Caracas. – La encargada del narcorégimen, Delcy Rodríguez, retomó la línea dura en contra de EE. UU., al advertir este pasado domingo que ya no toleraría «más órdenes de Washington», sobre la política que debe seguir Venezuela.
Durante un acto con trabajadores de PDVSA celebrado en Puerto La Cruz (Anzoátegui), Rodríguez manifestó: «Ya basta de las órdenes de Washington sobre políticos en Venezuela. Que sea la política venezolana que resuelva nuestras divergencias y nuestros conflictos internos. Ya basta de potencias extranjeras».
En su mensaje, dijo ya tener «suficiente» de las directrices enviadas desde la Casa Blanca, algo que va simultáneo, de acuerdo con lo expresado por analistas políticos, con el esfuerzo que realiza tras la captura por parte de EE. UU. de Nicolás Maduro.
Tras lo que parecía ser el inicio de una relación cordial y estable con Donald Trump, Rodríguez parece haberse enemistado nuevamente y retornado al antiguo libreto que ya manejaba el narcorégimen chavista.
Expertos indican que intenta equilibrar en casa el respaldo de los leales a Maduro, mientras intenta asegurarse de que la Casa Blanca esté conforme. Ahora, a casi un mes de asumir su nuevo rol, Rodríguez respondió a EE. UU., en medio de una presión continua que incluye una serie de exigencias para que Venezuela reanude la producción petrolera.
Su gestión avanza bajo presión del presidente Donald Trump, con quien suscribió acuerdos energéticos y accedió a la liberación de detenidos por razones políticas. También, dijo que «le ha costado muy caro a esta república tener que encarar las consecuencias del fascismo, del extremismo en nuestro país».
Igualmente, insistió en no tener «miedo» a enfrentar diplomáticamente a EE. UU. «Si algún día me tocase como presidenta encargada ir a Washington lo haré de pie, caminando, no arrastrada», señaló el 15 de enero.
La líder momentánea de la Narcotiranía afirmó que es «bienvenida la discusión con respeto» con las personas que «piensen distinto», pero agregó que «quienes busquen el daño y el mal» deben ser «rechazados y separados de la vida nacional».
Finalmente, acotó que «quienes se atrevieron a ir a los Estados Unidos a dar las gracias por el bombardeo contra nuestro pueblo no merecen la dignidad de este país ni su gentilicio», subrayó sin mencionar nombres.
Caracas. – Pese a las nuevas directrices emitidas desde EE. UU., y el nuevo giro que la gestión interina de Delcy Rodríguez imprime a la Narcotiranía chavista, el ilegítimo Ministerio Público confirmó este pasado viernes la solicitud formal de órdenes de aprehensión, contra un grupo de influencers y periodistas venezolanas.
Los cargos presentados incluyen presuntos traición a la patria, delitos de odio y la celebración y promoción de acciones militares de EE. UU. en territorio nacional.
En una rueda de prensa que ofreció desde Caracas, Tarek William Saab, el fiscal general del chavismo, anunció que ordenó la congelación inmediata de todas las cuentas bancarias de los señalados en Venezuela, y que se están gestionando alertas rojas ante Interpol para su captura internacional.
«Estos sujetos han utilizado el odio a través de sus redes sociales para atentar contra la estabilidad de la patria de Chávez, alimentando la división en un momento de tensión y tragedia innecesaria durante un ataque criminal como el que realizó EE. UU., producto de falsas narrativas», agregó Saab.
La lista de los influencers y comunicadores señalados ahora por el narcorégimen es la siguiente: Marko Pérez (Marko Música) y Javier Romero (Javier Hala Madrid), quienes encabezan la lista por utilizar su alcance ante millones de seguidores para celebrar públicamente acciones militares extranjeras.
Además José Pérez, reconocido tiktoker, señalado tras organizar recientemente una manifestación en Washington D.C. para exigir la libertad de los presos políticos en Venezuela; y Raymond Azar, periodista de VOZ Media, destacado por ser uno de los pocos comunicadores que transmitió y anunció en vivo la noticia de la captura de Nicolás Maduro.
Asimismo, David Placer, periodista, incluido en la medida por demostrar estar informado con detalles precisos sobre el ataque de los EE. UU.; Norbey Marín, periodista y conductor del espacio informativo “Hasta que la tiranía caiga”; y César Moreno, periodista y host del canal de YouTube César Moreno OK, quien ha pasado meses revelando datos precisos y ubicaciones de viviendas de altos mandos del chavismo.
Caracas. – El ilegítimo presidente de la AN chavista, Jorge Rodríguez, admitió este sábado la corrupción sin límites de parte de la Narcotiranía, al confesar que, ciertamente, muchos «rojos rojitos» son los que dilapidaron las ganancias de la producción petrolera del país, al robarse los recursos provenientes de la venta del crudo.
Durante su intervención en la reforma parcial de la Ley de Hidrocarburos, que se discutió este sábado, Rodríguez confesó la corrupción galopante que ha imperado en el país desde hace años, en detrimento del patrimonio nacional.
Rodríguez subrayó la necesidad de que el pueblo participe activamente en la revisión del instrumento legal, advirtiendo que «no tolerará» que los corruptos intenten “robarse los reales” de la producción, tal como ha ocurrido en diversas ocasiones desde que el narcorégimen detenta el poder.
