La humanidad según Matrix: elección, servidumbre, libertad

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

“(…) en un mundo diseñado para adormecernos, el simple acto de cuestionar, de buscar una verdad más allá de la superficie, es el primer y más crucial paso hacia la libertad..”

Roymer A. Rivas B.

Finalizando el siglo XX, cuando ya la internet se vislumbraba como el mediador del siglo XXI y la digitalización comenzaba a impregnar o mediar la vida cotidiana de forma irreversible, los hermanos Wachowski estrenaron una obra que trascendería el género de la ciencia ficción para convertirse en un hito cultural y filosófico, a saber: The Matrix (1999), en donde se propone una alegoría —potente y a veces perturbadora— sobre la naturaleza humana[1]. En este se presenta una distopía con una humanidad que vive esclavizada sin saberlo —algunos hablarían sobre ello a futuro, pero creo que la obra nos muestra la misma condición presente de la humanidad, tal y como vive en sociedad—, obligándonos a confrontar las eternas preguntas sobre la naturaleza de la realidad, pero, sobre todo, —y es lo que nos interesa aquí— nos ofrece un crudo espejo para examinar tres pilares que fungen como condición de nuestra existencia: la servidumbre a la que nos sometemos y la libertad como una conquista interna antes que externa, y otra que podríamos ver como la misma naturaleza humana[2]: la elección como acto fundamental de consciencia y, más que eso, como la misma esencia del humano.

Sobre la servidumbre en un mundo simulado

En una escena de Morfeo y Neo —el elegido—, Morfeo dice lo siguiente:

  • “La Matrix es un sistema, Neo. Ese sistema es nuestro enemigo. Pero cuando estás dentro, ¿qué ves a tu alrededor? Hombres de negocios, maestros, abogados, carpinteros. Las mismas mentes de la gente que intentamos salvar. Pero hasta que lo hagamos, estas personas siguen siendo parte de ese sistema y eso las convierte en nuestro enemigo”.

Con estas palabras, Morfeo no solo describe la mecánica de la simulación en donde se encuentra la humanidad atrapada, sino que diagnostica la forma más perfecta y terrible de esclavitud, a saber: aquella que es invisible para el esclavo, porque la misma se manifiesta como la construcción de una realidad tan completa y convincente que anula cualquier deseo de rebelión, en el que las personas están sumergidas en su cotidianidad, nescientes de la condición en la que se encuentran, o incluso conscientes de ella, pero no queriendo abandonarla o hasta defendiéndola[3]. Es decir, la servidumbre no aparece como consecuencia de la fuerza o violencia física, sino mediante un sistema que nos inculcan desde nuestro nacimiento y aceptamos sin cuestionar por el resto de nuestras vidas[4].

De hecho, esta sumisión se muestra magistralmente en las escenas iniciales de la vida de Thomas Anderson —Neo—, al mostrar su cubículo gris, la monotonía de su rutina, el no identificar si está dormido o despierto, y, en suma, varias escenas que pintan el retrato de una vida de silenciosa y desesperada, mostrándonos un personaje que, como todos, es un sirviente del sistema —hasta que llega Trinity para ayudarlo a dar sus primeros pasos en “despertar” de verdad—. Ahora bien, note que la genialidad de esta representación radica en su normalidad, en el hecho de que la servidumbre no es un estado de sufrimiento abyecto, sino de complacencia anestesiada[5], es una paz ilusoria —o no— que ofrece la ignorancia, la comodidad de no tener que tomar decisiones[6] difíciles[7].

El acto radical de la elección

No obstante, si la servidumbre es el estado por defecto de la humanidad en la Matrix —que sirve de alegoría a nuestra sociedad moderna—, la elección es el único catalizador para el cambio. En este punto, destaca lo que probablemente son las dos escenas más icónicas de la película, y quizá dos de las más emblemáticas de la historia del cine, (i) la oferta de Morfeo a Neo sobre elegir entre la píldora azul o la píldora roja, y (ii) el dialogo entre el Arquitecto y Neo. Al respecto de la oferta de Morfeo, éste dice:

  • “[Neo] tomas la píldora azul, la historia termina. Despiertas en tu cama y crees lo que quieras creer. Tomas la píldora roja, te quedas en el País de las Maravillas y te muestro qué tan profundo es el hoyo del conejo”.

Estas son palabras que le hacen saber a Neo que no se trata de una simple elección entre dos objetos, sino entre dos formas de existencia: la esclavitud voluntaria —que se representa con la píldora azul, marcada por el acto de no saber, no conocer, la ignorancia, la ilusión—, o la libertad —que se acompaña o cobra sentido con lo que nos hace humanos: la elección consciente, la autenticidad, la verdad, por muy dolorosa que sea, y que viene representada por la píldora roja, y que constituye en sí misma un acto de rebeldía fundamental que implica aceptar la responsabilidad sobre la propia vida —. En la escena, Neo elige la píldora roja y, con ello, elige actuar —quienes eligen al azul, solo son llevados por la inercia de las circunstancias, no actúan—, abandonando así su pasividad como Thomas Anderson y comenzando su viaje del héroe para convertirse en Neo, en el elegido.

Siguiendo con la segunda escena, tenemos un dialogo entre Neo y el Arquitecto, en donde tienen un intrincado debate filosófico, y el Arquitecto muestra que, contrario a lo que Neo probablemente pueda pensar, la profecía no se trata de la liberación de la humanidad, sino del fortalecimiento del sistema de control[8], introduciendo un elemento religioso que mantiene cautivos a quienes creen que se han liberado de la Matrix —o a quienes se liberan, pero tarde o temprano sucumben ante ella—. Tras muchas fallas de la simulación, el Arquitecto encontró la forma de regular aquello que nos hace humanos y que siempre llevaba a algunos a rechazar la Matrix: la elección —de hecho, en el intercambio, Neo atina su respuesta: “el problema es la elección”, que es algo con lo que el arquitecto está de acuerdo.—.

Estos momentos subrayan lo que para mí es la tesis central de la película, esto es: la humanidad no se define por sus circunstancias, sino por sus decisiones[9]. En la película, Neo no es especial por haber nacido con un potencial inherente, sino que se hizo a sí mismo especial el instante en que eligió la verdad por encima de la comodidad, lo cual nos invita a reflexionar sobre nuestra sociedad y nuestra humanidad, porque, en un mundo diseñado para adormecernos, el simple acto de cuestionar, de buscar una verdad más allá de la superficie, es el primer y más crucial paso hacia la libertad. Es la decisión constante de los personajes lo que desarrolla toda la película —podría, incluso, sumarse las elecciones de la máquina, reflejada en el arquitecto, ¿O no? Si elige o no, ya dependerá de las premisas filosóficas de donde partimos, yo solo reflexiono e invito a la reflexión—.

No conforme con esto, la película nos hace pensar sobre la verdadera naturaleza de la Libertad —con L en mayúsculas—, porque muchas veces creemos que somos libres, pero nuestras cadenas mentales nos atan a un sistema que se encarga de proyectar nuestra vida a detalle y de restar valor a nuestras decisiones conscientes —si es que realmente las tomamos así—. Podemos encontrarnos el caso en el que nuestra mente, todavía condicionada por las reglas del mundo que conocemos, nos impida aceptar nuestro verdadero potencial, o el verdadero potencial de lo que nos rodea[10].

En el caso de Neo, tal libertad, el poder accionar según sus elecciones que sirven como expresión libérrima de su voluntad, se cristaliza en su encuentro con el “niño de la cuchara”; mientras el niño dobla una cuchara con la mente, le ofrece a Neo la clave de su poder: “No intentes doblar la cuchara. Eso es imposible. En vez de eso, solo intenta darte cuenta de la verdad (…) No hay cuchara. Entonces verás que no es la cuchara la que se dobla, sino solo tú mismo”. Es decir, la libertad última, esa que debe entender Neo —y nosotros, porque es lo que nos conecta con nuestra humanidad—, no es un poder sobrehumano, sino una profunda comprensión de la naturaleza de su realidad y de su lugar en ella. Es esto lo que le permite dejar de ser reactivo —reaccionar al sistema— y empezar a imponer su propia voluntad sobre él —en la medida de sus posibilidades—. No es un destino, sino un proceso de decisión constante; es la vita activa, y no superflua, de la que nos hablaría Arendt, esa mediada por la elección, porque, en el fondo, es lo que nos hace humanos[11].


[1] Aquí creo importante señalar la diferencia entre (i) “naturaleza humana” y (ii) “condición humana”. En principio, (i) refiere a la esencia, el principio activo que hace ser a la cosa lo que se —es el ser en cuanto ser, en palabras de Heidegger—, mientras que (ii) refiere a las circunstancias y factores que moldean y limitan la existencia humana, es decir, es lo contingente, lo que delimita la acción humana —aunque Hannah Arendt diría que, de hecho, como un todo, es lo que está para que el humano pueda existir, tal y como es, asignando valores a las cosas y accionando en función de ello. Al respecto, ver: Hannah Arendt. 2012. La condición humana. Publicado por Editorial Paidós. Capítulo 1: “La condición humana”, págs. 35-42.—. Aunque muchas veces las personas lo usan indistintamente, como sinónimos, si somos rigurosos con el lenguaje, no lo son. Tengan presente la aclaración en la lectura del presente texto.

[2] Aquí se apela a la concepción sobre la naturaleza humana del Creativismo Filosófico, una filosofía en construcción, que —groso modo— muestra al humano como un sistema que desemboca siempre en la elección, dadas las circunstancias.

