El terror de la esperanza, auge y decadencia del neoliberalismo desde una visión actual

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.

Génesis N. Rodríguez G.

Las bases del neoliberalismo incluyen la promoción de la libre competencia, la reducción de la intervención del Estado en la economía, la privatización de empresas estatales, la liberalización del comercio y la desregulación de los mercados. Estas políticas se centran en la idea de que el mercado es el mejor mecanismo para asignar recursos y que la intervención del Estado solo distorsiona el funcionamiento eficiente de la economía. El autor Dos Santos en su libro “El Terror de la Esperanza, Auge y Decadencia del Neoliberalismo” nos ofrece un análisis crítico de las políticas neoliberales y su impacto en América Latina y otras regiones. Argumenta que el neoliberalismo, con su énfasis en la liberalización económica, la privatización y la desregulación, ha exacerbado las desigualdades sociales y ha generado inestabilidad económica en muchos países. Además, en este libro, Dos Santos examina cómo las políticas neoliberales han llevado a crisis financieras, aumento de la pobreza y deterioro de las condiciones laborales. Propone alternativas basadas en la soberanía económica, el fortalecimiento del mercado interno y la protección de los derechos sociales.

Si bien, para hablar de lo que hace o hizo una persona debemos conocer primero quien es, o quien fue, Theotonio Dos Santos fue un economista y sociólogo brasileño reconocido por sus contribuciones al campo de la economía política y el desarrollo económico. Nacido en 1936, Dos Santos fue una figura destacada en el estudio de la dependencia económica y las relaciones internacionales, centrándose en las disparidades económicas entre países desarrollados y en desarrollo.

A medida que estudiamos autores como Dos Santos nos damos cuenta que el impacto del neoliberalismo en la economía global ha sido objeto de debate. Algunos defensores argumentan que ha llevado a un aumento en la eficiencia económica, el crecimiento del PIB y la reducción de la pobreza en algunos países.  Entre estos defensores tenemos autores como:

  • Milton Friedman: En su libro “Capitalismo y Libertad” (1962) argumenta que la intervención del Estado en la economía a través de regulaciones y controles distorsiona el funcionamiento eficiente del mercado. Según él, la promoción de la libre competencia y la reducción de la intervención estatal permiten que los recursos se asignen de manera más eficiente, lo que lleva a un mayor crecimiento económico.
  • En su obra “Camino de Servidumbre” (1944) el autor sostiene que el neoliberalismo promueve la libertad individual y la competencia como motores del progreso económico. Argumenta que la planificación centralizada y la intervención estatal en la economía conducen a la pérdida de libertades individuales y a una asignación ineficiente de recursos. Según Hayek el neoliberalismo favorece la innovación, la eficiencia y el crecimiento económico.

Estos autores son referentes clave en la defensa del neoliberalismo y argumentan que sus principios han contribuido a aumentar la eficiencia económica en la economía global y no al revés. Cabe mencionar que Dos Santos también ha sido criticado por contribuir a la desigualdad económica, la concentración de riqueza en manos de unos pocos, y la erosión de los derechos laborales y sociales. Podemos decir que, en general, el impacto del neoliberalismo en la economía global ha sido mixto, con beneficios y desafíos. Ha habido casos donde ha contribuido al desarrollo económico, pero también ha generado problemas sociales y económicos en otros lugares. La evaluación del impacto del neoliberalismo varía según el contexto específico de cada país y región.

Ahora bien, hagamos referencia de lo leído y analizado en las páginas del libro específicamente desde la pagina 158 hasta la 178. El esquema de recuperación de la economía mundial, que abarca el período de 1983 a 1989, se caracterizó por un funcionamiento basado en dos agujeros negros: el aumento de la deuda pública interna y externa estadounidense, originada en el déficit del Tesoro, que fue la punta de lanza de la recuperación económica internacional en ese mismo período. La imposibilidad de controlar el déficit público y cambiario llevó a una caída en el valor del dólar, lo que a su vez desvalorizó las deudas interna y externa. Esto resultó en una restricción en la demanda de dólares y una disminución en el nivel de demanda norteamericana, generando una depresión global hacia finales de los años ochenta. Los intentos posteriores de recuperación, durante el período Clinton, no lograron superar este esquema, y el gobierno de George W. Bush adoptó los mismos recursos de Reagan, con un concepto mucho más deteriorado.

Principales indicadores económicos del Esquema de Recuperación de la Economía Mundial:

  • Flujos de Capitales hacia Estados Unidos.
  • Transferencia Liquida de Recursos a Estados Unidos
  • Balanza Comercial
  • Importaciones Norteamericanas en el resto del mundo
  • Flujo Liquido del Capital Privado
  • Déficit del Tesoro Norteamericano
  • Deuda Externa Norteamericana
  • Deuda Interna Norteamericana (en billones de dólares)
  • Balanza Comercial (Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental)
  • Flujo de Capitales para Estados Unidos
  • Flujo de Capital liquido

El período entre 1990 y 1993 fue caracterizado por una recesión y crisis política a nivel mundial. La crisis económica, el desempleo, la violencia social, la criminalidad, la corrupción, las crisis políticas y las guerras interétnicas indicaban que la humanidad pasaba por una fase muy difícil en lugar de ingresar en el período de Bienestar anunciado por el neoliberalismo. Se sucedieron intentos de controlar esta situación, destacándose las acciones de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Además, el Grupo de los Siete, que inicialmente se creó para unir los intereses norteamericanos, europeos y japoneses con el fin de detener el avance del Tercer Mundo y de los países socialistas, fue revivido en los años noventa con.la presencia permanente de Rusia.

Este esquema económico refleja la complejidad y las interconexiones entre los flujos financieros internacionales, los déficits fiscales y comerciales, así como la influencia de las políticas económicas y las relaciones geopolíticas en la dinámica global. La respuesta a estas crisis económicas y políticas requirió la participación y coordinación de múltiples actores internacionales, lo que pone en evidencia la importancia del análisis y entendimiento profundo de los fenómenos económicos y políticos para abordar los desafíos globales.

¿En qué consistió esa crisis? Se trató de una fase de larga duración iniciada, de hecho, en 1967-1968, cuando Estados Unidos y Europa tuvieron por primera vez una recesión conjunta tras el auge económico iniciado en 1945. En esa época, asomaron las dificultades para que Estados Unidos mantuviera el respaldo en oro al dólar, tal como se había decidido en 1943, en Bretton Woods.

Esta situación se aceleró en los años siguientes, cuando Estados Unidos anunció crecimientos de 4,3% en 1998, 4,2% en 1999, y 5,2% en 2000. Por otra parte, Japón entró en crisis exactamente en 1992-1993, mientras que Alemania ya había iniciado su caída en 1991 y llegaba a la recesión abierta en 1993, cuando ocurrió la caída de 1,9% de su PIB. Esta situación recesiva prevaleció en los países industrializados en general, afectando sobre todo a África y la Europa del Este, que sufrieron una brutal depresión desde que fueron asaltadas por los neoliberales. Estas regiones quedaron totalmente sometidas al control del Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. La situación es opuesta en Latinoamérica (con las importantes excepciones de Brasil, Cuba y Haití), donde se inició una modesta recuperación económica al comienzo de la década para caer en la recesión desde mediados de los años noventa. El Asia occidental y el Sureste asiático siguieron creciendo hasta 1997; China aparecía como la estrella del crecimiento económico mundial con 12,8% de expansión del PIB en 1992, performance que se mantuvo en toda la década de los años noventa.

Crisis y cotuntura

En varias oportunidades, hemos demostrado que, a partir de 1994, se inició en la economía mundial una nueva fase de crecimiento. En esos años se presentaron crisis de ajuste a esta nueva fase de crecimiento económico global inscrito en los ciclos largos de Kondratiev. Según estos ciclos, descubiertos por el economista ruso, la economía mundial se mueve en períodos de 50 a 60 años caracterizados por una primera fase A en la que predominan los años de crecimiento económico, y se moderan las recesiones, las cuales duran cerca de 25 ó 30 años, seguidas por las fases B del ciclo largo, las cuales se dan en períodos de 25 a 30 años, principalmente dominados por recesiones con reanudaciones moderadas del crecimiento.

La llamada crisis asiática permitió que Japón y a los Tigres Asiáticos reajustaran sus tipos de cambios, lo que dio inicio a un nuevo período de crecimiento que ya se esbozaba en 1999, pero que quedó frustrado por la política recesiva de la FED en 2001. Rusia, envuelta en esa crisis por distintas razones, solicitó una moratoria y se encaminó hacia una redefinición política que hizo viable su recuperación económica a partir de 1999. 171 Brasil hizo un ajuste cambiario con retardo, sólo en 1999, lo que se hizo posible debido al apoyo del sistema financiero internacional para la reelección de Fernando Henrique Cardoso. Este país pasó por una grave crisis en 1998 a consecuencia de esta irresponsabilidad, pero redefinió en parte su política económica con la devaluación cambiaria de enero de 1999.

Para finalizar con mi análisis sobre el tema, hemos podido observar como este texto aborda varios aspectos importantes de la economía mundial y la especulación financiera que ocurrió en los años ochenta y noventa. Se destaca como el crecimiento basado en la deuda pública estadounidense y la inestabilidad de las monedas llevo a una crisis de la deuda externa y a una especulación financiera a gran escala.

La crisis resultante tuvo efectos devastadores en países como Brasil, Latinoamérica, África, Europa Oriental y la antigua URSS, generando altos niveles de desempleo y miseria. La especulación en torno a la deuda estadounidense y los excedentes financieros de Japón y Alemania creo una burbuja que finalmente estallo en 1990, exacerbando el desempleo a nivel mundial. El surgimiento del desempleo en países antes considerados de pleno empleo, como en Europa Occidental y la antigua URSS, ilustra la magnitud de la crisis. La introducción de tecnologías avanzadas en la producción y los servicios resultó en una mayor automatización y robotización, lo que redujo la necesidad de mano de obra y genero pocos empleos nuevos.

La reflexión sobre el impacto de estas tecnologías en la jornada laboral y la distribución equitativa de los beneficios del progreso tecnológico es crucial. La propuesta de reducir la jornada laboral y permitir la contratación de nuevos trabajadores para distribuir los efectos del progreso entre toda la población es una idea interesante y relevante para abordar los desafíos actuales del mercado laboral y la automatización. Además, la discusión sobre como orientar el potencial productivo hacia el beneficio de toda la humanidad, en lugar de favorecer a una minoría, plantea cuestiones fundamentales sobre el sistema económico y la distribución de la riqueza. La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.


Referencias Bibliográficas

Del terror a la esperanza Auge y decadencia del neoliberalismo, Traducción: Amelia Hernández. Versión preliminar. Versión original: Dos Santos, Theotonio (2007), Del terror a la esperanza. Auge y decadencia del neoliberalismo, Venezuela, Editorial Monte Ávila.

¿Es Guárico el estado con mas pobreza de Venezuela? Hablemos un poco de libertad y pobreza

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

La mejor opción para los países pobres es apoyarse en la idea básica de que cuando los mercados son libres y los incentivos adecuados, la gente puede encontrar la solución a sus problemas sin necesidad de limosnas del extranjero ni de sus propios gobiernos.

Génesis N. Rodríguez G.

Comenzare hablando de la pobreza con este fragmento que me gustó mucho desde que lo leí hace semanas, tomado del libro “Repensar la pobreza” de los autores Abhijit V. Banerrjee y Esther Duflo: “En lugar de discutir la mejor manera de luchar contra la diarrea o el dengue, muchos de los expertos más influyentes tienen fijación con las «grandes preguntas»: ¿cuál es la causa principal de la pobreza? ¿Hasta qué punto debemos creer en el mercado libre? ¿La democracia es buena para los pobres? ¿Cuál es el papel que puede tener la ayuda al desarrollo?» Y otras de este estilo.

Jeffrey Sachs, asesor de Naciones Unidas, director del Earth Institute en la Universidad de Columbia de Nueva York y uno de estos expertos, tiene respuesta para todas estas preguntas: los países pobres lo son porque son calurosos, poco fértiles, están infestados de malaria y a menudo carecen de salidas al mar, lo que dificulta que sean productivos por falta de una gran inversión inicial que les ayude a ocuparse de estos problemas endémicos. Pero estos países no pueden financiar las inversiones precisamente porque son pobres se encuentran inmersos en lo que los economistas llaman la «trampa de la pobreza». Mientras no se haga algo contra estos problemas, ni la democracia ni el mercado libre les aportarán gran cosa.

Por eso la ayuda externa resulta fundamental, ya que, gracias a ella, los países pobres pueden invertir en estas áreas críticas, haciéndolos más productivos e iniciando un círculo virtuoso. Los ingresos que se generen, que serán más elevados, permitirán nuevas inversiones y así continuará una espiral favorable.

En su best-seller de 2005, El fin de la pobreza, Sachs argumenta que si los países ricos aportasen 195.000 millones de dólares al año en cooperación entre los años 2005 y 2025, al final de este periodo la pobreza podría haber desaparecido completamente. Sin embargo, otras voces también influyentes creen que todas las respuestas de Sachs son erróneas. William Easterly, enfrentado a Sachs desde el otro extremo de Manhattan, en la Universidad de Nueva York, se ha convertido en una de las figuras públicas más destacadas en la oposición a la ayuda internacional, a raíz de la publicación de dos libros, En busca del crecimiento y The White Man’s Burden. Y otra voz que se ha unido recientemente a la de Easterly es la de Dambisa Moyo, autora del libro Dead Aid y economista que había trabajado anteriormente en Goldman Sachs y en el Banco Mundial. Estos dos autores sostienen que la ayuda hace más mal que bien, al disuadir a la gente de buscar soluciones propias, al corromper y socavar las instituciones locales y al crear un lobby formado por las ONG que tiende a perpetuarse.

La mejor opción para los países pobres es apoyarse en la idea básica de que cuando los mercados son libres y los incentivos adecuados, la gente puede encontrar la solución a sus problemas sin necesidad de limosnas del extranjero ni de sus propios gobiernos. De ese modo, los pesimistas de la ayuda se consideran bastante optimistas respecto a cómo funciona el mundo. Para Easterly no existen las denominadas trampas de la pobreza. Llegados a este punto, ¿a quién debemos creer? ¿A quienes afirman que la ayuda resolverá el problema o a quienes aseguran que empeorará la situación? El debate no puede ser resuelto de forma abstracta. Se necesitan evidencias, pero desafortunadamente los datos que se suelen utilizar para responder a estas grandes preguntas no inspiran confianza.