«Al que intente alguna acción de corrupción, que se prepare. ¿Cuál es el objeto de la ley? Es que cuando estamos hablando de la Ley no es solo del área de petróleo, es de toda la industria de hidrocarburos», comentó.
«A pesar de los bloqueos, sanciones, nuestra industria sigue de pie”, comentó el dirigente chavista quien reconoció la labor de los trabajadores petroleros. En este sentido, precisó que la reforma parcial incluirá las necesidades que tiene el sector y los empleados.
Por último, informó que, el próximo martes, la Asamblea Nacional aprobará la reforma de ley.
Cabe destacar, que estas reformas legales son propiciadas por la enorme inversión que la administración Trump promueve en el sector energético venezolano, prometiendo reconstruir al país aumentando sus ingresos a niveles no antes vistos.
Finalmente, el jerarca chavista repitió, por enésima vez, la promesa de invertir cada dólar que ingrese al país por la venta de crudo, en las áreas de salud y educación.
Caracas. – Según lo denunció la abogada y activista por los Derechos Humanos, Tamara Suju, tres funcionarios del CICPC fueron secuestrados recientemente por el narcorégimen chavista, luego que regresaran a Venezuela.
Los efectivos policiales están identificados como Jesús Leonardo Gómez Brito, Héctor Manrique Martínez y David Figueredo Sandoval.
Según lo publicó la también directora del Instituto Casla en su cuenta de la red social X, los tres funcionarios del cuerpo detectivesco se encuentran desaparecidos.
Luego que fueran interceptados tras ingresar al territorio nacional, perdieron todo tipo de contacto con sus familiares.
#Venezuela: me llega la información sobre la detencion el pasado 21 de Enero de 3 funcionarios del CICPC luego de haber retornado a Venezuela. Ellos son:
Caracas. – Juan Francisco Alvarado, un estudiante de Comunicación Social de 31 años, fue sentenciado a 15 años de cárcel en Guanare, estado Portuguesa, bajo los cargos de incitación al odio y rebelión, solo por haber denunciado un problema de aguas servidas en su comunidad.
Tal como lo denunció el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP), a través de sus redes sociales, la sentencia se aplicó esta semana, mientras se desarrolla un proceso de excarcelaciones de rehenes políticos a nivel nacional.
Según informó la gremial en su sitio web, Juan Francisco Alvarado, es estudiante universitario y fue detenido el 20 de marzo de 2025 «por denunciar desde sus redes sociales y a través de la aplicación VenApp (creada por el gobierno venezolano), que las aguas negras se desbordaban en su comunidad y que los transformadores eléctricos se dañaron sin ser reparados».
«El Estado venezolano lo acusó de incitar a una rebelión, lo juzgó por incitación al odio y lo condenó a 15 años de prisión», denunció el SNTP. Pese a ser civil, permanece recluido en un comando de la Guardia Nacional en Guanare, estado Portuguesa, tras un juicio realizado en el estado Cojedes.
Su caso es señalado por organizaciones defensoras de derechos humanos como un símbolo de la criminalización de la libertad de expresión y del uso del «patrullaje cibernético» para perseguir la crítica social tras las elecciones presidenciales de julio de 2024. Actualmente, Alvarado es uno de los cinco trabajadores de la prensa que aún continúan privados de libertad en Venezuela.
Caracas. – El segundo al mando del cartel chavista, Diosdado Cabello, dijo en tono desafiante hacia la administración Trump que en Venezuela «sigue gobernando la Revolución Bolivariana» y que, pese a la captura de Nicolás Maduro, no ha cambiado nada en Venezuela.
Durante su programa semanal Con el Mazo Dando, Cabello destacó que el pueblo venezolano se encuentra en una fase de «movilización permanente» tras los sucesos del pasado 3 de enero y luchando por la liberación del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores.
En sus provocadoras revelaciones también arremetió contra posturas en contra suya por parte del periodista venezolano Orlando Avendaño, quien se encuentra en el exilio, y a quien calificó de «miserable».
Según Cabello, hay una embestida de campañas desinformación que intentan proyectar una imagen de supuestas fracturas en el seno de la Revolución Bolivariana, tras el ataque militar perpetrado el pasado 3 de enero por EE. UU. contra la Narcotiranía chavista.
Señaló que esas campañas basadas en mentiras buscan instalar la idea de “traiciones, peleas y divisiones” en las filas del chavismo, fracasan ante la realidad.
«Hay campañas para que en algunas partes del mundo sientan que aquí hubo una traición, peleas y divisiones, y todas las mentiras se les caen, y las que se les cayó con más rudeza es que quien sigue gobernando aquí en Venezuela es la revolución bolivariana», dijo.
Cabello negó haberse reunido con funcionarios estadounidenses antes de la caída de Maduro junto a su esposa, Cilia Flores, en el operativo militar en Caracas del 3 de enero.
«Exclusiva: las conversaciones de Estados Unidos con el ministro venezolano de esto (…) y Leopoldo Castillo escribe ‘Diosdado fue el Judas que entregó a Maduro’, ¿Verdad?» expresó Cabello con tono burlón.
«‘Diosdado se reunió con EE. UU.’. Tú sabes que yo no tengo precio ¿Escribes esto? ¿Para qué, una campaña?», añadió.
