
“(…) volviendo al tema de la “oposición” y la administración “temporal” estadounidense, debemos cuidarnos de no trasladar nuestro vicio mesiánico de la oposición a la Casa Blanca. El apoyo de EE. UU. es una herramienta de ingeniería institucional, justa y necesaria, no un nuevo caudillismo al cual endorsarle nuestra responsabilidad ciudadana.”
Roymer A. Rivas B.
Después de las declaraciones del presidente de EE. UU., Donald Trump, donde mostró carácter, habló con ultimátums a la cúpula chavista y confirmó su intención de administrar el país en aras de una transición, no queda más que celebrar. Durante años, esperamos este momento; hemos sido victimas de un sistema criminal que se mostraba invencible de cara a los ciudadanos; durante años, a pesar de la gran cantidad de comunicados que emitieron las organizaciones internacionales, sin acciones concretas, sólo podíamos sentir el peso de la soledad geopolítica. Son más de 9 millones de venezolanos en el exilio; llegamos a tener niveles de 92% de pobreza; la hiperinflación más grande de la historia moderna —y estamos en otra, por cierto, si somos rigurosos con la teoría y el asunto—; años de auges y recesiones de esperanzas traficadas por una oposición que es —en presente, no en pasado— servil al régimen, porque son el opuesto que su opuesto necesita para existir; y hoy, por fin, después de tanto, podemos ver luces de libertad. El régimen aparece ahora humillado ante un poder superior, sintieron lo que muchos de nosotros sentimos cuando salimos a protestar en el pasado. Sin embargo, para capitalizar este momento histórico, debemos analizarlo con frialdad.
Las acciones concretas vs las narrativas épicas: es necesario poner fin a la ingenuidad
Esta celebración no nace de la ingenuidad, sino del alivio. Estuvimos demasiado tiempo viviendo del sensacionalismo y las acciones simbólicas —no concretas— que no llegaban a nada; imperaban las narrativas épicas en todo lugar, seguida por millones de venezolanos. Hoy tenemos acciones concretas que, para los sensatos, siempre fueron el único camino real para desalojar a la dictadura chavista. Hay que decirlo con claridad, aunque genere rechazo para algunos: este triunfo responde a la determinación del presidente de EE. UU., no a la gestión del liderazgo en Venezuela, encabezado por María Corina Machado (MCM)[1] —Donald Trump ha mantenido una distancia notable con quien muchos ven como la líder del momento—. Esta distancia no es casual, es un mensaje. EE. UU. ha dejado claro que tiene la voluntad de administrar temporalmente el país, reconociendo tácitamente la destrucción total de nuestras instituciones, y quizá de las distintas dirigencias que, como ya mencioné, son serviles al chavismo.
Con esto en mente, debo resaltar, sin pelos en la lengua, que el escenario evidencia que, durante el interinato de Juan Guaidó, la administración Trump sí tenía la intención de actuar en Venezuela, quizá en mejores condiciones que ahora, pero el mismo interinato mató esa posibilidad —ya sabemos en qué terminó eso: un mar de corrupción—. A los hechos me remito: con Trump es que se han conseguido avances reales contra el régimen chavista, desembocando hoy con Maduro preparado enfrentar la justicia. ¿Cómo actuará el chavismo al respecto? ¿Quién, de claudicar el chavismo, tomará el control de un chavismo saliente? Eso está por verse —hay ciertas luces—, pero tenemos certeza de que EE. UU. se queda a administrar el país. Quizá esto no les guste a algunos, pero, siendo sinceros: ¿Piensan que todo esto es gratis? si el costo de la libertad en Venezuela es todo su petróleo —por sólo mencionar lo más relevante—, en lo que a mi respecta, lo entrego con los ojos cerrados. No se trata de ceder soberanía, sino de aceptar el andamiaje necesario para reconstruir un edificio que se cae a pedazos, se trata de entender que, en nuestra condición actual, necesitamos ayuda técnica, logística y financiera de gran calado para volver a ponernos de pie como país.
A mi juicio, muchos de los problemas del país persistirán por un tiempo —veamos si cambia o no en el futuro, dependerá de nosotros—, porque la dirigencia opositora actual, tal y como se ha presentado hasta el momento, no está preparada para asumir las riendas de Venezuela. Veo con preocupación cómo personajes con historiales reprochables, partícipes de los errores del pasado, rodean hoy a figuras como MCM. Esa oposición, de hecho, representa un riesgo, más que para la transición, para un futuro verdaderamente libre, alejado de las ideas colectivistas que nos sumergieron en la realidad en la que nos encontramos. No obstante, también es cierto que en alguno de ellos recaerá la responsabilidad de dirigir el rumbo de Venezuela en algún punto, y será un mal menor que igual hemos de aceptar y celebrar, pero no podemos perder el foco ante sus limitaciones éticas, apuntando siempre a una mejor Venezuela.
El desafío de la Venezuela que apenas se perfila para entrar en el siglo XXI: aprender libertad
Tenemos un gran desafío, el colapso del chavismo no es el final del camino. Lo que viene ahora será más complejo que la lucha que se ha librado estos años. Más allá de un cambio de presidente y diputados, entre otras cosas, es necesario purgar y reactivar un sistema que ha sido diseñado para la corrupción y el control social. Estoy hablando de reactivar la industria petrolera, por supuesto, pero también de algo más profundo: sanar el tejido social. La administración temporal propuesta por Trump puede proveer los recursos y el orden público, pero la reconciliación y la cultura ciudadana no se pueden importar; esas deben nacer de nosotros. Y aquí surge la interrogante: ¿Estaremos, como sociedad, preparados para ello? Tengo mis reservas, porque no veo pidiendo libertad, en tanto libertad, sino un cambio de régimen, pero hay esperanza —y para quienes hacemos vida en las universidades, nos queda lo que llaman “la batalla cultural”, para hacer contrapeso a eso—.
