Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Local Senior de EsLibertad Venezuela.
“(…) Si preferimos la paz amortiguada de la protección permanente antes que el riesgo de valernos por nuestro propio criterio, habremos entregado lo más valioso de nuestra condición humana sin necesidad de que nadie nos lo arrebate por la fuerza.”
Oriana Aranguren
En el gran repertorio de los ideales humanos, pocos gozan de un prestigio tan unánime como la libertad. Se la invoca en discursos solemnes, se la proclama como el pilar fundamental de la civilización y se la integra sin titubeos en la gramática moral de cualquier sociedad moderna. Sin embargo, actualmente existe una paradoja inquietante de la que, estimo, poco a poco muchos van cayendo en cuenta, a saber: que cuanto más se celebra una palabra, más propensa es a convertirse en una cáscara vacía.
Tan solo haga la prueba, repita una palabra rápido y muchas veces hasta que se canse y verá que en un punto la misma deja de tener sentido, a esto se le conoce como «saciedad semántica». Hoy tenemos algo de ello: hablamos de libertad en todos lados y, muchas veces, ni sabemos qué significa realmente, porque cada persona parece tener un significado propio, y en el camino, se pierde la verdadera esencia de la libertad.
Tendemos a considerar la autonomía y/o la libertad como una conquista irrevocable, y la mayoría está atenta a cuando arremeten abruptamente en contra de ella, para defenderla. No obstante, corremos el riesgo de pasar por alto que su pérdida pocas veces ocurre mediante de forma dramática y que lo más común es que su perdida sea lenta, silenciosa, donde poco a poco se vacia su interior.
Durante siglos, la amenaza a la libertad tuvo un rostro inequívoco, porque el peligro residía en la coerción, en la censura explícita, en el monopolio del pensamiento por parte del poder, en la persecución del disidente y en la violencia del Estado que pretendía moldear la vida de los ciudadanos según la cosmovisión de quienes ostentaran el poder. Ante esa dominación frontal, la causa de la libertad era conceptualmente clara, se resistencia, se vigilaba y había una clara distinción entre el individuo reprimido y la autoridad opresora. Y si bien es cierto que esas formas de sometimiento continúan existiendo en diversas latitudes, reducir el problema de la libertad a la supervivencia de la tiranía tradicional es una visión bastante miope, y peligrosa, de nuestra sociedad moderna.
En la actualidad, la erosión de la autonomía personal responde más a un mecanismo mucho más sutil y eficaz, porque el poder únicamente ya no prohíbe desde fuera, sino del entorno que organiza la vida desde dentro, ¿Cómo? pues, a través de la cultura que vuelve fatigoso e innecesario el ejercicio del juicio propio. Siguiendo un poco la línea de Michel Foucault, esa libertad contemporánea, más que ser cercenada con violencia, es administrada, amortiguada y progresivamente anestesiada por un afán desmedido de comodidad, seguridad y sobreprotección —la disciplina—.
Vivimos en un ecosistema diseñado para minimizar la fricción; delegamos en sistemas automáticos, expertos institucionales y consensos prefabricados la tarea de filtrar la realidad, anticipar nuestras necesidades y orientar nuestras decisiones. Y todo parece empeorar con el surgimiento de la Inteligencia Artificial, que tanto auge ha tenido en los últimos años. Pero a lo que nos lleva esto es que, en apariencia, nunca hemos dispuesto de tantas opciones, y, en la práctica, pocas veces hemos ejercido una elección tan despojada de sustancia; porque la comodidad adormece nuestro juicio, en la medida en que, muchas veces, se convierte en un estorbo, en causante de conflictos. Nos acostumbramos a ser conducidos porque ser guiados resulta infinitamente más sencillo que asumir el peso de la incertidumbre que implica tomar decisiones por cuenta propia.
De hecho, en línea con este pensar, en el que no somos adultos, sino niños que necesitamos ser guiados y, por tanto, nos encontramos en un estado constante de fragilidad que un externo debe asistir —con el pretexto de proteger al individuo contra cualquier aspereza, incomodidad o conflicto—, las instituciones y el clima social parecieran haberse configuraro para tratar al ciudadano como a un menor de edad permanente. Así, se multiplica la tutela y se achica el margen para el riesgo, sin advertir que la verdadera madurez humana se forma en ambientes que demanden de la persona, no estériles, en donde la libertad no tiene ningún contacto con la dificultad.
La libertad demanda la posibilidad de equivocarse, de asumir las consecuencias de las propias decisiones y de sostener un desacuerdo sin recurrir de inmediato al amparo de una instancia superior, quien es protegido de todo termina siendo incapaz de sostenerse a sí mismo, y esa debilidad inducida se utiliza luego para justificar nuevas formas de intervención. De hecho, como bien explica Ton Palmer en «Autocontrol o control estatal», incluso debilita el autoestima de las personas, porque asimilan que son incapaces de valerse por sí mismos.
Paralelamente, el afán de conformidad ejerce una presión para encajar que también se traduce en silencio, en no pensar críticamente o, al menos, no transmitirlo por el temor al rechazo comunitario, el pánico a la tacha moral y la fatiga de sostener un criterio discrepante frente a un coro unánime. Hoy, el coste social de pensar de manera independiente se vuelve excesivo, por lo que muchos optan por adoptar la voz que garantiza la aceptación. Así, la libertad de expresión se conserva intacta en las leyes, pero se atrofia en la vida cotidiana porque la uniformidad se ha instalado como la estrategia más segura de supervivencia.
En este escenario, no queda más que recordar que la libertad es, ante todo, una exigencia de carácter. Para que la autonomía sea real, requiere personas dispuestas a soportar la soledad del juicio propio, a cultivar la paciencia intelectual frente a la inmediatez de las consignas y a asumir la responsabilidad individual como un deber irrenunciable —porque la libertad sin responsabilidad es una contradicción—; requiere la capacidad sobria de responder por los actos propios sin traspasar la culpa a abstracciones sociales o tutelas de alguna organización, mucho menos estatal, por muy bienintencionadas que parezcan.
Es simple: ninguna constitución ni diseño institucional sostendrá la libertad si los individuos renuncian a la musculatura moral necesaria para vivirla. Si preferimos la paz amortiguada de la protección permanente antes que el riesgo de valernos por nuestro propio criterio, habremos entregado lo más valioso de nuestra condición humana sin necesidad de que nadie nos lo arrebate por la fuerza. La libertad solo perdura allí donde existen ciudadanos que consideran que la molestia de pensar y decidir por sí mismos vale infinitamente más que el consuelo de una obediencia cómodamente amueblada.
Mariangel Sophia Carvajal, politólogo de la Universidad de los Andes (ULA) y Coordinadora Local Senior de EsLibertad Venezuela.
“(…) Los terremotos del 24J demostraron que el centralismo gubernamental no solo es ineficiente, sino peligroso. Pese a ello, en medio de las ruinas, (…) bastó la coordinación espontánea de millones de voluntades autónomas —fuera y dentro del país— para salvar vidas allí donde el Estado solo ofreció escombros..”
El terremoto doble del pasado 24 de junio sacudió a Venezuela: destruyó edificios, arrebató vidas y ocultó bajo los escombros a muchas personas que, a día de hoy, siguen desaparecidas, y es probable que muchas sean encontradas sin vida. Aunque es cierto que los milagros, después de cinco días, hasta el 29 de junio, siguen sucediendo, porque aún aparecen personas con vida, no es menos cierto que se pudieron haber salvado más vidas si el Estado venezolano hubiese permitido que las personas se prepararan para ello —quizá hasta incentivándolo él mismo—. Por esta razón, podemos afirmar que los sismos también sacudieron al régimen venezolano encabezado ahora por Delcy Rodríguez, a la infraestructura institucional y al chavismo en general; dos cosas quedaron demostradas: por un lado, el deterioro acumulado en 27 años de chavismo, por otro lado, el alto nivel de indiferencia hacia el sufrimiento de la sociedad venezolana.
Actualmente, según la ONU, asciende a 50.000 personas la cifra de desaparecidos a raíz del terremoto; además, un estudio preliminar publicado por la NASA indica que unos 59.000 edificios sufrieron daños estructurales (EFE, 2026). Ahora bien, hablando de heridos y de muertes confirmadas hasta el 01 de julio por Jorge Rodríguez, quien es presidente de la Asamblea Nacional chavista: hay 11.267 heridos y 2.295 muertos (página web de la AN, 2026). Sin embargo, organizaciones internacionales como las Naciones Unidas (Efecto Cocuyo, 2026) o la Organización Panamericana de la Salud (El Nacional, 2026), apuntan que las cifras son superiores y que ha habido un registro inadecuado de víctimas, siendo totalmente probable que el régimen venezolano altere datos. Asimismo, la OIM estima que los terremotos afectaron aproximadamente a 6,76 millones de personas (Efecto Cocuyo, 2026). Estas cifras son importantes para dimensionar lo que significó el terremoto en Venezuela, porque, a pesar de que los eventos sísmicos significan y pesan diferente para cada país, la diferencia radica especialmente en el nivel de preparación frente a desastres, insumos en hospitales y construcción segura antisísmica de los edificios.
Tras los destructivos sismos, muchos venezolanos salieron a ayudar a sus compatriotas con recursos escasos y conocimientos limitados. Sin embargo, el deseo de cooperar y la premura de ayudar a aquellos entre los escombros, superó a la coordinación macro necesaria -que no existió- para responder con efectividad, especialmente ante un Estado incapaz de actuar en favor de los necesitados.