Acto seguido, otra vez en tono desafiante, quien ha es considerado el número dos del narcorégimen chavista pidió pruebas de sus presuntas conversaciones con miembros de la administración del presidente de EE. UU., Donald Trump.
«Reto a quien sea, a quien sea, a Reuters, a todo los que escribieron, a ti, balurdo, a que muestren una pruebita así de que yo me reuní aquí con alguien o me he reunido con alguien. Yo no tengo precio, Leopoldo Castillo, el tuyo es de oferta», sentenció, sin evidencias a su favor.
Cabe recordar que la justicia estadounidense mantiene una recompensa de USD$ 25 millones, por información que conduzca a la aprehensión de Cabello, a quien esperan llevar a Nueva York para que enfrente, ante un gran jurado, cargos por terrorismo y narcotráfico.
Caracas. – Este jueves, Rafael Tudares Bracho, yerno del presidente electo en Venezuela Edmundo González, fue excarcelado tras pasar más de un año en prisión, acusado entre otros cargos de presuntos terrorismo y conspiración contra el narcorégimen chavista de Nicolás Maduro.
«Cumplo con informar que, luego de 380 días de una injusta detención arbitraria y de haber padecido, durante más de un año, una inhumana situación de desaparición forzada, mi esposo Rafael Tudares Bracho ha regresado a casa esta madrugada», explicó Mariana González de Tudares, hija de Edmundo González, en su cuenta de al red social X.
Cabe recordar que a Tudares lo detuvieron el 7 de enero de 2025 —tres días antes de la investidura de Nicolás Maduro para un tercer mandato consecutivo de seis años—, cuando también arrestaron al defensor de derechos humanos Carlos Correa y al excandidato presidencial Enrique Márquez, estos dos últimos liberados.
Durante dos meses se desconoció el paradero de Tudares y el propio Edmundo González denunció su desaparición en un artículo publicado en el diario español El País donde se declaraba como el legítimo presidente electo de Venezuela.
Tras un rápido juicio, se anunció en diciembre pasado que el abogado había sido condenado a 30 años de prisión por «terrorismo, asociación para delinquir y conspiración». En su mensaje en X, Mariana González escribió que en el juicio contra su esposo «no existen testigos, ni existen evidencias, ni hecho demostrables en contra de Rafael que constituyan delitos».
Igualmente, agregó que había sido objeto de al menos tres intentos de extorsión de personas vinculadas a las autoridades venezolanas, la Iglesia y otros para condicionar la libertad de Tudares. «Se llevaron a cabo en embajadas y espacios donde opera el Arzobispado (de Caracas), y en oficinas que públicamente afirman defender derechos humanos», aseguró.
Tras la liberación de su esposo, Mariana González también agradeció «muy especialmente a todas y cada una de las personas que me han apoyado humanamente, en la lucha por su libertad» y al «Equipo de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, con sede en Panamá, que siempre hicieron seguimiento e incidencia en este caso, en el ámbito de sus competencias humanitarias».
Caracas. – Freddy Bernal, quien funge como gobernador ilegítimo del Estado de Táchira, advirtió este pasado miércoles que el narcorégimen no va a permitir “burlitas estúpidas” sobre la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, ocurrido el 3 de enero a cargo de EE. UU.
Bernal lanzó una amenaza directa a la población asegurando que no permitirán protestas ni “burlitas estúpidas” celebrando la captura de Maduro durante la “Operación Resolución Absoluta” ejecutada por EE. UU., y advirtió que se aplicará “todo el peso de la Constitución” contra quienes lo hagan.
Desde el estado Táchira, dijo que quienes emitan «juicios de valor» contra el régimen, sus instituciones o celebren la intervención extranjera serán «perseguidos y procesados legalmente», afirmando que “ellos saben quiénes son”, subrayó refiriéndose a los opositores.
“No vamos a permitir bajo ninguna circunstancia, amenazas, burlitas estúpidas celebrando la captura del presidente, porque los insto a leer las leyes”, alertó.
A su juicio, es importante aplicar las “leyes”. Especificó que “en un stand, están los artículos de ley, instigación al odio, esta muy clara”, asimismo añadió que la “ley Simón Bolívar deja claro los argumentos de traición a la patria”.
Asimismo, enfatizó en que la operación sobre la captura de Maduro, por parte de “una potencia extranjera” es una “agresión” y que todo individuo que quiera abogar, estaría atentando contra “la patria”.
Finalmente, Bernal recordó que cuentan con “los organismos de inteligencia” para identificar, perseguir y capturar a individuos en esa posición.
Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.
“El problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo (…), es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros.”
Roymer A. Rivas B.
Hace unas semanas publiqué un video corto[1] donde explicaba que el pecado original fue un acto socialista, por cuanto arremetió en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto del árbol del medio del jardín, “del conocimiento de lo bueno y lo malo” que él había estipulado que no comieran (Gn. 2:16-17; 3:2-3). En el mismo, sostengo que al Dios haber establecido un límite en los frutos que podían comer Adán y Eva, pues podían alimentarse de todos menos de uno, en realidad Dios estaba estipulando límites de propiedad. Ergo, el pecado original es un acto socialista.
