¿Economía o fantasía? Asdrúbal Oliveros, bonos y aumento de sueldo en Venezuela

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho.

Roymer A. Rivas B.

¿Economía o fantasía?[*] Es la pregunta que surge tras escuchar la última ocurrencia de Asdrúbal Oliveros: repartir bonos de hasta USD$ 250 a los trabajadores del sector público por un periodo de 6 meses[1]. Resulta desconcertante, si no alarmante, que quien presume de entender las cicatrices de nuestro caótico escenario en Venezuela —especialmente el monetario—, proponga ahora una inyección de liquidez que constituye más un guion de ficción que un plan de estabilización para el país. La supina miopía de los economistas mainstream para comprender la situación de Venezuela los lleva a reciclar fórmulas que se han mostrado fracasadas —no puede ser de otra manera si se parte de un mal diagnostico— que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.

Esto, lamentablemente, no es un caso aislado y, de hecho, sirve de ejemplo para destacar una patología mayor, a saber: la creencia de que se puede decretar la prosperidad por gaceta, como es el caso de aquellos que piden —por diversos medios— aumento de salarios. Muchos no han entendido que Venezuela no necesita más subsidios, ni aumento de salarios, que solo sirven para patear el problema hacia adelante, a costa de que el problema mañana sea aún peor, sino una reestructuración que permita que el trabajo valga por lo que produce y no por lo que un economista o un burócrata decida fantasear en sus redes sociales o podios.

Para entender por qué estas “soluciones” son, en realidad, un problema, es suficiente con someter esas fantasías a los hechos —que no entiende de buenas intenciones ni cálculos alegremente presentados en foros en redes sociales—. Pero antes, comenzaré con un breve inciso.

El inciso: sobre la subida de precios en dólares en Venezuela —mal llamada “inflación”[2]

Previo a abordar el tema de los bonos, Oliveros pone el foco en lo que él y otros muchos llaman “inflación en dólares” [3]. Esto, de entrada, está mal. Técnicamente, el dólar en Venezuela no sufre de inflación como fenómeno monetario del dólar en sí, sino que es causa del rezago cambiario —aunque en la práctica se sienta exactamente igual—. Para entender esto es necesario separar le dinero de los precios: (i) está la inflación monetaria —que en realidad es lo que ha sido la inflación toda la vida, pero es necesario estipularlo así por fines didácticos— que es cuando la cantidad de dinero en la economía —oferta— supera su demanda, y en Venezuela, esto no existe, porque la demanda de dólares supera su oferta —¿O acaso alguien quiere tener sus ahorros en bolívares?—; y (ii) está la inflación de precios, que es cuando la moneda se deprecia, lo cual se traduce en subida de precios en la economía —aunque eso no significa necesariamente que veremos reflejado con la subida nominal de los precios en la economía[4]—. Lo que no te dicen es que, en circunstancias normales, no puede haber (ii) sin (i), así que, en rigor, se debe hablar de “inflación” sin adjetivos.

El problema es que casi ningún economista explica la dinámica correctamente y, por si fuera poco, Venezuela no entra en la categoría de “circunstancias normales”. En Venezuela, la perdida del poder adquisitivo del dólar se debe a distorsiones locales que hacen que exista algo llamado: “rezago cambiario”, que significa que los precios internos —en bolívares— suben a una velocidad mucho mayor de lo que sube el tipo de cambio —el precio del dólar—. Comprender esto es un tanto curioso, y paradójico, porque, en un escenario donde la demanda de dólares supera su oferta, se esperaría que los precios reflejados en dólares bajen, pero ocurre lo contrario. En este marco, alguno podría decir que la subida de precios en dólares se debe a la inyección de dólares por parte del Estado a la banca, intentando contener la tasa de cambio. Pero esto es un error. En otros lugares ya expliqué que, en un escenario con rezago, la inyección de dólares más bien reduce dicho rezago, causando que los precios en dólares aumenten menos de lo que hubiesen aumentado en caso de que haber inyección[5].

