El renacimiento petrolero y gasífero de Venezuela —tras el cambio político y la salida de Nicolás Maduro a inicios de 2026— ha estallado en pleno impulso, mientras el gobierno interino liderado por Delcy Rodríguez ha firmado varios acuerdos definitivos de petróleo y gas, pasando de los iniciales Memorandos de Entendimiento (MOUs) a reenganchar activamente a inversionistas extranjeros, especialmente de EE. UU. Lo que empezó como aperturas cautelosas ha descendido en una carrera de alto riesgo por revivir la producción en la Faja del Orinoco, validando las crecientes alarmas sobre promesas no vinculantes y exponiendo el peligroso de asegurarse en acuerdos laxos que amenazan el despliegue de capital y la debida diligencia en un panorama político todavía frágil e incierto.
Acuerdos Reales de Producción: Cronogramas de Movilización, Inicio y Pico de Producción
Desde la reforma histórica del 29 de enero de 2026 a la Ley Orgánica de Hidrocarburos —que otorga a las empresas privadas autonomía operativa y derechos upstream— hasta las firmas del 1 de mayo de 2026, los acuerdos reales ya están en marcha. Las firmas estadounidenses Hunt Overseas Oil Company y Crossover Energy obtuvieron contratos para operar en la Faja, la mayor provincia de crudo pesado del mundo. La expansión de Chevron en abril de 2026 (intercambio de activos que eleva su participación al 49% en Petroindependencia y nuevas áreas como Ayacucho 8) busca acelerar la producción de crudo pesado. Los jugadores europeos Eni, Repsol y BP avanzan en proyectos de gas natural, incluyendo la expansión del Campo Cardón IV (Costa Afuera – Paraguana) con la meta de producir 645 millones de pies cúbicos diarios.
Estos “acuerdos reales”, operando bajo el nuevo marco legal y las licencias generales otorgadas por el Tesoro de EE.UU., priorizan la movilización rápida. Aunque los cronogramas públicos exactos aún no están definidos, los contratos ya autorizados a finales de 2025 e inicios de 2026 se centran en revertir el declive productivo mediante reactivación inmediata de infraestructura. Estimados de la industria apuntan a inicio de producción mejorada en meses para activos existentes, con picos de producción previstos entre 12 y 24 meses, posibles mediante una fuerte inversión de capital —apuntando a restaurar niveles superiores a 1 millón de barriles diarios como meta a largo plazo. El paso de la revisión de 26 proyectos (incluyendo Acuerdos de Participación en Producción) con contratos ya ejecutados marca un progreso material bajo términos menos restrictivos y plenamente conformes con el levantamiento de las sanciones.
MOUs versus Obligaciones Vinculantes: Simple Intercambio de Promesas – ¿Cuántos Hay Hoy?
Docenas de MOUs (Memorandos de Entendimiento) siguen en distintas etapas de revisión, con 19 contratos de participación en producción de la administración anterior suspendidos en febrero de 2026 para reestructurarlos bajo el nuevo esquema OFAC. Estos instrumentos no vinculantes representan un simple intercambio de promesas: ofrecen oportunidad de entrada rápida y ventaja negociadora, pero conllevan riesgos claros: ausencia de plazos ejecutables de producción, posibles demoras en el compromiso de capital y exposición a vientos políticos cambiantes. ¿Por qué no abrazar obligaciones claras y presentes destinadas a materializar producciones ipso facto? El gobierno interino intenta acelerar la conversión a contratos definitivos precisamente para mitigar estas vulnerabilidades, se presume para asegurar a los inversionistas cronogramas de movilización, penalidades por hitos y garantías de desempeño en lugar de vagas intenciones.
Modelos de Tendencia Hacia Adelante: Acelerar Acuerdos Materiales YA
El impulso es innegable. La reforma regulatoria, combinada con las autorizaciones de OFAC y licencias generales de EE.UU., impulsa una aceleración hacia acuerdos materiales y ejecutables lo antes posible. La mitigación de riesgos está en primer plano: los nuevos contratos incorporan cada vez más responsabilidad compartida de responsabilidad entre el gobierno venezolano/PDVSA y los operadores, maximizando el marco contractual establecido por OFAC —con términos de gobernanza estadounidense, jurisdicción de EE.UU. para resolución de disputas y mecanismos de pago conforme a las reglas del juego establecidas. Este modelo de responsabilidad equilibrada, ofrece oportunidades y protección, permitiendo a startups (Inversiones no ortodoxas iniciales) y emprendedores de cualquier naturaleza, invertir capital con confianza mientras el gobierno mantiene su posición laissez-faire estratégica.
Riesgos Sistémicos:
El fenómeno del “riesgo político” —donde el clima de paz indispensable sigue siendo más una expectativa que una realidad consolidada— amenaza los cimientos mismos de la inversión extranjera. Aun con acuerdos definitivos avanzando, los inversionistas enfrentan exposición por inestabilidad residual, en el control de la paz social desde el poder, reevaluaciones contractuales e incertidumbres de cumplir con los acuerdos. Abogados e inversionistas que presentan planes basados en MOUs preliminares sin cierres del trato dentro de esquemas incontrovertibles ponen en riesgo el elemento de confianza en la asignación final de capital.
Silencio de los Medios y su Interpretación:
Mientras los círculos energéticos y medios especializados han reportado el auge, la cobertura de estos eventos suele minimizar las amenazas jurídicas y políticas existenciales. Este silencio protege la adopción imprudente de memorándums de entendimientos laxos, o difíciles de hacer cumplir, permitiendo que la etente cordiale mezclada con la velocidad por obtener las concesiones prevalezcan sobre la sinderesis poniendo en peligro esta nueva bonanza petrolera tan importante para los venezolanos.
La comunidad empresarial y jurídica de inversión presente en Venezuela, no deberia flaquearen sus indispensables protecciones contractuales. El precedente post-Maduro exige reformas y mayor clarificación y aseguranzas aun: cronogramas y obligaciones de producción vinculantes obligatorios en todo acuerdo ejecutado, divulgación plena de MOUs versus contratos definitivos y disuasivos con la severidad de forma y fondo en sus términos y condiciones que aseguren las esperadas garantías.
En un artículo de opinión publicado en The Wall Street Journal, el CEO de Amber Energy —la firma ganadora de la subasta judicial por Citgo— exhortó directamente al Departamento del Tesoro de EE. UU. y a la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) a aprobar de manera definitiva la venta del complejo refinador.
El ejecutivo argumentó que Citgo es un activo estratégico que respalda la seguridad nacional, la estabilidad económica y la armonía social de Estados Unidos. Según el documento, la empresa tiene listo un paquete de inversiones post-venta por USD$ 11.000 millones que incluye:
• Compensar a los acreedores para restaurar la confianza en las inversiones energéticas en Venezuela.
• Cubrir un déficit inmediato de 29.000 barriles diarios adicionales de Jet Fuel requerido por el sector militar estadounidense.
• Resolver cuellos de botella de suministro en mercados clave como Austin y San Antonio.
• Atender el déficit registrado en la distribución de gasolina premium.
Amber envía un mensaje tácito sobre la fallida expectativa a la aspiración de una oferta superior a los USD$ 5.300 millones aprobados por la Corte de Delaware el 25 de noviembre de 2025, no solo está galvanizada por basamentos de mercado, sino por igual protegida precisamente por estos requerimientos técnicos de reinversión.