Tras ello, me han respondido[2] recordando el texto de Salmos 24:1, donde David declara la soberanía de Dios sobre todo, afirmando que “De Jehová[3] es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”, para luego sostener que, como “Dios es creador de todo y, por tanto, propietario de toda la tierra”, entonces “el pecado de Adán no fue que violo la propiedad de Dios porque nada que tenía Adán era realmente suyo, sino de Dios”. En este orden de ideas, sostienen que Jehová solamente “puso a Adán como administrador de su creación”, por lo cual, —he aquí el intento de refutación a lo que expresé en el video— “el pecado de Adán fue el de desobedecer a Dios porque le dijo que de todo árbol puedes comer menos [el del conocimiento de lo bueno y lo malo]”, y añade: “su pecado fue su desobediencia. Como explica Tertuliano: ‘si Adán y Eva hubieran amado de verdad al señor no habían contravenido su precepto’”, por tanto, el mandato “era una prueba de amor y fidelidad que Adán y su Esposa no pasaron”. Es decir, el pecado original “no tiene nada que ver con el socialismo o la propiedad”, y me acusa de incurrir en anacronismos[4] al hablar del tema.
No obstante, esta posición incurre en algunos errores que son necesarios matizar, en aras de comprender mejor el mensaje de la Biblia, o al menos lo que así se me presenta en este momento. Argüiré el asunto, en favor, evidentemente, de lo que sostuve en el video, de una manera más estructurada, respondiendo, a su vez, a los argumentos que —respetuosamente— explica Moisés. Si bien, aclaro que mucho en este tema necesita de un rigor que no podré resumir en pocas líneas —precisamente por ello los desarrollo en un libro que, espero, pronto vea luz—, así que me limitaré al orden lógico primario de los argumentos, sostenidos en la Biblia —no puede ser de otra manera—, e invito al lector a seguir profundizando en el tema, o a preguntarme, que yo en algún momento saco tiempo y respondo con gusto. Sin más, comienzo.
Sobre la administración, la propiedad, el fruto y la desobediencia
Cuando Dios crea a Adán y Eva, les da potestad para regir el planeta entero, incluyendo todo lo que hay en él, menos regir sobre sus iguales, es decir, sobre otros seres humanos. Dios habla directamente con los seres humanos, y no otra criatura, para decirles que tienen toda clase de alimentos, que nombre al resto de animales y administren el jardín, con el objeto de extenderlo por toda la tierra (Gn. 1:29-30; 2:19-20), únicamente recibiendo el mandato de no comer del fruto. Naturalmente, los primeros seres humanos eran administradores de lo que Dios había creado, pero se incurre en un falso dilema cuando se pretende separar la “desobediencia” con la “violación de propiedad”, porque éstos no son conceptos excluyentes, más bien, el segundo es la manifestación concreta del primero. Es decir, ellos eran administradores, pero todo administrador opera bajo una jurisdicción limitada, por tanto, el error de Adán y Eva no fue solo la “desobediencia”, así en abstracto, sino un acto de usurpación.
Para comprender esto cabalmente, es necesario entender primero una cosa: el árbol del bien y el mal representaba la potestad de Dios de establecer lo bueno y lo malo, las leyes, y no el “conocer lo bueno y lo malo” en sí mismo —no tendría sentido que Dios juzgara a Adán y Eva por un “mal” que ellos no tenían capacidad de conocer sino hasta después de “pecar”; Adán y Eva sabían lo que era bueno y malo, y precisamente por eso estaban conscientes de que no debían comer del fruto—. En consecuencia, cuando Adán y Eva comen del fruto, más allá de romper los términos del “contrato de administración” —por decirlo de alguna forma—, en realidad se rebelaban en contra de la autoridad de Dios para estipular las leyes que iban a regir la conducta humana. Algo curioso es que la Biblia no da más información del árbol, pero eso es porque la misma interesa, no como objeto-personaje de la historia, sino como símbolo. Lo que cuenta aquí es la prohibición en sí misma, la expectativa de obediencia del humano a Dios, de respetar el límite impuesto. Como ya he explicado: “el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo en realidad simboliza el singular y explicito derecho de Dios de determinar o fijar los parámetros que definen el bien y el mal —que es igual a lo que Dios aprueba o no—. Ergo, el human no es que no podía conocer lo bueno y lo malo, más bien podía conocerlo y debía respetar que el único con la potestad de fijar las normas que fijarían la línea entre lo que estaba bien y lo que estaba mal era su Creador, un límite que, por cierto, se traduciría en una vida plenamente disfrutable, libre de todo el sufrimiento que acompaña a la enfermedad y la muerte.” Cuando comen del fruto (Gn 3:5-6), se rebelan en contra de ello.
Adán y Eva querían “ser como Dios”, establecer ellos mismo lo correcto e incorrecto, las leyes, los mandatos; el “conocimiento del bien y el mal” no se refiere a la capacidad cognitiva de distinguir entre un acto bondadoso y uno cruel —ya ellos tenían esa capacidad, sino no podrían ser juzgados, porque no habría pecado—, sino a la potestad legal y moral de definir qué es legal y qué es ilegal. En términos jurídicos, Dios era el propietario del jardín, y al comer del fruto, Adán y Eva no solo cometieron un robo —violación de la propiedad—, sino un acto de rebelión política. Al querer “ser como Dios”, buscaban la facultad de dictar sus propios códigos morales.
