Mesianismo populista: la trampa más antigua de América Latina

Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP

(…) Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios.

Lourdes N. Romero L.

América Latina está históricamente enamorada de los hombres providenciales. De vez en cuando, cuando la frustración social se torna insoportable, vuelve a aparecer la figura del líder que promete salvar la economía, la patria, la moral y el futuro. No es el político común, es la excepción. No pide que se le examine por los resultados, sino por la fe. Y ahí es donde empieza el problema.

No porque el mesianismo populista sea tan solo una forma de comunicación política. Es una deformación profunda de la cultura democrática. Se trata de la idea de que un solo hombre, o una sola figura carismática, puede ser el portador del pueblo, puede interpretar mejor que ninguna institución la voluntad del pueblo y resolver por sí solo los conflictos de una sociedad compleja. Sí que es una promesa seductora. Pero también es una mentira peligrosa.

La región cuenta con muchos ejemplos. Líderes que llegan anunciando que vienen a “salvar a los olvidados”, a acabar con la oligarquía, a acabar con la corrupción o a devolverle al pueblo lo que les han quitado. El discurso suele cambiar, pero la estructura es la misma: un relato moral absoluto, una división entre buenos y malos y un caudillo que se sitúa por encima de la ley, de la crítica y de los límites institucionales. El líder no gobierna: se hace carne. No da; salva. No escucha: descubre.

En eso consiste el mesianismo popular. Su fortaleza no reside en la firmeza de sus ideas, sino en su poder de llenar emocionalmente el vacío que dejan las instituciones débiles. El caudillo aparece como una solución allí donde el Estado se queda corto. El líder se convierte en la única referencia cuando los partidos se vuelven irrelevantes. En los lugares donde la ciudadanía está cansada de promesas incumplidas, aparece alguien que no ofrece un programa, sino esperanza inmediata.

Y eso funciona porque toca un punto muy sensible. En países afectados por la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la desconfianza, mucha gente ya no quiere hablar sobre instituciones; quiere ver resultados. La gente busca certezas, no ideas complejas. Quiere soluciones rápidas, no procesos largos. El populismo mesiánico se aprovecha de esta desesperación. Le habla a la gente cansada como si fuera un creyente que busca respuestas. Le ofrece la idea de que todo mejorará si se le da el poder a la persona adecuada. Pero el costo de esa entrega suele ser altísimo.

El líder como salvador

El líder mesiánico quiere que la política deje de basarse en reglas y se centre en la devoción. Por eso, crea una historia donde él es más que un gobernante: es una causa importante, una identidad compartida, una misión trascendental.

Cuando alguien critica, ya no es una opinión diferente, sino un ataque moral. Quien se opone se convierte en un enemigo. Cualquier límite institucional se ve como un obstáculo o un acto de sabotaje.

Ese mecanismo es muy útil para que un líder tenga mucho poder. Si la gente cree que el líder es el salvador, entonces el líder siempre tiene la razón. Si el líder se equivoca, la culpa la tienen otras personas. Si las cosas no salen bien, es porque alguien lo traicionó. Si el líder miente, es porque el sistema lo obligó a hacerlo. Si el líder tiene todo el poder, es para proteger a la gente. Si el líder persigue a sus oponentes, es porque está defendiendo la democracia. El mesianismo populista es muy bueno para cambiar la realidad y hacer que siempre parezca que el líder tiene la razón.

Es muy complicado combatirlo. No solo se trata de presentar datos o buenos argumentos. Lo que hay que hacer es entender y abordar la necesidad emocional que lo mantiene en pie. Para lograr esto, se necesita algo más que una crítica técnica. Se necesita una cultura política que esté bien desarrollada, una ciudadanía que exija resultados y unas instituciones que no dependan de la personalidad de una sola persona.

La política convertida en religión

Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios. El líder se convierte en alguien muy importante para sus seguidores. Repiten lo que dice como si fueran verdades absolutas. Justifican los errores que comete. Sus seguidores lo defienden porque lo quieren, no porque tengan razones para hacerlo. Ya no importa si hace lo que dice o no, lo que importa es creer en él.

Este tipo de relación daña el espacio público porque no permite discutir y tomar decisiones juntos. En un país democrático, las personas comparten ideas, piden resultados, corrigen a sus líderes y aceptan que otros puedan gobernar después. Pero cuando el populismo mesiánico toma control, el líder se vuelve alguien que no se puede criticar. Todo gira alrededor de él. Todo se entiende según quién es y qué ha hecho en su vida. Todo se hace para que él siga en el poder.

Cuando la política se convierte en algo en lo que creemos, la verdad ya no es lo importante. Lo que importa es qué nos conviene creer. Entonces se abre la puerta a que nos manipulen de manera muy obvia. Por ejemplo, nos pueden hacer creer cosas que no son verdad, hacernos sentir como víctimas, inventar enemigos que no existen, hacer promesas que no se pueden cumplir y crear una atmósfera emocional que nos hace dejar de pensar con la cabeza. Todo esto puede llevarnos a tomar decisiones basadas en emociones en lugar de en hechos reales.

La pobreza del atajo

El mesianismo populista muestra una gran pobreza intelectual. Se basa en creer que los problemas estructurales se pueden resolver solo con la voluntad personal de un líder. Es como pensar que poniendo a un “hombre fuerte” al mando, se pueden solucionar de la noche a la mañana décadas de problemas institucionales, económicos y sociales.

En Latinoamérica, nos gusta mucho la idea de encontrar soluciones rápidas. Nos entusiasman los líderes que dicen “se atreven a todo», los políticos que dicen “no tener miedo», o los presidentes que prometen “romper con todo». Pero, en realidad, romper no es lo mismo que construir algo nuevo. Gritar no es gobernar de manera efectiva. Castigar no es reformar. Y mandar sin limitaciones no es liderar; es simplemente acumular poder.

Los países realmente mejoran cuando fortalecen sus instituciones, mejoran la gestión pública, respetan las libertades, generan inversiones, organizan sus gastos y establecen controles efectivos sobre el poder. Todo esto puede parecer poco emocionante. Pero precisamente por eso es eficaz.

La crisis de representación

El éxito del mesianismo populista no se puede entender sin la crisis de representación que vive la región. Los partidos políticos se están quedando vacíos, las élites se están desconectando de la gente y la política se está convirtiendo en un asunto de grupos cerrados. Como resultado, la gente común deja de sentirse representada en el sistema.

En este vacío, surge el líder carismático como un sustituto emocional de la representación pérdida.

Sin embargo, esta solución es peor que el problema. En lugar de reconstruir las instituciones que median entre la gente y el gobierno, las destruye aún más. Los partidos políticos se vuelven irrelevantes y los espacios de participación se cierran en torno a una sola persona. En lugar de fomentar la ciudadanía activa, se crean seguidores leales.

El gran engaño del populismo mesiánico es que promete devolver el poder al pueblo, pero en realidad le quita autonomía. La gente se acostumbra a depositar su destino en otra persona, en lugar de tomar las riendas de su propio futuro. Esto la hace más vulnerable a la manipulación. La ciudadanía que deja de pensar por sí misma es fácilmente influenciable.

Una cultura política infantilizada

Tal vez la consecuencia más grave del mesianismo populista sea que la sociedad se vuelva dependiente de líderes que la salven. Esto hace que la gente crea que siempre habrá alguien que venga a resolver los problemas que no se quieren o no se saben resolver juntos.

En lugar de tomar responsabilidad, la gente espera que otro lo haga por ella. La responsabilidad se reemplaza con la adoración a una figura que se considera providencial.

