¿El mito del hombre nuevo o el realismo de un ciudadano integro? Una respuesta al cinismo apologético de la incoherencia

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

En política, no siempre es relevante el fin por encima de todo, también importan los medios —si están justificados o no—. Por ello, con frecuencia, nos encontramos con “una verdad intolerable del realismo”: el medio es el fin. No se puede llegar a un país donde reine la transparencia si el vehículo usado para llegar allí está hecho con piezas de corrupción y mesianismo.

Roymer A. Rivas B.

El 27 de julio del 2024 publiqué mi ensayo contra del circo que habían montado María Corina Machado (MCM) y la Plataforma Unitaria Democrática (PUD), en colaboración —consciente o no— con el régimen chavista y sostenido con el borreguismo, de cara a las elecciones presidenciales del día siguiente. En la misma referí a la patología de la normalidad de Erich Fromm para explicar el estado mental y social del venezolano frente al sistema político que nos rige, sirviendo como base para el argumento de la servidumbre voluntaria que se oculta tras el manto de la resistencia que llevan todos aquellos que dicen oponerse al chavismo, pero que, en el fondo, llevan su misma estructura mental. Dicha servidumbre voluntaria, sugiero, es una adaptación al entorno irracional en el que vivimos, donde las personas evitan el dolor de la realidad, se alejan del pensamiento crítico y evaden la responsabilidad individual para depositar confianza ciega en el mesías o el héroe del momento.

Tras un año y medio en el que se intensificó la narrativa épica, el amarillismo que blanquea las contradicciones y/o las incoherencias de una dirigencia que enarbola una consigna sin tiempo —“hasta el final”—, a la sombra de dos décadas de fracasos en múltiples dimensiones, uno pensaría que es suficiente para abrir los ojos y aceptar la realidad en la que nos encontramos sumergidos, dando paso a la creación de una estructura realista que sirva a la libertad y la necesaria transformación que necesitamos en el país. No obstante, como clara extensión de esa patología de la normalidad que embriaga a la sociedad venezolana, pasa todo lo contrario, y —paradójicamente— en nombre del “realismo político” se pretenden justificar esas incoherencias.

Perfecta ilustración de lo anterior son las palabras expresadas por Alejandra Martínez Canchica al respecto del realismo político y la corrupción, que —según entiendo— refiere a la situación actual que atraviesa la sociedad venezolana con MCM y sus colaboradores[1]. En vista de ello, en las siguientes líneas, me propongo desarticular, parte por parte, este andamiaje de justificaciones que confunde “realismo político” con la aceptación de convivencia con quienes han coparticipado en la debacle de Venezuela, y demostrar que cualquier movimiento que se resigne a ser el refugio de los “pecadores” sin arrepentimiento, esto es: aceptar a personajes de reprochable reputación por conveniencia, no puede considerarse, bajo ninguna circunstancia, como un “movimiento del cambio”. Comencemos:

Sobre lo obvio dicho por Alejandra, los Pablos de Tarso y las Marías de Magdala

Alejandra inicia su publicación con las siguientes palabras: “La política la hacen humanos, no ángeles. Pretender erradicar la corrupción de la política es como querer eliminar el pecado del mundo: lo más seguro es que no se pueda.”. En principio, la afirmación es una perogrullada, es decir, tan obvio que decirlo resulta casi ridículo; es evidente que la política la hacen los humanos, sólo a la existencia humana es que lo “político” cobra sentido —el resto de animales no tiene noción de lo político, o al menos no al nivel o en sentido humano—. Pero, entiendo que, en ciertos contextos, con el objeto de arremeter contra posiciones utópicas, a veces se hace necesario resaltar obviedades. El problema radica, sin embargo, cuando pretende justificar la claudicación ética de una dirigencia que ha decidido absorber los mismos vicios que juró destruir, entre los que se encuentra rodearse de actores de reciclaje —oportunistas— que mantienen intacto el status quo.

A juicio de Alejandra, o al menos eso es lo que se entiende de lo escrito, que un liderazgo se alíe con figuras que, de hecho, él mismo atacó durante algún tiempo —muy brevemente, porque parecen una familia disfuncional, donde todos se pelean pero, al final, siempre están juntos, para bien o para mal, y en el escenario venezolano siempre ha sido lo segundo—, debe justificarse desde el realismo político, porque “así lo demandan las circunstancias” y no se puede pedir purismo en la lucha por la libertad. En este orden de ideas, dice lo siguiente: “Una verdad intolerable del realismo: en política son necesarios los Pablos de Tarso y las Marías de Magdala. Si la política solo se hiciera con “puros” y con ángeles, no la necesitaríamos.”. Sin embargo, esto es un sin sentido absoluto. Impresionantemente, el mismo ejemplo con el que pretende justificar la estupidez sirve para refutarlo por completo.

Con lo escrito, Alejandra ignora que Pablo de Tarso y María Magdalena tuvieron una transformación radical de la mente, el corazón y el espíritu[2], un cambio de dirección fundamental en su estilo de vida, en suma, se arrepintieron y constataron dicho arrepentimiento con sus acciones. Pablo no siguió persiguiendo cristianos mientras decía ser apóstol (Hechos 9:3-6, 19-21; Gálatas 1:13-23), y María dejó su vida anterior y se acercó mucho a Jesús después de que éste le expulsara los demonios (Lucas 8:1-3). Entonces, extrapolando esto a la realidad política venezolana, no podemos hablar de “Pablos de Tarso o Marías de Magdala” cuando nos encontramos con personajes que no han pasado por un proceso de “arrepentimiento” ni han rendido cuentas, puesto que ellos simplemente se han cambiado de bando porque el poder relativo —liderazgo— de la oposición ha cambiado de manos, o por conveniencia táctica. Ergo, no hay Pablos ni Marías, sino infiltrados o camaleones que, junto a la dictadura, conforman la misma peste a erradicar en el país.

Entiéndase algo importante, no se está atacando el hecho de que debe existir Pablos de Tarso o Marías de Magdala en la Realpolitik, en eso estamos de acuerdo, no puede ser de otra manera, el problema central es que tales personajes no existen en el conglomerado político de la oposición en Venezuela. Alejandra pretende justificar las alianzas con seres reprochables, dado su historial de acciones, disfrazándolo de “madurez política” o “realismo”, en respuesta a las circunstancias en que vivimos.

Hasta hace no mucho, MCM intentó construir un movimiento sobre la intransigencia moral y la denuncia de una casta política que sólo se llenaba sus bolsillos, mientras no hacían nada en concreto para salir del chavismo. Ésta casta, en mayor o menor medida, es hoy la misma que se niega a dar respuesta sobre el manejo de fondos cuando decían luchar por la libertad de Venezuela. No podemos hablar de “realismo” solo cuando conviene. Si durante años tu mensaje fue que la corrupción es un mal que destruyó el país, no puedes usar una lógica cínica para pedirle a tus seguidores que ignoren la presencia de corruptos en tu propio entorno, porque eso es una inconsistencia pragmática que, más que erosionar la confianza, manifiesta algo que venimos señalando desde hace bastante tiempo: la estructura mental de MCM y sus seguidores es exactamente igual a la chavista, porque ella no discrimina del color de camisa del partido político al que pertenezcan. Al final, Alejandra comete el error de otorgar licencias de confianza y/o perdón de forma anticipada para personajes que no han mostrado, en lo absoluto, ningún tipo de arrepentimiento, pero que hoy abrazan a MCM.

Sobre los señalamientos a la dirigencia, las intenciones y “el mito del hombre nuevo”

Por si fuera poco, Alejandra reduce cualquier crítica a las alianzas de MCM a un deseo de justicia absoluta o de creación de un “hombre nuevo”, pero esto es, a todas luces, una caricatura y, de facto, una contradicción. En primer lugar, puedo usar su mismo argumento para hacer una utopía inversa, porque dice que los moralistas buscan “una nueva sociedad”, pero, irónicamente, la oferta de MCM ha sido siempre una ruptura total, un “hasta el final” que promete precisamente una nueva ética política. Pero al intentar defender sus alianzas, Alejandra misma está admitiendo que MCM es ahora parte del mismo sistema que prometió destruir, ergo: la “Venezuela Tierra de Gracia” también es un mito.

En segundo lugar, Alejandra parece no entender que se puede exigir honestidad y coherencia sin querer construir un paraíso en la tierra. Pareciera que cualquier rechazo a la dirigencia incoherente queda deslegitimado por la apelación a un realismo político —viciado, vale destacar—. Que yo suela “señalar corruptelas en nombre de la moral” no significa necesariamente que, en el fondo, “lo que busque es poder” —eso es un ad hominem, por cierto, porque ataca la supuesta motivación de quien crítica en lugar de abordar la veracidad de la denuncia, una que se origina, de hecho, en el mismo realismo político que dice ella defender. Es más, aún si fuese cierto que quien crítica quiere poder, eso es totalmente irrelevante, porque no importa lo que él quiera, sino los hechos que crítica.—.

En política, no siempre es relevante el fin por encima de todo, también importan los medios —si están justificados o no—. Por ello, con frecuencia, nos encontramos con “una verdad intolerable del realismo”: el medio es el fin. No se puede llegar a un país donde reine la transparencia si el vehículo usado para llegar allí está hecho con piezas de corrupción y mesianismo. La transformación realista del país requiere, ante todo, una ruptura con la psicología del súbdito que hoy media a millones de venezolanos. Un realismo político serio no busca ángeles, pero tampoco justifica la incoherencia, requiere de transparencia y coherencia, según lo requieran las circunstancias. No somos ángeles, pero creemos en las leyes; una cosa es la imperfección y otra muy distinta la impunidad y la adherencia a la peste que se dice combatir.

En el caso Venezuela, contrario a lo que sostiene Alejandra, no hay justificación alguna para dar un paso de la “ética de la convicción” a la “ética de la responsabilidad” —conceptos de Max Weber—, porque aquí la convicción es lo único responsable, al menos tal y como se han dado las cosas hasta el momento. Por ello, las afirmaciones de Alejandra no hacen más que pervertir la realidad, intenta manipular al calificar de “peligrosos” a quienes critican las alianzas de la dirigencia, por cuanto desvía el foco de la responsabilidad del dirigente a la gente, señalándolos de ser un obstáculo para la libertad del país por su memoria y su sentido de justicia. Ahora resulta que hay que “hacerse el loco” y no indignarse porque MCM se toma fotos con quienes saquearon recursos públicos, aunque ahora se llamen a sí mismo “opositores”, porque, caso contrario, eres un ciudadano envidioso de poder y un purista irracional. Es decir, no hay espacio para la auditoría, MCM tiene cancha libre para hacer, curiosamente, lo mismo que criticó al chavismo y al interinato, a saber: “no me critiques, porque le haces el juego al enemigo”[3]. Esto es un pensamiento pueril.

Sobre la frase de Lord Acton

En este orden de ideas, Alejandra añade: “Recuerden: ‘El poder absoluto corrompe absolutamente’, sí, pero siempre es el poder del otro, nunca el mío.”, es decir, a su juicio, los “moralistas” viven señalando a otros sólo porque quieren un poder absoluto para sí mismos; la crítica moral se acaba cuando soy yo quien realiza los actos inmorales. Con éstas palabras, asume que nadie tiene integridad real, que todos veríamos nuestra propia corrupción como justificada y, con ello, intenta normalizar el comportamiento inmoral, disolviendo la responsabilidad individual en una supuesta hipocresía universal. La otra cara de la moneda, entonces, he de señalar, es el borreguismo, hay que seguir al líder sin criticarlo, porque el fin justifica los medios —aunque nadie pueda estipular de forma concreta cual es el fin y de qué forma los medios ayudan a alcanzarla—, y nadie tiene moral para criticar. A todas luces, esto es una soberana desfachatez; es la falacia del continuo[4], donde cualquier nivel de corrupción y/o asociación con la peste es aceptable o inevitable. En última instancia, es un pragmatismo sucio, limpio de ética.