La pobreza en Venezuela ha aumentado significativamente en los últimos años debido a una combinación de factores como la crisis económica, la inflación, descontrolada, la falta de inversión en infraestructura y servicios básicos, la corrupción, y las políticas gubernamentales. Fuentes como el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida ( ENCOVI) suelen proporcionar datos actualizados sobre la pobreza en el país. En el caso específico del Estado Guárico la pobreza también ha aumentado, afectando principalmente a las zonas rurales y a las comunidades mas vulnerables. La falta de oportunidades laborales, la escasez de servicios básicos como agua potable y electricidad, y la inseguridad alimentaria son algunos de los factores que contribuyen a la pobreza en la región.

En cuanto a los municipios más pobres o con pobreza extrema en Guárico, esta información puede variar dependiendo de los criterios utilizados para medir la pobreza. Sin embargo, algunos municipios que suelen ser identificados como los más afectados por la pobreza son San Gerónimo de Guayabal, El Socorro, Leonardo Infante y Francisco de Miranda.

De acuerdo con las metodologías internacionales de evaluación utilizadas por la comunidad humanitaria en crisis y emergencias, las organizaciones aliadas de HumVenezuela siguen un modelo de medición de los impactos de la EHC construido por consensos, en cinco sectores (condiciones de vida, alimentación, agua y saneamiento, salud y educación básica), que tiene un alcance nacional y por estados del país. Este modelo comprende mediciones de la escala, severidad, intensidad y profundidad de la EHC, que permiten presentar estimaciones de las personas en necesidad, sus agrupaciones por niveles de severidad y la relación de su situación con las capacidades caídas de sistemas, programas, bienes y servicios, como producto de los factores que originan la EHC.

En cada medición anual se realiza un análisis de las fuentes de información demográfica disponibles, utilizando hasta la actualidad las proyecciones estimadas por CELADE (División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe – CEPAL), publicadas en 2019. Para la distribución de la población por estados, a partir de 2023 se comenzaron a realizar análisis estadísticos basados en data censal y otras estimaciones pasadas de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) de 2020 y 20219, que también de basan en proyecciones de CELADE. En esta medición se utilizaron las proyecciones de población de CELADE para Venezuela correspondientes al año 2023, la cual fue estimada en un total de 28.838.496 de personas.

Pudimos observar, en un rango de tres niveles (bajo, medio y alto), se clasificaron los estados por la población afectada en cada dimensión. En tanto todas las afectaciones tienen impactos severos en la vida de las personas, la clasificación solo tiene el propósito de realizar un abordaje integrado de perfiles de afectación. La clasificación arrojó que 8 de los 20 estados mostraron hasta 6 dimensiones donde las poblaciones en necesidad alcanzan niveles altos. En orden alfabético, estos fueron Anzoátegui, Apure, Bolívar, Falcón, Guárico, Miranda, Monagas y Táchira. Podemos ver como el Estado Guárico esta entre los 8 mas afectados en casi todas las dimensiones que se evaluaron, sobre todo en altos números de violencia y la irregularidad de la asistencia escolar, es importante que haga énfasis aquí en la parte educativa, aunque estemos hablando de pobreza el no poseer niveles altos de educación influye de manera directa para medir la pobreza. El Estado Guárico aparece entre los principales Estados del país con personas en necesidades críticas, y según los anteriores informes para 2023 fue aumentando de critico a severa la situación, cifras que nos indican que las políticas públicas no están siendo ejecutadas de la mejor manera por los organismos correspondientes, aparte de muchos otros factores que están influyendo para agudizar aún más la pobreza en el Estado llanero.

Mujeres libres, mercados libres: el impacto del comercio y la competencia en la Libertad de las mujeres

Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) He aquí una verdad que le dolerá a todo estatista: ninguna ley gubernamental liberó tanto tiempo para las mujeres en el siglo XX como la proliferación de bienes de consumo asequibles creados por el mercado.

Oriana Aranguren

La historia de la emancipación femenina suele contarse, con justa razón, a través del lente de las grandes batallas políticas y sociales. En este sentido, tendemos a evocar a las sufragistas marchando por el derecho al voto, a las activistas desafiando leyes arcaicas y/o a las pioneras rompiendo techos de cristal en la academia y la política. Sin embargo, muchas de las autodenominadas “feministas” en la actualidad ignoran que existe un motor de liberación igual o más poderoso, este es: el libre mercado. No existe una conexión más poderosa que la libertad económica y la libertad femenina; históricamente, la competencia, el comercio internacional y la innovación de los mercados han actuado como fuerzas que han desestabilizado las estructuras patriarcales tradicionales y han ofrecido a las mujeres herramientas tangibles para forjar su propia autonomía.

La razón de lo que digo es simple de comprender: un mercado verdaderamente libre y competitivo es, por naturaleza, ciego al género, porque su principal motivación es la eficiencia y la creación de valor, y esto puede provenir de hombres y mujeres. En este contexto, discriminar a la mujer se convierte en una desventaja económica penalizada por la propia competencia —porque otros tendrán talentos de los cuales yo me estoy limitando—.

El economista Gary Becker, galardonado con el Premio Nobel, revolucionó la forma en que entendemos este fenómeno con su teoría económica de la discriminación, planteando la idea de que discriminar cuesta dinero. Para ilustrar el punto: imaginemos una sociedad tradicional donde los empresarios, por prejuicios culturales, se niegan a contratar mujeres o les pagan sistemáticamente menos que a los hombres, independientemente de su talento o productividad. En un sistema cerrado, monopolístico o protegido por el Estado, estos empresarios pueden darse el lujo de mantener sus prejuicios sin sufrir consecuencias. Pero, ¿Qué sucede cuando se introduce la libre competencia? Si un empresario sexista se niega a contratar a ingenieras brillantes simplemente por ser mujeres, un competidor más inteligente y menos prejuicioso verá una oportunidad de oro y contratará a esas mujeres talentosas, probablemente a un costo ligeramente menor al principio debido a la falta de demanda en el mercado, y gracias a su talento, producirá mejores bienes o servicios. En este escenario, el empresario discriminador perderá cuota de mercado, sus costos relativos serán más altos —al tener que pagar una prima para contratar exclusivamente hombres— y, eventualmente, la fuerza de la competencia lo obligará a cambiar sus prácticas o enfrentar la bancarrota.

Con esto en mente, podemos inferir, entonces, que el mercado actúa como un disolvente de las jerarquías arbitrarias. Antes del auge del capitalismo y los mercados abiertos, la riqueza y el estatus se determinaban en gran medida por el nacimiento, la casta y el género, y, en ese contexto, las mujeres estaban relegadas a la esfera doméstica o a la economía de subsistencia, dependiendo económicamente de los hombres, porque las estructuras feudales o gremiales les prohibían la entrada al comercio formal. Pero la llegada de los mercados competitivos comenzó a cambiar las reglas del juego, porque el valor de una persona empezó a medirse por lo que podía producir y aportar, no por su género. Y como la competencia castiga la ineficiencia, excluir al 50% de la población del talento y la fuerza laboral sale caro.

¿Y qué sucede si ampliamos el foco y vemos el panorama completo, a nivel internacional?

El comercio internacional y la globalización como vías de escape

Si la competencia a nivel local es poderosa, el comercio internacional ha sido un verdadero catalizador de cambio a escala global. Cuando analizamos el impacto de la globalización en los países en vías de desarrollo, la narrativa popular a menudo se centra en la explotación. Y si bien es innegable que las condiciones laborales en las primeras etapas de la industrialización son duras, un análisis riguroso requiere que nos hagamos una pregunta necesaria —aunque incómoda, para algunos—: ¿Cuál era la alternativa para esas mujeres?

A lo largo de las últimas décadas, la apertura al comercio internacional y la llegada de la manufactura de exportación a países de Asia, América Latina y África sacaron a millones de mujeres de la invisibilidad de la economía agraria y de subsistencia. En las sociedades rurales tradicionales, el trabajo de la mujer en el campo o en el hogar rara vez es remunerado o reconocido; es considerado un deber. Además, en muchos de estos contextos, las mujeres jóvenes son vistas como una carga económica para sus familias, lo que fomenta prácticas como el matrimonio infantil o forzado.

La llegada de fábricas de textiles, ensambladoras de tecnología y otras industrias orientadas a la exportación cambió drásticamente esta ecuación, porque, por primera vez, millones de mujeres jóvenes tuvieron la oportunidad de ganar un salario independiente. Este sueldo, por modesto que parezca desde la comodidad del mundo desarrollado, representa un cambio monumental en la dinámica de poder. Como dice una frase popular: “quien paga, manda”, y una mujer que aporta ingresos en efectivo a su hogar adquiere, de inmediato, un mayor poder de negociación dentro de su familia.

Los estudios económicos y sociológicos muestran de manera consistente que cuando las mujeres acceden a trabajos asalariados gracias a la apertura comercial, las tasas de fecundidad disminuyen, la edad promedio para contraer matrimonio se retrasa y aumenta la inversión en la educación de las niñas. ¿Por qué? Porque las niñas dejan de ser vistas únicamente como futuras esposas y madres, y comienzan a ser valoradas como futuras productoras de ingresos. El comercio internacional, al crear demanda de mano de obra femenina, convierte a las mujeres en un activo económico valioso para sus familias y comunidades, alterando profundamente las normas culturales restrictivas.

La innovación del mercado y la liberación del tiempo

Con esto en mente, podemos decir entonces que la libertad no es solo un concepto abstracto o un derecho escrito en un papel, sino que requiere tiempo. Durante siglos, el tiempo de las mujeres estuvo casi enteramente consumido por las tareas domésticas: buscar agua, lavar la ropa a mano, cocinar con leña, limpiar y cuidar de los hijos; estas labores, físicamente extenuantes y que consumían todo el día, hacían imposible que la gran mayoría de las mujeres pensaran en la educación, la política o el desarrollo personal. Pero el libre mercado y la innovación tecnológica jugaron un papel en la emancipación de la gran mayoría de ellas —en donde hay libre mercado, evidentemente—.

El difunto médico y estadístico Hans Rosling solía decir que el invento más grande de la historia de la humanidad no fue el avión ni el microchip, sino la lavadora. Y tenía razón. El mercado libre, en su búsqueda constante por satisfacer las necesidades de los consumidores y generar ganancias, incentivó la creación y producción masiva de electrodomésticos; el agua corriente, las estufas de gas y eléctricas, los refrigeradores y las lavadoras liberaron miles de millones de horas de trabajo físico que recaían casi exclusivamente sobre los hombros de las mujeres. Lo que se conoce como “la tecnología del hogar”, impulsada por la competencia empresarial y el comercio masivo, permitió a las mujeres comprar su propio tiempo. De este modo, las horas que antes se pasaban en el río lavando ropa ahora podían invertirse en leer, estudiar, trabajar fuera del hogar o simplemente descansar. He aquí una verdad que le dolerá a todo estatista: ninguna ley gubernamental liberó tanto tiempo para las mujeres en el siglo XX como la proliferación de bienes de consumo asequibles creados por el mercado.

Además, el mercado libre fue fundamental en la provisión de otro elemento crucial para la libertad femenina, porque les dio el control sobre sus propios cuerpos, por cuanto se desarrollaron métodos anticonceptivos modernos, como la píldora, que fue impulsado, valga decirlo, en gran medida por la investigación financiada por capital privado y filántropos visionarios, respondiendo a una inmensa demanda. Entonces, la capacidad comercial de producir, distribuir y vender productos de higiene femenina y anticonceptivos a precios accesibles gracias al comercio global ha dado a las mujeres un control sin precedentes sobre su fertilidad y, por ende, sobre su destino económico y profesional.

Pero la cosa no acaba aquí…

Las mujeres y el emprendimiento

Tradicionalmente, las estructuras corporativas y gubernamentales han estado dominadas por los hombres, creando “clubes de Toby”[1] que dificultaban el ascenso de las mujeres. Ante esto, la respuesta del libre mercado fue ofrecer alternativas a las mujeres, dando la oportunidad de que ellas mismas emprendieran sus propios negocios —si no te permiten sentarte en la mesa, el mercado te da la libertad de construir la tuya propia—. Y esto podemos constatarlo en el mundo: a nivel mundial, el emprendimiento femenino está creciendo a un ritmo acelerado, pasando por vendedoras ambulantes en mercados emergentes y llegando hasta fundadoras de empresas tecnológicas en Silicon Valley, los mercados libres permiten a las mujeres crear sus propias empresas y, con ello, crear su propio poder económico, y todo sin necesitar del permiso de un jefe para vender un producto o servicio que los consumidores desean.

En pocas palabras, la democratización de la tecnología y las finanzas —producto directo de la competencia en el mercado libre— ha acelerado la tendencia de las mujeres a emprender y empoderarse. Las plataformas de comercio electrónico permiten a mujeres de zonas rurales vender sus artesanías o productos a clientes del otro lado del mundo; las innovaciones en Fintech y el microcrédito están permitiendo a millones de mujeres que antes estaban excluidas del sistema bancario tradicional acceder a capital inicial; cuando los mercados financieros se vuelven más competitivos y abiertos, los bancos y los prestamistas se ven obligados a buscar nuevos clientes, y las mujeres empresarias, que históricamente han demostrado ser excelentes pagadoras de créditos, se convierten en un objetivo principal; y así podemos seguir describiendo el acceso y las oportunidades que se le han abierto a las mujeres gracias al libre mercado.

La libertad económica como base de la libertad total

Es por esta razón que estimo que muchos de los debates que se llevan actualmente y giran en torno a la mujer carecen de sentido, o al menos no tienen un buen enfoque, porque, por ejemplo, el debate sobre la igualdad de género suele estar dominado por enfoques regulatorios —cuotas de género, leyes de igualdad salarial obligatoria o políticas de redistribución estatal—, y aunque estas herramientas políticas pueden tener su lugar y función dentro de una sociedad democrática para corregir ciertas cosas —habría que ver cómo implementar eso y si no atenta en contra de la libertad de otros—, se pierde de vista que, en el largo plazo, ninguna ley será tan efectiva para garantizar la libertad sostenida de las mujeres como la capacidad de generar, poseer y disponer de su propia riqueza.

La historia nos demuestra que la libertad política sin libertad económica es una ilusión. De poco sirve tener derecho al voto si no se tiene el derecho a poseer una propiedad, abrir una cuenta bancaria sin la firma del marido o iniciar un negocio. Las mujeres libres requieren de mercados libres porque los mercados descentralizan el poder.

El impacto de la competencia y el comercio en la vida de las mujeres ha sido, y sigue siendo, transformador. En el caso de la competencia, rompió el monopolio que los hombres tenían sobre las profesiones y los oficios; el comercio global conectó a las mujeres más marginadas con la cadena de valor mundial, dándoles por primera vez poder adquisitivo y voz en sus hogares; la innovación empresarial les devolvió el tiempo que les robaban las tareas domésticas y les brindó las herramientas médicas para ser dueñas de su tiempo y su cuerpo; y el emprendimiento les otorgó el cincel para esculpir su propio destino profesional.

