El peligro del Estado paternalista: cuando ayudar se convierte en un problema

Damelys Malave, líder de capítulo Ladies Of Liberty Alliance Aragua

(…) el problema no es que el Estado ayude mal, sino que la naturaleza de la ayuda estatal tiende a generar distorsiones inevitables.

Damelys Malave

Hay una idea profundamente arraigada en la política moderna sobre que el Estado está allí para ayudar; ayudar a los más vulnerables, ayudar a corregir desigualdades, ayudar a tomar decisiones “mejores”, ayudar a todos… y suena bien, de hecho, es una de las pocas premisas que rara vez se cuestionan.

Pero hay una pregunta incómoda que casi nunca se hace: ¿qué pasa cuando esa ayuda no solo falla, sino que empeora la situación? La historia muestra que cada vez que el Estado asume el rol de protector activo, termina acumulando poder, desplazando decisiones individuales y generando efectos que no estaban en el plan original. Esto es un patrón claro, no un accidente, y nos indica que cómo funcionan los incentivos del Estado, que llevan a lo antes descrito.

Tomemos el caso de la Unión Soviética (URSS): la premisa inicial era precisamente «ayudar», garantizar empleo, acceso a bienes, estabilidad. Para lograrlo, el Estado tuvo que intervenir en todo: producción, precios, distribución. Sin embargo, el resultado fue un sistema donde la escasez era permanente y las decisiones individuales prácticamente desaparecieron. Es decir, la ayuda no solo falló, sino que creó una estructura incapaz de sostenerse.

Pero el problema no es exclusivo de sistemas extremos. Aparece cada vez que se intenta sustituir decisiones individuales por decisiones centralizadas. Por ejemplo, cuando un gobierno fija precios “para ayudar”, lo que hace es distorsionar la señal que guía la producción; cuando regula comportamientos “para proteger”, reduce el margen de elección; cuando subsidia de forma permanente “para aliviar”, crea dependencia; y en cada uno de esos casos, el efecto acumulado es el mismo: menos autonomía, menos dinamismo, menos capacidad de adaptación.

Al final, el punto que debemos tener en cuenta al analizar las consecuencias de la intervención estatal es el siguiente: el Estado no opera en abstracto, más bien opera a través de sus propias reglas internas y esas reglas cambian el comportamiento de las personas en la sociedad. En este marco, si obtener beneficios depende de cumplir condiciones diseñadas por una burocracia, las personas ajustan su conducta a esas condiciones; si el riesgo es sistemáticamente reducido por intervención estatal, también se reduce el incentivo a innovar; y si las decisiones importantes son tomadas por otros, la capacidad de decidir se atrofia. Y esto no se trata de ideología, sino de hechos.

Incluso en contextos donde las políticas de ayuda han tenido efectos positivos en el corto plazo, el problema aparece en el largo plazo. Recordemos, por ejemplo, la Gran Sociedad impulsada por Lyndon B. Johnson logró ampliar el acceso a ciertos servicios, pero también dejó una discusión abierta sobre los efectos de dependencia generados por algunos de sus programas. No porque las personas “quieran depender”, sino porque el sistema está diseñado de esa forma. Entonces, el problema no es que el Estado ayude mal, sino que la naturaleza de la ayuda estatal tiende a generar distorsiones inevitables, porque, para ayudar, el Estado necesita decidir: (i) quién necesita ayuda, (ii) cuánta ayuda y (iii) en qué condiciones, y esas decisiones, por definición, sustituyen las decisiones individuales.

Frente a esto, muchas veces se propone “mejorar el diseño” de las políticas, con el fin de hacerlas más eficientes, más focalizadas, más inteligentes. Pero eso no resuelve el problema de fondo, a saber: sigue siendo una estructura donde alguien decide por otros.

Por consigiente, la alternativa no es la indiferencia, como suele caricaturizarse. Es otra forma de organización social donde la ayuda no pasa por el control centralizado, sino por mecanismos descentralizados: mercados, redes sociales, cooperación voluntaria, innovación, espacios donde las soluciones emergen desde abajo, no se imponen desde arriba.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania Occidental no reconstruyó su economía sobre la base de un Estado que decidiera todo, sino sobre reglas que permitieran a los individuos decidir. Esa diferencia —aparentemente técnica— fue determinante, porque, al final, la pregunta no es si ayudar es bueno o malo, sino quién decide, cómo decide y qué se pierde en el proceso. Y la respuesta, una y otra vez, es la misma: cuando el Estado asume el rol de quien ayuda, inevitablemente asume también el poder de controlar, y ese poder, una vez que aparece, rara vez retrocede.

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Séneca

Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.

Oriana Aranguren

En mis anteriores apuntes, exploramos cómo Epicteto blindó la prohairesis —ese mundo interno de la voluntad que ni el más cruel de los tiranos puede someter— estableciendo que la libertad es, ante todo, una soberanía sobre el juicio propio, enseñando, además, que el individuo es el único responsable de su sufrimiento moral y que la esclavitud comienza cuando depositamos nuestros deseos en lo que no controlamos[1]. De este modo, Epicteto sienta las bases de lo que hoy podríamos llamar una “libertad de la conciencia”, pues, la Libertad no es una concesión estatal, sino el resultado de someter a juicio nuestros propios deseos —si tu bienestar depende de lo que otros controlan, te has entregado a la esclavitud antes de que algún soldado toque a tu puerta—. En este sentido, expliqué cómo ésta visión rompe frontalmente con el colectivismo, porque desplaza el origen del malestar desde las estructuras externas hacia el juicio individual, sugiriendo que el resentimiento social es, en el fondo, una confesión de servidumbre psicológica[2].

Sin embargo, si el liberalismo se fundamenta en el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, debemos reconocer que dicho proyecto no es más que una abstracción si el individuo no es, primero, dueño efectivo de sus recursos —propiedad, lo cual incluye su propio cuerpo—. Y es aquí donde la ola estoica nos exige una transición: mientras Epicteto nos enseñó a ser libres en las cadenas, Séneca, uno de los hombres más ricos de su tiempo y mano derecha del poder imperial, nos traslada una discusión sobre la gestión de los recursos en nuestra vida —siendo el tiempo y la facultad de juicio los recursos más importantes—.

Este contraste entre los personajes es interesante, porque, a pesar de que ambos convergieron en la misma idea de libertad, sus puntos de partida colindan con, o pueden enriquecer de alguna manera —a mi juicio—, el pensamiento libertario. Volteandonos en esta oportunidad a Séneca, su posición lo llevó a experimentar de primera mano cómo el poder absoluto y la riqueza extrema pueden erosionar la soberanía individual con la misma eficacia que un grillete físico, lo cual lo llevó a enseñar cómo el individuo puede resistir en un entorno de opresión y servidumbre voluntaria. Veamos qué podemos encontrar en sus ideas.

El tiempo como propiedad: sobre la brevedad de la vida

La primera idea a la que referiré se encuentra en la obra “Sobre la brevedad de la vida”, donde Séneca lanza una de las críticas más feroces y vigentes contra la mentalidad colectivista y la enajenación del individuo, a saber: el robo de nuestro tiempo. En el pasado ya he hablado de cómo el Estado se roba nuestro tiempo, demostrando que es parte esencial de la self-ownership —autopropiedad— que defendemos los libertarios y, de hecho, es vital para la misma existencia humana[3], y tal concepción sería muy probablemente aplaudida por Séneca, quien expresó:

No consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstrense miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia.[4]

Con estas palabras, Séneca indica que los humanos somos extremadamente territoriales, que no toleramos que nadie nos quite un centímetro de nuestra propiedad —si alguien intenta invadir nuestras tierras, recurrimos a la violencia—. Sin embargo, esa misma persona que pelea por un trozo de tierra permite que otros “entren en su vida” sin resistencia, o, peor aún, nosotros mismos invitamos a personas o actividades banales a que tomen control de nuestro tiempo, convirtiéndolos en “poseedores” de nuestra realidad —o nuestra existencia misma, si seguimos la idea expresada en “La cronarquía del Estado”—.

Si bien es cierto que Séneca no critica directamente al Estado, sí queda clara la idea de que el mayor robo a la libertad no es el que se hace mediante la fuerza bruta, sino el que permitimos que otros hagan de nuestro tiempo —aunque también es cierto que no hay mayor ladrón del tiempo humano que el Estado[5]—. En este sentido, al ser el tiempo un recurso finito, no renovable y de oferta perfectamente inelástica, el humano no debe tratar su tiempo como un bien público o una propiedad comunal, permitiendo que el Estado, las convenciones sociales o las ambiciones ajenas lo saqueen sin resistencia.

Con esto, Séneca también crítica a aquellos que viven en una perpetua agitación, entregando su libertad a cambio de prestigio, favores políticos o simplemente por la incapacidad de decir “no” a las demandas de la sociedad[6] —que es a lo que podemos llamar: servidumbre voluntaria o colectivista en el alma—, porque el individuo que no controla su tiempo es un esclavo, sin importar que su amo sea un emperador o su propia agenda de negocios.

Esto es importante, porque, al igual que Epicteto, nos deja ver que no siempre hay que buscar solamente la ausencia de coacción externa, porque la coacción más insidiosa es la que aceptamos por cortesía o ambición —un individuo puede vivir bajo un sistema de libre mercado y total libertad de movimiento, pero si su tiempo está hipotecado a las expectativas de los demás, su propiedad privada más fundamental, que es su vida, está bajo un régimen de colectivización de facto—.

Ahora, es necesario señalar que no se trata simplemente de tener tiempo libre para hacer lo que queramos, sino de ejercer la soberanía sobre el uso de nuestro tiempo a cada instante. Entre otras cosas, es por esta razón, que sostengo que el derecho de propiedad debe empezar necesariamente por el tiempo, porque si yo no soy dueño de mi tiempo —y este argumento le debería gustar a cualquier socialista—, ¿Cómo puedo afirmar que poseo los frutos de mi trabajo? Ya lo he dicho, el trabajo no es más que tiempo congelado en valor; si el origen —el tiempo— es saqueado, la propiedad derivada de ello es solo una ilusión legal —es decir, soy “propietario” de “x” bien en algún momento en concreto, y así lo dicen los registros, pero, curiosamente, no tengo tiempo para beneficiarme de ello, usarlo como considere, cuando lo considere, porque mi tiempo está extremadamente condicionado por demandas ajenas[7]—.

La riqueza como indiferente preferible

Otro punto que puede conectar a Séneca con las ideas del libertarismo es su defensa de la riqueza. En su tiempo, como era un hombre rico, muchos lo acusaron de no alinearse con las ideas estoicas, pues las mismas se tendían a ligar con la vida sencilla, desposeída de propiedades. En otras palabras, Séneca era criticado por supuesta hipocresía al defender la austeridad siendo uno de los hombres más ricos de la Roma imperial —algo que resuena con fuerza en los debates contemporáneos sobre la desigualdad—. Pero en “Sobre la vida feliz”, deja bien claro que una cosa es ser esclavo de las posesiones y otra muy distinta ser “rico”, por lo tanto, el sabio no está obligado a ser pobre, sino a no ser codiciosos ni vivir por y para el dinero, como fin en sí mismo. De este modo, destaca que no hay problemas en la riqueza, sino en el apego desmedido a ella. En sus palabras, de hecho, el sabio debe preferir la riqueza, aunque debe estar mentalmente preparado para vivir sin ella. Él dice:

… porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su virtud[8].