Además, alertó sobre el “alarmante deterioro” de los estándares de seguridad operativa entre 2020 y 2026, periodo que calificó como los años más catastróficos de la empresa bajo propiedad y control en el “limbo”.
La firma prometió también “seguridad laboral” a las 4.000 familias estadounidenses que dependen directamente de Citgo.
Citgo es la víctima de un estado en beligerancia atípico, cuyas facciones se asocian en tópicos antinacionales y se destruyen auto destruyéndonos a todos, incluyendo a la fuerza laboral que una vez hizo posible la adquisición de esta propiedad, hoy victimas las cuales en su absoluta mayoría está conforme con ser parte de la vorágine, y totalmente contra de lograr su propia justicia.
Oriana Aranguren es licenciada en Ciencias Fiscales, mención Aduanas y Comercio Exterior, y es cofundadora del capítulo Ladies of liberty Alliance (LOLA) Caracas, desde donde se promueve el liderazgo femenino en el movimiento libertario. También, es Coordinadora Nacional de EsLibertad Venezuela.
“(…) la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.”
Oriana Aranguren
En mis anteriores apuntes, exploramos cómo Epicteto blindó la prohairesis —ese mundo interno de la voluntad que ni el más cruel de los tiranos puede someter— estableciendo que la libertad es, ante todo, una soberanía sobre el juicio propio, enseñando, además, que el individuo es el único responsable de su sufrimiento moral y que la esclavitud comienza cuando depositamos nuestros deseos en lo que no controlamos[1]. De este modo, Epicteto sienta las bases de lo que hoy podríamos llamar una “libertad de la conciencia”, pues, la Libertad no es una concesión estatal, sino el resultado de someter a juicio nuestros propios deseos —si tu bienestar depende de lo que otros controlan, te has entregado a la esclavitud antes de que algún soldado toque a tu puerta—. En este sentido, expliqué cómo ésta visión rompe frontalmente con el colectivismo, porque desplaza el origen del malestar desde las estructuras externas hacia el juicio individual, sugiriendo que el resentimiento social es, en el fondo, una confesión de servidumbre psicológica[2].
Sin embargo, si el liberalismo se fundamenta en el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno, debemos reconocer que dicho proyecto no es más que una abstracción si el individuo no es, primero, dueño efectivo de sus recursos —propiedad, lo cual incluye su propio cuerpo—. Y es aquí donde la ola estoica nos exige una transición: mientras Epicteto nos enseñó a ser libres en las cadenas, Séneca, uno de los hombres más ricos de su tiempo y mano derecha del poder imperial, nos traslada una discusión sobre la gestión de los recursos en nuestra vida —siendo el tiempo y la facultad de juicio los recursos más importantes—.
Este contraste entre los personajes es interesante, porque, a pesar de que ambos convergieron en la misma idea de libertad, sus puntos de partida colindan con, o pueden enriquecer de alguna manera —a mi juicio—, el pensamiento libertario. Volteandonos en esta oportunidad a Séneca, su posición lo llevó a experimentar de primera mano cómo el poder absoluto y la riqueza extrema pueden erosionar la soberanía individual con la misma eficacia que un grillete físico, lo cual lo llevó a enseñar cómo el individuo puede resistir en un entorno de opresión y servidumbre voluntaria. Veamos qué podemos encontrar en sus ideas.
El tiempo como propiedad: sobre la brevedad de la vida
La primera idea a la que referiré se encuentra en la obra “Sobre la brevedad de la vida”, donde Séneca lanza una de las críticas más feroces y vigentes contra la mentalidad colectivista y la enajenación del individuo, a saber: el robo de nuestro tiempo. En el pasado ya he hablado de cómo el Estado se roba nuestro tiempo, demostrando que es parte esencial de la self-ownership —autopropiedad— que defendemos los libertarios y, de hecho, es vital para la misma existencia humana[3], y tal concepción sería muy probablemente aplaudida por Séneca, quien expresó:
No consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstrense miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia.[4]
Con estas palabras, Séneca indica que los humanos somos extremadamente territoriales, que no toleramos que nadie nos quite un centímetro de nuestra propiedad —si alguien intenta invadir nuestras tierras, recurrimos a la violencia—. Sin embargo, esa misma persona que pelea por un trozo de tierra permite que otros “entren en su vida” sin resistencia, o, peor aún, nosotros mismos invitamos a personas o actividades banales a que tomen control de nuestro tiempo, convirtiéndolos en “poseedores” de nuestra realidad —o nuestra existencia misma, si seguimos la idea expresada en “La cronarquía del Estado”—.
Si bien es cierto que Séneca no critica directamente al Estado, sí queda clara la idea de que el mayor robo a la libertad no es el que se hace mediante la fuerza bruta, sino el que permitimos que otros hagan de nuestro tiempo —aunque también es cierto que no hay mayor ladrón del tiempo humano que el Estado[5]—. En este sentido, al ser el tiempo un recurso finito, no renovable y de oferta perfectamente inelástica, el humano no debe tratar su tiempo como un bien público o una propiedad comunal, permitiendo que el Estado, las convenciones sociales o las ambiciones ajenas lo saqueen sin resistencia.
Con esto, Séneca también crítica a aquellos que viven en una perpetua agitación, entregando su libertad a cambio de prestigio, favores políticos o simplemente por la incapacidad de decir “no” a las demandas de la sociedad[6] —que es a lo que podemos llamar: servidumbre voluntaria o colectivista en el alma—, porque el individuo que no controla su tiempo es un esclavo, sin importar que su amo sea un emperador o su propia agenda de negocios.
Esto es importante, porque, al igual que Epicteto, nos deja ver que no siempre hay que buscar solamente la ausencia de coacción externa, porque la coacción más insidiosa es la que aceptamos por cortesía o ambición —un individuo puede vivir bajo un sistema de libre mercado y total libertad de movimiento, pero si su tiempo está hipotecado a las expectativas de los demás, su propiedad privada más fundamental, que es su vida, está bajo un régimen de colectivización de facto—.
Ahora, es necesario señalar que no se trata simplemente de tener tiempo libre para hacer lo que queramos, sino de ejercer la soberanía sobre el uso de nuestro tiempo a cada instante. Entre otras cosas, es por esta razón, que sostengo que el derecho de propiedad debe empezar necesariamente por el tiempo, porque si yo no soy dueño de mi tiempo —y este argumento le debería gustar a cualquier socialista—, ¿Cómo puedo afirmar que poseo los frutos de mi trabajo? Ya lo he dicho, el trabajo no es más que tiempo congelado en valor; si el origen —el tiempo— es saqueado, la propiedad derivada de ello es solo una ilusión legal —es decir, soy “propietario” de “x” bien en algún momento en concreto, y así lo dicen los registros, pero, curiosamente, no tengo tiempo para beneficiarme de ello, usarlo como considere, cuando lo considere, porque mi tiempo está extremadamente condicionado por demandas ajenas[7]—.