He aquí, precisamente, el porqué expreso lo que expreso en el video: el problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo —y si cabe, lo matizo, porque el problema per sé no es el socialismo, sino el estatismo—, es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros. Es precisamente por ello que destaqué el versículo de Eclesiastés 8:9, porque el mal de la humanidad, según la Biblia, se debe a que el “hombre se ha enseñoreado sobre el hombre para perjuicio suyo”. Antes del pecado, no existía el concepto de un humano gobernando a su semejante, pero sí existía una jerarquía funcional con Dios; esto es: de cara a la relación Dios-humano, había jerarquía, pero de cara a la relación humano-humano, existía una igualdad total, ante la ley —si cabe, y reservándome los comentarios que tengo al respecto de dicha “igualdad ante la ley”—. En suma, al querer definir ellos mismos estipular lo “bueno y lo malo”, abrieron la puerta a la tiranía; el pecado original fue una declaración de independencia fallida que resultó en la esclavitud del humano por el humano; al rechazar el orden establecido por Dios, quedaron a merced de los caprichos legislativos de sus semejantes.
Sobre Dios, las leyes y el Estado
No es casualidad que Jesús haya mantenido una postura de separación radical del poder político de su tiempo, porque su reino “no era parte de este mundo” (Jn. 18:36). Cuando Satanás lo tienta ofreciéndole todos “los reinos de este mundo” —y nadie ofrece algo que no le pertenezca (ver: 2 Cor. 4:4)—, los rechaza por completo. De hecho, si se interpreta bien Romanos 13, que a menudo se usa para apoyar al Estado, lo que realmente estaba diciendo Jesús era: “Si tiene la cara del César, es de él; pero ustedes son imagen de Dios, por tanto, no le pertenecen al Estado”, siendo una respuesta evasiva que deslegitimaba el reclamo absoluto del Estado sobre el individuo. Es más, el mismo Jesucristo criticó el legalismo en el que habían incurrido los supuestos maestros que debían guiar al pueblo en su relación con Dios, porque se había perdido el sentido originario de la ley (Mat. 23:4, 13, 23-24, 27-28; Mc. 2:27; 7:8-9).
Hablando de ley, antes de Saúl —el primer rey—, los israelitas, en calidad de pueblo escogido de Dios, no tenían un gobierno central, ni impuestos permanentes, ni ejército profesional, pero sí tenían jueces que fungían como líderes y guías en la resolución de conflictos basados en el Torá —leyes ya dadas, en algunos aspectos rígidas, porque tampoco puede ser de otra manera— y la costumbre —énfasis en: costumbre, derecho consuetudinario—. Cuando el pueblo pide un rey, Dios le dice a Samuel que lo han rechazado directamente, y Samuel pasa a describir lo que hace un Estado: “Tomará a sus hijos… tomará sus campos… y tomará sus diezmos” (1 Sam. 8), siguiendo con la narrativa originaria del surgimiento del Estado como una apostasía —no por nada en el Armagedón, que, según se cree, será la confrontación entre el Reino de Dios y los “reyes de la tierra”, es para hacer una limpieza del mal estatista y establecer el orden originario, anárquico, bien entendido—.
La historia de la Biblia es, en gran medida, la historia de la resistencia del individuo —guiado por Dios— frente a la arrogancia del poder político. Adán quiso legislar, y eso derivó en todo lo que conocemos hoy; Nemrod quiso centralizar el poder, institucionalizando, de manera primitiva, el Estado; Israel pidió un rey y fue advertido de la esclavitud estatal; Jesús rechazó la corona terrenal y propuso una ley basada en el individuo y la propiedad. Y si el hombre no tiene derecho a enseñorearse del hombre (Ec. 8:9), entonces el Estado es, teológicamente hablando, una anomalía o un acto de rebelión continuado, “la institucionalización del Diablo en la tierra” —como sostengo en otro lugar—.
Sobre el anacronismo
Dicho lo anterior, solo queda responder a la acusación de incurrir en una anacronía, al hablar del socialismo, el pecado original, el Estado, entre otros. Y esto no amerita más que decir que en ningún momento se dice que Adán y Eva fueron socialistas por lo que hicieron, tan solo se comparan los actos, vistos con los lentes de hoy, para resaltar similitudes. Una cosa es decir que ciertos actos o ideas colindan o se asemejan de alguna manera con los conceptos del presente, y otra muy distinta decir que esos conceptos existían en el pasado. Naturalmente, no puede haber análisis histórico sin lentes del presente, porque es desde el hoy que se analizan las cosas; entonces, la responsabilidad de quien emite juicios de valor al respecto es saber separar los conceptos y atenerse a las comparaciones lógicas, resaltando similitudes. Es esto lo que he hecho, no un anacronismo. La Biblia, con todos sus personajes, no es socialista, ni liberal, pero sí es cierto que muchos de sus principios o enseñanzas se pueden comparar con los principios de esos conceptos del presente. Para ser más rigurosos, lo que estoy haciendo es una tipología analítica, porque identifico constantes en la historia y la naturaleza humana —bíblicamente hablando, en este caso— para darles nombre con el léxico técnico que poseemos hoy.