Sobre la propuesta de entregar bonos y el aumento de salarios

Comprender lo anterior es clave, porque si ya tenemos un problema de precios altos por falta de oferta en dólares y distorsiones estructurales, meter más dinero en la economía —vía bonos o aumento de salarios— sin aumentar la producción es echar más gasolina al fuego. A Oliveros y quienes exigen aumento de salarios les hace falta entender que, en una economía sana, el consumo es el premio final de la producción previa, e invertir esa causalidad bajo la premisa de que se “ayudará” a los trabajadores es profundamente irresponsable. Como ya mencioné, es patear el problema hacia adelante a costa de que el problema mañana sea aún peor. Parecen ignorar que en Venezuela se han aumentado bonos y salarios muchas veces, y eso no ayudó a aumentar la calidad de vida de forma sostenida en el tiempo, sino que profundizó la crisis —¿Ya se olvidaron de 2018-2019, y de todos los aumentos de salarios desde 1999 hasta 2022, o de bonos desde 1999 hasta 2026?—.

Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho. Muchos venezolanos creen que los problemas del país se solucionan vía decretos de aumentos salariales, emisión de derechos, regalo de viviendas, en suma, subsidios de todo tipo, sugiriendo que la solución a la miseria es la transferencia de renta y no la creación de valor, porque ninguno de esos personajes se pregunta en cómo crear un escenario adecuado para que los salarios reales se estabilicen o tiendan al alza a lo largo del tiempo, eliminando la dependencia del Estado.

La Venezuela de ahora y la Venezuela que queremos: ¿Qué necesitamos?

Venezuela no necesita parches de seis meses que se diluyen ante el primer ajuste de precios. Lo que el país requiere es una reestructuración que desmantele el andamiaje estatista y permita el florecimiento del libre mercado, porque la verdadera mejora en la calidad de vida no vendrá de la generosidad de un burócrata, sino de un escenario donde (a) la competencia atraiga capital, (b) la productividad determine el ingreso y (c) la estabilidad jurídica reemplace la dádiva. El salario no es una variable que algún economista puede determinar con fórmulas o modelos matemáticos en una tabla de Excel, sí es el resultado de la conjunción de los tres puntos ya mencionados. ¿Y qué necesitamos? Simple de decir, tortuoso de aplicar, pero no imposible[6]:

  1. Necesitamos una reforma monetaria y bancaria, porque el salario no puede subir si la moneda es una basura o si no hay crédito. Para ello, podríamos hacer tres cosas —las diré en orden, de más radical y eficaz a menos radical y eficaz, aunque cualquiera infinitamente mejor al escenario en el que nos encontramos actualmente, comprendiendo todo lo que implica cada uno de ellos—:
    1. Ir a un régimen de patrón oro para la moneda nacional, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y donde se separe legalmente los depósitos a la vista —con encaje legal 100%— de los préstamos a la vista —dejando a los bancos determinar por sí mismos qué encaje tendrán para mostrarse “solventes” y responder a sus acreedores—. Asimismo, dar paso al libre intercambio de monedas.
    1. Olvidar el patrón oro, pero yendo a un régimen de libre competencia de monedas, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y… —igual que el punto anterior—.
    1. Dolarizar oficialmente la economía. Algunos economistas pondrán diversas objeciones a esto —de la misma forma que con el punto 1.1. y 1.2.—, pero a esos economistas les digo que vayan a estudiar. Todos los fantasmas que rondan a la dolarización son, simplemente, falsos —empezando por el que dice que se pierde poder para controlar la oferta monetaria, tan solo vean el caso Ecuador—. Y si se va a usar esto de transición para alcanzar el 1.1. o 1.2., mejor aún.
  2. Necesitamos una seria reforma fiscal y tributaria. El Estado actual vive de asfixiar al sector privado que ha quedado reducido tras años de crisis. Esto se traduce en simplificación y reducción de impuestos —empezando por eliminar el IGTF—. El escenario ideal es que se vaya a un régimen de confederaciones y cada municipio compita con sus tasas de impuestos, pero eso en este momento es utópico; en el corto plazo es suficiente con simplificar y reducir impuestos —aunque si se apunta en el mediano plazo a lo segundo, mucho mejor. Al final, ¿No “trabajan” por el bien del trabajador? Pues, no hay nada mejor que eso, ¿O sí? ¿Lo hacemos por parroquias autónomas y con derecho de secesión?—.
  3. Necesitamos una reforma laboral que vea el contrato de trabajo como algo privado entre patrono y empleado. Se debe eliminar la inamovilidad laboral y los costos de despido absurdos —que hacen que el empresario tenga miedo de contratar—. El Estado no tiene por qué meterse en contratos privados, para eso existe el arbitraje en el Derecho —hablando de ello…,
  4. También necesitamos, más que una reforma, una reconstrucción de nuestro sistema legal en distintos ámbitos y niveles de profundidad, todo partiendo del respeto al individuo y la propiedad. Sin ello, nadie querrá invertir en Venezuela. Y si esto viene acompañado de la privatización de todas las empresas en manos del Estado —especialmente de servicios—, mejor. Es más, ese “excedente” que Oliveros quiere quemar en bonos podría ser el capital semilla para la transición hacia servicios privados eficientes, ¿Por qué no?[7].