Una sociedad que actúa de esta manera es débil. No puede establecer límites claros, no puede exigir con coherencia lo que es justo y no puede diferenciar entre una autoridad legítima y una que solo tiene carisma. Termina aplaudiendo a quien la seduce con discursos atractivos, en lugar de apoyar a quien realmente la fortalece.

América Latina necesita cambiar esta forma de pensar. Debe dejar de confundir el carisma de un líder con su capacidad para gobernar, la emoción del momento con un gobierno eficaz y la popularidad con la verdadera legitimidad.

Es importante que deje atrás esta enfermedad política que convierte a los líderes en figuras de culto y que hace que criticarlos sea considerado una herejía. Mientras la gente siga buscando un salvador, seguirá renunciando a ser un ciudadano activo.

El verdadero desafío no es encontrar a alguien que la salve. Sino construir una sociedad en la que no sea necesario que haya un salvador.

La inutilidad de la democracia pacifista en escenarios de autoritarismos

Mauricio Hernández, coordinador local de EsLibertad Venezuela y dirigente estudiantil del movimiento universitario TomosUCV

(…) Ante el estancamiento interno y la erosión de las capacidades de la oposición para generar un cambio real, el recurso a la incidencia extranjera se presenta como la última esperanza, aunque, esta ha demostrado ser una fuente de incertidumbre e histeria reprimida..

Mauricio Hernández

Introducción

Ante lo que parece ser la insuficiencia para cumplir el objetivo prometido por la supuesta nueva oposición venezolana en 2025, y el retorno a los escenarios casi post apocalípticos en los cuales se sume el país últimamente, tanto como a nivel social, político y económico, cabe que quienes todavía siguen renuentes a vislumbrar el panorama actual de manera lógica se pregunten: ¿Es una parafernalia colaborativa al mal que se nos ha infringido desde hace dos décadas la oposición? O, sencillamente vivimos sumidos en un liderazgo inútil, que a temporadas cambia su color de ojos, pero deja viva su esencia primigenia, —la cual es cobarde y abanderada a un poder externo a ellos, el cual se busca que haga de llave para el cumplimiento de sus promesas, porque no han de contar ni con la organización, los recursos y menos con el coraje suficiente por su parte para llevar a cabo un accionar verdaderamente eficiente para salir de la dictadura—. Vivimos con la cuerda en la garganta durante años, amarrada por la potestad de nuestro propio pueblo, que a su vez, es apretada por una esperanza que cojea y propicia cualquier placebo que nos resulte esperanzador a nuestra desgracia.

La sociedad venezolana se encuentra en un ciclo de error y postergación de su desdicha, únicamente debido a su incapacidad de abrir los ojos ante la realidad de una lucha por la libertad que ha sido menoscabada por un espiral de inacción política, como también por el discurso pacifista y fantasioso propiciado por quien se supone es su órgano heraldo de su libertad: su propia oposición, —la misma que se ha encargado del entorpecimiento crónico en lo que respecta a la salida del régimen—, una que se ocupó de distribuir una narrativa democrática, arraigada a la inacción por mantener una figura supuestamente recta. Tanto así que, a través de los años, se ha podido presenciar como los únicos actos de acción verdadera para tomar cartas en el asunto han venido de manos de grupos ajenos a los partidos. Actores como estudiantes, personas comunes organizadas por un deseo colectivo, pero sin un liderazgo claro o competente, mismos que ahora, muchos o se encuentran privados de libertad o en un mundo mejor. Todo por no entender que la factibilidad de la democracia pacifista se rebaja a mera inutilidad, si es que se aplica a escenarios dictatoriales. Esta es una estrategia la cual transmuta a ser hasta contraproducente para el objetivo gracias a su naturaleza, y, a su vez, resulta plenamente perjudicial a las masas fuera de las elites que apuestan por ella.

Dicho lo anterior, me propongo a desmantelar el supuesto camino hacia la salvación, dicha senda, adornada con palabras melosas, y al mismo tiempo, hacer recapacitar a cuyos ciegos se niegan a afrontar nuestro presente de manera realista, y prefieren vivir bajo utopías y promesas sin sustentación alguna, al igual que hacer ver sobre cómo si mismo está siendo funcional a su propio mal. —Porque no existe más ciego que el que se niega a ver su propia desgracia—. Este ensayo ha de postular las etapas de los autoritarismos en las que mínimamente cabe la idea de una democracia pacifista, o en su defecto, la democracia por sí sola. De igual manera, enmarcar como las dictadura ejercen un control estratégico y selectivo en la sociedad ante cualquier protesta, y, del mismo modo, la misma sociedad siendo funcional al régimen. Del mismo modo, doy a ver cómo un autoritarismo convierte el estado de excepción en la norma vigente, y esta termina inutilizando a la democracia.

Sobre las primeras etapas de los autoritarismos y la cabida de la democracia

¿En qué parte de los autoritarismos cabe la democracia? ¿Si la misma se trata del respeto a la voluntad de la mayoría y el respeto a la vida humana, y los autoritarismos resultan ser su anulador por excelencia? Pues, la respuesta simple sería que en ningún momento, sin embargo, en Transición a la democracia. Juan. Linz (1990) se plantea al autoritarismo como un proceso más que lineal, escalonado, hasta el punto de derrumbe del mismo, —una transición de niveles que resaltan por la evolución de las prácticas dictatoriales. Dicho lo anterior, preciso el dar razón de lo que denominé como las tres etapas clave de las dictaduras, basándome en la experiencia venezolana, cada una enmarcada por sus características clave que repercutan en el respeto de la democracia y una sociedad libre, al igual que las acciones con las que cuenta cada etapa para garantizar su declive. Empezando con saber que los autoritarismos son, en esencia, modelos los cuales evolucionan con el tiempo, la mayoría, cimentados al principio por el apoyo popular.

De este modo, la gran mayoría han llegado al poder por revoluciones armadas, u otros por procesos electorales con premisas partidistas comúnmente radicales, y que traen consigo reformas visiblemente doctrinarias y alejadas del pluralismo. En la generalidad, este modelo —como ya fue mencionado—, se apoya en la gente hasta llegar a su autonomía y control absoluto de las competencias del Estado. Awi, siendo las democracias, en especial las pacifistas propugnadoras de los órganos legales de la nación que, se sobreentiende, ya han sido tomados, lo cuál resuena en las pocas posibilidades que puedan darle cabida a una potestad de la mayoría o un cambio.

De estas etapas, partimos de la primera la cual es la instalación. Un inicio del periodo enmarcado por un apoyo considerable, el cual no se ve afectado en los primeros años de mandato, —a excepción de que ocurra alguna irregularidad que deje en un descontento grande a la sociedad—. En lo general este periodo va acompañado de una estructura inicial supuestamente democrática, lo que condiciona una oposición débil, al igual que existe una vigencia todavía de la decisión tomada, que ya está siendo aplicada. Según la historia, son los primeros años en los cuales vemos un contento en la población a base de los cambios ya propiciados por el mandato, que de plano pueden resultar radicales si es que se llegó al poder a través de una revolución, o, una ideología sumamente extremista. Dichas reestructuraciones pueden traer consigo reformas de leyes de naturaleza muy polarizada, implementación de políticas favorecedoras a un grupo específico, al igual que también se dejan ver los primeros rasgos de centralización de poder en varias personas. Esta es una etapa la cual lleva un aire de alerta a lo que posteriormente se acerca, y el anuncio de algo que tarde o temprano desembocará en una situación más grande.

