Caracas. – Este jueves, Rafael Tudares Bracho, yerno del presidente electo en Venezuela Edmundo González, fue excarcelado tras pasar más de un año en prisión, acusado entre otros cargos de presuntos terrorismo y conspiración contra el narcorégimen chavista de Nicolás Maduro.
«Cumplo con informar que, luego de 380 días de una injusta detención arbitraria y de haber padecido, durante más de un año, una inhumana situación de desaparición forzada, mi esposo Rafael Tudares Bracho ha regresado a casa esta madrugada», explicó Mariana González de Tudares, hija de Edmundo González, en su cuenta de al red social X.
Cabe recordar que a Tudares lo detuvieron el 7 de enero de 2025 —tres días antes de la investidura de Nicolás Maduro para un tercer mandato consecutivo de seis años—, cuando también arrestaron al defensor de derechos humanos Carlos Correa y al excandidato presidencial Enrique Márquez, estos dos últimos liberados.
Durante dos meses se desconoció el paradero de Tudares y el propio Edmundo González denunció su desaparición en un artículo publicado en el diario español El País donde se declaraba como el legítimo presidente electo de Venezuela.
Tras un rápido juicio, se anunció en diciembre pasado que el abogado había sido condenado a 30 años de prisión por «terrorismo, asociación para delinquir y conspiración». En su mensaje en X, Mariana González escribió que en el juicio contra su esposo «no existen testigos, ni existen evidencias, ni hecho demostrables en contra de Rafael que constituyan delitos».
Igualmente, agregó que había sido objeto de al menos tres intentos de extorsión de personas vinculadas a las autoridades venezolanas, la Iglesia y otros para condicionar la libertad de Tudares. «Se llevaron a cabo en embajadas y espacios donde opera el Arzobispado (de Caracas), y en oficinas que públicamente afirman defender derechos humanos», aseguró.
Tras la liberación de su esposo, Mariana González también agradeció «muy especialmente a todas y cada una de las personas que me han apoyado humanamente, en la lucha por su libertad» y al «Equipo de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, con sede en Panamá, que siempre hicieron seguimiento e incidencia en este caso, en el ámbito de sus competencias humanitarias».
Caracas. – Freddy Bernal, quien funge como gobernador ilegítimo del Estado de Táchira, advirtió este pasado miércoles que el narcorégimen no va a permitir “burlitas estúpidas” sobre la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, ocurrido el 3 de enero a cargo de EE. UU.
Bernal lanzó una amenaza directa a la población asegurando que no permitirán protestas ni “burlitas estúpidas” celebrando la captura de Maduro durante la “Operación Resolución Absoluta” ejecutada por EE. UU., y advirtió que se aplicará “todo el peso de la Constitución” contra quienes lo hagan.
Desde el estado Táchira, dijo que quienes emitan «juicios de valor» contra el régimen, sus instituciones o celebren la intervención extranjera serán «perseguidos y procesados legalmente», afirmando que “ellos saben quiénes son”, subrayó refiriéndose a los opositores.
“No vamos a permitir bajo ninguna circunstancia, amenazas, burlitas estúpidas celebrando la captura del presidente, porque los insto a leer las leyes”, alertó.
A su juicio, es importante aplicar las “leyes”. Especificó que “en un stand, están los artículos de ley, instigación al odio, esta muy clara”, asimismo añadió que la “ley Simón Bolívar deja claro los argumentos de traición a la patria”.
Asimismo, enfatizó en que la operación sobre la captura de Maduro, por parte de “una potencia extranjera” es una “agresión” y que todo individuo que quiera abogar, estaría atentando contra “la patria”.
Finalmente, Bernal recordó que cuentan con “los organismos de inteligencia” para identificar, perseguir y capturar a individuos en esa posición.
Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.
“El problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo (…), es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros.”
Roymer A. Rivas B.
Hace unas semanas publiqué un video corto[1] donde explicaba que el pecado original fue un acto socialista, por cuanto arremetió en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto del árbol del medio del jardín, “del conocimiento de lo bueno y lo malo” que él había estipulado que no comieran (Gn. 2:16-17; 3:2-3). En el mismo, sostengo que al Dios haber establecido un límite en los frutos que podían comer Adán y Eva, pues podían alimentarse de todos menos de uno, en realidad Dios estaba estipulando límites de propiedad. Ergo, el pecado original es un acto socialista.
Tras ello, me han respondido[2] recordando el texto de Salmos 24:1, donde David declara la soberanía de Dios sobre todo, afirmando que “De Jehová[3] es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”, para luego sostener que, como “Dios es creador de todo y, por tanto, propietario de toda la tierra”, entonces “el pecado de Adán no fue que violo la propiedad de Dios porque nada que tenía Adán era realmente suyo, sino de Dios”. En este orden de ideas, sostienen que Jehová solamente “puso a Adán como administrador de su creación”, por lo cual, —he aquí el intento de refutación a lo que expresé en el video— “el pecado de Adán fue el de desobedecer a Dios porque le dijo que de todo árbol puedes comer menos [el del conocimiento de lo bueno y lo malo]”, y añade: “su pecado fue su desobediencia. Como explica Tertuliano: ‘si Adán y Eva hubieran amado de verdad al señor no habían contravenido su precepto’”, por tanto, el mandato “era una prueba de amor y fidelidad que Adán y su Esposa no pasaron”. Es decir, el pecado original “no tiene nada que ver con el socialismo o la propiedad”, y me acusa de incurrir en anacronismos[4] al hablar del tema.