Contrario a como sostienen las “feministas” que piden más intervención estatal para arremeter en contra de una “estructura patriarcal y capitalista”, con el fin de alcanzar “la igualdad” entre hombres y mujeres, no es el Estado quien empodera a las mujeres, más bien todo lo contrario, es el mercado. En el camino hacia la libertad y la “igualdad” —bien entendida, es decir: ante la ley—, el libre intercambio, la innovación y la competencia no son los enemigos, sino los aliados más poderosos que las mujeres han tenido en la historia de la civilización. La emancipación definitiva de la mujer no se logrará destruyendo el mercado, sino asegurándonos de que esté genuinamente abierto, sea verdaderamente competitivo y le permita a cada mujer participar en él, por fin, bajo sus propios términos.


[1] Expresión que describe a grupos cerrados de hombres que excluyen mujeres.

La inutilidad de la democracia pacifista en escenarios de autoritarismos

Mauricio Hernández, coordinador local de EsLibertad Venezuela y dirigente estudiantil del movimiento universitario TomosUCV

(…) Ante el estancamiento interno y la erosión de las capacidades de la oposición para generar un cambio real, el recurso a la incidencia extranjera se presenta como la última esperanza, aunque, esta ha demostrado ser una fuente de incertidumbre e histeria reprimida..

Mauricio Hernández

Introducción

Ante lo que parece ser la insuficiencia para cumplir el objetivo prometido por la supuesta nueva oposición venezolana en 2025, y el retorno a los escenarios casi post apocalípticos en los cuales se sume el país últimamente, tanto como a nivel social, político y económico, cabe que quienes todavía siguen renuentes a vislumbrar el panorama actual de manera lógica se pregunten: ¿Es una parafernalia colaborativa al mal que se nos ha infringido desde hace dos décadas la oposición? O, sencillamente vivimos sumidos en un liderazgo inútil, que a temporadas cambia su color de ojos, pero deja viva su esencia primigenia, —la cual es cobarde y abanderada a un poder externo a ellos, el cual se busca que haga de llave para el cumplimiento de sus promesas, porque no han de contar ni con la organización, los recursos y menos con el coraje suficiente por su parte para llevar a cabo un accionar verdaderamente eficiente para salir de la dictadura—. Vivimos con la cuerda en la garganta durante años, amarrada por la potestad de nuestro propio pueblo, que a su vez, es apretada por una esperanza que cojea y propicia cualquier placebo que nos resulte esperanzador a nuestra desgracia.

La sociedad venezolana se encuentra en un ciclo de error y postergación de su desdicha, únicamente debido a su incapacidad de abrir los ojos ante la realidad de una lucha por la libertad que ha sido menoscabada por un espiral de inacción política, como también por el discurso pacifista y fantasioso propiciado por quien se supone es su órgano heraldo de su libertad: su propia oposición, —la misma que se ha encargado del entorpecimiento crónico en lo que respecta a la salida del régimen—, una que se ocupó de distribuir una narrativa democrática, arraigada a la inacción por mantener una figura supuestamente recta. Tanto así que, a través de los años, se ha podido presenciar como los únicos actos de acción verdadera para tomar cartas en el asunto han venido de manos de grupos ajenos a los partidos. Actores como estudiantes, personas comunes organizadas por un deseo colectivo, pero sin un liderazgo claro o competente, mismos que ahora, muchos o se encuentran privados de libertad o en un mundo mejor. Todo por no entender que la factibilidad de la democracia pacifista se rebaja a mera inutilidad, si es que se aplica a escenarios dictatoriales. Esta es una estrategia la cual transmuta a ser hasta contraproducente para el objetivo gracias a su naturaleza, y, a su vez, resulta plenamente perjudicial a las masas fuera de las elites que apuestan por ella.

Dicho lo anterior, me propongo a desmantelar el supuesto camino hacia la salvación, dicha senda, adornada con palabras melosas, y al mismo tiempo, hacer recapacitar a cuyos ciegos se niegan a afrontar nuestro presente de manera realista, y prefieren vivir bajo utopías y promesas sin sustentación alguna, al igual que hacer ver sobre cómo si mismo está siendo funcional a su propio mal. —Porque no existe más ciego que el que se niega a ver su propia desgracia—. Este ensayo ha de postular las etapas de los autoritarismos en las que mínimamente cabe la idea de una democracia pacifista, o en su defecto, la democracia por sí sola. De igual manera, enmarcar como las dictadura ejercen un control estratégico y selectivo en la sociedad ante cualquier protesta, y, del mismo modo, la misma sociedad siendo funcional al régimen. Del mismo modo, doy a ver cómo un autoritarismo convierte el estado de excepción en la norma vigente, y esta termina inutilizando a la democracia.

Sobre las primeras etapas de los autoritarismos y la cabida de la democracia

¿En qué parte de los autoritarismos cabe la democracia? ¿Si la misma se trata del respeto a la voluntad de la mayoría y el respeto a la vida humana, y los autoritarismos resultan ser su anulador por excelencia? Pues, la respuesta simple sería que en ningún momento, sin embargo, en Transición a la democracia. Juan. Linz (1990) se plantea al autoritarismo como un proceso más que lineal, escalonado, hasta el punto de derrumbe del mismo, —una transición de niveles que resaltan por la evolución de las prácticas dictatoriales. Dicho lo anterior, preciso el dar razón de lo que denominé como las tres etapas clave de las dictaduras, basándome en la experiencia venezolana, cada una enmarcada por sus características clave que repercutan en el respeto de la democracia y una sociedad libre, al igual que las acciones con las que cuenta cada etapa para garantizar su declive. Empezando con saber que los autoritarismos son, en esencia, modelos los cuales evolucionan con el tiempo, la mayoría, cimentados al principio por el apoyo popular.

De este modo, la gran mayoría han llegado al poder por revoluciones armadas, u otros por procesos electorales con premisas partidistas comúnmente radicales, y que traen consigo reformas visiblemente doctrinarias y alejadas del pluralismo. En la generalidad, este modelo —como ya fue mencionado—, se apoya en la gente hasta llegar a su autonomía y control absoluto de las competencias del Estado. Awi, siendo las democracias, en especial las pacifistas propugnadoras de los órganos legales de la nación que, se sobreentiende, ya han sido tomados, lo cuál resuena en las pocas posibilidades que puedan darle cabida a una potestad de la mayoría o un cambio.

De estas etapas, partimos de la primera la cual es la instalación. Un inicio del periodo enmarcado por un apoyo considerable, el cual no se ve afectado en los primeros años de mandato, —a excepción de que ocurra alguna irregularidad que deje en un descontento grande a la sociedad—. En lo general este periodo va acompañado de una estructura inicial supuestamente democrática, lo que condiciona una oposición débil, al igual que existe una vigencia todavía de la decisión tomada, que ya está siendo aplicada. Según la historia, son los primeros años en los cuales vemos un contento en la población a base de los cambios ya propiciados por el mandato, que de plano pueden resultar radicales si es que se llegó al poder a través de una revolución, o, una ideología sumamente extremista. Dichas reestructuraciones pueden traer consigo reformas de leyes de naturaleza muy polarizada, implementación de políticas favorecedoras a un grupo específico, al igual que también se dejan ver los primeros rasgos de centralización de poder en varias personas. Esta es una etapa la cual lleva un aire de alerta a lo que posteriormente se acerca, y el anuncio de algo que tarde o temprano desembocará en una situación más grande.

En concordancia con lo anterior, y un avance temporal del primer periodo, se puede notar de manera clara como lo que empezó con meras acciones enmarcadas por una ideología, o a peor, sumida en escándalos y violaciones orquestadas, pasa a ser lo que llamo consolidación del autoritarismo temprano. Dicha faceta, tomando como una pequeña referencia lo que en su obra plantea Juan J. Link (1990), el gobierno se sume en la burocratización, la eficacia parcial y la legitimidad débil (aún operante). En consecuencia, esta etapa presenta ya los primeros signos de represión y censura, inicialmente representados por respuestas violentas o injustificadas del gobierno hacia sus disidentes, como sucedió en Venezuela, que, entre los años 2001 y 2002, Hugo Chávez declaró a los medios de comunicación que discrepaban con sus ideas enemigos de la revolución y, bajo su narrativa de delirios de grandeza, eso representaba atacar a la voluntad del pueblo, —mismo que con orgullo declaraba él mismo ser el recipiente—, lo que le sirvió como el primer paso a sus prácticas de censura y persecución. Al mismo tiempo, eso ocasionó que en 2004 se diera validación por parte de la Asamblea Nacional a la Ley de responsabilidad en radio, televisión y medios electrónicos, dando paso a la permisividad para la censura mediática masiva dentro del territorio nacional, junto a la posterior nacionalización de los medios de comunicación. Otro escenario es Alberto Fujimori, quien independientemente del bando, prosiguió con las acciones que resaltan este periodo: en 1992, ejecutando un autogolpe de Estado, y así disolviendo el parlamento y el poder judicial con apoyo militar, dando paso a una ola de persecuciones, y, del mismo modo, a 25 asesinatos selectivos a opositores por la mano de un escuadrón ligado al servicio de inteligencia nacional. Así pues, se abre paso a la evolución de esas actividades represivas, para posteriormente consolidar esa estructura dictatorial la cual pasa a ser a simple vista.

Asimismo, consecuente a los primeros dos puntos, nos damos cuenta que, aunque la elección a la democracia puede seguir vigente gracias al descontento poblacional, resultaría sólo en cuestión de tiempo para que la estructura dictatorial termine controlando dichos organismos que quedan para apelar, de este modo, entrando a [1] en un control de las acciones opositoras [2] una permisividad de ciertas acciones de manera selectiva, —las cuales no representarán un peligro para la estructura dictatorial—.

Seguidamente, pasamos a la tercera etapa, la cual denomino como Estancamiento de la libertad: Control de las potestades, misma que enmarca el control de lo que respecta a las acciones populares para acabar a un modelo dictatorial dónde, de manera completa, la cúpula gubernamental se ha apoderado de todos los confines competentes del Estado, —como si a un virus que se esparce por el sistema se tratara—. De esa manera, ya mermada la insignificante pizca de oportunidad que representaban estas estructuras dentro del país, condiciona que el poder de una oposición por medio del Estado ya no exista, que a su correlación lleva a el control absoluto de las atribuciones para la expresión, y sus limitaciones dentro del territorio nacional, lo que radica a que después se lleve a optar por el apoyo de instituciones internacionales, las cuales, cabe recalcar, han demostrado ser partícipes de incrementar la burocracia exterior antes que buscar la resolución a la problemática. Esto es el inicio de una dependencia sumamente peligrosa por la incertidumbre en la cuál se apoyan las decisiones que se debaten en los organismos internacionales.

Recapitulando el panorama interno de los años anteriores en Venezuela. Aunque se pueden ver intentos de expresión en contra, a menudo suelen ser acciones simbólicas que no representan ningún tipo de peligro o alerta hacia la cúpula, y asimismo, resultan fáciles de reprimir, como también al final estas terminan siendo parte de un juego de permisividad que manejan los que ostentan el poder, porque la represión no es bruta por más que parezca, —es permisiva, es selectiva de personas y situaciones que resulten relevantes—. Además, al final de cada una de esas obras llevadas a cabo, y parcialmente fallidas, aquella ¨oportunidad¨ otorgada hacia los que se oponen, serán las masas quienes terminen pagando las consecuencias. —Porque resulta más fácil hacer que un pueblo le tenga miedo a seguir a sus líderes que a su propio opresor—.

Sobre la represión dictatorial estratégica

Dicho lo anterior, cuando me refiero a esa permisividad que se da en ciertos momentos, hago mención a acciones que funcionan como una ilusión de supuesto control hacía los que se oponen, ciertas cosas que las masas creen que siguen en manos de sus ¨salvadores¨. Tales son estas actividades que terminan siendo la línea recta que seguirán cual pasaje hacia el cumplimiento de sus objetivos, y que se convertirá, posteriormente, en un ciclo que llevará al estancamiento de sus acciones por no ser útiles. Acciones como [1] manifestaciones dispersas, sin un objetivo o lugar a fin. Estas funcionan como un objeto inamovible, casi llegando a un punto de inacción, —desde la subjetividad, claro está—. Aunque para muchos les puede resultar increíble, así lo es, siempre y cuándo se tenga un gobierno plenamente democrático, solo así esta puede ser una opción viable.

Partiendo de la máxima ya mencionada, la represión es selectiva y permisiva, el que esté en el poder siempre se va a decantar por coaccionar ante lo que represente una verdadera amenaza para la integridad de su estructura, por ello, le resulta más beneficioso el alimentar esa ilusión que no representa un peligro real, y así colaborar a ese ciclo. Asimismo, por su inutilidad a largo plazo la estrategia hace función de placebo para las personas, y una justificación del dictador para ocasionar nuevamente un periodo de castigo hacia quienes decidieron revelarse, lo cual es solo una fachada, ya que el castigo irá por igual, y la narrativa del tirano será una en contra de un supuesto acto para inestabilizar a la nación y su gente. Así pues, vislumbrando la trayectoria vaga de la oposición, y el afán de la gente de seguir arrastrándose hacía ella, uno se da cuenta que Venezuela ha metido sus sentimientos en un molde junto a sus propias esperanzas, mismas que se han dejado llevar a por una musa que los maneja, y le promete lo que sus necesidades le gritan. Pensamiento parecido enuncia mi compañero en su trabajo. Roymer, R. (2025). Venezuela, la sociedad bucle: sobre las contradicciones de quienes dicen liderar un cambio, y quienes los siguen. En este trabajo, describe cómo ciertos líderes y seguidores viven en una especie de “show de Truman”, aislados de la realidad.

Esto es real, y el caso más claro de este ciclo en América latina es Venezuela. Si a ver vamos, la historia vista en 26 años para acá, notamos ese ciclo de estancamiento de liderazgo político, enmarcado por el apoyo de la sociedad venezolana. Comenzando por:

  1. Acción democrática, 1999. Contando con 25% en parlamentarias, y para 2010 8.17% según la página de AD por el CNE, Wikipedia (genera dudas).
  2. COPEI, 2010. Con 5.13% en parlamentarias según CIUDAD MCY. destacando que, 2010 fue una época profundamente marcada por una oposición fragmentada, lo que llevó a la población a redirigir sus votos a distintos partidos.
  3. UNT, 2006. 36,9% en presidenciales según. Proyecto de datos electorales de América latina de Georgetown, CNE (genera dudas).
  4. Voluntad popular, 2009 / 2015. 49,12% coalición de la mesa de unidad democrática.
  5. Primero justicia, 2006 / 2008. 11.17% en presidenciales y 14.54% en regionales del 2017 según los boletines del CNE (genera dudas).
  6. Vente Venezuela, 2023. 92.35% en primarias presidenciales, 2024. 76.1% en presidenciales según el 90% de las actas escrutadas.