Sería bueno recordar que, sí, el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente —tomemos eso como una verdad absoluta, por mero ejercicio intelectual—, pero la pretensión de poder, la ambición desesperada por él, muchas veces corrompe más, erosiona la integridad incluso antes de que se obtenga una pizca de autoridad real. Con frecuencia, el “querer llegar” es lo que obliga a los individuos a comprometer sus principios de forma más drástica que el propio ejercicio del poder. Y si MCM permite que se use este argumento para defenderla, en el fondo, está admitiendo que su “lucha del bien contra el mal” —la narrativa épica— era solo un eslogan de campaña, porque en la práctica, está dispuesta a gobernar con el “mal” que antes denunciaba[5].

Sobre los políticos, la omnisciencia y la clarividencia

Por último, Alejandra añade lo siguiente: “Lo mismo aplica para quien le exige al político un conocimiento perfecto: conocer de antemano todas las variables y todas las consecuencias de cada decisión que toma. Para ello se necesita a un ser omnisciente, no un ser humano que decide bajo incertidumbre y con información incompleta”. Yo esperaría algo más inteligente de ella, porque con este cierre —que es lo mejor de todo, o al menos lo que a mi más me llamó la atención por lo reduccionista— crea una dicotomía absurda: o se tiene un conocimiento total de las variables —imposible—, o se está en la incertidumbre absoluta —decidir a ciegas, y sirve para justificar el error—, y con ello, incurre en otro error, defiende una posición indefendible —la mediocridad y/o la irresponsabilidad política— retirándose a una posición que nadie cuestiona —la falta de omnisciencia humana—.

A esto no me queda más que responder con otra verdad de realismo político: entre la omnisciencia y la nesciencia se encuentra el profesional, el capaz. El problema aquí no es que se le exija a un político ser un profeta o una divinidad —de hecho, eso es precisamente lo que hacen los seguidores de la dirigencia, con su pensamiento mágico pendejo creen que todo se debe a la acción de MCM; de verdad me he encontrado con personas que creen que MCM planificó todo desde las primarias hasta el momento, incluyendo el despliegue de Trump en el Caribe, asumiendo, a priori, que MCM sabía que Trump ganaría las elecciones, y con ello movería todos los hilos para llegar al punto en el que nos encontramos—, lo único que se le exige es que no sean delusos —de delusión— ni crean que rezando a dioses —que, de existir, probablemente se mofan de nosotros— se saldrá de un problema que requiere praxis. En suma, lo único que se exige es que la dirigencia no ignore lo evidente y actúe en consecuencia, que hagan lo que dijeron que harían. Lo que está pasando en Venezuela, orquestado por la oposición falsaria, se debe sólo a la incompetencia de quienes quieren dirigir un cambio, y de aquellos que los enaltecieron hasta hacerlo sus líderes, en la medida en que ignoran la realidad —ahora yo diré una obviedad: sin realidad, no puede haber realismo político—.

Todo el mensaje de Alejandra apunta a una cosa —uniendo lo ya mencionado hasta el momento—: “no me pidas que sea honesto e/o integro, porque nadie es santo, y no me pidas que sea capaz, porque nadie es Dios”. Así pues, se crea una armadura perfecta para proteger la mediocridad, porque se despoja a la dirigencia de toda obligación ética y técnica, reduciéndolo a un pobre ser humano “atrapado” en las circunstancias. Yo pregunto, ¿No es eso resignación? ¿Dónde está el realismo político en ello? ¡Dios mío! El problema no es la incertidumbre, sino la repetición sistemática de errores que ya han demostrado ser fracasos. No se necesita ser omnisciente para saber que pactar con alacranes o alimentar falsas expectativas termina en la desmoralización y, con ello, el fortalecimiento del régimen. Cualquiera que apele a un “realismo político” mal entendido para dar licencias a la incompetencia no es más que un infante mental.

En Venezuela ya quedó probado que el político no es una victima del sistema, o de su propia naturaleza “humana”, sino que es un arquitecto de una narrativa que desafía la lógica para conservar sus privilegios, tanto dentro como fuera del país. Durante todo el tiempo que se han creado las narrativas épicas del cambio —como ahora—, se han vendido ilusiones que chocan con la realidad del poder que impera en el país, todo con el fin de mantener vigencia personal, es decir, conservar el favor de la masa —y sólo MCM lo ha logrado hasta el momento, por ahora—. Ningún político se puede escudar en “nadie podía saber qué pasaría”, porque ellos son los mismos que exigen el voto, o cualquier otro tipo de apoyo —como un cheque en blanco—, basándose en una supuesta “oportunidad única”[6], sólo un estafador piensa así: privatiza los aciertos y socializa los fracasos —allí tienen el ejemplo de Guanipa, cuando dijo que el 09 de enero no pasó nada porque contaban con que habría más apoyo en la calle, por sólo mencionar un ejemplo—.

Hace poco salió Magalli Meda diciendo que ellos nunca evaluaron la dificultad del proceso para alcanzar la libertad en Venezuela[7], en este marco, surgen preguntas: ¿Cómo pudieron hablar de “hay un plan”, y seguir con la consigna sin tiempo “hasta el final”, sin una evaluación y/o diagnostico real del problema? ¿Debemos guardar silencio y queda justificada la incompetencia por un “realismo político” pueril? La respuesta es obvia. No tener la capacidad de “conocer todas las variables” no es sinónimo de carencia de estrategia realista para alcanzar los fines, dado lo que sí se conoce, se puede conocer y se debe conocer. Cualquier cosa contraria a esto es una validación de un proceso irracional, dirigido por políticos ciegos que creen ver cosas distintas en el mismo animal, y seguido por los incautos.

El realismo político no puede reposar en el pensamiento pueril

En conclusión, los argumentos de Alejandra se caen por completo al constatarlos con la política venezolana actual, porque no hay Pablos de Tarso ni Marías de Magdala, sino una mesa con un banquete donde, eventualmente, los comensales cambian de asiento, mientras la sociedad venezolana espera que se caiga alguna migaja de la mesa para consumirla. Esto es necesario entenderlo, porque la tragedia venezolana no reside únicamente en la permanencia de una tiranía, sino en la metamorfosis de su oposición, que funge como un espejo de sus propias miserias; la oposición venezolana no ha trazado nunca un camino hacia la libertad, más bien ha pavimentado el retorno de lo mismo bajo nuevos eslóganes. Si, como se infiere de lo señalado por Alejandra, la política es el reino de los “pecadores” sin conversión y de los estrategas que operan en la nesciencia, entonces la democracia que prometen no será el fin de la barbarie. Esto no es pragmatismo, es negligencia, y así no se puede dirigir un país, mucho menos liderar un cambio. La utopía es creer que se puede refundar una nación sobre la premisa de que la integridad es una utopía peligrosa y la incoherencia un mal necesario; como también señalé en el pasado, eso no hace más que condenar al país a un eterno retorno donde solo cambia el nombre del verdugo y sus consignas, o camisetas[8].

La verdadera “verdad intolerable” no es que los ángeles no hagan política, sino que los venezolanos han permitido que la esperanza sea secuestrada por mercaderes que privatizan los aciertos y socializan las derrotas. Romper con esta patología de la normalidad exige entender que el “hasta el final” implica que la dirigencia que enarbola dicha consigna no debería pasar ciertos límites —no hacer todo lo contrario—; si la salvación de Venezuela depende de hacerse el loco frente a la peste, entonces la salvación es otro espejismo —así hemos vivido a lo largo del siglo XXI, de espejismo en espejismo—. No se puede disfrazar de “realismo” la claudicación de la ética, no en este contexto, hacerlo es una manifestación de un pensamiento pueril que prefiere el dogma antes que la verdad desnuda —aunque diga querer lo contrario—. He aquí la condición existencial de todos los que, con cinismo, hacen apología a la incoherencia: son actores de reparto en una tragedia circular[9], donde el realismo no es una estrategia de libertad, sino el nombre que le dan a la resignación y la mediocridad, prefieren el confort de un espejismo, que la reflexión profunda y la aceptación de que están siendo guiados por los mismos vicios que prometieron combatir.


[1] Alejandra Martínez Canchica [@alemartinezcan]. 30 de diciembre de 2025. La política la hacen humanos, no ángeles. Pretender erradicar la corrupción de la política es como querer eliminar el pecado (…) [Post]. Publicación en X. En: https://x.com/alemartinezcan/status/2006059240457175357 (Cit: 31/12/25).

[2] Esto se conoce como “metanoia”.

[3] He allí otra clara muestra de que van por la vida con la misma estructura mental chavista que llevó al país al punto en el que se encuentra.

[4] La falacia del continuo refiere a cuando alguien argumenta que no se puede distinguir entre dos extremos de un cambio gradual porque no hay un punto exacto donde una cosa se convierte en otra, o que la falta de un límite claro invalida la distinción misma, ignorando que las diferencias acumuladas sí producen un cambio real.

[5] Allí tienen a Edmundo González diciendo que en la nueva Venezuela “se aceptan todos”.

[6] Tales argumentos quedaron destruidos por completo en: Roymer Rivas. 2024. En defensa de la razón: ¿Por qué no voy a votar el 28 de julio?. Publicado por ContraPoder News y Humano Insurrecto.

[7] Polianalitica [@polianalitica]. 29 de diciembre de 2025. #ÚltimaHora Magalli Meda aclaró que no abandonarán la lucha democrática y señaló que nunca evaluaron la dificultad del proceso. https://x.com/polianalitica/status/2005672183922843940 (Cit: 31/12/25).

[8] Óp. Cit. En defensa de la razón: ¿Por qué no voy a votar el 28 de julio?.

[9] Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2025. Venezuela, la sociedad del bucle: sobre la contradicción de quienes dicen liderar un cambio, y quienes le siguen. https://contrapodernews.com/venezuela-la-sociedad-del-bucle-sobre-la-contradiccion-de-quienes-dicen-liderar-un-cambio-y-quienes-le-siguen/ (Cit: 31/12/25).

El aguinaldo en tiempos de crisis económica en Bolivia: desafíos y perspectivas

Paola B. Condori Fernández, estudiante de Economía y Derecho, analista e investigadora económica en el Centro de Estudios POPULI y líder del capítulo de LOLA Santa Cruz – Bolivia. Su enfoque académico y de análisis económico aporta una perspectiva joven, crítica y rigurosa en temas regionales y socioeconómicos

El pago de un aguinaldo decretado por ley no debería leerse como un triunfo de la justicia social, sino como un síntoma de la rigidez estructural de una economía con indicadores preocupantes y con necesidad de ajuste, a través de medidas en partidas estructurales como también una reestructuración en el orden económico.

Paola B. Condori Fernández

Recientemente, el Ministerio de Trabajo de Bolivia publicó el instructivo sobre las fechas límite para el pago del aguinaldo, tanto para instituciones públicas como para entidades privadas. Esto nos lleva a replantearnos qué significa este gasto, que tal vez respecto al total de un periodo no es tan alto, pero en contextos de crisis como la economía boliviana, puede significar mucho.

El gasto público por concepto de aguinaldo, que en 2024 fue de 3.300 millones de bolivianos, fue implementado con el fin de «dinamizar la demanda interna». Sin embargo, desde el rigor del análisis económico, no debemos confundir la expansión nominal de la liquidez con el aumento de la capacidad adquisitiva de la gente.

En la situación actual macroeconómica de Bolivia, este aumento en la liquidez masiva no es inocuo; el pago del aguinaldo, especialmente en el sector público, y la presión que ejerce sobre el sector privado, nos obligan a examinar los fundamentos de la sostenibilidad fiscal y la restricción presupuestaria.