Ahora bien, esta desconexión entre la voluntad civil y la parálisis institucional no es un fallo accidental, sino la consecuencia directa de la práctica de un modelo ideológico que hemos vivido los venezolanos desde hace mucho, a saber: el socialismo. En esta catástrofe, Venezuela ha demostrado, una vez más, que la promesa de un Estado protector que lo gestiona todo es, en realidad, una ilusión peligrosa que, en última instancia, también termina por socavar la capacidad de coordinación de la sociedad civil. Para desentrañar tal dinámica es útil analizar el marco conceptual de Hayek en torno a la planificación estatal —siempre en detrimento de la descentralización—.
En este sentido, Hayek plantea que la planificación dirigida por el Estado contiene dos principios, a saber: (1) que debe existir una igualdad absoluta y completa de todos los individuos; y (2) que la gente considere que esa igualdad sea deseable (citado por Borgucci, E., 2012). No obstante, es claro que esa igualdad es imposible de lograr, por tanto, “el discurso del planificador planteará entonces una lucha por una mayor igualdad. En consecuencia, el Estado planificador se debe hacer cargo en su totalidad de las personas a quienes les sirve. Es decir, el Estado planificador tiene ante sí un problema político central” (Hayek, citado por Borgucci, E., 2012, p.360).
¿Qué quiere decir lo anterior? Que el Estado, bajo la premisa planificadora y de la “igualdad”, terminará centralizando todo el poder en su afán y deseo de controlar lo que sucede en la economía del país, lo cual implica, también, darse vía libre a controlar precios, expropiar propiedades, controlar inclusive, en situaciones extremas, donaciones. No obstante, a pesar de todos los esfuerzos que pueda hacer el planificador central restringiendo y regulando todo —o eso intenta—, chocan con una realidad que ya Ludwig von Mises explicó a principios del siglo XX, esto es: sin precios libres, realizar cálculos económicos es sencillamente imposible, y, por tanto, que se asignen correctamente los recursos al tiempo oportuno. Todo ello responde al hecho de que, como también señala Hayek, “ningún planificador central podría poseer suficiente información para lograr la eficiencia (Trescott, P., 2021)”. Es decir, solo se centralizaría el poder, se intentaría imitar las reglas de decisión de una economía competitiva (Trescott, P., 2021) y se intervendría en la acción del mercado, pero igualmente no se lograría la eficiencia ni la prosperidad mantenida a largo plazo.
Ahora, ¿por qué Hayek relaciona la planificación económica por parte del Estado con el surgimiento del un Estado totalitario? Como bien resume Trescott, P. (2021): “Los esfuerzos por persuadir a la gente para que trabajara en pos de un conjunto común conducirían a la propaganda y a la represión del debate libre y la disidencia. (p.1)”.
Todo esto es precisamente lo que sucede en Venezuela desde hace algunos años. Todos hemos visto la represión a la libertad de expresión y la violación al derecho de la manifestación pacífica —consagrado en la Constitución venezolana en el artículo 68—. En general, se sabe que varios derechos humanos y derechos políticos han sido violados por el régimen venezolano. No obstante, el régimen no solo intentó por años centralizar el poder, la economía, la riqueza, etc., sino que, actualmente, también están cometiendo la insolencia de querer centralizar la ayuda, el rescate de personas que quedaron bajo los escombros de los edificios y la distribución bajo control militar. Se reportaron persecuciones a voluntarios que se inscribieron en plataformas digitales para colaborar como traductores con equipos de rescate internacionales. La presión fue tal que la página que concentraba dichos datos tuvo que cerrarse.
El doblete sísmico del 24 de junio ya ha comprobado que toda esta “planificación central” liderada por el Estado en los últimos 27 años de gobierno chavista no tuvo resultados eficientes ni efectivos, porque la mayoría de los edificios e infraestructuras pertenecientes a la “Gran Misión Vivienda Venezuela” -programa habitacional del chavismo lanzado en 2011 para construir viviendas en sectores populares- colapsaron, específicamente en los sectores Caraballeda y Catia La Mar, que se ubican en el litoral central del país, específicamente en La Guaira, Estado Vargas, que fueron de las zonas más afectadas y destruidas de la región central (Diario Las Américas, 2026). Es importante mencionar que, según el Diario Las Américas (2026): “Al menos dos de las cinco estructuras que forman parte del conjunto de la Misión Vivienda se derrumbaron (p.1)”.
El régimen venezolano comenzó con la planificación central y ha terminado desarrollando poderes dictatoriales con el tiempo. Esto es algo que se sabe desde hace años en el país. Pero los resultados de su dictadura y de su “trabajo”, si bien se han podido percibir anteriormente, por ejemplo, con la escasez de alimentos del año 2016, nunca habían sido tan palpables como esta vez con lo sucedido el pasado miércoles 24 de junio. La falta de un gobierno organizado y preocupado por su gente, fuerzas armadas indiferentes e incapaces de coordinar un rescate básico y los edificios mal construidos. Suma a esto ahora el hecho de que no dejen a la sociedad civil coordinarse y que la misma no esté preparada para responder adecuadamente a la crisis, porque no existen nociones básicas para ello, porque el Estado ha querido arrogarse absolutamente todo para ellos, porque “eran nuestros salvadores”.
El terremoto doble del 24J no ocasionó las ruinas de Venezuela, solo las hizo visibles. Lo acontecido el 24 de junio es la demostración empírica y el ejemplo del fracaso de la planificación centralizada que Friedrich Hayek denunció: un sistema diseñado, establecido y aferrado al poder, netamente enfocado en someter al ciudadano, pero totalmente inútil e indiferente para salvarlo.
En un sistema libre y descentralizado, la competencia y la responsabilidad legal obligan a cumplir normas de construcción que harían que los edificios fueran antisísmicos, es decir, pudieran resistir a sismos. La Gran Misión Vivienda Venezuela fue un proyecto que, en 2014, años después de sus inicios, según Transparencia Venezuela (citada por Diario Las Américas, 2026) alertó: “permaneció cubierto por la desidia y la corrupción (p.1)”. Los edificios colapsados y devastados son el resultado de la falta total de ingeniería de calidad, porque la lealtad partidista y los intereses propios prevalecieron sobre la preocupación por la vida de los ciudadanos que habitarían allí.
Adicionalmente, otra de las tesis de Hayek fue comprobada a través del “orden espontáneo” que sucedió al desastre natural del 24 de junio. Como ya mencioné, los valores del venezolano, la resiliencia y la empatía del mundo para con personas —en gran medida— desconocidas, se unieron por el mismo acontecimiento destructivo que sacudió al país —para aquellos venezolanos que vivieron el terremoto en alguno de los estados sacudidos— y por la solidaridad hacia quien lo perdió todo —para aquellas personas, venezolanas o no, dentro o fuera del país, que se solidarizaron difundiendo lo que había sucedido o donando recursos-; demostraron que el orden espontáneo significa, más allá del mercado o de la economía, humanidad.
Como explica Hayek (1966), el orden espontáneo se fundamenta en la reciprocidad y los beneficios mutuos. A diferencia de los sistemas verticales, su estructura “no se basa en una jerarquía única de fines y, por consiguiente, no asegura, en general, que lo más importante llegue antes que lo menos importante (p.185)”.
A este fenómeno el autor lo define como “Catalaxia”, un término derivado del griego ‘Katallattein’, que significa ‘admitir en la comunidad’ y ‘convertir de enemigo en amigo’” (p.184). Es el orden que emerge espotáneamente del intercambio libre, y lejos de exigir una escala de valores o fines centralizada y unitaria, no requiere planificación central ni jerarquía de fines: basta con que cada persona actúe desde su propio conocimiento, permite que los miembros de una sociedad libre tengan “una buena oportunidad de hacer un uso exitoso de sus conocimientos individuales para el logro de los propósitos individuales que efectivamente tengan.” (Hayek, F., 185)
Ahora bien, se sabe que este caso, tal y como lo describe Hayek, no es el caso de Venezuela, pero frente al evento extraordinario que sucedió, los venezolanos antepusieron la preocupación por la vida a la preocupación por ser perseguidos por las fuerzas armadas del país. Y es precisamente allí donde se relaciona lo citado anteriormente con el terremoto en Venezuela. Mi país fue testigo de una catalaxia en su estado más puro y urgente, por cuanto, ante la parálisis y la indolencia del centralismo gubernamental, los venezolanos se movilizaron de forma autónoma para ayudar a sus semejantes. Cada individuo activó su conocimiento local: unos mapeando zonas de desastre en redes sociales, otros difundiendo listas de desaparecidos, otros viajando de otros estados del país para ayudar, y muchos arriesgando su vida en los escombros. El propósito individual de algunos era encontrar a su familia; el de otros, el impulso voluntario de salvar a un extraño; y el de unos últimos, el sentimiento de deber moral de ayudar donando a aquel que lo había perdido todo. Y lo único que limitó esta respuesta ciudadana fue el mismo Estado —en el pasado y ahora—. Con todo, sin un plan central, la libre convergencia de estos fines particulares dio forma a un orden espontáneo de rescate que ha logrado que todo el mundo mire a Venezuela, mire a los damnificados y tenga un nuevo propósito individual: ayudar.