[3] Aquí podríamos hablar del síndrome de Estocolmo, pero me extenderé más de lo necesario. Si gusta profundizar en esta referencia, puede ver: Michael Huemer. 2019. El problema de la autoridad política. Barcelona, España. Publicado por Editorial Deusto. Traducción de Javier Serrano. Sección: “6.6 El síndrome de Estocolmo y el carisma del poder”, págs. 150-158. En la obra, el autor explica cómo la dinámica de poder del mundo actual lleva a muchos a defender un sistema de orden social mediado por el Estado, en el que este, a pesar de presentarse como un verdugo, consigue que muchos lo vean como algo necesario, defendiéndolo en el camino. Invito a todos a leerlo, y mejor aún si lo hacen con la obra completa.

[4] Esto podría ser, fácilmente, una crítica al consumismo, las normas sociales que moldean nuestro comportamiento, o las burbujas informativas que filtran nuestra percepción del mundo, entre muchos etc., que constituyen, en cierto modo, versiones más sutiles de la Matrix.

[5] Es la patología de la normalidad de la que habla Fromm. Al respecto, ver: Erich Fromm. 1994. La patología de la normalidad. Publicado por Ediciones Paidós Ibérica, S.A. Barcelona, España. Págs. 19, 99, 100.

[6] Esto será importante más adelante. Ver sección: “El acto radical de la elección”, en este mismo texto.

[7] Esto destaca más cuando vemos más tarde que el traidor de Cypher —mientras saborea un filete que sabe que no es real— expresa que “La ignorancia es la felicidad”, mostrando así su anhelo por volver a la Matrix, por olvidar la cruda verdad a cambio de una vida de placeres simulados, encapsula la aterradora seducción de la servidumbre voluntaria. Cypher representa a esa parte de la humanidad que, si se le diera a elegir, preferiría la seguridad de la jaula dorada a la incertidumbre de lo real. Compare esto con la nota 3 del presente texto.

[8] Neo no es el primer elegido, porque antes de él hubo muchos, y todos terminaron igual. Así está programado el sistema.

[9] Que se toman dadas las circunstancias. Si la elección es lo que nos hace humanos, en tanto sistema, como sostiene el Creativismo Filosófico —ver notas 2—, dicha naturaleza está enmarcada con la condición humana, por la contingencia, tal como resalta Arendt —ver nota 1—. Sobre este tema, siempre es bueno referir a las famosas palabras de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, en: José Ortega y Gasset. 1966 (1914). Meditaciones del quijote. Obras completas, tomo I, séptima edición. Publicado por Revista de Occidente. Pág. 322.

[10] En la película, la escena del primer salto entre edificios es fundamental, porque Neo cae del mismo, a pesar de estar en una simulación donde las leyes de la física no aplican, mostrándonos que su mente estaba estructurada con las reglas de la simulación, hasta ese momento su mundo conocido, limitando su potencial. Más adelante, en símbolo de su liberación, puede volar.

[11] Aclaro que Hannah Arendt no dice eso, yo simplemente apelo a conceptos para integrarlos con las premisas del Creativismo Filosófico. Puede leer las obras citadas sobre la autora y comprenderá mejor el tema.

El socialismo y Venezuela: no nos caigamos a coba, esto no empezó en el 99

Omar Ramírez Rondón, estudiante de economía en la ULA y Coordinador Nacional de EsLibertad Venezuela

“… Los principales partidos que dirigieron el país el siglo pasado, eran apristas —una corriente de inspiración marxista (…)—, o socialcristianos (…). En la práctica, ambos partidos emborracharon al país de petrodólares y bajo el espejismo del «ta’ barato, dame dos», ocultaron una crisis que explotó en su rostro y que terminó con el ascenso del golpista..”

Omar Ramírez Rondón

La revolución bolivariana no es la única responsable de los problemas en Venezuela, y debemos dejar de fingir que es así.

La crisis estructural en Venezuela no apareció en el 99, si bien se agravó en estos últimos 27 años, problemas como la inflación, la pobreza, la corrupción, la debilidad institucional, el clientelismo y el «enchufe» no son de este siglo en Vzla. De hecho, resolver estos problemas fue bandera de la campaña de cierto comandante difunto del batallón de paracaidistas que en el largo plazo solo los terminó de agravar.

En línea con lo anterior, es necesario recordar que muchas personas que hoy recordamos como «adalides» de la democracia y que debieron defenderla, fueron precisamente copartícipes del ascenso del Comacate al poder. No pregunten a ningún fan de la clase política del siglo pasado quiénes lucharon por lograr y aplaudieron el sobreseimiento.

Las nacionalizaciones ‘a las patadas’, el financiamiento del déficit vía inflación/emisión monetaria, la traba a la iniciativa privada, el modelo mono-rentístico dependiente exclusivamente del petróleo y el constante aumento de deuda, no son inventos de este siglo.

Existen y se han aplicado en el país desde el siglo pasado. El socialismo del siglo XXI las profundizó y acompañó de un ánimo socialista más claro y de un carácter totalitario, pero no se las inventó.

Lo más cercano a un programa ‘liberal’ de gobierno que ha habido fue el gran viraje de CAP, programa que ciertos personajes aún dentro de su partido se esforzaron en sabotear, y que aunque hoy sea demonizado, cualquiera que abra un libro de texto de macroeconomía, entiende lo necesario que eran dichas reformas en el país, aunque se puede criticar cómo se manejó a nivel político, eran las medidas necesarias, y al hacer política económica, los sentimientos poco importan, importan los resultados y evitar la resaca de continuar cometiendo errores.

Los principales partidos que dirigieron el país el siglo pasado, eran apristas —una corriente de inspiración marxista, cuyas tesis las planteó Raúl Haya de la Torre—, o socialcristianos —a ver si dejamos de decir que en el siglo pasado gobernó la ultraderecha—. En la práctica, ambos partidos emborracharon al país de petrodólares y bajo el espejismo del «ta’ barato, dame dos», ocultaron una crisis que explotó en su rostro y que terminó con el ascenso del golpista.

 Esto lo advirtieron voces como Renny Ottolina o Carlos Rangel, ambos marginados por el mainstream del momento pero cuyas advertencias hoy suenan más a profecías cumplidas.

No va sobre demonizar, ni tampoco de desconocer las cosas rescatables, ni sobre echar culpas o sobre vivir con odio, pero sí sobre no olvidar para evitar repetir errores, y de entender que si eso ya nos llevó a una crisis como la de este siglo, nos va a volver a llevar allá tarde o temprano.

Venezuela no será rica por tener petróleo, sino si sus instituciones y componente humano dan la talla. Podemos hacerlo mucho mejor que los últimos 70 años.

La transición inesperada

Por Leroy Garrett.

En la madrugada del 3 de enero de 2026, Caracas se despertó con el rugido de helicópteros y explosiones que no eran fuegos artificiales de Año Nuevo atrasado. Nicolás Maduro, el hombre que se había proclamado invencible, fue sacado a rastras de su guarida por fuerzas especiales estadounidenses en la Operación Determinación Absoluta. Lo metieron en un avión rumbo a Nueva York, junto a Cilia Flores, para enfrentar cargos de narcoterrorismo, tráfico de cocaína y posesión de armas que harían sonrojar a cualquier capo del Caribe. Trump, desde Mar-a-Lago, lo celebró como si hubiera capturado al último dinosaurio rojo: “Vamos a gobernar el país hasta que hagamos una transición segura, adecuada y juiciosa”. Palabras textuales. No era una broma.

Venezuela, que durante décadas se vendió como el faro antiimperialista del continente, amaneció convertida en estado vasallo de Washington. No fue un golpe de la oposición, ni una rebelión popular, fue la entrega final de una soberanía que ya había sido hipotecada mucho antes: primero a La Habana, después al Foro de São Paulo y sus designios regionales. El chavismo, que se jactaba de resistir al “imperio”, terminó siendo el mejor aliado de Trump para limpiar la casa. Porque el régimen no solo perdió el control territorial: perdió la narrativa de la resistencia. Su presencia global en el mercado de narcóticos —esa red que financiaba desde colectivos hasta alianzas con carteles y grupos malignos del planeta— se volvió el pretexto perfecto para que EE. UU. entrara con botas y drones. Maduro no fue derrocado por demócratas; fue extraditado por narcoindictments que databan de 2020. Ironía suprema: el antiyanqui terminó en jaula federal gringa.

Y aquí viene lo más amargo para quienes soñaban con una primavera caribeña. La oposición, esa que marchó, votó y sufrió, quedó fuera del juego. Desplazada, marginada, sin un solo asiento en la mesa de la transición. ¿Por qué? Porque durante años optó por la genuflexión estratégica: “proteger espacios”, capitulaciones, conchupancias y negociados que la convirtieron en un actor decorativo. Ni el Premio Nobel de la Paz regalado a María Corina Machado pudo torcer la percepción en Washington. Trump la descartó con desdén: “No tiene el apoyo ni el respeto necesario dentro del país”. La Casa Blanca prefirió tratar con los que controlan el territorio, el ejército y el petróleo: los mismos chavistas de siempre, ahora con cara de arrepentidos. Delcy Rodríguez asumió como interina, y el mensaje es claro: el poder no se negocia con los que piden, sino con los que pueden entregarlo.