Para entender el impacto en el sector público de esta cantidad de bolivianos, primero debemos diseccionar su origen y su destino, porque en economía todo recurso tiene un costo de oportunidad:

  1. El Sector Público y la Emisión Monetaria:

Dado que el Estado boliviano opera con un déficit fiscal profundo —superando consistentemente el 8% del PIB en los últimos años— y sin acceso a mercados de deuda internacionales a tasas razonables, la pregunta es: ¿Cómo se financia el aguinaldo de los servidores públicos? Si el Tesoro General de la Nación (TGN) no dispone de ahorro real previo, el financiamiento podría provenir del Banco Central de Bolivia (BCB). Esto es, técnicamente, una expansión de la base monetaria sin contrapartida en la producción de bienes y servicios transables.

  • El Sector Privado

Para el empresariado, que enfrenta restricciones para importar insumos y una caída en la demanda real, el aguinaldo se convierte en una transferencia forzosa de capital de trabajo a consumo corriente. En un entorno de incertidumbre jurídica y económica, esto desincentiva la reinversión y fomenta la informalidad como mecanismo de supervivencia.

Demanda Agregada

El argumento keynesiano, en resumen, sugiere que poner dinero en el bolsillo de la gente reactiva la economía. No obstante, en el contexto actual de Bolivia, dicha lógica falla al ignorar las expectativas racionales de los agentes y la restricción presupuestaria intertemporal, pues, al aumentar esta cantidad de dinero al mercado en diciembre, enfrentamos dos escenarios de ajuste vía precios y tipo de cambio:

  • La Ilusión Monetaria y el Impuesto Inflacionario

Si la oferta de bienes no crece, más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes resulta inevitablemente en inflación. El trabajador recibe su aguinaldo nominal, pero su poder adquisitivo real se ve erosionado. El Estado, al financiar su gasto con emisión, está cobrando un impuesto inflacionario no legislado. Lo que el gobierno te da con una mano vía aguinaldo financiado con déficit, te lo quita con la otra vía pérdida de poder adquisitivo.

  • Reacción racional de protección del ahorro

Al recibir el aguinaldo, una parte significativa de los agentes económicos buscará refugio de valor. Dado que el boliviano ha perdido su función de reserva de valor, el aguinaldo no se atesorará en moneda nacional; se podría volcar a la compra de dólares —o USDT—. Cabe recalcar que probablemente no genere un gran impacto en este mercado de divisas, ya que el consumo aumenta —y no se destina tanto a ahorro—  por el dinamismo generado por fechas festivas, pero eso también nos lleva al punto anterior.

Conclusión

El pago de un aguinaldo decretado por ley no debería leerse como un triunfo de la justicia social, sino como un síntoma de la rigidez estructural de una economía con indicadores preocupantes y con necesidad de ajuste, a través de medidas en partidas estructurales como también una reestructuración en el orden económico.

No nos olvidemos de que el dinero es un medio de intercambio que manda señales para tomar decisiones basándonos en cómo están funcionando los diferentes mercados, por lo que cualquier tipo de bono o subsidio nos lleva a señales equivocadas.

Al forzar la liquidez, se distorsionan los precios relativos, que complica un poco más el reajuste necesario de la economía, y no solo eso, sino que es contraproducente con el objetivo inicial por el que son creados este tipo de beneficios laborales, ya que eleva el costo laboral de contratar, volviendo cada vez más complicado a las personas conseguir empleo y desplazándolas a sectores informales.

Edmundo y Maduro no son mis presidentes

Orlando Fuenmayor S., escritor venezolano. (X: @orlandojosefs)

Venezuela vive, a mi parecer, una situación de plaza vacante en su presidencia. No hay un presidente legítimo. Solo existe, por un lado, un criminal que ejerce el poder y, por el otro, una momia que acumula más polvo.

Orlando Fuenmayor

Quizás leas el título y digas: ¿Quién es, entonces, tu presidente? Para responderte, te pido que me des la oportunidad de ordeñar las ideas e ir contestándote a lo largo del desarrollo de este artículo.

Empecemos con Maduro. Ya de origen, hablar de este tipo es ubicar de primera mano lo que respecta a su nacionalidad, punto. ¿El bicho es colombiano? Según la Constitución chavista y la del 61, ningún ciudadano extranjero o nacionalizado puede optar a la presidencia de Venezuela. Luego vendrán las conversaciones sobre la veracidad de esta aseveración: ¿Dónde están los papeles que digan que es colombiano? Hasta el momento, la cosa parece más cercana a una fábula que a algo serio.

De igual manera, desconfío de esa vía, así que vamos al hecho de que fue elegido en circunstancias fraudulentas, y ya con ese argumento se cae cualquier reconocimiento como presidente, incluso para los medios progresistas que en sus enunciados tratan a Maduro de presidente y lo victimizan ante lo que posiblemente sería un ataque de EE. UU.

Ahora bien, vayamos al caso de Edmundo González. Esto va más de percepción que de hechos, ya que todo gira en torno a supuestos: ¿Ganó? Y si lo hizo, ¿Cuál fue el verdadero margen? Pero vayamos un poco más atrás. En 2017, Henri Falcón se prestó al teatro de la democracia en Venezuela, siendo la opción de la falsa oposición. ¿Entonces? Vino Smartmatic y reveló lo que todos sabíamos: ¡El chavismo comete fraude! El PSUV encomendó al CNE inflar las cifras y, por acto de magia o remordimiento, el mandamás de la empresa soltó la sopa y echó al ruedo a Maduro y su combo.

Avancemos en el tiempo hasta 2023, cuando la Dama de Hierro insistió en revivir la vía democrática, la misma que estaba llena de vicios, trampas y fraudes continuos. ¿Aprendió la lección? Obviamente, no. Su ego pudo más y la historia ya la conocemos. Corina Yoris fue la elegida para suplantar a la ganadora de las primarias, misma que fue al TSJ a jalar bolas cuando había dicho en múltiples ocasiones que no lo haría.

Con Edmundo González no se puede obviar su historial dentro del aparato chavista, forjado durante la era de Chávez mientras representaba al régimen en embajadas clave. Copeyano originario, terminó siendo pieza de Manuel, el Filósofo del Zulia, para heredar por retruque el puesto de la Dama de Hierro. Con una actitud comparable a la de un peluche viejo de la sala de la abuela, este señor al parecer gana unas elecciones cuyos resultados Maduro escribió en una servilleta desde la mesa del almuerzo, mismos que luego fueron leídos por el Amoroso.

¿Qué pasó después? Edmundo se guardó en una embajada, se cansó del encierro y buscó la manera de volver a manejar su Volkswagen y darle de comer a sus guacamayas. Recurrió a llamar a los hermanos siniestros, quienes le ofrecieron un exilio dorado en España con la venia de su pana Pedro Sánchez. Firmó el documento con whisky en mano, se montó en un avión y les dijo a los venezolanos: “ahí se ven”.

Lo más relevante es que, durante su exilio, no ha demostrado iniciativa para liderar la causa. Se fue a tomar la foto con el otro bebé Gerber gringo, agarrado de la mano del interinato 1.0, lo que ya daba luces de lo que venía: traición. No quiso juramentarse, ni con la asamblea sinvergüenza del 2015 ni con el TSJ de papel. ¿A qué juega?

Venezuela vive, a mi parecer, una situación de plaza vacante en su presidencia. No hay un presidente legítimo. Solo existe, por un lado, un criminal que ejerce el poder y, por el otro, una momia que acumula más polvo. Todo esto detrás del cuento de Juanito y el lobo, dictado desde el país del norte, y de la señora influencer que lamentablemente se fracturó la columna saltando en tacones durante cinco días en Oslo.

¿Me crees? No lo sé, y no busco evangelizar con este artículo. Solo dreno mi frustración como el simple mortal que soy, esperando que el tiempo nos siga dando más respuestas de una historia muy mal contada.

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(Nota: las ideas expresadas son netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder 3.0)

Los venezolanos y el pacifismo: el error de la lógica política ante la barbarie

Lucid Kuaimare

El problema con esos venezolanos es que creen que ser pacifista es ser pendejo y es sinónimo de no recurrir a las armas cuando se hace necesario. Esto es: entreguismo, servidumbre voluntaria. No entienden de estrategia, ni de legítima defensa.

Lucid Kuaimare

Es lamentable que, ¡DESPUÉS DE TANTO!, se siga insistiendo en el error de tratar la tragedia venezolana como un problema político, y no como lo que es: un problema de seguridad y justicia. En Venezuela no aplica la lógica política —o al menos no en el sentido en que se entiende hoy—, así de sencillo. Hoy tenemos a personajes que quieren reducir la situación a una “pugna política”, ignorando la realidad que golpea a los venezolanos en su cotidianidad —énfasis en “venezolanos” en su “cotidianidad”, porque a ellos no los golpea eso, ellos viven como reyes, tanto dentro como fuera del país—.

Señor/a, con las bestias no se razona; ellos no se guían por la lógica de la negociación, del diálogo, derechos o procesos electorales cuando ostentan el poder, sino por la lógica de la fuerza para saciar su hambre de poder. Pero hoy tenemos a personajes que piensan que las oraciones o rezos a dioses —que de seguro se mofan de nosotros—, la fe en una comunidad internacional —la misma que ha permitido y sigue permitiendo atrocidades en el mundo, haciéndose cómplice por omisión— y la convicción de que existe un “pueblo bravo” —sin reparar en su poca inteligencia—, sumado a una retórica sensacionalista, se traducirán en un cambio real en el país.

Todo aquel que hable de paz para sostener una esclavitud pacifista es, simplemente, y así lo digo, un soberano imbécil, un infante cuya valoración de contexto no debe ser considerada en lo más mínimo. La resistencia no violenta solo funciona cuando el adversario tiene un límite moral, y éste no es el caso en Venezuela. Ya lo he dicho en infinidad de textos, y no me cansaré de repetirlo: “Ningún tirano en la historia ha salido por buenos modales, ni ha entregado el poder con una sonrisa. Si bien es cierto que algunos recularon por presiones predominantemente pacíficas, en el escenario venezolano eso nació muerto —aunque muchos se empeñen en no aceptarlo—».

El problema con esos venezolanos es que creen que ser pacifista es ser pendejo y es sinónimo de no recurrir a las armas cuando se hace necesario. Esto es: entreguismo, servidumbre voluntaria. No entienden de estrategia, ni de legítima defensa. Ya en su momento hablé de, por ejemplo, cómo durante las protestas en Venezuela, en distintas etapas, no hubo una canalización hacia acciones concretas —¿Toma de cuarteles? ¿Todos a Miraflores? Y si quiere algo no violento: ¿Plantones en absolutamente todos los cuarteles?—, sino que nos encontrábamos con focos de protestas sin orden, sino mera manifestación de descontento, pero sin estrategia para una rebelión, con los costos que ello implica.

¿De verdad creyeron que trancar por meses las calles en unas urbanizaciones, o algunas avenidas en alguna parte del país, incluyendo Caracas, iba a hacer caer un grupo criminal vestido de institucionalidad? (2017). Ojo, yo estuve allí, salí a la calle —después de ver un episodio en la entrada de la Unexpo que me encolerizó como nunca antes—, siendo mujer, tragué lacrimógenas como muchos otros, salí corriendo, y en muchas ocasiones simplemente estuve de cerca observando —estudiando, analizando, reflexionando, entendiendo, comprendiendo, con la profunda curiosidad que siempre me ha caracterizado—. Casi nadie sabe eso, porque en ese entonces seguía siendo miembro de una organización religiosa y, si se enteraban en la iglesia que andaba en ello, iba a perder privilegios, o al menos un buen llamado de atención me ganaba —que no significa que ellos estuvieran ajenos a lo que pasaba en el país, eso es imposible—.

Ya para el 2019 había entendido mucho… tanto, que acepté que ese no era el camino, tal y como se estaba presentando, hasta tanto el venezolano no comprendiera que un cambio no va de retórica, fantasías, o exponer la vida en vano, sino de dar la sangre —de ser necesario— con un plan concreto, con fines concretos, que pase por limpiar toda la peste de la casta política que hoy pretende un cambio en el país; la misma clase que no ha sabido canalizar el descontento para una rebelión en el país, sino que la ha enfriado cada vez que ha tenido la oportunidad.