No obstante, esta posición incurre en algunos errores que son necesarios matizar, en aras de comprender mejor el mensaje de la Biblia, o al menos lo que así se me presenta en este momento. Argüiré el asunto, en favor, evidentemente, de lo que sostuve en el video, de una manera más estructurada, respondiendo, a su vez, a los argumentos que —respetuosamente— explica Moisés. Si bien, aclaro que mucho en este tema necesita de un rigor que no podré resumir en pocas líneas —precisamente por ello los desarrollo en un libro que, espero, pronto vea luz—, así que me limitaré al orden lógico primario de los argumentos, sostenidos en la Biblia —no puede ser de otra manera—, e invito al lector a seguir profundizando en el tema, o a preguntarme, que yo en algún momento saco tiempo y respondo con gusto. Sin más, comienzo.
Sobre la administración, la propiedad, el fruto y la desobediencia
Cuando Dios crea a Adán y Eva, les da potestad para regir el planeta entero, incluyendo todo lo que hay en él, menos regir sobre sus iguales, es decir, sobre otros seres humanos. Dios habla directamente con los seres humanos, y no otra criatura, para decirles que tienen toda clase de alimentos, que nombre al resto de animales y administren el jardín, con el objeto de extenderlo por toda la tierra (Gn. 1:29-30; 2:19-20), únicamente recibiendo el mandato de no comer del fruto. Naturalmente, los primeros seres humanos eran administradores de lo que Dios había creado, pero se incurre en un falso dilema cuando se pretende separar la “desobediencia” con la “violación de propiedad”, porque éstos no son conceptos excluyentes, más bien, el segundo es la manifestación concreta del primero. Es decir, ellos eran administradores, pero todo administrador opera bajo una jurisdicción limitada, por tanto, el error de Adán y Eva no fue solo la “desobediencia”, así en abstracto, sino un acto de usurpación.
Para comprender esto cabalmente, es necesario entender primero una cosa: el árbol del bien y el mal representaba la potestad de Dios de establecer lo bueno y lo malo, las leyes, y no el “conocer lo bueno y lo malo” en sí mismo —no tendría sentido que Dios juzgara a Adán y Eva por un “mal” que ellos no tenían capacidad de conocer sino hasta después de “pecar”; Adán y Eva sabían lo que era bueno y malo, y precisamente por eso estaban conscientes de que no debían comer del fruto—. En consecuencia, cuando Adán y Eva comen del fruto, más allá de romper los términos del “contrato de administración” —por decirlo de alguna forma—, en realidad se rebelaban en contra de la autoridad de Dios para estipular las leyes que iban a regir la conducta humana. Algo curioso es que la Biblia no da más información del árbol, pero eso es porque la misma interesa, no como objeto-personaje de la historia, sino como símbolo. Lo que cuenta aquí es la prohibición en sí misma, la expectativa de obediencia del humano a Dios, de respetar el límite impuesto. Como ya he explicado: “el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo en realidad simboliza el singular y explicito derecho de Dios de determinar o fijar los parámetros que definen el bien y el mal —que es igual a lo que Dios aprueba o no—. Ergo, el human no es que no podía conocer lo bueno y lo malo, más bien podía conocerlo y debía respetar que el único con la potestad de fijar las normas que fijarían la línea entre lo que estaba bien y lo que estaba mal era su Creador, un límite que, por cierto, se traduciría en una vida plenamente disfrutable, libre de todo el sufrimiento que acompaña a la enfermedad y la muerte.” Cuando comen del fruto (Gn 3:5-6), se rebelan en contra de ello.
Adán y Eva querían “ser como Dios”, establecer ellos mismo lo correcto e incorrecto, las leyes, los mandatos; el “conocimiento del bien y el mal” no se refiere a la capacidad cognitiva de distinguir entre un acto bondadoso y uno cruel —ya ellos tenían esa capacidad, sino no podrían ser juzgados, porque no habría pecado—, sino a la potestad legal y moral de definir qué es legal y qué es ilegal. En términos jurídicos, Dios era el propietario del jardín, y al comer del fruto, Adán y Eva no solo cometieron un robo —violación de la propiedad—, sino un acto de rebelión política. Al querer “ser como Dios”, buscaban la facultad de dictar sus propios códigos morales.
He aquí, precisamente, el porqué expreso lo que expreso en el video: el problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo —y si cabe, lo matizo, porque el problema per sé no es el socialismo, sino el estatismo—, es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros. Es precisamente por ello que destaqué el versículo de Eclesiastés 8:9, porque el mal de la humanidad, según la Biblia, se debe a que el “hombre se ha enseñoreado sobre el hombre para perjuicio suyo”. Antes del pecado, no existía el concepto de un humano gobernando a su semejante, pero sí existía una jerarquía funcional con Dios; esto es: de cara a la relación Dios-humano, había jerarquía, pero de cara a la relación humano-humano, existía una igualdad total, ante la ley —si cabe, y reservándome los comentarios que tengo al respecto de dicha “igualdad ante la ley”—. En suma, al querer definir ellos mismos estipular lo “bueno y lo malo”, abrieron la puerta a la tiranía; el pecado original fue una declaración de independencia fallida que resultó en la esclavitud del humano por el humano; al rechazar el orden establecido por Dios, quedaron a merced de los caprichos legislativos de sus semejantes.
Sobre Dios, las leyes y el Estado
No es casualidad que Jesús haya mantenido una postura de separación radical del poder político de su tiempo, porque su reino “no era parte de este mundo” (Jn. 18:36). Cuando Satanás lo tienta ofreciéndole todos “los reinos de este mundo” —y nadie ofrece algo que no le pertenezca (ver: 2 Cor. 4:4)—, los rechaza por completo. De hecho, si se interpreta bien Romanos 13, que a menudo se usa para apoyar al Estado, lo que realmente estaba diciendo Jesús era: “Si tiene la cara del César, es de él; pero ustedes son imagen de Dios, por tanto, no le pertenecen al Estado”, siendo una respuesta evasiva que deslegitimaba el reclamo absoluto del Estado sobre el individuo. Es más, el mismo Jesucristo criticó el legalismo en el que habían incurrido los supuestos maestros que debían guiar al pueblo en su relación con Dios, porque se había perdido el sentido originario de la ley (Mat. 23:4, 13, 23-24, 27-28; Mc. 2:27; 7:8-9).