Como venezolanos, hemos de prepararnos para aprender la libertad, un concepto que nos permita no replicar los errores del populismo, el colectivismo y la expansión estatal, en distintos ámbitos, que sufren muchos países de occidente. La libertad requiere responsabilidad, respeto a la ley, vigilancia constante, meritocracia, y otras cuantas cosas más que el chavismo, de todos los colores, se encargó de reducir hasta casi desaparecerlo.
Hemos de tener algo claro: no podemos esperar resultados inmediatos, la paciencia estratégica es necesaria, y si contamos con el apoyo internacional, principalmente EE. UU., para disponer de capital y fuerza institucional para la transición, a nosotros nos corresponde poner la madurez cívica. Celebremos que el mundo nos mira y actúa, pero preparémonos mentalmente para el trabajo duro. Pocas veces en la historia se tiene la oportunidad de refundarse como nación, y como venezolanos, debemos demostrar que podemos dejar atrás el caudillismo y construir, finalmente, una nación libre. Venezuela no solo fue saqueada por el chavismo de distintos colores; fue drogada con la idea de que la riqueza es un derecho de nacimiento y no el resultado del esfuerzo individual y la propiedad privada; ya no debemos exigir derechos, hemos de exigir respeto a lo nuestro —y quienes no tengan, pues que trabajen para conseguirlo, así de simple; tampoco puede haber espacio para los parásitos, ya serán más que suficientes los que estarán ejerciendo funciones públicas—.
No todo es color de rosas: sobre la claudicación del chavismo, o no, y la oposición venezolana
Ahora bien, aunque cantamos victoria por la resolución de EE. UU., hemos de tener presente que no todo está saldado con el chavismo. Ha quedado el ala más radical en el poder, y no tenemos seguridad de que vayan a claudicar. Ante la posibilidad de enfrentar la justicia, y donde mantener el poder es lo único que les asegura la supervivencia, ellos pueden atrincherarse y esperar un segundo ataque estadounidense para volver el país un caos, o al menos intentarlo por un tiempo. No se equivoquen, tienen con qué, tienen las armas, la preparación cubana y cientos de kilómetros de selva para amargar la vida de los venezolanos. Si hemos de atravesar por eso, tocará, pero preparémonos mentalmente para ello.
Naturalmente, éste no es el escenario ideal; aunque la paz inicial pueda resultar frágil —eso lo veremos con el tiempo—, nosotros esperaríamos que el chavismo claudique, que sirva a la transición y, muy probablemente, también, termine en un exilio dorado, disfrutando de los millones de dólares que robaron a las arcas del país. ¿Nos gusta esto? No, es inaceptable. Pero si sirve a la transición, nos enfocamos hoy en ello y luego en enjuiciarlos, también. No puede ser de otra manera.
Asimismo, volviendo al tema de la “oposición” y la administración “temporal” estadounidense, debemos cuidarnos de no trasladar nuestro vicio mesiánico de la oposición a la Casa Blanca. El apoyo de EE. UU. es una herramienta de ingeniería institucional, justa y necesaria, no un nuevo caudillismo al cual endorsarle nuestra responsabilidad ciudadana. Si celebramos que Trump “mande”, debemos hacerlo porque su mando es el medio para restaurar cosas que hemos perdido en el tiempo, no porque busquemos un nuevo tutor que nos exonere de la carga de solucionar nosotros mismos nuestros problemas. Ya EE. UU. ha hecho mucho, más de lo necesario, de hecho, nos toca repensar Venezuela.
La transición no puede ser un reciclaje de rostros fracasados; no es suficiente con cambiar el color de la camisa del partido, y tampoco lo es seguir con el clientelismo. Puede que redunde en el tema, pero el desafío de nuestra sociedad será vigilar que los beneficiarios de la caída del chavismo no sean aquellos que, desde las sombras, ayudaron a sostenerlo por décadas a cambio de cuotas de poder —haya sido mucho o poco—.
Excurso: a celebrar
Dicho lo anterior, con serenidad, mediado por la sensatez, debo aprovechar para resaltar este momento histórico. No canto victoria antes de tiempo, pero celebro los pasos concretos, manifiestos, certeros, hacia la senda de la libertad —la mucha o poca que podamos tener, pero que, comparativamente, seguirá siendo más que con el régimen chavista. Es más fácil hacer contrapeso en un escenario sin represión desmedida, que en uno donde persigan a todo aquel que consideren una amenaza, o simplemente por diversión.—. Hoy destapo el Santa Teresa 1796 versión limitada, finalizado en barricas de whisky de speyside, que tenia guardado desde hace tiempo para un momento como este.
[1] Algunos van a saltar para decir que “era necesario” lo que pasó desde las primarias hasta el momento, que “sin ella nada de esto hubiese sido posible”, porque el venezolano está acostumbrado a verse su propio ombligo, creerse el centro del mundo y que de verdad, por el mero hecho de ser venezolanos, les importamos. Como sostuve el 27 de julio de 2024, no hay acción que no forme parte del proceso, y las de MCM, evidentemente, formaron parte, pero la verdadera pregunta a considerar es: ¿Todas las acciones que forman parte del proceso eran necesarias? Los errores también han formado parte de la lucha por la libertad en Venezuela, y mucho, porque no se han aprendido de ellos, en su mayoría, y no por eso podemos reivindicar la supuesta lucha de, por ejemplo, Guaidó, o Leopoldo, incluso Capriles.