Bíblicamente hablando, el socialismo, derivado del estatismo, como fenómeno de control centralizado que erosiona la propiedad y atenta contra la libertad, es una manifestación de una inclinación humana mucho más antigua. En otras palabras, el principio de usurpación de autoridad, que se adhiere a sí misma una supuesta legitimidad para estipular el bien y el mal, operaba antes de que Marx, Proudhon, o cualquier otro teórico socialista, escribieran una sola palabra. Nadie puede acusarme de incurrir en anacronismos por usar el término “socialismo” o “estatismo” como una herramienta de diagnóstico para describir la actitud de Adán —si se me permite la alegoría, es como si estuviese usando un microscopio moderno para ver una bacteria antigua; la bacteria siempre existió, pero el microscopio me permite nombrarla y entender su comportamiento—. Si nos acercamos a la Biblia con actitud correcta, repararemos en que la misma sí establece fundamentos sobre los cuales se construyen, o se pueden analizar, las ideologías modernas —como el principio de no agresión, la soberanía del individuo, entre muchos otros etc.—, y con esto en mente, yo puedo afirmar que cualquier sistema que intente obligar a las personas a someterse a leyes humanas arbitrarias —lo que hoy llamamos estatismo desde el libertarismo— es una repetición del patrón de rebelión del Génesis. Es lamentable que muchos estudiosos de la Biblia, creyéndose a sí mismo eruditos, no sepan hacer esta distinción en el momento de su estudio, porque confunden dogma —lo que la iglesia dice que pasó— con el análisis de las implicaciones del acto.
[1] Roymer Rivas [@roymer_rivas]. 2025. Adán y Eva arremetieron en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto. Es decir, cometieron un acto [reel]. Instagram. En: https://www.instagram.com/p/DQR-jrxkeQq/ (Cit: 22/01/2026).
[2]Ibidem. Comentario de Moisés Delgado [@moisesdelgado195].
[3] La Biblia dice que el nombre de Dios, traducido al español, es Jehová —o Yawéh— (Sl. 83:18; 113:2; Is. 42:8; entre otros).
[4] El anacronismo trata cuando se sitúa a una persona, objeto, evento o idea en una época histórica a la que no pertenece. Es decir, como el “socialismo” es un concepto de la modernidad, incurro en un error al hablar del mismo en una época a la que no existía el concepto.
Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.
“(…) la libertad no florece bajo la luz inclemente de un reflector perpetuo, donde solo se permite la actuación aprobada, pero sí florece en la penumbra, en el silencio y en el misterio de lo privado.”
Oriana Aranguren
En la sociedad actual, vivimos inmersos en un error categórico en la narrativa sobre la libertad que ha adquirido el estatus de dogma incuestionable, a saber: la transparencia es una virtud y la opacidad ha de levantar siempre sospecha, que es usada por muchos políticos que pretenden transformar una herramienta de control en una supuesta virtud social. Es decir, han intentado convencernos, y lo han logrado con muchos, de que la transparencia es, per se, un valor absoluto, y lo muestran expresiones del tipo: “quien nada debe, nada teme”, para que los ciudadanos no tengan ningún tipo de secreto de cara a los estados del mundo, con su vocación de control, y seguido por corporaciones tecnológicas. A juicio de muchos políticos, un mundo sin secretos es un mundo más seguro, más honesto y, paradójicamente, más libre. Sin embargo, esta premisa encierra una trampa lógica que erosiona los cimientos de la individualidad, pues, al equiparar la privacidad con el secreto ilícito, se legitima la vigilancia perpetua, encontrándonos, paradójicamente, con que la transparencia total no es una herramienta de liberación, sino el mecanismo más sofisticado de coacción que se haya diseñado en la historia de la humanidad.
Históricamente, la transparencia fue una exigencia del ciudadano hacia el poder —el Estado, la burocracia, el gasto público—, era un mecanismo de defensa contra la arbitrariedad de quien manejaba los recursos públicos y controlaba a los demás. Pero en el siglo XXI, la ecuación se ha invertido: hoy es el poder —estatal y corporativo— el que exige transparencia absoluta al individuo, eliminando la privacidad, el secreto, y, con ello, disolviendo la libertad, porque se ataca directamente la individualidad, al estar siempre bajo el escrutinio de la mirada ajena, y no necesariamente de personas que se interesan genuinamente por nosotros.
El ojo de Dios y la distopía de Anon: una ficción hecha realidad
Para ilustrar en dónde estamos —o hacia dónde nos dirigimos, si no lo vemos ya hoy—, no hace falta recurrir a abstracciones complejas, sino observar las proyecciones culturales que ya retrataron este declive, por ejemplo, la película Anon (2018), dirigida por Andrew Niccol. En esta, se nos presenta una sociedad donde la privacidad ha sido abolida técnicamente, pues, a través de una interfaz neuronal llamada “The Ether”, todo lo que el individuo ve es grabado, etiquetado y almacenado en una nube colectiva. Es decir, no existen el anonimato ni el olvido; la identidad es pública, accesible y verificable en tiempo real.
En este escenario, la policía presume haber erradicado el crimen porque el crimen suele habitar en lo oculto[1]. Sin embargo, el costo de esa seguridad es la desaparición del “Yo”, y ello queda probado cuando el protagonista, el detective Sal Frieland, camina por la calle, ya que no ve personas, sino que ve datos flotantes, historiales biográficos y estadísticas. La identidad se reduce a información disponible. El conflicto, no obstante, surge cuando aparece una anomalía: una mujer sin —aparente— huella digital, una “fantasma”. El sistema entra en pánico no porque ella sea necesariamente una criminal, sino porque es ilegible, porque, en un mundo que ha aceptado la vigilancia masiva, intromisiva, desconectarse o intentar no dejar huella digital no es solo una excentricidad, sino un acto criminal, porque el sistema considera que la opacidad es, por defecto, culpabilidad.