Solo estas cosas es lo que permitirá alcanzar salarización de los bonos, porque, allí sí estamos de acuerdo: es necesario eliminar la estructura de bonos, el salario debe ser transparente, permitiendo que el trabajador vea su ingreso real y pueda planificar ahorros o créditos. Pero eso no se logra con subsidios, sino con mercado.

En este marco, yo pregunto:

  1. ¿Por qué Asdrúbal no propone usar ese excedente de ingresos petroleros para reestructurar el país, llevando a cabo todas las medidas necesarias, apuntando incluso a la dolarización, en lugar de regalar el dinero?
  2. ¿Por qué no habla primero de sanear las cuentas públicas, lo cual incluye el despido de trabajadores en nomina del Estado que no hacen absolutamente nada, para después, si acaso se apelará a ello, crear un fondo de reserva para responder a sus pagos mientras se llevan a cabo todas las reformas necesarias para el país?
  3. ¿Por qué no ofrece una lista de reformas que puedan sostener una mejor Venezuela y, por tanto, el aumento de salarios del que tanto le gusta hablar?
  4. ¿Qué pasará en el mes 7, cuando se deje de dar bonos, una vez que más de 2.4 millones de venezolanos hayan aumentado sus gastos por contar con un ingreso adicional de USD$ 250, pero no se haya creado el escenario para mejorar las cosas en el país?
  5. ¿Por qué las personas en general no hablan de atacar problemas de fondo y no los síntomas de un cáncer que ya llegó a los huesos de la sociedad venezolana?
  6. ¿Por qué no se propone bajar impuestos y usar los recursos para optimizar el sistema energético nacional, puesto que buena parte de los ingresos de las empresas son robados por el Estado y, por si fuera poco, deben invertir dinero en la autogeneración eléctrica, cisternas de agua y logística de combustible para poder operar en su cotidianidad? ¿Acaso no permitiría esto a los empresarios subir el salario de sus trabajadores por si mismos[8]?

Mantener el silencio ante tales desvaríos es aceptar que la economía venezolana sea reducida a un ejercicio de caridad administrada, y me niego a ello. Por eso, resalto que la propuesta de Asdrúbal Oliveros no es una solución, sino el síntoma de una élite intelectual[9] que, por miedo al cambio radical, o por complacencia con el modelo extractivo, o simplemente por ignorancia, prefiere administrar la agonía con parches antes que defender las reformas que el país reclama. Debemos comprender que si seguimos exigiendo y celebrando aumentos de salarios por decreto y llegadas de bonos efímeros, seguiremos siendo esclavos de la discrecionalidad de un burócrata y de la inflación que algunos “expertos” alimentan. ¡Es suficiente!


[*] Este texto fue originalmente publicado en: Humano Insurrecto.

[1] MundoURenVivo. 2026. Román Lozinski en Agenda Económica con Asdrúbal Oliveros 08.04.2026. Video de YouTube. En: https://www.youtube.com/watch?v=uLnPf-nnPkk (Cit. 11/04/2026). 