Porque el poder es de quien puede. Y aquí, el chavismo mutó de piel con una capacidad camaleónica que no se veía en el Caribe desde el post-asesinato de Chapita Trujillo. Bajo órdenes mudas de la Casa Blanca, el régimen exorcizado a la americana inició los reparos a sus transgresiones humanas. Presos políticos liberados a cuenta gotas: primero unos pocos estadounidenses, luego decenas, cientos según anuncian, en una amnistía que huele a pragmatismo más que a justicia. ¿Los demás reparos? Está por verse. Lo que sí es cierto es que el cambio político esperado por la oposición —ese en el que pagarían las “deudas” acumuladas— se quedó en Narnia. La transición no llegó con banderas azules y blancas; llegó con dólares verdes y contratos petroleros.

La familia petrolera, quizá la más dañada por esta orgía represiva y delincuente ahora en fase de “sanación”, encuentra al fin un camino de reparación. No en Caracas, sino en las cortes de Estados Unidos, a través de un inédito fondo fiduciario (QSF) que administra activos de PDVSA embargados. Es la ironía final: el expolio chavista termina pagando indemnizaciones bajo supervisión yanqui, mientras los damnificados —trabajadores despedidos, jubilados robados, empresas expropiadas— reclaman su parte en dólares contantes.

Verdades veredes, Sancho amigo. Esta no es la transición que soñamos, sino la que el poder real impuso. El chavismo no cayó; se recicló. La oposición no ganó; se evaporó. Y Venezuela, una vez más, es el patio trasero donde se negocian soberanías ajenas. Queda en la habilidad organizativa de los grupos afectados —víctimas de la represión, ya no los trabajadores petroleros que nos adelantamos a las realidades – , pero quedan los exiliados, los torturados, los violados de toda índole alzar la voz y reclamar sus daños. Porque si no lo hacen ellos, nadie lo hará por ellos. Ni Delcy, ni las guacamayas ni menos los interinos 

La historia no termina aquí. Solo cambia de disfraz.

La justicia que no llega: cuando las regiones se adelantan al Estado

Julián Ramírez, asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica, politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra

“El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas.”

Julián Ramírez

En Colombia, la desconfianza hacia el aparato judicial ha dejado de ser un murmullo para convertirse en un clamor colectivo. Para el ciudadano común, el sistema parece moverse entre rebajas de pena, libertades anticipadas y vencimientos de términos que, en la práctica, se perciben como premios a la impunidad. Mientras tanto, en las orillas del Estado, allí donde la institucionalidad llega tarde o no llega, resurgen formas comunitarias de resolución de conflictos que, con todos sus matices y riesgos, a menudo producen más orden que el propio ordenamiento jurídico. Este contraste, incómodo pero innegable, revela un divorcio profundo: por un lado, el lenguaje solemne de la ley; por otro, la experiencia cotidiana de una justicia que, ante la ausencia estatal, termina resolviéndose por mano propia. Y esto no ocurre solo en la periferia rural, sucede, de manera cada vez más visible, en el mismísimo corazón del centralismo: Bogotá.

Cabe señalar que no se trata de negar los avances normativos ni de idealizar la informalidad. Se trata de admitir que el modelo centralista luce exhausto. Colombia es un país pluricultural y plurirregional, sin embargo, ha pretendido administrar justicia con una plantilla única, diseñada desde y para un centro que con frecuencia desconoce las periferias. La imagen es tosca, aunque útil: tratamos de vestir un cuerpo continental con un traje europeo de talla estándar; el resultado es torpeza, parálisis y frustración generalizada.

Nuestro sistema, diseñado bajo parámetros homogéneos, ignora la diversidad de legitimidades que conviven en el territorio. En Bogotá, por ejemplo, se debaten protocolos de justicia restaurativa en seminarios bienintencionados; en contraste, comunidades afro del Chocó han practicado durante generaciones formas eficientes de reparación y reintegración, y en la Amazonía los pueblos indígenas sostienen nociones de justicia profundamente vinculadas al entorno y a la recomposición del tejido social, no al mero castigo.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué insistir en un único modelo cuando el país exhibe realidades tan disímiles? No se trata de un elogio a la informalidad por sí misma, sino de un llamado a reconocer lo que ya funciona y a integrarlo dentro de un marco constitucional que lo regule y lo potencie.

Álvaro Gómez Hurtado habló de la “presencia diferenciada del Estado” para describir una nación donde la autoridad no llega igual a todas partes. En vastas zonas rurales, esta realidad se expresa en un dato crudo: cuando a un campesino le usurpan su tierra, su primer recurso no es un juzgado; acude a quien ejerce autoridad efectiva en el territorio. Durante décadas, en numerosos municipios, esa autoridad ha sido un comandante guerrillero o un jefe paramilitar.

¿Por qué ocurre esto? Porque al intentar resolverlo por vías institucionales, se le exigirían escrituras, planos y folios en una Colombia con altísimas tasas de informalidad en la propiedad. El pleito se eterniza, la violencia escala y la convivencia se rompe. En cambio, le guste o no al observador, el actor armado resuelve en horas lo que el despacho judicial tramitaría en años. No es un ideal: es la expresión brutal de un vacío estatal. La respuesta no puede ser romantizar la violencia, pero tampoco negar el fenómeno: sin justicia accesible y oportuna, la gente busca juez donde lo haya.

Este mismo patrón se replica en contextos urbanos. En barrios como Ciudad Bolívar, Kennedy o Bosa, cuando la delincuencia se desborda, los vecinos no esperan pasivamente, sino que forman “vigías” o “frentes de seguridad”, aplican castigos expeditivos a presuntos vándalos o ladrones y, en casos extremos, recurren a la llamada “limpieza social”. No se trata de anécdotas aisladas, sino de la expresión urbana del mismo vacío que, en el campo, alimenta a los “comandantes”. Aquí, el juez de facto no es un actor armado, sino la turba enardecida o grupos organizados de vecinos desesperados.

Hay ejemplos que el debate oficial suele soslayar por su carga polémica. En zonas de Urabá y del norte de Córdoba, comunidades han ejercido sanciones ejemplares contra agresores violentos: desde trabajos comunitarios hasta mecanismos de vigilancia social y reparación directa a las víctimas. No es un sistema perfecto —ninguno lo es— y conlleva riesgos de arbitrariedad. Aun así, para muchas de estas comunidades, los resultados son tangibles: menos extorsión, mayor seguridad nocturna y disuasión efectiva.

En Castilla, corregimiento del norte de Córdoba, un delincuente reincidente fue juzgado públicamente y condenado a reparar caminos vecinales. Meses después, la comunidad reportaba una sensación de mayor seguridad; el sancionado, bajo supervisión social, se había reincorporado a labores productivas. ¿Garantiza esto la ausencia de abusos? No. ¿Muestra que la comunidad, cuando se organiza, puede generar orden donde el Estado ha sido errático? Indiscutiblemente sí.

La diversidad jurídica no implica caos. Nigeria reconoce sistemas consuetudinarios junto a tribunales estatales. Guatemala admite la justicia maya en ámbitos comunitarios. Incluso en Somalia, tras el colapso estatal, el derecho consuetudinario (Xeer) mantuvo cierta paz local en territorios huérfanos de gobierno central. No se trata de copiar modelos, sino de aceptar un principio elemental: la unidad nacional no exige uniformidad absoluta.

Por ello, vale la pena discutir sin eufemismos un federalismo judicial por regiones culturales —Andina, Caribe, Pacífica, Amazonía, Orinoquía e Insular— con autonomía regulada para adaptar procedimientos, sanciones y prioridades. No es carta blanca, sino elasticidad responsable.

  1. La Constitución como techo y piso: derechos fundamentales inamovibles.
  2. Asambleas legislativas regionales con competencia en materia penal y penitenciaria.
  3. Cortes regionales con jueces formados en prácticas locales.
  4. Coordinación interregional para criminalidad transfronteriza.
  5. Sistemas penitenciarios diferenciados, con énfasis en penas alternativas donde el encarcelamiento masivo ha fracasado.

Polémicas que debemos enfrentar

  1. “¿No legitima esto la justicia por mano propia?” No. Se trata de dotar de marco jurídico a prácticas comunitarias que ya existen, evitando excesos y garantizando derechos.
  2. “¿No habrá disparidades intolerables?” Las hay hoy, solo que clandestinas y sin control. Un federalismo judicial serio visibiliza, regula y somete a estándares mínimos esas diferencias.
  3. “¿No se abrirá la puerta a castigos degradantes?” Cláusulas pétreas deben prohibir torturas y tratos crueles. La autonomía no es sinónimo de barbarie.

Conclusión: la justicia no espera al Estado

El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas. Como dijo Alirio Pineda, campesino de la Sierra Nevada, con sabiduría sencilla: “Durante siglos nos han dicho cómo debemos resolver nuestros conflictos, pero quienes nos lo dicen no resuelven los suyos”.

El debate está servido. Negarlo es condenarnos a repetir los mismos errores, mientras el clamor por justicia continúa creciendo en la periferia de un Estado que aún no decide escuchar.

EE. UU. se muestra comprometido con una transición en Venezuela, y eso es de celebrar, pero ahora es necesaria la madurez

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.

“(…) volviendo al tema de la “oposición” y la administración “temporal” estadounidense, debemos cuidarnos de no trasladar nuestro vicio mesiánico de la oposición a la Casa Blanca. El apoyo de EE. UU. es una herramienta de ingeniería institucional, justa y necesaria, no un nuevo caudillismo al cual endorsarle nuestra responsabilidad ciudadana.”

Roymer A. Rivas B.

