incluyen fuentes de proteína tanto de origen animal —como huevos, aves, mariscos y carnes— como de origen vegetal —entre ellas legumbres, frutos secos, semillas y soja—.
Asimismo, las directrices actualizadas priorizan el consumo de lácteos enteros sin azúcares añadidos, en lugar de productos descremados o bajos en grasa, y recomiendan tres porciones diarias de lácteos. Este cambio podría impactar en programas de alimentación escolar, donde actualmente se ofrece principalmente leche baja en grasa o descremada.
En relación con el consumo de alcohol, las nuevas pautas eliminan los límites diarios específicos establecidos anteriormente y recomiendan, de manera general, limitar su ingesta para favorecer una mejor salud general.
Asimismo, las directrices también incluyen una recomendación explícita de evitar los alimentos altamente procesados, en particular aquellos listos para consumir que contienen altos niveles de azúcar, sal, colorantes, conservantes y edulcorantes artificiales. Se aconseja priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados.
En cuanto al azúcar añadido, las nuevas pautas indican que no existe una cantidad saludable para los niños y recomiendan evitar completamente su consumo durante la infancia y la niñez temprana. Para los adultos, se establece un límite máximo de 10 gramos de azúcar añadido por comida.
Finalmente, las pautas actualizadas recomiendan cocinar con grasas consideradas saludables, entre ellas el aceite de oliva, la mantequilla y el sebo de res, en sustitución de otras grasas y aceites de uso común en la alimentación industrial.
Es necesario señalar que las nuevas pautas dietéticas servirán como referencia para políticas públicas, programas de nutrición, educación alimentaria y recomendaciones de salud en todo el país durante los próximos cinco años.
Cabe señalar que, en lo que respecta a la izquierda política y a los sectores del activismo alimentario, el nuevo énfasis de las pautas en el consumo de proteínas —incluidas carnes y lácteos enteros— entra en clara tensión con una narrativa sostenida durante años que ha vinculado el consumo de productos de origen animal con una carga moral negativa, asociada al impacto climático y a una supuesta culpa social.
De hecho, la validación institucional de estos alimentos por parte del Estado, ahora incorporados explícitamente en las recomendaciones oficiales, contrasta con el discurso previo que los había deslegitimado, generando reacciones críticas desde dichos sectores ante lo que consideran una ruptura con ese marco ideológico.
Al menos ocho personas han sido detenidas en las protestas que han tenido lugar este martes en La Paz contra las nuevas medidas económicas anunciadas por el presidente boliviano, Rodrigo Paz, entre ellas el fin del subsidio al diésel.
La Policía tuvo que utilizar gases lacrimógenos para contener a los manifestantes, encabezados por la Central Obrera Boliviana (COB), el principal sindicato del país, que ya ha anunciado que continuarán las protestas después de que no haya prosperado las primeras conversaciones con el Gobierno.
Los momentos más tensos de la jornada de protestas del martes han tenido lugar cuando un grupo de manifestantes intentó entrar en la acordonada Plaza Murillo, donde se encuentra la del sede del Gobierno, y para ello detonaron pequeños dispositivos de dinamita, hiriendo a varios agentes.
Horas después de estos enfrentamientos, representantes de la COB se reunieron con el presidente Paz y otros miembros con el Gobierno, sin que se produjeran avances de ningún tipo en la principal demanda, la derogación de Decreto 5503, que incluye el fin de las ayudas al diésel junto a otro centenar de disposiciones.
El secretario ejecutivo de la COB, Mario Argollo, ha contado al salir de la reunión que el Gobierno les ha hecho saber que no hay intención alguna de acceder a estas demandas. Posteriormente, el sindicato ha anunciado que continuarán con las medidas presión porque el decreto es «totalmente neoliberal» y «pasará factura».