Estas estadísticas presentan más similitudes que diferencias entre estos partidos, la más importante siendo el patrón de acciones vistas en estas fechas como forma de contraposición al régimen. [1] Todos estos partidos han llamado a marchas para exigir respeto, concentraciones inútiles que terminan desembocando en nada, y apelaciones desde el interior del país hasta el exterior a la comunidad internacional, la cual ha implementado su común burocracia, —o de plano no ha hecho nada—. En segundo lugar [2] se encuentran los referendos consultivos y las colectas de firmas. Queda poco que decir al respecto ya que se han agotado todas las evidencias y preceptos que demuestran lo absurdo de esas acciones. Sin embargo, la única manera que esta estrategia funcione, es que todavía los órganos judiciales y administrativos no estén tomados en lo absoluto, o, en su defecto, la totalidad de los mismos, lo cual podría representar la primera etapa. Asimismo, la tercera acción [3] serían las simbólicas, las cuales son del mismo índole de las segundas. Tanto por dentro del país como por fuera de si, el objetivo radica la mayoría de las veces en llamar la atención de la comunidad internacional. Nuevamente, caemos en la burocracia y la inacción derivada de por factores como la discrepancia por los hechos los cuales se ocasiona la oposición al régimen, al igual que la indiferencia por una parte de la comunidad que apoya al mandato, misma que, aunque sea minoría, detendrá dicho proceso. Y el último [4] campañas de firmas por fraude electoral. Sencillamente, sin palabras.

Dictadura convertida en estado de excepción prolongado

Sumado a lo ya expuesto, es necesario iniciar precisando qué se entiende por democracia pacifista, a fin de delimitar el porqué de su incapacidad de ofrecer una solución eficaz al problema que aquí se plantea. La llamada democracia pacifista puede describirse, en términos generales, como una forma de acción política que privilegia estrategias no violentas frente al poder, independientemente de las capacidades de este, apoyándose en el respeto a los consensos populares expresados a través de procedimientos institucionales, en la utilización de los cauces judiciales para la tramitación de conflictos y reclamaciones, como en el recurso a prácticas de movilización pacífica como mecanismo principal de presión.

En contraste, el estado de excepción es un régimen jurídico, por naturaleza temporal, mediante el cual se otorgan facultades especiales al Poder Ejecutivo para hacer frente a situaciones graves que no pueden ser abordadas mediante los mecanismos ordinarios del ordenamiento, lo que conlleva la suspensión o restricción de determinados derechos y garantías constitucionales. Las dictaduras tienden a sumir sus mandatos en una situación material de excepción permanente, aun sin proclamar formalmente dicho estado, o bien les resulta jurídicamente sencillo institucionalizarlo cuando cuentan con suficiente control sobre los aparatos estatales y el sistema de frenos, extremo que suele evidenciarse en patrones reiterados de represión severa.

En tales contextos, la excepción se convierte en la norma. Agamben, G. (2004). Estado de excepción: Homo sacer, II, 1. Adriana Hidalgo Editora. Sostiene que el totalitarismo moderno puede definirse como la instauración de una “guerra civil legal” que permite eliminar categorías enteras de ciudadanos mediante el mecanismo del estado de excepción, de modo que este deja de ser una medida extraordinaria para convertirse en un paradigma normal de gobierno. El estado de excepción crea así una “zona de indiferencia” en la que el derecho se suspende, de manera que el régimen jurídico excepcional se transforma en el marco que autoriza, en la práctica, la exclusión de la libertad e incluso de la vida de determinadas personas, convertidas en vidas prescindibles. Sobre esta base, la norma que pasa a regir el sistema, una vez instaurado el estado de excepción, consolida su apariencia de legalidad mediante la formalización de ese régimen extraordinario como si fuera un orden jurídico ordinario. Tal instauración se orienta a descomponer selectivamente la pluralidad política, haciendo posible la persecución, detención e incluso la eliminación física de opositores, bajo la cobertura de disposiciones de emergencia. Un ejemplo paradigmático es el Decreto para la protección del pueblo y del Estado, dictado en Alemania en 1933, que suspendió los artículos de la Constitución de Weimar, relativos a las libertades personales y que nunca fue formalmente revocado, permitiendo calificar jurídicamente todo el Tercer Reich como un largo estado de excepción que se prolongó durante doce años. En escenarios de este tipo, la dinámica de excepción se convierte en el principal mecanismo de sometimiento de la población, autorizando detenciones arbitrarias sin orden judicial previa y medidas represivas fundadas más en señalamientos y presunciones políticas que en garantías procesales propias de un Estado de derecho.

Al mismo tiempo, las acciones previamente planteadas quedan anuladas por el Estado de derecho ya existente, lo que termina en su inutilización debido a su naturaleza, la cual se decanta por el mismo en cualquiera situación. Lo que resulta más banal, es que, aun en conciencia de que ese estado de derecho está siendo menoscabado sin mesura, se termina pidiendo respeto a las instituciones y, a seres los cuales carecen de moral.

A propósito de los gobernantes, a dista de ser suficiente, existe un cierto placer del cual alimentan su malicia los dictadores, uno que, de manera maquiavélica secreta, la población al orquestar acciones que terminan en nada. Y esa es la posterior vuelta a la dependencia al tirano en la cual la sociedad vive. En su plenitud, al estar centralizado el poder en el Estado, y por ende en los gobernantes, se extienden sus potestades a controlar áreas las cuales son imprescindibles para el ser humano, tales como la comida, la salud y los servicios básicos, lo que hace que inevitablemente algunos sectores de la sociedad se abstengan a expresarse por miedo a ser perjudicados en sus necesidades, y así, a largo plazo, sumirse en un estado de conformismo con la situación política, aunque, eso termina por aplicarse más en los simpatizantes al régimen, o por otro lado, a personas inicialmente dependientes de él, las cuales en muchos casos son personas marginales (refiriéndome a su estado mental). Del mismo modo, estas últimas deben su dependencia y simpatía al ser el grupo poblacional el cual inició el apoyo a la dictadura en su etapa de instauración. Así pues, no se ha de negar que la mayoría de la población se ve en dependencia de dicho régimen por el factor laboral, el cual, en Venezuela se ha visto centralizado por la destrucción del sector privado. Esto dejó al ciudadano común sin alternativas de fuentes de ingreso, al igual que resultó en que ser emprendedor se convirtiese en una bolsa de dificultades más que una opción.

La postergación del sufrimiento poblacional

En el marco de las observaciones anteriores, cabe agregar que una función pasiva de represión, respecta a la suspensión de estos servicios a la sociedad, no solo complicando su situación aún más, sino que postergando ese sufrimiento, el cual servirá como colaborante a la oposición para alimentar su discurso de libertad y exigencia de respeto a las autoridades. Esto es evidenciable en casos como en Siria, bajo el gobierno de Bashar al‑Asad en 2011, en ese periodo, fuerzas estatales cortaron electricidad, líneas telefónicas y suministro de agua en zonas que se convirtieron en focos de protestas contra el régimen, como parte de operaciones militares para sofocar las manifestaciones, según medios de comunicación, fungió como castigo a las zonas que se rebelaron, para aislar a la sociedad con un Estado el cual era altamente centralizado sobre la provisión de servicios. Del mismo modo, escenario parecido ocurrió en Venezuela en el año 2016, dónde el gobierno de Nicolás Maduro declaró estados de emergencia y de excepción en un contexto de protestas por escasez de alimentos y medicinas, combinando concentración de poder, militarización de la distribución de alimentos (CLAP) y graves fallas en servicios básicos, lo que afectó de manera sistemática el acceso a salud, alimentación y educación, reteniendo subsidios y así generando crisis en esos sectores según Human Rights Watch, (2016).

Es evidente entonces que si se sale de las manos la capacidad de generar un cambio por parte de la oposición, el terminar abogando por la incidencia extranjera es el último recurso que se vislumbra, lo cual, en lo anterior mencionado, solo generará burocracia y estancamiento si es que se debate una intervención, esto a base del derecho internacional. Asimismo, esto genera una dependencia esperanzada en las acciones internacionales, y estas han demostrado de forma empírica tediosidad en estos temas, generando incertidumbre e histeria reprimida. Al igual que, mientras más avanza la dictadura en temas de poder, ya trascendiendo fuera de su territorio nacional, causa que dicha nación se convierta en un peligro ya reconocible por algunos países. Lo cual hace que las opciones para dar fin al problema afecten más a la población que en un principio. Lo cual nos lleva a este postulado. ¨La abstención de las acciones contundentes para liberar un país durante un periodo prolongado desencadena que las represalias hacia la estructura dictatorial trasciendan a niveles mayores de las que en un principio se pudieran haber evitado¨. Simplificado, ante situaciones difíciles, soluciones a la altura. De forma realista, esas soluciones no terminan siendo el precio a pagar por la libertad, sino las consecuencias de un pasado irresponsable y una carencia de actitud para dirigir un movimiento que verdaderamente tuviese un plan realista a un escenario crudo como lo son los autoritarismos.

Conclusión

Tras el análisis pormenorizado de las tesis planteadas en este ensayo, llego a una conclusión ineludible sobre la inutilidad de los métodos tradicionales frente a estructuras de poder que han trascendido los límites de la legalidad convencional. La “democracia pacifista”, lejos de ser un camino hacia la libertad, se ha transmutado en una herramienta funcional para el propio régimen, alimentando un ciclo de error y postergación de la desdicha que arropa a la sociedad venezolana. Esta estrategia, arraigada a una inacción que busca mantener una supuesta rectitud moral, ha demostrado ser plenamente perjudicial para las masas, pues, se enfrenta a un adversario que no reconoce los mismos códigos éticos ni respeta los procedimientos institucionales. El liderazgo opositor, visto como una parafernalia colaborativa o un órgano heraldo de una esperanza cojeante, carece de la organización, los recursos y, sobre todo, del coraje necesario para ejecutar un accionar verdaderamente eficiente. En consecuencia, la persistencia en estas tácticas simbólicas como son las marchas sin objetivo, colectas de firmas y referendos en instituciones ya tomadas, no representaran un peligro real para la cúpula, sino que actúa como un placebo que permitirá al tirano justificar nuevos periodos de castigo contra quienes intentan rebelarse. Al final, este bucle de liderazgo político estancado solo sirve para que la sociedad termine pagando las consecuencias de una estrategia que, por su naturaleza, se reduce a la mera inutilidad en escenarios dictatoriales.

La realidad del control totalitario se manifiesta en la instauración de una “guerra civil legal”, donde el estado de excepción deja de ser una medida extraordinaria para convertirse en el paradigma normal de gobierno. En este escenario, la dictadura ejerce una represión estratégica y selectiva que anula cualquier intento de expresión popular a través de los cauces del derecho ya existente, los cuales han sido mermados sin mesura por el aparato estatal. Bajo esta lógica de “vidas prescindibles”, el régimen utiliza la apariencia de legalidad para formalizar un orden jurídico extraordinario que autoriza la persecución, detención y eliminación física de los opositores bajo la cobertura de disposiciones de emergencia. Esta dinámica de excepción permanente, similar a la experimentada en periodos históricos oscuros en el mundo, permite al poder centralizado controlar áreas imprescindibles como la salud y la alimentación, utilizando el hambre y la carencia de servicios básicos como una función pasiva de represión. Así, la población se ve sumida en una dependencia forzada hacia el tirano, donde el miedo a perder el acceso a necesidades vitales genera un conformismo trágico o una abstención absoluta de la protesta. El control de las potestades estatales se esparce por el sistema, dejando a la sociedad civil sin alternativas de ingreso o fuentes de poder autónomo, especialmente tras la destrucción del sector privado y la centralización absoluta de la vida pública.

Ante el estancamiento interno y la erosión de las capacidades de la oposición para generar un cambio real, el recurso a la incidencia extranjera se presenta como la última esperanza, aunque, esta ha demostrado ser una fuente de incertidumbre e histeria reprimida. Del mismo modo, las instituciones internacionales, a menudo, señaladas por su tediosidad y burocracia exterior, han participado más en el incremento de los trámites que en la resolución efectiva de la problemática, dejando al país en una dependencia esperanzada pero estéril. Esta inacción internacional, sumada a la abstención de acciones contundentes por parte de los actores locales durante periodos prolongados, ha permitido que la dictadura trascienda sus fronteras y se convierta en un peligro reconocido a nivel global. El postulado central de este trabajo cobra pues una relevancia crítica: la postergación de las soluciones realistas y crudas ante un escenario de autoritarismo, solo garantiza que las represalias futuras sean de una magnitud mucho mayor a las que se habrían enfrentado inicialmente. En última instancia, la libertad no se alcanzará mediante palabras melosas o narrativas democráticas vacías, sino reconociendo que la democracia pacifista es un sistema inválido frente a quienes ostentan el poder mediante la coacción y el control absoluto de las instituciones. Las soluciones deben estar a la altura de la gravedad de la situación, entendiendo que el precio que se paga actualmente no es el de la liberación, sino las consecuencias de un pasado irresponsable y una carencia sistemática de actitud para dirigir un movimiento de cambio verdadero. Y eso se presenta con una palabra: “Cobardía”.

El estoicismo y el liberalismo: algunos apuntes sobre la libertad según Epicteto

Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) La Prohairesis no refiere simplemente a la acción humana, sino a la capacidad de juzgar, asentir y decidir qué hacer con las impresiones que recibimos del mundo, para actuar en consecuencia.

Oriana Aranguren

Dentro de las corrientes del liberalismo y el libertarismo se suele definir la libertad en términos negativos o políticos, entendido como la ausencia de coacción externa, la no interferencia del Estado, el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, a sus derechos de propiedad y de asociación. No obstante, aunque tácito y/o subliminal, pocas veces se aborda el concepto de libertad como un algo interno en el ser humano, que se fundamenta en la razón y en la soberanía sobre la propia voluntad, que es, de hecho, como lo veía un grande de la filosofía estoica, como lo es Epicteto. Si éste personaje viera el concepto de libertad que normalmente se discute hoy, diría que la definición es incompleta, porque, si un individuo tiene total libertad de movimiento y comercio, pero es esclavo de su ambición, de su ira o de su miedo a la muerte, para él —en realidad, cualquier estoico— ese individuo es, en el sentido más estricto de la palabra, un esclavo.

Como ando montada en la ola de conocer a los estoicos, he tomado algunas notas interesantes sobre temas que competen a la libertad, estando o no de acuerdo con las premisas, que son necesarias siempre para reflexionar y “pensar la Libertad”. En esta oportunidad, me propuse analizar exhaustivamente la concepción de la libertad a través de este gran pensador, que fue uno de los exponentes más representativos de esta idea en la Roma imperial —junto a Séneca, de quien escribiré más adelante—. La elección de estos dos nombres no es casual, pues, Epicteto nació esclavo y vivió la opresión en su forma más física y legal, mientras que Séneca, en contraste, fue uno de los hombres más ricos de su época y consejero del emperador Nerón, experimentando el poder absoluto y sus peligros. A pesar de encontrarse en los extremos opuestos del espectro sociopolítico, ambos convergieron en una misma idea sobre la libertad. Pero hoy me enfocaré en Epicteto, veamos qué podemos extraer de él.