Es importante mencionarlo, porque generalmente los colectivistas tienden a ver la riqueza como un juego de suma cero o un síntoma de la opresión de clases, sosteniendo con ello que “ser rico es malo” —como en su momento dijo Hugo Chávez en Venezuela— y que solo “los pobres” recibirán el reino de los cielos —lo que sea que eso signifique—. Para un estoico como Séneca, sin embargo, la riqueza es un bien preferible, es decir, aunque no es estrictamente necesario para la virtud, es racionalmente mejor poseer riqueza que no tenerla. Lo que importa es que la riqueza no nos posea, no que nosotros poseamos la riqueza. Séneca lo expresa con claridad cuando señala que la riqueza ofrece un campo más amplio para ejercer la virtud que la pobreza, pues, un hombre rico tiene la capacidad de ser generoso, de financiar proyectos, de emprender y de crear un entorno de orden, mientras que el hombre pobre está limitado a la resistencia pasiva[9].

Un matiz entre el liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca

Ahora bien, hay que tener cuidado con los paralelismos que trazamos entre las ideas de la libertad del liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca —solo así podemos pensar la Libertad con honestidad—. Para el liberalismo o el libertarismo, la libertad —vista como ausencia de coacción, y que llamaré “libertad política”— es un medio fundamental para que cada quien busque su fin; pero, para Séneca y los estoicos, la libertad —que ven como algo interno— es el fin en sí mismo. Ahora, es interesante la distinción porque, en última instancia, ambas posturas se conectan, ya que para Séneca, quien había experimentado el poder absoluto de Nerón y sus peligros, la libertad política es preferible a no tenerla —aunque no necesaria para la virtud o la felicidad[10]—, es decir, es mejor vivir en una sociedad con respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno y a los derechos de propiedad que vivir bajo una tiranía —es preferible ser libre legalmente que ser un esclavo—.

¿Y qué pasa si el Estado extiende sus tentáculos y arremete contra las libertades políticas de los individuos, es decir, no se puede tener esas libertades preferibles a la esclavitud física? Séneca defiende la idea de que es mejor retirarse a otro lugar donde el Estado —o lo que sea que pretenda someternos— no incida en nuestra vida. Séneca argumenta que el ser humano pertenece a dos repúblicas: la “pequeña república” de su lugar de nacimiento —el Estado, con sus leyes y burocracias— y la “gran república” de la humanidad y la razón[11]; cuando la pequeña república se vuelve incompatible con la virtud —o cuando simplemente ha absorbido demasiado de nuestro tiempo, nuestras fuerzas—, el individuo tiene el derecho moral de retirarse[12] y cultivar su intelecto[13], porque solo así podrá perfeccionar su juicio —para tener criterio propio— y no entregarse a la servidumbre.

Otra cosa a tener en cuenta es que, quizá, alguien podría decirme que cómo puedo defender la postura de Séneca cuando, de hecho, él obtuvo su riqueza gracias a los vínculos que tenía con el poder absoluto. No obstante, me adelanto a los hecho y respondo que aquí no se busca defender a Séneca como persona, sino los argumentos lógicos con los que se defendía de los ataques morales contra el “tener” riqueza[14].

Conclusiones

Habiendo abordado a estos dos personajes —Séneca y Epicteto— y sus concepciones sobre la Libertad, vimos cómo la misma no es una concesión del Estado ni un regalo de la fortuna, sino una conquista diaria sobre el error de pensar que lo externo nos define. Epicteto nos dice que la prohairesis es inviolable, puesto que nadie puede hacernos esclavos si no otorgamos jurisdicción sobre nuestros deseos; y Séneca nos muestra que la vida es un patrimonio que debe gestionarse con la avaricia de un inversor y la independencia de un soberano.

Mientras que el colectivismo sitúa el origen del malestar en estructuras externas y busca la salvación a través de la intervención estatal, el estoicismo propone una rebelión interna y nos enseñanza que la libertad política, aunque preferible, necesita de la gestión de nuestra propia vida. En última instancia, el mensaje para el liberalismo del siglo XXI es claro: hay que defender la propiedad privada de las tierras y el capital, pero eso es estéril si no defendemos primero la propiedad privada de nuestra mente y nuestro tiempo. Como bien señalan nuestros autores, no somos víctimas de las circunstancias, sino de nuestra propia voluntad cuando decidimos no ser dueños de nosotros mismos. Por ello, me gustaría cerrar con un mensaje: la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.


[1] Oriana Aranguren. 2026. El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/el-estoicismo-y-el-liberalismo-algunos-apuntes-sobre-la-libertad-segun-epicteto/ (Cit. 21/04/2026).

[2] Podríamos hablar incluso de “colectivista en el alma”, refiriendo a Ayn Rand. Al respecto, me parece interesante cómo Rivas resume la idea en: Roymer Rivas. 2023. Cautivos de un concepto: la lucha entre lo individual y lo colectivo en el alma del hombre. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/cautivos-de-un-concepto-la-lucha-entre-lo-individual-y-lo-colectivo-en-el-alma-del-hombre/ (Cit. 21/04/2026).

[3] Oriana Aranguren. 2025. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/la-cronarquia-del-estado-como-el-estado-se-aduena-de-tu-tiempo-y-por-que-no-deberia-hacerlo/ (Cit. 21/04/2026). Siguiendo a Heidegger, es la misma esencia humana.

[4] Lucio Anneo Séneca. 2016 (55 d. C.). De la brevedad de la vida. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-brevedad-de-la-vida/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo III, párr. 1.

[5] Óp. Cit. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?.

[6] Séneca llama a esto “Occupati” —los ocupados—. Las personas están ocupada en lo que piensan o quieren otros, al punto en el que termina enmarcando nuestro tiempo y la vida misma en vivir “de prestado” —para aludir nuevamente a Rand—.

[7] Con esto no quiero decir, sin embargo, que aludo a un sistema en el que cada quien pueda hacer lo que quiera, como quiera, sin ningún tipo de límite en su tiempo. Somos seres limitados, y el tiempo no escapa de ello. Simplemente hago énfasis en la idea de que muchas veces nuestro tiempo es “de prestado”, está amoldado solo a lo que los demás quieren de nosotros hagamos con ello —especialmente el Estado—.

[8] Lucio Anneo Séneca. 2019 (58 d. C.). De la vida bienaventurada. Publicado en Biblioteca Digital Abierta. Editado por Edu Robsy. En: https://www.textos.info/lucio-anneo-seneca/de-la-vida-bienaventurada/pdf (Cit. 21/04/2026). Capítulo XXI.

[9] Ibidem., capítulos XXI-XXIV. Podíamos hablar de un “capitalista virtuoso”, uno que posee bienes sin que estos dicten su valor moral.

[10] No lo es porque para los estoicos las luchas contra la esclavitud van al plano mental, de los deseos, los anhelos, del ser humano —como vimos con Epicteto—. Alguien puede tener todas las garantías de respeto a sus derechos y, aún así, ser esclavo de la ambición, la ira o el miedo. En este sentido, Séneca nos recuerda que la ausencia de interferencia estatal no es suficiente, porque también es necesaria la soberanía sobre nuestra propia voluntad.

[11] Lucio Anneo Séneca. 2013 (62 d. C.). Sobre el ocio. Epublibre. Traducción de Eduardo Gil Bera. Editado por Titivillus. Capítulo IV.

[12] Esto es interesante, porque conecta mucho con las ideas de secesión que defendemos los libertarios. Es preferible marchar a un lugar donde respeten nuestra libertad a perder el tiempo luchando contra algo que nos intenta someter, poniendo nuestra vida a disposición del colectivo. Y así se invierten las reglas del juego: mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo externo para que el individuo deje de sufrir, Séneca propone que el individuo se retire de la maquinaria que lo oprime para que el mundo ya no pueda someterlo. Al respecto, ver: Ibidem., capítulo III.

[13] De hecho, ese es el fin primario para lo que se ha de dedicar nuestro tiempo: el estudio, porque solo así podremos tener esa libertad interna. El hecho de dedicar tiempo a conseguir cosas materiales es solo “preferible”, no el fin último.

[14] Habría que ver cómo se defendería de los ataques de un libertario que denuncia sus vínculos con el poder. ¿Quizá responda que es preferible estar cerca del poder a no estarlo? —comentario jocoso, aunque quizá no alejado de la realidad—.

La gran estafa: cómo el progresismo secuestró la palabra “libertad” para destruirla

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.”

María José Salinas

Hay una mentira que se ha repetido hasta el cansancio y ya suena como verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad. Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos” … lo dicen con tal convicción que dudar de ello casi parece un acto de mala fe. Pero esa seguridad absoluta es justamente lo que debería ponernos en alerta, porque apropiarse del lenguaje de la libertad no es lo mismo que defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa: vender libertad en las palabras y estrangularla en los hechos.

La verdadera libertad, esa que incomoda, la que no pide permiso, nunca salió del colectivismo, sino que nació de una idea simple y radical: cada individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo vieron con una claridad que hoy muchos prefieren ignorar; si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es solo un favor que te hace el poder.

Por eso la libertad no se puede partir en pedazos. No puedes exigir control absoluto sobre tu cuerpo y al mismo tiempo aceptar que el Estado te quite, como si nada, el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras decretas qué opiniones son aceptables y cuáles merecen cancelación. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, inflar el Estado hasta convertirlo en el gran tutor, juez y carcelero de la vida ajena.

La libertad auténtica es indivisible, y eso es lo que más les molesta. Les molesta a los progresistas porque les obliga a soltar su vicio favorito: meterse en la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también le molesta a cierta derecha que todavía cree que puede legislar la moral privada desde el Congreso.

El cuento oficial es demasiado conveniente: izquierda = liberación; derecha = opresión. Y millones lo repiten sin tomarse la molestia de revisar la historia. Pero eso pasa porque saben que la historia no perdona. El Che y Fidel hoy convertidos en camisetas fashion persiguieron, metieron a la cárcel y mandaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba, se fusilaba o se enviaba al gulag. Y no era la excepción a la regla, era el resultado lógico de darle poder absoluto a quien se cree poseedor de la verdad.

Cuando el poder se concentra tanto, la libertad deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio que te pueden quitar cuando les dé la gana. Y hoy ese proceso ya no necesita disfraces; en Cuba, Venezuela y Nicaragua el progresismo se quedó sin eufemismos: el que piensa diferente es reprimido, censurado o encarcelado por el sistema, sin rodeos.

Mientras tanto, el circo sigue. Artistas, influencers y activistas llegan de países con economías más o menos abiertas se hospedan en hoteles emblemáticos de lujo como el Nacional, el Meliá o el Bristol Habana Vieja con piscinas, aire acondicionado y luces que nunca se apagan, y usan los mismos recursos (agua, electricidad, comida y combustible) que el régimen debería destinar a la población. Todo esto mientras Cuba atraviesa una de las peores crisis humanitarias en décadas: apagones masivos que han dejado a millones sin luz por 12, 16 o hasta más de 20 horas, alimentos que se pudren sin refrigeración, colas eternas para un pedazo de pan y una escasez de combustible que ya tiene al país al borde del colapso.

Desde su burbuja climatizada, posan para Instagram y luego le exigen “resistencia” y “soberanía” al cubano de a pie que lleva más de sesenta años aguantando la misma tiranía, y que ahora, en pleno 2026, apenas sobrevive entre velas, hambre y oscuridad.

Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.

Ese contraste no es una simple anécdota, es la radiografía moral del progresismo contemporáneo: más apegado a su narrativa que a la realidad, más interesado en mantener su aura de superioridad ética que en reconocer los hechos que le estallan en la cara.

En México la trampa es aún más fina y cínica. Se habla de más gasto público, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente importante el Estado de derecho sigue brillando por su ausencia. No faltan leyes, faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas bonitas, sobran incentivos torcidos.