Hablando de ley, antes de Saúl —el primer rey—, los israelitas, en calidad de pueblo escogido de Dios, no tenían un gobierno central, ni impuestos permanentes, ni ejército profesional, pero sí tenían jueces que fungían como líderes y guías en la resolución de conflictos basados en el Torá —leyes ya dadas, en algunos aspectos rígidas, porque tampoco puede ser de otra manera— y la costumbre —énfasis en: costumbre, derecho consuetudinario—. Cuando el pueblo pide un rey, Dios le dice a Samuel que lo han rechazado directamente, y Samuel pasa a describir lo que hace un Estado: “Tomará a sus hijos… tomará sus campos… y tomará sus diezmos” (1 Sam. 8), siguiendo con la narrativa originaria del surgimiento del Estado como una apostasía —no por nada en el Armagedón, que, según se cree, será la confrontación entre el Reino de Dios y los “reyes de la tierra”, es para hacer una limpieza del mal estatista y establecer el orden originario, anárquico, bien entendido—.
La historia de la Biblia es, en gran medida, la historia de la resistencia del individuo —guiado por Dios— frente a la arrogancia del poder político. Adán quiso legislar, y eso derivó en todo lo que conocemos hoy; Nemrod quiso centralizar el poder, institucionalizando, de manera primitiva, el Estado; Israel pidió un rey y fue advertido de la esclavitud estatal; Jesús rechazó la corona terrenal y propuso una ley basada en el individuo y la propiedad. Y si el hombre no tiene derecho a enseñorearse del hombre (Ec. 8:9), entonces el Estado es, teológicamente hablando, una anomalía o un acto de rebelión continuado, “la institucionalización del Diablo en la tierra” —como sostengo en otro lugar—.
Sobre el anacronismo
Dicho lo anterior, solo queda responder a la acusación de incurrir en una anacronía, al hablar del socialismo, el pecado original, el Estado, entre otros. Y esto no amerita más que decir que en ningún momento se dice que Adán y Eva fueron socialistas por lo que hicieron, tan solo se comparan los actos, vistos con los lentes de hoy, para resaltar similitudes. Una cosa es decir que ciertos actos o ideas colindan o se asemejan de alguna manera con los conceptos del presente, y otra muy distinta decir que esos conceptos existían en el pasado. Naturalmente, no puede haber análisis histórico sin lentes del presente, porque es desde el hoy que se analizan las cosas; entonces, la responsabilidad de quien emite juicios de valor al respecto es saber separar los conceptos y atenerse a las comparaciones lógicas, resaltando similitudes. Es esto lo que he hecho, no un anacronismo. La Biblia, con todos sus personajes, no es socialista, ni liberal, pero sí es cierto que muchos de sus principios o enseñanzas se pueden comparar con los principios de esos conceptos del presente. Para ser más rigurosos, lo que estoy haciendo es una tipología analítica, porque identifico constantes en la historia y la naturaleza humana —bíblicamente hablando, en este caso— para darles nombre con el léxico técnico que poseemos hoy.
Bíblicamente hablando, el socialismo, derivado del estatismo, como fenómeno de control centralizado que erosiona la propiedad y atenta contra la libertad, es una manifestación de una inclinación humana mucho más antigua. En otras palabras, el principio de usurpación de autoridad, que se adhiere a sí misma una supuesta legitimidad para estipular el bien y el mal, operaba antes de que Marx, Proudhon, o cualquier otro teórico socialista, escribieran una sola palabra. Nadie puede acusarme de incurrir en anacronismos por usar el término “socialismo” o “estatismo” como una herramienta de diagnóstico para describir la actitud de Adán —si se me permite la alegoría, es como si estuviese usando un microscopio moderno para ver una bacteria antigua; la bacteria siempre existió, pero el microscopio me permite nombrarla y entender su comportamiento—. Si nos acercamos a la Biblia con actitud correcta, repararemos en que la misma sí establece fundamentos sobre los cuales se construyen, o se pueden analizar, las ideologías modernas —como el principio de no agresión, la soberanía del individuo, entre muchos otros etc.—, y con esto en mente, yo puedo afirmar que cualquier sistema que intente obligar a las personas a someterse a leyes humanas arbitrarias —lo que hoy llamamos estatismo desde el libertarismo— es una repetición del patrón de rebelión del Génesis. Es lamentable que muchos estudiosos de la Biblia, creyéndose a sí mismo eruditos, no sepan hacer esta distinción en el momento de su estudio, porque confunden dogma —lo que la iglesia dice que pasó— con el análisis de las implicaciones del acto.
[1] Roymer Rivas [@roymer_rivas]. 2025. Adán y Eva arremetieron en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto. Es decir, cometieron un acto [reel]. Instagram. En: https://www.instagram.com/p/DQR-jrxkeQq/ (Cit: 22/01/2026).
[2]Ibidem. Comentario de Moisés Delgado [@moisesdelgado195].
[3] La Biblia dice que el nombre de Dios, traducido al español, es Jehová —o Yawéh— (Sl. 83:18; 113:2; Is. 42:8; entre otros).