La riqueza como indiferente preferible
Otro punto que puede conectar a Séneca con las ideas del libertarismo es su defensa de la riqueza. En su tiempo, como era un hombre rico, muchos lo acusaron de no alinearse con las ideas estoicas, pues las mismas se tendían a ligar con la vida sencilla, desposeída de propiedades. En otras palabras, Séneca era criticado por supuesta hipocresía al defender la austeridad siendo uno de los hombres más ricos de la Roma imperial —algo que resuena con fuerza en los debates contemporáneos sobre la desigualdad—. Pero en “Sobre la vida feliz”, deja bien claro que una cosa es ser esclavo de las posesiones y otra muy distinta ser “rico”, por lo tanto, el sabio no está obligado a ser pobre, sino a no ser codiciosos ni vivir por y para el dinero, como fin en sí mismo. De este modo, destaca que no hay problemas en la riqueza, sino en el apego desmedido a ella. En sus palabras, de hecho, el sabio debe preferir la riqueza, aunque debe estar mentalmente preparado para vivir sin ella. Él dice:
… porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su virtud[8].
Es importante mencionarlo, porque generalmente los colectivistas tienden a ver la riqueza como un juego de suma cero o un síntoma de la opresión de clases, sosteniendo con ello que “ser rico es malo” —como en su momento dijo Hugo Chávez en Venezuela— y que solo “los pobres” recibirán el reino de los cielos —lo que sea que eso signifique—. Para un estoico como Séneca, sin embargo, la riqueza es un bien preferible, es decir, aunque no es estrictamente necesario para la virtud, es racionalmente mejor poseer riqueza que no tenerla. Lo que importa es que la riqueza no nos posea, no que nosotros poseamos la riqueza. Séneca lo expresa con claridad cuando señala que la riqueza ofrece un campo más amplio para ejercer la virtud que la pobreza, pues, un hombre rico tiene la capacidad de ser generoso, de financiar proyectos, de emprender y de crear un entorno de orden, mientras que el hombre pobre está limitado a la resistencia pasiva[9].
Un matiz entre el liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca
Ahora bien, hay que tener cuidado con los paralelismos que trazamos entre las ideas de la libertad del liberalismo moderno y el estoicismo de Séneca —solo así podemos pensar la Libertad con honestidad—. Para el liberalismo o el libertarismo, la libertad —vista como ausencia de coacción, y que llamaré “libertad política”— es un medio fundamental para que cada quien busque su fin; pero, para Séneca y los estoicos, la libertad —que ven como algo interno— es el fin en sí mismo. Ahora, es interesante la distinción porque, en última instancia, ambas posturas se conectan, ya que para Séneca, quien había experimentado el poder absoluto de Nerón y sus peligros, la libertad política es preferible a no tenerla —aunque no necesaria para la virtud o la felicidad[10]—, es decir, es mejor vivir en una sociedad con respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno y a los derechos de propiedad que vivir bajo una tiranía —es preferible ser libre legalmente que ser un esclavo—.
¿Y qué pasa si el Estado extiende sus tentáculos y arremete contra las libertades políticas de los individuos, es decir, no se puede tener esas libertades preferibles a la esclavitud física? Séneca defiende la idea de que es mejor retirarse a otro lugar donde el Estado —o lo que sea que pretenda someternos— no incida en nuestra vida. Séneca argumenta que el ser humano pertenece a dos repúblicas: la “pequeña república” de su lugar de nacimiento —el Estado, con sus leyes y burocracias— y la “gran república” de la humanidad y la razón[11]; cuando la pequeña república se vuelve incompatible con la virtud —o cuando simplemente ha absorbido demasiado de nuestro tiempo, nuestras fuerzas—, el individuo tiene el derecho moral de retirarse[12] y cultivar su intelecto[13], porque solo así podrá perfeccionar su juicio —para tener criterio propio— y no entregarse a la servidumbre.
Otra cosa a tener en cuenta es que, quizá, alguien podría decirme que cómo puedo defender la postura de Séneca cuando, de hecho, él obtuvo su riqueza gracias a los vínculos que tenía con el poder absoluto. No obstante, me adelanto a los hecho y respondo que aquí no se busca defender a Séneca como persona, sino los argumentos lógicos con los que se defendía de los ataques morales contra el “tener” riqueza[14].
Conclusiones
Habiendo abordado a estos dos personajes —Séneca y Epicteto— y sus concepciones sobre la Libertad, vimos cómo la misma no es una concesión del Estado ni un regalo de la fortuna, sino una conquista diaria sobre el error de pensar que lo externo nos define. Epicteto nos dice que la prohairesis es inviolable, puesto que nadie puede hacernos esclavos si no otorgamos jurisdicción sobre nuestros deseos; y Séneca nos muestra que la vida es un patrimonio que debe gestionarse con la avaricia de un inversor y la independencia de un soberano.
Mientras que el colectivismo sitúa el origen del malestar en estructuras externas y busca la salvación a través de la intervención estatal, el estoicismo propone una rebelión interna y nos enseñanza que la libertad política, aunque preferible, necesita de la gestión de nuestra propia vida. En última instancia, el mensaje para el liberalismo del siglo XXI es claro: hay que defender la propiedad privada de las tierras y el capital, pero eso es estéril si no defendemos primero la propiedad privada de nuestra mente y nuestro tiempo. Como bien señalan nuestros autores, no somos víctimas de las circunstancias, sino de nuestra propia voluntad cuando decidimos no ser dueños de nosotros mismos. Por ello, me gustaría cerrar con un mensaje: la libertad no es algo que se recibe; es algo que se ejerce, minuto a minuto, con la mejor actitud posible y sin permitir que ningún otro —ya sea un tirano o el resentimiento social— embargue nuestra vida.
[5] Óp. Cit. La cronarquía del Estado: ¿Cómo el Estado se adueña de tu tiempo y por qué no debería hacerlo?.
[6] Séneca llama a esto “Occupati” —los ocupados—. Las personas están ocupada en lo que piensan o quieren otros, al punto en el que termina enmarcando nuestro tiempo y la vida misma en vivir “de prestado” —para aludir nuevamente a Rand—.
[7] Con esto no quiero decir, sin embargo, que aludo a un sistema en el que cada quien pueda hacer lo que quiera, como quiera, sin ningún tipo de límite en su tiempo. Somos seres limitados, y el tiempo no escapa de ello. Simplemente hago énfasis en la idea de que muchas veces nuestro tiempo es “de prestado”, está amoldado solo a lo que los demás quieren de nosotros hagamos con ello —especialmente el Estado—.
[9]Ibidem., capítulos XXI-XXIV. Podíamos hablar de un “capitalista virtuoso”, uno que posee bienes sin que estos dicten su valor moral.
[10] No lo es porque para los estoicos las luchas contra la esclavitud van al plano mental, de los deseos, los anhelos, del ser humano —como vimos con Epicteto—. Alguien puede tener todas las garantías de respeto a sus derechos y, aún así, ser esclavo de la ambición, la ira o el miedo. En este sentido, Séneca nos recuerda que la ausencia de interferencia estatal no es suficiente, porque también es necesaria la soberanía sobre nuestra propia voluntad.
[11] Lucio Anneo Séneca. 2013 (62 d. C.). Sobre el ocio. Epublibre. Traducción de Eduardo Gil Bera. Editado por Titivillus. Capítulo IV.