Si nosotros analizamos nuestra realidad actual, nos daremos cuenta que esta ficción no está lejos de ella. Si bien es cierto que no tenemos implantes en la retina —por ahora—, la presión social y la arquitectura tecnológica nos empujan hacia la misma conclusión: si no estás en la red, si no eres “visible”, eres sospechoso. La aspiración de la modernidad líquida —concepto de Zygmunt Bauman— es convertir al ser humano en un ente totalmente legible para el algoritmo. Pero debemos preguntarnos: si todo lo que hacemos es visible, registrado y susceptible de ser reproducido, ¿Somos realmente agentes libres o meros actores interpretando un papel para una audiencia perpetua? Si intentamos responder esta pregunta, repararemos en que la transparencia se ha convertido en una nueva forma de tiranía, una donde la coacción no viene dada, quizá, por un arma de fuego, sino por la exclusión social y la inhabilitación digital.
La falacia de “quien nada debe, nada teme”
Como ya señalé en un inicio, uno de los argumentos más perniciosos utilizados para justificar la invasión de la privacidad es la sentencia popular: “Si no estás haciendo nada malo, no tienes nada que ocultar”. Pero con esta sentencia asume que la privacidad es solo un refugio para el delito, lo cual es sinónimo de ignorar por completo la naturaleza humana, en la medida en que la privacidad no se trata de esconder lo “malo”, sino de proteger lo propio. Cuando cerramos la puerta del baño, por ejemplo, no lo hacemos porque estemos cometiendo un crimen, sino porque hay actos que pertenecen exclusivamente a la esfera íntima y que, al ser expuestos, pierden su dignidad.
En este sentido, el argumento de “nada que ocultar” invierte la carga de la prueba de la libertad, porque, en una sociedad libre, el individuo tiene el derecho a la opacidad, y es el poder quien debe justificar cualquier intromisión, pero en la sociedad de la transparencia total, el individuo es sospechoso por defecto si decide no compartir sus datos. Con esto, se nos obliga a ser cajas de cristal. Pero, como bien han señalado diversos pensadores críticos del totalitarismo, una sociedad donde todos pueden verlo todo no es una sociedad de confianza, sino una sociedad de vigilancia mutua, un panóptico[2] donde el carcelero ya no es necesario porque los prisioneros se vigilan entre sí y a sí mismos. Y de esto se desprende que el efecto más devastador de la tiranía de lo visible es la modificación de la conducta, porque el sujeto observado altera su comportamiento —si sabemos, o simplemente sospechamos, que nuestras palabras, búsquedas en internet y movimientos están siendo registrados, instintivamente ajustamos nuestra conducta a lo que se considera “aceptable” o “normal” para la sociedad, no significando necesariamente “bueno o malo” per se, sino “bueno o malo” según los ojos de la sociedad[3], y eso sin considerar que los estados tienden a tipificar como delitos cosas que no deberían serlo—.
Asimismo, el resultado es la estandarización del pensamiento, ya que la libertad de cometer errores, de explorar ideas radicales en privado, de probar identidades o de simplemente ser “incorrecto” sin consecuencias públicas, desaparece. En su lugar, surge una ciudadanía performática, donde cada acción está calculada para encajar en el molde socialmente aprobado, por consiguiente, no actuamos por convicción, sino por miedo al juicio de otros, que pueden acceder a nuestros datos en una especie de archivo eterno. Ergo, la transparencia absoluta, lejos de empoderarnos, nos encadena a una versión higienizada de nosotros mismos, nos quita la libertad de contradecirnos y de evolucionar —porque el registro digital no perdona ni olvida—. En suma, nos condena a ser esclavos de nuestro pasado y rehenes de la percepción ajena; si todo es visible, el individuo se congela en una versión estática de sí mismo, aterrorizado de desviarse de la norma estadística que el algoritmo o la sociedad espera de él. En este contexto, la libertad se reduce a la capacidad de elegir entre opciones pre-aprobadas por la mayoría, lo cual, en rigor, no es libertad en absoluto.
La asimetría del poder: la caja negra y la casa de cristal
Pero no todo acaba allí, porque, mientras por un lado nos autocensuramos ante la mirada del otro, nos encontramos con el hecho de que la transparencia absoluta no es un intercambio entre iguales, sino una transferencia unilateral de poder del individuo hacia la estructura, sea estatal o corporativa. Es decir, existe asimetría de información —no todos responden o ven lo de todos, sino solo los poderosos nos vigilan a nosotros— y, por si fuera poco, se hacen con la capacidad predictiva que les permite afianzar sus sistemas de control. Hoy, se nos exige ser libros abiertos, se nos insta a compartir nuestra ubicación, nuestras finanzas, nuestras relaciones y nuestros datos biométricos bajo la promesa de eficiencia y seguridad, sin embargo, mientras el ciudadano es empujado a habitar una casa de cristal, las entidades que recolectan esa información operan desde una “caja negra” impenetrable.
