Por Leroy Garrett (@lerogarrett).
El vacío que nadie quiere nombrar.
Desde el 3 de enero de 2026 Venezuela no cuenta con un gobierno independiente. La oposición, desesperada, clama por elecciones. Todos calculan el lapso provisional que la Constitución chavista de 1999 prevé una vez declarada la ausencia absoluta del presidente —quien, dicho sea de paso, permanece detenido en Nueva York—. Pero esa ausencia no ha sido declarada. Y ahí radica la primera gran contradicción.
Si, como la propia oposición ha sostenido desde hace años, Nicolás Maduro es un usurpador y Edmundo González Urrutia el presidente legítimo electo desde 2024, entonces la usurpación misma ya derogó de facto la Constitución de 1999 por incumplimiento radical de su norma primaria. ¿Cómo se puede invocar ahora el mismo texto que se declara violado para legitimar un período provisional que nunca se activó? La lógica jurídica se quiebra. O la Constitución sigue vigente y Maduro no es usurpador, o la usurpación consumada la anuló. No hay tercera vía.
A todo evento —y no me equivoco— la Constitución quedó sin efecto el 3 de enero pasado. Según la teoría pura del derecho de Hans Kelsen, un hecho de fuerza ajeno y violento —como la extracción norteamericana que ordena de facto las decisiones del actual aparato estatal— anula la plenitud hermética de la norma primaria. Lo que queda subyacente son únicamente los derechos naturales inalienables de los ciudadanos. El resto es apariencia.
Un gobierno tutelado, no soberano.
Las decisiones del gobierno de los Rodríguez no son ni autónomas ni soberanas. Están íntimamente ordenadas por los Estados Unidos a través de la OFAC y la Embajada en Caracas. El aparato del Estado funciona sin legalidad propia. Sus acciones, por tanto, podrían ser reputadas como nulas de pleno derecho. La normalidad provisoria del gobierno de Delcy Rodríguez no es más que una ficción administrativa sostenida por un poder foráneo.
Esa ficción requiere, para ser supletoriamente legalizada, un acto constitutivo similar al que se empleó en 1945 con la caída de Medina Angarita: un acta fundacional que restablezca el orden jurídico desde sus cimientos. Dicha acta debe establecer, de manera inequívoca, un calendario electoral real en los próximos tres años. Tres años que se invertirán, no en pantomimas electorales, sino en construir un registro electoral fehaciente, un cronograma creíble y las garantías mínimas de transparencia que el país no ha visto en un cuarto de siglo.
No bastan elecciones. Hace falta sinderesis.
Esa hoja de ruta no es solo un requisito de responsabilidad que los venezolanos esperan de las oposiciones. Es un asunto de sinderesis política. La agenda de recuperación nacional debe privilegiar, desde el primer día, la creación de una Comisión de la Verdad con autoridad substanciadora y un Tribunal Especialísimo que juzgue los abusos, las malversaciones y los crímenes cometidos durante veinticinco años de desastre. Las condenas que se dicten deben cumplirse. Sin verdad ni justicia no hay reconciliación posible.
La posibilidad real es un gobierno de inclusión nacional que, una vez constituido el órgano constituyente, traiga a colación el articulado democrático-representativo de la Constitución de 1961 —ilegalmente derogada— con sus respectivas incorporaciones vía enmienda. Elecciones por elecciones, a juro, no curan el país. El orden constitucional hecho a la medida del gobierno ya no existe.
Es hora de hablar de un proyecto de país.
Ruptura constitucional e intransigencia electoral son dos caras de la misma moneda. La primera es un hecho consumado. La segunda, una terquedad suicida que pretende resolver con urnas lo que requiere primero un acto refundacional. Venezuela no necesita otro simulacro. Necesita un proyecto de nación que restaure la legalidad, repare a las víctimas —incluidas las 23.000 familias del Holocausto Petrolero que este cronista defiende desde las trincheras judiciales—, castigue la corrupción y devuelva la soberanía al pueblo.
El tiempo de las ficciones ha terminado. El tiempo de la verdad y la reconstrucción debe comenzar, decodifiquemos los signos de la historia.