Al final, tanto el paternalismo progresista como el moralismo conservador comparten el mismo pecado de fondo: no confían en el individuo. Uno quiere criarlo con subsidios y el otro vigilarlo con prohibiciones. Los dos terminan asfixiándolo.

Por eso la frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso, sino una contradicción en los huesos. La libertad no se divide. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.

Mientras México siga atrapado en esa falsa pelea izquierda-derecha, seguiremos dando vueltas en el mismo hoyo. El verdadero cambio no llegará cambiando de partido. Llegará cuando por fin cambiemos las ideas que nos han llevado al fracaso una y otra vez.

Los países que sí avanzaron Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia no lo hicieron concentrando más poder, sino liberando al individuo. Los resultados saltan a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el espejo más cruel de lo que pasa cuando se lleva la idea contraria hasta el final.

México no necesita más gobierno, sí menos ilusión. Necesita entender de una buena vez que la libertad no se pide, se ejerce; que los derechos no se negocian por subsidios; y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.

«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo ya sea una raza, una clase o un Estado. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”, expresó Ayn Rand en una oportunidad.

El problema de fondo nunca ha sido solo quién gana las elecciones. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con una crudeza brutal. Es tiempo de que como ciudadanos tomemos la responsabilidad del futuro de nuestros países. Leer, cuestionar e informarnos debería ser obligación y regla para ejercer un voto consciente y con la responsabilidad que ello implica.

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto

Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) La Prohairesis no refiere simplemente a la acción humana, sino a la capacidad de juzgar, asentir y decidir qué hacer con las impresiones que recibimos del mundo, para actuar en consecuencia.

Oriana Aranguren

Dentro de las corrientes del liberalismo y el libertarismo se suele definir la libertad en términos negativos o políticos, entendido como la ausencia de coacción externa, la no interferencia del Estado, el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, a sus derechos de propiedad y de asociación. No obstante, aunque tácito y/o subliminal, pocas veces se aborda el concepto de libertad como un algo interno en el ser humano, que se fundamenta en la razón y en la soberanía sobre la propia voluntad, que es, de hecho, como lo veía un grande de la filosofía estoica, como lo es Epicteto. Si éste personaje viera el concepto de libertad que normalmente se discute hoy, diría que la definición es incompleta, porque, si un individuo tiene total libertad de movimiento y comercio, pero es esclavo de su ambición, de su ira o de su miedo a la muerte, para él —en realidad, cualquier estoico— ese individuo es, en el sentido más estricto de la palabra, un esclavo.

Como ando montada en la ola de conocer a los estoicos, he tomado algunas notas interesantes sobre temas que competen a la libertad, estando o no de acuerdo con las premisas, que son necesarias siempre para reflexionar y “pensar la Libertad”. En esta oportunidad, me propuse analizar exhaustivamente la concepción de la libertad a través de este gran pensador, que fue uno de los exponentes más representativos de esta idea en la Roma imperial —junto a Séneca, de quien escribiré más adelante—. La elección de estos dos nombres no es casual, pues, Epicteto nació esclavo y vivió la opresión en su forma más física y legal, mientras que Séneca, en contraste, fue uno de los hombres más ricos de su época y consejero del emperador Nerón, experimentando el poder absoluto y sus peligros. A pesar de encontrarse en los extremos opuestos del espectro sociopolítico, ambos convergieron en una misma idea sobre la libertad. Pero hoy me enfocaré en Epicteto, veamos qué podemos extraer de él.

Epicteto, el control, los deseos y facultad de elegir —a la que llamó: prohairesis

Para Epicteto, el ser humano no lo puede controlar todo, porque algunas cosas escapan de su poder y, por tanto, debe enfocarse solamente en lo que sí controla. En este sentido, la libertad se presenta como la alineación entre lo que la persona desea y lo que puede controlar. De no ser éste el caso, llega el sufrimiento y la esclavitud, porque éstas surgen inevitablemente cuando las personas depositan sus deseos en elementos externos que ellos no controlan[1]. Es decir, para Epicteto, la esclavitud humana comienza con un error en el pensar, a saber: depositar el deseo o la aversión en aquellas cosas que escapan de nuestro control absoluto. Si una persona, por ejemplo, es dominada por el deseo de conservar la riqueza o el temor al destierro, el control de su bienestar ha sido entregado a la fortuna y, por extensión, a cualquier persona que tenga el poder de arrebatarle sus riquezas o imponerle el destierro. En suma, es una servidumbre psicológica. En sus palabras:

Libre es el que vive como quiere, al que no se puede forzar ni poner impedimentos ni violentar, sin obstáculos en sus impulsos ni fallos en sus deseos ni tropiezos en sus rechazos. Entonces, ¿Quién quiere vivir en el error? Nadie. ¿Quién quiere vivir engañado, dejándose arrastrar, siendo injusto, incontinente, quejumbroso, vil? Nadie. Por tanto, ningún malvado vive como quiere. Ni tampoco, por consiguiente, es libre.[2].

A partir de esta premisa, Epicteto somete a interrogatorio a diversos personajes —un político, un rico, un hombre supuestamente “libre” legalmente— y les demuestra que, dado que sus deseos están atados a conseguir el favor del César o a evitar la prisión, sus vidas están llenas de impedimentos y coacciones. Por tanto, no viven como quieren —son esclavos—. Y de aquí deriva un pensamiento radical acerca de la verdadera libertad y la esclavitud: nadie puede hacerte esclavo si tú no le otorgas previamente jurisdicción sobre tus deseos. De allí que sostuviera que el tirano no domina a la persona, sino que domina el cuerpo de la persona, por tanto, es la persona quien, al apegarse a su cuerpo o sus posesiones, se somete voluntariamente al tirano para protegerlos[3]. Si se retiran todos los deseos a todo lo externo y nos restringimos únicamente a lo que depende de nosotros —nuestros juicios y elecciones morales—, nos volvemos inexpugnables, porque quien quiera someternos pierde toda herramienta de chantaje. En sus palabras: “¿Quién es el amo [de la persona]? El que tiene poder sobre alguna de las cosas por las que te afanas o que rechazas”[4].

En este marco, surge el concepto de la Prohairesis, que es el término que usa el autor para referirse a la capacidad de elección del ser humano —y no “libre” o “libertad”—, y llega para ser el núcleo de la identidad humana, lo que le hace ser lo que es, y, por extensión, ser el único territorio que queda del lado de la libertad. La Prohairesis no refiere simplemente a la acción humana, sino a la capacidad de juzgar, asentir y decidir qué hacer con las impresiones que recibimos del mundo, para actuar en consecuencia[5]. Incluso bajo tortura física, la Prohairesis permanece “libre”; un verdugo puede causarte dolores físicos, obligar a tus cuerdas vocales a emitir un sonido o romperte los huesos, pero no puede obligarte a juzgar que lo que está sucediendo es un “mal” moral, ni puede obligarte a desear cometer un acto que sirva para detener el dolor, porque las impresiones y adherencia a las ideas, o deseos, sigue siendo siempre, bajo cualquier circunstancia, una prerrogativa exclusiva del individuo[6].

Quizá esto suene muy radical —y probablemente lo sea para alguno—, pues, si se sigue al pie de la letra lo que dice Epicteto, si la Prohairesis, tal y como él la concibe, es inviolable, entonces el individuo es el único y absoluto responsable de sus propio sufrimiento moral, de sus frustraciones y de su degradación, pero de todo esto podemos rescatar que nosotros, en tanto individuos, no somos victimas psicológicas de las circunstancias, sino de nuestra voluntad y nuestras creencias. Nadie puede justificarse, por ejemplo, diciendo: “él me insultó y por eso me enojé”, porque, siguiendo al autor, es un error categorial, en la medida en que percibimos como insulto es externo, y somos nosotros mismos quienes le damos ese valor, por ello, el enojo es resultado directo de nuestra voluntad, nosotros, que decidimos juzgar lo externo como una ofensa y asentir a la pasión de la ira. En última instancia, el punto es que debemos aprender a jugar con las cartas que nos da la vida con la mejor actitud posible, y no siendo un resentido, o quejarnos por cosas que no controlamos —como lo hacen, prima facie, todos los socialistas—.

La Prohairesis y el colectivismo

De hecho, siguiendo con el resentimiento de los socialistas, y los principios del Socialismo en sí[7], la perspectiva de Epicteto y la Prohairesis rompe por completo con la premisa fundamental del socialismo y las corrientes estatistas, pues éstas tienden a situar el origen del malestar humano en estructuras externas, en la desigualdad material o en la opresión de clase, alimentando los deseos de controlar cosas que no pueden controlar y, con ello, haciéndose esclavos de sus pasiones —y esclavizando a otros en el camino, en el sentido físico—. Siguiendo la lógica de Epicteto, el resentimiento social, ese motor emocional que ha servido a tantas revoluciones, no es una reacción justificada ante la injusticia, sino una confesión de su esclavitud existencial[8]. Epicteto nos enseña que no somos víctimas psicológicas de las circunstancias, sino de nuestros propios juicios. Mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo para que el individuo deje de sufrir, el estoicismo propone cambiar al individuo para que el mundo ya no pueda someterlo. ¿Significa esto que debemos incurrir en algún tipo de resignación pasiva ante ciertas cosas que pasan en la sociedad? No necesariamente, o al menos no lo entiendo así, creo más bien que se trata de una rebelión interna, de aprender a jugar el juego de la vida, entendiendo sus reglas, con la mejor actitud posible, y entendiendo que también existen cadenas mentales que nos estancan cuando decidimos ser esclavos de lo que no nos pertenece o está en nuestro control.


[1] Ver: Epicteto. 1993 (108 d. C.). Disertaciones por Arriano. Traducción y notas de Paloma O. García. Publicado por Editorial Gredos. Libro I, I, 1-32, págs. 56-60.

[2] Ibidem. Libro IV, I, 1-5, pág. 369-370.

[3] Ibidem. Libro I, IX, 15-17, pág. 85; XVIII, 17, pág. 113; XIX, 1-29, págs. 114-117; XXIV, 1-20, págs. 126-129. Para Epicteto, un hombre en cadenas puede ser libre si su voluntad permanece intacta.

[4] Ibidem. Libro II, II, 26, pág. 165.

[5] Para Epicteto, los seres humanos son fragmentos de la divinidad —Logos o Zeus—, y Zeus, al crear al ser humano, le otorgó una parte de su propia racionalidad. Debido a éste origen divino, esa facultad volitiva tiene la característica de ser absolutamente incoercible por causas externas. Ver: Ibidem. Libro I, I, 10-12, pág. 57.

[6] Ibidem. Libro I, I, 23, pág. 58.

[7] Ver: Roymer Rivas. 2023. Principios inmorales del Socialismo, el sistema más antivalores que existe. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/principios-inmorales-del-socialismo-el-sistema-mas-antivalores-que-existe/ (Cit. 23/02/2026).

[8] Quien se queja de que la riqueza de otro es la causa de su infelicidad, está admitiendo que su bienestar depende de algo que no controla: el patrimonio ajeno. Y al juzgar lo externo como un “mal” y asentir a la pasión de la envidia o la ira, el individuo entrega su libertad al sistema que dice combatir.

El pecado de Adán y Eva: un acto estatista

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

El problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo (…), es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros.

Roymer A. Rivas B.

Hace unas semanas publiqué un video corto[1] donde explicaba que el pecado original fue un acto socialista, por cuanto arremetió en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto del árbol del medio del jardín, “del conocimiento de lo bueno y lo malo” que él había estipulado que no comieran (Gn. 2:16-17; 3:2-3). En el mismo, sostengo que al Dios haber establecido un límite en los frutos que podían comer Adán y Eva, pues podían alimentarse de todos menos de uno, en realidad Dios estaba estipulando límites de propiedad. Ergo, el pecado original es un acto socialista.