[4] El anacronismo trata cuando se sitúa a una persona, objeto, evento o idea en una época histórica a la que no pertenece. Es decir, como el “socialismo” es un concepto de la modernidad, incurro en un error al hablar del mismo en una época a la que no existía el concepto.
Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.
“(…) la libertad no florece bajo la luz inclemente de un reflector perpetuo, donde solo se permite la actuación aprobada, pero sí florece en la penumbra, en el silencio y en el misterio de lo privado.”
Oriana Aranguren
En la sociedad actual, vivimos inmersos en un error categórico en la narrativa sobre la libertad que ha adquirido el estatus de dogma incuestionable, a saber: la transparencia es una virtud y la opacidad ha de levantar siempre sospecha, que es usada por muchos políticos que pretenden transformar una herramienta de control en una supuesta virtud social. Es decir, han intentado convencernos, y lo han logrado con muchos, de que la transparencia es, per se, un valor absoluto, y lo muestran expresiones del tipo: “quien nada debe, nada teme”, para que los ciudadanos no tengan ningún tipo de secreto de cara a los estados del mundo, con su vocación de control, y seguido por corporaciones tecnológicas. A juicio de muchos políticos, un mundo sin secretos es un mundo más seguro, más honesto y, paradójicamente, más libre. Sin embargo, esta premisa encierra una trampa lógica que erosiona los cimientos de la individualidad, pues, al equiparar la privacidad con el secreto ilícito, se legitima la vigilancia perpetua, encontrándonos, paradójicamente, con que la transparencia total no es una herramienta de liberación, sino el mecanismo más sofisticado de coacción que se haya diseñado en la historia de la humanidad.
Históricamente, la transparencia fue una exigencia del ciudadano hacia el poder —el Estado, la burocracia, el gasto público—, era un mecanismo de defensa contra la arbitrariedad de quien manejaba los recursos públicos y controlaba a los demás. Pero en el siglo XXI, la ecuación se ha invertido: hoy es el poder —estatal y corporativo— el que exige transparencia absoluta al individuo, eliminando la privacidad, el secreto, y, con ello, disolviendo la libertad, porque se ataca directamente la individualidad, al estar siempre bajo el escrutinio de la mirada ajena, y no necesariamente de personas que se interesan genuinamente por nosotros.
El ojo de Dios y la distopía de Anon: una ficción hecha realidad
Para ilustrar en dónde estamos —o hacia dónde nos dirigimos, si no lo vemos ya hoy—, no hace falta recurrir a abstracciones complejas, sino observar las proyecciones culturales que ya retrataron este declive, por ejemplo, la película Anon (2018), dirigida por Andrew Niccol. En esta, se nos presenta una sociedad donde la privacidad ha sido abolida técnicamente, pues, a través de una interfaz neuronal llamada “The Ether”, todo lo que el individuo ve es grabado, etiquetado y almacenado en una nube colectiva. Es decir, no existen el anonimato ni el olvido; la identidad es pública, accesible y verificable en tiempo real.
En este escenario, la policía presume haber erradicado el crimen porque el crimen suele habitar en lo oculto[1]. Sin embargo, el costo de esa seguridad es la desaparición del “Yo”, y ello queda probado cuando el protagonista, el detective Sal Frieland, camina por la calle, ya que no ve personas, sino que ve datos flotantes, historiales biográficos y estadísticas. La identidad se reduce a información disponible. El conflicto, no obstante, surge cuando aparece una anomalía: una mujer sin —aparente— huella digital, una “fantasma”. El sistema entra en pánico no porque ella sea necesariamente una criminal, sino porque es ilegible, porque, en un mundo que ha aceptado la vigilancia masiva, intromisiva, desconectarse o intentar no dejar huella digital no es solo una excentricidad, sino un acto criminal, porque el sistema considera que la opacidad es, por defecto, culpabilidad.
Si nosotros analizamos nuestra realidad actual, nos daremos cuenta que esta ficción no está lejos de ella. Si bien es cierto que no tenemos implantes en la retina —por ahora—, la presión social y la arquitectura tecnológica nos empujan hacia la misma conclusión: si no estás en la red, si no eres “visible”, eres sospechoso. La aspiración de la modernidad líquida —concepto de Zygmunt Bauman— es convertir al ser humano en un ente totalmente legible para el algoritmo. Pero debemos preguntarnos: si todo lo que hacemos es visible, registrado y susceptible de ser reproducido, ¿Somos realmente agentes libres o meros actores interpretando un papel para una audiencia perpetua? Si intentamos responder esta pregunta, repararemos en que la transparencia se ha convertido en una nueva forma de tiranía, una donde la coacción no viene dada, quizá, por un arma de fuego, sino por la exclusión social y la inhabilitación digital.
La falacia de “quien nada debe, nada teme”
Como ya señalé en un inicio, uno de los argumentos más perniciosos utilizados para justificar la invasión de la privacidad es la sentencia popular: “Si no estás haciendo nada malo, no tienes nada que ocultar”. Pero con esta sentencia asume que la privacidad es solo un refugio para el delito, lo cual es sinónimo de ignorar por completo la naturaleza humana, en la medida en que la privacidad no se trata de esconder lo “malo”, sino de proteger lo propio. Cuando cerramos la puerta del baño, por ejemplo, no lo hacemos porque estemos cometiendo un crimen, sino porque hay actos que pertenecen exclusivamente a la esfera íntima y que, al ser expuestos, pierden su dignidad.