El presidente de EE. UU., Donald Trump, ha aprovechado su mensaje con motivo de la Navidad para cargar contra «la escoria de la izquierda radical» y defender las acciones adoptadas desde su vuelta a la Casa Blanca en enero: «Somos respetados de nuevo, quizá más que nunca antes».
«Feliz Navidad a todos, incluida la escoria de la izquierda radical que está haciendo todo lo posible para destruir nuestro país, pero fracasa miserablemente», ha manifestado en un mensaje publicado en su cuenta en la red social Truth Social.
«Ya no tenemos fronteras abiertas, hombres en deportes femeninos, transgénero para todos ni fuerzas de seguridad débiles», ha subrayado. «Lo que tenemos es un mercado de divisas en cifras récord, las cifras de criminalidad más bajas en décadas, sin inflación y un PIB del 4,3, dos puntos mejor de lo esperado», ha dicho.
Asimismo, ha defendido que los aranceles que ha impuesto durante los últimos meses han dado a EE. UU. «billones de dólares en crecimiento y prosperidad, además de la Seguridad Nacional más fuerte que se ha tenido nunca». «Que Dios bendiga a EE. UU.», ha zanjado.
Previamente, había mantenido un encuentro telefónico desde su mansión en Mar-a-Lago con niños que llaman al Mando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD) mientras sigue la ruta de Santa Claus con motivo de la Nochebuena, un acto en el que prometió no permitir que un Papa Noel malo» se «infiltre» en el país.
«Queremos asegurarnos de que Santa se esté portando bien. Santa es una persona muy buena», dijo Trump. «Queremos asegurarnos de que no haya infiltrados, que no estemos infiltrando en nuestro país a un Santa malo», manifestó durante la conversación con estos niños, que telefonearon desde varios estados al NORAD.
Julieta Knobel es docente y autora independiente. Explora temas institucionales y dinámicas culturales en la vida pública, y es líder de LOLA Córdoba, Argentina..
“(…) cuando una sociedad interpreta el mundo desde el daño, tiende a priorizar el amparo inmediato por sobre la responsabilidad propia. Y (…) cuando se vuelve el filtro principal para evaluar la vida pública, suele abrir la puerta —sin declararlo— a formas de intervención que reducen la libertad con el tiempo.”
Julieta Knobel
El prisma victimizador
Hoy la conversación social está mucho más permeable a interpretar casi cualquier malestar personal como si fuera un daño real. Críticas incómodas, diferencias de opinión, desacuerdos o simples frustraciones pasan a describirse como “me lastimó”, “me hirió”, “me agredió”.
Esa inflación emocional del concepto de daño no se queda en lo individual: se expande hacia afuera. La gente empieza a interpretar, con el mismo lente emocional, lo que le ocurre tanto a otros individuos como a colectivos enteros.
Así, cualquiera puede ser declarado “víctima”: mujeres, palestinos, la comunidad LGBT, afroamericanos, latinos… todos. No importa si uno pertenece o no a esos grupos. Si pertenece, la sensibilidad se amplifica; si no, aparece la proyección moral: “Si yo lo vivo como daño, esto que veo afuera también debe ser daño”.
Es el mismo prisma aplicado al mundo entero. Y no se trata de “falta de empatía”. La compasión por el malestar ajeno es saludable y deseable en toda sociedad civilizada. Lo que distorsiona la mirada no es sentir con el otro, sino confundir toda incomodidad con un agravio real y leer el mundo exclusivamente desde ese registro.
El riesgo del prisma victimizador
Cuando todo se interpreta como daño o injusticia y todos parecen víctimas, ocurre lo inevitable: nada se distingue. Las víctimas reales —las que efectivamente han sufrido un delito, un abuso de poder o una agresión verificable— pierden visibilidad y se diluyen entre indignaciones de baja intensidad. Y los villanos —indispensables para sostener la narrativa— suelen ser asignados al azar, inventados o elegidos por pura adhesión emocional.
Cuando este reflejo se vuelve hábito, ya no es un error conceptual, sino un marco mental instalado. La identidad se ancla en modo “agraviada”, el juicio propio se apaga y todo se interpreta a través del prisma victimizador.