En concordancia con lo anterior, y un avance temporal del primer periodo, se puede notar de manera clara como lo que empezó con meras acciones enmarcadas por una ideología, o a peor, sumida en escándalos y violaciones orquestadas, pasa a ser lo que llamo consolidación del autoritarismo temprano. Dicha faceta, tomando como una pequeña referencia lo que en su obra plantea Juan J. Link (1990), el gobierno se sume en la burocratización, la eficacia parcial y la legitimidad débil (aún operante). En consecuencia, esta etapa presenta ya los primeros signos de represión y censura, inicialmente representados por respuestas violentas o injustificadas del gobierno hacia sus disidentes, como sucedió en Venezuela, que, entre los años 2001 y 2002, Hugo Chávez declaró a los medios de comunicación que discrepaban con sus ideas enemigos de la revolución y, bajo su narrativa de delirios de grandeza, eso representaba atacar a la voluntad del pueblo, —mismo que con orgullo declaraba él mismo ser el recipiente—, lo que le sirvió como el primer paso a sus prácticas de censura y persecución. Al mismo tiempo, eso ocasionó que en 2004 se diera validación por parte de la Asamblea Nacional a la Ley de responsabilidad en radio, televisión y medios electrónicos, dando paso a la permisividad para la censura mediática masiva dentro del territorio nacional, junto a la posterior nacionalización de los medios de comunicación. Otro escenario es Alberto Fujimori, quien independientemente del bando, prosiguió con las acciones que resaltan este periodo: en 1992, ejecutando un autogolpe de Estado, y así disolviendo el parlamento y el poder judicial con apoyo militar, dando paso a una ola de persecuciones, y, del mismo modo, a 25 asesinatos selectivos a opositores por la mano de un escuadrón ligado al servicio de inteligencia nacional. Así pues, se abre paso a la evolución de esas actividades represivas, para posteriormente consolidar esa estructura dictatorial la cual pasa a ser a simple vista.

Asimismo, consecuente a los primeros dos puntos, nos damos cuenta que, aunque la elección a la democracia puede seguir vigente gracias al descontento poblacional, resultaría sólo en cuestión de tiempo para que la estructura dictatorial termine controlando dichos organismos que quedan para apelar, de este modo, entrando a [1] en un control de las acciones opositoras [2] una permisividad de ciertas acciones de manera selectiva, —las cuales no representarán un peligro para la estructura dictatorial—.

Seguidamente, pasamos a la tercera etapa, la cual denomino como Estancamiento de la libertad: Control de las potestades, misma que enmarca el control de lo que respecta a las acciones populares para acabar a un modelo dictatorial dónde, de manera completa, la cúpula gubernamental se ha apoderado de todos los confines competentes del Estado, —como si a un virus que se esparce por el sistema se tratara—. De esa manera, ya mermada la insignificante pizca de oportunidad que representaban estas estructuras dentro del país, condiciona que el poder de una oposición por medio del Estado ya no exista, que a su correlación lleva a el control absoluto de las atribuciones para la expresión, y sus limitaciones dentro del territorio nacional, lo que radica a que después se lleve a optar por el apoyo de instituciones internacionales, las cuales, cabe recalcar, han demostrado ser partícipes de incrementar la burocracia exterior antes que buscar la resolución a la problemática. Esto es el inicio de una dependencia sumamente peligrosa por la incertidumbre en la cuál se apoyan las decisiones que se debaten en los organismos internacionales.

Recapitulando el panorama interno de los años anteriores en Venezuela. Aunque se pueden ver intentos de expresión en contra, a menudo suelen ser acciones simbólicas que no representan ningún tipo de peligro o alerta hacia la cúpula, y asimismo, resultan fáciles de reprimir, como también al final estas terminan siendo parte de un juego de permisividad que manejan los que ostentan el poder, porque la represión no es bruta por más que parezca, —es permisiva, es selectiva de personas y situaciones que resulten relevantes—. Además, al final de cada una de esas obras llevadas a cabo, y parcialmente fallidas, aquella ¨oportunidad¨ otorgada hacia los que se oponen, serán las masas quienes terminen pagando las consecuencias. —Porque resulta más fácil hacer que un pueblo le tenga miedo a seguir a sus líderes que a su propio opresor—.

Sobre la represión dictatorial estratégica

Dicho lo anterior, cuando me refiero a esa permisividad que se da en ciertos momentos, hago mención a acciones que funcionan como una ilusión de supuesto control hacía los que se oponen, ciertas cosas que las masas creen que siguen en manos de sus ¨salvadores¨. Tales son estas actividades que terminan siendo la línea recta que seguirán cual pasaje hacia el cumplimiento de sus objetivos, y que se convertirá, posteriormente, en un ciclo que llevará al estancamiento de sus acciones por no ser útiles. Acciones como [1] manifestaciones dispersas, sin un objetivo o lugar a fin. Estas funcionan como un objeto inamovible, casi llegando a un punto de inacción, —desde la subjetividad, claro está—. Aunque para muchos les puede resultar increíble, así lo es, siempre y cuándo se tenga un gobierno plenamente democrático, solo así esta puede ser una opción viable.

Partiendo de la máxima ya mencionada, la represión es selectiva y permisiva, el que esté en el poder siempre se va a decantar por coaccionar ante lo que represente una verdadera amenaza para la integridad de su estructura, por ello, le resulta más beneficioso el alimentar esa ilusión que no representa un peligro real, y así colaborar a ese ciclo. Asimismo, por su inutilidad a largo plazo la estrategia hace función de placebo para las personas, y una justificación del dictador para ocasionar nuevamente un periodo de castigo hacia quienes decidieron revelarse, lo cual es solo una fachada, ya que el castigo irá por igual, y la narrativa del tirano será una en contra de un supuesto acto para inestabilizar a la nación y su gente. Así pues, vislumbrando la trayectoria vaga de la oposición, y el afán de la gente de seguir arrastrándose hacía ella, uno se da cuenta que Venezuela ha metido sus sentimientos en un molde junto a sus propias esperanzas, mismas que se han dejado llevar a por una musa que los maneja, y le promete lo que sus necesidades le gritan. Pensamiento parecido enuncia mi compañero en su trabajo. Roymer, R. (2025). Venezuela, la sociedad bucle: sobre las contradicciones de quienes dicen liderar un cambio, y quienes los siguen. En este trabajo, describe cómo ciertos líderes y seguidores viven en una especie de “show de Truman”, aislados de la realidad.

Esto es real, y el caso más claro de este ciclo en América latina es Venezuela. Si a ver vamos, la historia vista en 26 años para acá, notamos ese ciclo de estancamiento de liderazgo político, enmarcado por el apoyo de la sociedad venezolana. Comenzando por:

  1. Acción democrática, 1999. Contando con 25% en parlamentarias, y para 2010 8.17% según la página de AD por el CNE, Wikipedia (genera dudas).
  2. COPEI, 2010. Con 5.13% en parlamentarias según CIUDAD MCY. destacando que, 2010 fue una época profundamente marcada por una oposición fragmentada, lo que llevó a la población a redirigir sus votos a distintos partidos.
  3. UNT, 2006. 36,9% en presidenciales según. Proyecto de datos electorales de América latina de Georgetown, CNE (genera dudas).
  4. Voluntad popular, 2009 / 2015. 49,12% coalición de la mesa de unidad democrática.
  5. Primero justicia, 2006 / 2008. 11.17% en presidenciales y 14.54% en regionales del 2017 según los boletines del CNE (genera dudas).
  6. Vente Venezuela, 2023. 92.35% en primarias presidenciales, 2024. 76.1% en presidenciales según el 90% de las actas escrutadas.