En este sentido, el argumento de “nada que ocultar” invierte la carga de la prueba de la libertad, porque, en una sociedad libre, el individuo tiene el derecho a la opacidad, y es el poder quien debe justificar cualquier intromisión, pero en la sociedad de la transparencia total, el individuo es sospechoso por defecto si decide no compartir sus datos. Con esto, se nos obliga a ser cajas de cristal. Pero, como bien han señalado diversos pensadores críticos del totalitarismo, una sociedad donde todos pueden verlo todo no es una sociedad de confianza, sino una sociedad de vigilancia mutua, un panóptico[2] donde el carcelero ya no es necesario porque los prisioneros se vigilan entre sí y a sí mismos. Y de esto se desprende que el efecto más devastador de la tiranía de lo visible es la modificación de la conducta, porque el sujeto observado altera su comportamiento —si sabemos, o simplemente sospechamos, que nuestras palabras, búsquedas en internet y movimientos están siendo registrados, instintivamente ajustamos nuestra conducta a lo que se considera “aceptable” o “normal” para la sociedad, no significando necesariamente “bueno o malo” per se, sino “bueno o malo” según los ojos de la sociedad[3], y eso sin considerar que los estados tienden a tipificar como delitos cosas que no deberían serlo—.
Asimismo, el resultado es la estandarización del pensamiento, ya que la libertad de cometer errores, de explorar ideas radicales en privado, de probar identidades o de simplemente ser “incorrecto” sin consecuencias públicas, desaparece. En su lugar, surge una ciudadanía performática, donde cada acción está calculada para encajar en el molde socialmente aprobado, por consiguiente, no actuamos por convicción, sino por miedo al juicio de otros, que pueden acceder a nuestros datos en una especie de archivo eterno. Ergo, la transparencia absoluta, lejos de empoderarnos, nos encadena a una versión higienizada de nosotros mismos, nos quita la libertad de contradecirnos y de evolucionar —porque el registro digital no perdona ni olvida—. En suma, nos condena a ser esclavos de nuestro pasado y rehenes de la percepción ajena; si todo es visible, el individuo se congela en una versión estática de sí mismo, aterrorizado de desviarse de la norma estadística que el algoritmo o la sociedad espera de él. En este contexto, la libertad se reduce a la capacidad de elegir entre opciones pre-aprobadas por la mayoría, lo cual, en rigor, no es libertad en absoluto.
La asimetría del poder: la caja negra y la casa de cristal
Pero no todo acaba allí, porque, mientras por un lado nos autocensuramos ante la mirada del otro, nos encontramos con el hecho de que la transparencia absoluta no es un intercambio entre iguales, sino una transferencia unilateral de poder del individuo hacia la estructura, sea estatal o corporativa. Es decir, existe asimetría de información —no todos responden o ven lo de todos, sino solo los poderosos nos vigilan a nosotros— y, por si fuera poco, se hacen con la capacidad predictiva que les permite afianzar sus sistemas de control. Hoy, se nos exige ser libros abiertos, se nos insta a compartir nuestra ubicación, nuestras finanzas, nuestras relaciones y nuestros datos biométricos bajo la promesa de eficiencia y seguridad, sin embargo, mientras el ciudadano es empujado a habitar una casa de cristal, las entidades que recolectan esa información operan desde una “caja negra” impenetrable.
Nosotros no sabemos, por ejemplo, cómo funcionan los algoritmos que determinan qué noticias leemos, qué tasa de interés se nos asigna o si somos elegibles para un empleo. He aquí una paradoja en la era de la información: nunca antes el individuo había sido tan transparente para el poder, y nunca antes el poder había sido tan opaco para el individuo. En este desequilibrio, la libertad se vuelve una ilusión. Como bien señalan algunos, “el conocimiento es poder”, y quien posee los datos posee la capacidad de anticipar movimientos. Si una entidad —como el Estado— conoce nuestros patrones de conducta mejor que nosotros mismos, la capacidad de manipulación deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una certeza matemática. En este marco, ya no es necesario coaccionar físicamente a una población si se pueden diseñar los incentivos digitales —el conocido “nudging” o “pequeño empujón”, al que incluso apelan algunos libertarios cuando hablan de un oxímoron, como lo es el “paternalismo libertario”— para que las personas tomen las decisiones que el sistema desea, creyendo falsamente que son propias.
Comprender esto es importante, porque si la libertad humana está intrínsecamente ligada a lo impredecible, la capacidad de cambiar de rumbo, de actuar de manera irracional o de reinventarnos, la transparencia total alimenta una maquinaria de predicción masiva —si el sistema puede predecir con un 98% de exactitud qué compraremos, por quién votaremos o a dónde viajaremos basándose en nuestro historial, se cierra el horizonte de posibilidades—. Con ello se alimentan sesgos cognitivos, porque solo consumimos lo que el algoritmo “sabe” que nos gusta, encerrándonos en bucles de retroalimentación. Y en un mundo optimizado por la transparencia de datos, el azar se elimina por considerarse ineficiente, lo que, a su vez, elimina la ineficiencia del azar, la chispa de la creatividad y la disidencia.
Es necesaria la opacidad, al menos en cierto nivel
Frente a este avance del Estado para hacer toda nuestra vida visible, la defensa de la libertad en el siglo XXI, en la era digital, pasa necesariamente por la reivindicación de la opacidad. Debemos rechazar la noción moralista de que el secreto es sinónimo de culpabilidad, y entender que la culminación de esa supuesta “honestidad” es la instauración de un panóptico digital que anula la esencia misma del individuo; si la privacidad se ve como una anomalía sospechosa, el sistema nos arrebata el derecho a la interioridad, que es donde maduran el pensamiento crítico y la autenticidad, porque, en resumen, el secreto es el sustrato donde germina la autonomía.