La cultura del victimismo como capital político en la región
Aquí aparece el mayor problema mayor, a saber: queda servido el terreno para que la política opere sobre la emoción antes que sobre el criterio. El victimismo empieza como un fenómeno individual —una forma de interpretar el malestar propio—, pero cuando se repite lo suficiente se convierte en un marco colectivo, un lenguaje compartido para entender el mundo.
Aunque no es exclusivo de ningún país, porque el fenómeno es global, Latinoamérica tiene condiciones que facilitan que el victimismo se consolide como cultura:
Instituciones frágiles, que empujan a interpretar desde la emoción;
Historias políticas basadas en líderes salvadores;
Crisis económicas recurrentes;
Narrativas donde el “relato” pesa más que la evidencia;
Una vida pública saturada de indignación moral.
Con ese suelo emocional ya preparado, el victimismo solo tiene que ocuparlo. Y cuando lo hace, se convierte en capital político: un recurso que cualquier liderazgo con incentivos populistas puede activar. Y una vez instalado, el victimismo provee exactamente lo que ese tipo de lideres necesita:
Un público predispuesto a detectar agravios incluso donde no los hay;
Una narrativa emocional ya armada, lista para usar;
Un villano externo permanentemente disponible;
Y —lo más delicado— una ciudadanía dispuesta a delegar poder en quien prometa protección.
Porque cuando una sociedad interpreta el mundo desde el daño, tiende a priorizar el amparo inmediato por sobre la responsabilidad propia. Y aunque la necesidad de protección es humana y legítima, cuando se vuelve el filtro principal para evaluar la vida pública, suele abrir la puerta —sin declararlo— a formas de intervención que reducen la libertad con el tiempo.
Un líder habilidoso solo tiene que administrar el relato: definir a los “buenos” y los “malos”, amplificar la emoción y presentarse como el único capaz de defender al público de un daño omnipresente.
Así se configura un ciclo que no es ideológico, sino mecánico: Cuanto más se vive desde el victimismo, menos espacio queda para verificar hechos y más permisiva se vuelve la sociedad frente a la intervención política.
El punto clave es este: el victimismo —que suele manifestarse primero en lo individual y luego se expande— no sólo deforma la realidad; define qué tipo de liderazgo una sociedad está dispuesta a aceptar.
Caracas. – El presidente guerrillero de Colombia, Gustavo Petro, emitió este miércoles un mensaje sugiriendo al jefe del «Cartel de los Soles», Nicolás Maduro, permitir una transición política en Venezuela, mientras condena al mismo tiempo la posibilidad de una intervención militar por parte de EE. UU.
En sus redes sociales, el mandatario colombiano difundió un mensaje, abordando principalmente la situación de Venezuela en medio de la creciente tensión con la administración de Donald Trump. «Es más democracia el problema de Venezuela y es hora de una amnistía general y de un gobierno de transición con la inclusión de todos», escribió el mandatario izquierdista en la red social X.
«Maduro debe entender que la respuesta a una agresión externa no es solo un alistamiento militar sino una revolución democrática», explicó el mandatario colombiano, en una especie de recomendación al jefe del narcochavismo.
La respuesta de Petro, según lo señalado por diversos medios, se da en respuesta a las represalias tomadas este mismo día, en contra del cardenal Baltazar Porras, a quien, aparte de no permitirle viajar fuera de Venezuela, le revocaron su pasaporte.
«Es una amnistía general, no extender la cárcel», indica Petro. «La patria de Bolívar no debe ser invadida ni por extranjeros, ni por retóricas vacías, ni por cárceles del alma. La patria de Bolívar se defiende con más democracia y soberanía”, señaló finalmente.
El mensaje ha sido considerado en redes y webs periodísticas como un cambio de narrativa por parte del gobierno colombiano, que, si bien ha defendido al narcochavismo, ahora lo insta a bajar la guardia ante lo que parece ser, la irremediable decisión de la Casa Blanca por desalojar a Maduro del poder.