A juicio de muchos, llegará un tercero a salvarlos —independientemente de quién sea—, y con éste pensamiento pueril niegan, de facto, la historia misma del país; reniegan del hecho de que la fuerza es un componente esencial de la libertad. Señor/a…, usted debe entender que el pacifismo no es sinónimo de ausencia de conflicto, sino una forma de gestionarlo. La trampa siempre ha estado en apelar a la retórica pacifista para caer en la pasividad o en la repetición de procesos diplomáticos que se han probado, en absolutamente todas las veces, fracasados —no podía ser de otra manera, y eso lo entendían los pocos clarividentes que había en Venezuela a finales del siglo XX y principios del XXI—.

Ya va siendo hora de dejar de hablar de “paz” como sinónimo de ausencia de tensión porque uno de los bandos está sometido por el terror. Esto no es otra cosa que colaboracionismo por omisión —una categoría en la que, recalco nuevamente, se encuentra la comunidad internacional—. Cuando se han agotado todas las vías y el mal que se intenta evitar es mayor que el daño de la acción violenta, la guerra se convierte en un imperativo moral, porque parte de la legítima defensa, y no hay pecado en la legítima defensa, así como no lo hay en la verdad.

Puede que llegue un moralista diciendo: «Pero estás llamando al caos”. Pues, a éste idiota le respondo: “¡NO! ¡Estoy exigiendo realismo frente a la barbarie!”. Es que ni el mismo Dios de muchos cristianos, esos que hoy hablan de paz y no violencia porque “Dios actuará por nosotros”, se traga ese discurso estúpido. Si ese Dios del que tanto hablan es el mismo que yo conozco, YHWH, Jehová, Yawéh, etc., he de decir, metafóricamente hablando, que ya debe ser un Dios vegetal, poco funcional, por cuanto le da un ataque cerebral cada vez que escucha esas tonterías, dado su desacuerdo.

Y ya que he entrado en el tema de Dios, y escribo sobre la marcha, recuerdo en este momento Mateo 5:38-42, cuando Jesús, en el sermón del monte, habla de “poner la otra mejilla”. La gran mayoría malinterpreta el pasaje, tanto los opresores para pacificar a los oprimidos como los tibios para justificar su inacción. En el contexto histórico, esto no significaba que los cristianos no debían defenderse si alguien los atacaba en absolutamente todos los escenarios, porque el acto de “golpear la mejilla” no se toma como una herida de gravedad o mortal, sino un insulto. Es decir, Jesús dijo, estrictamente, que si alguien te vituperaba, insultaba, o incluso golpeaba con intención de provocarte, la respuesta debía ser evitar el conflicto. Es más, si somos más rigurosos, no es sólo que Jesús no dice “deja que te maten”, sino que, al poner la otra mejilla, es como si estuviera diciendo: “Oblígalo a tratarte como a un igual”, es decir, un acto de resistencia no violenta, pero desafiante, como si dijera: “Me has golpeado como a un animal, pero aquí estoy, mírame a la cara, soy un hombre y no me vas a quebrar.”

O sea, aquellos que hablan de Jesús como un pacifista pendejo, ¿De verdad está hablando del Jesús de la Biblia? ¿Habla del mismo Jesús que no dudó en usar la fuerza física cuando vio la injusticia y la profanación del Templo, en lugar de ponerse a orar en una esquina esperando que “la comunidad internacional” de Jerusalén interviniera? (Juan 2:15). Jesús en ningún momento negó la legítima defensa; su fin fue, simple y llanamente, enseñar que el cristiano no debía desquitarse o vengarse del otro por un acto tan tonto como un insulto, que era mejor conservar la compostura y demostrar superioridad en carácter. La prueba irrefutable de lo que digo la señala Pablo en Romanos 12:17-18, donde dice, explícitamente, “si es posible, hasta donde depende de ustedes, estén en paz con todos”, y Lucas 22:36, cuando el mismo Jesús manda a comprar una espada, en un escenario de peligro donde la protección física era necesaria. Al respecto de éste último texto, algunos puede que salgan con el verso de Mateo 26:52, donde Jesús desincentiva el uso de la espada y dice que la guarden, porque el que use la espada “perecerá por la espada”. A simple vista, pareciera una contradicción, pero me parece curioso cómo los religiosos priman el verso de Mateo y la “paz”, la pasividad ante el mal, sobre Lucas, diciendo que “Jesús no les pidió a sus discípulos que portaran un arma para protección o defensa propia” —es lo que dice la organización JW—. Esto, de plano, es totalmente falso, una mala interpretación. En realidad, los textos se complementan, en contextos distintos, y son claves para entender que el cristianismo original, contrario a lo que la mayoría de los religiosos de las diferentes vertientes sostienen, no es una doctrina de pasividad, sino de discernimiento estratégico, si se quiere, una lección sobre el propósito de la fuerza.

Jesús reconoce el derecho a la defensa cuando manda a comprar la espada en Lucas 22:36, y éste mandato marca o delinea un momento de transición, porque hasta ese momento él los protegía milagrosamente, pero de allí en adelante, dado que el mundo es hostil y Jesús reconocía que el mal existe, los discípulos debían ser responsables de su propia subsistencia y seguridad. Es decir, Jesús manda a los presentes a buscar medios físicos para la legítima defensa, más en un marco en el que los caminos de Judea del siglo I estaban llenos de bandoleros —el viajero con una espada no buscaba dar un golpe de Estado, más bien intentaba no ser asesinado en el camino—. Más adelante, ya con las espadas, en Mateo 26:52, cuando van a arrestar a Jesús en Getsemaní, Pedro saca la espada y corta la oreja de un sirviente, pero Jesús cura la oreja y dice las palabras del versículo a Pedro, no condenando a la espada en sí —eso no tendría sentido si él mismo los mandó a comprarla antes y permitió que cargaran con ella—, sino a la acción de Pedro en ese contexto en específico, que fue impulsiva y pretendía interferir con la misión por la cual él fue enviado a la tierra, a saber: sacrificarse por muchos (Juan 3:16). Entonces, si acaso ha de tomarse alguna enseñanza de Jesús más allá de evitar la violencia impulsiva, comprendiendo bien el contexto, es que los que vivan por la espada, en el sentido de usar la agresión como primera opción ante todo contexto, terminan destruidos por esa misma violencia. Ergo, es una advertencia contra el militarismo ciego y la venganza personal, no contra la protección de la vida. Ten la espada, pero discierne bien cuándo usarla.

¿Estoy diciendo con ello que Jesús apoyaría una revolución militar para derrocar a un régimen? Pues, depende desde qué punto de vista lo vea y de los objetivos que quiera alcanzar. Eso es un debate con muchas matizaciones que deberían hacerse por separado, para luego integrarlas. En principio, la premisa bíblica, que media desde el Génesis hasta Apocalipsis, es que ningún régimen humano podrá solucionar los problemas de la humanidad, y en ese marco, habría que ver el fin del cambio de gobierno —estrictamente hablando de la Biblia y su posición—. Pero ya me extendí. Paro aquí. En lo que respecta a Dios, dije todo eso por no hablar de las veces que el mismo YHWH, ese que pide “amar al enemigo”, no escatimaba en destruir a los enemigos de su pueblo, incluso enviando a su mismo pueblo, después de agotar las vías racionales —porque solo los hombres van de razón, las bestias van de violencia—.

El costo oculto del victimismo

Julieta Knobel es docente y autora independiente. Explora temas institucionales y dinámicas culturales en la vida pública, y es líder de LOLA Córdoba, Argentina..

(…) cuando una sociedad interpreta el mundo desde el daño, tiende a priorizar el amparo inmediato por sobre la responsabilidad propia. Y (…) cuando se vuelve el filtro principal para evaluar la vida pública, suele abrir la puerta —sin declararlo— a formas de intervención que reducen la libertad con el tiempo.

Julieta Knobel

El prisma victimizador

Hoy la conversación social está mucho más permeable a interpretar casi cualquier malestar personal como si fuera un daño real. Críticas incómodas, diferencias de opinión, desacuerdos o simples frustraciones pasan a describirse como “me lastimó”, “me hirió”, “me agredió”.

Esa inflación emocional del concepto de daño no se queda en lo individual: se expande hacia afuera. La gente empieza a interpretar, con el mismo lente emocional, lo que le ocurre tanto a otros individuos como a colectivos enteros.

Así, cualquiera puede ser declarado “víctima”: mujeres, palestinos, la comunidad LGBT, afroamericanos, latinos… todos. No importa si uno pertenece o no a esos grupos. Si pertenece, la sensibilidad se amplifica; si no, aparece la proyección moral: “Si yo lo vivo como daño, esto que veo afuera también debe ser daño”.

Es el mismo prisma aplicado al mundo entero. Y no se trata de “falta de empatía”. La compasión por el malestar ajeno es saludable y deseable en toda sociedad civilizada. Lo que distorsiona la mirada no es sentir con el otro, sino confundir toda incomodidad con un agravio real y leer el mundo exclusivamente desde ese registro.

El riesgo del prisma victimizador

Cuando todo se interpreta como daño o injusticia y todos parecen víctimas, ocurre lo inevitable: nada se distingue. Las víctimas reales —las que efectivamente han sufrido un delito, un abuso de poder o una agresión verificable— pierden visibilidad y se diluyen entre indignaciones de baja intensidad. Y los villanos —indispensables para sostener la narrativa— suelen ser asignados al azar, inventados o elegidos por pura adhesión emocional.

Cuando este reflejo se vuelve hábito, ya no es un error conceptual, sino un marco mental instalado. La identidad se ancla en modo “agraviada”, el juicio propio se apaga y todo se interpreta a través del prisma victimizador.

La cultura del victimismo como capital político en la región

Aquí aparece el mayor problema mayor, a saber: queda servido el terreno para que la política opere sobre la emoción antes que sobre el criterio. El victimismo empieza como un fenómeno individual —una forma de interpretar el malestar propio—, pero cuando se repite lo suficiente se convierte en un marco colectivo, un lenguaje compartido para entender el mundo.

Aunque no es exclusivo de ningún país, porque el fenómeno es global, Latinoamérica tiene condiciones que facilitan que el victimismo se consolide como cultura:

  • Instituciones frágiles, que empujan a interpretar desde la emoción;
  • Historias políticas basadas en líderes salvadores;
  • Crisis económicas recurrentes;
  • Narrativas donde el “relato” pesa más que la evidencia;
  • Una vida pública saturada de indignación moral.

Con ese suelo emocional ya preparado, el victimismo solo tiene que ocuparlo. Y cuando lo hace, se convierte en capital político: un recurso que cualquier liderazgo con incentivos populistas puede activar. Y una vez instalado, el victimismo provee exactamente lo que ese tipo de lideres necesita:

  • Un público predispuesto a detectar agravios incluso donde no los hay;
  • Una narrativa emocional ya armada, lista para usar;
  • Un villano externo permanentemente disponible;
  • Y —lo más delicado— una ciudadanía dispuesta a delegar poder en quien prometa protección.

Porque cuando una sociedad interpreta el mundo desde el daño, tiende a priorizar el amparo inmediato por sobre la responsabilidad propia. Y aunque la necesidad de protección es humana y legítima, cuando se vuelve el filtro principal para evaluar la vida pública, suele abrir la puerta —sin declararlo— a formas de intervención que reducen la libertad con el tiempo.

Un líder habilidoso solo tiene que administrar el relato: definir a los “buenos” y los “malos”, amplificar la emoción y presentarse como el único capaz de defender al público de un daño omnipresente.

Así se configura un ciclo que no es ideológico, sino mecánico: Cuanto más se vive desde el victimismo, menos espacio queda para verificar hechos y más permisiva se vuelve la sociedad frente a la intervención política.