[2] Sirva esto de corolario para evidenciar la incapacidad de Oliveros para comprender el escenario venezolano y, en consecuencia, de facto, queda minusválido mucho de lo que pueda decir al respecto.

[3] A esa narrativa, de hecho, se apega cierto sector para decir que “los venezolanos nos estamos matando entre nosotros mismos” y pedir más control estatal para el “perverso comerciante, imperialista, especulador y capitalista” que arremete contra “el pueblo”. Todos ellos, sin embargo, saben de economía lo que sabe mi tortuga mascota de astrofísica.

[4] Eso no te lo dicen el común de los economistas, porque tienden a ser malos lectores y, por consiguiente, se quedan solo con lo enseñado en la universidad —que no se ajusta del todo a la realidad y la eficacia de las herramientas de análisis de los fenómenos económicos queda en entredicho—. Para ilustrar el punto señalado en el párrafo, imagine una economía donde las empresas invierten para automatizar y optimizar procesos de producción, abaratando los costos y, con ello, pudiendo bajar los precios al consumidor, en aras de que pueda vender más. No obstante, si alguna entidad inyecta más dinero a la economía —argumentando, por ejemplo, que es necesario para dinamizarla—, los precios de los productos que antes tenderían a bajar pueden quedarse igual —ni subir, ni bajar—. En este escenario, un economista común, guiándose por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), te diría que “no hubo inflación” en ese periodo de tiempo, y quizá saldría algún político vanagloriándose porque en su gestión “no hubo inflación”, pero nadie está viendo que, al inyectar dinero, los precios que antes iban a bajar ahora se mantuvieron iguales. Ergo, la moneda igual se depreció, pero no “aumentaron los precios”.

[5] Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2023. Hiperinflación: un fenómeno incomprendido; respuesta al libro de Pascualina Cursio. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/hiperinflacion-un-fenomeno-incomprendido-respuesta-al-libro-de-pascualina-cursio/ (Cit: 11/04/2026). Desde la sección: “Pascualina, dólar implícito y tasa de cambio”, en adelante. Para el ciudadano común, si ayer un café costaba USD$ 2 y hoy cuesta USD$ 3, su percepción inmediata es “el dólar se infló”, cuando en realidad lo que ocurrió fue que (i) el costo de vida subió en bolívares y (ii) el tipo de cambio no se ajustó en la misma proporción. En este escenario, una inyección de dólares ayuda a reducir el rezago cambiario vía depreciación de la divisa.

[6] Bueno, sí imposible si quienes tienes el poder, sumado a quienes pretenden tenerlo y quienes hacen propuestas limpias de sensatez, siguen por el camino que vienen. Claro está que la supervivencia política de la mayoría depende de que la economía se mantenga igual.

[7] En un marco de transparencia, claro está, que no es el que tenemos ahora. Ergo, para llegar allí también se necesitan llevar a cabo muchos cambios.

[8] En los últimos años, mientras el sector público se quedó estancado en sus salarios, el sector privado, a pesar de la crisis, comenzó a pagar a sus empleados por encima del sueldo mínimo. Esto demuestra que no se necesita del Estado para mejorar la calidad de vida de los trabajadores en Venezuela, más bien todo lo contrario, es un obstáculo que limita a las empresas de explotar su máximo potencial, beneficiando a sus empleados en el camino.

[9] Así convertido por la masa, porque yo no les tengo respeto alguno a sus ideas.

El mito de la tendencia al equilibrio: ¿Por qué las tasas de ganancias no tienden a igualarse en un mercado libre?

En el presente ensayo, el autor aborda al mercado como un sistema que no tiende al equilibrio en las tasas de ganancias, entre otras, yendo incluso en contra de algunas posturas de la Escuela Austriaca de Economía, para una defensa más óptima sobre las ideas de la libertad y la economía.

Para acceder a él, presione aquí.

Entre la reflexión y la desesperanza

Por Roymer Rivas, un simple estudiante venezolano, libre pensador, comprometido con la verdad.