Estas estadísticas presentan más similitudes que diferencias entre estos partidos, la más importante siendo el patrón de acciones vistas en estas fechas como forma de contraposición al régimen. [1] Todos estos partidos han llamado a marchas para exigir respeto, concentraciones inútiles que terminan desembocando en nada, y apelaciones desde el interior del país hasta el exterior a la comunidad internacional, la cual ha implementado su común burocracia, —o de plano no ha hecho nada—. En segundo lugar [2] se encuentran los referendos consultivos y las colectas de firmas. Queda poco que decir al respecto ya que se han agotado todas las evidencias y preceptos que demuestran lo absurdo de esas acciones. Sin embargo, la única manera que esta estrategia funcione, es que todavía los órganos judiciales y administrativos no estén tomados en lo absoluto, o, en su defecto, la totalidad de los mismos, lo cual podría representar la primera etapa. Asimismo, la tercera acción [3] serían las simbólicas, las cuales son del mismo índole de las segundas. Tanto por dentro del país como por fuera de si, el objetivo radica la mayoría de las veces en llamar la atención de la comunidad internacional. Nuevamente, caemos en la burocracia y la inacción derivada de por factores como la discrepancia por los hechos los cuales se ocasiona la oposición al régimen, al igual que la indiferencia por una parte de la comunidad que apoya al mandato, misma que, aunque sea minoría, detendrá dicho proceso. Y el último [4] campañas de firmas por fraude electoral. Sencillamente, sin palabras.

Dictadura convertida en estado de excepción prolongado

Sumado a lo ya expuesto, es necesario iniciar precisando qué se entiende por democracia pacifista, a fin de delimitar el porqué de su incapacidad de ofrecer una solución eficaz al problema que aquí se plantea. La llamada democracia pacifista puede describirse, en términos generales, como una forma de acción política que privilegia estrategias no violentas frente al poder, independientemente de las capacidades de este, apoyándose en el respeto a los consensos populares expresados a través de procedimientos institucionales, en la utilización de los cauces judiciales para la tramitación de conflictos y reclamaciones, como en el recurso a prácticas de movilización pacífica como mecanismo principal de presión.

En contraste, el estado de excepción es un régimen jurídico, por naturaleza temporal, mediante el cual se otorgan facultades especiales al Poder Ejecutivo para hacer frente a situaciones graves que no pueden ser abordadas mediante los mecanismos ordinarios del ordenamiento, lo que conlleva la suspensión o restricción de determinados derechos y garantías constitucionales. Las dictaduras tienden a sumir sus mandatos en una situación material de excepción permanente, aun sin proclamar formalmente dicho estado, o bien les resulta jurídicamente sencillo institucionalizarlo cuando cuentan con suficiente control sobre los aparatos estatales y el sistema de frenos, extremo que suele evidenciarse en patrones reiterados de represión severa.

En tales contextos, la excepción se convierte en la norma. Agamben, G. (2004). Estado de excepción: Homo sacer, II, 1. Adriana Hidalgo Editora. Sostiene que el totalitarismo moderno puede definirse como la instauración de una “guerra civil legal” que permite eliminar categorías enteras de ciudadanos mediante el mecanismo del estado de excepción, de modo que este deja de ser una medida extraordinaria para convertirse en un paradigma normal de gobierno. El estado de excepción crea así una “zona de indiferencia” en la que el derecho se suspende, de manera que el régimen jurídico excepcional se transforma en el marco que autoriza, en la práctica, la exclusión de la libertad e incluso de la vida de determinadas personas, convertidas en vidas prescindibles. Sobre esta base, la norma que pasa a regir el sistema, una vez instaurado el estado de excepción, consolida su apariencia de legalidad mediante la formalización de ese régimen extraordinario como si fuera un orden jurídico ordinario. Tal instauración se orienta a descomponer selectivamente la pluralidad política, haciendo posible la persecución, detención e incluso la eliminación física de opositores, bajo la cobertura de disposiciones de emergencia. Un ejemplo paradigmático es el Decreto para la protección del pueblo y del Estado, dictado en Alemania en 1933, que suspendió los artículos de la Constitución de Weimar, relativos a las libertades personales y que nunca fue formalmente revocado, permitiendo calificar jurídicamente todo el Tercer Reich como un largo estado de excepción que se prolongó durante doce años. En escenarios de este tipo, la dinámica de excepción se convierte en el principal mecanismo de sometimiento de la población, autorizando detenciones arbitrarias sin orden judicial previa y medidas represivas fundadas más en señalamientos y presunciones políticas que en garantías procesales propias de un Estado de derecho.

Al mismo tiempo, las acciones previamente planteadas quedan anuladas por el Estado de derecho ya existente, lo que termina en su inutilización debido a su naturaleza, la cual se decanta por el mismo en cualquiera situación. Lo que resulta más banal, es que, aun en conciencia de que ese estado de derecho está siendo menoscabado sin mesura, se termina pidiendo respeto a las instituciones y, a seres los cuales carecen de moral.

A propósito de los gobernantes, a dista de ser suficiente, existe un cierto placer del cual alimentan su malicia los dictadores, uno que, de manera maquiavélica secreta, la población al orquestar acciones que terminan en nada. Y esa es la posterior vuelta a la dependencia al tirano en la cual la sociedad vive. En su plenitud, al estar centralizado el poder en el Estado, y por ende en los gobernantes, se extienden sus potestades a controlar áreas las cuales son imprescindibles para el ser humano, tales como la comida, la salud y los servicios básicos, lo que hace que inevitablemente algunos sectores de la sociedad se abstengan a expresarse por miedo a ser perjudicados en sus necesidades, y así, a largo plazo, sumirse en un estado de conformismo con la situación política, aunque, eso termina por aplicarse más en los simpatizantes al régimen, o por otro lado, a personas inicialmente dependientes de él, las cuales en muchos casos son personas marginales (refiriéndome a su estado mental). Del mismo modo, estas últimas deben su dependencia y simpatía al ser el grupo poblacional el cual inició el apoyo a la dictadura en su etapa de instauración. Así pues, no se ha de negar que la mayoría de la población se ve en dependencia de dicho régimen por el factor laboral, el cual, en Venezuela se ha visto centralizado por la destrucción del sector privado. Esto dejó al ciudadano común sin alternativas de fuentes de ingreso, al igual que resultó en que ser emprendedor se convirtiese en una bolsa de dificultades más que una opción.

La postergación del sufrimiento poblacional

En el marco de las observaciones anteriores, cabe agregar que una función pasiva de represión, respecta a la suspensión de estos servicios a la sociedad, no solo complicando su situación aún más, sino que postergando ese sufrimiento, el cual servirá como colaborante a la oposición para alimentar su discurso de libertad y exigencia de respeto a las autoridades. Esto es evidenciable en casos como en Siria, bajo el gobierno de Bashar al‑Asad en 2011, en ese periodo, fuerzas estatales cortaron electricidad, líneas telefónicas y suministro de agua en zonas que se convirtieron en focos de protestas contra el régimen, como parte de operaciones militares para sofocar las manifestaciones, según medios de comunicación, fungió como castigo a las zonas que se rebelaron, para aislar a la sociedad con un Estado el cual era altamente centralizado sobre la provisión de servicios. Del mismo modo, escenario parecido ocurrió en Venezuela en el año 2016, dónde el gobierno de Nicolás Maduro declaró estados de emergencia y de excepción en un contexto de protestas por escasez de alimentos y medicinas, combinando concentración de poder, militarización de la distribución de alimentos (CLAP) y graves fallas en servicios básicos, lo que afectó de manera sistemática el acceso a salud, alimentación y educación, reteniendo subsidios y así generando crisis en esos sectores según Human Rights Watch, (2016).