Después de las declaraciones del presidente de EE. UU., Donald Trump, donde mostró carácter, habló con ultimátums a la cúpula chavista y confirmó su intención de administrar el país en aras de una transición, no queda más que celebrar. Durante años, esperamos este momento; hemos sido victimas de un sistema criminal que se mostraba invencible de cara a los ciudadanos; durante años, a pesar de la gran cantidad de comunicados que emitieron las organizaciones internacionales, sin acciones concretas, sólo podíamos sentir el peso de la soledad geopolítica. Son más de 9 millones de venezolanos en el exilio; llegamos a tener niveles de 92% de pobreza; la hiperinflación más grande de la historia moderna —y estamos en otra, por cierto, si somos rigurosos con la teoría y el asunto—; años de auges y recesiones de esperanzas traficadas por una oposición que es —en presente, no en pasado— servil al régimen, porque son el opuesto que su opuesto necesita para existir; y hoy, por fin, después de tanto, podemos ver luces de libertad. El régimen aparece ahora humillado ante un poder superior, sintieron lo que muchos de nosotros sentimos cuando salimos a protestar en el pasado. Sin embargo, para capitalizar este momento histórico, debemos analizarlo con frialdad.

Las acciones concretas vs las narrativas épicas: es necesario poner fin a la ingenuidad

Esta celebración no nace de la ingenuidad, sino del alivio. Estuvimos demasiado tiempo viviendo del sensacionalismo y las acciones simbólicas —no concretas— que no llegaban a nada; imperaban las narrativas épicas en todo lugar, seguida por millones de venezolanos. Hoy tenemos acciones concretas que, para los sensatos, siempre fueron el único camino real para desalojar a la dictadura chavista. Hay que decirlo con claridad, aunque genere rechazo para algunos: este triunfo responde a la determinación del presidente de EE. UU., no a la gestión del liderazgo en Venezuela, encabezado por María Corina Machado (MCM)[1] —Donald Trump ha mantenido una distancia notable con quien muchos ven como la líder del momento—. Esta distancia no es casual, es un mensaje. EE. UU. ha dejado claro que tiene la voluntad de administrar temporalmente el país, reconociendo tácitamente la destrucción total de nuestras instituciones, y quizá de las distintas dirigencias que, como ya mencioné, son serviles al chavismo.

Con esto en mente, debo resaltar, sin pelos en la lengua, que el escenario evidencia que, durante el interinato de Juan Guaidó, la administración Trump sí tenía la intención de actuar en Venezuela, quizá en mejores condiciones que ahora, pero el mismo interinato mató esa posibilidad —ya sabemos en qué terminó eso: un mar de corrupción—. A los hechos me remito: con Trump es que se han conseguido avances reales contra el régimen chavista, desembocando hoy con Maduro preparado enfrentar la justicia. ¿Cómo actuará el chavismo al respecto? ¿Quién, de claudicar el chavismo, tomará el control de un chavismo saliente? Eso está por verse —hay ciertas luces—, pero tenemos certeza de que EE. UU. se queda a administrar el país. Quizá esto no les guste a algunos, pero, siendo sinceros: ¿Piensan que todo esto es gratis? si el costo de la libertad en Venezuela es todo su petróleo —por sólo mencionar lo más relevante—, en lo que a mi respecta, lo entrego con los ojos cerrados. No se trata de ceder soberanía, sino de aceptar el andamiaje necesario para reconstruir un edificio que se cae a pedazos, se trata de entender que, en nuestra condición actual, necesitamos ayuda técnica, logística y financiera de gran calado para volver a ponernos de pie como país.

A mi juicio, muchos de los problemas del país persistirán por un tiempo —veamos si cambia o no en el futuro, dependerá de nosotros—, porque la dirigencia opositora actual, tal y como se ha presentado hasta el momento, no está preparada para asumir las riendas de Venezuela. Veo con preocupación cómo personajes con historiales reprochables, partícipes de los errores del pasado, rodean hoy a figuras como MCM. Esa oposición, de hecho, representa un riesgo, más que para la transición, para un futuro verdaderamente libre, alejado de las ideas colectivistas que nos sumergieron en la realidad en la que nos encontramos. No obstante, también es cierto que en alguno de ellos recaerá la responsabilidad de dirigir el rumbo de Venezuela en algún punto, y será un mal menor que igual hemos de aceptar y celebrar, pero no podemos perder el foco ante sus limitaciones éticas, apuntando siempre a una mejor Venezuela.

El desafío de la Venezuela que apenas se perfila para entrar en el siglo XXI: aprender libertad

Tenemos un gran desafío, el colapso del chavismo no es el final del camino. Lo que viene ahora será más complejo que la lucha que se ha librado estos años. Más allá de un cambio de presidente y diputados, entre otras cosas, es necesario purgar y reactivar un sistema que ha sido diseñado para la corrupción y el control social. Estoy hablando de reactivar la industria petrolera, por supuesto, pero también de algo más profundo: sanar el tejido social. La administración temporal propuesta por Trump puede proveer los recursos y el orden público, pero la reconciliación y la cultura ciudadana no se pueden importar; esas deben nacer de nosotros. Y aquí surge la interrogante: ¿Estaremos, como sociedad, preparados para ello? Tengo mis reservas, porque no veo pidiendo libertad, en tanto libertad, sino un cambio de régimen, pero hay esperanza —y para quienes hacemos vida en las universidades, nos queda lo que llaman “la batalla cultural”, para hacer contrapeso a eso—.

Como venezolanos, hemos de prepararnos para aprender la libertad, un concepto que nos permita no replicar los errores del populismo, el colectivismo y la expansión estatal, en distintos ámbitos, que sufren muchos países de occidente. La libertad requiere responsabilidad, respeto a la ley, vigilancia constante, meritocracia, y otras cuantas cosas más que el chavismo, de todos los colores, se encargó de reducir hasta casi desaparecerlo.

Hemos de tener algo claro: no podemos esperar resultados inmediatos, la paciencia estratégica es necesaria, y si contamos con el apoyo internacional, principalmente EE. UU., para disponer de capital y fuerza institucional para la transición, a nosotros nos corresponde poner la madurez cívica. Celebremos que el mundo nos mira y actúa, pero preparémonos mentalmente para el trabajo duro. Pocas veces en la historia se tiene la oportunidad de refundarse como nación, y como venezolanos, debemos demostrar que podemos dejar atrás el caudillismo y construir, finalmente, una nación libre. Venezuela no solo fue saqueada por el chavismo de distintos colores; fue drogada con la idea de que la riqueza es un derecho de nacimiento y no el resultado del esfuerzo individual y la propiedad privada; ya no debemos exigir derechos, hemos de exigir respeto a lo nuestro —y quienes no tengan, pues que trabajen para conseguirlo, así de simple; tampoco puede haber espacio para los parásitos, ya serán más que suficientes los que estarán ejerciendo funciones públicas—.

No todo es color de rosas: sobre la claudicación del chavismo, o no, y la oposición venezolana

Ahora bien, aunque cantamos victoria por la resolución de EE. UU., hemos de tener presente que no todo está saldado con el chavismo. Ha quedado el ala más radical en el poder, y no tenemos seguridad de que vayan a claudicar. Ante la posibilidad de enfrentar la justicia, y donde mantener el poder es lo único que les asegura la supervivencia, ellos pueden atrincherarse y esperar un segundo ataque estadounidense para volver el país un caos, o al menos intentarlo por un tiempo. No se equivoquen, tienen con qué, tienen las armas, la preparación cubana y cientos de kilómetros de selva para amargar la vida de los venezolanos. Si hemos de atravesar por eso, tocará, pero preparémonos mentalmente para ello.

Naturalmente, éste no es el escenario ideal; aunque la paz inicial pueda resultar frágil —eso lo veremos con el tiempo—, nosotros esperaríamos que el chavismo claudique, que sirva a la transición y, muy probablemente, también, termine en un exilio dorado, disfrutando de los millones de dólares que robaron a las arcas del país. ¿Nos gusta esto? No, es inaceptable. Pero si sirve a la transición, nos enfocamos hoy en ello y luego en enjuiciarlos, también. No puede ser de otra manera.

Asimismo, volviendo al tema de la “oposición” y la administración “temporal” estadounidense, debemos cuidarnos de no trasladar nuestro vicio mesiánico de la oposición a la Casa Blanca. El apoyo de EE. UU. es una herramienta de ingeniería institucional, justa y necesaria, no un nuevo caudillismo al cual endorsarle nuestra responsabilidad ciudadana. Si celebramos que Trump “mande”, debemos hacerlo porque su mando es el medio para restaurar cosas que hemos perdido en el tiempo, no porque busquemos un nuevo tutor que nos exonere de la carga de solucionar nosotros mismos nuestros problemas. Ya EE. UU. ha hecho mucho, más de lo necesario, de hecho, nos toca repensar Venezuela.

La transición no puede ser un reciclaje de rostros fracasados; no es suficiente con cambiar el color de la camisa del partido, y tampoco lo es seguir con el clientelismo. Puede que redunde en el tema, pero el desafío de nuestra sociedad será vigilar que los beneficiarios de la caída del chavismo no sean aquellos que, desde las sombras, ayudaron a sostenerlo por décadas a cambio de cuotas de poder —haya sido mucho o poco—.