Lo que ha pasado hoy en Venezuela no es un día atípico. Contrario a lo que se vio en las redes y se vendía a la comunidad internacional desde las filas del espejismo del cambio, este 10 de enero es solo un día más en un país sin benigno futuro —por lo menos ahora—. Durante dos años, cayendo nuevamente en la maldición de repetir procesos en la que ha estado sumergida Venezuela desde la independencia, pues las mismas palabras se repitieron en el 2014, 2015, 2017, 2018, 2019 y todo lo que duró el interinato con Guaidó hasta 2022, se ha vendido la idea de que régimen está débil, que sus acciones son una muestra de su quiebre, y que pronto Venezuela será libre.

¿El fundamento de todo esto? Predicas sentimentalistas que apelaban —y siguen haciéndolo— a cualquier giro de la fortuna que les beneficiara a todos los venezolanos. Estos, por su parte, en una clara muestra de que no se ha aprendido de la historia del país y de nuestra región (Latam), por el miedo de perderse algo (FOMO), el culto al héroe que ha caracterizado al venezolano, y la esperanza ciega —no fe, porque fe y ceguedad son dos conceptos mutuamente excluyentes—, apostaron por una clase política que dice oponerse al régimen, pero que en camino no ha hecho más que beneficiarse y jugar con los sentimientos de toda una nación. Siento volver a decirlo, pero ninguna tiranía en la historia ha entregado el poder con una sonrisa o ha salido con buenos modales y la apelación a una institucionalidad inexistente, mucho menos jugando con sus reglas y en su terreno bien estudiado.

Probablemente algunos dirán que Maria Corina Machado (MCM) no es igual a esa clase política, pero, contrario a lo que sostengan muchos, que apelan a un pragmatismo idiota, infantil, inmaduro, de clara incomprensión de nuestra realidad, ella se ha ligado con todos ellos, llegando incluso a permitir que sean quienes determinen su agenda. No es difícil entender que no se puede seguir confiando en traidores y corruptos para algo tan noble como la libertad de un país. Los fantasmas de los fracasos del pasado quedan solapados con todo un movimiento que se gestó solo en el sentimentalismo y el deseo de un cambio, que terminó por dejar en evidencia lo que ha sido el mayor de los fracasos de la historia de Venezuela, a saber: confiar ciegamente en políticos. Sabemos que estamos mal como nación cuando los lideres que han nacido del seno de nuestra sociedad solo le ha quedado pasar a la historia con consignas vacías y pedir “cerrar los ojos e imaginar una Venezuela libre” o mandar, en claro acto irresponsable, dado el contexto, a salir a las calles a exponer innecesariamente a las personas ante el mal sin escrúpulos.

Ahora bien, ¿Es culpa de MCM? No del todo. De hecho, tiene coraje, muchos deberíamos tenerlo, cuando sea el momento, pero lo que no demostró tener es la claridad mental y el liderazgo en tiempos de crisis, pues no estuvo a la altura de las circunstancias, de la misma forma que no lo han estado millones de venezolanos que se han dejado llevar por la emoción y creyeron en ilusiones, sin reparo en la realidad. Muchos afirman que esos millones de venezolanos salieron a manifestar su rechazo al régimen gracias a su liderazgo, pero yo pregunto ¿Eso de qué ha servido? Después de tanto tiempo en lo mismo, ¿De verdad la gente sigue creyendo que focos de protestas dispersos, desorganizados, sin plan ni objetivos claros, tumban tiranías? Aquel que creyó que habría —o crea que habrá— intervención militar extranjera, así como si nada, peca de iluso junto a todos los que jugaron a la democracia con los mayores enemigos de la misma y la libertad.

No, no era necesario todo este proceso para deslegitimar al régimen, porque eso no lo tienen desde hace mucho. No, no era necesario este proceso para demostrar que no tienen el apoyo de la mayoría de la población, porque eso es evidente desde hace mucho. No, no era necesario todo lo que se gestó desde meses antes al 22 de octubre del 2023, pasando por el 28 de julio del 2024, para incentivar nuevamente la llama de la libertad en Venezuela, porque eso es latente, a pesar de muchos desatinos y de la traición de los lideres en distintas etapas de la historia contemporánea.