Los terremotos del 24J demostraron que el centralismo gubernamental no solo es ineficiente, sino peligroso. Pese a ello, en medio de las ruinas, la ausencia de autoridades en las primeras horas y la indiferencia estatal, quedó en evidencia la mayor lección hayekiana de nuestra historia reciente: Mi país fue testigo de una catalaxia en su estado más puro y urgente. Bastó la coordinación espontánea de millones de voluntades autónomas —fuera y dentro del país— para salvar vidas allí donde el Estado solo ofreció escombros.
BBC News Mundo. (2026). Así te lo contamos: asciende a más 1.900 el número de muertos tras los terremotos en Venezuela mientras disminuye la esperanza de hallar sobreviviente. En: https://www.bbc.com/mundo/live/czxq45p430lt
Borgucci, E. (2012). La descentralización en el discurso (neo)liberal entre 1940 y 1980. Espacio Abierto, vol. 21, núm. 2. Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. En: https://www.redalyc.org/pdf/122/12222378007.pdf
Issing, O. (1999). Hayek – Competencia monetaria y Unión Monetaria Europea. Discurso del profesor Otmar Issing, Conferencia Anual en Memoria de Hayek, organizada por el Instituto de Asuntos Económicos. En: https://www.ecb.europa.eu/press/key/date/1999/html/sp990527.en.html
Damelys Malave, líder de capítulo Ladies Of Liberty Alliance Aragua
“En tiempos donde abundan los discursos que prometen grandes transformaciones sociales a costa de limitar libertades individuales, conviene recordar [que] la dignidad humana (…) pertenece a cada persona.”
Damelys Malave
En los debates políticos contemporáneos se ha vuelto común escuchar que poner al individuo en el centro de la sociedad es una postura egoísta, insensible o incluso contraria al bienestar colectivo. Desde distintas corrientes ideológicas se afirma que la verdadera justicia solo puede alcanzarse cuando los intereses individuales ceden ante las necesidades del grupo, la comunidad o la sociedad en su conjunto. Sin embargo, detrás de esta idea aparentemente noble se esconde una contradicción, a saber, el hecho de que es imposible defender la dignidad humana mientras se ignora la dignidad de cada ser humano concreto.
Con frecuencia se habla de «la sociedad», «el pueblo», «la comunidad» o «el colectivo» como si fueran entidades con existencia propia, separadas de las personas que las conforman. Pero la realidad es mucho más simple: la sociedad no es otra cosa que el conjunto de millones de individuos con sueños, aspiraciones, necesidades y proyectos de vida diferentes. Cuando se afirma que el bienestar colectivo debe prevalecer sobre los derechos individuales, inevitablemente surge una pregunta incómoda: ¿quién decide qué es lo mejor para todos?
La historia ofrece numerosas advertencias. Algunos de los mayores abusos contra la dignidad humana han sido cometidos precisamente por movimientos que aseguraban actuar en nombre del pueblo, de la igualdad o del bien común. Una vez que se acepta la idea de que ciertas personas pueden ser sacrificadas por un objetivo superior, los derechos dejan de ser universales y se convierten en concesiones sujetas a intereses políticos. Quienes disienten pueden ser silenciados, quienes piensan distinto pueden ser excluidos y quienes se resisten pueden ser obligados a obedecer, todo bajo la justificación de servir a una causa mayor.
Resulta paradójico que muchos de los discursos que afirman defender la dignidad humana terminen negando la capacidad de las personas para tomar decisiones sobre sus propias vidas. Se asume que individuos, familias y comunidades no son capaces de elegir correctamente y que, por tanto, una autoridad debe dirigirlos hacia el camino adecuado. Bajo esta lógica, la libertad se percibe como un riesgo y la autonomía como un problema. Pero tratar a las personas como incapaces de decidir por sí mismas no es una forma de proteger su dignidad; es una forma de negarla.
La verdadera dignidad humana implica reconocer que cada persona posee valor por sí misma, independientemente de su utilidad para una causa política, económica o social. Significa aceptar que los seres humanos no son piezas de un tablero ni recursos que pueden movilizarse según los intereses de quienes ostentan el poder. Cada individuo tiene derecho a pensar, elegir, equivocarse, aprender y construir su propio proyecto de vida.
Esto no significa ignorar los problemas colectivos ni abandonar la solidaridad. Por el contrario, las sociedades más fuertes son aquellas en las que las personas cooperan libremente, se ayudan mutuamente y participan activamente en la solución de los desafíos comunes. La diferencia es que dicha cooperación surge del respeto mutuo y no de la imposición.
En tiempos donde abundan los discursos que prometen grandes transformaciones sociales a costa de limitar libertades individuales, conviene recordar una verdad fundamental: la dignidad humana no existe en abstracto. No pertenece a los colectivos, a los partidos o a las ideologías. Pertenece a cada persona. Y cualquier proyecto que pretenda defenderla debe comenzar por respetar al individuo, porque no hay humanidad que proteger si primero se sacrifica a los seres humanos que la conforman.
Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP
“No soy la víctima que hay que salvar, ni la ciudadana dócil que aplaude a los subsidios mientras recurren a ellos con la promesa de seguridad. Soy esa contradicción que usted no sabe cómo manejar: una mujer a la que no tiene que pedir permiso para existir, decidir, crear y prosperar.”
Lourdes N. Romero L.
Bolivia, mayo de 2026. Escrita sin permiso, sin formulario y sin esperar turno.
Su omnipresente y siempre bien intencionado Estado:
Escribe una mujer. No una “beneficiaria.” No una “protegida.” No un número práctico para sus discursos de inclusión. Escribe para usted una mujer libre, o al menos una que se empeña en serlo a pesar suyo. Sé que le incomodo. Porque no encajo en su relato. No soy la víctima que hay que salvar, ni la ciudadana dócil que aplaude a los subsidios mientras recurren a ellos con la promesa de seguridad. Soy esa contradicción que usted no sabe cómo manejar: una mujer a la que no tiene que pedir permiso para existir, decidir, crear y prosperar. Y eso, Excelencia, desbarata su narrativa. Fue usted muy hábil en apropiarse del lenguaje de la justicia. Se autonomiza concentrando poder. Habla de igualdad mientras decide a quién se le dan oportunidades y a quién debe hacer cola en la eternidad de la burocracia. Nos promete voz, siempre y cuando repitamos su guion. Pero yo no quiero su guion.
No estoy interesada en su versión de libertad administrada, esa que viene con condiciones, con formularios, con límites invisibles pero muy reales. No quiero protegerla si a cambio tengo que venderle mi independencia . No quiero su ayuda si para obtenerla tengo que convertirme en dependienta crónica de sus decisiones. Porque aunque le moleste, yo puedo valerme por mí misma. Y no, no gracias a usted. A pesar suyo.
Con todo y sus normas que hacen cuesta arriba emprender. A pesar de todas sus políticas que penan al que produce. A pesar de su obsesión por meterse hasta en los lugares en que las mujeres hemos demostrado, una y otra vez, que no precisamos de tutores. Usted se empeña en tratarnos como si fuésemos frágiles. Como si la libertad fuera demasiado peligrosa para nosotras. Como si hiciera falta un Estado poderoso que supla unas supuestas debilidades que, para ser honesto, fue usted quien inventó para justificarse. La historia, la verdadera, no la que usted reescribe, está repleta de mujeres que avanzaron no porque el poder las guiara, sino porque lograron esquivarlo. Mujeres que edificaron, comerciaron, lideraron y pensaron con libertad, aun cuando el mundo estaba diseñado para bloquearles el paso. Eso no fue gracias al Estado. Fue a pesar de él. Y miren, aquí estamos otra vez. Y no por más control, sino por menos. No estamos pidiendo privilegios, sino exigiendo reglas claras. No para que nos protejan, sino para que defendamos nuestra autonomía. Porque decimos, «entendimos algo que a usted le resulta peligroso»:
La igualdad verdadera no se genera por intervención. Se genera por respeto a la libertad de cada individuo.
Nos ofrece inclusión; nosotras exigimos autonomía. Aquí nos da programas. Allí nosotras creamos proyectos. Nos da discurso. Nosotras pagamos las consecuencias. Nos da protección. No la necesitamos.
En ese contraste, Excelencia, se empieza a resquebrajar tu modelo. Porque cada día somos más las mujeres que ya no miramos al Estado como el salvador, sino como aquello que muchas veces es: un impedimento elegante. Ataviadas con un elegante traje de buenas intenciones. Con discursos feministas en los labios y burocracia en los dedos.
Una barrera que hace que nuestras elecciones sean más costosas, restringiendo nuestras oportunidades, y luego, sonriente, intenta adjudicarse el mérito cuando, a pesar de todo, conseguimos avanzar para salir.
Pero hay algo que hasta ahora no calculó del todo: una mujer que deja de depender, deja de temer. Y una mujer que deja de tener miedo, deja de obedecer sin cuestionar. Y una mujer que deja de obedecer ciegamente, es para determinados poderes, el problema más difícil de gestionar.
No me verá en sus estadísticas de “beneficiarios”. No verá mi nombre en las listas de sus programas. No me necesita para su relato, por eso y sólo por eso soy libre.
Libre para pensar en lo que me dicen los datos, y no lo que me dicen que debo pensar según el guion oficial. Libre para salir a hacer las cosas sin pedirle permiso. Libre para salir adelante sin reconocerle el favor. Libre para existir fuera de sus categorías.