Es evidente entonces que si se sale de las manos la capacidad de generar un cambio por parte de la oposición, el terminar abogando por la incidencia extranjera es el último recurso que se vislumbra, lo cual, en lo anterior mencionado, solo generará burocracia y estancamiento si es que se debate una intervención, esto a base del derecho internacional. Asimismo, esto genera una dependencia esperanzada en las acciones internacionales, y estas han demostrado de forma empírica tediosidad en estos temas, generando incertidumbre e histeria reprimida. Al igual que, mientras más avanza la dictadura en temas de poder, ya trascendiendo fuera de su territorio nacional, causa que dicha nación se convierta en un peligro ya reconocible por algunos países. Lo cual hace que las opciones para dar fin al problema afecten más a la población que en un principio. Lo cual nos lleva a este postulado. ¨La abstención de las acciones contundentes para liberar un país durante un periodo prolongado desencadena que las represalias hacia la estructura dictatorial trasciendan a niveles mayores de las que en un principio se pudieran haber evitado¨. Simplificado, ante situaciones difíciles, soluciones a la altura. De forma realista, esas soluciones no terminan siendo el precio a pagar por la libertad, sino las consecuencias de un pasado irresponsable y una carencia de actitud para dirigir un movimiento que verdaderamente tuviese un plan realista a un escenario crudo como lo son los autoritarismos.

Conclusión

Tras el análisis pormenorizado de las tesis planteadas en este ensayo, llego a una conclusión ineludible sobre la inutilidad de los métodos tradicionales frente a estructuras de poder que han trascendido los límites de la legalidad convencional. La “democracia pacifista”, lejos de ser un camino hacia la libertad, se ha transmutado en una herramienta funcional para el propio régimen, alimentando un ciclo de error y postergación de la desdicha que arropa a la sociedad venezolana. Esta estrategia, arraigada a una inacción que busca mantener una supuesta rectitud moral, ha demostrado ser plenamente perjudicial para las masas, pues, se enfrenta a un adversario que no reconoce los mismos códigos éticos ni respeta los procedimientos institucionales. El liderazgo opositor, visto como una parafernalia colaborativa o un órgano heraldo de una esperanza cojeante, carece de la organización, los recursos y, sobre todo, del coraje necesario para ejecutar un accionar verdaderamente eficiente. En consecuencia, la persistencia en estas tácticas simbólicas como son las marchas sin objetivo, colectas de firmas y referendos en instituciones ya tomadas, no representaran un peligro real para la cúpula, sino que actúa como un placebo que permitirá al tirano justificar nuevos periodos de castigo contra quienes intentan rebelarse. Al final, este bucle de liderazgo político estancado solo sirve para que la sociedad termine pagando las consecuencias de una estrategia que, por su naturaleza, se reduce a la mera inutilidad en escenarios dictatoriales.

La realidad del control totalitario se manifiesta en la instauración de una “guerra civil legal”, donde el estado de excepción deja de ser una medida extraordinaria para convertirse en el paradigma normal de gobierno. En este escenario, la dictadura ejerce una represión estratégica y selectiva que anula cualquier intento de expresión popular a través de los cauces del derecho ya existente, los cuales han sido mermados sin mesura por el aparato estatal. Bajo esta lógica de “vidas prescindibles”, el régimen utiliza la apariencia de legalidad para formalizar un orden jurídico extraordinario que autoriza la persecución, detención y eliminación física de los opositores bajo la cobertura de disposiciones de emergencia. Esta dinámica de excepción permanente, similar a la experimentada en periodos históricos oscuros en el mundo, permite al poder centralizado controlar áreas imprescindibles como la salud y la alimentación, utilizando el hambre y la carencia de servicios básicos como una función pasiva de represión. Así, la población se ve sumida en una dependencia forzada hacia el tirano, donde el miedo a perder el acceso a necesidades vitales genera un conformismo trágico o una abstención absoluta de la protesta. El control de las potestades estatales se esparce por el sistema, dejando a la sociedad civil sin alternativas de ingreso o fuentes de poder autónomo, especialmente tras la destrucción del sector privado y la centralización absoluta de la vida pública.

Ante el estancamiento interno y la erosión de las capacidades de la oposición para generar un cambio real, el recurso a la incidencia extranjera se presenta como la última esperanza, aunque, esta ha demostrado ser una fuente de incertidumbre e histeria reprimida. Del mismo modo, las instituciones internacionales, a menudo, señaladas por su tediosidad y burocracia exterior, han participado más en el incremento de los trámites que en la resolución efectiva de la problemática, dejando al país en una dependencia esperanzada pero estéril. Esta inacción internacional, sumada a la abstención de acciones contundentes por parte de los actores locales durante periodos prolongados, ha permitido que la dictadura trascienda sus fronteras y se convierta en un peligro reconocido a nivel global. El postulado central de este trabajo cobra pues una relevancia crítica: la postergación de las soluciones realistas y crudas ante un escenario de autoritarismo, solo garantiza que las represalias futuras sean de una magnitud mucho mayor a las que se habrían enfrentado inicialmente. En última instancia, la libertad no se alcanzará mediante palabras melosas o narrativas democráticas vacías, sino reconociendo que la democracia pacifista es un sistema inválido frente a quienes ostentan el poder mediante la coacción y el control absoluto de las instituciones. Las soluciones deben estar a la altura de la gravedad de la situación, entendiendo que el precio que se paga actualmente no es el de la liberación, sino las consecuencias de un pasado irresponsable y una carencia sistemática de actitud para dirigir un movimiento de cambio verdadero. Y eso se presenta con una palabra: “Cobardía”.

En defensa de la razón: ¿Por qué no voy a votar el 28 de julio? Una reflexión a quienes creen en “oportunidades únicas” y espejismos de cambio

Por Roymer Rivas, estudiante, escritor, teórico del Creativismo Filosófico.

Muchos venezolanos saldrán el 28 de julio a votar por un cambio en el país, pero yo sostengo que en realidad votan por un espejismo que se traduce en la perpetuación de un sistema, independientemente de quién se declare ganador de la contienda electoral.

Al respecto, he escrito el siguiente ensayo, donde explico las razones por las cuales no votaré, invitando a su vez a la reflexión de todos los venezolanos, dentro y fuera del país, a quienes les dedico todo el texto.

Presione aquí para acceder al texto en íntegro.

El sistema totalitario como herramienta de control y coacción

Por Carlos Infante, coordinador local de EsLibertad Venezuela.

Cuando se habla o menciona a un sistema totalitario accionado en algún pais especifico, es fácil presumir las altas y peligrosas limitantes a la libertad que suceden en dicha nación, es por eso que este sistema es reconocido histórica y mundialmente como un sistema de gobierno en donde se cercenan las libertades individuales de los ciudadanos, así como los derechos fundamentales del hombre.

Este sistema lucha incansablemente por obtener un poder total e inequívoco, no solo en las cuestiones del estado como un todo, sino también en los asuntos públicos y privados de los ciudadanos; no se trata solo un sistema creado para gobernar sin oposición, sino también de un sistema creado para controlar, desanimar, desmotivar y obligar a sus ciudadanos a depender inequívocamente de ellos, para así poder secuestrar el poder el mayor tiempo posible, porque, al final, la meta del totalitarismo, más allá de gobernar y coaccionar, es también, su permanencia en el tiempo.

El sistema totalitario no puede ser conocido por sus alternancias de poder, al contrario, para que un sistema pueda considerarse totalitario, uno de sus características debe ser la clara intención de la permanencia en el poder, esto sucede gracias a que el totalitarismo es la antítesis de la democracia, aunque un sistema totalitario pueda llegar a un una nación a través de los canales democráticos, no significa que no pueda establecerse en la nación y de esta manera eliminar hasta donde más pueda las bases democráticas del pais.