En lo personal, extiendo una invitación a cada persona, al menos los que no tienen mentalidad de esclavos, para que comiencen a defender su privacidad, porque hacerlo no significa necesariamente conspirar contra la ley, sino protegernos de la estandarización forzosa y de que terceros incidan en nuestra vida a un nivel que solo se los permite hoy la tecnología. Como sugirió el filósofo Édouard Glissant, debemos reclamar nuestro “derecho a la opacidad”, es decir, el derecho a no ser totalmente comprendidos, categorizados ni reducidos a una fila en una base de datos. Y dicha resistencia no implica necesariamente una desconexión ludita, sino una consciencia activa sobre el valor de nuestra intimidad, es decir, implica entender que cada fragmento de privacidad que cedemos por comodidad es una fracción de soberanía individual que perdemos.
Como reflexión final, me gustaría resumir el mensaje general del texto en lo siguiente: la libertad no florece bajo la luz inclemente de un reflector perpetuo, donde solo se permite la actuación aprobada, pero sí florece en la penumbra, en el silencio y en el misterio de lo privado. Por tanto, defender ese espacio no es ocultar quiénes somos, más bien es preservar la única zona donde, quizá, realmente somos libres.
[1] Algo discutible, de hecho, porque si el crimen ha sido erradicado, entonces no serían necesarios los detectives. Más bien, lo que ha quedado eliminado son la resolución de los crímenes, pero, ¿A costa de qué?
[2] El filósofo Jeremy Bentham ideó en el siglo XVIII el “Panóptico”, una estructura carcelaria donde un solo vigilante podía observar a todos los prisioneros sin que estos supieran si estaban siendo mirados o no. La clave del control no era la vigilancia constante, sino la posibilidad de ser vigilado en cualquier momento. Esto inducía al prisionero a autocensurarse y a comportarse según las reglas, interiorizando la autoridad, Más tarde, Michel Foucault usaría esto como metáfora para la sociedad disciplinaria, carcelaria, moderna en “Vigilar y castigar”, pues el poder opera a tráves de una vigilancia constante y asimétrica que induce a los individuos al autocontrol y la normalización, extendiéndose a las escuelas, hospitales y fábricas para producir sujetos dóciles mediante la internalización de la mirada del poder, sin necesidad de usar fuerza física directa.
[3] Aquí cabe referir a “la patología de la normalidad” de Erich Fromm, quien explica que la vida social normal en las sociedades modernas —a su juicio, especialmente la capitalista, pero eso lo ignoraremos—, es inherentemente patológica —deshumanizante y alienante— porque promueve la adaptación y el conformismo, lo que lleva a la enajenación, la pérdida de individualidad y la incapacidad de relacionarse productivamente con la realidad, a pesar de ser socialmente aceptado. Es decir, lo “normal” se define erróneamente por la adaptación a un sistema que daña al ser humano, en lugar de por el desarrollo de la autonomía.
Caracas. – Saber acerca del paradero de 200 venezolanos que se encuentran en condición de desaparición forzada, fue la principal exigencia que un numeroso grupo de familiares de rehenes políticos exigieron este martes en las afueras de la sede del Ministerio Público en Caracas.
“Venimos nuevamente al Ministerio Público a pedir respuestas por las personas detenidas que aún permanecen en desaparición forzada. Estamos hablando de al menos 200 personas”, denunciaron familiares agrupados en la ONG Comité por la Libertad de los Presos Políticos en Venezuela (CLIPVE).
Entregaron un documento dirigido al ilegítimo fiscal general chavista, Tarek William Saab, en el que exigen información inmediata sobre el paradero de al menos 200 personas en desaparición forzada, según documentó la ONG.
Los parientes también reclamaron celeridad en los casos que, según el propio régimen chavista, estarían “en revisión” para posibles excarcelaciones, mientras decenas de detenidos continúan incomunicados y sin acceso a defensa.
En la sede del Ministerio Público, los familiares fueron recibidos por los funcionarios Diego Casanova, Sol Ocariz y Zoraida González, sin que hasta el momento se conozca una respuesta concreta sobre las denuncias planteadas.
«Se maneja una cifra oficial de 400 excarcelaciones. Esas excarcelaciones no son reales. Todos los familiares llevamos un conteo y las cifras no nos dan», alertó una joven, allegada a uno de los secuestrados en manos de la Narcotiranía.
También, la madre del rehén político militar, Jonathan Franco, Sargento Segundo de la GNB, denuncia que desde el pasado 31 de julio de 2025 su hijo, junto con otras 11 personas, se encuentran desaparecidos.
«Tengo cinco meses y dieciocho días buscando a mi hijo. Son 32 gedeones que están desaparecidos», denunció, haciendo referencia a los uniformados que tomaron parte en la llamada «Operación Gedeón», en contra del narcorégimen de Nicolás Maduro.
«Somos madres desesperadas por nuestros hijos. No sabemos si en verdad ellos están vivos», dijo igualmente la madre del teniente. de fragata Edgar Suárez, quien denuncia que su hijo, junto a otros 15 secuestrados, se encuentra en desaparición forzada desde el pasado 3 de noviembre.
Caracas. – Según declaraciones ofrecidas por Yessi Orozco, hija del diputado Fernando Orozco, y quien se ha convertido en la voz oficial del grupo de familiares de rehenes políticos que se mantienen en vigilia en la «Zona 7», se habría producido otro fallecimiento de otro rehén político en el centro de reclusión situado en Boleíta Norte (Caracas), tratandose del abogado José Gregorio Hernández Polo, de 59 años.
Cabe señalar que los secuestrados en «Zona 7» aún no han sido liberados. La joven explicó que manejan la información de manera extraoficial, ya que los familiares de la presunta víctima recibieron información no confirmada aún al respecto.
«Manejamos información extraoficial de que lamentablemente hay un nuevo suceso, una persona ha muerto aquí. Queremos hacer una denuncia formal y hacer responsables a todos los directores», dijo Orozco.