[12] Esto es interesante, porque conecta mucho con las ideas de secesión que defendemos los libertarios. Es preferible marchar a un lugar donde respeten nuestra libertad a perder el tiempo luchando contra algo que nos intenta someter, poniendo nuestra vida a disposición del colectivo. Y así se invierten las reglas del juego: mientras el pensamiento colectivista busca cambiar el mundo externo para que el individuo deje de sufrir, Séneca propone que el individuo se retire de la maquinaria que lo oprime para que el mundo ya no pueda someterlo. Al respecto, ver: Ibidem., capítulo III.
[13] De hecho, ese es el fin primario para lo que se ha de dedicar nuestro tiempo: el estudio, porque solo así podremos tener esa libertad interna. El hecho de dedicar tiempo a conseguir cosas materiales es solo “preferible”, no el fin último.
[14] Habría que ver cómo se defendería de los ataques de un libertario que denuncia sus vínculos con el poder. ¿Quizá responda que es preferible estar cerca del poder a no estarlo? —comentario jocoso, aunque quizá no alejado de la realidad—.
Lourdes N. Romero L., líder y defensora de las libertades individuales, económicas y de los principios democráticos en Bolivia y Latinoamérica. Coordinadora local de SFL Bolivia, cofundadora de LOLA Bolivia y Líder Regional para LOLA LATAM. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, con formación especializada en democracia, liderazgo, libertad y comunicación política mediante programas acreditados por OEA, KAS y ACEP
“(…) Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios.”
Lourdes N. Romero L.
América Latina está históricamente enamorada de los hombres providenciales. De vez en cuando, cuando la frustración social se torna insoportable, vuelve a aparecer la figura del líder que promete salvar la economía, la patria, la moral y el futuro. No es el político común, es la excepción. No pide que se le examine por los resultados, sino por la fe. Y ahí es donde empieza el problema.
No porque el mesianismo populista sea tan solo una forma de comunicación política. Es una deformación profunda de la cultura democrática. Se trata de la idea de que un solo hombre, o una sola figura carismática, puede ser el portador del pueblo, puede interpretar mejor que ninguna institución la voluntad del pueblo y resolver por sí solo los conflictos de una sociedad compleja. Sí que es una promesa seductora. Pero también es una mentira peligrosa.
La región cuenta con muchos ejemplos. Líderes que llegan anunciando que vienen a “salvar a los olvidados”, a acabar con la oligarquía, a acabar con la corrupción o a devolverle al pueblo lo que les han quitado. El discurso suele cambiar, pero la estructura es la misma: un relato moral absoluto, una división entre buenos y malos y un caudillo que se sitúa por encima de la ley, de la crítica y de los límites institucionales. El líder no gobierna: se hace carne. No da; salva. No escucha: descubre.
En eso consiste el mesianismo popular. Su fortaleza no reside en la firmeza de sus ideas, sino en su poder de llenar emocionalmente el vacío que dejan las instituciones débiles. El caudillo aparece como una solución allí donde el Estado se queda corto. El líder se convierte en la única referencia cuando los partidos se vuelven irrelevantes. En los lugares donde la ciudadanía está cansada de promesas incumplidas, aparece alguien que no ofrece un programa, sino esperanza inmediata.
Y eso funciona porque toca un punto muy sensible. En países afectados por la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la desconfianza, mucha gente ya no quiere hablar sobre instituciones; quiere ver resultados. La gente busca certezas, no ideas complejas. Quiere soluciones rápidas, no procesos largos. El populismo mesiánico se aprovecha de esta desesperación. Le habla a la gente cansada como si fuera un creyente que busca respuestas. Le ofrece la idea de que todo mejorará si se le da el poder a la persona adecuada. Pero el costo de esa entrega suele ser altísimo.
El líder como salvador
El líder mesiánico quiere que la política deje de basarse en reglas y se centre en la devoción. Por eso, crea una historia donde él es más que un gobernante: es una causa importante, una identidad compartida, una misión trascendental.
Cuando alguien critica, ya no es una opinión diferente, sino un ataque moral. Quien se opone se convierte en un enemigo. Cualquier límite institucional se ve como un obstáculo o un acto de sabotaje.
Ese mecanismo es muy útil para que un líder tenga mucho poder. Si la gente cree que el líder es el salvador, entonces el líder siempre tiene la razón. Si el líder se equivoca, la culpa la tienen otras personas. Si las cosas no salen bien, es porque alguien lo traicionó. Si el líder miente, es porque el sistema lo obligó a hacerlo. Si el líder tiene todo el poder, es para proteger a la gente. Si el líder persigue a sus oponentes, es porque está defendiendo la democracia. El mesianismo populista es muy bueno para cambiar la realidad y hacer que siempre parezca que el líder tiene la razón.
Es muy complicado combatirlo. No solo se trata de presentar datos o buenos argumentos. Lo que hay que hacer es entender y abordar la necesidad emocional que lo mantiene en pie. Para lograr esto, se necesita algo más que una crítica técnica. Se necesita una cultura política que esté bien desarrollada, una ciudadanía que exija resultados y unas instituciones que no dependan de la personalidad de una sola persona.
La política convertida en religión
Uno de los rasgos que más preocupa del populismo mesiánico es que cambia la política en algo similar a una religión que no cree en Dios. El líder se convierte en alguien muy importante para sus seguidores. Repiten lo que dice como si fueran verdades absolutas. Justifican los errores que comete. Sus seguidores lo defienden porque lo quieren, no porque tengan razones para hacerlo. Ya no importa si hace lo que dice o no, lo que importa es creer en él.
Este tipo de relación daña el espacio público porque no permite discutir y tomar decisiones juntos. En un país democrático, las personas comparten ideas, piden resultados, corrigen a sus líderes y aceptan que otros puedan gobernar después. Pero cuando el populismo mesiánico toma control, el líder se vuelve alguien que no se puede criticar. Todo gira alrededor de él. Todo se entiende según quién es y qué ha hecho en su vida. Todo se hace para que él siga en el poder.
Cuando la política se convierte en algo en lo que creemos, la verdad ya no es lo importante. Lo que importa es qué nos conviene creer. Entonces se abre la puerta a que nos manipulen de manera muy obvia. Por ejemplo, nos pueden hacer creer cosas que no son verdad, hacernos sentir como víctimas, inventar enemigos que no existen, hacer promesas que no se pueden cumplir y crear una atmósfera emocional que nos hace dejar de pensar con la cabeza. Todo esto puede llevarnos a tomar decisiones basadas en emociones en lugar de en hechos reales.
La pobreza del atajo
El mesianismo populista muestra una gran pobreza intelectual. Se basa en creer que los problemas estructurales se pueden resolver solo con la voluntad personal de un líder. Es como pensar que poniendo a un “hombre fuerte” al mando, se pueden solucionar de la noche a la mañana décadas de problemas institucionales, económicos y sociales.
En Latinoamérica, nos gusta mucho la idea de encontrar soluciones rápidas. Nos entusiasman los líderes que dicen “se atreven a todo», los políticos que dicen “no tener miedo», o los presidentes que prometen “romper con todo». Pero, en realidad, romper no es lo mismo que construir algo nuevo. Gritar no es gobernar de manera efectiva. Castigar no es reformar. Y mandar sin limitaciones no es liderar; es simplemente acumular poder.