El sistema totalitario, es un mal, con un plan político-social estratégico, que pretende minimizar las libertades e independencia del ciudadano con la clara meta de poder obtener una nación sumisa ante las atrocidades que el sistema representa, es por esto que otra característica indispensable para el totalitarismo es lograr una transición de republica a estado comunal, ya que esto le permite al sistema inmiscuirse de manera directa en el corazón de las comunidades, haciendo que la misma existencia en comunidades se vuelva un acto político. De este modo, no solo logra infiltrarse en las vidas privadas de las familias, sino también que coacciona a estos a través de las amenazas, la persecución, el espionaje y la violencia, para poder lograr sus objetivos.

El estado comunal es la evolución final y la base fundamental de un sistema totalitario, ya que el peso que pretende ejercer en el individuo es parte de su plan de control social, es por esto que el totalitarismo, así como es la antítesis de la democracia, a su vez, también es la antítesis de la libertad, porque estos dos conceptos son incompatibles con las metas de alternancia indefinida del totalitarismo, así como también son contrarias a sus ideas de un colectivismo total donde el estado es el supremo líder, sin oposición, ni fuerza política pertinente que pueda hacerle frente.

Las libertades individuales de los ciudadanos son el enemigo número uno del totalitarismo, así como los derechos fundamentales de los mismos, porque el sistema no busca de ninguna manera, desarrollar y/o respetar los derechos de sus ciudadanos, al contrario, busca por todos los medios posibles cercenar esos derechos para justamente crear esa dependencia al estado que tanto necesitan para poder lograr su permanencia en el poder. Esto solo significa que, ante un sistema totalitario, tanto las libertades del individuo como los derechos del ser son desconocidos, hasta un punto donde el desconocimiento de dichas libertades y derechos, llegan a eliminar la propiedad y la dignidad del ciudadano, y aunque el sistema tratará de excusar estas acciones, la realidad es que al final todo es parte de su plan.

Los derechos políticos son de igual manera grandes enemigos del totalitarismo, esto se debe a que el sistema no puede sobrevivir con una oposición democráticamente elegida, es por esto que el totalitarismo siempre buscara tener el poder militar de su lado para poder mitigar cualquier causa política que pueda poner en peligro el desarrollo de su evolución a estado comunal y establecer su permanencia. El sistema actuara a través del estado para perseguir, coaccionar y amenazar a quienes se le opongan políticamente, con la única meta de poder lograr un mandato total, donde el sistema sea dueño de todos los poderes del estado para no tener que sentir miedo a una contrapartida política, valiéndose de la censura a todos los medios de comunicación que hablen, expliquen o informen sobre situaciones, acciones y/o mandatos emanados desde el sistema, desde una perspectiva poco favorable a su estancia en el poder.

El totalitarismo no puede sostenerse si tiene medios de comunicación nacionales que estén en su contra o que informen sobre los errores de su administración, ya que para la meta del sistema, no puede existir ningún tipo de oposición, el mismo, tratara de eliminar todo vestigio de libertad de expresión que pretenda ser una incomodidad para la finalidad del sistema, es por esto que el totalitarismo se basa principalmente en la eliminación total e inequívoca del individualismo humano, teniendo por preferencia un colectivismo generalizado que le permita al sistema un control más fácil y segmentado de la población total.

En conclusión, es imposible no llegar al pensamiento de que el totalitarismo es un sistema pensando única y exclusivamente para la permanencia indefinida en el poder de un sector político especifico de una nación, quienes pretenden lograr esta meta sacrificando la democracia y las libertades individuales del ser, ya que estas son opuestas a sus ideas totalitarias, y mas importantes, a sus metas. Este tipo de sistema tiene como estrategia buscar todas las maneras posibles de establecerse como un todo y que no exista ninguna contrapartida ni oposición en su contra, pero lo más peligroso del sistema totalitario, es que puede llegar a establecerse a través de los sistemas democráticos, aunque el totalitarista siempre deja ver sus fines macabros, la realidad es que lo hace desde una perspectiva política alegando su derecho democrático para acceder al poder, haciendo que sea atractivo para varias personas y logrando su objetivo de llegar al poder a través de los canales democráticos, para luego cercenarlos e iniciar el plan de transición de republica a estado comunal, que es justo lo que le permitirá lograr la mayoría de sus objetivos.

De aquí deviene la importancia de una ciudadanía políticamente preparada, que pueda reconocer los inicios de un sistema totalitario, pero también que pueda reconocer las intenciones del totalitarista disfrazado de demócrata que pretende llegar al poder a través de mentiras y falsedades, sacrificando no solo a su electorado, sino también al pais entero.

La modernización de la Democracia en el siglo XXI: hacia una nueva era tecnológica

Por Carlos Infante, abogado y coordinador local de EsLibertad Venezuela.

La tecnología, omnipresente en nuestras vidas diarias, está destinada a convertirse en el pilar sobre el cual se erigirá la democracia del futuro. En los próximos 20 años, asistiremos a una transición marcada por el abrazo generalizado del voto online y la digitalización de la identidad. Este cambio no solo refleja una adaptación a la era digital, sino que también impulsa la participación ciudadana y la transparencia.

Un ejemplo de cómo la tecnología ha calado en la democracia es la implementación del voto online, que representa un hito crucial en la modernización democrática; la comodidad y accesibilidad inherentes a esta modalidad no solo eliminan barreras físicas, permitiendo a los ciudadanos ejercer su derecho desde la comodidad de sus hogares, sino que también reducen las posibilidades de fraude electoral.

Para asegurar la viabilidad y seguridad del voto, es importante la implementación de tecnología blockchain, que se erige como un pilar fundamental para garantizar la seguridad y la integridad en el proceso electoral de la democracia tecnológica. Esta innovación, que ha demostrado su robustez en diversas aplicaciones, presenta un potencial revolucionario al abordar los desafíos inherentes a la confiabilidad de las votaciones y la protección contra ataques cibernéticos.

Gracias a su naturaleza de descentralización inherente, la tecnología blockchain disminuye significativamente la vulnerabilidad a ataques cibernéticos. Dado que la información no reside en un solo servidor central, se vuelve exponencialmente más difícil para los actores maliciosos comprometer la integridad del proceso electoral.

Es importante también mencionar que la implementación de contratos inteligentes (smart contracts) en el proceso electoral agrega una dimensión de transparencia y automatización. Estos, ejecutados automáticamente cuando se cumplen ciertas condiciones predefinidas, garantizan el cumplimiento de las reglas electorales de manera eficiente y sin intervención humana, reduciendo no solo la posibilidad de errores, sino también la susceptibilidad a fraudes o manipulaciones.

Gracias a los grandes avances, ahora es posible hablar sobre cómo la digitalización de la identidad emerge como un componente esencial en esta nueva era. La creación de identidades digitales seguras y verificables no solo simplifica los procesos electorales, sino que también establece un estándar para la autenticación en otras esferas de la vida cotidiana. La descentralización de la identidad, utilizando tecnologías como la cadena de bloques, promete salvaguardar la integridad de la información personal y garantizar la confianza en los sistemas digitales.

No obstante, esta transición hacia la democracia tecnológica no está exenta de desafíos. La brecha digital, la ciberseguridad y la resistencia al cambio son obstáculos que deben abordarse con seriedad. Además, es crucial garantizar que estos avances tecnológicos no excluyan a sectores de la sociedad, preservando así la equidad y representación democráticas.