Epicteto, el control, los deseos y facultad de elegir —a la que llamó: prohairesis

Para Epicteto, el ser humano no lo puede controlar todo, porque algunas cosas escapan de su poder y, por tanto, debe enfocarse solamente en lo que sí controla. En este sentido, la libertad se presenta como la alineación entre lo que la persona desea y lo que puede controlar. De no ser éste el caso, llega el sufrimiento y la esclavitud, porque éstas surgen inevitablemente cuando las personas depositan sus deseos en elementos externos que ellos no controlan[1]. Es decir, para Epicteto, la esclavitud humana comienza con un error en el pensar, a saber: depositar el deseo o la aversión en aquellas cosas que escapan de nuestro control absoluto. Si una persona, por ejemplo, es dominada por el deseo de conservar la riqueza o el temor al destierro, el control de su bienestar ha sido entregado a la fortuna y, por extensión, a cualquier persona que tenga el poder de arrebatarle sus riquezas o imponerle el destierro. En suma, es una servidumbre psicológica. En sus palabras:

Libre es el que vive como quiere, al que no se puede forzar ni poner impedimentos ni violentar, sin obstáculos en sus impulsos ni fallos en sus deseos ni tropiezos en sus rechazos. Entonces, ¿Quién quiere vivir en el error? Nadie. ¿Quién quiere vivir engañado, dejándose arrastrar, siendo injusto, incontinente, quejumbroso, vil? Nadie. Por tanto, ningún malvado vive como quiere. Ni tampoco, por consiguiente, es libre.[2].

A partir de esta premisa, Epicteto somete a interrogatorio a diversos personajes —un político, un rico, un hombre supuestamente “libre” legalmente— y les demuestra que, dado que sus deseos están atados a conseguir el favor del César o a evitar la prisión, sus vidas están llenas de impedimentos y coacciones. Por tanto, no viven como quieren —son esclavos—. Y de aquí deriva un pensamiento radical acerca de la verdadera libertad y la esclavitud: nadie puede hacerte esclavo si tú no le otorgas previamente jurisdicción sobre tus deseos. De allí que sostuviera que el tirano no domina a la persona, sino que domina el cuerpo de la persona, por tanto, es la persona quien, al apegarse a su cuerpo o sus posesiones, se somete voluntariamente al tirano para protegerlos[3]. Si se retiran todos los deseos a todo lo externo y nos restringimos únicamente a lo que depende de nosotros —nuestros juicios y elecciones morales—, nos volvemos inexpugnables, porque quien quiera someternos pierde toda herramienta de chantaje. En sus palabras: “¿Quién es el amo [de la persona]? El que tiene poder sobre alguna de las cosas por las que te afanas o que rechazas”[4].

En este marco, surge el concepto de la Prohairesis, que es el término que usa el autor para referirse a la capacidad de elección del ser humano —y no “libre” o “libertad”—, y llega para ser el núcleo de la identidad humana, lo que le hace ser lo que es, y, por extensión, ser el único territorio que queda del lado de la libertad. La Prohairesis no refiere simplemente a la acción humana, sino a la capacidad de juzgar, asentir y decidir qué hacer con las impresiones que recibimos del mundo, para actuar en consecuencia[5]. Incluso bajo tortura física, la Prohairesis permanece “libre”; un verdugo puede causarte dolores físicos, obligar a tus cuerdas vocales a emitir un sonido o romperte los huesos, pero no puede obligarte a juzgar que lo que está sucediendo es un “mal” moral, ni puede obligarte a desear cometer un acto que sirva para detener el dolor, porque las impresiones y adherencia a las ideas, o deseos, sigue siendo siempre, bajo cualquier circunstancia, una prerrogativa exclusiva del individuo[6].

Quizá esto suene muy radical —y probablemente lo sea para alguno—, pues, si se sigue al pie de la letra lo que dice Epicteto, si la Prohairesis, tal y como él la concibe, es inviolable, entonces el individuo es el único y absoluto responsable de sus propio sufrimiento moral, de sus frustraciones y de su degradación, pero de todo esto podemos rescatar que nosotros, en tanto individuos, no somos victimas psicológicas de las circunstancias, sino de nuestra voluntad y nuestras creencias. Nadie puede justificarse, por ejemplo, diciendo: “él me insultó y por eso me enojé”, porque, siguiendo al autor, es un error categorial, en la medida en que percibimos como insulto es externo, y somos nosotros mismos quienes le damos ese valor, por ello, el enojo es resultado directo de nuestra voluntad, nosotros, que decidimos juzgar lo externo como una ofensa y asentir a la pasión de la ira. En última instancia, el punto es que debemos aprender a jugar con las cartas que nos da la vida con la mejor actitud posible, y no siendo un resentido, o quejarnos por cosas que no controlamos —como lo hacen, prima facie, todos los socialistas—.

La Prohairesis y el colectivismo

De hecho, siguiendo con el resentimiento de los socialistas, y los principios del Socialismo en sí[7], la perspectiva de Epicteto y la Prohairesis rompe por completo con la premisa fundamental del socialismo y las corrientes estatistas, pues éstas tienden a situar el origen del malestar humano en estructuras externas, en la desigualdad material o en la opresión de clase, alimentando los deseos de controlar cosas que no pueden controlar y, con ello, haciéndose esclavos de sus pasiones —y esclavizando a otros en el camino, en el sentido físico—. Siguiendo la lógica de Epicteto, el resentimiento social, ese motor emocional que ha servido a tantas revoluciones, no es una reacción justificada ante la injusticia, sino una confesión de su esclavitud existencial[8]. Epicteto nos enseña que no somos víctimas psicológicas de las circunstancias, sino de nuestros propios juicios. Mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo para que el individuo deje de sufrir, el estoicismo propone cambiar al individuo para que el mundo ya no pueda someterlo. ¿Significa esto que debemos incurrir en algún tipo de resignación pasiva ante ciertas cosas que pasan en la sociedad? No necesariamente, o al menos no lo entiendo así, creo más bien que se trata de una rebelión interna, de aprender a jugar el juego de la vida, entendiendo sus reglas, con la mejor actitud posible, y entendiendo que también existen cadenas mentales que nos estancan cuando decidimos ser esclavos de lo que no nos pertenece o está en nuestro control.


[1] Ver: Epicteto. 1993 (108 d. C.). Disertaciones por Arriano. Traducción y notas de Paloma O. García. Publicado por Editorial Gredos. Libro I, I, 1-32, págs. 56-60.

[2] Ibidem. Libro IV, I, 1-5, pág. 369-370.

[3] Ibidem. Libro I, IX, 15-17, pág. 85; XVIII, 17, pág. 113; XIX, 1-29, págs. 114-117; XXIV, 1-20, págs. 126-129. Para Epicteto, un hombre en cadenas puede ser libre si su voluntad permanece intacta.

[4] Ibidem. Libro II, II, 26, pág. 165.

[5] Para Epicteto, los seres humanos son fragmentos de la divinidad —Logos o Zeus—, y Zeus, al crear al ser humano, le otorgó una parte de su propia racionalidad. Debido a éste origen divino, esa facultad volitiva tiene la característica de ser absolutamente incoercible por causas externas. Ver: Ibidem. Libro I, I, 10-12, pág. 57.

[6] Ibidem. Libro I, I, 23, pág. 58.

[7] Ver: Roymer Rivas. 2023. Principios inmorales del Socialismo, el sistema más antivalores que existe. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/principios-inmorales-del-socialismo-el-sistema-mas-antivalores-que-existe/ (Cit. 23/02/2026).

[8] Quien se queja de que la riqueza de otro es la causa de su infelicidad, está admitiendo que su bienestar depende de algo que no controla: el patrimonio ajeno. Y al juzgar lo externo como un “mal” y asentir a la pasión de la envidia o la ira, el individuo entrega su libertad al sistema que dice combatir.

La humanidad según Matrix: elección, servidumbre, libertad

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

(…) en un mundo diseñado para adormecernos, el simple acto de cuestionar, de buscar una verdad más allá de la superficie, es el primer y más crucial paso hacia la libertad..

Roymer A. Rivas B.

Finalizando el siglo XX, cuando ya la internet se vislumbraba como el mediador del siglo XXI y la digitalización comenzaba a impregnar o mediar la vida cotidiana de forma irreversible, los hermanos Wachowski estrenaron una obra que trascendería el género de la ciencia ficción para convertirse en un hito cultural y filosófico, a saber: The Matrix (1999), en donde se propone una alegoría —potente y a veces perturbadora— sobre la naturaleza humana[1]. En este se presenta una distopía con una humanidad que vive esclavizada sin saberlo —algunos hablarían sobre ello a futuro, pero creo que la obra nos muestra la misma condición presente de la humanidad, tal y como vive en sociedad—, obligándonos a confrontar las eternas preguntas sobre la naturaleza de la realidad, pero, sobre todo, —y es lo que nos interesa aquí— nos ofrece un crudo espejo para examinar tres pilares que fungen como condición de nuestra existencia: la servidumbre a la que nos sometemos y la libertad como una conquista interna antes que externa, y otra que podríamos ver como la misma naturaleza humana[2]: la elección como acto fundamental de consciencia y, más que eso, como la misma esencia del humano.

Sobre la servidumbre en un mundo simulado

En una escena de Morfeo y Neo —el elegido—, Morfeo dice lo siguiente:

  • “La Matrix es un sistema, Neo. Ese sistema es nuestro enemigo. Pero cuando estás dentro, ¿qué ves a tu alrededor? Hombres de negocios, maestros, abogados, carpinteros. Las mismas mentes de la gente que intentamos salvar. Pero hasta que lo hagamos, estas personas siguen siendo parte de ese sistema y eso las convierte en nuestro enemigo”.

Con estas palabras, Morfeo no solo describe la mecánica de la simulación en donde se encuentra la humanidad atrapada, sino que diagnostica la forma más perfecta y terrible de esclavitud, a saber: aquella que es invisible para el esclavo, porque la misma se manifiesta como la construcción de una realidad tan completa y convincente que anula cualquier deseo de rebelión, en el que las personas están sumergidas en su cotidianidad, nescientes de la condición en la que se encuentran, o incluso conscientes de ella, pero no queriendo abandonarla o hasta defendiéndola[3]. Es decir, la servidumbre no aparece como consecuencia de la fuerza o violencia física, sino mediante un sistema que nos inculcan desde nuestro nacimiento y aceptamos sin cuestionar por el resto de nuestras vidas[4].

De hecho, esta sumisión se muestra magistralmente en las escenas iniciales de la vida de Thomas Anderson —Neo—, al mostrar su cubículo gris, la monotonía de su rutina, el no identificar si está dormido o despierto, y, en suma, varias escenas que pintan el retrato de una vida de silenciosa y desesperada, mostrándonos un personaje que, como todos, es un sirviente del sistema —hasta que llega Trinity para ayudarlo a dar sus primeros pasos en “despertar” de verdad—. Ahora bien, note que la genialidad de esta representación radica en su normalidad, en el hecho de que la servidumbre no es un estado de sufrimiento abyecto, sino de complacencia anestesiada[5], es una paz ilusoria —o no— que ofrece la ignorancia, la comodidad de no tener que tomar decisiones[6] difíciles[7].

El acto radical de la elección

No obstante, si la servidumbre es el estado por defecto de la humanidad en la Matrix —que sirve de alegoría a nuestra sociedad moderna—, la elección es el único catalizador para el cambio. En este punto, destaca lo que probablemente son las dos escenas más icónicas de la película, y quizá dos de las más emblemáticas de la historia del cine, (i) la oferta de Morfeo a Neo sobre elegir entre la píldora azul o la píldora roja, y (ii) el dialogo entre el Arquitecto y Neo. Al respecto de la oferta de Morfeo, éste dice:

  • “[Neo] tomas la píldora azul, la historia termina. Despiertas en tu cama y crees lo que quieras creer. Tomas la píldora roja, te quedas en el País de las Maravillas y te muestro qué tan profundo es el hoyo del conejo”.

Estas son palabras que le hacen saber a Neo que no se trata de una simple elección entre dos objetos, sino entre dos formas de existencia: la esclavitud voluntaria —que se representa con la píldora azul, marcada por el acto de no saber, no conocer, la ignorancia, la ilusión—, o la libertad —que se acompaña o cobra sentido con lo que nos hace humanos: la elección consciente, la autenticidad, la verdad, por muy dolorosa que sea, y que viene representada por la píldora roja, y que constituye en sí misma un acto de rebeldía fundamental que implica aceptar la responsabilidad sobre la propia vida —. En la escena, Neo elige la píldora roja y, con ello, elige actuar —quienes eligen al azul, solo son llevados por la inercia de las circunstancias, no actúan—, abandonando así su pasividad como Thomas Anderson y comenzando su viaje del héroe para convertirse en Neo, en el elegido.

Siguiendo con la segunda escena, tenemos un dialogo entre Neo y el Arquitecto, en donde tienen un intrincado debate filosófico, y el Arquitecto muestra que, contrario a lo que Neo probablemente pueda pensar, la profecía no se trata de la liberación de la humanidad, sino del fortalecimiento del sistema de control[8], introduciendo un elemento religioso que mantiene cautivos a quienes creen que se han liberado de la Matrix —o a quienes se liberan, pero tarde o temprano sucumben ante ella—. Tras muchas fallas de la simulación, el Arquitecto encontró la forma de regular aquello que nos hace humanos y que siempre llevaba a algunos a rechazar la Matrix: la elección —de hecho, en el intercambio, Neo atina su respuesta: “el problema es la elección”, que es algo con lo que el arquitecto está de acuerdo.—.

Estos momentos subrayan lo que para mí es la tesis central de la película, esto es: la humanidad no se define por sus circunstancias, sino por sus decisiones[9]. En la película, Neo no es especial por haber nacido con un potencial inherente, sino que se hizo a sí mismo especial el instante en que eligió la verdad por encima de la comodidad, lo cual nos invita a reflexionar sobre nuestra sociedad y nuestra humanidad, porque, en un mundo diseñado para adormecernos, el simple acto de cuestionar, de buscar una verdad más allá de la superficie, es el primer y más crucial paso hacia la libertad. Es la decisión constante de los personajes lo que desarrolla toda la película —podría, incluso, sumarse las elecciones de la máquina, reflejada en el arquitecto, ¿O no? Si elige o no, ya dependerá de las premisas filosóficas de donde partimos, yo solo reflexiono e invito a la reflexión—.