Y esa libertad, por más que intente usted regularla, redefinirla o apropiarse de ella a través de algún decreto perfectamente redactado, no le pertenece a usted.
Nunca fue de su propiedad. Con una claridad incómoda para muchos y con una convicción sólida y no negociable, Una mujer que no necesita que la representen. Que no se deja administrar. Que no quiere que le concedan su libertad a plazos. Y con su nombre real firma esto ella y no con el que le asignaron en algún formulario.
Damelys Malave, líder de capítulo Ladies Of Liberty Alliance Aragua
“(…) el problema no es que el Estado ayude mal, sino que la naturaleza de la ayuda estatal tiende a generar distorsiones inevitables.”
Damelys Malave
Hay una idea profundamente arraigada en la política moderna sobre que el Estado está allí para ayudar; ayudar a los más vulnerables, ayudar a corregir desigualdades, ayudar a tomar decisiones “mejores”, ayudar a todos… y suena bien, de hecho, es una de las pocas premisas que rara vez se cuestionan.
Pero hay una pregunta incómoda que casi nunca se hace: ¿qué pasa cuando esa ayuda no solo falla, sino que empeora la situación? La historia muestra que cada vez que el Estado asume el rol de protector activo, termina acumulando poder, desplazando decisiones individuales y generando efectos que no estaban en el plan original. Esto es un patrón claro, no un accidente, y nos indica que cómo funcionan los incentivos del Estado, que llevan a lo antes descrito.
Tomemos el caso de la Unión Soviética (URSS): la premisa inicial era precisamente «ayudar», garantizar empleo, acceso a bienes, estabilidad. Para lograrlo, el Estado tuvo que intervenir en todo: producción, precios, distribución. Sin embargo, el resultado fue un sistema donde la escasez era permanente y las decisiones individuales prácticamente desaparecieron. Es decir, la ayuda no solo falló, sino que creó una estructura incapaz de sostenerse.
Pero el problema no es exclusivo de sistemas extremos. Aparece cada vez que se intenta sustituir decisiones individuales por decisiones centralizadas. Por ejemplo, cuando un gobierno fija precios “para ayudar”, lo que hace es distorsionar la señal que guía la producción; cuando regula comportamientos “para proteger”, reduce el margen de elección; cuando subsidia de forma permanente “para aliviar”, crea dependencia; y en cada uno de esos casos, el efecto acumulado es el mismo: menos autonomía, menos dinamismo, menos capacidad de adaptación.
Al final, el punto que debemos tener en cuenta al analizar las consecuencias de la intervención estatal es el siguiente: el Estado no opera en abstracto, más bien opera a través de sus propias reglas internas y esas reglas cambian el comportamiento de las personas en la sociedad. En este marco, si obtener beneficios depende de cumplir condiciones diseñadas por una burocracia, las personas ajustan su conducta a esas condiciones; si el riesgo es sistemáticamente reducido por intervención estatal, también se reduce el incentivo a innovar; y si las decisiones importantes son tomadas por otros, la capacidad de decidir se atrofia. Y esto no se trata de ideología, sino de hechos.
Incluso en contextos donde las políticas de ayuda han tenido efectos positivos en el corto plazo, el problema aparece en el largo plazo. Recordemos, por ejemplo, la Gran Sociedad impulsada por Lyndon B. Johnson logró ampliar el acceso a ciertos servicios, pero también dejó una discusión abierta sobre los efectos de dependencia generados por algunos de sus programas. No porque las personas “quieran depender”, sino porque el sistema está diseñado de esa forma. Entonces, el problema no es que el Estado ayude mal, sino que la naturaleza de la ayuda estatal tiende a generar distorsiones inevitables, porque, para ayudar, el Estado necesita decidir: (i) quién necesita ayuda, (ii) cuánta ayuda y (iii) en qué condiciones, y esas decisiones, por definición, sustituyen las decisiones individuales.
Frente a esto, muchas veces se propone “mejorar el diseño” de las políticas, con el fin de hacerlas más eficientes, más focalizadas, más inteligentes. Pero eso no resuelve el problema de fondo, a saber: sigue siendo una estructura donde alguien decide por otros.
Por consigiente, la alternativa no es la indiferencia, como suele caricaturizarse. Es otra forma de organización social donde la ayuda no pasa por el control centralizado, sino por mecanismos descentralizados: mercados, redes sociales, cooperación voluntaria, innovación, espacios donde las soluciones emergen desde abajo, no se imponen desde arriba.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania Occidental no reconstruyó su economía sobre la base de un Estado que decidiera todo, sino sobre reglas que permitieran a los individuos decidir. Esa diferencia —aparentemente técnica— fue determinante, porque, al final, la pregunta no es si ayudar es bueno o malo, sino quién decide, cómo decide y qué se pierde en el proceso. Y la respuesta, una y otra vez, es la misma: cuando el Estado asume el rol de quien ayuda, inevitablemente asume también el poder de controlar, y ese poder, una vez que aparece, rara vez retrocede.
María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)
“Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.”
María José Salinas
Hay una mentira que se ha repetido hasta el cansancio y ya suena como verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad. Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos” … lo dicen con tal convicción que dudar de ello casi parece un acto de mala fe. Pero esa seguridad absoluta es justamente lo que debería ponernos en alerta, porque apropiarse del lenguaje de la libertad no es lo mismo que defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa: vender libertad en las palabras y estrangularla en los hechos.
La verdadera libertad, esa que incomoda, la que no pide permiso, nunca salió del colectivismo, sino que nació de una idea simple y radical: cada individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo vieron con una claridad que hoy muchos prefieren ignorar; si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es solo un favor que te hace el poder.
Por eso la libertad no se puede partir en pedazos. No puedes exigir control absoluto sobre tu cuerpo y al mismo tiempo aceptar que el Estado te quite, como si nada, el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras decretas qué opiniones son aceptables y cuáles merecen cancelación. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, inflar el Estado hasta convertirlo en el gran tutor, juez y carcelero de la vida ajena.
La libertad auténtica es indivisible, y eso es lo que más les molesta. Les molesta a los progresistas porque les obliga a soltar su vicio favorito: meterse en la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también le molesta a cierta derecha que todavía cree que puede legislar la moral privada desde el Congreso.
El cuento oficial es demasiado conveniente: izquierda = liberación; derecha = opresión. Y millones lo repiten sin tomarse la molestia de revisar la historia. Pero eso pasa porque saben que la historia no perdona. El Che y Fidel hoy convertidos en camisetas fashion persiguieron, metieron a la cárcel y mandaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba, se fusilaba o se enviaba al gulag. Y no era la excepción a la regla, era el resultado lógico de darle poder absoluto a quien se cree poseedor de la verdad.
Cuando el poder se concentra tanto, la libertad deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio que te pueden quitar cuando les dé la gana. Y hoy ese proceso ya no necesita disfraces; en Cuba, Venezuela y Nicaragua el progresismo se quedó sin eufemismos: el que piensa diferente es reprimido, censurado o encarcelado por el sistema, sin rodeos.
Mientras tanto, el circo sigue. Artistas, influencers y activistas llegan de países con economías más o menos abiertas se hospedan en hoteles emblemáticos de lujo como el Nacional, el Meliá o el Bristol Habana Vieja con piscinas, aire acondicionado y luces que nunca se apagan, y usan los mismos recursos (agua, electricidad, comida y combustible) que el régimen debería destinar a la población. Todo esto mientras Cuba atraviesa una de las peores crisis humanitarias en décadas: apagones masivos que han dejado a millones sin luz por 12, 16 o hasta más de 20 horas, alimentos que se pudren sin refrigeración, colas eternas para un pedazo de pan y una escasez de combustible que ya tiene al país al borde del colapso.
Desde su burbuja climatizada, posan para Instagram y luego le exigen “resistencia” y “soberanía” al cubano de a pie que lleva más de sesenta años aguantando la misma tiranía, y que ahora, en pleno 2026, apenas sobrevive entre velas, hambre y oscuridad.
Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.
Ese contraste no es una simple anécdota, es la radiografía moral del progresismo contemporáneo: más apegado a su narrativa que a la realidad, más interesado en mantener su aura de superioridad ética que en reconocer los hechos que le estallan en la cara.
En México la trampa es aún más fina y cínica. Se habla de más gasto público, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente importante el Estado de derecho sigue brillando por su ausencia. No faltan leyes, faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas bonitas, sobran incentivos torcidos.
Al final, tanto el paternalismo progresista como el moralismo conservador comparten el mismo pecado de fondo: no confían en el individuo. Uno quiere criarlo con subsidios y el otro vigilarlo con prohibiciones. Los dos terminan asfixiándolo.
Por eso la frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso, sino una contradicción en los huesos. La libertad no se divide. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.
Mientras México siga atrapado en esa falsa pelea izquierda-derecha, seguiremos dando vueltas en el mismo hoyo. El verdadero cambio no llegará cambiando de partido. Llegará cuando por fin cambiemos las ideas que nos han llevado al fracaso una y otra vez.
Los países que sí avanzaron Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia no lo hicieron concentrando más poder, sino liberando al individuo. Los resultados saltan a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el espejo más cruel de lo que pasa cuando se lleva la idea contraria hasta el final.
México no necesita más gobierno, sí menos ilusión. Necesita entender de una buena vez que la libertad no se pide, se ejerce; que los derechos no se negocian por subsidios; y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.