El punto clave es este: el victimismo —que suele manifestarse primero en lo individual y luego se expande— no sólo deforma la realidad; define qué tipo de liderazgo una sociedad está dispuesta a aceptar.

La pérdida de Citgo: el fracaso de una estrategia ambigua y antinacional del board ad hoc de PDVH

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

La reciente aprobación judicial en Delaware de la venta de PDV Holding (PDVH), matriz de Citgo, a Amber Energy —filial del fondo buitre Elliott Investment Management— por apenas USD$ 5.900 millones (con cierre pendiente de licencia OFAC en 2026), marca la consumación de uno de los mayores despojos patrimoniales en la historia de Venezuela. Citgo, valorada en al menos USD$ 11.000-13.000 millones, con tres refinerías clave en EE. UU. y una red de distribución estratégica, deja de ser un activo nacional. Esta pérdida no es solo culpa de las deudas acumuladas por expropiaciones y defaults soberanos, ni exclusivamente de las sanciones estadounidenses: es el resultado directo de la equivocada y ambigua estrategia jurídica del board ad hoc de PDVH, controlado por la oposición y reconocido por OFAC desde 2019.

El board ad hoc, nombrado por la Asamblea Nacional de 2015 y figuras como Juan Guaidó, tenía un mandato claro: proteger Citgo como activo venezolano frente a embargos. Las licencias OFAC (como la General License 7C y extensiones) autorizaban operaciones para mantener el control opositor y desplazar al régimen de Maduro, no para aliarse tácticamente con sus representantes ni facilitar una venta forzada. Sin embargo, en la práctica, PDVH ha coincidido en objeciones y apelaciones con la República (gobierno de Maduro), condenando la subasta como “robo” mientras negociaba settlements selectivos con acreedores. Esta “alianza de facto” diluyó la resistencia total que exigía el interés nacional, priorizando acuerdos parciales que allanaron el camino a la ejecución judicial.

La estrategia fue catastrófica por su ambigüedad: defender el activo mientras se “vende” controladamente. PDVH objetó bids bajos para “maximizar valor” y reinició rondas de subasta, pero negoció pagos selectivos con “los que quiso” —principalmente bonistas PDVSA 2020 (vistos como fondos buitres), y algunos arbitrales—, sin atacar frontalmente a los grandes acreedores como Crystallex o ConocoPhillips. Esto no desarticuló la subasta; al contrario, facilitó su avance al eliminar obstáculos legales parciales, dejando remanentes insuficientes y exponiendo el activo a una venta subvalorada.

El error más grave fue no declarar bancarrota Chapter 11 para PDVH. En 2024 se discutió seriamente esta opción, que habría impuesto un “automatic stay” para detener la subasta ordenada por el juez Stark, permitiendo reorganizar deudas, negociar convenios de pago con acreedores senior y potencialmente incluir reclamos legítimos como los del “holocausto petrolero” (despidos masivos post-paro 2002-2003). Aunque no garantizaba prioridad alta para estos (como daños por violaciones DDHH), sí habría forzado un esquema de pagos estructurado, preservando Citgo para Venezuela. No se presentó por temores estratégicos (riesgo de no detener la ejecución, dilución de valor), pero esto entregó el activo sin lucha final.

Irónicamente, el liderazgo del board ad hoc incluye figuras vinculadas al paro petrolero de 2002; su fracaso en la conducción de dicho conflicto contribuyó directamente a los despidos masivos que generaron el “holocausto”. 

Mientras la junta ad hoc hizo esfuerzos titánicos por excluirlos de la subasta y marginarlos del proceso, destacando su falta de transparencia y priorizando a fondos extranjeros, este cronista llevó a cabo una activa y audaz estrategia triangular: presentó múltiples mociones de intervención bajo la Regla 24, apelaciones y objeciones invocando violaciones a derechos humanos y expropiación inversa, posicionándose como un factor de disrupción real en el procedimiento. Quien esto escribe, primer litigante venezolano en actuar con comparecencias directas en este complejo caso ante la corte de Delaware, ha avanzado hacia la creación de un Qualified Settlement Fund (QSF) inspirado en precedentes como el de las víctimas del 11-S, un mecanismo virtual que promete llevar sociego y reparación justa a las miles de víctimas del holocausto petrolero, independientemente del resultado final de la subasta y de los esfuerzos de la PDVSA ad hoc por silenciar sus reclamos.

En resumen, la estrategia de PDVH no fue de salvación nacional, sino de gestión ambigua que terminó en capitulación. Defender y vender al mismo tiempo es incompatible; en derecho, o se resiste totalmente o se pierde. Venezuela paga hoy el precio: un activo estratégico en manos de buitres, sin remanente significativo para el país. 

Es hora de exigir responsabilidades a quienes, con mandato de protección, facilitaron este despojo —mientras por aquí demostramos que una lucha genuina por justicia histórica y patrimonial es posible—. Pero la lección es clara: ambigüedad antinacional cuesta patrimonios irrecuperables, y solo la defensa intransigente de las víctimas venezolanas ofrece esperanza real de reparación.

Eso está en manos de María Corina Machado, y una comisión de la verdad y un tribunal especialísimo que juzgue los crímenes contra Venezuela.

Mientras tanto, hacemos realidad el QSF para la malograda Familia Petrolera.

Fútbol y libertad: ¿Por qué Europa gana millones y copas, y cómo Sudamérica puede copiarla?

Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP

(…) No deseamos clubes que se suban en la escala social con favores, pero tampoco queremos clubes dignos de limosnas. Buscamos reconocimiento. Capitalismo, excelencia, libertad. Regresar al segundo carro. ¡Despierta Sudamérica! El fútbol requiere que lo liberen otra vez, que vuelva a ser brasileño en los años 80.

Lourdes N. Romero L.

Visualiza el fútbol como un modelo de negocio, es decir, lo que se relacionaría con este deporte «a través de una tienda de camisetas y entradas, sí, por medio de goles». En Europa, a fin de cuentas, los clubes funcionan como empresas (grandes y libres en el sentido de que los propietarios privados invierten y dan dinero sin que el gobierno pueda intervenir; los jugadores disputan partidos para determinar quién es el mejor y se llevan más dinero cuando ganan). Por supuesto, tienen un valor similar al de una ciudad: el Real Madrid tiene un valor de 6.750 millones (¡como si fuera una ciudad entera!) y genera cada año 1.129 millones por concepto de ventas de entradas, camisetas y derechos televisivos. 

En Sudamérica, la mayor parte de los equipos y clubes funcionan como «cooperativas de hinchas»: todos aportan un poco, nadie decide con claridad, el Estado invierte dinero de una manera comprensible y terminan debiendo hasta que llegan a tener nóminas atrasadas durante meses (por ejemplo, 12 de los 16 clubes de la liga boliviana están en esta situación). No obstante, hay uno: el Mundial de Clubes 2025 representa una luz de esperanza y una solución a corto plazo. La FIFA otorgó 1.000 millones de dólares (solamente por haber jugado bien o tener un buen comportamiento) a los clubes que alcancen la final (125 millones para el vencedor e incluso 2 millones por cada victoria en las fases de grupos), lo que ha llevado a equipos como Palmeiras a invertir ya 132 millones de dólares en futbolistas talentosos. El momento de que Sudamérica imite el «juego libre» europeo, con menos intervención del Estado y más mérito, y todos obtengan beneficios, ha llegado.

Europa sirve de ejemplo de conjuntos de gran riqueza. Sus campeonatos tienen normas claras. Si un club no rinde, baja y pierde fondos. Si es bueno, sube y mantiene su capital. En la liga inglesa, la Premier, el dinero por mirar los partidos es grande. Se dan 4.200 millones de dólares. Esto implica que cada equipo recibe unos 260 millones al año. Esto supera a muchas naciones pequeñas. La Liga de Campeones es como un sorteo. Dan 18,6 millones solo por entrar. El ganador puede llevarse hasta 111 millones. ¿Cuál es el efecto? Los clubes no tienen pagos pendientes. El Real Madrid no debe dinero. Este club vende ropa de Mbappé por todas partes. ¿Qué sucede luego? Estos equipos no tienen deudas. El Real Madrid, que no debe nada, reparte las prendas de Mbappé a nivel global.

La cosa en Sudamérica es al revés. La Copa Libertadores da veinte y cuatro millones a quien gana. Por solo estar en el grupo dan un millón. Los equipos tienen muchas deudas. Su dinero viene de las entradas de la gente. Esto es solo un veinticinco por ciento. También reciben plata de la tele del Estado. Eso es un treinta y seis por ciento. Por eso figuras grandes como Messi se van a Europa. Allí ganan cuatro veces más dinero.

Europa: Compañías Libres que producen dinero y estrellas

Considera a Europa como un supermercado: todo se mueve sin restricciones. El Bayern Múnich es propiedad de sus aficionados (75 %), pero opera como una empresa: el 45 % de sus ingresos se origina a partir de patrocinadores y camisetas, no del Gobierno. Consiguen todo porque fichan a las grandes estrellas del mundo sin límites absurdos. Ajax representa un modelo típico para el público en general: alimenta a los chicos en su cantera (como una escuela sin costo), los vende por cientos de millones (De Jong al Barcelona) y reinvierte. ¡No reciben dinero del gobierno!

• Real Madrid. 15 campeonatos, 1.129 millones de ingresos, estadio colmado con 80.000 aficionados pagando precios altos.

• El Manchester City. Los propietarios árabes inyectan 1.000 millones de capital privado y obtienen campeonatos sin solicitar subsidios.

• PSG. Los jeques ricos compran, lo que prueba que el dinero privado genera campeones.

¿Por qué es efectivo? Porque es «libre»: los jugadores seleccionan el club en función de sus éxitos y del dinero, así como de favores políticos. Envían el 80% de sus talentos porque aquí los sueldos no llegan a tiempo y no existen campos perfectos.

Sudamérica: Es suficiente con las deudas, es tiempo de ser empresas como las grandes.

Los clubes son pura pasión, pero alrededor de ellos no hay negocio próspero. En Bolivia, Oriente Petrolero tiene una deuda de hasta un año de salario; en Argentina, la mayoría está endeudada. ¿A qué se debe? Porque son «asociaciones sin fines de lucro» en las que los hinchas están al mando y no saben administrar el dinero. El Estado asegura premios más pequeños e interviene en los términos de los contratos. 

¡Pero hay optimismo! Desde 2005, Chile exige a las «sociedades anónimas» (que son como las empresas comunes): Colo-Colo empieza a pagar sus deudas y a incluir a inversores privados. En Brasil sucede lo contrario: los clubes optan por ser voluntarios en tener «sociedades anónimas» (y se salvará el Cruzeiro debido a la llegada de Ronaldo y 100 millones de préstamos de capital privado), y vuelven a triunfar; el Palmeiras, con incorporaciones como Endrick, Roque, etc., facturó 315 millones para 2025. El Flamengo es un equipo poderoso con 57 millones de refuerzos.

Lo Bueno y MaloEuropa (Ej. Premier) ​Sudamérica Vieja (Ej. Bolivia) ​Sudamérica Nueva (Brasil/Chile) ​
Cómo Ganan PlataEmpresas libres, TV 4.200 mill.Hinchas y Estado, poquitoEmpresas privadas, sponsors crecen
Plata al Año por Club260-1.129 mill.50-200 mill.208-315 mill.
Campeón Continental111 mill. Champions24 mill. Libertadores+125 mill. Mundial 2025
DeudasCasi cero (Real Madrid 0)Muchas (12/16 Bolivia)Bajando rápido

El Mundial de Clubes 2025 da 525 millones fijos + 250 millones extra: Fluminense sacó 50 millones llegando lejos.​

Mi falló: Sudamérica, ¡Libéralo o perderemos más estrellas!