No conforme con esto, la película nos hace pensar sobre la verdadera naturaleza de la Libertad —con L en mayúsculas—, porque muchas veces creemos que somos libres, pero nuestras cadenas mentales nos atan a un sistema que se encarga de proyectar nuestra vida a detalle y de restar valor a nuestras decisiones conscientes —si es que realmente las tomamos así—. Podemos encontrarnos el caso en el que nuestra mente, todavía condicionada por las reglas del mundo que conocemos, nos impida aceptar nuestro verdadero potencial, o el verdadero potencial de lo que nos rodea[10].

En el caso de Neo, tal libertad, el poder accionar según sus elecciones que sirven como expresión libérrima de su voluntad, se cristaliza en su encuentro con el “niño de la cuchara”; mientras el niño dobla una cuchara con la mente, le ofrece a Neo la clave de su poder: “No intentes doblar la cuchara. Eso es imposible. En vez de eso, solo intenta darte cuenta de la verdad (…) No hay cuchara. Entonces verás que no es la cuchara la que se dobla, sino solo tú mismo”. Es decir, la libertad última, esa que debe entender Neo —y nosotros, porque es lo que nos conecta con nuestra humanidad—, no es un poder sobrehumano, sino una profunda comprensión de la naturaleza de su realidad y de su lugar en ella. Es esto lo que le permite dejar de ser reactivo —reaccionar al sistema— y empezar a imponer su propia voluntad sobre él —en la medida de sus posibilidades—. No es un destino, sino un proceso de decisión constante; es la vita activa, y no superflua, de la que nos hablaría Arendt, esa mediada por la elección, porque, en el fondo, es lo que nos hace humanos[11].


[1] Aquí creo importante señalar la diferencia entre (i) “naturaleza humana” y (ii) “condición humana”. En principio, (i) refiere a la esencia, el principio activo que hace ser a la cosa lo que se —es el ser en cuanto ser, en palabras de Heidegger—, mientras que (ii) refiere a las circunstancias y factores que moldean y limitan la existencia humana, es decir, es lo contingente, lo que delimita la acción humana —aunque Hannah Arendt diría que, de hecho, como un todo, es lo que está para que el humano pueda existir, tal y como es, asignando valores a las cosas y accionando en función de ello. Al respecto, ver: Hannah Arendt. 2012. La condición humana. Publicado por Editorial Paidós. Capítulo 1: “La condición humana”, págs. 35-42.—. Aunque muchas veces las personas lo usan indistintamente, como sinónimos, si somos rigurosos con el lenguaje, no lo son. Tengan presente la aclaración en la lectura del presente texto.

[2] Aquí se apela a la concepción sobre la naturaleza humana del Creativismo Filosófico, una filosofía en construcción, que —groso modo— muestra al humano como un sistema que desemboca siempre en la elección, dadas las circunstancias.

[3] Aquí podríamos hablar del síndrome de Estocolmo, pero me extenderé más de lo necesario. Si gusta profundizar en esta referencia, puede ver: Michael Huemer. 2019. El problema de la autoridad política. Barcelona, España. Publicado por Editorial Deusto. Traducción de Javier Serrano. Sección: “6.6 El síndrome de Estocolmo y el carisma del poder”, págs. 150-158. En la obra, el autor explica cómo la dinámica de poder del mundo actual lleva a muchos a defender un sistema de orden social mediado por el Estado, en el que este, a pesar de presentarse como un verdugo, consigue que muchos lo vean como algo necesario, defendiéndolo en el camino. Invito a todos a leerlo, y mejor aún si lo hacen con la obra completa.

[4] Esto podría ser, fácilmente, una crítica al consumismo, las normas sociales que moldean nuestro comportamiento, o las burbujas informativas que filtran nuestra percepción del mundo, entre muchos etc., que constituyen, en cierto modo, versiones más sutiles de la Matrix.

[5] Es la patología de la normalidad de la que habla Fromm. Al respecto, ver: Erich Fromm. 1994. La patología de la normalidad. Publicado por Ediciones Paidós Ibérica, S.A. Barcelona, España. Págs. 19, 99, 100.

[6] Esto será importante más adelante. Ver sección: “El acto radical de la elección”, en este mismo texto.

[7] Esto destaca más cuando vemos más tarde que el traidor de Cypher —mientras saborea un filete que sabe que no es real— expresa que “La ignorancia es la felicidad”, mostrando así su anhelo por volver a la Matrix, por olvidar la cruda verdad a cambio de una vida de placeres simulados, encapsula la aterradora seducción de la servidumbre voluntaria. Cypher representa a esa parte de la humanidad que, si se le diera a elegir, preferiría la seguridad de la jaula dorada a la incertidumbre de lo real. Compare esto con la nota 3 del presente texto.

[8] Neo no es el primer elegido, porque antes de él hubo muchos, y todos terminaron igual. Así está programado el sistema.

[9] Que se toman dadas las circunstancias. Si la elección es lo que nos hace humanos, en tanto sistema, como sostiene el Creativismo Filosófico —ver notas 2—, dicha naturaleza está enmarcada con la condición humana, por la contingencia, tal como resalta Arendt —ver nota 1—. Sobre este tema, siempre es bueno referir a las famosas palabras de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, en: José Ortega y Gasset. 1966 (1914). Meditaciones del quijote. Obras completas, tomo I, séptima edición. Publicado por Revista de Occidente. Pág. 322.

[10] En la película, la escena del primer salto entre edificios es fundamental, porque Neo cae del mismo, a pesar de estar en una simulación donde las leyes de la física no aplican, mostrándonos que su mente estaba estructurada con las reglas de la simulación, hasta ese momento su mundo conocido, limitando su potencial. Más adelante, en símbolo de su liberación, puede volar.

[11] Aclaro que Hannah Arendt no dice eso, yo simplemente apelo a conceptos para integrarlos con las premisas del Creativismo Filosófico. Puede leer las obras citadas sobre la autora y comprenderá mejor el tema.

La justicia que no llega: cuando las regiones se adelantan al Estado

Julián Ramírez, asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica, politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra

El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas.

Julián Ramírez

En Colombia, la desconfianza hacia el aparato judicial ha dejado de ser un murmullo para convertirse en un clamor colectivo. Para el ciudadano común, el sistema parece moverse entre rebajas de pena, libertades anticipadas y vencimientos de términos que, en la práctica, se perciben como premios a la impunidad. Mientras tanto, en las orillas del Estado, allí donde la institucionalidad llega tarde o no llega, resurgen formas comunitarias de resolución de conflictos que, con todos sus matices y riesgos, a menudo producen más orden que el propio ordenamiento jurídico. Este contraste, incómodo pero innegable, revela un divorcio profundo: por un lado, el lenguaje solemne de la ley; por otro, la experiencia cotidiana de una justicia que, ante la ausencia estatal, termina resolviéndose por mano propia. Y esto no ocurre solo en la periferia rural, sucede, de manera cada vez más visible, en el mismísimo corazón del centralismo: Bogotá.

Cabe señalar que no se trata de negar los avances normativos ni de idealizar la informalidad. Se trata de admitir que el modelo centralista luce exhausto. Colombia es un país pluricultural y plurirregional, sin embargo, ha pretendido administrar justicia con una plantilla única, diseñada desde y para un centro que con frecuencia desconoce las periferias. La imagen es tosca, aunque útil: tratamos de vestir un cuerpo continental con un traje europeo de talla estándar; el resultado es torpeza, parálisis y frustración generalizada.

Nuestro sistema, diseñado bajo parámetros homogéneos, ignora la diversidad de legitimidades que conviven en el territorio. En Bogotá, por ejemplo, se debaten protocolos de justicia restaurativa en seminarios bienintencionados; en contraste, comunidades afro del Chocó han practicado durante generaciones formas eficientes de reparación y reintegración, y en la Amazonía los pueblos indígenas sostienen nociones de justicia profundamente vinculadas al entorno y a la recomposición del tejido social, no al mero castigo.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué insistir en un único modelo cuando el país exhibe realidades tan disímiles? No se trata de un elogio a la informalidad por sí misma, sino de un llamado a reconocer lo que ya funciona y a integrarlo dentro de un marco constitucional que lo regule y lo potencie.

Álvaro Gómez Hurtado habló de la “presencia diferenciada del Estado” para describir una nación donde la autoridad no llega igual a todas partes. En vastas zonas rurales, esta realidad se expresa en un dato crudo: cuando a un campesino le usurpan su tierra, su primer recurso no es un juzgado; acude a quien ejerce autoridad efectiva en el territorio. Durante décadas, en numerosos municipios, esa autoridad ha sido un comandante guerrillero o un jefe paramilitar.

¿Por qué ocurre esto? Porque al intentar resolverlo por vías institucionales, se le exigirían escrituras, planos y folios en una Colombia con altísimas tasas de informalidad en la propiedad. El pleito se eterniza, la violencia escala y la convivencia se rompe. En cambio, le guste o no al observador, el actor armado resuelve en horas lo que el despacho judicial tramitaría en años. No es un ideal: es la expresión brutal de un vacío estatal. La respuesta no puede ser romantizar la violencia, pero tampoco negar el fenómeno: sin justicia accesible y oportuna, la gente busca juez donde lo haya.

Este mismo patrón se replica en contextos urbanos. En barrios como Ciudad Bolívar, Kennedy o Bosa, cuando la delincuencia se desborda, los vecinos no esperan pasivamente, sino que forman “vigías” o “frentes de seguridad”, aplican castigos expeditivos a presuntos vándalos o ladrones y, en casos extremos, recurren a la llamada “limpieza social”. No se trata de anécdotas aisladas, sino de la expresión urbana del mismo vacío que, en el campo, alimenta a los “comandantes”. Aquí, el juez de facto no es un actor armado, sino la turba enardecida o grupos organizados de vecinos desesperados.

Hay ejemplos que el debate oficial suele soslayar por su carga polémica. En zonas de Urabá y del norte de Córdoba, comunidades han ejercido sanciones ejemplares contra agresores violentos: desde trabajos comunitarios hasta mecanismos de vigilancia social y reparación directa a las víctimas. No es un sistema perfecto —ninguno lo es— y conlleva riesgos de arbitrariedad. Aun así, para muchas de estas comunidades, los resultados son tangibles: menos extorsión, mayor seguridad nocturna y disuasión efectiva.

En Castilla, corregimiento del norte de Córdoba, un delincuente reincidente fue juzgado públicamente y condenado a reparar caminos vecinales. Meses después, la comunidad reportaba una sensación de mayor seguridad; el sancionado, bajo supervisión social, se había reincorporado a labores productivas. ¿Garantiza esto la ausencia de abusos? No. ¿Muestra que la comunidad, cuando se organiza, puede generar orden donde el Estado ha sido errático? Indiscutiblemente sí.

La diversidad jurídica no implica caos. Nigeria reconoce sistemas consuetudinarios junto a tribunales estatales. Guatemala admite la justicia maya en ámbitos comunitarios. Incluso en Somalia, tras el colapso estatal, el derecho consuetudinario (Xeer) mantuvo cierta paz local en territorios huérfanos de gobierno central. No se trata de copiar modelos, sino de aceptar un principio elemental: la unidad nacional no exige uniformidad absoluta.

Por ello, vale la pena discutir sin eufemismos un federalismo judicial por regiones culturalesAndina, Caribe, Pacífica, Amazonía, Orinoquía e Insular— con autonomía regulada para adaptar procedimientos, sanciones y prioridades. No es carta blanca, sino elasticidad responsable.

  1. La Constitución como techo y piso: derechos fundamentales inamovibles.
  2. Asambleas legislativas regionales con competencia en materia penal y penitenciaria.
  3. Cortes regionales con jueces formados en prácticas locales.
  4. Coordinación interregional para criminalidad transfronteriza.
  5. Sistemas penitenciarios diferenciados, con énfasis en penas alternativas donde el encarcelamiento masivo ha fracasado.

Polémicas que debemos enfrentar

  1. “¿No legitima esto la justicia por mano propia?” No. Se trata de dotar de marco jurídico a prácticas comunitarias que ya existen, evitando excesos y garantizando derechos.
  2. “¿No habrá disparidades intolerables?” Las hay hoy, solo que clandestinas y sin control. Un federalismo judicial serio visibiliza, regula y somete a estándares mínimos esas diferencias.
  3. “¿No se abrirá la puerta a castigos degradantes?” Cláusulas pétreas deben prohibir torturas y tratos crueles. La autonomía no es sinónimo de barbarie.

Conclusión: la justicia no espera al Estado

El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas. Como dijo Alirio Pineda, campesino de la Sierra Nevada, con sabiduría sencilla: “Durante siglos nos han dicho cómo debemos resolver nuestros conflictos, pero quienes nos lo dicen no resuelven los suyos”.

El debate está servido. Negarlo es condenarnos a repetir los mismos errores, mientras el clamor por justicia continúa creciendo en la periferia de un Estado que aún no decide escuchar.

Capacidades y oportunidades: la clave para superar la pobreza

Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela

Invertir en educación y salud no solo es un imperativo moral, sino también una estrategia inteligente para fomentar el crecimiento y el bienestar general de la sociedad venezolana.

Génesis N. Rodríguez G.

Hablar de la Educación en Venezuela para mi implica tener que describir ciertas personalidades de las maestras y maestros que marcaron mi infancia, y también mi juventud. Son tantos los héroes y heroínas que me enseñaron valores, principios y a materializar mis sueños, por más irreales que parecían, que tendría que escribir un artículo especial a cada uno. Por ello, solo quiero darles las gracias a los que ayudaron en mi formación profesional e intelectual, sobre todo a esos que me hicieron porras, creyeron en mi en todo momento y me ayudaron a salir adelante en los días difíciles, grises y tristes.

Pero volviendo al tema que nos compete, a partir de 2010, podemos decir que la educación venezolana empezó a pasar por diversas trasformaciones debido a innumerables factores, los sueldos de los maestros en Venezuela han estado sujetos a diversos cambios debido a la crisis económica y política que ha afectado al país. Desde ese año, Venezuela ha experimentado una hiperinflación severa que ha erosionado el poder adquisitivo de los salarios. Esto ha afectado significativamente los ingresos de los maestros y profesores, y me parece una completa irracionalidad que el año pasado recibieran la cantidad de 12 bolívares como un bono denominado “hallaquero”. Y es allí donde echo la mirada al pasado, por ahí en el 2007, cuando cursaba el sexto grado de primaria y escuchaba las tertulias de mis maestras, que mencionaban la nueva marca de vehículo que iban a pedir al concesionario como regalo del niño Jesús; en contraste, hoy esa cantidad no les alcanza siquiera para pagar un pasaje de transporte público.