«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo ya sea una raza, una clase o un Estado. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”, expresó Ayn Rand en una oportunidad.
El problema de fondo nunca ha sido solo quién gana las elecciones. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con una crudeza brutal. Es tiempo de que como ciudadanos tomemos la responsabilidad del futuro de nuestros países. Leer, cuestionar e informarnos debería ser obligación y regla para ejercer un voto consciente y con la responsabilidad que ello implica.
Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.
“El problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo (…), es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros.”
Roymer A. Rivas B.
Hace unas semanas publiqué un video corto[1] donde explicaba que el pecado original fue un acto socialista, por cuanto arremetió en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto del árbol del medio del jardín, “del conocimiento de lo bueno y lo malo” que él había estipulado que no comieran (Gn. 2:16-17; 3:2-3). En el mismo, sostengo que al Dios haber establecido un límite en los frutos que podían comer Adán y Eva, pues podían alimentarse de todos menos de uno, en realidad Dios estaba estipulando límites de propiedad. Ergo, el pecado original es un acto socialista.
Tras ello, me han respondido[2] recordando el texto de Salmos 24:1, donde David declara la soberanía de Dios sobre todo, afirmando que “De Jehová[3] es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”, para luego sostener que, como “Dios es creador de todo y, por tanto, propietario de toda la tierra”, entonces “el pecado de Adán no fue que violo la propiedad de Dios porque nada que tenía Adán era realmente suyo, sino de Dios”. En este orden de ideas, sostienen que Jehová solamente “puso a Adán como administrador de su creación”, por lo cual, —he aquí el intento de refutación a lo que expresé en el video— “el pecado de Adán fue el de desobedecer a Dios porque le dijo que de todo árbol puedes comer menos [el del conocimiento de lo bueno y lo malo]”, y añade: “su pecado fue su desobediencia. Como explica Tertuliano: ‘si Adán y Eva hubieran amado de verdad al señor no habían contravenido su precepto’”, por tanto, el mandato “era una prueba de amor y fidelidad que Adán y su Esposa no pasaron”. Es decir, el pecado original “no tiene nada que ver con el socialismo o la propiedad”, y me acusa de incurrir en anacronismos[4] al hablar del tema.
No obstante, esta posición incurre en algunos errores que son necesarios matizar, en aras de comprender mejor el mensaje de la Biblia, o al menos lo que así se me presenta en este momento. Argüiré el asunto, en favor, evidentemente, de lo que sostuve en el video, de una manera más estructurada, respondiendo, a su vez, a los argumentos que —respetuosamente— explica Moisés. Si bien, aclaro que mucho en este tema necesita de un rigor que no podré resumir en pocas líneas —precisamente por ello los desarrollo en un libro que, espero, pronto vea luz—, así que me limitaré al orden lógico primario de los argumentos, sostenidos en la Biblia —no puede ser de otra manera—, e invito al lector a seguir profundizando en el tema, o a preguntarme, que yo en algún momento saco tiempo y respondo con gusto. Sin más, comienzo.
Sobre la administración, la propiedad, el fruto y la desobediencia
Cuando Dios crea a Adán y Eva, les da potestad para regir el planeta entero, incluyendo todo lo que hay en él, menos regir sobre sus iguales, es decir, sobre otros seres humanos. Dios habla directamente con los seres humanos, y no otra criatura, para decirles que tienen toda clase de alimentos, que nombre al resto de animales y administren el jardín, con el objeto de extenderlo por toda la tierra (Gn. 1:29-30; 2:19-20), únicamente recibiendo el mandato de no comer del fruto. Naturalmente, los primeros seres humanos eran administradores de lo que Dios había creado, pero se incurre en un falso dilema cuando se pretende separar la “desobediencia” con la “violación de propiedad”, porque éstos no son conceptos excluyentes, más bien, el segundo es la manifestación concreta del primero. Es decir, ellos eran administradores, pero todo administrador opera bajo una jurisdicción limitada, por tanto, el error de Adán y Eva no fue solo la “desobediencia”, así en abstracto, sino un acto de usurpación.
Para comprender esto cabalmente, es necesario entender primero una cosa: el árbol del bien y el mal representaba la potestad de Dios de establecer lo bueno y lo malo, las leyes, y no el “conocer lo bueno y lo malo” en sí mismo —no tendría sentido que Dios juzgara a Adán y Eva por un “mal” que ellos no tenían capacidad de conocer sino hasta después de “pecar”; Adán y Eva sabían lo que era bueno y malo, y precisamente por eso estaban conscientes de que no debían comer del fruto—. En consecuencia, cuando Adán y Eva comen del fruto, más allá de romper los términos del “contrato de administración” —por decirlo de alguna forma—, en realidad se rebelaban en contra de la autoridad de Dios para estipular las leyes que iban a regir la conducta humana. Algo curioso es que la Biblia no da más información del árbol, pero eso es porque la misma interesa, no como objeto-personaje de la historia, sino como símbolo. Lo que cuenta aquí es la prohibición en sí misma, la expectativa de obediencia del humano a Dios, de respetar el límite impuesto. Como ya he explicado: “el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo en realidad simboliza el singular y explicito derecho de Dios de determinar o fijar los parámetros que definen el bien y el mal —que es igual a lo que Dios aprueba o no—. Ergo, el human no es que no podía conocer lo bueno y lo malo, más bien podía conocerlo y debía respetar que el único con la potestad de fijar las normas que fijarían la línea entre lo que estaba bien y lo que estaba mal era su Creador, un límite que, por cierto, se traduciría en una vida plenamente disfrutable, libre de todo el sufrimiento que acompaña a la enfermedad y la muerte.” Cuando comen del fruto (Gn 3:5-6), se rebelan en contra de ello.
Adán y Eva querían “ser como Dios”, establecer ellos mismo lo correcto e incorrecto, las leyes, los mandatos; el “conocimiento del bien y el mal” no se refiere a la capacidad cognitiva de distinguir entre un acto bondadoso y uno cruel —ya ellos tenían esa capacidad, sino no podrían ser juzgados, porque no habría pecado—, sino a la potestad legal y moral de definir qué es legal y qué es ilegal. En términos jurídicos, Dios era el propietario del jardín, y al comer del fruto, Adán y Eva no solo cometieron un robo —violación de la propiedad—, sino un acto de rebelión política. Al querer “ser como Dios”, buscaban la facultad de dictar sus propios códigos morales.
He aquí, precisamente, el porqué expreso lo que expreso en el video: el problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo —y si cabe, lo matizo, porque el problema per sé no es el socialismo, sino el estatismo—, es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros. Es precisamente por ello que destaqué el versículo de Eclesiastés 8:9, porque el mal de la humanidad, según la Biblia, se debe a que el “hombre se ha enseñoreado sobre el hombre para perjuicio suyo”. Antes del pecado, no existía el concepto de un humano gobernando a su semejante, pero sí existía una jerarquía funcional con Dios; esto es: de cara a la relación Dios-humano, había jerarquía, pero de cara a la relación humano-humano, existía una igualdad total, ante la ley —si cabe, y reservándome los comentarios que tengo al respecto de dicha “igualdad ante la ley”—. En suma, al querer definir ellos mismos estipular lo “bueno y lo malo”, abrieron la puerta a la tiranía; el pecado original fue una declaración de independencia fallida que resultó en la esclavitud del humano por el humano; al rechazar el orden establecido por Dios, quedaron a merced de los caprichos legislativos de sus semejantes.
Sobre Dios, las leyes y el Estado
No es casualidad que Jesús haya mantenido una postura de separación radical del poder político de su tiempo, porque su reino “no era parte de este mundo” (Jn. 18:36). Cuando Satanás lo tienta ofreciéndole todos “los reinos de este mundo” —y nadie ofrece algo que no le pertenezca (ver: 2 Cor. 4:4)—, los rechaza por completo. De hecho, si se interpreta bien Romanos 13, que a menudo se usa para apoyar al Estado, lo que realmente estaba diciendo Jesús era: “Si tiene la cara del César, es de él; pero ustedes son imagen de Dios, por tanto, no le pertenecen al Estado”, siendo una respuesta evasiva que deslegitimaba el reclamo absoluto del Estado sobre el individuo. Es más, el mismo Jesucristo criticó el legalismo en el que habían incurrido los supuestos maestros que debían guiar al pueblo en su relación con Dios, porque se había perdido el sentido originario de la ley (Mat. 23:4, 13, 23-24, 27-28; Mc. 2:27; 7:8-9).
Hablando de ley, antes de Saúl —el primer rey—, los israelitas, en calidad de pueblo escogido de Dios, no tenían un gobierno central, ni impuestos permanentes, ni ejército profesional, pero sí tenían jueces que fungían como líderes y guías en la resolución de conflictos basados en el Torá —leyes ya dadas, en algunos aspectos rígidas, porque tampoco puede ser de otra manera— y la costumbre —énfasis en: costumbre, derecho consuetudinario—. Cuando el pueblo pide un rey, Dios le dice a Samuel que lo han rechazado directamente, y Samuel pasa a describir lo que hace un Estado: “Tomará a sus hijos… tomará sus campos… y tomará sus diezmos” (1 Sam. 8), siguiendo con la narrativa originaria del surgimiento del Estado como una apostasía —no por nada en el Armagedón, que, según se cree, será la confrontación entre el Reino de Dios y los “reyes de la tierra”, es para hacer una limpieza del mal estatista y establecer el orden originario, anárquico, bien entendido—.