En este contexto, la educación y la conciencia cívica desempeñan un papel fundamental. La alfabetización digital y la comprensión de los sistemas tecnológicos son imperativos para empoderar a los ciudadanos y asegurar una participación informada en esta nueva era.

Para finalizar, es importante aclarar que la modernización de la democracia no es simplemente un ajuste técnico; es un cambio paradigmático que redefine la relación entre ciudadanos y gobiernos. La convergencia entre ciencias políticas y tecnología promete no solo transformar la forma en que participamos en los procesos electorales, sino también establecer las bases para una sociedad más conectada, transparente y participativa.

A medida que nos adentramos en la segunda década del siglo XXI, la democracia tecnológica se presenta como una realidad inminente. Los desafíos son palpables, pero las oportunidades para construir una sociedad más justa y equitativa son igualmente significativas. En este viaje hacia la modernización democrática, la tecnología se convierte en la herramienta que permite transformar las promesas de la democracia en realidades tangibles para todos.


(Nota: todo el texto, junto a sus ideas expresadas, son y/o corren por responsabilidad netamente del autor y no necesariamente representa la posición de ContraPoder News)

Trágica diferencia: tiranía venezolana vs democracia

Por Antonio Semprún, coronel de la Guardia Nacional.

En la Venezuela depauperada de hoy, debido al saqueo del que ha sido víctima a manos de la organización criminal que encabeza Nicolas Maduro, los hechos cuadran con lo que se lee en el diccionario sobre el significado de tiranía y muestra una obscena y brutal diferencia con el significado de democracia.

En un país donde se vive en democracia, su gente no hace kilométricas colas para cargar 40 litros de gasolina, ni enfrenta el abuso que impone un cono rojo de tránsito que un funcionario de la tiranía coloca arbitrariamente cuando le provoca para determinar cuál será el último carro al que se le proveerá el preciado combustible.

En un país donde se vive en democracia las cárceles son lugares de reclusión para delincuentes, no para presos políticos; en un país donde se vive en democracia el poder se ejerce de manera alternativa por ciudadanos que respetan el ordenamiento jurídico y no se manipulan resultados, ni se ejecutan acciones ilegales para mantenerse en el poder a cualquier costo.

En un país donde se vive en democracia su población tiene el derecho de elegir lo que come y lo que bebe, y no esperar que le llegue a la casa una caja de comida descompuesta y de mala calidad; en un país donde se vive en democracia la justicia internacional no ofrece recompensas de millones de dólares por la cabeza de quienes detentan el poder.

En un país donde se vive en democracia sus ciudadanos ven recompensado su trabajo con sueldos dignos y quienes han trabajado toda su vida pueden disfrutar de un merecido y cómodo retiro; en un país donde se vive en democracia sus ciudadanos no emigran en masa en busca de mejor calidad de vida; en un país donde se vive en democracia las fortunas se forjan con trabajo arduo, constante y no de manera meteórica sin trabajar.

En un país donde se vive en democracia sus ciudadanos cuentan con la seguridad de hospitales bien dotados y la tranquilidad de disfrutar de eficientes servicios; en un pais donde se vive en democracia su soberanía se defiende y se ejerce, no se le entrega a delincuentes, ni se somete a votación;
en un país donde se vive en democracia no se obliga a su población a firmar un documento como excusa para “defender” un territorio que se entregó por conveniencia política.

En esa diferencia trágica las tiranías esgrimen el contenido del manoseado Principio de Autodeterminación de los pueblos, “Decidir sus propias formas de gobierno, perseguir su desarrollo económico, social y cultural, y estructurarse libremente, sin injerencias externas y de acuerdo con el principio de equidad”, letra muerta en Venezuela.

El citado principio es el anillo que calza de manera perfecta en un dedo izquierdo o derecho y en el que se escudan las tiranías para lavarse las manos ante los crímenes que comete contra un país y su población, Venezuela vive en tiranía, una organización criminal la tiene secuestrada y comete sus tropelías ante los ojos del mundo.

¿Por qué retornamos a Punto Fijo?

Por Leroy Garrett.

Esta semana se cumplió un nuevo aniversario del pacto de gobernabilidad más exitoso de la historia moderna venezolana; un acuerdo que Chávez no se cansó de condenar y que habría ocasionado todos los males que el se proponía corregir, pero no se ha olvidado, y visto lo que ha representado el chavismo en Venezuela, hasta se añora.

Es común saber que, una vez roto el control gubernamental Colonial en Venezuela hasta la fecha, el país no disfrutó de una plenitud hermética de orden, acato a la ley y los gobernantes; en aquellos tiempos se “gobernaba” la infantil republica desde Caracas y ya en Charallave habían alzados en armas.

En un país donde la tradición imprimía como plausible que el derecho lo hace la fuerza, los líderes de los partidos modernos, concientes de nuestro barbárico transito ajeno al imperio de la ley, asumiendo el mea culpa del sectarismo y la elevada confrontación de calle que produjo el régimen de Pérez Jiménez, firman un pacto de gobernabilidad; AD representada por Rómulo Betancourt, la URD de Jovito Villalba y el COPEI de Caldera.

Lo más cercano a esta experiencia que se recuerde fue el pacto de Guzmán y los jefazos de los recién creados estados federales; el arreglo básicamente eran licencias otorgadas a los caudillos para abusos de poder y descarada prevaricación, siempre y cuando no se le alzaran a Caracas.

El pacto creó las condiciones de una gobernabilidad basada en la colaboración de partidos, en específico el gobierno de Betancourt, que contó con ministros de los partidos signatarios, saliendo prematuramente URD por la rebelión del canciller Arcaya y su apoyo a Cuba en la OEA. Así, Jovito sería de nuevo asociado en el Gobierno de Leoni, más no COPEI.

El pacto por razones de alineamiento geopolítico dentro del balance de poder global derivado de la guerra fría, es excluyente de la izquierda marxista, caussando una crispación política que llevó a la división en AD —surgiendo el MIR— y la URD —Fabricio Ojeda y Jose Vicente Rangel—, y una prolongada y sangrienta insurrección guerrillera financiada por Fidel Castro y ejecutada por actores y ancestros de la presente desgracia.

El pacto abrió la vibrante, aunque no completamente justa, sociedad venezolana de segunda mitad del siglo XX, aperturo espacios de tolerancia y participación en el poder público en donde los antiguos insurrectos encontraron cuotas de poder y relevancia social-económica por virtud de la garantía de elecciones éticas y de transparencia.

Pero el pacto derivó en un crudo reparto de posiciones cada día más impopular, gracias a un sistema populista de subsidios devenido insostenible por la caída de precios petroleros en los años 80.

Cuando la clase política se percata de la necesidad de desmontar la versión democrática del estado gomecista y abrir el camino a un nuevo contrato social, cosa que evidentemente se inició con toda responsabilidad histórica —ejemplo de ello es que se llevaron a cabo elecciones regionales para elegir gobiernos autónomos, entre otros avances—, el retorno a la barbarie fue electo por voto universal y mayoritario.

En la mira: la polarización política en Estados Unidos

Por: Ricardo Guanipa d’Erizans

Estados Unidos esta viviendo la mayor polarización política en su historia republicana, al menos así lo veo yo en los últimos 30 años que estoy estrechamente vinculad a este gran país.

Los culpables somos todos, políticos, periodistas y ciudadanos; quienes hemos sido utilizados, o no, para contribuir apagar el incendio con gasolina.