Observa, el deporte representa la vida. En Europa el capitalismo es perpetuo: el más inteligente, el que golpea con más fuerza y el que ejerce mayor control se queda con todo. Allá nadie regula eso. El Real Madrid no tiene deudas porque su propietario sabe cómo manejar la empresa. En este lugar, los clubes mueren cuando los políticos se entrometen en las alineaciones y los salarios.

Sudamérica es una tierra de campeones. De astros como Messi, Maradona o Pelé. Y los hemos extraviado. Las instalaciones deportivas destruidas, los gimnasios en ruinas, la pobreza económica. Los jugadores bolivianos terminan jugando en clubes de Colombia.  El 2025 es el ahora o nunca. Flamengo y Palmeiras invierten millones en adquirir porteros forasteros y carrileros chilenos; si pretenden llevarse a nuestros jugadores, tendremos que forzarlos a acelerar. Supón que Bolivia copia el modelo de Chile. Blooming se convierte en una fábrica de talentos con patrocinadores. Ajax, pero sin deudas. 

No nos dejemos llevar por conversaciones huecas. Ni la supuesta igualdad que aniquila la competitividad ni la elitista Superliga europea. El balance es fundamental: la resolución de Flamengo; la garra de Boca. Apodérate de lo mejor de Europa. Permite que haya inversión privada. Exporta jugadores que sean inteligentes. Construye estadios que sean dignos. Así Lautaro y Julián no escaparán.

No deseamos clubes que se suban en la escala social con favores, pero tampoco queremos clubes dignos de limosnas. Buscamos reconocimiento. Capitalismo, excelencia, libertad. Regresar al segundo carro. ¡Despierta Sudamérica! El fútbol requiere que lo liberen otra vez, que vuelva a ser brasileño en los años 80. ¡La gallardía regresará! Las hinchadas del fútbol sudamericano lo solicitan: equipos con resistencia, héroes eternos. Hagamos un fútbol de alta calidad para siempre, liberando al balompié de las cadenas y cediendo su brazo.

¿Qué mantiene unida a las sociedades humanas? Una lectura de las fuentes del poder social

Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

Las sociedades humanas son el resultado de la acumulación histórica de, digámoslo ya, técnicas de organización, y como tal, se infiere que las ‘jaulas’ en las que vivimos no son naturales ni eternas, sino construcciones históricas surgidas de la lucha por el poder. Ergo, el futuro de la sociedad humana dependerá de nuestra capacidad para reorganizar estas redes superpuestas antes de que sus fricciones nos lleven, una vez más, al desastre.

Oriana Aranguren

La sociología histórica, en sus momentos más ambiciosos, intenta responder a una pregunta que parece sencilla, pero que esconde mucha complejidad, a saber: ¿Qué es lo que mantiene unidas a las sociedades humanas y qué es lo que las hace cambiar? Durante mucho tiempo, las respuestas oscilaron entre la rigidez del marxismo, que veía en la economía el motor último de la historia, y el funcionalismo o el idealismo, que buscaban la cohesión en los valores o el consenso. Sin embargo, si nos adentramos en los dos volúmenes de Las fuentes del poder social de Michael Mann, uno se encuentra con una refutación monumental de la simplicidad, porque nos muestra que hay que aceptar el “desorden pautado” de la historia humana, siendo una especie de “teoría del todo” un tanto —valga la redundancia— desordenada, mediada por el caos, pero que, paradójicamente, termina en coordinación social.

A través de un recorrido que va desde los orígenes del Neolítico hasta los albores de la Primera Guerra Mundial, Mann sostiene en su obra que la sociedad no es un sistema unitario, cerrado ni evolucionista —no es un “cuerpo”, ni un “edificio”, es decir, no es rígido, estático, unicausado—, sino que las sociedades están constituidas por “múltiples redes socioespaciales de poder que se superponen y se interceptan”[1]. Entender estas conexiones o entrelazamientos de “poder” es la clave para descifrar la historia del poder mismo y de la civilización humana. Adentrémonos en ello.

La muerte de la “Sociedad” y el nacimiento de las redes

El primer golpe intelectual que asesta Mann, y que resuena a lo largo de ambos volúmenes, es el rechazo al concepto tradicional de “sociedad”, pues, tal como arguye, estamos acostumbrados a pensar en “la sociedad francesa” o “la sociedad romana” como una especie de entidades discretas, como bolas de billar que chocan unas con otras, es decir, tenemos una visión “unitaria”[2]. Para él, las sociedades no son totalidades, no tienen una estructura única ni un solo motor evolutivo[3]. De hecho, esto le lleva a afirmar que ni siquiera sistemas[4] —allí cabría un extenso y profundo debate, así que sólo me limito a mencionar su postura—. En su lugar, propone el modelo IEMP, esto es: Ideológico, Económico, Militar y Político, cada una de ellas un “poder” que hace ser a la sociedad. Éstas no son “dimensiones” de un todo, sino cuatro fuentes distintas de poder social, cada una con su propia logística, su propia capacidad de organización y su propio ritmo de desarrollo. En sus palabras:

La mejor forma de hacer una relación general de las sociedades, su estructura y su historia es en términos de las interrelaciones de lo que denominaré las cuatro fuentes del poder social: las relaciones ideológicas, económicas, militares y políticas (IEMP). Son: 1) redes superpuestas de interacción social, no dimensiones, niveles ni factores de una sola totalidad social. Eso se desprende de mi primera afirmación. Son también: 2) organizaciones, medios institucionales de alcanzar objetivos humanos. Su primacía no procede de la intensidad de los deseos humanos de satisfacción ideológica, económica, militar o política, sino de los medios de organización concretos que posea cada una para alcanzar los objetivos humanos, cualesquiera que sean éstos[5].

Es decir, Mann argumenta que, para comprender la sociedad y su historia, debemos analizar cómo las organizaciones de Poder Ideológico, Económico, Militar y Político interactúan y se superponen, siendo éstas las estructuras organizativas más poderosas que los humanos han creado para perseguir colectivamente sus fines. Si acaso llega a imponerse una sobre otra, eso no es por una especie de ley histórica, sino un accidente del momento, porque el poder no deriva de la intensidad con la que los humanos desean algo, sino de la capacidad organizativa para lograrlo[6].

Este enfoque es importante, porque nos libera de la creencia de que siempre hay que buscar una “causa última” de las cosas, ya que, tal como muestra Mann, la historia no es un proceso evolutivo lineal donde una etapa sucede lógicamente a la anterior. La prehistoria, por ejemplo, se caracterizó por la capacidad de los pueblos para eludir el poder, no para buscarlo[7]. La civilización, el Estado y la estratificación, a su juicio, no fueron pasos inevitables del progreso humano, sino resultados anormales y raros, surgidos de circunstancias ecológicas y sociales muy específicas que atraparon a la humanidad en una “jaula social”[8]. Si bien, para comprender el mensaje de Mann, es vital desglosar cómo estas cuatro fuentes de poder interactúan sin fundirse jamás por completo.

Las cuatro organizaciones del poder

Según Mann, el Poder Ideológico ofrece significado, normas y rituales. Es una fuente de poder porque los humanos no pueden entender el mundo solo a través de los sentidos; necesitan conceptos y categorías[9]. Mann explica cómo las religiones universales trascendieron fronteras políticas y militares, creando redes de interacción extensivas que ningún ejército podía igualar[10]. Sin embargo, hablando de la actualidad —o su actualidad, que es extrapolable al presente—, Mann observa un debilitamiento relativo de este poder, pues las ideologías se han vuelto más “inmanentes”, reforzando la cohesión de clases y naciones en lugar de trascenderlas[11].

El Poder Económico, por su parte, nacido de la necesidad de satisfacer la subsistencia, crea circuitos de praxis: producción, distribución e intercambio[12]. Mann rechaza la visión marxista de que éste poder determina todo lo demás en la vida social; si bien es cierto que el capitalismo transformó Occidente, argumenta que el mercado capitalista no funciona en el vacío, sino que requiere de la regulación política y, a menudo, de la protección militar[13].

Asimismo, el Poder Militar es quizás la reivindicación más fuerte de Mann frente a la sociología clásica, que a menudo lo ignora o lo subsume bajo el Estado. Para Mann, la organización de la fuerza física, la defensa y la agresión tienen su propia lógica, y, en la historia, la mayoría de los Estados no poseían el monopolio de la fuerza militar[14]. El poder militar, prima facie, puede ser “concentrado-coercitivo”, vital para proyectos intensivos como la esclavitud o la construcción de imperios, pero también tiene un alcance negativo y terrorista[15] para la misma sociedad.

Finalmente, el Poder Político se refiere a la regulación centralizada y territorializada[16], pues, a diferencia de las otras fuentes que pueden ser promiscuas y atravesar fronteras, el poder político se aferra al territorio; en suma, es el poder del Estado. Avanzando en la historia, Mann muestra cómo este poder cobra un protagonismo inusitado con el surgimiento del Estado-nación moderno, una entidad que busca “enjaular” o limitar a las demás redes de poder dentro de sus fronteras[17], supeditando todos los demás poderes a sí mismo.

Del azar a la jaula estatal

Éste último punto es, para los fines de esta obra, el más importante, porque la lectura conjunta de las dos obras de Mann indica una transformación de la fluidez a la rigidez. Por ejemplo, la historia hasta 1760, se presenta como una serie de accidentes y “surgimientos intersticiales”, ya que los actores humanos, persiguiendo sus objetivos individuales, dieron paso a la creación de redes que a menudo escaparon de su control[18]. En este sentido, la civilización europea misma no fue un destino manifiesto, sino el resultado de una serie de factores contingentes: una ecología fragmentada, la herencia del cristianismo —que es una red ideológica extensiva— y la competencia multipolar de estados débiles[19]. Sin embargo, al entrar en el siglo XIX, en el tiempo de 1760-1914, la textura de la historia cambia, porque el proceso se endurece, se hace rígido, por cuanto la Revolución Industrial y la Revolución Militar transformaron la capacidad logística del poder. De repente, el poder se volvió más “intensivo” y “extensivo” simultáneamente[20]. Aquí reside, precisamente, una de las tesis centrales del segundo tomo: el ascenso de las clases[21] y de los Estados nacionales no fueron procesos opuestos, sino entrelazados. Convencionalmente, pensamos que el capitalismo —donde hay clases, poder desigual entre quienes controlan los medios de producción, distribución e intercambio— es internacional y el Estado es nacional, pero Mann demuestra que esto es falso, pues, las clases modernas se formaron dentro de lo que él llama la “jaula” del Estado-nación[22]. La lucha por el poder político, por la ciudadanía y por la representación obligó a las clases a organizarse nacionalmente, por lo cual el Estado no fue un mero instrumento del capital —como diría Marx— ni un árbitro neutral —como dirían los pluralistas—, sino un actor con su propia lógica, que “cristalizó” de diferentes formas —capitalista, militarista, representativa— según las presiones históricas[23] —que no son estrictamente deliberadas—.

El mito de la revolución única

En este orden de ideas, Mann ataca a las teorías de la “revolución singular”, por cuanto, tanto liberales como marxistas, tienden a buscar una especie de “big bang” histórico: la Revolución Industrial o la Revolución Francesa como el momento en que todo cambió, porque, a juicio de Mann, la transformación económica no fue única ni sistémica[24]. Por ejemplo, el capitalismo ya estaba muy avanzado en Gran Bretaña antes de la industria, y la Revolución Industrial fue una revolución del poder colectivo —nuestra capacidad para transformar la naturaleza—, pero no cambió inmediatamente las relaciones de poder distributivo —quién manda sobre quién—[25]. De hecho, Mann señala una ironía dolorosa: los regímenes del antiguo régimen demostraron una capacidad de adaptación asombrosa, porque, lejos de ser barridos por la burguesía, se fusionaron con ella. La aristocracia terrateniente y el nuevo capital industrial a menudo encontraron acomodo dentro de las estructuras del Estado, perpetuando viejas jerarquías bajo nuevas máscaras[26].