La historia de la Biblia es, en gran medida, la historia de la resistencia del individuo —guiado por Dios— frente a la arrogancia del poder político. Adán quiso legislar, y eso derivó en todo lo que conocemos hoy; Nemrod quiso centralizar el poder, institucionalizando, de manera primitiva, el Estado; Israel pidió un rey y fue advertido de la esclavitud estatal; Jesús rechazó la corona terrenal y propuso una ley basada en el individuo y la propiedad. Y si el hombre no tiene derecho a enseñorearse del hombre (Ec. 8:9), entonces el Estado es, teológicamente hablando, una anomalía o un acto de rebelión continuado, “la institucionalización del Diablo en la tierra” —como sostengo en otro lugar—.
Sobre el anacronismo
Dicho lo anterior, solo queda responder a la acusación de incurrir en una anacronía, al hablar del socialismo, el pecado original, el Estado, entre otros. Y esto no amerita más que decir que en ningún momento se dice que Adán y Eva fueron socialistas por lo que hicieron, tan solo se comparan los actos, vistos con los lentes de hoy, para resaltar similitudes. Una cosa es decir que ciertos actos o ideas colindan o se asemejan de alguna manera con los conceptos del presente, y otra muy distinta decir que esos conceptos existían en el pasado. Naturalmente, no puede haber análisis histórico sin lentes del presente, porque es desde el hoy que se analizan las cosas; entonces, la responsabilidad de quien emite juicios de valor al respecto es saber separar los conceptos y atenerse a las comparaciones lógicas, resaltando similitudes. Es esto lo que he hecho, no un anacronismo. La Biblia, con todos sus personajes, no es socialista, ni liberal, pero sí es cierto que muchos de sus principios o enseñanzas se pueden comparar con los principios de esos conceptos del presente. Para ser más rigurosos, lo que estoy haciendo es una tipología analítica, porque identifico constantes en la historia y la naturaleza humana —bíblicamente hablando, en este caso— para darles nombre con el léxico técnico que poseemos hoy.
Bíblicamente hablando, el socialismo, derivado del estatismo, como fenómeno de control centralizado que erosiona la propiedad y atenta contra la libertad, es una manifestación de una inclinación humana mucho más antigua. En otras palabras, el principio de usurpación de autoridad, que se adhiere a sí misma una supuesta legitimidad para estipular el bien y el mal, operaba antes de que Marx, Proudhon, o cualquier otro teórico socialista, escribieran una sola palabra. Nadie puede acusarme de incurrir en anacronismos por usar el término “socialismo” o “estatismo” como una herramienta de diagnóstico para describir la actitud de Adán —si se me permite la alegoría, es como si estuviese usando un microscopio moderno para ver una bacteria antigua; la bacteria siempre existió, pero el microscopio me permite nombrarla y entender su comportamiento—. Si nos acercamos a la Biblia con actitud correcta, repararemos en que la misma sí establece fundamentos sobre los cuales se construyen, o se pueden analizar, las ideologías modernas —como el principio de no agresión, la soberanía del individuo, entre muchos otros etc.—, y con esto en mente, yo puedo afirmar que cualquier sistema que intente obligar a las personas a someterse a leyes humanas arbitrarias —lo que hoy llamamos estatismo desde el libertarismo— es una repetición del patrón de rebelión del Génesis. Es lamentable que muchos estudiosos de la Biblia, creyéndose a sí mismo eruditos, no sepan hacer esta distinción en el momento de su estudio, porque confunden dogma —lo que la iglesia dice que pasó— con el análisis de las implicaciones del acto.
[1] Roymer Rivas [@roymer_rivas]. 2025. Adán y Eva arremetieron en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto. Es decir, cometieron un acto [reel]. Instagram. En: https://www.instagram.com/p/DQR-jrxkeQq/ (Cit: 22/01/2026).
[2]Ibidem. Comentario de Moisés Delgado [@moisesdelgado195].
[3] La Biblia dice que el nombre de Dios, traducido al español, es Jehová —o Yawéh— (Sl. 83:18; 113:2; Is. 42:8; entre otros).
[4] El anacronismo trata cuando se sitúa a una persona, objeto, evento o idea en una época histórica a la que no pertenece. Es decir, como el “socialismo” es un concepto de la modernidad, incurro en un error al hablar del mismo en una época a la que no existía el concepto.
María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)
“En la actualidad, ese viejo antisemitismo reaparece camuflado en forma de activismo pro-Palestina que, en demasiados casos, deja de ser crítica política y se convierte en una narrativa abiertamente antijudía.”
María José Salinas
«Los nazis no desaparecieron: solo dejaron de llamarse nazis». La frase incomoda porque apunta a una verdad que preferimos esquivar: el odio rara vez muere. Se recicla; cambia de lenguaje, de consignas y de banderas. Hoy, en plena era de la información, del acceso inmediato a los datos y del activismo digital, seguimos reproduciendo discursos cargados de resentimiento, deshumanización y dogmas morales disfrazados de virtud. Y uno de los odios más antiguos de la historia: el antisemitismo, sigue ahí, intacto, solo que con nuevos disfraces.
El antisemitismo no es una anomalía histórica ni un error aislado. No. Es un patrón. Reaparece con fuerza en épocas de crisis, miedo e incertidumbre colectiva. Durante la peste negra del siglo XIV, por ejemplo, se acusó a los judíos de envenenar pozos. El “indicio” era que enfermaban menos. La explicación real era mucho más simple: normas comunitarias de higiene y rituales de limpieza que reducían los contagios. Pero cuando el miedo domina, la razón estorba. El resultado fue persecución, pogromos y masacres.
Ese esquema se repitió durante siglos. Expulsiones, guetos, prohibiciones legales, deshumanización sistemática. Se les acusó de usureros, traidores o conspiradores globales, muchas veces como consecuencia directa de restricciones impuestas por las propias sociedades que luego los odiaban. Marginación, adaptación, supervivencia, relativo éxito… y de nuevo resentimiento.
Nada de esto desapareció con el tiempo. El antisemitismo nazi no surgió de la nada. Hitler no inventó el odio: lo heredó, lo institucionalizó y lo convirtió en política de Estado. El Holocausto fue la culminación brutal de siglos de mentiras repetidas hasta parecer verdades.
Lejos de quedar atrás, el antisemitismo no murió con el nazismo: mutó.
Hoy se disfraza de activismo, de superioridad moral, de consignas supuestamente humanitarias. Palabras como «sionismo» se vacían deliberadamente de significado y se convierten en insultos automáticos. En su definición más básica, el sionismo es el reconocimiento del derecho del pueblo judío a la autodeterminación y a la existencia del Estado de Israel. No es una conspiración global ni un proyecto de dominación. Sin embargo, repetir caricaturas resulta más cómodo que estudiar conceptos.
Este vaciamiento del lenguaje no es exclusivo de este tema. Lo vimos también con términos como «neoliberalismo»: ideas complejas reducidas a monstruos imaginarios, útiles para señalar enemigos, no para comprender la realidad. Cuando las palabras dejan de explicar y empiezan a condenar, dejan de ser herramientas de análisis y se convierten en armas ideológicas.
Criticar a Israel no es antisemitismo por definición. Ningún país, religión o cultura es intocable. Negar la existencia de corrientes radicales dentro del judaísmo sería intelectualmente deshonesto. Lo determinante es que la diferencia es histórica y está ampliamente documentada: el pueblo judío ha sido hostigado, expulsado y exterminado incluso cuando no ostentaba poder alguno; persecuciones, pogromos y masacres no son opiniones: son hechos.
Y, aun así, la resiliencia judía ha sido extraordinaria: educación, comunidad, trabajo, adaptación. No desde la victimización perpetua, sino desde la reconstrucción constante. Esa capacidad de sobrevivir y prosperar, bajo amenaza constante, descoloca. Porque recuerda algo peligroso para las ideologías del resentimiento: que el progreso es posible sin rendirse al odio.
En la actualidad, ese viejo antisemitismo reaparece camuflado en forma de activismo pro-Palestina que, en demasiados casos, deja de ser crítica política y se convierte en una narrativa abiertamente antijudía. Se repite sin matices que “los sionistas matan niños”, mientras se ignora deliberadamente un contexto incómodo: Israel es uno de los pocos países de Medio Oriente donde conviven distintas religiones, incluidos musulmanes palestinos, con derechos civiles reconocidos.
La indignación, además, no es selectiva solo con Israel: es selectiva con todo.
Mientras se grita “genocidio” en Gaza, hay un silencio ensordecedor frente a lo que ocurre en Irán. Bajo el régimen de los ayatolás —una autocracia teocrática, no un gobierno conservador— más de 16 mil manifestantes han sido asesinados por pedir libertad. Mujeres, jóvenes y ciudadanos comunes cuyo único delito fue protestar. No hay marchas masivas con pancartas de #FreeIran; no hay campañas virales sostenidas. La razón es elocuente: el régimen iraní es aliado de esa misma izquierda internacional que levanta banderas humanitarias solo cuando conviene.