El gobierno de Maduro debe entender que la respuesta a una agresión externa no es solo un alistamiento militar sino una revolución democrática. Es con más democracia como se defiende un país no con más represiones ineficientes.
Carolina Dada, relaciones institucionales y finanzas de LOLA Arg (Ladies of Liberty Alliance), especialista en Marketing Político.
“El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres.”
Carolina Dada
En 1936, el entonces presidente argentino de facto, Pedro Justo, envió al Congreso el «Anteproyecto de Bibiloni», en un intento legislativo que buscaba reformar la Ley 11.357 con un objetivo claro y regresivo: quitarle a la mujer casada los derechos civiles que apenas una década antes, en 1926, le habían sido concedidos.
El anteproyecto generó un gran malestar en las mujeres que ya disfrutaban de esa independencia, sobre todo en Victoria Ocampo, una de las más importantes escritoras testimoniales del siglo XX. Ocampo, a quien se podría considerar una de las primeras feministas liberales en la Argentina, canalizó ese enfado en un activismo que le dio origen a Unión Argentina de Mujeres (UAM).
El movimiento logró frenar el anteproyecto y reunir a más de 20.000 mujeres con diferentes tendencias ideológicas, quienes además impulsaron el derecho al voto y el divorcio. Sin embargo, dos años después de su creación, Victoria Ocampo, renunció a UAM al descubrir que algunas socias, que formaban parte del Partido Comunista, estaban utilizando la organización para sus propios fines políticos. Esto, a su juicio, contravenía los principios fundacionales del movimiento.
Así surge el primer cuestionamiento sobre la partidización del feminismo. Para Victoria Ocampo, la lucha por los derechos de la mujer era una causa universal que trascendía las divisiones ideológicas. Ella veía el feminismo como un movimiento que debía romper con los «moldes» sociales, de clase y de género para que no fuera un apéndice instrumentalizado por ninguna fuerza política, sino una fuerza de cambio por sí mismo.
La segunda incomodidad de Ocampo se manifiesta con su sorprendente rechazo al proyecto de ley del voto femenino, aprobado en 1947. Esta negativa provino de su profundo antiperonismo, pues definía al peronismo como un movimiento con rasgos autoritarios y antidemocráticos muy cercanos al fascismo italiano. Además, retrata a Eva Duarte de Perón como una «fanática rentable» funcional al utilitarismo electoral diseñado por Juan Domingo Perón. En consecuencia, Ocampo fue incluida en la lista negra del peronismo, junto a otros artistas e intelectuales, lo que derivó en su posterior persecución y detención.
A pesar de esa impostura, hoy nadie podría cuestionar el gran aporte al feminismo de Victoria Ocampo, pero su incomodidad la puso en una encrucijada que la llevó a sortear entre su feminismo y su antiperonismo.
El dilema histórico que tuvo Ocampo resuena en la masificación del feminismo de los últimos años. Hoy, un sector de mujeres que se definen como feministas y liberales intentan ocupar un lugar de representación entre los sectores del liberalismo, con dos propósitos: desmarcar a los principios liberales de las derivas conservadoras que se propagan globalmente. Y, por otra parte, el desacuerdo con posturas de izquierda que predominan los espacios feministas tradicionales o mayoritarios.
Esta tensión es bien retratada en el libro «Sin padre, sin marido y sin estado» de Melina Vázquez y Carolina Spataro, que documenta la incomodidad de las mujeres en el liberalismo que intentan sostener un feminismo liberal ante la avalancha conservadora. Lo más interesante del libro es la reacción de otros sectores del feminismo, que debaten sobre la validez y el reconocimiento de una vertiente feminista liberal.