Entonces, me pregunto ¿De qué manera le estamos retribuyendo a los que forman profesionales, seres humanos comprometidos con el avance y crecimiento del país? Y es que a pesar de los aumentos salariales ocasionales y las reformas educativas implementadas por el Gobierno en el sector educativo, estas no siempre han resultado en mejoras significativas para los salarios y las condiciones laborales de los docentes, los sueldos de los educadores han permanecido muy por debajo de lo que se considera suficiente para cubrir las necesidades básicas. Debido a la situación precaria de los salarios, ha habido numerosas protestas por parte de los educadores que exigen mejores condiciones laborales y salarios dignos, todo esto ha generado un impacto de la migración, donde muchos profesionales de la educación han emigrado en busca de mejores oportunidades laborales en otros países, lo que ha llevado a una escasez de maestros en algunas áreas.

Amartya Sen, al referirse a “la pobreza de renta y la pobreza de capacidades”, destaca la importancia de diferenciar entre la falta de recursos económicos y la carencia de habilidades y oportunidades. Sin embargo, ambas dimensiones están intrínsecamente conectadas, ya que el ingreso es un medio fundamental para desarrollar capacidades. A medida que una persona adquiere más habilidades y conocimientos, es probable que su productividad aumente, lo que a su vez puede llevar a un incremento en sus ingresos. Esta relación sugiere que mejorar las capacidades de los individuos puede ser un camino efectivo para combatir la pobreza económica. Por ejemplo, al fortalecer la educación básica y el acceso a servicios de salud, no solo se mejora la calidad de vida de las personas, sino que también se les brinda una mejor oportunidad para generar ingresos y escapar de la pobreza. Una mayor cobertura en estos ámbitos aumenta las probabilidades de que incluso aquellos en situaciones vulnerables logren superar las dificultades económicas.

Por ello, es crucial que se reconsideren y reformen las políticas económicas en el país. La implementación de servicios sociales robustos podría facilitar que todos los sectores de la comunidad accedan a oportunidades económicas, promoviendo así un desarrollo más inclusivo y sostenible. Invertir en educación y salud no solo es un imperativo moral, sino también una estrategia inteligente para fomentar el crecimiento y el bienestar general de la sociedad venezolana.

La India es ejemplo de que invertir en educación, asistencia sanitaria y reforma agraria ayuda notablemente al crecimiento económico, específicamente tomamos de ejemplo el estado de Kerala donde es notable a diferencia de otros estados de la India los cambios positivos en poner en práctica los recursos humanos de la mano siempre con una estrategia económica complementaria. De hecho muchas economías asiáticas entran en esta lista, primero Japón y después Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, más tarde China —posterior a la reforma—, Tailandia y otros países del Este y Sureste Asiático.

El pecado de Adán y Eva: un acto estatista

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

El problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo (…), es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros.

Roymer A. Rivas B.

Hace unas semanas publiqué un video corto[1] donde explicaba que el pecado original fue un acto socialista, por cuanto arremetió en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto del árbol del medio del jardín, “del conocimiento de lo bueno y lo malo” que él había estipulado que no comieran (Gn. 2:16-17; 3:2-3). En el mismo, sostengo que al Dios haber establecido un límite en los frutos que podían comer Adán y Eva, pues podían alimentarse de todos menos de uno, en realidad Dios estaba estipulando límites de propiedad. Ergo, el pecado original es un acto socialista.

Tras ello, me han respondido[2] recordando el texto de Salmos 24:1, donde David declara la soberanía de Dios sobre todo, afirmando que “De Jehová[3] es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”, para luego sostener que, como “Dios es creador de todo y, por tanto, propietario de toda la tierra”, entonces “el pecado de Adán no fue que violo la propiedad de Dios porque nada que tenía Adán era realmente suyo, sino de Dios”. En este orden de ideas, sostienen que Jehová solamente “puso a Adán como administrador de su creación”, por lo cual, —he aquí el intento de refutación a lo que expresé en el video— “el pecado de Adán fue el de desobedecer a Dios porque le dijo que de todo árbol puedes comer menos [el del conocimiento de lo bueno y lo malo]”, y añade: “su pecado fue su desobediencia. Como explica Tertuliano: ‘si Adán y Eva hubieran amado de verdad al señor no habían contravenido su precepto’”, por tanto, el mandato “era una prueba de amor y fidelidad que Adán y su Esposa no pasaron”. Es decir, el pecado original “no tiene nada que ver con el socialismo o la propiedad”, y me acusa de incurrir en anacronismos[4] al hablar del tema.

No obstante, esta posición incurre en algunos errores que son necesarios matizar, en aras de comprender mejor el mensaje de la Biblia, o al menos lo que así se me presenta en este momento. Argüiré el asunto, en favor, evidentemente, de lo que sostuve en el video, de una manera más estructurada, respondiendo, a su vez, a los argumentos que —respetuosamente— explica Moisés. Si bien, aclaro que mucho en este tema necesita de un rigor que no podré resumir en pocas líneas —precisamente por ello los desarrollo en un libro que, espero, pronto vea luz—, así que me limitaré al orden lógico primario de los argumentos, sostenidos en la Biblia —no puede ser de otra manera—, e invito al lector a seguir profundizando en el tema, o a preguntarme, que yo en algún momento saco tiempo y respondo con gusto. Sin más, comienzo.

Sobre la administración, la propiedad, el fruto y la desobediencia

Cuando Dios crea a Adán y Eva, les da potestad para regir el planeta entero, incluyendo todo lo que hay en él, menos regir sobre sus iguales, es decir, sobre otros seres humanos. Dios habla directamente con los seres humanos, y no otra criatura, para decirles que tienen toda clase de alimentos, que nombre al resto de animales y administren el jardín, con el objeto de extenderlo por toda la tierra (Gn. 1:29-30; 2:19-20), únicamente recibiendo el mandato de no comer del fruto. Naturalmente, los primeros seres humanos eran administradores de lo que Dios había creado, pero se incurre en un falso dilema cuando se pretende separar la “desobediencia” con la “violación de propiedad”, porque éstos no son conceptos excluyentes, más bien, el segundo es la manifestación concreta del primero. Es decir, ellos eran administradores, pero todo administrador opera bajo una jurisdicción limitada, por tanto, el error de Adán y Eva no fue solo la “desobediencia”, así en abstracto, sino un acto de usurpación.

Para comprender esto cabalmente, es necesario entender primero una cosa: el árbol del bien y el mal representaba la potestad de Dios de establecer lo bueno y lo malo, las leyes, y no el “conocer lo bueno y lo malo” en sí mismo —no tendría sentido que Dios juzgara a Adán y Eva por un “mal” que ellos no tenían capacidad de conocer sino hasta después de “pecar”; Adán y Eva sabían lo que era bueno y malo, y precisamente por eso estaban conscientes de que no debían comer del fruto—. En consecuencia, cuando Adán y Eva comen del fruto, más allá de romper los términos del “contrato de administración” —por decirlo de alguna forma—, en realidad se rebelaban en contra de la autoridad de Dios para estipular las leyes que iban a regir la conducta humana. Algo curioso es que la Biblia no da más información del árbol, pero eso es porque la misma interesa, no como objeto-personaje de la historia, sino como símbolo. Lo que cuenta aquí es la prohibición en sí misma, la expectativa de obediencia del humano a Dios, de respetar el límite impuesto. Como ya he explicado: “el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo en realidad simboliza el singular y explicito derecho de Dios de determinar o fijar los parámetros que definen el bien y el mal —que es igual a lo que Dios aprueba o no—. Ergo, el human no es que no podía conocer lo bueno y lo malo, más bien podía conocerlo y debía respetar que el único con la potestad de fijar las normas que fijarían la línea entre lo que estaba bien y lo que estaba mal era su Creador, un límite que, por cierto, se traduciría en una vida plenamente disfrutable, libre de todo el sufrimiento que acompaña a la enfermedad y la muerte.” Cuando comen del fruto (Gn 3:5-6), se rebelan en contra de ello.

Adán y Eva querían “ser como Dios”, establecer ellos mismo lo correcto e incorrecto, las leyes, los mandatos; el “conocimiento del bien y el mal” no se refiere a la capacidad cognitiva de distinguir entre un acto bondadoso y uno cruel —ya ellos tenían esa capacidad, sino no podrían ser juzgados, porque no habría pecado—, sino a la potestad legal y moral de definir qué es legal y qué es ilegal. En términos jurídicos, Dios era el propietario del jardín, y al comer del fruto, Adán y Eva no solo cometieron un robo —violación de la propiedad—, sino un acto de rebelión política. Al querer “ser como Dios”, buscaban la facultad de dictar sus propios códigos morales.

He aquí, precisamente, el porqué expreso lo que expreso en el video:  el problema en el jardín de edén fue el surgimiento, el virus, del estatismo —y si cabe, lo matizo, porque el problema per sé no es el socialismo, sino el estatismo—, es decir, la creencia de que un grupo de humanos tiene el derecho de crear “leyes” deliberadamente que contradicen el orden natural —y divino, en este caso— para controlar a otros. Es precisamente por ello que destaqué el versículo de Eclesiastés 8:9, porque el mal de la humanidad, según la Biblia, se debe a que el “hombre se ha enseñoreado sobre el hombre para perjuicio suyo”. Antes del pecado, no existía el concepto de un humano gobernando a su semejante, pero sí existía una jerarquía funcional con Dios; esto es: de cara a la relación Dios-humano, había jerarquía, pero de cara a la relación humano-humano, existía una igualdad total, ante la ley —si cabe, y reservándome los comentarios que tengo al respecto de dicha “igualdad ante la ley”—. En suma, al querer definir ellos mismos estipular lo “bueno y lo malo”, abrieron la puerta a la tiranía; el pecado original fue una declaración de independencia fallida que resultó en la esclavitud del humano por el humano; al rechazar el orden establecido por Dios, quedaron a merced de los caprichos legislativos de sus semejantes.

Sobre Dios, las leyes y el Estado

No es casualidad que Jesús haya mantenido una postura de separación radical del poder político de su tiempo, porque su reino “no era parte de este mundo” (Jn. 18:36). Cuando Satanás lo tienta ofreciéndole todos “los reinos de este mundo” —y nadie ofrece algo que no le pertenezca (ver: 2 Cor. 4:4)—, los rechaza por completo. De hecho, si se interpreta bien Romanos 13, que a menudo se usa para apoyar al Estado, lo que realmente estaba diciendo Jesús era: “Si tiene la cara del César, es de él; pero ustedes son imagen de Dios, por tanto, no le pertenecen al Estado”, siendo una respuesta evasiva que deslegitimaba el reclamo absoluto del Estado sobre el individuo. Es más, el mismo Jesucristo criticó el legalismo en el que habían incurrido los supuestos maestros que debían guiar al pueblo en su relación con Dios, porque se había perdido el sentido originario de la ley (Mat. 23:4, 13, 23-24, 27-28; Mc. 2:27; 7:8-9).

Hablando de ley, antes de Saúl —el primer rey—, los israelitas, en calidad de pueblo escogido de Dios, no tenían un gobierno central, ni impuestos permanentes, ni ejército profesional, pero sí tenían jueces que fungían como líderes y guías en la resolución de conflictos basados en el Torá —leyes ya dadas, en algunos aspectos rígidas, porque tampoco puede ser de otra manera— y la costumbre —énfasis en: costumbre, derecho consuetudinario—. Cuando el pueblo pide un rey, Dios le dice a Samuel que lo han rechazado directamente, y Samuel pasa a describir lo que hace un Estado: “Tomará a sus hijos… tomará sus campos… y tomará sus diezmos” (1 Sam. 8), siguiendo con la narrativa originaria del surgimiento del Estado como una apostasía —no por nada en el Armagedón, que, según se cree, será la confrontación entre el Reino de Dios y los “reyes de la tierra”, es para hacer una limpieza del mal estatista y establecer el orden originario, anárquico, bien entendido—.

La historia de la Biblia es, en gran medida, la historia de la resistencia del individuo —guiado por Dios— frente a la arrogancia del poder político. Adán quiso legislar, y eso derivó en todo lo que conocemos hoy; Nemrod quiso centralizar el poder, institucionalizando, de manera primitiva, el Estado; Israel pidió un rey y fue advertido de la esclavitud estatal; Jesús rechazó la corona terrenal y propuso una ley basada en el individuo y la propiedad. Y si el hombre no tiene derecho a enseñorearse del hombre (Ec. 8:9), entonces el Estado es, teológicamente hablando, una anomalía o un acto de rebelión continuado, “la institucionalización del Diablo en la tierra” —como sostengo en otro lugar—.

Sobre el anacronismo

Dicho lo anterior, solo queda responder a la acusación de incurrir en una anacronía, al hablar del socialismo, el pecado original, el Estado, entre otros. Y esto no amerita más que decir que en ningún momento se dice que Adán y Eva fueron socialistas por lo que hicieron, tan solo se comparan los actos, vistos con los lentes de hoy, para resaltar similitudes. Una cosa es decir que ciertos actos o ideas colindan o se asemejan de alguna manera con los conceptos del presente, y otra muy distinta decir que esos conceptos existían en el pasado. Naturalmente, no puede haber análisis histórico sin lentes del presente, porque es desde el hoy que se analizan las cosas; entonces, la responsabilidad de quien emite juicios de valor al respecto es saber separar los conceptos y atenerse a las comparaciones lógicas, resaltando similitudes. Es esto lo que he hecho, no un anacronismo. La Biblia, con todos sus personajes, no es socialista, ni liberal, pero sí es cierto que muchos de sus principios o enseñanzas se pueden comparar con los principios de esos conceptos del presente. Para ser más rigurosos, lo que estoy haciendo es una tipología analítica, porque identifico constantes en la historia y la naturaleza humana —bíblicamente hablando, en este caso— para darles nombre con el léxico técnico que poseemos hoy.

Bíblicamente hablando, el socialismo, derivado del estatismo, como fenómeno de control centralizado que erosiona la propiedad y atenta contra la libertad, es una manifestación de una inclinación humana mucho más antigua. En otras palabras, el principio de usurpación de autoridad, que se adhiere a sí misma una supuesta legitimidad para estipular el bien y el mal, operaba antes de que Marx, Proudhon, o cualquier otro teórico socialista, escribieran una sola palabra. Nadie puede acusarme de incurrir en anacronismos por usar el término “socialismo” o “estatismo” como una herramienta de diagnóstico para describir la actitud de Adán —si se me permite la alegoría, es como si estuviese usando un microscopio moderno para ver una bacteria antigua; la bacteria siempre existió, pero el microscopio me permite nombrarla y entender su comportamiento—. Si nos acercamos a la Biblia con actitud correcta, repararemos en que la misma sí establece fundamentos sobre los cuales se construyen, o se pueden analizar, las ideologías modernas —como el principio de no agresión, la soberanía del individuo, entre muchos otros etc.—, y con esto en mente, yo puedo afirmar que cualquier sistema que intente obligar a las personas a someterse a leyes humanas arbitrarias —lo que hoy llamamos estatismo desde el libertarismo— es una repetición del patrón de rebelión del Génesis. Es lamentable que muchos estudiosos de la Biblia, creyéndose a sí mismo eruditos, no sepan hacer esta distinción en el momento de su estudio, porque confunden dogma —lo que la iglesia dice que pasó— con el análisis de las implicaciones del acto.