Para justificar ese silencio, surgen teorías conspirativas grotescas: que si los manifestantes son agentes del Mossad, que si la CIA infiltra protestas, como si un Estado con uno de los aparatos represivos más grandes del mundo no pudiera controlar supuestos infiltrados. Lo que sí está documentado, en los hechos, es que fuerzas del régimen —muchas veces vestidas de civiles— disparan abiertamente contra su propia población. Aceptar esto implicaría reconocer un genocidio incómodo.
Lo mismo ocurre con Venezuela. Cuando Estados Unidos actúa contra Nicolás Maduro, el discurso dominante habla de “invasión” y de “violación de la soberanía”. No obstante, la soberanía no es una consigna vacía: implica el respeto a la voluntad del pueblo. En Venezuela, esa voluntad fue anulada hace años. No hay elecciones libres; existen presos políticos y centros de tortura, entre ellos El Helicoide, que continúan operando. Dado que el régimen es aliado ideológico, el horror se relativiza.
Aquí no se trata de defender a la izquierda o a la derecha. De hecho, la nueva derecha también tiene responsabilidad. En no pocos casos, vemos de qué manera se intenta desprestigiar a figuras del calibre de María Corina Machado, no por su lucha frontal contra una de las dictaduras más crueles de América Latina, sino porque no encaja en una narrativa moral rígida. Defender libertades individuales, apoyar el matrimonio igualitario o sostener posturas complejas sobre el aborto basta para que la llamen “progre” o “woke”, como si la libertad solo fuera válida cuando coincide con el dogma propio.
Machado ha demostrado algo que escasea en ambos extremos: poner el bien de su país por encima del ego, del reconocimiento personal o de la pureza ideológica. Incluso cuando eso implica gestos difíciles, estratégicos o políticamente incorrectos. Porque hay momentos en los que la prioridad no es sentirse moralmente superior; es sacar a un cáncer enquistado del poder, aunque el costo personal sea alto y el riesgo, real.
Eso es lo que los extremos no toleran: a quienes no se someten por completo a su relato. A quienes entienden que la libertad no viene en paquetes ideológicos cerrados, ni en consignas fáciles, ni en enemigos prediseñados.
Al final, conviene decirlo sin rodeos: odiar al otro no te hace mejor persona, no te vuelve más consciente, ni más justo, ni más humano. Te convierte en alguien dominado por el resentimiento, en alguien que necesita un enemigo para sentirse moralmente superior. El odio no es valentía intelectual: es la renuncia más cómoda al pensamiento propio.
Hoy contemplamos una izquierda que condiciona su humanidad según alianzas políticas y una derecha que pretende monopolizar la moral mientras recorta libertades individuales. Dos caras de la misma moneda: la falsa superioridad moral. Ambas prefieren el dogma a la reflexión y el resentimiento a la libertad.
El problema ya no es solo el antisemitismo. Es más profundo y peligroso: una cultura política donde se odia más de lo que se ama la libertad. Donde se justifica la tiranía si el tirano es “de los nuestros”. Donde se prefiere ver pueblos sometidos antes que aceptar que la vida, la propiedad y la libertad individual siguen siendo valores irrenunciables, provengan de donde provengan.
La historia no se repite de manera exacta, pero rima con el pasado. Y cuando el odio vuelve a disfrazarse de virtud, el verdadero acto de rebeldía es negarse a convertirse en él.
Paola Piotti, abogada, activista por la libertad y líder del Capítulo de Lola Tarija en Bolivia
“Los liberales, por el contrario, no nos vendemos como mesías, sino como pensadores incómodos que desafían las narrativas populares con la incómoda verdad de que la perfección social no es alcanzable por medio de buenas intenciones, sino por un respeto inquebrantable a las libertades individuales.”
Paola Piotti
Tras años involucrada en la divulgación de las ideas de la libertad, observando colegas y amigos enfrentando públicos diversos de universidades públicas y privadas, de ambientes empresariales y académicos, escogiendo estratégicamente las palabras a utilizar con aquellos auditorios, y habiéndolo experimentado por mi cuenta, me he enfrentado a una verdad difícil de digerir: el liberalismo genera antipatía no por el cómo dice las cosas, sino por las cosas que dice. Culpa de la razón, que rara vez es carismática.
El sacrificio de caer mal ha funcionado como un filtro eficiente en el campo de la divulgación de las ideas. No todos los liberales están dispuestos a enfrentarse al escarnio público, las acusaciones de insensibilidad y, por supuesto, los memes, los grandes temidos de la comunicación política en el siglo XXI. La tentación de caer bien ha arrojado a muchos hacia el omnipresente concepto de la moderación. Pero si alguna vez has tomado en serio las ideas liberales, sabes que moderarse no es una opción. Las ideas que realmente importan, aquellas que desafían el status quo, son siempre las más incómodas. Defender la libertad se ha convertido en una nueva forma de heroísmo… o de inmolación social.
Sin embargo, no sólo exponerte a públicos masivos defendiendo la libertad conlleva riesgos. La realidad es que incluso hacerlo dentro de una cena con amigos, un almuerzo familiar o una pequeña participación en clases puede desencadenar un descenso de la opinión del resto sobre ti.
Si estás dispuesto a asumir los desafíos y, sobre todo, asumir las pérdidas, aquí tienes una corta y práctica guía para perder amigos y seguidores defendiendo la libertad:
PASO 1. Ignora las emociones: prioriza el principio por sobre el sentimiento.
Fue durante un debate sobre la desigualdad en la facultad de economía de la universidad pública de mi ciudad cuando contemplé por primera vez el efecto que una verdad incómoda genera en una multitud ansiosa por soluciones mágicas y empáticas hacia los problemas que los aquejan. Tras los minutos iniciales de introducción por parte del debatiente socialista sobre los efectos de la desigualdad, el debatiente liberal lanzó la afirmación que silenció la sala: “La desigualdad en términos absolutos es un fenómeno natural…” No importó demasiado el razonamiento lógico e innegable de su frase, ni sus intentos de ejemplificar la misma. Para la gran mayoría de los asistentes, que ya habían proyectado en sus mentes las crueles imágenes de la desigualdad económica a través de niños mendigando, el sólo inicio de su afirmación ya había supuesto una defensa a que esos niños continuaran en las calles.
Evidentemente, el debatiente liberal se transmutó en un ser desprovisto de emociones, porque, siendo francos, es un espacio del tablero de ajedrez político en el que los liberales poseemos poca o nula experiencia. Hay movimientos que ganan adeptos prometiendo consuelo, sociabilizando los problemas y redistribuyendo culpas. Frente a ello, el liberalismo contrataca recordando la responsabilidad individual. Estamos en desventaja.
Ignorar las emociones es una tarea complicada cuando se trata de defender principios liberales, ya que partimos de una base racional: no todos los problemas sociales tendrán una solución inmediata, ni mucho menos una solución cómoda. El liberalismo es consciente de sus limitaciones, a diferencia de otras corrientes de pensamiento que se autodenominan salvadoras de la humanidad y creen poseer la llave a la construcción de utopías. Los liberales, por el contrario, no nos vendemos como mesías, sino como pensadores incómodos que desafían las narrativas populares con la incómoda verdad de que la perfección social no es alcanzable por medio de buenas intenciones, sino por un respeto inquebrantable a las libertades individuales.
Podría ser una estrategia plausible, si no te sientes cómodo con el mote de “insensible”, recordar que los principios que defiendes tendrán un efecto mayor en reducir y prevenir la cantidad de niños mendigando en las calles. Sin embargo, no te garantizo que un gran número de tus amistades concuerde con la gradualidad del cambio que tus ideas plantean. En este punto, sería apropiado recordarles que el liberalismo promueve las iniciativas privadas de caridad para la atención de las causas que los conmueven y que, en la mayoría de los casos, resulta más empático quien dona a una causa noble que quien le exige cómodamente al Estado que haga algo al respecto, consciente de que su pedido no será atendido, delegando la empatía.
PASO 2. Entrégate a la magia de los números: habla con jerga técnica, las cifras y los datos son tus amigos.
Existe un adjetivo que se utiliza con frecuencia para intentar descalificar a los liberales: economicista. Aunque, si te soy sincero, con el tiempo este término ha pasado de ser una ofensa a un trofeo de honor. Al final, ¿quién no querría ser etiquetado como alguien que prefiere datos tangibles sobre simples narrativas anecdóticas?
El liberal, ese ser obsesionado con números, se siente genuinamente más cómodo citando estadísticas que discutiendo las historias emocionales de la Tía Marta y su emprendimiento de gaseosas. Claro, a Tía Marta le fue mal por no entender la realidad del mercado, pero a lo que realmente deberíamos prestar atención es a la inmensa cantidad de emprendimientos que fracasan debido al aplastante peso de los impuestos y las barreras regulatorias impuestas por el Estado. ¿No es más relevante hablar de cómo las altas tasas impositivas y la sobre-regulación impiden que miles de pequeñas empresas se formalicen que contar la historia de una mujer que no entendió cómo competir con los gigantes de la industria?
Pero, por supuesto, eso requiere números. Es en el arte de citar cifras donde el liberal brilla. No es de extrañar que se haya perfeccionado en el uso de términos como la curva de Laffer, el índice de libertad económica o el índice de facilidad para hacer negocios. Es mucho más efectivo bombardear con estadísticas que hacer una introspectiva emocional sobre cómo un mercado libre podría haber salvado a Tía Marta, porque al final del día, los números no mienten.