Pese a la insistencia por que les informen si Hernández sigue vivo o no, ninguna de las autoridades del citado penal les ha dado información aún. Aparentemente, las autoridades del centro de detención los llamaron para que retiraran el cuerpo.
El presunto fallecido y sus familiares son oriundos de la ciudad de Maracaibo, estado Zulia. Hace ya 10 días pereció otro rehén político, y de confirmarse el caso del abogado, vendría a ser el deceso número 27 bajo custodia del narcoestado chavista, desde las protestas postelectorales que iniciaron a partir del 28 de julio de 2024.
01:00 am. Se habría producido otro fallecimiento de otro preso político en Zona 7. Se trataría del abogado José Gregorio Hernández Polo, de 59 años. Los familiares presentes en las afueras de Zona 7, recibieron información de los familiares del señor Hernández donde les… pic.twitter.com/QznzLKjURT
Esta semana, un grupo de presuntos milicianos chavistas aparecen en un video en el que afirmaban estar dispuestos a viajar a Nueva York para rescatar a Nicolás Maduro y regresarlo a Venezuela, despues de ser capturado por mandato del presidente de EE. UU., Donald Trump.
Sin embargo, tales chavistas solo muestran la desconexión absoluta que tienen con la realidad, pues el régimen venezolano no logró impedir la operación que permitió la captura de Maduro en su propio territorio, lo que vuelve inverosímil cualquier intento posterior de “rescate” en suelo estadounidense.
Durante el ataque, no se registró ninguna respuesta de estos milicianos o la misma fuerzas armadas de Venezuela, a cargo de la tiranía, y todos salieron despues de que terminara la operación estadounidense. Por tanto, dichos chavistas alcanzan niveles de ridiculez que solo puede verse en su clase.
Cabe señalar que son varios los videos que han salido así. Por esta razón, los milicianos chavistas que afirman que buscarán al dictador Nicolás Maduro a EE. UU., así como los que piensan igual a ellos, han sido seleccionados como Borrego de la Semana.
“(…) Edmundo se diluye y María Corina entiende algo esencial: Washington no es un espacio para construir transiciones, sino para reposicionarse. Su presencia allí no busca puentes ni pedidos formales, sino mantenerse dentro del juego.”
Orlando Fuenmayor
La noche del 2 de enero yo estaba escribiendo un artículo titulado No hay con quién hablar, y que nunca publique por obvias razones. No era un texto sobre diálogo ni negociación —nunca lo fue—, sino sobre la imposibilidad de resolver el conflicto venezolano a través de intermediarios políticos tradicionales. Mi premisa era clara: Venezuela solo salía de su crisis mediante una intervención. En eso no me equivoqué; el error fue no haber dimensionado cómo iba a ejecutarse esa intervención.
Mientras yo analizaba el escenario desde una lógica de presión externa progresiva —sanciones, aislamiento, desgaste internacional—, la apuesta que se estaba jugando era mucho más cruda y directa. La acción de Donald Trump no contradijo el diagnóstico de fondo, pero sí rompió la forma “ordenada” en la que muchos creímos que ese desenlace iba a producirse.
Ese mismo 2 de enero, mientras escribía que Edmundo González y María Corina no lograban consolidar un liderazgo político real y que Nicolás Maduro se negaba a cualquier salida pactada por su obsesión de sostener su proyecto hegemónico, la historia avanzaba por otro carril. Maduro no estaba calculando escenarios de transición ni midiendo costos diplomáticos. Estaba atrincherado, convencido de que resistir era suficiente. No lo fue. Terminó capturado y encarcelado.
Ahí quedó claro el verdadero error de mi análisis: pensar que la intervención iba a operar principalmente desde afuera hacia adentro, cuando en realidad iba a gestarse desde adentro hacia afuera. Donald Trump no es un político convencional. No actúa bajo los códigos clásicos de la diplomacia ni bajo la lógica del reconocimiento institucional. Su pragmatismo lo lleva a una conclusión incómoda, pero históricamente eficaz: los regímenes autoritarios no caen por presión externa sostenida, sino por fractura interna inducida.
La intervención nunca necesitó de la oposición formal. Necesitaba del chavismo. No de interlocutores simbólicos, ni de gobiernos paralelos, ni de relatos electorales. Lo que hacía falta era alguien del círculo íntimo de Nicolás Maduro con poder real, información y disposición a venderlo. Alguien capaz de romper el bloque desde adentro. Y en ese punto, el nombre es inevitable: Delcy Rodríguez.
No haber dimensioné que la clave de la intervención no estaba en acumular legitimidad internacional, sino en activar una traición interna. No por supuestos alineamientos militares con la oposición —narrativa repetida durante años—, sino por un cálculo frío dentro de la cúpula del poder.
Nunca existió un estamento militar esperando instrucciones opositoras. Esa fue una ilusión cuidadosamente alimentada. Y aquí entra el segundo eje clave: la estrategia de María Corina Machado. Su lectura del factor militar fue, como mínimo, optimista. Durante años se transmitieron informes, señales y expectativas sobre unas Fuerzas Armadas dispuestas a desconocer a Maduro. Nada de eso se materializó. No hubo quiebre institucional desde abajo. El quiebre vino desde arriba.
Eso no invalida su rol político, pero sí marca un límite claro de su estrategia: el poder real nunca estuvo donde ella decía que estaba. En este contexto, surge una pregunta incómoda: ¿sabía Edmundo González que su figura no era clave para el desenlace real? ¿Le advirtieron desde Washington que su llamado “gobierno electo” carecía de peso operativo?