La reflexión sobre el poder y sus consecuencias involuntarias

Tener esto presente es muy relevante, porque, si hay un hilo conductor moral en la obra de Mann, es la advertencia sobre las consecuencias involuntarias del poder. Los actores sociales —ya sean sacerdotes sumerios, nobles feudales o burgueses victorianos— persiguen objetivos racionales dentro de sus propias redes, pero, al hacerlo, activan fuerzas que no comprenden, y que terminan cambiando la estructura de la sociedad que conforman[27]. El ejemplo más dramático se encuentra en el análisis de las causas de la Primera Guerra Mundial, donde Mann rechaza las explicaciones simplistas que culpan únicamente al imperialismo capitalista o a la agresividad alemana y, en su lugar, describe una “espiral descendente” provocada por el entrelazamiento de redes de poder polimorfas[28]. La diplomacia geopolítica, las estructuras militares osificadas, las tensiones de clase internas y el nacionalismo agresivo crearon una situación donde la guerra se volvió racional para los actores individuales, aunque fuera objetivamente irracional para la civilización.

Este desenlace trágico subraya, siguiendo la visión de Mann sobre el tema, que la sociedad no es un sistema autorregulado que busca el equilibrio, sino un campo de batalla desordenado donde las distintas fuentes de poder pueden entrar en colisión catastrófica. De este modo se hizo posible la “cristalización” del Estado en formas militaristas y nacionales, combinada con un capitalismo internacional pero competitivo, que creó una máquina de guerra que nadie controlaba del todo —y que se mantiene hasta nuestros días—[29].

Sobre la vigilancia de la libertad, las instituciones sociales y el poder —social—

Todo lo descrito anteriormente nos recuerda que la sociedad se mantiene unida por un “desorden pautado”, una coordinación siempre inestable que emana de la superposición de —a juicio de Mann— las cuatro redes IEMP —Ideológica, Económica, Militar y Política—, que a su vez se deben a la acción humana. A mi juicio, la sociedad no es un sistema unitario, cerrado y orgánico, y aunque Mann rechace explícitamente la etiqueta de “sistema” para evitar la rigidez funcionalista, irónicamente, su modelo de redes socioespaciales múltiples y entrecruzadas ofrece una visión de una complejidad tal que podría entenderse como un sistema abierto y caótico en el sentido de la teoría de sistemas contemporánea[30], que llega para indicar que las interacciones humanas —para Mann, que se encuentran en las organizaciones IEMP— crean un patrón que no es teleológico, sino evolutivo y contingente, donde las consecuencias involuntarias de las acciones humanas son el verdadero motor del cambio histórico.

En lo que compete al Estado-nación, el recorrido por la historia, desde los orígenes del Neolítico —donde carecía de la estructura moderna— hasta la “jaula” actual, es una advertencia constante sobre el poder: su logística, su capacidad para trascender fronteras —como el poder ideológico o económico que ahora controla, o eso pretende— o su tendencia a territorializarse y “cristalizar” la organización social —el poder político—. La civilización, tal y como la conocemos hoy, no fue un destino inevitable, sino un “accidente del momento” generado por la capacidad humana para crear estructuras que, eventualmente, la limitan —para bien y/o para mal—.

Es en este escenario donde reside la importancia de la libertad en la creación de lo que podemos llamar “instituciones”, porque las complejas estructuras de la sociedad son, en gran medida, los resultados no intencionados de la acción descentralizada y libre de los individuos persiguiendo sus fines —un punto de conexión notable con la Escuela Austriaca—. La sociedad se articula y desarrolla en esos “surgimientos intersticiales” donde la organización dominante no llega. Sin embargo, Mann nos obliga a mantener una vigilancia perpetua, porque la historia del siglo XIX, con el entrelazamiento de las clases y el Estado-nación, demuestra que la misma libertad para organizarse —económica, social o políticamente— puede llevarnos a la rigidez y a callejones sin salida catastróficos, como la espiral descendente que culminó en la Primera Guerra Mundial, o el socavamiento de las libertades en la actualidad, más en una era digital donde los Estados nos vigilan e irrumpen en lo que debería ser privado, porque tienen la estructura para ello.

En definitiva, Las fuentes del poder social nos enseña que no hay un motor único ni una causa última. Lo que mantiene unida a la sociedad es un equilibrio de fuerzas dinámico, caótico y siempre al borde de la colisión, donde la clave para entender la historia es desglosar la capacidad organizativa, logística, de infraestructura, y, a mi juicio, reconocer que la libertad es la condición necesaria, pero no suficiente, para evitar que el poder nos atrape en una jaula que construimos como sociedad. Las sociedades humanas son el resultado de la acumulación histórica de, digámoslo ya, técnicas de organización[31], y como tal, se infiere que las “jaulas” en las que vivimos no son naturales ni eternas, sino construcciones históricas surgidas de la lucha por el poder. Ergo, el futuro de la sociedad humana dependerá de nuestra capacidad para reorganizar estas redes superpuestas antes de que sus fricciones nos lleven, una vez más, al desastre.


[1] Michael Mann. 1991. Las fuentes del poder social I: una historia del poder desde los comienzos hasta 1760 d. C. Madrid, España. Versión española de Fernando Santos Fontela. Publicado por Alianza Editorial S. A. Pág. 14.

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem., pág. 15.

[6] Ibidem., págs. 14-15, 43-56.

[7] Ibidem., págs. 35, 59-74.

[8] Ibidem., pág. 65. A este respecto, convendría a algún anarquista, o estudioso de la política y la sociedad, revisar y comparar dicha postura con el origen del Estado según F. Oppenheimer. En: Franz Oppenheimer. 2014. El Estado, su historia y evolución desde un punto de vista sociológico. Traducción de Juan Manuel Baquero Vázquez. Publicado por Unión Editorial S. A.

[9] Ibidem., pág. 43.

[10] Ibidem., pág. 44.

[11] Michael Mann. 1997. Las fuentes del poder social II: el desarrollo de las clases y los Estados nacionales, 1760-1914. Madrid, España. Versión española de Pepa Linares. Publicado por Alianza Editorial S. A. Pág. 16-17

[12] Óp. Cit. Las fuentes del poder social I., pág. 45.

[13] Ibidem., págs. 45-46.

[14] Ibidem., págs. 26-27.

[15] Ibidem., págs. 48-49.

[16] Ibidem., pág. 49.

[17] Óp. Cit. Las fuentes del poder social II., págs. 40-41.

[18] Óp. Cit. Las fuentes del poder social I., pág. 34. Al usar la expresión “surgimientos intersticiales”, Mann refiere al hecho de que las estructuras sociales complejas, como el Estado o el capitalismo, no emergen necesariamente de resultados deseados o como partes de un plan maestro, sino que éstas nuevas formas de organización, como cualquier otra, ocurren en los “intersticios” de las estructuras de poder ya existentes, es decir, en los huecos, las periferias o las lagunas de la organización dominante —por eso están fuera de su control, al menos del control absoluto—. Puede comprender esto mejor si repara en el hecho de que un “intersticio” alude a un espacio o hendidura que se encuentra entre dos cuerpos o partes de un mismo cuerpo, por lo cual puede describir el intervalo o la distancia entre dos momentos o lugares, o, en lo que aquí respecta, de absolutamente todo lo que compete a la sociedad y es producto de la interacción de los miembros que la conforman.

[19] Ibidem., págs. 30-35.

[20] Óp. Cit. Las fuentes del poder social II., págs. 30-37.

[21] Cabe señalar que Mann tiene una concepción de las “clases” muy alineada al marxismo.

[22] Ibidem., págs. 18-19, 40-41,

[23] Ibidem., págs. 40-41, 70-71.

[24] Ibidem., págs. 28-31.

[25] Ibidem.

[26] Ibidem., págs. 33-41. Esto es, de hecho, parte de la tesis de Herbert Marcuse en “El hombre unidimensional”, con sus matices. Al respecto, ver: Herbert Marcuse. 1972. El hombre unidimensional: ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Barcelona, España. Publicado por Editorial Seix Barral S. A.

[27] En gran medida, los teóricos de la Escuela Austriaca de Economía estarían de acuerdo con ello, siguiendo a autores como Carl Menger, quien en “Principios de economía política” habla de los resultados no intencionados de la acción humana, que son instituciones complejas que rigen la misma acción humana —siendo una de ellas el dinero—; Ludwig von Mises, en su Tratado sobre la Acción Humana; o a su máximo exponente, al menos en lo que a esto respecta, Friedrich Hayek, quien habla del conocimiento disperso y las instituciones evolutivas. Al respecto, puede encontrar una síntesis de estas ideas en: César M. Meseguer. 2013. La teoría evolutiva de las instituciones: la perspectiva austriaca. Madrid, España. Segunda edición. Publicado por Unión Editorial S. A.

[28] Ibidem., págs. 21-22, donde menciona la tesis del capítulo 7, que se replica en los capítulos 10, 11, 14 y 20.

[29] Cuando Mann habla de “cristalización”, refiere al proceso por el cual las redes de poder —IEMP— se solidifican y se vuelven permanentes, estables y limitantes dentro de una estructura organizacional, que es típicamente el Estado-nación. Es precisamente por esto que se habla de “rigidez”, y del paso de una historia “abierta” a una “limitada”.

[30] Agradezco a Roymer A. Rivas B., teórico del Creativismo Filosófico, esta luz sobre el tema.

[31] Michael Foucault estaría totalmente de acuerdo con esta afirmación, porque, en última instancia, la técnica de organización impone disciplina.

Feminismo liberal vs el feminismo de izquierda: efecto Ocampo

Carolina Dada, relaciones institucionales y finanzas de LOLA Arg (Ladies of Liberty Alliance), especialista en Marketing Político.

El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres.

Carolina Dada

En 1936, el entonces presidente argentino de facto, Pedro Justo, envió al Congreso el «Anteproyecto de Bibiloni», en un intento legislativo que buscaba reformar la Ley 11.357 con un objetivo claro y regresivo: quitarle a la mujer casada los derechos civiles que apenas una década antes, en 1926, le habían sido concedidos.

El anteproyecto generó un gran malestar en las mujeres que ya disfrutaban de esa independencia, sobre todo en Victoria Ocampo, una de las más importantes escritoras testimoniales del siglo XX. Ocampo, a quien se podría considerar una de las primeras feministas liberales en la Argentina, canalizó ese enfado en un activismo que le dio origen a Unión Argentina de Mujeres (UAM).

El movimiento logró frenar el anteproyecto y reunir a más de 20.000 mujeres con diferentes tendencias ideológicas, quienes además impulsaron el derecho al voto y el divorcio. Sin embargo, dos años después de su creación, Victoria Ocampo, renunció a UAM al descubrir que algunas socias, que formaban parte del Partido Comunista, estaban utilizando la organización para sus propios fines políticos. Esto, a su juicio, contravenía los principios fundacionales del movimiento.

Así surge el primer cuestionamiento sobre la partidización del feminismo. Para Victoria Ocampo, la lucha por los derechos de la mujer era una causa universal que trascendía las divisiones ideológicas. Ella veía el feminismo como un movimiento que debía romper con los «moldes» sociales, de clase y de género para que no fuera un apéndice instrumentalizado por ninguna fuerza política, sino una fuerza de cambio por sí mismo.

La segunda incomodidad de Ocampo se manifiesta con su sorprendente rechazo al proyecto de ley del voto femenino, aprobado en 1947. Esta negativa provino de su profundo antiperonismo, pues definía al peronismo como un movimiento con rasgos autoritarios y antidemocráticos muy cercanos al fascismo italiano. Además, retrata a Eva Duarte de Perón como una «fanática rentable» funcional al utilitarismo electoral diseñado por Juan Domingo Perón. En consecuencia, Ocampo fue incluida en la lista negra del peronismo, junto a otros artistas e intelectuales, lo que derivó en su posterior persecución y detención.