Los países realmente mejoran cuando fortalecen sus instituciones, mejoran la gestión pública, respetan las libertades, generan inversiones, organizan sus gastos y establecen controles efectivos sobre el poder. Todo esto puede parecer poco emocionante. Pero precisamente por eso es eficaz.
La crisis de representación
El éxito del mesianismo populista no se puede entender sin la crisis de representación que vive la región. Los partidos políticos se están quedando vacíos, las élites se están desconectando de la gente y la política se está convirtiendo en un asunto de grupos cerrados. Como resultado, la gente común deja de sentirse representada en el sistema.
En este vacío, surge el líder carismático como un sustituto emocional de la representación pérdida.
Sin embargo, esta solución es peor que el problema. En lugar de reconstruir las instituciones que median entre la gente y el gobierno, las destruye aún más. Los partidos políticos se vuelven irrelevantes y los espacios de participación se cierran en torno a una sola persona. En lugar de fomentar la ciudadanía activa, se crean seguidores leales.
El gran engaño del populismo mesiánico es que promete devolver el poder al pueblo, pero en realidad le quita autonomía. La gente se acostumbra a depositar su destino en otra persona, en lugar de tomar las riendas de su propio futuro. Esto la hace más vulnerable a la manipulación. La ciudadanía que deja de pensar por sí misma es fácilmente influenciable.
Una cultura política infantilizada
Tal vez la consecuencia más grave del mesianismo populista sea que la sociedad se vuelva dependiente de líderes que la salven. Esto hace que la gente crea que siempre habrá alguien que venga a resolver los problemas que no se quieren o no se saben resolver juntos.
En lugar de tomar responsabilidad, la gente espera que otro lo haga por ella. La responsabilidad se reemplaza con la adoración a una figura que se considera providencial.
Una sociedad que actúa de esta manera es débil. No puede establecer límites claros, no puede exigir con coherencia lo que es justo y no puede diferenciar entre una autoridad legítima y una que solo tiene carisma. Termina aplaudiendo a quien la seduce con discursos atractivos, en lugar de apoyar a quien realmente la fortalece.
América Latina necesita cambiar esta forma de pensar. Debe dejar de confundir el carisma de un líder con su capacidad para gobernar, la emoción del momento con un gobierno eficaz y la popularidad con la verdadera legitimidad.
Es importante que deje atrás esta enfermedad política que convierte a los líderes en figuras de culto y que hace que criticarlos sea considerado una herejía. Mientras la gente siga buscando un salvador, seguirá renunciando a ser un ciudadano activo.
El verdadero desafío no es encontrar a alguien que la salve. Sino construir una sociedad en la que no sea necesario que haya un salvador.
Desde el 3 de enero de 2026 Venezuela no cuenta con un gobierno independiente. La oposición, desesperada, clama por elecciones. Todos calculan el lapso provisional que la Constitución chavista de 1999 prevé una vez declarada la ausencia absoluta del presidente —quien, dicho sea de paso, permanece detenido en Nueva York—. Pero esa ausencia no ha sido declarada. Y ahí radica la primera gran contradicción.
Si, como la propia oposición ha sostenido desde hace años, Nicolás Maduro es un usurpador y Edmundo González Urrutia el presidente legítimo electo desde 2024, entonces la usurpación misma ya derogó de facto la Constitución de 1999 por incumplimiento radical de su norma primaria. ¿Cómo se puede invocar ahora el mismo texto que se declara violado para legitimar un período provisional que nunca se activó? La lógica jurídica se quiebra. O la Constitución sigue vigente y Maduro no es usurpador, o la usurpación consumada la anuló. No hay tercera vía.
A todo evento —y no me equivoco— la Constitución quedó sin efecto el 3 de enero pasado. Según la teoría pura del derecho de Hans Kelsen, un hecho de fuerza ajeno y violento —como la extracción norteamericana que ordena de facto las decisiones del actual aparato estatal— anula la plenitud hermética de la norma primaria. Lo que queda subyacente son únicamente los derechos naturales inalienables de los ciudadanos. El resto es apariencia.
Un gobierno tutelado, no soberano.
Las decisiones del gobierno de los Rodríguez no son ni autónomas ni soberanas. Están íntimamente ordenadas por los Estados Unidos a través de la OFAC y la Embajada en Caracas. El aparato del Estado funciona sin legalidad propia. Sus acciones, por tanto, podrían ser reputadas como nulas de pleno derecho. La normalidad provisoria del gobierno de Delcy Rodríguez no es más que una ficción administrativa sostenida por un poder foráneo.
Esa ficción requiere, para ser supletoriamente legalizada, un acto constitutivo similar al que se empleó en 1945 con la caída de Medina Angarita: un acta fundacional que restablezca el orden jurídico desde sus cimientos. Dicha acta debe establecer, de manera inequívoca, un calendario electoral real en los próximos tres años. Tres años que se invertirán, no en pantomimas electorales, sino en construir un registro electoral fehaciente, un cronograma creíble y las garantías mínimas de transparencia que el país no ha visto en un cuarto de siglo.
No bastan elecciones. Hace falta sinderesis.
Esa hoja de ruta no es solo un requisito de responsabilidad que los venezolanos esperan de las oposiciones. Es un asunto de sinderesis política. La agenda de recuperación nacional debe privilegiar, desde el primer día, la creación de una Comisión de la Verdad con autoridad substanciadora y un Tribunal Especialísimo que juzgue los abusos, las malversaciones y los crímenes cometidos durante veinticinco años de desastre. Las condenas que se dicten deben cumplirse. Sin verdad ni justicia no hay reconciliación posible.
La posibilidad real es un gobierno de inclusión nacional que, una vez constituido el órgano constituyente, traiga a colación el articulado democrático-representativo de la Constitución de 1961 —ilegalmente derogada— con sus respectivas incorporaciones vía enmienda. Elecciones por elecciones, a juro, no curan el país. El orden constitucional hecho a la medida del gobierno ya no existe.
Es hora de hablar de un proyecto de país.
Ruptura constitucional e intransigencia electoral son dos caras de la misma moneda. La primera es un hecho consumado. La segunda, una terquedad suicida que pretende resolver con urnas lo que requiere primero un acto refundacional. Venezuela no necesita otro simulacro. Necesita un proyecto de nación que restaure la legalidad, repare a las víctimas —incluidas las 23.000 familias del Holocausto Petrolero que este cronista defiende desde las trincheras judiciales—, castigue la corrupción y devuelva la soberanía al pueblo.
El tiempo de las ficciones ha terminado. El tiempo de la verdad y la reconstrucción debe comenzar, decodifiquemos los signos de la historia.
Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela
“La necesidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y garantizar condiciones laborales justas y equitativas para todos es un tema central en el debate sobre el futuro del trabajo y la economía global.”
Génesis N. Rodríguez G.
En la actualidad, la Inteligencia Artificial (IA) se presenta como una herramienta clave para revitalizar el sector agrícola en Venezuela, un área que ha enfrentado grandes desafíos y que, sin duda, representa una de las asignaturas pendientes de nuestro país. La crisis alimentaria que ha afectado a la nación es un recordatorio constante de la importancia de volver a poner en marcha una agricultura sostenible y eficiente.