Comenzamos con los políticos, quienes nos han empujado a los ciudadanos a perder confianza en el sistema, por ejemplo, documentos clasificados encontrados en posesión de Joe Biden, Donald Trump y Mike Pence, pero la dama ciega de la justicia se quitó el pañuelo que cubrían sus ojos como símbolo de imparcialidad para dirigir su mirada solo sobre Donald Trump y exonerar de cargos a los otros dos culpables. Me pregunto ¿Quién gana? Nadie, muy al contrario, perdemos todos, pero quien pierde más es el sistema democrático que cada vez es más golpeado debilitando a Demócratas y Republicanos y abriendo el camino para que un esquizofrénico izquierdista como Ortega, Maduro, Castro, Putin, Petro o Berny Sander llegue a la Casa Blanco y termine de destruir lo que aun es recuperable. 

La prensa hispana ha jugado un papel determinante para contribuir a la polarización política en la comunidad hispana en Norteamérica, en mi caso fui testigo como los anclas de un noticiero hispano de Miami —del cual formé parte del equipo de producción— mentían o decían información claramente incorrecta para descalificar a Trump y realzar y aventajar a Hillary Clinton de forma deliberada, ambos anclas no eran ciudadanos estadounidenses en el 2016, no eran votantes, pero las malas mañas heredadas en sus países de orígenes ahora hacían esa mala practica con absoluta impunidad en EE. UU., sin medir el impacto negativo que causan al sistema democrático.

Sin embargo, al finalizar la emisión informativa conversaba con las anclas y les decía que la información dada era absolutamente incorrecta pero la respuesta, sin pudor, era que odiaban a Trump como si la Democracia se jugara en un ring de boxeo como ocurre en el tercer mundo latinoamericano.

Desgraciadamente, el aporte periodístico que hacen un número importante de comunicadores latinos —periodistas formados en Latinoamérica— en medios en español o en ingles el balance es negativo y han contribuido a una cierta degeneración de perdida de credibilidad de los medios incentivando a que los ciudadanos se refugien en redes sociales que entre mentiras y verdades al menos pueden sacar una mediana conclusión sin tener que escuchar a los liberales Jorge Ramos o Jaime Bayly que confunden en vez de informar.

No obstante, los periodistas hispanos no podemos seguir permitiendo que un grupo de irresponsables que juegan al activismo político por capricho o por negocio sigan distorsionando la verdad que a su vez atenta contra el sistema democrático estadounidense y hasta las propias instituciones.

Sinceramente, quienes hemos practicado por décadas el periodismo de investigación nos sorprende como los periodistas en EE. UU. se autocensuran y declinan investigar los malos pasos de Hunter Biden, aunque este se declaró culpable de tres cargos federales en un tribunal en Delaware el  martes 20 de junio  tras llegar a un acuerdo con el Departamento de Justicia o el fraude electoral a través del voto con boletas ausentes.

En mi experiencia de los 90 y el 2000, vi como cayeron en desgracia Comisionados, alcaldes, estrategas políticos y otros, que aventajaron a su candidato haciendo fraude con el uso del voto anticipado o voto por correo, llámese como se le quiera llamar, pero que terminaron destituidos y tras las rejas, y les hablo de una cantidad de votos de la elección que no llegan en su totalidad a los 20 mil sufragios.

Por esa razón siempre tuve y tendré mis dudas con el voto anticipado o por correo, no solo porque se presta al chantaje de ofrecer cierta cantidad de dinero para firmar a favor de un candidato —una vieja práctica política en Latinoamérica— o simplemente usurpar la identidad de un votante.

Como dije anteriormente, el alto nivel de vulnerabilidad de alterar resultados ha sido demostrado con elecciones de 20 mil electores no me quiero imaginar el desastre con 90 millones de votos ausentes.

Para terminar, con esto ultimo me refiero que los periodistas ahora investigan casos motivados por sus principios políticos y se autocensuran por la misma razón, ahora más que nunca creo que la investigación del caso Water Gate fue una conspiración entre agentes Federales, el partido Demócrata y periodistas del Washington Post que fue el instrumento utilizado para filtrar documentos para colapsar el gobierno de Nixon y su eventual renuncia salpicando al partido Republicano, aunque el único ganador fue Cuba y Fidel Castro ya que musculito en su entrada a las oficinas del partido Demócrata no pudo encontrar documentos que comprometieran al partido Demócrata con el régimen cubano, aunque era una información a viva voz que con los años ha sido corroborada por la debilidad política de los presidentes Clinton, Obama y Biden ante la cruel y asesina dictadura narcoterrorista de los Castro. Es mi humilde opinión.

En conclusión, aquí nos unimos todos y volvemos a unir el país o perderemos todos, políticos, prensa, ciudadanos y sobre todo la Democracia. Rescatemos nuestra credibilidad y no permitamos que un esquizofrénico comunista haga de Estados Unidos una Rusia, Venezuela, China o Cuba, la responsabilidad para evitarlo es de todos, aunque muchos se están acostumbrados a vivir entre la corrupción, el crimen y la mentira.

Brasil: Tribunal Supremo autoriza investigar a Bolsonaro por el asalto realizado por sus simpatizantes

La Corte Suprema de Brasil ha autorizado este viernes a la Fiscalía General investigar al expresidente Jair Bolsonaro por su presunta participación como autor intelectual del asalto a los tres poderes de miles de sus simpatizantes en Brasilia.

El magistrado Alexandre de Moraes, uno de los once jueces del Supremo, ha acatado la petición de la Fiscalía, que pretende esclarecer si el líder incitó el ataque de sus partidarios más radicales, que buscaba derrocar al mandatario Luis Ignacio Lula da Silva.

Según la petición de la Fiscalía al Supremo Tribunal Federal, «Bolsonaro habría hecho incitación pública a la práctica del crimen» al publicar un video el 10 de enero cuestionando nuevamente la regularidad de las elecciones presidenciales de 2022 en las que fue derrotado por Lula.

El video al que alude la Fiscalía fue publicado dos días después de los incidentes del domingo, pero, ante la repercusión negativa, rápidamente lo eliminó de su cuenta de Facebook.

En el polémico video, un elector asegura que Lula no fue elegido por el pueblo sino por el tribunal electoral.

Brasil: fiscalía pide investigar a Bolsonaro por incitar al asalto de las instituciones democráticas

La Fiscalía General de Brasil ha solicitado al Supremo Tribunal Federal (STF) que incluya al expresidente Jair Bolsonaro en la investigación sobre el asalto a las instituciones brasileñas por parte de simpatizantes bolsonaristas.

La solicitud ha sido presentada por varios miembros del Ministerio Público. Ahora corresponderá a la presidenta del STF, Rosa Weber, analizar la demanda y decidir si abre una investigación contra Bolsonaro, según ha informado el diario ‘O Globo’.

La petición, firmada por el fiscal general adjunto, Carlos Frederico Santos, se ha presentado después de que al menos 80 miembros del Ministerio Público solicitaran al fiscal general, Augusto Arias, investigar a Bolsonaro.

Bolsonaro compartió un video en su Facebook el 11 de enero en el que sugería que la victoria del presidente Luiz Inácio Lula da Silva había sido manipulada por el Tribunal Superior Electoral (TSE) y el STF, según ha informado el diario ‘Folha de Sao Paolo’.

La Fiscalía, que ha abierto hasta siete investigaciones para determinar la responsabilidad sobre el asalto a las instituciones democráticas, también ha pedido medidas urgentes a la empresa Meta para que recupere el vídeo, ya que Bolsonaro lo borró.

El ministro de Justicia y Seguridad Pública, Flávio Dino, ha informado este mismo viernes de que en los próximos días se realizarán nuevas detenciones sobre los sospechosos que participaron en el asalto al palacio de Planalto.