Porque hoy queda claro que la captura de Nicolás Maduro no se fundamenta en resultados electorales, sino en la ilegitimidad estructural del sistema. No se actuó por un fraude puntual, sino porque el proceso electoral venezolano dejó de existir como mecanismo válido hace años. Y eso lo cambia todo.
Edmundo González no es presidente electo, no encabeza una transición y no ocupa un lugar central en el desenlace político venezolano. No por incapacidad personal, sino porque nunca fue una pieza decisiva en el tablero real. Su figura fue funcional a un relato, no a una estrategia de poder.
Este mismo análisis desnudo a la falsa oposición, que intentó justificar las elecciones como parte de una gran jugada vinculada a Trump. Esa lectura fue errada, ya que en 2019 se había intentado desmontar a Maduro bajo el argumento de su ilegitimidad, una ilegitimidad que no nace en 2024 ni siquiera en 2018. Recordemos que, en 2018, con Henry Falcón como candidato, Smartmatic denunció manipulación de resultados y el propio PSUV fue señalado por inflar votos a favor de Maduro. El problema nunca fue una elección específica, sino el sistema completo.
En este escenario, Edmundo se diluye y María Corina entiende algo esencial: Washington no es un espacio para construir transiciones, sino para reposicionarse. Su presencia allí no busca puentes ni pedidos formales, sino mantenerse dentro del juego.
La jugada de arrastrarse con Premio Nobel de la Paz no es ingenua ni decorativa. Es una maniobra de supervivencia política en un contexto donde el poder ya no se disputa en elecciones inexistentes, sino en decisiones internas.
La noche del 2 de enero no entendí que estaba equivocado en el desenlace. Razoné que me había quedado corto en el método. Por ello la intervención siempre fue inevitable y que el 28 de julio de 2024 nunca existió en todo el relato.
Lo que no dimensioné fue que la llave no estaba afuera, sino adentro.
Caracas. – Génesis Gabriela Pabón y Rocío del Mar Rodríguez, las dos jóvenes que habían sido condenadas a 10 años de prisión por estampar unas franelas con la foto de una estatua derribada de Hugo Chávez, fueron excarceladas la madrugada de este viernes.
Pabón y Rodríguez fueron detenidas el 16 de agosto de 2024 por funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en el estado Mérida por estampar unas franelas con la foto que se viralizó durante las protestas poselectorales de ese año.
Las jóvenes aseguraron que fueron contactadas por funcionarios de la PNB, haciéndose pasar como civiles, para estampar las franelas y al momento de la entrega fueron detenidas sin explicar los cargos.
En ese entonces, fueron condenadas por presunta «incitación al odio» en julio de 2025, aunque la condena fue publicada en septiembre por el Tribunal Tercero de Primera Instancia de Control extensión El Vigía.
El exfiscal chavista Zair Mundaray fue el primero en dar a conocer la excarcelación de ambas jóvenes, a través de una publicación en su cuenta de la red social X.
No obstante, Mundaray indicó que, hasta el momento, no se han hecho públicas las medidas cautelares impuestas a las jóvenes por el nuevo tribunal que conoce la causa, lo que mantiene incertidumbre sobre las condiciones de su liberación.
En su pronunciamiento, el exfiscal cuestionó duramente el proceso judicial y a la Corte de Apelaciones que revisó el caso. “Las magistradas pudieron hacer justicia y cumplir con su deber, pero optaron por complacer al poder y mantenerlas presas”, escribió.
Caracas. – Como alguien con ideología comunista, y quien se encuentra a cargo de los centros de tortura del narcorégimen chavista, calificó este viernes María Corina Machado a la jefa encargada de la tiranía, Delcy Rodríguez.
Durante una rueda de prensa que ofreció la líder política y Premio Nobel de La Paz 2025, un día después de la reunión en la Casa Blanca con Donald Trump, Machado apostó por acelerar al máximo el plan iniciado por Estados Unidos para estabilizar y recuperar a Venezuela, pero insistió en la necesidad de destruir el aparato represivo del Estado y de liberar a los presos políticos.
«Venezuela será libre, lo vamos a lograr con la ayuda del presidente Trump y del pueblo estadounidense», ha asegurado con determinación Machado ante los medios.
No obstante, por otro lado, se refirió a la encargada del régimen chavista a quien tachó de comunista: «De Delcy Rodríguez, la Justicia internacional tiene suficiente información, no solo es una comunista y muy fanatizada, sino que como vicepresidente lideró los centros de tortura, los centros de tortura han estado bajo su dirección, es responsable directa».
En cuanto a la colaboración entre Rodríguez y Estados Unidos tras la captura de Nicolás Maduro, Machado aseguró que “pocas personas tienen tanta información sobre la estructura criminal de la tiranía como quien fue parte de su diseño”.
A su juicio, «Delcy tiene terror al presidente Trump», y aseveró que en el proceso para «una transición ordenada, en la que ellos (los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez) están haciendo el trabajo sucio. El resultado de una transición estable va ser una Venezuela orgullosa que será el mejor aliado que tendrá Estados Unidos en el hemisferio», enfatizó la dirigente.
En cuanto a la supuesta continuidad que representaría la jefa encargada del chavismo, Delcy Rodríguez, aseveró: “no se trata de elegir entre ella y yo, sino entre el cartel y la justicia. Solo soy una persona dentro de un movimiento más grande”.
Respecto a la reunión con Trump a puerta cerrada en la Casa Blanca, Machado dijo que el mandatario republicano “entiende la coyuntura y las implicaciones”, no sólo de Venezuela, sino de todo el hemisferio.
“Por la primera vez en la historia tendremos a Las Américas libres del comunismo y de las dictaduras, de los narcoterroristas (…) Eso es lo que ya está sucediendo”, aseveró.
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