A través de la implementación de tecnologías avanzadas, como la IA, se pueden abordar problemas fundamentales que han contribuido a la debacle agrícola. Uno de los aspectos más críticos en la agricultura es el análisis de suelos, agua y clima. Gracias a monitores inteligentes conectados a sistemas de IA, es posible obtener datos precisos y en tiempo real sobre las condiciones del terreno. Esta información permite a los agricultores tomar decisiones informadas sobre qué cultivos sembrar y cuándo hacerlo, optimizando así la producción.
Además, la IA puede predecir cosechas, identificar plagas y enfermedades, y determinar el momento óptimo para la recolección de productos. Todo esto se puede realizar a un costo relativamente bajo, lo que representa una ventaja significativa para los productores. Otro aspecto crucial que a menudo se pasa por alto es el análisis de mercado: con la ayuda de la IA, los agricultores pueden acceder a información actualizada sobre los precios de venta de sus productos, lo que les permite negociar mejor y maximizar sus ganancias. Este tipo de análisis en tiempo real es fundamental para que los productores puedan adaptarse rápidamente a las fluctuaciones del mercado y planificar su producción de manera más efectiva.
Sin embargo, la situación legal y administrativa relacionada con la propiedad de las tierras agrícolas en Venezuela es un obstáculo considerable. Muchos terrenos pertenecen a personas fallecidas, lo que genera conflictos entre herederos y vecinos. La falta de claridad en los títulos de propiedad complica aún más la situación. Aquí es donde la IA puede desempeñar un papel crucial. Con la colaboración de expertos legales, se podrían desarrollar sistemas que utilicen IA para resolver disputas y agilizar procesos administrativos relacionados con la tenencia de tierras. Esto no solo facilitaría el acceso a la tierra para nuevos agricultores, sino que también contribuiría a una mayor estabilidad en el sector.
Además, la logística de transporte es otro de los puntos débiles del sistema agrícola venezolano. La construcción de infraestructuras viales tradicionales es un proceso lento y costoso. En este sentido, los drones equipados con tecnología de IA pueden ofrecer una solución innovadora y rápida. Estos vehículos aéreos no tripulados pueden acceder a áreas remotas y transportar productos desde las fincas hasta los centros de distribución. Esta capacidad no solo aumentaría la eficiencia del transporte agrícola, sino que también podría reducir significativamente las pérdidas post-cosecha.
Uno de los recursos más críticos en la agricultura es el agua. En un país como Venezuela, donde las variaciones climáticas pueden ser extremas, la gestión eficiente del agua es vital. La IA puede ayudar a optimizar el uso del agua a través de sistemas de riego inteligentes. Mediante sensores que monitorean la humedad del suelo y las condiciones climáticas, la IA puede determinar cuándo y cuánto regar, evitando el desperdicio de este recurso esencial. Esto no solo mejora la eficiencia del riego, sino que también contribuye a la sostenibilidad ambiental al preservar los acuíferos y reducir el riesgo de erosión del suelo.
La agricultura de precisión es un enfoque que utiliza tecnologías avanzadas para maximizar la producción agrícola mientras se minimizan los insumos. Con la ayuda de drones y satélites, los agricultores pueden obtener imágenes aéreas detalladas de sus cultivos, lo que les permite identificar áreas que necesitan atención específica, ya sea por falta de nutrientes o por plagas. La IA puede analizar estos datos para ofrecer recomendaciones precisas sobre fertilización y tratamiento, lo que resulta en un uso más eficiente de los insumos y una reducción en los costos operativos.
La implementación de tecnologías basadas en IA requiere un cambio cultural y educativo en el sector agrícola. Es fundamental capacitar a los agricultores en el uso de estas herramientas y en la interpretación de los datos que generan. Programas de formación y talleres pueden ser organizados en colaboración con universidades y organizaciones no gubernamentales para garantizar que los productores estén equipados con las habilidades necesarias para adoptar estas nuevas tecnologías. Es crucial que cualquier solución tecnológica se integre adecuadamente con los sistemas agrícolas locales. Esto implica considerar las prácticas tradicionales y las particularidades culturales de cada región. La IA debe ser vista como una herramienta complementaria que respete y potencie el conocimiento local, en lugar de reemplazarlo. La participación activa de los agricultores en el diseño e implementación de estas tecnologías es esencial para asegurar su aceptación y efectividad.
Si bien, a pesar de las oportunidades que presenta la IA, también hay desafíos significativos que deben abordarse. Uno de ellos es la brecha digital; muchas áreas rurales en Venezuela carecen de acceso a internet y tecnología adecuada. Para que la IA tenga un impacto real, es necesario invertir en infraestructura tecnológica y garantizar que todos los agricultores tengan acceso a las herramientas necesarias. Además, es importante considerar las implicaciones éticas de la automatización en la agricultura. Si bien la IA puede aumentar la eficiencia y reducir costos, también podría amenazar empleos tradicionales en el sector. Por lo tanto, es fundamental desarrollar estrategias que incluyan a todos los actores involucrados, garantizando que los beneficios sean equitativos y accesibles para todos.
Roymer A. Rivas B., un simple estudiante comprometido con la verdad, teórico del Creativismo Filosófico, lo demás no importa.
“Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho.”
Roymer A. Rivas B.
¿Economía o fantasía?[*] Es la pregunta que surge tras escuchar la última ocurrencia de Asdrúbal Oliveros: repartir bonos de hasta USD$ 250 a los trabajadores del sector público por un periodo de 6 meses[1]. Resulta desconcertante, si no alarmante, que quien presume de entender las cicatrices de nuestro caótico escenario en Venezuela —especialmente el monetario—, proponga ahora una inyección de liquidez que constituye más un guion de ficción que un plan de estabilización para el país. La supina miopía de los economistas mainstream para comprender la situación de Venezuela los lleva a reciclar fórmulas que se han mostrado fracasadas —no puede ser de otra manera si se parte de un mal diagnostico— que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.
Esto, lamentablemente, no es un caso aislado y, de hecho, sirve de ejemplo para destacar una patología mayor, a saber: la creencia de que se puede decretar la prosperidad por gaceta, como es el caso de aquellos que piden —por diversos medios— aumento de salarios. Muchos no han entendido que Venezuela no necesita más subsidios, ni aumento de salarios, que solo sirven para patear el problema hacia adelante, a costa de que el problema mañana sea aún peor, sino una reestructuración que permita que el trabajo valga por lo que produce y no por lo que un economista o un burócrata decida fantasear en sus redes sociales o podios.
Para entender por qué estas “soluciones” son, en realidad, un problema, es suficiente con someter esas fantasías a los hechos —que no entiende de buenas intenciones ni cálculos alegremente presentados en foros en redes sociales—. Pero antes, comenzaré con un breve inciso.
El inciso: sobre la subida de precios en dólares en Venezuela —mal llamada “inflación”[2]—
Previo a abordar el tema de los bonos, Oliveros pone el foco en lo que él y otros muchos llaman “inflación en dólares” [3]. Esto, de entrada, está mal. Técnicamente, el dólar en Venezuela no sufre de inflación como fenómeno monetario del dólar en sí, sino que es causa del rezago cambiario —aunque en la práctica se sienta exactamente igual—. Para entender esto es necesario separar le dinero de los precios: (i) está la inflación monetaria —que en realidad es lo que ha sido la inflación toda la vida, pero es necesario estipularlo así por fines didácticos— que es cuando la cantidad de dinero en la economía —oferta— supera su demanda, y en Venezuela, esto no existe, porque la demanda de dólares supera su oferta —¿O acaso alguien quiere tener sus ahorros en bolívares?—; y (ii) está la inflación de precios, que es cuando la moneda se deprecia, lo cual se traduce en subida de precios en la economía —aunque eso no significa necesariamente que veremos reflejado con la subida nominal de los precios en la economía[4]—. Lo que no te dicen es que, en circunstancias normales, no puede haber (ii) sin (i), así que, en rigor, se debe hablar de “inflación” sin adjetivos.