Excurso: a celebrar

Dicho lo anterior, con serenidad, mediado por la sensatez, debo aprovechar para resaltar este momento histórico. No canto victoria antes de tiempo, pero celebro los pasos concretos, manifiestos, certeros, hacia la senda de la libertad —la mucha o poca que podamos tener, pero que, comparativamente, seguirá siendo más que con el régimen chavista. Es más fácil hacer contrapeso en un escenario sin represión desmedida, que en uno donde persigan a todo aquel que consideren una amenaza, o simplemente por diversión.—. Hoy destapo el Santa Teresa 1796 versión limitada, finalizado en barricas de whisky de speyside, que tenia guardado desde hace tiempo para un momento como este.


[1] Algunos van a saltar para decir que “era necesario” lo que pasó desde las primarias hasta el momento, que “sin ella nada de esto hubiese sido posible”, porque el venezolano está acostumbrado a verse su propio ombligo, creerse el centro del mundo y que de verdad, por el mero hecho de ser venezolanos, les importamos. Como sostuve el 27 de julio de 2024, no hay acción que no forme parte del proceso, y las de MCM, evidentemente, formaron parte, pero la verdadera pregunta a considerar es: ¿Todas las acciones que forman parte del proceso eran necesarias? Los errores también han formado parte de la lucha por la libertad en Venezuela, y mucho, porque no se han aprendido de ellos, en su mayoría, y no por eso podemos reivindicar la supuesta lucha de, por ejemplo, Guaidó, o Leopoldo, incluso Capriles.

El costo oculto del victimismo

Julieta Knobel es docente y autora independiente. Explora temas institucionales y dinámicas culturales en la vida pública, y es líder de LOLA Córdoba, Argentina..

“(…) cuando una sociedad interpreta el mundo desde el daño, tiende a priorizar el amparo inmediato por sobre la responsabilidad propia. Y (…) cuando se vuelve el filtro principal para evaluar la vida pública, suele abrir la puerta —sin declararlo— a formas de intervención que reducen la libertad con el tiempo.”

Julieta Knobel

El prisma victimizador

Hoy la conversación social está mucho más permeable a interpretar casi cualquier malestar personal como si fuera un daño real. Críticas incómodas, diferencias de opinión, desacuerdos o simples frustraciones pasan a describirse como “me lastimó”, “me hirió”, “me agredió”.

Esa inflación emocional del concepto de daño no se queda en lo individual: se expande hacia afuera. La gente empieza a interpretar, con el mismo lente emocional, lo que le ocurre tanto a otros individuos como a colectivos enteros.

Así, cualquiera puede ser declarado “víctima”: mujeres, palestinos, la comunidad LGBT, afroamericanos, latinos… todos. No importa si uno pertenece o no a esos grupos. Si pertenece, la sensibilidad se amplifica; si no, aparece la proyección moral: “Si yo lo vivo como daño, esto que veo afuera también debe ser daño”.

Es el mismo prisma aplicado al mundo entero. Y no se trata de “falta de empatía”. La compasión por el malestar ajeno es saludable y deseable en toda sociedad civilizada. Lo que distorsiona la mirada no es sentir con el otro, sino confundir toda incomodidad con un agravio real y leer el mundo exclusivamente desde ese registro.

El riesgo del prisma victimizador

Cuando todo se interpreta como daño o injusticia y todos parecen víctimas, ocurre lo inevitable: nada se distingue. Las víctimas reales —las que efectivamente han sufrido un delito, un abuso de poder o una agresión verificable— pierden visibilidad y se diluyen entre indignaciones de baja intensidad. Y los villanos —indispensables para sostener la narrativa— suelen ser asignados al azar, inventados o elegidos por pura adhesión emocional.

Cuando este reflejo se vuelve hábito, ya no es un error conceptual, sino un marco mental instalado. La identidad se ancla en modo “agraviada”, el juicio propio se apaga y todo se interpreta a través del prisma victimizador.

La cultura del victimismo como capital político en la región

Aquí aparece el mayor problema mayor, a saber: queda servido el terreno para que la política opere sobre la emoción antes que sobre el criterio. El victimismo empieza como un fenómeno individual —una forma de interpretar el malestar propio—, pero cuando se repite lo suficiente se convierte en un marco colectivo, un lenguaje compartido para entender el mundo.

Aunque no es exclusivo de ningún país, porque el fenómeno es global, Latinoamérica tiene condiciones que facilitan que el victimismo se consolide como cultura:

  • Instituciones frágiles, que empujan a interpretar desde la emoción;
  • Historias políticas basadas en líderes salvadores;
  • Crisis económicas recurrentes;
  • Narrativas donde el “relato” pesa más que la evidencia;
  • Una vida pública saturada de indignación moral.

Con ese suelo emocional ya preparado, el victimismo solo tiene que ocuparlo. Y cuando lo hace, se convierte en capital político: un recurso que cualquier liderazgo con incentivos populistas puede activar. Y una vez instalado, el victimismo provee exactamente lo que ese tipo de lideres necesita:

  • Un público predispuesto a detectar agravios incluso donde no los hay;
  • Una narrativa emocional ya armada, lista para usar;
  • Un villano externo permanentemente disponible;
  • Y —lo más delicado— una ciudadanía dispuesta a delegar poder en quien prometa protección.

Porque cuando una sociedad interpreta el mundo desde el daño, tiende a priorizar el amparo inmediato por sobre la responsabilidad propia. Y aunque la necesidad de protección es humana y legítima, cuando se vuelve el filtro principal para evaluar la vida pública, suele abrir la puerta —sin declararlo— a formas de intervención que reducen la libertad con el tiempo.

Un líder habilidoso solo tiene que administrar el relato: definir a los “buenos” y los “malos”, amplificar la emoción y presentarse como el único capaz de defender al público de un daño omnipresente.

Así se configura un ciclo que no es ideológico, sino mecánico: Cuanto más se vive desde el victimismo, menos espacio queda para verificar hechos y más permisiva se vuelve la sociedad frente a la intervención política.

El punto clave es este: el victimismo —que suele manifestarse primero en lo individual y luego se expande— no sólo deforma la realidad; define qué tipo de liderazgo una sociedad está dispuesta a aceptar.

Iusreologismo o derecho reológico: ¿Por qué no soy iusnaturalista, ni iuspositivista?

Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, lo demás no importa.

“(…) En este marco es que se erige el iusreologismo, como un sistema de pensamiento relativo a la naturaleza de esa cosa que llamamos “Derecho”, y que en última instancia es una teoría crítica y dinámica del Derecho que, groso modo, postula que la realidad jurídica (…) es la integración evolutiva constante de tres dimensiones fundamentales: lo fáctico, (…) lo axiológico (…) y lo normativo. Además, el rasgo distintivo que se concibe es la Historicidad (…) como el marco estructural —u horizonte de sentido— que envuelve y media la convergencia dialéctica de las tres dimensiones.”

Roymer A. Rivas B.

En el presente texto pretendo dilucidar los errores y/o los límites de una de las creencias que prácticamente sostiene toda la estructura filosófica de lo que hoy es el libertarismo, en sus diferentes vertientes —se entiende que hay matices allí, pero a efectos prácticos se tomaran todos los diversos matices que separan entre sí a quienes se identifican en mayor o menor medida con la corriente libertaria y se tratarán como si fueran una misma cosa o línea de pensamiento—. El punto central a tratar es el iusnaturalismo, que supone la existencia de derechos trascendentes y anteriores a los que emite algún órgano director —Estado—. En adición, dado que la crítica común de mis queridos detractores liberales dogmáticos es la de señalarme una supuesta adherencia al iuspositivismo, entendido como el rechazo al vinculo que existe entra la moral y la norma, siendo ésta normalmente la que emite un poder centralizado para enmarcar la conducta humana en la cosmovisión de quienes emiten dichas leyes, independientemente de si son reprochables o no, me veo en la necesidad de ir contra dicha concepción, también.

Si bien, aclaro que esto es un manifiesto, por lo que no pretende ser un texto exhaustivo o riguroso. Entiendo perfectamente que el tema amerita dicha rigurosidad, pero eso requiere una extensión innecesaria para el fin que me propongo ahora, contando, además, de que el tema es apenas un inciso —profundo y extenso— en toda la estructura de lo que nosotros llamamos Creativismo Filosófico —destacando Ilxon Rojas, más que yo, al momento de tratar éstos temas en concreto—. Trabajamos en ello, y con el tiempo van a ir saliendo textos —han salido algunos, de hecho, aunque no de forma sistemática ni estructurada, y éste texto puede contar como uno más de ese conjunto—. Ergo, me reservaré citas —que comúnmente abundan en mis ensayos—. Pero, ¿Cuál es el fin? Pues, uno muy simple: cambiar las reglas del juego cuando se debaten temas de libertad, optimizando su defensa y, con ello, blindando de críticas que comúnmente —y correctamente, en buena medida— se le hacen cuando toca hablar de temas del Derecho, con D mayúscula, es decir, de Filosofía del Derecho, que es la base de comprensión de esas pautas que terminan por enmarcar la conducta humana. Siendo más específico, dejar sin argumentos a quienes pretenden encasillarme en doctrinas que mutilan la realidad, de las la gran mayoría, por no decir todos, son seguidores, para obligarlos a tratar las premisas con las que defiendo mi postura con razonamientos adecuados.

¿Significa lo anterior que yo no estoy equivocado? En lo absoluto. Puedo estarlo. Pero, en definitiva, los argumentos con los que pretender demostrar que lo estoy son absurdos que sólo reafirman mi posición. No somos nosotros los que tienen que demostrar que ustedes yerran, porque para eso no se necesita mucho rigor, más bien son ustedes los que han de demostrar que todo el entramado filosófico que groso modo trataré aquí está equivocado. Con total respeto, aunque esto constituye una declaración de guerra filosófica, yo los desafío a ello.