Tras ello, me han respondido[2] recordando el texto de Salmos 24:1, donde David declara la soberanía de Dios sobre todo, afirmando que “De Jehová[3] es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”, para luego sostener que, como “Dios es creador de todo y, por tanto, propietario de toda la tierra”, entonces “el pecado de Adán no fue que violo la propiedad de Dios porque nada que tenía Adán era realmente suyo, sino de Dios”. En este orden de ideas, sostienen que Jehová solamente “puso a Adán como administrador de su creación”, por lo cual, —he aquí el intento de refutación a lo que expresé en el video— “el pecado de Adán fue el de desobedecer a Dios porque le dijo que de todo árbol puedes comer menos [el del conocimiento de lo bueno y lo malo]”, y añade: “su pecado fue su desobediencia. Como explica Tertuliano: ‘si Adán y Eva hubieran amado de verdad al señor no habían contravenido su precepto’”, por tanto, el mandato “era una prueba de amor y fidelidad que Adán y su Esposa no pasaron”. Es decir, el pecado original “no tiene nada que ver con el socialismo o la propiedad”, y me acusa de incurrir en anacronismos[4] al hablar del tema.

No obstante, esta posición incurre en algunos errores que son necesarios matizar, en aras de comprender mejor el mensaje de la Biblia, o al menos lo que así se me presenta en este momento. Argüiré el asunto, en favor, evidentemente, de lo que sostuve en el video, de una manera más estructurada, respondiendo, a su vez, a los argumentos que —respetuosamente— explica Moisés. Si bien, aclaro que mucho en este tema necesita de un rigor que no podré resumir en pocas líneas —precisamente por ello los desarrollo en un libro que, espero, pronto vea luz—, así que me limitaré al orden lógico primario de los argumentos, sostenidos en la Biblia —no puede ser de otra manera—, e invito al lector a seguir profundizando en el tema, o a preguntarme, que yo en algún momento saco tiempo y respondo con gusto. Sin más, comienzo.

Sobre la administración, la propiedad, el fruto y la desobediencia

Cuando Dios crea a Adán y Eva, les da potestad para regir el planeta entero, incluyendo todo lo que hay en él, menos regir sobre sus iguales, es decir, sobre otros seres humanos. Dios habla directamente con los seres humanos, y no otra criatura, para decirles que tienen toda clase de alimentos, que nombre al resto de animales y administren el jardín, con el objeto de extenderlo por toda la tierra (Gn. 1:29-30; 2:19-20), únicamente recibiendo el mandato de no comer del fruto. Naturalmente, los primeros seres humanos eran administradores de lo que Dios había creado, pero se incurre en un falso dilema cuando se pretende separar la “desobediencia” con la “violación de propiedad”, porque éstos no son conceptos excluyentes, más bien, el segundo es la manifestación concreta del primero. Es decir, ellos eran administradores, pero todo administrador opera bajo una jurisdicción limitada, por tanto, el error de Adán y Eva no fue solo la “desobediencia”, así en abstracto, sino un acto de usurpación.

Para comprender esto cabalmente, es necesario entender primero una cosa: el árbol del bien y el mal representaba la potestad de Dios de establecer lo bueno y lo malo, las leyes, y no el “conocer lo bueno y lo malo” en sí mismo —no tendría sentido que Dios juzgara a Adán y Eva por un “mal” que ellos no tenían capacidad de conocer sino hasta después de “pecar”; Adán y Eva sabían lo que era bueno y malo, y precisamente por eso estaban conscientes de que no debían comer del fruto—. En consecuencia, cuando Adán y Eva comen del fruto, más allá de romper los términos del “contrato de administración” —por decirlo de alguna forma—, en realidad se rebelaban en contra de la autoridad de Dios para estipular las leyes que iban a regir la conducta humana. Algo curioso es que la Biblia no da más información del árbol, pero eso es porque la misma interesa, no como objeto-personaje de la historia, sino como símbolo. Lo que cuenta aquí es la prohibición en sí misma, la expectativa de obediencia del humano a Dios, de respetar el límite impuesto. Como ya he explicado: “el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo en realidad simboliza el singular y explicito derecho de Dios de determinar o fijar los parámetros que definen el bien y el mal —que es igual a lo que Dios aprueba o no—. Ergo, el human no es que no podía conocer lo bueno y lo malo, más bien podía conocerlo y debía respetar que el único con la potestad de fijar las normas que fijarían la línea entre lo que estaba bien y lo que estaba mal era su Creador, un límite que, por cierto, se traduciría en una vida plenamente disfrutable, libre de todo el sufrimiento que acompaña a la enfermedad y la muerte.” Cuando comen del fruto (Gn 3:5-6), se rebelan en contra de ello.

Adán y Eva querían “ser como Dios”, establecer ellos mismo lo correcto e incorrecto, las leyes, los mandatos; el “conocimiento del bien y el mal” no se refiere a la capacidad cognitiva de distinguir entre un acto bondadoso y uno cruel —ya ellos tenían esa capacidad, sino no podrían ser juzgados, porque no habría pecado—, sino a la potestad legal y moral de definir qué es legal y qué es ilegal. En términos jurídicos, Dios era el propietario del jardín, y al comer del fruto, Adán y Eva no solo cometieron un robo —violación de la propiedad—, sino un acto de rebelión política. Al querer “ser como Dios”, buscaban la facultad de dictar sus propios códigos morales.

He aquí, precisamente, el porqué expreso lo que expreso en el video:  el problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo —y si cabe, lo matizo, porque el problema per sé no es el socialismo, sino el estatismo—, es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros. Es precisamente por ello que destaqué el versículo de Eclesiastés 8:9, porque el mal de la humanidad, según la Biblia, se debe a que el “hombre se ha enseñoreado sobre el hombre para perjuicio suyo”. Antes del pecado, no existía el concepto de un humano gobernando a su semejante, pero sí existía una jerarquía funcional con Dios; esto es: de cara a la relación Dios-humano, había jerarquía, pero de cara a la relación humano-humano, existía una igualdad total, ante la ley —si cabe, y reservándome los comentarios que tengo al respecto de dicha “igualdad ante la ley”—. En suma, al querer definir ellos mismos estipular lo “bueno y lo malo”, abrieron la puerta a la tiranía; el pecado original fue una declaración de independencia fallida que resultó en la esclavitud del humano por el humano; al rechazar el orden establecido por Dios, quedaron a merced de los caprichos legislativos de sus semejantes.

Sobre Dios, las leyes y el Estado

No es casualidad que Jesús haya mantenido una postura de separación radical del poder político de su tiempo, porque su reino “no era parte de este mundo” (Jn. 18:36). Cuando Satanás lo tienta ofreciéndole todos “los reinos de este mundo” —y nadie ofrece algo que no le pertenezca (ver: 2 Cor. 4:4)—, los rechaza por completo. De hecho, si se interpreta bien Romanos 13, que a menudo se usa para apoyar al Estado, lo que realmente estaba diciendo Jesús era: “Si tiene la cara del César, es de él; pero ustedes son imagen de Dios, por tanto, no le pertenecen al Estado”, siendo una respuesta evasiva que deslegitimaba el reclamo absoluto del Estado sobre el individuo. Es más, el mismo Jesucristo criticó el legalismo en el que habían incurrido los supuestos maestros que debían guiar al pueblo en su relación con Dios, porque se había perdido el sentido originario de la ley (Mat. 23:4, 13, 23-24, 27-28; Mc. 2:27; 7:8-9).

Hablando de ley, antes de Saúl —el primer rey—, los israelitas, en calidad de pueblo escogido de Dios, no tenían un gobierno central, ni impuestos permanentes, ni ejército profesional, pero sí tenían jueces que fungían como líderes y guías en la resolución de conflictos basados en el Torá —leyes ya dadas, en algunos aspectos rígidas, porque tampoco puede ser de otra manera— y la costumbre —énfasis en: costumbre, derecho consuetudinario—. Cuando el pueblo pide un rey, Dios le dice a Samuel que lo han rechazado directamente, y Samuel pasa a describir lo que hace un Estado: “Tomará a sus hijos… tomará sus campos… y tomará sus diezmos” (1 Sam. 8), siguiendo con la narrativa originaria del surgimiento del Estado como una apostasía —no por nada en el Armagedón, que, según se cree, será la confrontación entre el Reino de Dios y los “reyes de la tierra”, es para hacer una limpieza del mal estatista y establecer el orden originario, anárquico, bien entendido—.

La historia de la Biblia es, en gran medida, la historia de la resistencia del individuo —guiado por Dios— frente a la arrogancia del poder político. Adán quiso legislar, y eso derivó en todo lo que conocemos hoy; Nemrod quiso centralizar el poder, institucionalizando, de manera primitiva, el Estado; Israel pidió un rey y fue advertido de la esclavitud estatal; Jesús rechazó la corona terrenal y propuso una ley basada en el individuo y la propiedad. Y si el hombre no tiene derecho a enseñorearse del hombre (Ec. 8:9), entonces el Estado es, teológicamente hablando, una anomalía o un acto de rebelión continuado, “la institucionalización del Diablo en la tierra” —como sostengo en otro lugar—.

Sobre el anacronismo

Dicho lo anterior, solo queda responder a la acusación de incurrir en una anacronía, al hablar del socialismo, el pecado original, el Estado, entre otros. Y esto no amerita más que decir que en ningún momento se dice que Adán y Eva fueron socialistas por lo que hicieron, tan solo se comparan los actos, vistos con los lentes de hoy, para resaltar similitudes. Una cosa es decir que ciertos actos o ideas colindan o se asemejan de alguna manera con los conceptos del presente, y otra muy distinta decir que esos conceptos existían en el pasado. Naturalmente, no puede haber análisis histórico sin lentes del presente, porque es desde el hoy que se analizan las cosas; entonces, la responsabilidad de quien emite juicios de valor al respecto es saber separar los conceptos y atenerse a las comparaciones lógicas, resaltando similitudes. Es esto lo que he hecho, no un anacronismo. La Biblia, con todos sus personajes, no es socialista, ni liberal, pero sí es cierto que muchos de sus principios o enseñanzas se pueden comparar con los principios de esos conceptos del presente. Para ser más rigurosos, lo que estoy haciendo es una tipología analítica, porque identifico constantes en la historia y la naturaleza humana —bíblicamente hablando, en este caso— para darles nombre con el léxico técnico que poseemos hoy.

Bíblicamente hablando, el socialismo, derivado del estatismo, como fenómeno de control centralizado que erosiona la propiedad y atenta contra la libertad, es una manifestación de una inclinación humana mucho más antigua. En otras palabras, el principio de usurpación de autoridad, que se adhiere a sí misma una supuesta legitimidad para estipular el bien y el mal, operaba antes de que Marx, Proudhon, o cualquier otro teórico socialista, escribieran una sola palabra. Nadie puede acusarme de incurrir en anacronismos por usar el término “socialismo” o “estatismo” como una herramienta de diagnóstico para describir la actitud de Adán —si se me permite la alegoría, es como si estuviese usando un microscopio moderno para ver una bacteria antigua; la bacteria siempre existió, pero el microscopio me permite nombrarla y entender su comportamiento—. Si nos acercamos a la Biblia con actitud correcta, repararemos en que la misma sí establece fundamentos sobre los cuales se construyen, o se pueden analizar, las ideologías modernas —como el principio de no agresión, la soberanía del individuo, entre muchos otros etc.—, y con esto en mente, yo puedo afirmar que cualquier sistema que intente obligar a las personas a someterse a leyes humanas arbitrarias —lo que hoy llamamos estatismo desde el libertarismo— es una repetición del patrón de rebelión del Génesis. Es lamentable que muchos estudiosos de la Biblia, creyéndose a sí mismo eruditos, no sepan hacer esta distinción en el momento de su estudio, porque confunden dogma —lo que la iglesia dice que pasó— con el análisis de las implicaciones del acto.


