
“(…) Cuando un país no crece, quien paga el costo no son los polìticos, sino las personas que no encuentran empleos bien remunerados, que migran por falta de oportunidades y los inversionistas o emprendedores que prefieren llevar su capital a otros mercados.”
Joanna Guerra
La madre de todos los acuerdos es un tratado de libre comercio entre la India y la Unión Europea, que desde ya exalta el poder transformador del libre comercio. Mientras tanto, de este lado del mundo, México decrece de manera constante y, peor aún, la incertidumbre en torno a la revisión del T-MEC incrementa la volatilidad y aprieta el cinturón de una economía atrapada en el modelo estatista de la Cuarta Transformación.
¿Qué es la Madre de Todos los Acuerdos? Es un tratado que, despuès de dos décadas de negociación, logró que la India y la Unión Europea acordaran reducir aranceles en más del 96 % del comercio bilateral. El sector automovilístico es uno de los más relevantes: los aranceles se reducirán del 110 % al 10 % y, en cinco años, desaparecerán los gravámenes sobre componentes, beneficiando tanto a productores como a consumidores en ambos paìses.
En alimentos, vinos, aceite de oliva y productos procesados se contemplan reducciones drásticas, mientras que algunos sectores sensibles —como la carne y el azúcar— permanecen protegidos. Por su parte, la India obtiene la eliminación inmediata de aranceles en el 70 % de las líneas que representan el 90.7 % de sus exportaciones, especialmente textiles, calzado, joyería y juguetes.
Los acuerdos comerciales, ya sea entre personas o entre naciones, se basan en la confianza, la buena fe y el Estado de derecho. En términos simples: reglas claras, árbitros confiables y certidumbre para todos los jugadores. La Madre de Todos los Acuerdos beneficiará a más de dos mil millones de personas porque existe la voluntad de generar prosperidad, mejorar su calidad de vida, crear empleos y fortalecer la competitividad.
Justo al otro lado del mundo, México no comparte ni el dinamismo ni la certeza jurídica que hoy exhiben la India y la Unión Europea. El crecimiento anual del país fue de apenas 0.7 %, el peor resultado desde la pandemia. El Banco de México y diversos analistas proyectan que la economía solo crecerá entre 0.3 % y 1.3 % en 2026, muy por debajo del promedio histórico cercano al 2 % previo a 2019. La pregunta es inevitable: ¿por qué otros países sí logran crecer con reglas claras y nosotros no?
Desde 2018, el gobierno de la 4T adoptó un modelo que privilegia la centralización del poder y la intervención estatal. Se cancelaron proyectos particualres relacionados con energías limpias, se reforzaron las empresas estatales y monopolicas de Pemex y la CFE, se recortó el presupuesto de reguladores autónomos… y todas estas acciones envian señales de incertidumbre para la inversión privada. Todo ello mientras se construyeron obras faraónicas de dudosa calidad: un aeropuerto internacional con nula conectividad; trenes sobre suelo blando que se descarrilan y enfrentan fallas operativas y refinerías que no alcanzan los mìnimos prometidos.
A esto se suman reformas judiciales y electorales que permiten favoritismos y sentencias tendenciosas. El mensaje està claro y es alarmante: en México las reglas pueden cambiar según la voluntad política del momento. Lo cual crea un entorno que frena la innovación, anula la competencia y reduce la productividad.
El problema no es solo económico, es humano. Cuando un país no crece, quien paga el costo no son los polìticos, sino las personas que no encuentran empleos bien remunerados, que migran por falta de oportunidades y los inversionistas o emprendedores que prefieren llevar su capital a otros mercados. Entonces, el estancamiento no es una abstracción, es una condena silenciosa a la mediocridad.
Mientras México se repliega en un supeestado, la India diversifica socios y entiende que el comercio no es una amenaza, sino una herramienta de desarrollo. El acuerdo con la Unión Europea no solo amplía mercados, más bien envía una señal contundente de estabilidad, previsibilidad y apertura al mundo.
México, por el contrario, parece conformarse con su dependencia casi absoluta del mercado estadounidense, justo cuando ese vínculo enfrenta tensiones, revisiones y riesgos políticos. Apostar todo a un solo socio comercial, mientras se deteriora el Estado de derecho interno, es una estrategia frágil y peligrosa. El crecimiento sostenido requiere instituciones fuertes, reglas estables, competencia abierta y respeto a la propiedad privada. El desarrollo no se decreta desde Palacio Nacional ni se construye a base de compadrazgos.
Fortalecer el Estado de derecho, abrir el sector energético a la inversión privada, reducir la carga regulatoria, respetar los contratos y comprometerse con acuerdos comerciales ambiciosos no es “entregar la soberanía”, es ejercerla de manera inteligente. La verdadera soberanía no consiste en mencionarla, sino en ofrecer prosperidad a los ciudadanos.
La política no debería ser un obstáculo para el desarrollo y debemos recordar que los países que abrazan el comercio, respetan a sus ciudadanos, polìticos e inversionistas son los que prosperan Mientras las dos mayores democracias del mundo —India y la Unión Europea— apuestan por el comercio y la apertura, México corre el riesgo de quedarse atrapado en una narrativa ideológica que no genera crecimiento ni bienestar.