Nosotros no sabemos, por ejemplo, cómo funcionan los algoritmos que determinan qué noticias leemos, qué tasa de interés se nos asigna o si somos elegibles para un empleo. He aquí una paradoja en la era de la información: nunca antes el individuo había sido tan transparente para el poder, y nunca antes el poder había sido tan opaco para el individuo. En este desequilibrio, la libertad se vuelve una ilusión. Como bien señalan algunos, “el conocimiento es poder”, y quien posee los datos posee la capacidad de anticipar movimientos. Si una entidad —como el Estado— conoce nuestros patrones de conducta mejor que nosotros mismos, la capacidad de manipulación deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una certeza matemática. En este marco, ya no es necesario coaccionar físicamente a una población si se pueden diseñar los incentivos digitales —el conocido “nudging” o “pequeño empujón”, al que incluso apelan algunos libertarios cuando hablan de un oxímoron, como lo es el “paternalismo libertario”— para que las personas tomen las decisiones que el sistema desea, creyendo falsamente que son propias.
Comprender esto es importante, porque si la libertad humana está intrínsecamente ligada a lo impredecible, la capacidad de cambiar de rumbo, de actuar de manera irracional o de reinventarnos, la transparencia total alimenta una maquinaria de predicción masiva —si el sistema puede predecir con un 98% de exactitud qué compraremos, por quién votaremos o a dónde viajaremos basándose en nuestro historial, se cierra el horizonte de posibilidades—. Con ello se alimentan sesgos cognitivos, porque solo consumimos lo que el algoritmo “sabe” que nos gusta, encerrándonos en bucles de retroalimentación. Y en un mundo optimizado por la transparencia de datos, el azar se elimina por considerarse ineficiente, lo que, a su vez, elimina la ineficiencia del azar, la chispa de la creatividad y la disidencia.
Es necesaria la opacidad, al menos en cierto nivel
Frente a este avance del Estado para hacer toda nuestra vida visible, la defensa de la libertad en el siglo XXI, en la era digital, pasa necesariamente por la reivindicación de la opacidad. Debemos rechazar la noción moralista de que el secreto es sinónimo de culpabilidad, y entender que la culminación de esa supuesta “honestidad” es la instauración de un panóptico digital que anula la esencia misma del individuo; si la privacidad se ve como una anomalía sospechosa, el sistema nos arrebata el derecho a la interioridad, que es donde maduran el pensamiento crítico y la autenticidad, porque, en resumen, el secreto es el sustrato donde germina la autonomía.
En lo personal, extiendo una invitación a cada persona, al menos los que no tienen mentalidad de esclavos, para que comiencen a defender su privacidad, porque hacerlo no significa necesariamente conspirar contra la ley, sino protegernos de la estandarización forzosa y de que terceros incidan en nuestra vida a un nivel que solo se los permite hoy la tecnología. Como sugirió el filósofo Édouard Glissant, debemos reclamar nuestro “derecho a la opacidad”, es decir, el derecho a no ser totalmente comprendidos, categorizados ni reducidos a una fila en una base de datos. Y dicha resistencia no implica necesariamente una desconexión ludita, sino una consciencia activa sobre el valor de nuestra intimidad, es decir, implica entender que cada fragmento de privacidad que cedemos por comodidad es una fracción de soberanía individual que perdemos.
Como reflexión final, me gustaría resumir el mensaje general del texto en lo siguiente: la libertad no florece bajo la luz inclemente de un reflector perpetuo, donde solo se permite la actuación aprobada, pero sí florece en la penumbra, en el silencio y en el misterio de lo privado. Por tanto, defender ese espacio no es ocultar quiénes somos, más bien es preservar la única zona donde, quizá, realmente somos libres.
[1] Algo discutible, de hecho, porque si el crimen ha sido erradicado, entonces no serían necesarios los detectives. Más bien, lo que ha quedado eliminado son la resolución de los crímenes, pero, ¿A costa de qué?
[2] El filósofo Jeremy Bentham ideó en el siglo XVIII el “Panóptico”, una estructura carcelaria donde un solo vigilante podía observar a todos los prisioneros sin que estos supieran si estaban siendo mirados o no. La clave del control no era la vigilancia constante, sino la posibilidad de ser vigilado en cualquier momento. Esto inducía al prisionero a autocensurarse y a comportarse según las reglas, interiorizando la autoridad, Más tarde, Michel Foucault usaría esto como metáfora para la sociedad disciplinaria, carcelaria, moderna en “Vigilar y castigar”, pues el poder opera a tráves de una vigilancia constante y asimétrica que induce a los individuos al autocontrol y la normalización, extendiéndose a las escuelas, hospitales y fábricas para producir sujetos dóciles mediante la internalización de la mirada del poder, sin necesidad de usar fuerza física directa.
[3] Aquí cabe referir a “la patología de la normalidad” de Erich Fromm, quien explica que la vida social normal en las sociedades modernas —a su juicio, especialmente la capitalista, pero eso lo ignoraremos—, es inherentemente patológica —deshumanizante y alienante— porque promueve la adaptación y el conformismo, lo que lleva a la enajenación, la pérdida de individualidad y la incapacidad de relacionarse productivamente con la realidad, a pesar de ser socialmente aceptado. Es decir, lo “normal” se define erróneamente por la adaptación a un sistema que daña al ser humano, en lugar de por el desarrollo de la autonomía.
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