El iusnaturalismo y los liberales

Difícilmente encuentre un liberal que no fundamente su defensa de la libertad en los —supuestos— “derechos naturales”. La tradición desde Platón y Aristóteles, pasando por Tomás de Aquino, la escuela de Salamanca, la ilustración, la modernidad, y llegando hasta Juan Ramón Rallo, con sus diferentes matices, es que existen derechos inherentes en el ser humano, llegando algunos incluso a afirmar que hacen ser al humano lo que es: es decir, que el humano es humano en tanto y en cuanto tiene derechos intrínsecos. Esto se traduce en una mezcla entre el concepto de Derecho con la misma naturaleza humana.

Un inciso importante que se debe hacer es que, si bien es cierto que en el pasado se concebían los derechos naturales como unos concebidos por alguna divinidad, desde la llegada de Rothbard y su ética para la libertad, yendo en paralelo con Rand y su moral objetiva, y encontrando su más fuerte defensa en la ética de la argumentación de Hoppe, muchos han dado un giro para defender los derechos naturales como unos aprehendidos de alguna manera por la razón. Todo ello en contraposición del iuspositivismo, que es el enemigo natural de los liberales, en cuanto tienden a defender las normas del poder centralizado, y el liberalismo se opone a dicho poder[1].

En otras palabras, los liberales se apegan a una tradición que sostiene que las leyes no son creadas por ningún gobierno o autoridad, sino que derivan de la misma naturaleza humana y la razón, siendo, a priori: (i) universales, porque pertenecen a todos los seres humanos en todo tiempo y lugar; (ii) inalienables, porque no pueden ser transferidos, vendidos[2] o arrebatados legítimamente; y (iii) anteriores y superiores al derecho positivo. ¿Cuáles son éstos derechos? El derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad —o a la vida, libertad y felicidad, dependiendo de a quien le pregunte, porque la propiedad tiende a verse como algo indisociable de la libertad, o incluso lo que hace posible todas las demás… tome el que más le guste, me es indiferente, porque todos están equivocados—.

Naturalmente, todo ello funge como un presupuesto filosófico para la doctrina del Estado limitado y la soberanía del individuo —e incluso otra aberración más como el constitucionalismo liberal, que de liberal tiene lo que yo tengo de astronauta, independientemente de su origen—. La existencia de derechos inalienables significa que el poder del Estado[3] no es absoluto y que éste sólo debe estar sometido a la defensa de los mismos, dando cuentas, además, a los individuos, a quienes no debe violentar su esfera privada. Si algún Estado incumple su misión fundamental de proteger los derechos naturales, o peor aún, los viola —que, a juicio de los anarquistas, es siempre—, los ciudadanos tienen derecho a desobedecer y, en última instancia, derrocarlos.

El iuspositivismo y los liberales

Partiendo de esta concepción, se entiende que los enemigos naturales sean los iuspositivistas, dado que defienden un sistema de normas jurídicas escritas y promulgadas que han sido —a su juicio— cálidamente creadas por una autoridad competente —parlamento, monarca, cuerpo judicial— dentro de una comunidad política —principalmente el Estado—. A diferencia del derecho natural, que se enfoca en leyes universales, el derecho positivo pretende ser: (i) fáctico y vigente, porque existe y tiene validez aquí y ahora, independientemente de si es considerado moralmente justo o injusto; e (ii) histórico y variable, porque su contenido cambia según el lugar, la época y las decisiones de la autoridad creadora. Si bien, señalo que “pretende serlo” porque, en realidad, con todos sus procedimientos formales —establecidos por el propio sistema— termina por cargarse con toda la historicidad y los hechos, bien entendidos, que hacen ser al Derecho lo que es.

Hacia un concepto de Derecho con sentido: tridimensionalismo jurídico crítico

No obstante, ambas tradiciones yerran al momento de abordar esa realidad que llamamos Derecho, por cuanto la reducen a los respectivos elementos que cada uno pretende analizar y vender como si fuera el absoluto del Derecho. A la luz de estos errores, llega el tridimensionalismo jurídico crítico —que no es, valga la redundancia, el tridimensionalismo jurídico tradicional sostenido en Miguel Reale y Carlos Fernandez Sessarego, un poco más en el primero que en el segundo, aunque ambos, evidentemente, son influencias directas—. Si bien, a mi me gusta más llamarlo: Derecho reológico[4], por lo cual sería un iusreologismo —o Realismo Jurídico Reológico[5]—.

Básicamente, lo que llegamos a decir es que el Derecho tiene tres dimensiones: lo factico —hechos, y que, en el caso de Sessarego, habla de “Vida”—, lo axiológico —valores—, y lo normativo —ley formal, lógica, racionalizada, expresado en lenguaje y plasmado en códigos—. En este sentido, se rescata el tridimensionalismo jurídico tradicional, pero nos distanciamos de ello por cuanto, unos u otros, priman la norma o la vida por sobre las demás dimensiones —como si acaso pudiesen desvincularse la una de la otra, o estructurarse jerárquicamente—, o incluso parten de un concepto de la naturaleza humana y la libertad bastante viciada. No conforme con estas distancias, a estás tres dimensiones en conjunto se les enmarca en la historicidad —evolución en el tiempo de la institución—, que es donde surgen los horizontes de sentido del Derecho —y, por consiguiente, de la comprensión humana sobre el tema—.

¿De qué trata cada dimensión y su respectivo marco? El hecho refiere a que el Derecho es un fenómeno histótico-cultural que ocurre en un tiempo y lugar determinado, es decir, se despliega en la interacción de la comunidad; el valor trata de los significados de las estimaciones que hacen los miembros de la comunidad a los hechos concretos en donde se desenvuelven —su entorno, interno y externo—, y tiene que ver con la moral; y lo normativo alude a la formalización de las leyes que surjan de lo anterior y que muchas veces es necesario expresar con palabras para tratar temas concretos —y es lo que da paso a la coacción legítima—. La historicidad media cada una de las dimensiones porque, a priori, sólo la interacción humana en el tiempo es lo que hace converger las dimensiones y las introduce en el campo del sentido para el ser humano, aprehendiéndolas por ensayo y error, moldeando su conducta. Es una dinámica evolutiva donde lo fáctivo se consolida y presiona para convertirse en norma —no siempre consiguiéndolo, y tampoco es necesario que siempre lo consiga—, lo axiológico inspira y orienta la creación de la norma, y ésta llega para probar en la realidad si es eficiente y/o justa para solucionar problemas concretos que surjan en la convivencia, con el objeto de mantener la confianza en las interacciones humanas.

Los errores del iusnaturalismo y el iuspositivismo

La constatación, aplicación, observancia y efectividad real del Derecho sólo llega en la conjunción de sus tres dimensiones. El iusnaturalismo falla al sobrevalorar la dimensión axiológica a expensas de las dimensiones fácticas y normativas, las cuales subordina a la primera. Por si fuera poco, siquiera parte de una comprensión cabal de los valores, porque para ellos es algo estático, aprehensible por la razón, y no algo dinámico que se debe a la misma naturaleza de las relaciones humanas, donde prima la relatividad de los valores —no en el sentido de escepticismo extremo, sino uno contextual y evolutivo que está mediado siempre por la intersubjetividad, que es, de facto, la característica prima facie de la dimensión axiológica—. Claro, esto la sumerge en dificultades para traducir de forma unívoca tales derechos en normas, porque desprecia la certeza jurídica en absoluto —ni el mismo Hayek, siendo, a mi juicio, el pensador más grande de la Escuela Austriaca hasta el momento, estaba de acuerdo con ello—. Adicionalmente, ignora que el Derecho tiene vigencia y efectividad en el mundo real —no metafísicas absurdas, sino una responsable científicamente— para ser considerado como tal: Derecho.

Asimismo, el iuspositivismo falla al relegar la dimensión fáctica al campo de la política, enfocándose sólo en la validez formal —norma—, sin reparar, aunque diga hacerlo, en los hechos que hacen posible y empujan a la creación de la norma, sostenida en la acción humana, mediada siempre por valores. Aunque se pueden rescatar ciertas cosas puntuales del iuspositivismo, en lo que compete a la norma, cometen el error garrafal de reducirlo a ello.

El iusreologismo: el sistema de pensamiento relativo a la naturaleza de la cosa Derecho

En este marco es que se erige el iusreologismo, como un sistema de pensamiento relativo a la naturaleza de esa cosa que llamamos “Derecho”, y que en última instancia es una teoría crítica y dinámica del Derecho que, groso modo, postula que la realidad jurídica no puede ser reducida a una única dimensión —ni axiológica, ni normativa—, sino que es la integración evolutiva constante de tres dimensiones fundamentales: lo fáctico —el hecho histórico-cultural y la interacción comunitaria—, lo axiológico —los valores y las estimaciones morales relativas y dinámicas de la comunidad— y lo normativo —la ley formal, lógica, racionalizada y codificada—. Además, el rasgo distintivo que se concibe es la Historicidad —evolución en el tiempo de la institución, el ensayo y error— no como una dimensión adicional, sino como el marco estructural —u horizonte de sentido— que envuelve y media la convergencia dialéctica de las tres dimensiones. Esto es: el proceso de tensión, conflicto y superación constante en la interacción de lo fáctico, lo axiológico y lo normativo hace ser, y al mismo tiempo impulsa su evolución, a un sistema con identidad propia que llamamos “Derecho” —las tres dimensiones y su marco no son una suma o yuxtaposición de partes, sino un todo—. En este marco, el Derecho se entiende como un sistema en flujo permanente cuya finalidad es moldear la conducta humana y mantener la confianza en las interacciones mediante un proceso de prueba y ajuste.