Quizá la incomodidad del «Efecto Ocampo» se trasladó al feminismo contemporáneo. Por un lado, al feminismo liberal, quienes construyen la defensa de las mujeres desde el libre mercado y la limitación del Estado. Por otro lado, al feminismo de izquierda al intentar deslegitimar la existencia de las feministas liberales. Este escenario nos empuja a una pregunta más crucial: ¿Cuáles son las preocupaciones del feminismo actual que ambos sectores comparten?
El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres. Las reacciones ante este debate también exponen un peligro que debe ser advertido al acusar las supuestas hipocresías, tanto históricas como actuales, de los distintos feminismos y movimientos partidarios, a saber: el riesgo de olvidar que el feminismo es siempre, por definición, una buena causa.
El error de Victoria Ocampo no fue advertir el oportunismo y el fascismo de Juan Domingo Perón o el desacuerdo con Eva Perón, sino no entender históricamente que la aprobación del voto femenino era un logro del feminismo en todas sus formas.
Esto se agrava cuando se personifican las ideologías. ¿De qué sirve cuestionar al feminismo de izquierda o al feminismo liberal tomando a figuras como Donald Trump, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Viktor Orbán, Javier Milei o Alberto Fernández? Cuando son estas figuras las que utilizan engañosamente el partidismo y las ideologías para desprestigiar a los movimientos de mujeres en general.
Seguramente hay una necesidad clara de empezar a separar los términos izquierda y derecha del liberalismo y del feminismo, y de aquellas posiciones que reponen prejuicios que exceden a las necesidades actuales de las mujeres, del mercado y de las funciones del Estado. Margarita León decía hace algunos años que “el feminismo debe influir en los partidos políticos, no constituirse en ellos.”, tras de los debates históricos sobre la existencia de un partido puramente feminista. Hoy muchas jóvenes se suscriben a las premisas feministas, luego piensan a quién votar de acuerdo a sus necesidades o simplemente deciden no votar.
Sin lugar a dudas, el “Efecto Ocampo” debe evitarse si se anteponen los beneficios del feminismo transversalmente. Tal vez la tarea más importante que tienen las mujeres en sus esferas políticas, es lograr que el feminismo sobreviva a las campañas de desprestigio. Sin importar a quien le pertenezca la historia de la lucha de las mujeres —liberales o de izquierda—, nadie puede tener el monopolio del feminismo.
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(Nota: las ideas expresadas son netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder 3.0)
El líder del Partido Demócrata, Chuck Schumer, ha acusado al presidente de EE. UU., Donald Trump, de arrastrar al país a una guerra con Venezuela sin el consentimiento del Congreso a raíz del despliegue militar ordenado por el mandatario en las inmediaciones del país latinoamericano, junto a medidas de presión adicionales como la que declaró ayer, cuando proclamó una prohibición generalizada contra la entrada internacional en espacio aéreo venezolano.
«Las acciones imprudentes del presidente Trump hacia Venezuela están acercando cada vez más a EE. UU. a otra costosa guerra exterior.», ha manifestado Schumer, el líder de la minoría demócrata en el Senado de EE. UU., la cámara alta del Congreso.
«Según nuestra Constitución, el Congreso tiene la facultad exclusiva de declarar la guerra —no el presidente— y el Congreso no ha autorizado el uso de la fuerza militar contra Venezuela.», ha añadido Schumer en una crítica a la estrategia de Trump, quien defiende la necesidad de intervención para atajar el tráfico de drogas que, denuncia, emerge desde Venezuela en dirección a EE. UU..
Schumer ha criticado que «los estadounidenses están cansados de las interminables guerras en el extranjero que cuestan la vida a innumerables militares estadounidenses y agotan recursos valiosos» y ha llamado a una inciativa bipartidista en el Congreso para impedir que Trump cumpla con su amenaza de poner pie en territorio venezolano.
«Necesitamos que los republicanos y los demócratas en el Congreso se unan para devolverle al pueblo el poder de declarar la guerra.», ha zanjado Schumer en su cuenta de la red social X.
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