Hoy, como no sucedía en el pasado, los venezolanos demostraron que ya no están dispuestos a salir a la calle a dar su vida sin un objetivo claro, pues su ímpetu quedó corroído por las acciones de un liderazgo que apeló a la banalidad, a la farándula, al show mediático, al azar, a la religión, al “hay que hacer algo, porque peor es no hacer nada”. Toda esa ambigüedad e infantilismo inútil desgasta la voluntad de las personas, y hoy los siento desesperanzados —algunos—, o imaginando más escenarios estúpidos para alimentar su esperanza ciega —otros—. No obstante, tengo la firme convicción de que este punto será un golpe de realidad para la reflexión profunda, la aceptación de los errores y la focalización para posteriores acciones que dejen al margen los desatinos.

Ha llegado ya el momento de dejar de confiar en esos políticos venezolanos que se han aprovechado del clamor y la desesperación por un cambio en el país para atraer a los incautos a sus causas vacías. Estos personajes, sumado a las creencias y acciones desatinadas de años, solo han servido para desmoralizar y fungir como uno de los soportes que sostiene la estructura del régimen en el poder. Este no es el momento de desmoralizarse, sino el momento de clarificar nuestra mente para concentrarse y canalizar todo el cumulo de emociones negativas hacia la construcción de aquello que sí los sacará de donde se ufanan estar. En los próximos años, este debe ser el marco de acción de quienes quieren una transformación en Venezuela, no otro.

No decaiga, eso es lo que ellos quieren, venderse como los invencibles, los intocables, los que pueden aplastar con fuerza a su enemigo, pero todo ello es apariencia momentánea, dadas las circunstancias, no algo estático que permanecerá en el tiempo, si, nuevamente he de destacarlo, hay claridad mental. Si la sociedad venezolana no abre los ojos y sigue pensando que esto sale con oraciones y gritos o cacerolas en las calles, lamentablemente estará condenada a sufrir este yugo maldito por décadas.

Si bien, nada es de la noche a la mañana. La construcción de una Venezuela libre requiere el esfuerzo de todos nosotros, que recuperemos ese sentido de comunidad que nos arrebataron con tantos años de paternalismo estatal —que viene desde antes de Chávez—, que recuperemos la autoestima —lo cual significa dejar de ser “pueblo” y convertirse en “ciudadanos” bien informados— y olvidemos a los héroes de las historias que nos han vendido, para reconocer que es el sentido de pertenencia, la alteridad, sumado a la unidad, enfoque, organización, determinación y coraje, de los civiles y/o la ciudadanía lo que cambian el curso de su historia. Si bien, no crea que es una civilidad idiota que se resiste con pensamiento mágico pendejo y permite que personalidades trastornadas representen sus intereses políticos, sino una que vela por sus intereses y está dispuesto a hacer lo que sea necesario para conservar su libertad.

Libertad, libertad, libertad… la libertad no se conquista, sino que es la condición primaria natural del ser humano, por tanto, solo se recupera y defiende de aquellos que buscan limitarla y enmarcarla en sus designios por la fuerza. Veamos si el venezolano estará a la altura de lo que nos exige este momento histórico para recuperar y defender aquello que tanto anhela, cuando sea el momento, o si, por el contrario, seguirá creyendo en los mesías de turno y tercerizando su responsabilidad. Cuando llegue ese momento, mañana, un mes, uno, diez o quince años, la clase política querrá adjudicarse méritos, y espero que la misma sociedad preparada se encargue de juzgarlos.

Sin más que agregar, se despide alguien a quien muchos se han cansado de insultar, pero que mantiene sus principios y convicciones, esperando que en algún momento esos insultos se conviertan en una mano amiga para la consecución de aquello que queremos todos y la insensatez de algunos —o muchos— no nos ha permitido conseguir. Madure políticamente, deje el infantilismo y borreguismo, la ceguedad, porque la primera libertad se consigue cuando nos liberamos de las cadenas mentales que limitan nuestro progreso.

Buen día, no feliz, Venezuela.