[1] Roymer Rivas [@roymer_rivas]. 2025. Adán y Eva arremetieron en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto. Es decir, cometieron un acto [reel]. Instagram. En: https://www.instagram.com/p/DQR-jrxkeQq/ (Cit: 22/01/2026).

[2] Ibidem. Comentario de Moisés Delgado [@moisesdelgado195].

[3] La Biblia dice que el nombre de Dios, traducido al español, es Jehová —o Yawéh— (Sl. 83:18; 113:2; Is. 42:8; entre otros).

[4] El anacronismo trata cuando se sitúa a una persona, objeto, evento o idea en una época histórica a la que no pertenece. Es decir, como el “socialismo” es un concepto de la modernidad, incurro en un error al hablar del mismo en una época a la que no existía el concepto.

El odio que no desaparece: antisemitismo, indignación selectiva y la falsa superioridad moral de los extremos

María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)

En la actualidad, ese viejo antisemitismo reaparece camuflado en forma de activismo pro-Palestina que, en demasiados casos, deja de ser crítica política y se convierte en una narrativa abiertamente antijudía.

María José Salinas

«Los nazis no desaparecieron: solo dejaron de llamarse nazis». La frase incomoda porque apunta a una verdad que preferimos esquivar: el odio rara vez muere. Se recicla; cambia de lenguaje, de consignas y de banderas. Hoy, en plena era de la información, del acceso inmediato a los datos y del activismo digital, seguimos reproduciendo discursos cargados de resentimiento, deshumanización y dogmas morales disfrazados de virtud. Y uno de los odios más antiguos de la historia: el antisemitismo, sigue ahí, intacto, solo que con nuevos disfraces.

El antisemitismo no es una anomalía histórica ni un error aislado. No. Es un patrón. Reaparece con fuerza en épocas de crisis, miedo e incertidumbre colectiva. Durante la peste negra del siglo XIV, por ejemplo, se acusó a los judíos de envenenar pozos. El “indicio” era que enfermaban menos. La explicación real era mucho más simple: normas comunitarias de higiene y rituales de limpieza que reducían los contagios. Pero cuando el miedo domina, la razón estorba. El resultado fue persecución, pogromos y masacres.

Ese esquema se repitió durante siglos. Expulsiones, guetos, prohibiciones legales, deshumanización sistemática. Se les acusó de usureros, traidores o conspiradores globales, muchas veces como consecuencia directa de restricciones impuestas por las propias sociedades que luego los odiaban. Marginación, adaptación, supervivencia, relativo éxito… y de nuevo resentimiento.

Nada de esto desapareció con el tiempo. El antisemitismo nazi no surgió de la nada. Hitler no inventó el odio: lo heredó, lo institucionalizó y lo convirtió en política de Estado. El Holocausto fue la culminación brutal de siglos de mentiras repetidas hasta parecer verdades.

Lejos de quedar atrás, el antisemitismo no murió con el nazismo: mutó.

Hoy se disfraza de activismo, de superioridad moral, de consignas supuestamente humanitarias. Palabras como «sionismo» se vacían deliberadamente de significado y se convierten en insultos automáticos. En su definición más básica, el sionismo es el reconocimiento del derecho del pueblo judío a la autodeterminación y a la existencia del Estado de Israel. No es una conspiración global ni un proyecto de dominación. Sin embargo, repetir caricaturas resulta más cómodo que estudiar conceptos.

Este vaciamiento del lenguaje no es exclusivo de este tema. Lo vimos también con términos como «neoliberalismo»: ideas complejas reducidas a monstruos imaginarios, útiles para señalar enemigos, no para comprender la realidad. Cuando las palabras dejan de explicar y empiezan a condenar, dejan de ser herramientas de análisis y se convierten en armas ideológicas.

Criticar a Israel no es antisemitismo por definición. Ningún país, religión o cultura es intocable. Negar la existencia de corrientes radicales dentro del judaísmo sería intelectualmente deshonesto. Lo determinante es que la diferencia es histórica y está ampliamente documentada: el pueblo judío ha sido hostigado, expulsado y exterminado incluso cuando no ostentaba poder alguno; persecuciones, pogromos y masacres no son opiniones: son hechos.

Y, aun así, la resiliencia judía ha sido extraordinaria: educación, comunidad, trabajo, adaptación. No desde la victimización perpetua, sino desde la reconstrucción constante. Esa capacidad de sobrevivir y prosperar, bajo amenaza constante, descoloca. Porque recuerda algo peligroso para las ideologías del resentimiento: que el progreso es posible sin rendirse al odio.

En la actualidad, ese viejo antisemitismo reaparece camuflado en forma de activismo pro-Palestina que, en demasiados casos, deja de ser crítica política y se convierte en una narrativa abiertamente antijudía. Se repite sin matices que “los sionistas matan niños”, mientras se ignora deliberadamente un contexto incómodo: Israel es uno de los pocos países de Medio Oriente donde conviven distintas religiones, incluidos musulmanes palestinos, con derechos civiles reconocidos.

La indignación, además, no es selectiva solo con Israel: es selectiva con todo.

Mientras se grita “genocidio” en Gaza, hay un silencio ensordecedor frente a lo que ocurre en Irán. Bajo el régimen de los ayatolás —una autocracia teocrática, no un gobierno conservador— más de 16 mil manifestantes han sido asesinados por pedir libertad. Mujeres, jóvenes y ciudadanos comunes cuyo único delito fue protestar. No hay marchas masivas con pancartas de #FreeIran; no hay campañas virales sostenidas. La razón es elocuente: el régimen iraní es aliado de esa misma izquierda internacional que levanta banderas humanitarias solo cuando conviene.

Para justificar ese silencio, surgen teorías conspirativas grotescas: que si los manifestantes son agentes del Mossad, que si la CIA infiltra protestas, como si un Estado con uno de los aparatos represivos más grandes del mundo no pudiera controlar supuestos infiltrados. Lo que sí está documentado, en los hechos, es que fuerzas del régimen —muchas veces vestidas de civiles— disparan abiertamente contra su propia población. Aceptar esto implicaría reconocer un genocidio incómodo.

Lo mismo ocurre con Venezuela. Cuando Estados Unidos actúa contra Nicolás Maduro, el discurso dominante habla de “invasión” y de “violación de la soberanía”. No obstante, la soberanía no es una consigna vacía: implica el respeto a la voluntad del pueblo. En Venezuela, esa voluntad fue anulada hace años. No hay elecciones libres; existen presos políticos y centros de tortura, entre ellos El Helicoide, que continúan operando. Dado que el régimen es aliado ideológico, el horror se relativiza.

Aquí no se trata de defender a la izquierda o a la derecha. De hecho, la nueva derecha también tiene responsabilidad. En no pocos casos, vemos de qué manera se intenta desprestigiar a figuras del calibre de María Corina Machado, no por su lucha frontal contra una de las dictaduras más crueles de América Latina, sino porque no encaja en una narrativa moral rígida. Defender libertades individuales, apoyar el matrimonio igualitario o sostener posturas complejas sobre el aborto basta para que la llamen “progre” o “woke”, como si la libertad solo fuera válida cuando coincide con el dogma propio.

Machado ha demostrado algo que escasea en ambos extremos: poner el bien de su país por encima del ego, del reconocimiento personal o de la pureza ideológica. Incluso cuando eso implica gestos difíciles, estratégicos o políticamente incorrectos. Porque hay momentos en los que la prioridad no es sentirse moralmente superior; es sacar a un cáncer enquistado del poder, aunque el costo personal sea alto y el riesgo, real.

Eso es lo que los extremos no toleran: a quienes no se someten por completo a su relato. A quienes entienden que la libertad no viene en paquetes ideológicos cerrados, ni en consignas fáciles, ni en enemigos prediseñados.

Al final, conviene decirlo sin rodeos: odiar al otro no te hace mejor persona, no te vuelve más consciente, ni más justo, ni más humano. Te convierte en alguien dominado por el resentimiento, en alguien que necesita un enemigo para sentirse moralmente superior. El odio no es valentía intelectual: es la renuncia más cómoda al pensamiento propio.

Hoy contemplamos una izquierda que condiciona su humanidad según alianzas políticas y una derecha que pretende monopolizar la moral mientras recorta libertades individuales. Dos caras de la misma moneda: la falsa superioridad moral. Ambas prefieren el dogma a la reflexión y el resentimiento a la libertad.

El problema ya no es solo el antisemitismo. Es más profundo y peligroso: una cultura política donde se odia más de lo que se ama la libertad. Donde se justifica la tiranía si el tirano es “de los nuestros”. Donde se prefiere ver pueblos sometidos antes que aceptar que la vida, la propiedad y la libertad individual siguen siendo valores irrenunciables, provengan de donde provengan.

La historia no se repite de manera exacta, pero rima con el pasado. Y cuando el odio vuelve a disfrazarse de virtud, el verdadero acto de rebeldía es negarse a convertirse en él.

Guía práctica para perder amigos y seguidores defendiendo la libertad

Paola Piotti, abogada, activista por la libertad y líder del Capítulo de Lola Tarija en Bolivia

Los liberales, por el contrario, no nos vendemos como mesías, sino como pensadores incómodos que desafían las narrativas populares con la incómoda verdad de que la perfección social no es alcanzable por medio de buenas intenciones, sino por un respeto inquebrantable a las libertades individuales.

Paola Piotti

Tras años involucrada en la divulgación de las ideas de la libertad, observando colegas y amigos enfrentando públicos diversos de universidades públicas y privadas, de ambientes empresariales y académicos, escogiendo estratégicamente las palabras a utilizar con aquellos auditorios, y habiéndolo experimentado por mi cuenta, me he enfrentado a una verdad difícil de digerir: el liberalismo genera antipatía no por el cómo dice las cosas, sino por las cosas que dice. Culpa de la razón, que rara vez es carismática.

El sacrificio de caer mal ha funcionado como un filtro eficiente en el campo de la divulgación de las ideas. No todos los liberales están dispuestos a enfrentarse al escarnio público, las acusaciones de insensibilidad y, por supuesto, los memes, los grandes temidos de la comunicación política en el siglo XXI. La tentación de caer bien ha arrojado a muchos hacia el omnipresente concepto de la moderación. Pero si alguna vez has tomado en serio las ideas liberales, sabes que moderarse no es una opción. Las ideas que realmente importan, aquellas que desafían el status quo, son siempre las más incómodas. Defender la libertad se ha convertido en una nueva forma de heroísmo… o de inmolación social.

Sin embargo, no sólo exponerte a públicos masivos defendiendo la libertad conlleva riesgos. La realidad es que incluso hacerlo dentro de una cena con amigos, un almuerzo familiar o una pequeña participación en clases puede desencadenar un descenso de la opinión del resto sobre ti.

Si estás dispuesto a asumir los desafíos y, sobre todo, asumir las pérdidas, aquí tienes una corta y práctica guía para perder amigos y seguidores defendiendo la libertad:

PASO 1. Ignora las emociones: prioriza el principio por sobre el sentimiento.

