Esta semana, el seleccionado como Borrego de la semana es el jerarca genocida del chavismo Diosdado Cabello, por sus contradicciones, discursos incendiarios y una ironía política difícil de superar.
Durante décadas, Cabello construyó su poder interno a través de una narrativa obsesiva: la denuncia constante de supuestos agentes de la CIA infiltrados en la oposición, en la sociedad civil y hasta dentro del propio chavismo. Esa retórica, repetida hasta el cansancio desde tribunas oficiales y medios del Estado, sirvió para justificar persecuciones, purgas internas y la criminalización sistemática de cualquier disidencia.
Sin embargo, revelaciones recientes muestran una realidad diametralmente opuesta, porque informes periodísticos indican contactos directos entre Cabello y representantes de alto nivel de EE. UU. Es decir, quien edificó su imagen pública acusando a otros de traición aparece ahora negociando con el mismo actor que utilizó como enemigo absoluto.
Dado este escenario, solo queda resaltar que que Cabello terminó atrapado en su propio relato. La conspiración que durante años denunció como omnipresente hoy lo señala a él como protagonista de aquello que decía combatir. Quien durante años utilizó la paranoia como método de control, ahora, acorralado por la realidad, se ve obligado a negociar en silencio mientras su discurso público se derrumba.