La belleza de usar números es que, aunque nadie los entienda realmente, todos asumirán que están diciendo algo importante y complejo. ¿Quién podría cuestionar que un país con un índice de libertad económica más alto tenga un PIB per cápita más grande? El simple hecho de mencionar el índice de Gini hace que la mayoría se quede en silencio, asintiendo, mientras tú, con una sonrisa interna, sabes que no tienen ni idea de qué estás hablando. Pero es lo de menos; el objetivo es hacer que el peso de los datos recaiga sobre tus oponentes, no para convencerlos (es demasiado tarde para eso), sino para que se sientan pequeños frente a la arrogancia de los números.
PASO 3. Debate las creencias populares: haz que la gente se cuestione todo lo que sabe.
Si tus amigos y seguidores han logrado sobrevivir a tu posición economicista e insensible, entonces el Paso 3 será el golpe final para que todos decidan cerrar sus puertas y bloquear tu número. Porque, seamos honestos, no hay nada más irritante que un cuestionamiento constante a las bases morales en las que la mayoría ha cimentado su existencia. Y si tú, como liberal, te atreves a desafiar esas bases, prepárate para que tu círculo de afectos se reduzca drásticamente.
Tómate un momento y reflexiona sobre ello. ¿Qué factores han influido en tu visión del mundo? ¿Realmente has explorado filosofías diferentes a las que te enseñaron en la escuela? ¿Te sientes moralmente obligado a algo solo por vivir en sociedad, como si debieras una deuda eterna a tus conciudadanos? ¿Cuánto de tu pensamiento es fruto de un proceso racional y cuánto es simplemente un producto de la imposición social que aceptaste sin cuestionar? Hazte estas preguntas, y si te atreves a ser honesto contigo mismo, te sorprenderás con las respuestas.
Ahora, imagina que alguien ajeno a ti, con quien compartes apenas una pizca de afinidad, empieza a desmantelar tus creencias más profundas. Esa persona no solo pone en duda tus respuestas emocionales o tus intuiciones; te exige que revises los cimientos de tu pensamiento moral. ¿Cómo te sentirías? Probablemente no muy bien. De hecho, te sentirías como si te estuvieran atacando directamente en la psique.
Este es el tipo de enfrentamiento que el liberal debe estar dispuesto a tener. No es solo sobre debatir políticas públicas o números económicos, es sobre poner en tela de juicio lo que la gente cree sobre el bien común y la justicia social. Hacerles ver que muchas de sus creencias populares y bienintencionadas sobre el estado de bienestar o la redistribución de la riqueza son, en realidad, mitos que jamás se han sometido a un análisis crítico. Eso, sin duda, será la parte más irritante de todo este proceso.
En el juego del bingo de situaciones irritantes, este paso se lleva el premio mayor. Porque no basta con lanzar datos o corregir falacias, se trata de desarmar un conjunto de creencias profundamente arraigadas en el sentido común, y muchas veces, el sentido común es el enemigo más fuerte.
El compromiso con las ideas de la libertad no es para cualquiera. Nadie, por muy amable, atento o sensible que pretenda ser al hablar de estos temas, podrá ser ajeno a las acusaciones comunes que todos compartimos, porque, nuevamente, no se trata de cómo lo decimos, se trata de lo que decimos y lo que enfrentamos. Se trata, en todo caso, de reconducir el camino hacia la razón, uno que no todos están dispuestos a transitar.
Finalmente, perder algunos amigos por defender la libertad no es un error en sí, es un ejercicio de coherencia moral… y un excelente filtro social.
Carolina Dada, relaciones institucionales y finanzas de LOLA Arg (Ladies of Liberty Alliance), especialista en Marketing Político.
“El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres.”
Carolina Dada
En 1936, el entonces presidente argentino de facto, Pedro Justo, envió al Congreso el «Anteproyecto de Bibiloni», en un intento legislativo que buscaba reformar la Ley 11.357 con un objetivo claro y regresivo: quitarle a la mujer casada los derechos civiles que apenas una década antes, en 1926, le habían sido concedidos.
El anteproyecto generó un gran malestar en las mujeres que ya disfrutaban de esa independencia, sobre todo en Victoria Ocampo, una de las más importantes escritoras testimoniales del siglo XX. Ocampo, a quien se podría considerar una de las primeras feministas liberales en la Argentina, canalizó ese enfado en un activismo que le dio origen a Unión Argentina de Mujeres (UAM).
El movimiento logró frenar el anteproyecto y reunir a más de 20.000 mujeres con diferentes tendencias ideológicas, quienes además impulsaron el derecho al voto y el divorcio. Sin embargo, dos años después de su creación, Victoria Ocampo, renunció a UAM al descubrir que algunas socias, que formaban parte del Partido Comunista, estaban utilizando la organización para sus propios fines políticos. Esto, a su juicio, contravenía los principios fundacionales del movimiento.
Así surge el primer cuestionamiento sobre la partidización del feminismo. Para Victoria Ocampo, la lucha por los derechos de la mujer era una causa universal que trascendía las divisiones ideológicas. Ella veía el feminismo como un movimiento que debía romper con los «moldes» sociales, de clase y de género para que no fuera un apéndice instrumentalizado por ninguna fuerza política, sino una fuerza de cambio por sí mismo.
La segunda incomodidad de Ocampo se manifiesta con su sorprendente rechazo al proyecto de ley del voto femenino, aprobado en 1947. Esta negativa provino de su profundo antiperonismo, pues definía al peronismo como un movimiento con rasgos autoritarios y antidemocráticos muy cercanos al fascismo italiano. Además, retrata a Eva Duarte de Perón como una «fanática rentable» funcional al utilitarismo electoral diseñado por Juan Domingo Perón. En consecuencia, Ocampo fue incluida en la lista negra del peronismo, junto a otros artistas e intelectuales, lo que derivó en su posterior persecución y detención.
A pesar de esa impostura, hoy nadie podría cuestionar el gran aporte al feminismo de Victoria Ocampo, pero su incomodidad la puso en una encrucijada que la llevó a sortear entre su feminismo y su antiperonismo.
El dilema histórico que tuvo Ocampo resuena en la masificación del feminismo de los últimos años. Hoy, un sector de mujeres que se definen como feministas y liberales intentan ocupar un lugar de representación entre los sectores del liberalismo, con dos propósitos: desmarcar a los principios liberales de las derivas conservadoras que se propagan globalmente. Y, por otra parte, el desacuerdo con posturas de izquierda que predominan los espacios feministas tradicionales o mayoritarios.
Esta tensión es bien retratada en el libro «Sin padre, sin marido y sin estado» de Melina Vázquez y Carolina Spataro, que documenta la incomodidad de las mujeres en el liberalismo que intentan sostener un feminismo liberal ante la avalancha conservadora. Lo más interesante del libro es la reacción de otros sectores del feminismo, que debaten sobre la validez y el reconocimiento de una vertiente feminista liberal.
Quizá la incomodidad del «Efecto Ocampo» se trasladó al feminismo contemporáneo. Por un lado, al feminismo liberal, quienes construyen la defensa de las mujeres desde el libre mercado y la limitación del Estado. Por otro lado, al feminismo de izquierda al intentar deslegitimar la existencia de las feministas liberales. Este escenario nos empuja a una pregunta más crucial: ¿Cuáles son las preocupaciones del feminismo actual que ambos sectores comparten?
El liberalismo puede argumentar su apoyo al feminismo desde la libertad individual, mientras que el feminismo de izquierda lo hace desde el igualitarismo. Pero el objetivo es el mismo: la defensa de las mujeres. Las reacciones ante este debate también exponen un peligro que debe ser advertido al acusar las supuestas hipocresías, tanto históricas como actuales, de los distintos feminismos y movimientos partidarios, a saber: el riesgo de olvidar que el feminismo es siempre, por definición, una buena causa.
El error de Victoria Ocampo no fue advertir el oportunismo y el fascismo de Juan Domingo Perón o el desacuerdo con Eva Perón, sino no entender históricamente que la aprobación del voto femenino era un logro del feminismo en todas sus formas.
Esto se agrava cuando se personifican las ideologías. ¿De qué sirve cuestionar al feminismo de izquierda o al feminismo liberal tomando a figuras como Donald Trump, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Viktor Orbán, Javier Milei o Alberto Fernández? Cuando son estas figuras las que utilizan engañosamente el partidismo y las ideologías para desprestigiar a los movimientos de mujeres en general.
Seguramente hay una necesidad clara de empezar a separar los términos izquierda y derecha del liberalismo y del feminismo, y de aquellas posiciones que reponen prejuicios que exceden a las necesidades actuales de las mujeres, del mercado y de las funciones del Estado. Margarita León decía hace algunos años que “el feminismo debe influir en los partidos políticos, no constituirse en ellos.”, tras de los debates históricos sobre la existencia de un partido puramente feminista. Hoy muchas jóvenes se suscriben a las premisas feministas, luego piensan a quién votar de acuerdo a sus necesidades o simplemente deciden no votar.
Sin lugar a dudas, el “Efecto Ocampo” debe evitarse si se anteponen los beneficios del feminismo transversalmente. Tal vez la tarea más importante que tienen las mujeres en sus esferas políticas, es lograr que el feminismo sobreviva a las campañas de desprestigio. Sin importar a quien le pertenezca la historia de la lucha de las mujeres —liberales o de izquierda—, nadie puede tener el monopolio del feminismo.
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(Nota: las ideas expresadas son netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder 3.0)
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