Fue durante un debate sobre la desigualdad en la facultad de economía de la universidad pública de mi ciudad cuando contemplé por primera vez el efecto que una verdad incómoda genera en una multitud ansiosa por soluciones mágicas y empáticas hacia los problemas que los aquejan. Tras los minutos iniciales de introducción por parte del debatiente socialista sobre los efectos de la desigualdad, el debatiente liberal lanzó la afirmación que silenció la sala: “La desigualdad en términos absolutos es un fenómeno natural…” No importó demasiado el razonamiento lógico e innegable de su frase, ni sus intentos de ejemplificar la misma. Para la gran mayoría de los asistentes, que ya habían proyectado en sus mentes las crueles imágenes de la desigualdad económica a través de niños mendigando, el sólo inicio de su afirmación ya había supuesto una defensa a que esos niños continuaran en las calles.

Evidentemente, el debatiente liberal se transmutó en un ser desprovisto de emociones, porque, siendo francos, es un espacio del tablero de ajedrez político en el que los liberales poseemos poca o nula experiencia. Hay movimientos que ganan adeptos prometiendo consuelo, sociabilizando los problemas y redistribuyendo culpas. Frente a ello, el liberalismo contrataca recordando la responsabilidad individual. Estamos en desventaja.

Ignorar las emociones es una tarea complicada cuando se trata de defender principios liberales, ya que partimos de una base racional: no todos los problemas sociales tendrán una solución inmediata, ni mucho menos una solución cómoda. El liberalismo es consciente de sus limitaciones, a diferencia de otras corrientes de pensamiento que se autodenominan salvadoras de la humanidad y creen poseer la llave a la construcción de utopías. Los liberales, por el contrario, no nos vendemos como mesías, sino como pensadores incómodos que desafían las narrativas populares con la incómoda verdad de que la perfección social no es alcanzable por medio de buenas intenciones, sino por un respeto inquebrantable a las libertades individuales.

Podría ser una estrategia plausible, si no te sientes cómodo con el mote de “insensible”, recordar que los principios que defiendes tendrán un efecto mayor en reducir y prevenir la cantidad de niños mendigando en las calles. Sin embargo, no te garantizo que un gran número de tus amistades concuerde con la gradualidad del cambio que tus ideas plantean. En este punto, sería apropiado recordarles que el liberalismo promueve las iniciativas privadas de caridad para la atención de las causas que los conmueven y que, en la mayoría de los casos, resulta más empático quien dona a una causa noble que quien le exige cómodamente al Estado que haga algo al respecto, consciente de que su pedido no será atendido, delegando la empatía.

PASO 2. Entrégate a la magia de los números: habla con jerga técnica, las cifras y los datos son tus amigos.

Existe un adjetivo que se utiliza con frecuencia para intentar descalificar a los liberales: economicista. Aunque, si te soy sincero, con el tiempo este término ha pasado de ser una ofensa a un trofeo de honor. Al final, ¿quién no querría ser etiquetado como alguien que prefiere datos tangibles sobre simples narrativas anecdóticas?

El liberal, ese ser obsesionado con números, se siente genuinamente más cómodo citando estadísticas que discutiendo las historias emocionales de la Tía Marta y su emprendimiento de gaseosas. Claro, a Tía Marta le fue mal por no entender la realidad del mercado, pero a lo que realmente deberíamos prestar atención es a la inmensa cantidad de emprendimientos que fracasan debido al aplastante peso de los impuestos y las barreras regulatorias impuestas por el Estado. ¿No es más relevante hablar de cómo las altas tasas impositivas y la sobre-regulación impiden que miles de pequeñas empresas se formalicen que contar la historia de una mujer que no entendió cómo competir con los gigantes de la industria?

Pero, por supuesto, eso requiere números. Es en el arte de citar cifras donde el liberal brilla. No es de extrañar que se haya perfeccionado en el uso de términos como la curva de Laffer, el índice de libertad económica o el índice de facilidad para hacer negocios. Es mucho más efectivo bombardear con estadísticas que hacer una introspectiva emocional sobre cómo un mercado libre podría haber salvado a Tía Marta, porque al final del día, los números no mienten.

La belleza de usar números es que, aunque nadie los entienda realmente, todos asumirán que están diciendo algo importante y complejo. ¿Quién podría cuestionar que un país con un índice de libertad económica más alto tenga un PIB per cápita más grande? El simple hecho de mencionar el índice de Gini hace que la mayoría se quede en silencio, asintiendo, mientras tú, con una sonrisa interna, sabes que no tienen ni idea de qué estás hablando. Pero es lo de menos; el objetivo es hacer que el peso de los datos recaiga sobre tus oponentes, no para convencerlos (es demasiado tarde para eso), sino para que se sientan pequeños frente a la arrogancia de los números.

PASO 3. Debate las creencias populares: haz que la gente se cuestione todo lo que sabe.

Si tus amigos y seguidores han logrado sobrevivir a tu posición economicista e insensible, entonces el Paso 3 será el golpe final para que todos decidan cerrar sus puertas y bloquear tu número. Porque, seamos honestos, no hay nada más irritante que un cuestionamiento constante a las bases morales en las que la mayoría ha cimentado su existencia. Y si tú, como liberal, te atreves a desafiar esas bases, prepárate para que tu círculo de afectos se reduzca drásticamente.

Tómate un momento y reflexiona sobre ello. ¿Qué factores han influido en tu visión del mundo? ¿Realmente has explorado filosofías diferentes a las que te enseñaron en la escuela? ¿Te sientes moralmente obligado a algo solo por vivir en sociedad, como si debieras una deuda eterna a tus conciudadanos? ¿Cuánto de tu pensamiento es fruto de un proceso racional y cuánto es simplemente un producto de la imposición social que aceptaste sin cuestionar? Hazte estas preguntas, y si te atreves a ser honesto contigo mismo, te sorprenderás con las respuestas.

Ahora, imagina que alguien ajeno a ti, con quien compartes apenas una pizca de afinidad, empieza a desmantelar tus creencias más profundas. Esa persona no solo pone en duda tus respuestas emocionales o tus intuiciones; te exige que revises los cimientos de tu pensamiento moral. ¿Cómo te sentirías? Probablemente no muy bien. De hecho, te sentirías como si te estuvieran atacando directamente en la psique.

Este es el tipo de enfrentamiento que el liberal debe estar dispuesto a tener. No es solo sobre debatir políticas públicas o números económicos, es sobre poner en tela de juicio lo que la gente cree sobre el bien común y la justicia social. Hacerles ver que muchas de sus creencias populares y bienintencionadas sobre el estado de bienestar o la redistribución de la riqueza son, en realidad, mitos que jamás se han sometido a un análisis crítico. Eso, sin duda, será la parte más irritante de todo este proceso.

En el juego del bingo de situaciones irritantes, este paso se lleva el premio mayor. Porque no basta con lanzar datos o corregir falacias, se trata de desarmar un conjunto de creencias profundamente arraigadas en el sentido común, y muchas veces, el sentido común es el enemigo más fuerte.

El compromiso con las ideas de la libertad no es para cualquiera. Nadie, por muy amable, atento o sensible que pretenda ser al hablar de estos temas, podrá ser ajeno a las acusaciones comunes que todos compartimos, porque, nuevamente, no se trata de cómo lo decimos, se trata de lo que decimos y lo que enfrentamos. Se trata, en todo caso, de reconducir el camino hacia la razón, uno que no todos están dispuestos a transitar.

Finalmente, perder algunos amigos por defender la libertad no es un error en sí, es un ejercicio de coherencia moral… y un excelente filtro social.

Feminismo liberal vs el feminismo de izquierda: efecto Ocampo

Carolina Dada, relaciones institucionales y finanzas de LOLA Arg (Ladies of Liberty Alliance), especialista en Marketing Político.

El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres.

Carolina Dada

En 1936, el entonces presidente argentino de facto, Pedro Justo, envió al Congreso el «Anteproyecto de Bibiloni», en un intento legislativo que buscaba reformar la Ley 11.357 con un objetivo claro y regresivo: quitarle a la mujer casada los derechos civiles que apenas una década antes, en 1926, le habían sido concedidos.

El anteproyecto generó un gran malestar en las mujeres que ya disfrutaban de esa independencia, sobre todo en Victoria Ocampo, una de las más importantes escritoras testimoniales del siglo XX. Ocampo, a quien se podría considerar una de las primeras feministas liberales en la Argentina, canalizó ese enfado en un activismo que le dio origen a Unión Argentina de Mujeres (UAM).

El movimiento logró frenar el anteproyecto y reunir a más de 20.000 mujeres con diferentes tendencias ideológicas, quienes además impulsaron el derecho al voto y el divorcio. Sin embargo, dos años después de su creación, Victoria Ocampo, renunció a UAM al descubrir que algunas socias, que formaban parte del Partido Comunista, estaban utilizando la organización para sus propios fines políticos. Esto, a su juicio, contravenía los principios fundacionales del movimiento.

Así surge el primer cuestionamiento sobre la partidización del feminismo. Para Victoria Ocampo, la lucha por los derechos de la mujer era una causa universal que trascendía las divisiones ideológicas. Ella veía el feminismo como un movimiento que debía romper con los «moldes» sociales, de clase y de género para que no fuera un apéndice instrumentalizado por ninguna fuerza política, sino una fuerza de cambio por sí mismo.

La segunda incomodidad de Ocampo se manifiesta con su sorprendente rechazo al proyecto de ley del voto femenino, aprobado en 1947. Esta negativa provino de su profundo antiperonismo, pues definía al peronismo como un movimiento con rasgos autoritarios y antidemocráticos muy cercanos al fascismo italiano. Además, retrata a Eva Duarte de Perón como una «fanática rentable» funcional al utilitarismo electoral diseñado por Juan Domingo Perón. En consecuencia, Ocampo fue incluida en la lista negra del peronismo, junto a otros artistas e intelectuales, lo que derivó en su posterior persecución y detención.

A pesar de esa impostura, hoy nadie podría cuestionar el gran aporte al feminismo de Victoria Ocampo, pero su incomodidad la puso en una encrucijada que la llevó a sortear entre su feminismo y su antiperonismo.

El dilema histórico que tuvo Ocampo resuena en la masificación del feminismo de los últimos años. Hoy, un sector de mujeres que se definen como feministas y liberales intentan ocupar un lugar de representación entre los sectores del liberalismo, con dos propósitos: desmarcar a los principios liberales de las derivas conservadoras que se propagan globalmente. Y, por otra parte, el desacuerdo con posturas de izquierda que predominan los espacios feministas tradicionales o mayoritarios.

Esta tensión es bien retratada en el libro «Sin padre, sin marido y sin estado» de Melina Vázquez y Carolina Spataro, que documenta la incomodidad de las mujeres en el liberalismo que intentan sostener un feminismo liberal ante la avalancha conservadora. Lo más interesante del libro es la reacción de otros sectores del feminismo, que debaten sobre la validez y el reconocimiento de una vertiente feminista liberal.

Quizá la incomodidad del «Efecto Ocampo» se trasladó al feminismo contemporáneo. Por un lado, al feminismo liberal, quienes construyen la defensa de las mujeres desde el libre mercado y la limitación del Estado. Por otro lado, al feminismo de izquierda al intentar deslegitimar la existencia de las feministas liberales. Este escenario nos empuja a una pregunta más crucial: ¿Cuáles son las preocupaciones del feminismo actual que ambos sectores comparten?

El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres. Las reacciones ante este debate también exponen un peligro que debe ser advertido al acusar las supuestas hipocresías, tanto históricas como actuales, de los distintos feminismos y movimientos partidarios, a saber: el riesgo de olvidar que el feminismo es siempre, por definición, una buena causa.

El error de Victoria Ocampo no fue advertir el oportunismo y el fascismo de Juan Domingo Perón o el desacuerdo con Eva Perón, sino no entender históricamente que la aprobación del voto femenino era un logro del feminismo en todas sus formas.