[1] Roymer Rivas [@roymer_rivas]. 2025. Adán y Eva arremetieron en contra de la propiedad de Dios al comer del fruto. Es decir, cometieron un acto [reel]. Instagram. En: https://www.instagram.com/p/DQR-jrxkeQq/ (Cit: 22/01/2026).

[2] Ibidem. Comentario de Moisés Delgado [@moisesdelgado195].

[3] La Biblia dice que el nombre de Dios, traducido al español, es Jehová —o Yawéh— (Sl. 83:18; 113:2; Is. 42:8; entre otros).

[4] El anacronismo trata cuando se sitúa a una persona, objeto, evento o idea en una época histórica a la que no pertenece. Es decir, como el “socialismo” es un concepto de la modernidad, incurro en un error al hablar del mismo en una época a la que no existía el concepto.

La tiranía de lo visible: por qué la transparencia absoluta nos quita libertad

Oriana Aranguren estudia Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.

(…) la libertad no florece bajo la luz inclemente de un reflector perpetuo, donde solo se permite la actuación aprobada, pero sí florece en la penumbra, en el silencio y en el misterio de lo privado.

Oriana Aranguren

En la sociedad actual, vivimos inmersos en un error categórico en la narrativa sobre la libertad que ha adquirido el estatus de dogma incuestionable, a saber: la transparencia es una virtud y la opacidad ha de levantar siempre sospecha, que es usada por muchos políticos que pretenden transformar una herramienta de control en una supuesta virtud social. Es decir, han intentado convencernos, y lo han logrado con muchos, de que la transparencia es, per se, un valor absoluto, y lo muestran expresiones del tipo: “quien nada debe, nada teme”, para que los ciudadanos no tengan ningún tipo de secreto de cara a los estados del mundo, con su vocación de control, y seguido por corporaciones tecnológicas. A juicio de muchos políticos, un mundo sin secretos es un mundo más seguro, más honesto y, paradójicamente, más libre. Sin embargo, esta premisa encierra una trampa lógica que erosiona los cimientos de la individualidad, pues, al equiparar la privacidad con el secreto ilícito, se legitima la vigilancia perpetua, encontrándonos, paradójicamente, con que la transparencia total no es una herramienta de liberación, sino el mecanismo más sofisticado de coacción que se haya diseñado en la historia de la humanidad.

Históricamente, la transparencia fue una exigencia del ciudadano hacia el poder —el Estado, la burocracia, el gasto público—, era un mecanismo de defensa contra la arbitrariedad de quien manejaba los recursos públicos y controlaba a los demás. Pero en el siglo XXI, la ecuación se ha invertido: hoy es el poder —estatal y corporativo— el que exige transparencia absoluta al individuo, eliminando la privacidad, el secreto, y, con ello, disolviendo la libertad, porque se ataca directamente la individualidad, al estar siempre bajo el escrutinio de la mirada ajena, y no necesariamente de personas que se interesan genuinamente por nosotros.

El ojo de Dios y la distopía de Anon: una ficción hecha realidad

Para ilustrar en dónde estamos —o hacia dónde nos dirigimos, si no lo vemos ya hoy—, no hace falta recurrir a abstracciones complejas, sino observar las proyecciones culturales que ya retrataron este declive, por ejemplo, la película Anon (2018), dirigida por Andrew Niccol. En esta, se nos presenta una sociedad donde la privacidad ha sido abolida técnicamente, pues, a través de una interfaz neuronal llamada “The Ether”, todo lo que el individuo ve es grabado, etiquetado y almacenado en una nube colectiva. Es decir, no existen el anonimato ni el olvido; la identidad es pública, accesible y verificable en tiempo real.

En este escenario, la policía presume haber erradicado el crimen porque el crimen suele habitar en lo oculto[1]. Sin embargo, el costo de esa seguridad es la desaparición del “Yo”, y ello queda probado cuando el protagonista, el detective Sal Frieland, camina por la calle, ya que no ve personas, sino que ve datos flotantes, historiales biográficos y estadísticas. La identidad se reduce a información disponible. El conflicto, no obstante, surge cuando aparece una anomalía: una mujer sin —aparente— huella digital, una “fantasma”. El sistema entra en pánico no porque ella sea necesariamente una criminal, sino porque es ilegible, porque, en un mundo que ha aceptado la vigilancia masiva, intromisiva, desconectarse o intentar no dejar huella digital no es solo una excentricidad, sino un acto criminal, porque el sistema considera que la opacidad es, por defecto, culpabilidad.

Si nosotros analizamos nuestra realidad actual, nos daremos cuenta que esta ficción no está lejos de ella. Si bien es cierto que no tenemos implantes en la retina —por ahora—, la presión social y la arquitectura tecnológica nos empujan hacia la misma conclusión: si no estás en la red, si no eres “visible”, eres sospechoso. La aspiración de la modernidad líquida —concepto de Zygmunt Bauman— es convertir al ser humano en un ente totalmente legible para el algoritmo. Pero debemos preguntarnos: si todo lo que hacemos es visible, registrado y susceptible de ser reproducido, ¿Somos realmente agentes libres o meros actores interpretando un papel para una audiencia perpetua? Si intentamos responder esta pregunta, repararemos en que la transparencia se ha convertido en una nueva forma de tiranía, una donde la coacción no viene dada, quizá, por un arma de fuego, sino por la exclusión social y la inhabilitación digital.

La falacia de “quien nada debe, nada teme”

Como ya señalé en un inicio, uno de los argumentos más perniciosos utilizados para justificar la invasión de la privacidad es la sentencia popular: “Si no estás haciendo nada malo, no tienes nada que ocultar”. Pero con esta sentencia asume que la privacidad es solo un refugio para el delito, lo cual es sinónimo de ignorar por completo la naturaleza humana, en la medida en que la privacidad no se trata de esconder lo “malo”, sino de proteger lo propio. Cuando cerramos la puerta del baño, por ejemplo, no lo hacemos porque estemos cometiendo un crimen, sino porque hay actos que pertenecen exclusivamente a la esfera íntima y que, al ser expuestos, pierden su dignidad.

En este sentido, el argumento de “nada que ocultar” invierte la carga de la prueba de la libertad, porque, en una sociedad libre, el individuo tiene el derecho a la opacidad, y es el poder quien debe justificar cualquier intromisión, pero en la sociedad de la transparencia total, el individuo es sospechoso por defecto si decide no compartir sus datos. Con esto, se nos obliga a ser cajas de cristal. Pero, como bien han señalado diversos pensadores críticos del totalitarismo, una sociedad donde todos pueden verlo todo no es una sociedad de confianza, sino una sociedad de vigilancia mutua, un panóptico[2] donde el carcelero ya no es necesario porque los prisioneros se vigilan entre sí y a sí mismos. Y de esto se desprende que el efecto más devastador de la tiranía de lo visible es la modificación de la conducta, porque el sujeto observado altera su comportamiento —si sabemos, o simplemente sospechamos, que nuestras palabras, búsquedas en internet y movimientos están siendo registrados, instintivamente ajustamos nuestra conducta a lo que se considera “aceptable” o “normal” para la sociedad, no significando necesariamente “bueno o malo” per se, sino “bueno o malo” según los ojos de la sociedad[3], y eso sin considerar que los estados tienden a tipificar como delitos cosas que no deberían serlo—.

Asimismo, el resultado es la estandarización del pensamiento, ya que la libertad de cometer errores, de explorar ideas radicales en privado, de probar identidades o de simplemente ser “incorrecto” sin consecuencias públicas, desaparece. En su lugar, surge una ciudadanía performática, donde cada acción está calculada para encajar en el molde socialmente aprobado, por consiguiente, no actuamos por convicción, sino por miedo al juicio de otros, que pueden acceder a nuestros datos en una especie de archivo eterno. Ergo, la transparencia absoluta, lejos de empoderarnos, nos encadena a una versión higienizada de nosotros mismos, nos quita la libertad de contradecirnos y de evolucionar —porque el registro digital no perdona ni olvida—. En suma, nos condena a ser esclavos de nuestro pasado y rehenes de la percepción ajena; si todo es visible, el individuo se congela en una versión estática de sí mismo, aterrorizado de desviarse de la norma estadística que el algoritmo o la sociedad espera de él. En este contexto, la libertad se reduce a la capacidad de elegir entre opciones pre-aprobadas por la mayoría, lo cual, en rigor, no es libertad en absoluto.

La asimetría del poder: la caja negra y la casa de cristal

Pero no todo acaba allí, porque, mientras por un lado nos autocensuramos ante la mirada del otro, nos encontramos con el hecho de que la transparencia absoluta no es un intercambio entre iguales, sino una transferencia unilateral de poder del individuo hacia la estructura, sea estatal o corporativa. Es decir, existe asimetría de información —no todos responden o ven lo de todos, sino solo los poderosos nos vigilan a nosotros— y, por si fuera poco, se hacen con la capacidad predictiva que les permite afianzar sus sistemas de control. Hoy, se nos exige ser libros abiertos, se nos insta a compartir nuestra ubicación, nuestras finanzas, nuestras relaciones y nuestros datos biométricos bajo la promesa de eficiencia y seguridad, sin embargo, mientras el ciudadano es empujado a habitar una casa de cristal, las entidades que recolectan esa información operan desde una “caja negra” impenetrable.

Nosotros no sabemos, por ejemplo, cómo funcionan los algoritmos que determinan qué noticias leemos, qué tasa de interés se nos asigna o si somos elegibles para un empleo. He aquí una paradoja en la era de la información: nunca antes el individuo había sido tan transparente para el poder, y nunca antes el poder había sido tan opaco para el individuo. En este desequilibrio, la libertad se vuelve una ilusión. Como bien señalan algunos, “el conocimiento es poder”, y quien posee los datos posee la capacidad de anticipar movimientos. Si una entidad —como el Estado— conoce nuestros patrones de conducta mejor que nosotros mismos, la capacidad de manipulación deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una certeza matemática. En este marco, ya no es necesario coaccionar físicamente a una población si se pueden diseñar los incentivos digitales —el conocido “nudging” o “pequeño empujón”, al que incluso apelan algunos libertarios cuando hablan de un oxímoron, como lo es el “paternalismo libertario”— para que las personas tomen las decisiones que el sistema desea, creyendo falsamente que son propias.

Comprender esto es importante, porque si la libertad humana está intrínsecamente ligada a lo impredecible, la capacidad de cambiar de rumbo, de actuar de manera irracional o de reinventarnos, la transparencia total alimenta una maquinaria de predicción masiva —si el sistema puede predecir con un 98% de exactitud qué compraremos, por quién votaremos o a dónde viajaremos basándose en nuestro historial, se cierra el horizonte de posibilidades—. Con ello se alimentan sesgos cognitivos, porque solo consumimos lo que el algoritmo “sabe” que nos gusta, encerrándonos en bucles de retroalimentación. Y en un mundo optimizado por la transparencia de datos, el azar se elimina por considerarse ineficiente, lo que, a su vez, elimina la ineficiencia del azar, la chispa de la creatividad y la disidencia.

Es necesaria la opacidad, al menos en cierto nivel

Frente a este avance del Estado para hacer toda nuestra vida visible, la defensa de la libertad en el siglo XXI, en la era digital, pasa necesariamente por la reivindicación de la opacidad. Debemos rechazar la noción moralista de que el secreto es sinónimo de culpabilidad, y entender que la culminación de esa supuesta “honestidad” es la instauración de un panóptico digital que anula la esencia misma del individuo; si la privacidad se ve como una anomalía sospechosa, el sistema nos arrebata el derecho a la interioridad, que es donde maduran el pensamiento crítico y la autenticidad, porque, en resumen, el secreto es el sustrato donde germina la autonomía.

En lo personal, extiendo una invitación a cada persona, al menos los que no tienen mentalidad de esclavos, para que comiencen a defender su privacidad, porque hacerlo no significa necesariamente conspirar contra la ley, sino protegernos de la estandarización forzosa y de que terceros incidan en nuestra vida a un nivel que solo se los permite hoy la tecnología. Como sugirió el filósofo Édouard Glissant, debemos reclamar nuestro “derecho a la opacidad”, es decir, el derecho a no ser totalmente comprendidos, categorizados ni reducidos a una fila en una base de datos. Y dicha resistencia no implica necesariamente una desconexión ludita, sino una consciencia activa sobre el valor de nuestra intimidad, es decir, implica entender que cada fragmento de privacidad que cedemos por comodidad es una fracción de soberanía individual que perdemos.

Como reflexión final, me gustaría resumir el mensaje general del texto en lo siguiente: la libertad no florece bajo la luz inclemente de un reflector perpetuo, donde solo se permite la actuación aprobada, pero sí florece en la penumbra, en el silencio y en el misterio de lo privado. Por tanto, defender ese espacio no es ocultar quiénes somos, más bien es preservar la única zona donde, quizá, realmente somos libres.


[1] Algo discutible, de hecho, porque si el crimen ha sido erradicado, entonces no serían necesarios los detectives. Más bien, lo que ha quedado eliminado son la resolución de los crímenes, pero, ¿A costa de qué?

[2] El filósofo Jeremy Bentham ideó en el siglo XVIII el “Panóptico”, una estructura carcelaria donde un solo vigilante podía observar a todos los prisioneros sin que estos supieran si estaban siendo mirados o no. La clave del control no era la vigilancia constante, sino la posibilidad de ser vigilado en cualquier momento. Esto inducía al prisionero a autocensurarse y a comportarse según las reglas, interiorizando la autoridad, Más tarde, Michel Foucault usaría esto como metáfora para la sociedad disciplinaria, carcelaria, moderna en “Vigilar y castigar”, pues el poder opera a tráves de una vigilancia constante y asimétrica que induce a los individuos al autocontrol y la normalización, extendiéndose a las escuelas, hospitales y fábricas para producir sujetos dóciles mediante la internalización de la mirada del poder, sin necesidad de usar fuerza física directa.

[3] Aquí cabe referir a “la patología de la normalidad” de Erich Fromm, quien explica que la vida social normal en las sociedades modernas —a su juicio, especialmente la capitalista, pero eso lo ignoraremos—, es inherentemente patológica —deshumanizante y alienante— porque promueve la adaptación y el conformismo, lo que lleva a la enajenación, la pérdida de individualidad y la incapacidad de relacionarse productivamente con la realidad, a pesar de ser socialmente aceptado. Es decir, lo “normal” se define erróneamente por la adaptación a un sistema que daña al ser humano, en lugar de por el desarrollo de la autonomía.