El problema es que casi ningún economista explica la dinámica correctamente y, por si fuera poco, Venezuela no entra en la categoría de “circunstancias normales”. En Venezuela, la perdida del poder adquisitivo del dólar se debe a distorsiones locales que hacen que exista algo llamado: “rezago cambiario”, que significa que los precios internos —en bolívares— suben a una velocidad mucho mayor de lo que sube el tipo de cambio —el precio del dólar—. Comprender esto es un tanto curioso, y paradójico, porque, en un escenario donde la demanda de dólares supera su oferta, se esperaría que los precios reflejados en dólares bajen, pero ocurre lo contrario. En este marco, alguno podría decir que la subida de precios en dólares se debe a la inyección de dólares por parte del Estado a la banca, intentando contener la tasa de cambio. Pero esto es un error. En otros lugares ya expliqué que, en un escenario con rezago, la inyección de dólares más bien reduce dicho rezago, causando que los precios en dólares aumenten menos de lo que hubiesen aumentado en caso de que haber inyección[5].
Sobre la propuesta de entregar bonos y el aumento de salarios
Comprender lo anterior es clave, porque si ya tenemos un problema de precios altos por falta de oferta en dólares y distorsiones estructurales, meter más dinero en la economía —vía bonos o aumento de salarios— sin aumentar la producción es echar más gasolina al fuego. A Oliveros y quienes exigen aumento de salarios les hace falta entender que, en una economía sana, el consumo es el premio final de la producción previa, e invertir esa causalidad bajo la premisa de que se “ayudará” a los trabajadores es profundamente irresponsable. Como ya mencioné, es patear el problema hacia adelante a costa de que el problema mañana sea aún peor. Parecen ignorar que en Venezuela se han aumentado bonos y salarios muchas veces, y eso no ayudó a aumentar la calidad de vida de forma sostenida en el tiempo, sino que profundizó la crisis —¿Ya se olvidaron de 2018-2019, y de todos los aumentos de salarios desde 1999 hasta 2022, o de bonos desde 1999 hasta 2026?—.
Al proponer este subsidio temporal, o el aumento de salarios —en el caso de los gremios, sindicatos, trabajadores, y pare usted de contar—, no se está innovando, sino que se incurre en el mismo vicio en el que hemos estado sumergidos desde hace muchísimo tiempo: el paternalismo estatal —o habría de hablar más bien de nanny state—, que tanto daño ha hecho. Muchos venezolanos creen que los problemas del país se solucionan vía decretos de aumentos salariales, emisión de derechos, regalo de viviendas, en suma, subsidios de todo tipo, sugiriendo que la solución a la miseria es la transferencia de renta y no la creación de valor, porque ninguno de esos personajes se pregunta en cómo crear un escenario adecuado para que los salarios reales se estabilicen o tiendan al alza a lo largo del tiempo, eliminando la dependencia del Estado.
La Venezuela de ahora y la Venezuela que queremos: ¿Qué necesitamos?
Venezuela no necesita parches de seis meses que se diluyen ante el primer ajuste de precios. Lo que el país requiere es una reestructuración que desmantele el andamiaje estatista y permita el florecimiento del libre mercado, porque la verdadera mejora en la calidad de vida no vendrá de la generosidad de un burócrata, sino de un escenario donde (a) la competencia atraiga capital, (b) la productividad determine el ingreso y (c) la estabilidad jurídica reemplace la dádiva. El salario no es una variable que algún economista puede determinar con fórmulas o modelos matemáticos en una tabla de Excel, sí es el resultado de la conjunción de los tres puntos ya mencionados. ¿Y qué necesitamos? Simple de decir, tortuoso de aplicar, pero no imposible[6]:
Necesitamos una reforma monetaria y bancaria, porque el salario no puede subir si la moneda es una basura o si no hay crédito. Para ello, podríamos hacer tres cosas —las diré en orden, de más radical y eficaz a menos radical y eficaz, aunque cualquiera infinitamente mejor al escenario en el que nos encontramos actualmente, comprendiendo todo lo que implica cada uno de ellos—:
Ir a un régimen de patrón oro para la moneda nacional, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y donde se separe legalmente los depósitos a la vista —con encaje legal 100%— de los préstamos a la vista —dejando a los bancos determinar por sí mismos qué encaje tendrán para mostrarse “solventes” y responder a sus acreedores—. Asimismo, dar paso al libre intercambio de monedas.
Olvidar el patrón oro, pero yendo a un régimen de libre competencia de monedas, donde el Banco Central se convierta en una cámara de compensación, y… —igual que el punto anterior—.
Dolarizar oficialmente la economía. Algunos economistas pondrán diversas objeciones a esto —de la misma forma que con el punto 1.1. y 1.2.—, pero a esos economistas les digo que vayan a estudiar. Todos los fantasmas que rondan a la dolarización son, simplemente, falsos —empezando por el que dice que se pierde poder para controlar la oferta monetaria, tan solo vean el caso Ecuador—. Y si se va a usar esto de transición para alcanzar el 1.1. o 1.2., mejor aún.
Necesitamos una seria reforma fiscal y tributaria. El Estado actual vive de asfixiar al sector privado que ha quedado reducido tras años de crisis. Esto se traduce en simplificación y reducción de impuestos —empezando por eliminar el IGTF—. El escenario ideal es que se vaya a un régimen de confederaciones y cada municipio compita con sus tasas de impuestos, pero eso en este momento es utópico; en el corto plazo es suficiente con simplificar y reducir impuestos —aunque si se apunta en el mediano plazo a lo segundo, mucho mejor. Al final, ¿No “trabajan” por el bien del trabajador? Pues, no hay nada mejor que eso, ¿O sí? ¿Lo hacemos por parroquias autónomas y con derecho de secesión?—.
Necesitamos una reforma laboral que vea el contrato de trabajo como algo privado entre patrono y empleado. Se debe eliminar la inamovilidad laboral y los costos de despido absurdos —que hacen que el empresario tenga miedo de contratar—. El Estado no tiene por qué meterse en contratos privados, para eso existe el arbitraje en el Derecho —hablando de ello…,
También necesitamos, más que una reforma, una reconstrucción de nuestro sistema legal en distintos ámbitos y niveles de profundidad, todo partiendo del respeto al individuo y la propiedad. Sin ello, nadie querrá invertir en Venezuela. Y si esto viene acompañado de la privatización de todas las empresas en manos del Estado —especialmente de servicios—, mejor. Es más, ese “excedente” que Oliveros quiere quemar en bonos podría ser el capital semilla para la transición hacia servicios privados eficientes, ¿Por qué no?[7].
Solo estas cosas es lo que permitirá alcanzar salarización de los bonos, porque, allí sí estamos de acuerdo: es necesario eliminar la estructura de bonos, el salario debe ser transparente, permitiendo que el trabajador vea su ingreso real y pueda planificar ahorros o créditos. Pero eso no se logra con subsidios, sino con mercado.