Esto se agrava cuando se personifican las ideologías. ¿De qué sirve cuestionar al feminismo de izquierda o al feminismo liberal tomando a figuras como Donald Trump, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Viktor Orbán, Javier Milei o Alberto Fernández? Cuando son estas figuras las que utilizan engañosamente el partidismo y las ideologías para desprestigiar a los movimientos de mujeres en general.

Seguramente hay una necesidad clara de empezar a separar los términos izquierda y derecha del liberalismo y del feminismo, y de aquellas posiciones que reponen prejuicios que exceden a las necesidades actuales de las mujeres, del mercado y de las funciones del Estado. Margarita León decía hace algunos años que “el feminismo debe influir en los partidos políticos, no constituirse en ellos.”, tras de los debates históricos sobre la existencia de un partido puramente feminista. Hoy muchas jóvenes se suscriben a las premisas feministas, luego piensan a quién votar de acuerdo a sus necesidades o simplemente deciden no votar.

Sin lugar a dudas, el “Efecto Ocampo” debe evitarse si se anteponen los beneficios del feminismo transversalmente. Tal vez la tarea más importante que tienen las mujeres en sus esferas políticas, es lograr que el feminismo sobreviva a las campañas de desprestigio. Sin importar a quien le pertenezca la historia de la lucha de las mujeres —liberales o de izquierda—, nadie puede tener el monopolio del feminismo.

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(Nota: las ideas expresadas son netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder 3.0)

Iusreologismo o derecho reológico: ¿Por qué no soy iusnaturalista, ni iuspositivista?

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, lo demás no importa.

(…) En este marco es que se erige el iusreologismo, como un sistema de pensamiento relativo a la naturaleza de esa cosa que llamamos “Derecho”, y que en última instancia es una teoría crítica y dinámica del Derecho que, groso modo, postula que la realidad jurídica (…) es la integración evolutiva constante de tres dimensiones fundamentales: lo fáctico, (…) lo axiológico (…) y lo normativo. Además, el rasgo distintivo que se concibe es la Historicidad (…) como el marco estructural —u horizonte de sentido— que envuelve y media la convergencia dialéctica de las tres dimensiones.

Roymer A. Rivas B.

En el presente texto pretendo dilucidar los errores y/o los límites de una de las creencias que prácticamente sostiene toda la estructura filosófica de lo que hoy es el libertarismo, en sus diferentes vertientes —se entiende que hay matices allí, pero a efectos prácticos se tomaran todos los diversos matices que separan entre sí a quienes se identifican en mayor o menor medida con la corriente libertaria y se tratarán como si fueran una misma cosa o línea de pensamiento—. El punto central a tratar es el iusnaturalismo, que supone la existencia de derechos trascendentes y anteriores a los que emite algún órgano director —Estado—. En adición, dado que la crítica común de mis queridos detractores liberales dogmáticos es la de señalarme una supuesta adherencia al iuspositivismo, entendido como el rechazo al vinculo que existe entra la moral y la norma, siendo ésta normalmente la que emite un poder centralizado para enmarcar la conducta humana en la cosmovisión de quienes emiten dichas leyes, independientemente de si son reprochables o no, me veo en la necesidad de ir contra dicha concepción, también.

Si bien, aclaro que esto es un manifiesto, por lo que no pretende ser un texto exhaustivo o riguroso. Entiendo perfectamente que el tema amerita dicha rigurosidad, pero eso requiere una extensión innecesaria para el fin que me propongo ahora, contando, además, de que el tema es apenas un inciso —profundo y extenso— en toda la estructura de lo que nosotros llamamos Creativismo Filosófico —destacando Ilxon Rojas, más que yo, al momento de tratar éstos temas en concreto—. Trabajamos en ello, y con el tiempo van a ir saliendo textos —han salido algunos, de hecho, aunque no de forma sistemática ni estructurada, y éste texto puede contar como uno más de ese conjunto—. Ergo, me reservaré citas —que comúnmente abundan en mis ensayos—. Pero, ¿Cuál es el fin? Pues, uno muy simple: cambiar las reglas del juego cuando se debaten temas de libertad, optimizando su defensa y, con ello, blindando de críticas que comúnmente —y correctamente, en buena medida— se le hacen cuando toca hablar de temas del Derecho, con D mayúscula, es decir, de Filosofía del Derecho, que es la base de comprensión de esas pautas que terminan por enmarcar la conducta humana. Siendo más específico, dejar sin argumentos a quienes pretenden encasillarme en doctrinas que mutilan la realidad, de las la gran mayoría, por no decir todos, son seguidores, para obligarlos a tratar las premisas con las que defiendo mi postura con razonamientos adecuados.

¿Significa lo anterior que yo no estoy equivocado? En lo absoluto. Puedo estarlo. Pero, en definitiva, los argumentos con los que pretender demostrar que lo estoy son absurdos que sólo reafirman mi posición. No somos nosotros los que tienen que demostrar que ustedes yerran, porque para eso no se necesita mucho rigor, más bien son ustedes los que han de demostrar que todo el entramado filosófico que groso modo trataré aquí está equivocado. Con total respeto, aunque esto constituye una declaración de guerra filosófica, yo los desafío a ello.

El iusnaturalismo y los liberales

Difícilmente encuentre un liberal que no fundamente su defensa de la libertad en los —supuestos— “derechos naturales”. La tradición desde Platón y Aristóteles, pasando por Tomás de Aquino, la escuela de Salamanca, la ilustración, la modernidad, y llegando hasta Juan Ramón Rallo, con sus diferentes matices, es que existen derechos inherentes en el ser humano, llegando algunos incluso a afirmar que hacen ser al humano lo que es: es decir, que el humano es humano en tanto y en cuanto tiene derechos intrínsecos. Esto se traduce en una mezcla entre el concepto de Derecho con la misma naturaleza humana.

Un inciso importante que se debe hacer es que, si bien es cierto que en el pasado se concebían los derechos naturales como unos concebidos por alguna divinidad, desde la llegada de Rothbard y su ética para la libertad, yendo en paralelo con Rand y su moral objetiva, y encontrando su más fuerte defensa en la ética de la argumentación de Hoppe, muchos han dado un giro para defender los derechos naturales como unos aprehendidos de alguna manera por la razón. Todo ello en contraposición del iuspositivismo, que es el enemigo natural de los liberales, en cuanto tienden a defender las normas del poder centralizado, y el liberalismo se opone a dicho poder[1].

En otras palabras, los liberales se apegan a una tradición que sostiene que las leyes no son creadas por ningún gobierno o autoridad, sino que derivan de la misma naturaleza humana y la razón, siendo, a priori: (i) universales, porque pertenecen a todos los seres humanos en todo tiempo y lugar; (ii) inalienables, porque no pueden ser transferidos, vendidos[2] o arrebatados legítimamente; y (iii) anteriores y superiores al derecho positivo. ¿Cuáles son éstos derechos? El derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad —o a la vida, libertad y felicidad, dependiendo de a quien le pregunte, porque la propiedad tiende a verse como algo indisociable de la libertad, o incluso lo que hace posible todas las demás… tome el que más le guste, me es indiferente, porque todos están equivocados—.

Naturalmente, todo ello funge como un presupuesto filosófico para la doctrina del Estado limitado y la soberanía del individuo —e incluso otra aberración más como el constitucionalismo liberal, que de liberal tiene lo que yo tengo de astronauta, independientemente de su origen—. La existencia de derechos inalienables significa que el poder del Estado[3] no es absoluto y que éste sólo debe estar sometido a la defensa de los mismos, dando cuentas, además, a los individuos, a quienes no debe violentar su esfera privada. Si algún Estado incumple su misión fundamental de proteger los derechos naturales, o peor aún, los viola —que, a juicio de los anarquistas, es siempre—, los ciudadanos tienen derecho a desobedecer y, en última instancia, derrocarlos.

El iuspositivismo y los liberales

Partiendo de esta concepción, se entiende que los enemigos naturales sean los iuspositivistas, dado que defienden un sistema de normas jurídicas escritas y promulgadas que han sido —a su juicio— cálidamente creadas por una autoridad competente —parlamento, monarca, cuerpo judicial— dentro de una comunidad política —principalmente el Estado—. A diferencia del derecho natural, que se enfoca en leyes universales, el derecho positivo pretende ser: (i) fáctico y vigente, porque existe y tiene validez aquí y ahora, independientemente de si es considerado moralmente justo o injusto; e (ii) histórico y variable, porque su contenido cambia según el lugar, la época y las decisiones de la autoridad creadora. Si bien, señalo que “pretende serlo” porque, en realidad, con todos sus procedimientos formales —establecidos por el propio sistema— termina por cargarse con toda la historicidad y los hechos, bien entendidos, que hacen ser al Derecho lo que es.

Hacia un concepto de Derecho con sentido: tridimensionalismo jurídico crítico

No obstante, ambas tradiciones yerran al momento de abordar esa realidad que llamamos Derecho, por cuanto la reducen a los respectivos elementos que cada uno pretende analizar y vender como si fuera el absoluto del Derecho. A la luz de estos errores, llega el tridimensionalismo jurídico crítico —que no es, valga la redundancia, el tridimensionalismo jurídico tradicional sostenido en Miguel Reale y Carlos Fernandez Sessarego, un poco más en el primero que en el segundo, aunque ambos, evidentemente, son influencias directas—. Si bien, a mi me gusta más llamarlo: Derecho reológico[4], por lo cual sería un iusreologismo —o Realismo Jurídico Reológico[5]—.

Básicamente, lo que llegamos a decir es que el Derecho tiene tres dimensiones: lo factico —hechos, y que, en el caso de Sessarego, habla de “Vida”—, lo axiológico —valores—, y lo normativo —ley formal, lógica, racionalizada, expresado en lenguaje y plasmado en códigos—. En este sentido, se rescata el tridimensionalismo jurídico tradicional, pero nos distanciamos de ello por cuanto, unos u otros, priman la norma o la vida por sobre las demás dimensiones —como si acaso pudiesen desvincularse la una de la otra, o estructurarse jerárquicamente—, o incluso parten de un concepto de la naturaleza humana y la libertad bastante viciada. No conforme con estas distancias, a estás tres dimensiones en conjunto se les enmarca en la historicidad —evolución en el tiempo de la institución—, que es donde surgen los horizontes de sentido del Derecho —y, por consiguiente, de la comprensión humana sobre el tema—.

¿De qué trata cada dimensión y su respectivo marco? El hecho refiere a que el Derecho es un fenómeno histótico-cultural que ocurre en un tiempo y lugar determinado, es decir, se despliega en la interacción de la comunidad; el valor trata de los significados de las estimaciones que hacen los miembros de la comunidad a los hechos concretos en donde se desenvuelven —su entorno, interno y externo—, y tiene que ver con la moral; y lo normativo alude a la formalización de las leyes que surjan de lo anterior y que muchas veces es necesario expresar con palabras para tratar temas concretos —y es lo que da paso a la coacción legítima—. La historicidad media cada una de las dimensiones porque, a priori, sólo la interacción humana en el tiempo es lo que hace converger las dimensiones y las introduce en el campo del sentido para el ser humano, aprehendiéndolas por ensayo y error, moldeando su conducta. Es una dinámica evolutiva donde lo fáctivo se consolida y presiona para convertirse en norma —no siempre consiguiéndolo, y tampoco es necesario que siempre lo consiga—, lo axiológico inspira y orienta la creación de la norma, y ésta llega para probar en la realidad si es eficiente y/o justa para solucionar problemas concretos que surjan en la convivencia, con el objeto de mantener la confianza en las interacciones humanas.