Un verdadero estudio del Derecho debe partir de la integración evolutiva de la norma, el hecho y el valor a lo largo del tiempo, porque el Derecho no es una realidad unidimensional, como lo pintan desde el iusnaturalismo y el iuspositivismo, sino que es multidimensional. Y sólo comprendiendo bien la naturaleza humana —sistema humano— y la naturaleza de la sociedad —sistema sociedad— es que se pueden abarcar estos temas cabalmente —o al menos hasta el cenit de lo que nos permite el conocimiento hoy—.

¿Quieren textos para, en mayor o menor medida, comprender el asunto? Por ahora, hasta que se publiquen los tratados del Creativismo Filosófico, en sus diferentes vertientes, pueden aproximarse leyendo lo siguiente:

  1. Lean sobre el tridimensionalismo jurídico: Carlos Reale y Carlos Fernández Sessarego —o sus estudiosos, pero ellos son la base—.
  2. Lean la teoría egológica del Derecho: Carlos Cossio, en donde se presenta el Derecho como “conducta en interferencia intersubjetiva”, siendo, no la norma, sino la conducta humana el objeto de estudio del derecho —algo que comparte con el tridimensionalismo jurídico tradicional, al menos por el lado de Sessarego—.
  3. Lean a los libertarios Bruce Benson —justicia sin estado— y Bruno Leoni.
  4. Lean a Hayek, los procesos espontáneos y su obra magna sobre el asunto aplicado al Derecho: Legislación y libertad. Y léanla bien —estúdienla—.
  5. Lean a César Martínez Meseguer y la teoría evolutiva de las instituciones sociales, que trasciende a Hayek sobre el tema, especialmente el método de estudio para abordar el estudio de las instituciones a lo largo del tiempo.
  6. Conversen con Ilxon Rojas, o, en su defecto, conmigo.
  7. Pero, sobre todo, pongan en tela de juicio sus dogmas. La ciencia y la defensa de la libertad nunca han avanzado con dogmas, más bien todo lo contrario. Y hoy el liberal, lamentablemente, se ha quedado rezagado con teorías de los siglos XVIII, XIX y XX que, aunque fueron funcionales en el momento, y se avanzó con el conocimiento que se tenía, en definitiva, no sirven para abordar los asuntos que competen a la libertad con rigurosidad. Empero, se necesita humildad intelectual para hacer todo ello.

[1] Un simple inciso que no compete al tema: aquí hablamos de poder político concentrado, pero también cabe el económico.

[2] Yo quisiera ver cómo van a evitar esos liberales que yo me entregue a la esclavitud de forma voluntaria, sin apelar a la coacción y sin intentar minusválidar mi voluntad. Allí se les acaba todo el discurso moralista entorno a la voluntad y la libertad.

[3] Estado, no gobierno, porque no son lo mismo, aunque muchos liberales lo usen indistintamente. Al respecto, puede ver: Roymer Rivas. 2023. Sobre la confusión entre las ideas de “Estado” y “Gobierno”. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/sobre-la-confusion-entre-las-ideas-de-estado-y-gobierno/ (Cit. 27/11/2025).

[4] Apelando a la terminología de la herramienta “Reología filosófica” que desarrolla el grupo de “Filosofía fundamental”, encabezado por el profesor Sierra-Lechuga. Si bien, que lo tengamos de referencia no significa que adhiramos a absolutamente todos sus postulados.

[5] Que no es el Realismo jurídico norteamericano.

Aung San Suu Kyi y María Corina Machado: el espejismo del poder en Myanmar y Venezuela

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

En el vasto tablero de la geopolítica latinoamericana y asiática, pocas figuras encarnan mejor la paradoja del contrapoder que Aung San Suu Kyi y María Corina Machado. 

Ambas mujeres, iconos de la resistencia no violenta contra regímenes autoritarios, han sido elevadas a laureadas del Nobel de la Paz: Suu Kyi en 1991 por su lucha contra la junta militar birmana, y Machado en 2025 por su desafío al chavismo en Venezuela. Ambas prometían ser faros de democracia, pero su ascenso al poder ha sido tan elusivo como un espejismo en el desierto. ¿Por qué, a pesar de victorias electorales abrumadoras y apoyo internacional, el mando real les ha sido negado? En el caso de Machado, esta elusión se entreteje con la presencia militar estadounidense en Venezuela —formalmente justificada por la “guerra contra las drogas”—, y con una percepción sutil, pero persistente en los círculos de poder de Washington, de que ella no está “preparada” para gobernar. Esta narrativa, tejida entre halagos y reservas, revela no solo las fragilidades de estas líderes, sino las dinámicas de un imperialismo que coquetea con la democracia solo cuando conviene.

Paralelismos en la Trayectoria: Del Icono al Exilio Interno

Aung San Suu Kyi y María Corina Machado comparten un guion casi idéntico: hijas de elites educadas en Occidente (Suu Kyi en Oxford, Machado en Yale), regresan a sus países para fundar movimientos cívicos que escalan a plataformas políticas. Suu Kyi, hija del héroe independentista birmano Aung San, fundó la Liga Nacional por la Democracia (LND) en 1988, ganando elecciones en 1990 que la junta ignoró, confinándola a 15 años de arresto domiciliario. 

Machado, ingeniero industrial de 58 años, inició con Súmate en 2002 para defender el voto, fue elegida diputada en 2011 con récord de sufragios, y expulsada en 2014 por denunciar corrupción chavista. En 2023, arrasó en primarias opositoras con el 92% de los votos, pero fue inhabilitada para las presidenciales de 2024, optando por un sustituto, Edmundo González, cuya victoria alegada fue robada por Maduro.

Ambas han sido “Santas laicas” para Occidente: Suu Kyi, la “Mandela birmana”, simbolizó la no violencia hasta su caída por defender al ejército en el genocidio rohinyá (2017), que le valió el descrédito global y un golpe en 2021 que la encarceló nuevamente.  Machado, comparada explícitamente con ella en medios como The Times of India y The Christian Science Monitor, recibe elogios por su “coraje moral” contra la “oscuridad creciente” de Maduro, pero con una advertencia: “Ser comparada con Suu Kyi es un cumplido y una alerta” ante riesgos de “absolutismo” y “compromisos morales”. En X, usuarios como @Franchuterias destacan cómo el Nobel de Machado, como el de Suu Kyi, envía un “mensaje a los demócratas”, pero ignora si podrá asistir, al igual que su predecesora en 1991. 

El poder les ha sido elusivo por mecanismos similares: militares todopoderosos (la Tatmadaw en Myanmar, las Fuerzas Armadas en Venezuela) que vetan transiciones. Suu Kyi gobernó de facto desde 2015, pero la constitución birmana le prohibía la presidencia por sus hijos extranjeros, y el ejército retuvo el 25% de escaños. Machado, inhabilitada por “corrupción” (acusaciones que ella desmiente como distracciones de la crisis económica), vive oculta desde enero de 2025, tras un secuestro y golpiza que la dejó herida visiblemente. Ambas victorias electorales —la LND en 2015 para Suu Kyi, González-Machado en 2024— fueron anuladas, dejando a estas mujeres como “líderes sin corona”.

¿En qué consiste la presencia de USA en Venezuela?

Aquí radica la gran diferencia: mientras Suu Kyi luchó contra una junta aislada, Machado opera en un contexto donde la “armada americana” —como las llama— orbita Venezuela bajo el pretexto de la guerra contra las drogas. Desde agosto de 2025, EE. UU. ha desplegado siete buques de guerra, un submarino de propulsión nuclear y 6.500 tropas en el Caribe, hundiendo al menos cinco embarcaciones venezolanas con 27 muertos en strikes “antinarcos”. Trump justifica esto como “conflicto armado no internacional” con carteles como Tren de Aragua, designados “narco-terroristas”, y ha autorizado operaciones encubiertas de la CIA en suelo venezolano.;Maduro denuncia “fake news” y moviliza milicias; analistas ven un “pretexto” para derrocarlo, sin aprobación del congreso. 

Machado apoya esto abiertamente: en entrevistas con BBC y Christiane Amanpour, celebra el “despliegue internacional” para cortar “ingresos ilícitos” al régimen, y coordina con asesores de Trump planes para las “primeras 100 horas” post-Maduro. Dedica su Nobel “en parte a Trump”, quien la nominó vía Marco Rubio. Pero esta alianza no garantiza el poder: EE. UU. la respalda como “símbolo”, pero la presencia militar —con strikes ilegales según la ONU— escalada la tensión sin derrocar a Maduro, dejando a Machado en un limbo de “espera estratégica”.

Percepciones en Washington: ¿Una Líder “No Preparada”?

En círculos de poder estadounidenses —el Departamento de Estado, Think Tanks como Chatham House, y asesores trumpistas—, Machado es alabada por su “valentía increíble” (David Smilde, Tulane), pero con reservas sobre su preparación para gobernar. Críticos la ven como “extremista de derecha”, promotora de privatizaciones petroleras que enriquecerían a firmas yankis, y aliada en el fallido “gobierno interino” de Guaidó (2019-2023), que dilapidó activos venezolanos. Como Suu Kyi, cuya “falta de habilidades” para reconciliar etnias la hizo fallar en gobernar, Machado es vista como “símbolo, no estadista”: valiente en protestas, pero inexperta en coaliciones amplias o políticas sociales. En The Guardian, se cuestiona si su “amenaza creíble de fuerza internacional” (2019) la descalifica para la paz.  EE. UU. la usa como “proxy”, pero teme que su “absolutismo” genere caos post-Maduro, similar al backlash contra Suu Kyi por los rohinyá.