A pesar de esa impostura, hoy nadie podría cuestionar el gran aporte al feminismo de Victoria Ocampo, pero su incomodidad la puso en una encrucijada que la llevó a sortear entre su feminismo y su antiperonismo.

El dilema histórico que tuvo Ocampo resuena en la masificación del feminismo de los últimos años. Hoy, un sector de mujeres que se definen como feministas y liberales intentan ocupar un lugar de representación entre los sectores del liberalismo, con dos propósitos: desmarcar a los principios liberales de las derivas conservadoras que se propagan globalmente. Y, por otra parte, el desacuerdo con posturas de izquierda que predominan los espacios feministas tradicionales o mayoritarios.

Esta tensión es bien retratada en el libro «Sin padre, sin marido y sin estado» de Melina Vázquez y Carolina Spataro, que documenta la incomodidad de las mujeres en el liberalismo que intentan sostener un feminismo liberal ante la avalancha conservadora. Lo más interesante del libro es la reacción de otros sectores del feminismo, que debaten sobre la validez y el reconocimiento de una vertiente feminista liberal.

Quizá la incomodidad del «Efecto Ocampo» se trasladó al feminismo contemporáneo. Por un lado, al feminismo liberal, quienes construyen la defensa de las mujeres desde el libre mercado y la limitación del Estado. Por otro lado, al feminismo de izquierda al intentar deslegitimar la existencia de las feministas liberales. Este escenario nos empuja a una pregunta más crucial: ¿Cuáles son las preocupaciones del feminismo actual que ambos sectores comparten?

El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres. Las reacciones ante este debate también exponen un peligro que debe ser advertido al acusar las supuestas hipocresías, tanto históricas como actuales, de los distintos feminismos y movimientos partidarios, a saber: el riesgo de olvidar que el feminismo es siempre, por definición, una buena causa.

El error de Victoria Ocampo no fue advertir el oportunismo y el fascismo de Juan Domingo Perón o el desacuerdo con Eva Perón, sino no entender históricamente que la aprobación del voto femenino era un logro del feminismo en todas sus formas.

Esto se agrava cuando se personifican las ideologías. ¿De qué sirve cuestionar al feminismo de izquierda o al feminismo liberal tomando a figuras como Donald Trump, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Viktor Orbán, Javier Milei o Alberto Fernández? Cuando son estas figuras las que utilizan engañosamente el partidismo y las ideologías para desprestigiar a los movimientos de mujeres en general.

Seguramente hay una necesidad clara de empezar a separar los términos izquierda y derecha del liberalismo y del feminismo, y de aquellas posiciones que reponen prejuicios que exceden a las necesidades actuales de las mujeres, del mercado y de las funciones del Estado. Margarita León decía hace algunos años que “el feminismo debe influir en los partidos políticos, no constituirse en ellos.”, tras de los debates históricos sobre la existencia de un partido puramente feminista. Hoy muchas jóvenes se suscriben a las premisas feministas, luego piensan a quién votar de acuerdo a sus necesidades o simplemente deciden no votar.

Sin lugar a dudas, el “Efecto Ocampo” debe evitarse si se anteponen los beneficios del feminismo transversalmente. Tal vez la tarea más importante que tienen las mujeres en sus esferas políticas, es lograr que el feminismo sobreviva a las campañas de desprestigio. Sin importar a quien le pertenezca la historia de la lucha de las mujeres —liberales o de izquierda—, nadie puede tener el monopolio del feminismo.

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(Nota: las ideas expresadas son netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder 3.0)

¡El holocausto petrolero: pasos firmes hacia la justicia para la familia despojada!

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

Imagina por un momento el rugido ensordecedor de las refinerías, el aroma acre del crudo que se transforma en vida cotidiana para millones, y de repente, todo eso se apaga. No por un accidente, no por un desastre natural, sino por la mano fría y calculadora de un régimen que pisotea derechos como si fueran hojas secas bajo sus botas. Ese es el “holocausto petrolero” que azota a Venezuela desde hace años: la expropiación brutal, las sanciones que nos dejan en la penumbra, y la pérdida de Citgo, esa joya americana de PDVSA, robada a manos de violaciones sistemáticas a los derechos humanos por parte del chavismo y sus cómplices.

Como articulista en Contrapoder News, he visto cómo esta tragedia no es solo un capítulo de historia económica, sino un grito de dolor colectivo de la familia petrolera: ex empleados de la casa matriz, familias destrozadas, comunidades enteras que vivían del pulso del petróleo. Pero hoy, no vengo a lamentar, vengo a narrar, en palabras simples y directas, los pasos concretos que estamos dando en las trincheras legales para reclamar lo nuestro. Pasos que, como un río que no se detiene, nos llevan hacia la reparación.

Empecemos por el frente principal, la Corte del juez Leonard Stark en Delaware, donde el destino de Citgo se juega como una partida de ajedrez de alto voltaje. Aquí, el juez Stark —ese guardián implacable de la “eficiencia”— ha dictado lo que llamamos el “alter ego”: una decisión que une a PDVSA con el Estado venezolano, y sus entes en el exterior como si fueran uno solo, un velo corporativo rasgado que expone las deudas y los abusos. 

Ganador aprobado, dice el fallo del 1 de diciembre de 2025, que avala la puja de Amber Energy por 5.900 millones de dólares.  Pero no nos equivoquemos: este no es un triunfo para los buitres financieros solos. 

Nosotros, los ex empleados y víctimas directas, hemos intervenido con testimonios crudos, testimonios que sangran historias de despidos injustos, pensiones evaporadas y familias hundidas en la miseria por las políticas chavistas. Le ha tocado a este cronista la sublime misión de presentar las evidencias que susurran verdades incómodas, recordando que detrás de cada latrocinio perpetrado a PDVSA hay un derecho humano pisoteado. 

Stark ha despejado obstáculos, rechazado múltiples mociones para descalificarnos, y  el resultado ha sido que ahora el camino está pavimentado para que el dinero de la venta no se evapore en bolsillos equivocados, sino que fluya hacia quienes fuimos despojados primero. 

Ese alter ego no solo ata deudas, sino que nos posiciona como herederos legítimos: al declarar a PDVH –poseedora de las acciones de Citgo– como extensión del Estado depresor chavista y PDVSA casa matriz, nos hace, a nosotros los ex empleados, beneficiarios directos de esos derechos sucesorales, imprescriptibles y blindados contra el olvido.

Paralelamente, en la órbita de la juez Jennifer L. Hall —esa voz serena pero firme en los pasillos judiciales de Delaware—, avanzamos en frentes complementarios con una moción contundente para blindar el QSF, el Qualified Settlement Fund que será el corazón de nuestra reparación. Hall, federal en Delaware, ha validado reclamos previos y ahora revisa nuestra presentación que asegura que los fondos de la venta de Citgo no se diluyan en reclamos ajenos, priorizando a las víctimas reales como nosotros.

Aquí, nuestros esfuerzos se centran en bloquear reclamos colaterales que diluyan nuestro fondo, presentando evidencias de cómo el régimen y colaboracionistas  (Ad Hoc interinario) usó Citgo como rehén para financiar su maquinaria represiva, por un lado, y de control económico por el otro y de enriquecimiento ilícito, violando tratados internacionales de derechos laborales y humanos. Es un baile delicado: negociamos con OFAC, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Tesoro de EE. UU., que ha extendido protecciones hasta marzo de 2026 para evitar que transacciones con bonos PDVSA enreden el proceso.

La OFAC, con su licencia general 5Q, nos da oxígeno: prohíbe ventas o transferencias de acciones de Citgo ligadas a esos bonos sin autorización específica, pero promete una “política de licenciamiento favorable” para acuerdos que prioricen a las víctimas reales, como nosotros. Nuestras peticiones a OFAC no son meras formalidades; son balas de acero que invocan sanciones por violaciones a derechos humanos, recordando cómo el chavismo nos dejó en la calle para enriquecer a sus aliados.

Y no nos quedamos en las costas americanas. Elevamos la voz a la Corte Suprema de Justicia de EE. UU., ese faro supremo donde apelaciones como la de Gold Reserve y Venezuela chocan contra el muro de la razón. 

En diciembre de 2025, mientras Stark aprueba la venta, las apelaciones ante el Tercer Circuito cuestionan el proceso entero, nosotros intervenimos con briefs que ligan el alter ego no solo a deudas financieras, sino a un tapiz de abusos: detenciones arbitrarias de sindicalistas petroleros, represión de protestas en refinerías, y el éxodo forzado de miles de trabajadores. 

La Corte Suprema (SCOTUS) ha rechazado revisiones previas, pero nuestro empuje —apoyado en precedentes de derechos humanos— mantiene viva la llama de la revisión, asegurando que ningún detalle se escape. No confundamos esto con el caso de la juez Failla en Nueva York: allí, en el frente de los bonistas PDVSA 2020, falla validó los bonos con su fallo del 18 de septiembre de 2025, pero nos botó arbitrariamente de su causa, con base en calumnias de colaboracionistas y traidores, un revés que no nos detiene, sino que nos redirige a Delaware donde Hall y Stark oyen nuestro clamor por el QSF. 

Finalmente, cruzamos océanos hacia la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (IACHR), ese bastión continental en Washington que escucha los ecos de la injusticia desde San José, Costa Rica. 

Aquí, no hablamos de dólares, sino de almas: hemos radicado denuncias colectivas por violaciones masivas a la Convención Americana sobre Derechos Humanos, detallando cómo el régimen chavista y sus colaboradores usaron la expropiación de Citgo como arma para silenciar disidencias, dejando a ex empleados sin sustento en medio de una crisis humanitaria. 

La IACHR, con su mandato de monitorear y remitir casos a la Corte Interamericana, nos da un megáfono global: informes temáticos sobre derechos laborales en el sector extractivo, medidas cautelares para proteger a testigos amenazados, y la promesa de fallos vinculantes que obliguen a reparaciones. Nuestros pasos en la IACHR son el contrapeso moral, recordando que Citgo no es solo un activo, sino un símbolo de dignidad robada.

Y ahora, miremos al horizonte con ojos claros: marzo próximo, 2026, marca la fecha tope para obtener la aprobación del QSF, ese Fondo de Liquidación Calificado que actúa como un arca sagrada para las reparaciones. Como hemos conversado en otras ocasiones, este no es un capricho burocrático, sino el reloj inexorable que mide nuestra victoria. 

El QSF, establecido bajo la supervisión de Stark, recibirá los frutos de la venta de Citgo —esa ganga de USD$ 5.900 millones que, aunque parezca poco para un gigante valorado en USD$ 13.000 millones, es semilla de justicia—. Aunque nosotros, por las violaciones flagrantes a nuestros derechos humanos a manos del chavismo, tenemos un reclamo prioritario como ex empleados de la casa matriz, Citgo se erige como emblema de todas las pérdidas causadas por esos abusos y las alianzas traidoras con colaboracionistas. 

El alter ego decretado por Stark no solo válida nuestro cobro legítimo del dinero de la venta, sino que nos otorga derechos sucesorales imprescriptibles —derechos que no caducan, que trascienden dueños— sea ante Amber Energy o quienquiera que termine al mando de Citgo. El QSF, entonces, no es mero trámite: es la justicia encarnada para las víctimas, el bálsamo que sana heridas abiertas, y el escudo que entrega a los nuevos dueños un activo limpio, libre de gravámenes o reclamos de terceros que empañarían su posesión. Es el cierre de un ciclo de dolor, donde el petróleo fluye de nuevo hacia quienes lo hicieron grande.

¡Justicia a la familia petrolera! Que este grito resuene en las salas de Delaware, en los pasillos de la IACHR, y en cada hogar venezolano donde un padre o una madre aún sueña con el rugido de la justicia. No nos rendiremos; el río sigue su curso, y la reparación está a la vuelta de la esquina.

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