Los errores del iusnaturalismo y el iuspositivismo

La constatación, aplicación, observancia y efectividad real del Derecho sólo llega en la conjunción de sus tres dimensiones. El iusnaturalismo falla al sobrevalorar la dimensión axiológica a expensas de las dimensiones fácticas y normativas, las cuales subordina a la primera. Por si fuera poco, siquiera parte de una comprensión cabal de los valores, porque para ellos es algo estático, aprehensible por la razón, y no algo dinámico que se debe a la misma naturaleza de las relaciones humanas, donde prima la relatividad de los valores —no en el sentido de escepticismo extremo, sino uno contextual y evolutivo que está mediado siempre por la intersubjetividad, que es, de facto, la característica prima facie de la dimensión axiológica—. Claro, esto la sumerge en dificultades para traducir de forma unívoca tales derechos en normas, porque desprecia la certeza jurídica en absoluto —ni el mismo Hayek, siendo, a mi juicio, el pensador más grande de la Escuela Austriaca hasta el momento, estaba de acuerdo con ello—. Adicionalmente, ignora que el Derecho tiene vigencia y efectividad en el mundo real —no metafísicas absurdas, sino una responsable científicamente— para ser considerado como tal: Derecho.

Asimismo, el iuspositivismo falla al relegar la dimensión fáctica al campo de la política, enfocándose sólo en la validez formal —norma—, sin reparar, aunque diga hacerlo, en los hechos que hacen posible y empujan a la creación de la norma, sostenida en la acción humana, mediada siempre por valores. Aunque se pueden rescatar ciertas cosas puntuales del iuspositivismo, en lo que compete a la norma, cometen el error garrafal de reducirlo a ello.

El iusreologismo: el sistema de pensamiento relativo a la naturaleza de la cosa Derecho

En este marco es que se erige el iusreologismo, como un sistema de pensamiento relativo a la naturaleza de esa cosa que llamamos “Derecho”, y que en última instancia es una teoría crítica y dinámica del Derecho que, groso modo, postula que la realidad jurídica no puede ser reducida a una única dimensión —ni axiológica, ni normativa—, sino que es la integración evolutiva constante de tres dimensiones fundamentales: lo fáctico —el hecho histórico-cultural y la interacción comunitaria—, lo axiológico —los valores y las estimaciones morales relativas y dinámicas de la comunidad— y lo normativo —la ley formal, lógica, racionalizada y codificada—. Además, el rasgo distintivo que se concibe es la Historicidad —evolución en el tiempo de la institución, el ensayo y error— no como una dimensión adicional, sino como el marco estructural —u horizonte de sentido— que envuelve y media la convergencia dialéctica de las tres dimensiones. Esto es: el proceso de tensión, conflicto y superación constante en la interacción de lo fáctico, lo axiológico y lo normativo hace ser, y al mismo tiempo impulsa su evolución, a un sistema con identidad propia que llamamos “Derecho” —las tres dimensiones y su marco no son una suma o yuxtaposición de partes, sino un todo—. En este marco, el Derecho se entiende como un sistema en flujo permanente cuya finalidad es moldear la conducta humana y mantener la confianza en las interacciones mediante un proceso de prueba y ajuste.

Un verdadero estudio del Derecho debe partir de la integración evolutiva de la norma, el hecho y el valor a lo largo del tiempo, porque el Derecho no es una realidad unidimensional, como lo pintan desde el iusnaturalismo y el iuspositivismo, sino que es multidimensional. Y sólo comprendiendo bien la naturaleza humana —sistema humano— y la naturaleza de la sociedad —sistema sociedad— es que se pueden abarcar estos temas cabalmente —o al menos hasta el cenit de lo que nos permite el conocimiento hoy—.

¿Quieren textos para, en mayor o menor medida, comprender el asunto? Por ahora, hasta que se publiquen los tratados del Creativismo Filosófico, en sus diferentes vertientes, pueden aproximarse leyendo lo siguiente:

  1. Lean sobre el tridimensionalismo jurídico: Carlos Reale y Carlos Fernández Sessarego —o sus estudiosos, pero ellos son la base—.
  2. Lean la teoría egológica del Derecho: Carlos Cossio, en donde se presenta el Derecho como “conducta en interferencia intersubjetiva”, siendo, no la norma, sino la conducta humana el objeto de estudio del derecho —algo que comparte con el tridimensionalismo jurídico tradicional, al menos por el lado de Sessarego—.
  3. Lean a los libertarios Bruce Benson —justicia sin estado— y Bruno Leoni.
  4. Lean a Hayek, los procesos espontáneos y su obra magna sobre el asunto aplicado al Derecho: Legislación y libertad. Y léanla bien —estúdienla—.
  5. Lean a César Martínez Meseguer y la teoría evolutiva de las instituciones sociales, que trasciende a Hayek sobre el tema, especialmente el método de estudio para abordar el estudio de las instituciones a lo largo del tiempo.
  6. Conversen con Ilxon Rojas, o, en su defecto, conmigo.
  7. Pero, sobre todo, pongan en tela de juicio sus dogmas. La ciencia y la defensa de la libertad nunca han avanzado con dogmas, más bien todo lo contrario. Y hoy el liberal, lamentablemente, se ha quedado rezagado con teorías de los siglos XVIII, XIX y XX que, aunque fueron funcionales en el momento, y se avanzó con el conocimiento que se tenía, en definitiva, no sirven para abordar los asuntos que competen a la libertad con rigurosidad. Empero, se necesita humildad intelectual para hacer todo ello.

[1] Un simple inciso que no compete al tema: aquí hablamos de poder político concentrado, pero también cabe el económico.

[2] Yo quisiera ver cómo van a evitar esos liberales que yo me entregue a la esclavitud de forma voluntaria, sin apelar a la coacción y sin intentar minusválidar mi voluntad. Allí se les acaba todo el discurso moralista entorno a la voluntad y la libertad.

[3] Estado, no gobierno, porque no son lo mismo, aunque muchos liberales lo usen indistintamente. Al respecto, puede ver: Roymer Rivas. 2023. Sobre la confusión entre las ideas de “Estado” y “Gobierno”. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/sobre-la-confusion-entre-las-ideas-de-estado-y-gobierno/ (Cit. 27/11/2025).

[4] Apelando a la terminología de la herramienta “Reología filosófica” que desarrolla el grupo de “Filosofía fundamental”, encabezado por el profesor Sierra-Lechuga. Si bien, que lo tengamos de referencia no significa que adhiramos a absolutamente todos sus postulados.

[5] Que no es el Realismo jurídico norteamericano.

Bolivia 2025: la azarosa experiencia de la transición, entre la esperanza de libertad y los problemas antiguos

Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP

(…) Los colectivos sociales y los medios de comunicación independientes constatan que el poder efectivamente no está sólo en el Gobierno, sino que se encuentra en la capacidad de la sociedad civil para controlar, exigir, pero también revertir retrocesos autoritarios, corrupciones, exclusiones.

Lourdes N. Romero L.

I. Un acceso histórico a la presidencia y a un gabinete técnico

Rodrigo Paz tomó posesión de la presidencia el 8 de noviembre, en un acto caracterizado por la aparatosidad de la forma y por un mensaje claro de ruptura. Después de dos décadas de cuota sectorial y de repartición de ministerios, Paz presentó un gabinete «meritocrático», constituido por técnicos y exautoridades que se comprometieron a trabajar 24/7 para afrontar la gravísima crisis económica y recomponer un Estado debilitado y quebrado.

La invocación de la «capitalización humana» y el registro de la cuota sectorial lograron seducir, por un lado, a los sectores medios y empresariales, y, por otro lado, esa misma estrategia disparó la crítica entre movimientos sociales, evistas y masistas, que se sintieron apartados del poder y marginados en el nuevo esquema.

En sus primeras manifestaciones, Paz afirmó que la «descentralización de recursos» (modelo 50/50) sería la solución al problema de la desigualdad territorial. Señaló tres ejes en su arranque: (i) apertura internacional, (ii) capitalismo para todos y (iii) el fin del «Estado tranca», sistema que impidió el funcionamiento de la gestión pública durante años.

II. Crisis económica: urgencia y cautela

La herencia que le toca asumir es de alta complejidad: “una crisis muy profunda” según refiere el equipo que nuevos asumen el gobierno. La falta de combustibles, de dólares y de empleo son la norma casi diaria y la gente tiembla ante un ajuste similar al aplicado en Argentina. Paz, sin embargo, deja de lado los recortes drásticos del gasto y no aplica ajustes fiscales a corto plazo. El objetivo que sostiene su equipo es la de abastecer el mercado, estabilizar las variables básicas y recuperar la confianza social a través de una gestión eficaz y sin corrupción. La gran incógnita, sin embargo, será la capacidad del Gobierno para sacrificar hacia el Congreso unificado y sin mayoría propia, y adelantar las reformas de primera ayuda antes de los cambios estructurales de su programa liberal.

III. Reformas judiciales y convocatoria a Cumbre de Justicia.

Uno de los anuncios más importantes ha sido la futura realización de una “Cumbre de Justicia” en Sucre sobre la agenda de la independencia judicial y para acabar con la cooptación política del sistema judicial boliviano.

Paz dice que su gestión no interferirá en el trabajo de los jueces y fiscales y que buscará el respaldo internacional para hacer la igualdad ante la ley, y acabar con la impunidad, pero sin persecuciones políticas en contra de los adversarios. Es un primer gesto hacia una distancia con la judicialización del anterior y hacia la recomposición institucional a través de acentos derivados de amplios consensos sociales y políticos. Es decir, recomposición institucional a través de amplios consensos sociales y políticos.

IV. Primeras reacciones de los sectores sociales y primera prueba

Las satisfacciones que tiene el nuevo gabinete de Paz y la línea liberal de éste son mixtas. Las organizaciones tradicionales del MAS, una parte de las cuales son los grupos indígenas como los sindicatos u organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres, han empezado a hacer protestas, reivindicando la participación, el respeto a las conquistas laborales incluso reclamando la transparencia de los contratos de litio y de energía.

Las redes sociales hacen crecer las expectativas por la apertura diplomática —EE. UU. anunció hace un par de días el regreso de su embajador tras 17 años de ruptura—, en tanto que continúan también los temores por los recortes y por la pérdida de derechos.

El vicepresidente Edman Lara, en esta composición, mantiene un perfil más bajo, mientras que su «agenda dura» en seguridad hace nacer los debates en los círculos progresistas y académicos.

V. Sociedad de la vigilancia: tensión entre esperanzas y prudencias

No obstante, aun habiendo empezado con un elevado nivel de aprobación de la población, lo destacable es que la dificultad del escenario requerirá una continua vigilancia de la ciudadanía. Los colectivos sociales y los medios de comunicación independientes constatan que el poder efectivamente no está sólo en el Gobierno, sino que se encuentra en la capacidad de la sociedad civil para controlar, exigir, pero también revertir retrocesos autoritarios, corrupciones, exclusiones.

La democracia boliviana es, si bien frágil, resiliente. Pero necesitará del compromiso cotidiano de la ciudadanía para que el nuevo ciclo no se traduzca en la reiteración de viejas decepciones.

VI. Conclusión

Bolivia atraviesa sin duda alguna el periodo más transformador de los últimos veinte años, si bien es preciso establecer que se enfrenta a retos y expectativas desmesurados. Las próximas semanas se dibujan de manera especial para calibrar la resistencia del nuevo ecosistema y la fuerza de las reformas que se deben llevar a cabo y la resistencia de la propia sociedad civil.

La independencia judicial, la efectiva descentralización y el capitalismo para todos son retos que requieren de la atención de los procesos políticos, que, por otro lado, constituyen compromisos.

La pregunta del importante boliviano vuelve a resonar: ¿Podremos esta vez seguir exigiendo y defendiendo la transparencia, la inclusividad y la libertad sin caer en el tedio o hacia el autoritarismo?