Conclusión: Contrapoder en Jaque

Suu Kyi y Machado ilustran cómo el contrapoder femenino en dictaduras es celebrado globalmente, pero saboteado local e internacionalmente. El Nobel las inmortaliza como mártires, pero no las empodera: Suu Kyi languidece presa; Machado, oculta, depende de un Trump volátil, cuya “guerra contra drogas” es eufemismo para la hegemonía estadounidense. En Washington, la percepción de Machado como “no preparada” —extrema, dependiente de intervenciones— refleja una dualidad preocupante para los venezolanos: se aplaude su lucha, pero se reserva el timón para proxys más “gobernables”.

En este escenario, cabe resaltar que para la secuestrada asiática su reclusión domiciliaria no parece tener fin, para la venezolana, junto a un escenario opositor turbio, no disciplinado y cuestionable, pareciera que la flota militar en el Caribe no basta para encender el cambio. Pero, al final, solo la historia lo dirá.

La sociedad que construimos: el poder de las creencias

Valentina Gómez es economista (UCAB), fundadora Impulsa Tu Economía, y coordinadora local senior de EsLibertad Venezuela. En todos sus espacios, aprovecha cada oportunidad para reflexionar sobre las ideas de la libertad y empoderar a quienes le rodean.

“La educación formal nos da las herramientas para ser más racionales, críticos y competentes. Nos enseña a resolver problemas, analizar y entender lo que nos rodea. Sin embargo, no siempre nos enseña a desarrollar la empatía, la compasión o la solidaridad.”

Valentina Gómez

Hace poco leí una frase que me hizo reflexionar: “ La violencia no es algo aleatorio, es una respuesta desesperada a un sistema de desigualdades que ha fallado”. En este artículo analizaremos los motivos que han impulsado la violencia como recurso ante las diferencias, mi punto de vista y una posible solución. Resulta inquietante pensar en el futuro de una sociedad que continúe así.

Kirk era activista; realmente no importa su ideología. Lo que realmente importa es que su única arma era un micrófono y fue asesinado por miedo a su capacidad de influir. ¿A cuántos de nosotros nos gusta opinar? ¿Cuántos de nosotros ha tenido una opinión distinta a la de un grupo de personas? La opinión es un derecho, al perderse se pierde la libertad. Atacar la libertad de expresión es atacar la libertad de pensamiento, atentar contra la democracia y, poco a poco, eliminar rastro de oposición con el fin de adoctrinar a la población. De continuar de esta manera se normalizará esta opción para silenciar a los demás.

Al igual que Kirk, Miguel Uribe Turbay también fue silenciado. Ambos compartían la misma arma. Nadie debería ser atacado en un momento de exposición pública, es como disparar por la espalda, tu oponente no está alerta, mucho menos preparado o en igualdad de posición. Es desgarrador que esto ocurra y que hablar se convierta en un acto de rebeldía.

Miguel Uribe, excandidato presidencial asesinado en Colombia

¿Qué que motiva a las personas al uso de la violencia?

Como dice Corey Robin en su libro: “El miedo: historia de una idea política”, el miedo no es solo algo que existe en las personas, sino que es un instrumento para mantener el statu quo y perpetuar el dominio de las élites sobre el resto de la sociedad.

Amnistía Internacional y Human Rights Watch concuerdan en que el objetivo es evitar que se difundan ideas que promueven la justicia social, la defensa de los derechos humanos y la rendición de cuentas.

En resumen, uno de los motivos principales y más importante de estos actos es el miedo a las ideas del activista o político, se utiliza como control social. Suele ocurrir que estos actos son realizados por personas extremistas y manipuladas por una figura de autoridad o una creencia que les dice que violencia es la única respuesta. Una persona así está desvinculado a la creencia de que Dios existe, una persona que cree en el Dios católico, no mataría.

Ahora, hay un escritor que realizó uno de los mejores libros que he leído en mi vida, Yuval Noah Harari escribió: “Sapiens: De animales a dioses”. En este explica la creación de la creencia de que Dios existe, por qué es importante que creamos en un ser superior y cómo esta creencia nos ha formado como mejores seres humanos, alejándonos de nuestros instintos más primitivos.

Recordemos que los seres humanos somos animales. Lo que nos diferencia de otros animales es nuestra capacidad de razonar, discernir entre lo bueno y lo malo y poder tomar decisiones que nos den un mejor resultado en la vida. Creer en Dios es importante para temerle a algo más grande y poderoso que nosotros, por décadas nos ha salvado de conflictos y alejado de antiguas normas sociales.

Una de esas normas que se ha ido eliminando es la poligamia. Cuando un hombre tiene varias mujeres, su vida se vuelve caótica y genera conflictos en su entorno. Al tener una sola pareja, su atención puede enfocarse en cuidar a su familia, ser un mejor padre y un mejor ser humano. En pocas palabras, la creencia en Dios ha sido un factor crucial para ordenar la sociedad. Ha permitido que vivamos de una manera más organizada y menos primitiva.

Harari lo explica en su libro con algo como: «Dios no existe, pero no se lo digas a mi jardinero, porque me mataría». La frase del «jardinero» ilustra que, aunque una creencia sea una ficción, el miedo a las consecuencias de esa creencia es muy real. El jardinero no mataría a su jefe porque exista un dios, sino porque cree en las reglas, las leyes o los castigos que esa creencia impone. Es el miedo a la ira divina, o a la condena social, lo que lo mantiene obediente.

Aunque no creas en Dios, es necesario promover los valores que la religión ha inculcado en la sociedad, como el respeto, la tolerancia y la cooperación, ya que la educación por sí sola no es suficiente.

La educación formal nos da las herramientas para ser más racionales, críticos y competentes. Nos enseña a resolver problemas, analizar y entender lo que nos rodea. Sin embargo, no siempre nos enseña a desarrollar la empatía, la compasión o la solidaridad. Un asesino, por ejemplo, puede ser una persona muy educada, pero sus actos demuestran una total falta de valores morales. En cambio, la religión nos enseña a sentir, a ponernos en el lugar del otro y a actuar con empatía y compasión.

Hoy en día, cada vez más personas se identifican como no religiosas. Si bien es cierto que la idea de un solo camino a la verdad puede llevar a la intolerancia y a la violencia, la forma en que se interprete y se aplique esa creencia es crucial. Si aplicamos el entendimiento, podremos mejorar esta creencia y, con ella, a nuestra sociedad.

¿Estás de acuerdo? ¿Qué más podemos hacer para mejorar la sociedad?

El factor Assad: una reflexión para Venezuela

Por Leroy Garrett (@lerogarrett).

A un año de las fallidas elecciones del 28 de julio del año pasado, el escenario geopolítico ha dado un vuelco. La designación del gobierno como organización terrorista, la condena a su negocio alterno al petrolero y la presencia de la flota de guerra norteamericana más grande y autosuficiente jamás movilizada en el Caribe dan cuenta de un punto de quiebre culminante, pero no necesariamente expedito.

La asociación del régimen a las causas más condenables de la humanidad le otorgan un peso militar específico, sus alianzas regionales (Cuba) y mundiales (Rusia y China) podrían convertir a nuestro territorio en la respuesta de la guerra proxy, un formato que prolongó la agonía de Assad en Siria.

El arribo de Chávez al poder produce las condiciones de una guerra civil hasta ahora contenida con el pacto secreto y descarado con el tinglado del colaboracionismo. Pero el evidente vacío de representación y liderazgo de la oposición podría generar espontáneamente una fuerza de insurrección hacia al chavismo comparable con el caso libio o, más atrás, la insurgencia española al reinado de Pepe Botella Bonaparte en el siglo XIV.

Ya la dictadura subversiva, en sí misma, tiene sus grupos en Armas entre criollos e importados, lo cual limita la decisión de las Armas de EE. UU. a atacar con todo el poder de sus capacidades. Por ahora. 

Es bien sencillo, no se quieren dar el lujo de hacer de Caracas una nueva Bagdad y no encontrar en la incursión al Saddam tropical.

Pero el escenario pavoroso para la población civil y el resto de la superviviente infraestructura nacional es un ataque teledirigido con misiles con objetivos quirúrgicos que liquidar, por ejemplo, laboratorios y centros de acopio. 

Ante una dirigencia que a la que poco importa la felicidad de los ciudadanos (Régimen y colaboradores) la subversión buscaría utilizar a la población civil como escudo, ¿Aleppo, Damasco o más cerca Gaza? 

Es necesario recordar que Siria comenzó como protestas en 2011 y escaló a un conflicto total con intervención extranjera, resultando en la deposición de Assad en 2024. Una década de hostilidades Sirias, incontables muertes, destruccion total, estoy convencido de que no es lo que busca la misión militar Norteamericana en el Caribe.

Pero eso ni impide, ni previene, que la liberación del territorio de Venezuela pueda ser un proceso agónico enmarcado en controlar el narcotrafico, asegurar sanciones y destruir lo ilícito. El otro problema que cabe señalar, y sin duda conocido por EE. UU., es ¿Quien eventualmente reemplazaría al chavismo? Ese es también un mayor problema.