En este marco, yo pregunto:
¿Por qué Asdrúbal no propone usar ese excedente de ingresos petroleros para reestructurar el país, llevando a cabo todas las medidas necesarias, apuntando incluso a la dolarización, en lugar de regalar el dinero?
¿Por qué no habla primero de sanear las cuentas públicas, lo cual incluye el despido de trabajadores en nomina del Estado que no hacen absolutamente nada, para después, si acaso se apelará a ello, crear un fondo de reserva para responder a sus pagos mientras se llevan a cabo todas las reformas necesarias para el país?
¿Por qué no ofrece una lista de reformas que puedan sostener una mejor Venezuela y, por tanto, el aumento de salarios del que tanto le gusta hablar?
¿Qué pasará en el mes 7, cuando se deje de dar bonos, una vez que más de 2.4 millones de venezolanos hayan aumentado sus gastos por contar con un ingreso adicional de USD$ 250, pero no se haya creado el escenario para mejorar las cosas en el país?
¿Por qué las personas en general no hablan de atacar problemas de fondo y no los síntomas de un cáncer que ya llegó a los huesos de la sociedad venezolana?
¿Por qué no se propone bajar impuestos y usar los recursos para optimizar el sistema energético nacional, puesto que buena parte de los ingresos de las empresas son robados por el Estado y, por si fuera poco, deben invertir dinero en la autogeneración eléctrica, cisternas de agua y logística de combustible para poder operar en su cotidianidad? ¿Acaso no permitiría esto a los empresarios subir el salario de sus trabajadores por si mismos[8]?
Mantener el silencio ante tales desvaríos es aceptar que la economía venezolana sea reducida a un ejercicio de caridad administrada, y me niego a ello. Por eso, resalto que la propuesta de Asdrúbal Oliveros no es una solución, sino el síntoma de una élite intelectual[9] que, por miedo al cambio radical, o por complacencia con el modelo extractivo, o simplemente por ignorancia, prefiere administrar la agonía con parches antes que defender las reformas que el país reclama. Debemos comprender que si seguimos exigiendo y celebrando aumentos de salarios por decreto y llegadas de bonos efímeros, seguiremos siendo esclavos de la discrecionalidad de un burócrata y de la inflación que algunos “expertos” alimentan. ¡Es suficiente!
[2] Sirva esto de corolario para evidenciar la incapacidad de Oliveros para comprender el escenario venezolano y, en consecuencia, de facto, queda minusválido mucho de lo que pueda decir al respecto.
[3] A esa narrativa, de hecho, se apega cierto sector para decir que “los venezolanos nos estamos matando entre nosotros mismos” y pedir más control estatal para el “perverso comerciante, imperialista, especulador y capitalista” que arremete contra “el pueblo”. Todos ellos, sin embargo, saben de economía lo que sabe mi tortuga mascota de astrofísica.
[4] Eso no te lo dicen el común de los economistas, porque tienden a ser malos lectores y, por consiguiente, se quedan solo con lo enseñado en la universidad —que no se ajusta del todo a la realidad y la eficacia de las herramientas de análisis de los fenómenos económicos queda en entredicho—. Para ilustrar el punto señalado en el párrafo, imagine una economía donde las empresas invierten para automatizar y optimizar procesos de producción, abaratando los costos y, con ello, pudiendo bajar los precios al consumidor, en aras de que pueda vender más. No obstante, si alguna entidad inyecta más dinero a la economía —argumentando, por ejemplo, que es necesario para dinamizarla—, los precios de los productos que antes tenderían a bajar pueden quedarse igual —ni subir, ni bajar—. En este escenario, un economista común, guiándose por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), te diría que “no hubo inflación” en ese periodo de tiempo, y quizá saldría algún político vanagloriándose porque en su gestión “no hubo inflación”, pero nadie está viendo que, al inyectar dinero, los precios que antes iban a bajar ahora se mantuvieron iguales. Ergo, la moneda igual se depreció, pero no “aumentaron los precios”.
[5] Al respecto, ver: Roymer Rivas. 2023. Hiperinflación: un fenómeno incomprendido; respuesta al libro de Pascualina Cursio. Publicado en ContraPoder News. En: https://contrapodernews.com/hiperinflacion-un-fenomeno-incomprendido-respuesta-al-libro-de-pascualina-cursio/ (Cit: 11/04/2026). Desde la sección: “Pascualina, dólar implícito y tasa de cambio”, en adelante. Para el ciudadano común, si ayer un café costaba USD$ 2 y hoy cuesta USD$ 3, su percepción inmediata es “el dólar se infló”, cuando en realidad lo que ocurrió fue que (i) el costo de vida subió en bolívares y (ii) el tipo de cambio no se ajustó en la misma proporción. En este escenario, una inyección de dólares ayuda a reducir el rezago cambiario vía depreciación de la divisa.
[6] Bueno, sí imposible si quienes tienes el poder, sumado a quienes pretenden tenerlo y quienes hacen propuestas limpias de sensatez, siguen por el camino que vienen. Claro está que la supervivencia política de la mayoría depende de que la economía se mantenga igual.
[7] En un marco de transparencia, claro está, que no es el que tenemos ahora. Ergo, para llegar allí también se necesitan llevar a cabo muchos cambios.
[8] En los últimos años, mientras el sector público se quedó estancado en sus salarios, el sector privado, a pesar de la crisis, comenzó a pagar a sus empleados por encima del sueldo mínimo. Esto demuestra que no se necesita del Estado para mejorar la calidad de vida de los trabajadores en Venezuela, más bien todo lo contrario, es un obstáculo que limita a las empresas de explotar su máximo potencial, beneficiando a sus empleados en el camino.
[9] Así convertido por la masa, porque yo no les tengo respeto alguno a sus ideas.
Génesis N. Rodríguez G., economista de la UCV, coordinadora local de EsLibertad Venezuela
“… comparaciones entre países muestran que una reducción en las tasas de fertilidad está claramente relacionada con mayor poder de las mujeres jóvenes cuyas vidas se ven más afectadas por el exceso de cuidado de niños.”
Génesis N. Rodríguez G.
Iniciare este articulo definiendo qué es la tasa de fertilidad total, esta representa la cantidad de hijos que tendría una mujer si viviera hasta el final de sus años de fertilidad y tuviera hijos de acuerdo con las tasas de fertilidad actuales específicas por edad. Un punto central para comentar es que el desarrollo necesita el uso simultáneo de muchas instituciones. Como lo señaló Adam Smith, existen buenas razones para recordar que «por muy poco gasto que el público esté dispuesto a dar, se puede promover e incluso imponer sobre la mayoría de gente la necesidad de adquirir los elementos más esenciales de la educación». La educación básica, en particular la femenina, está asociada con muchos cambios sociales, especialmente la reducción de mortalidad infantil y una rápida caída en las tasas de fertilidad.
Este último hecho es una prueba importante del papel de la libertad, que nos recuerda la confrontación entre los argumentos de Condorcet (prolibertad) y Malthus (antilibertad) hace unos 200 años. Condorcet, el matemático francés y pensador de la ilustración, fue quien primero propuso la posibilidad de que el tamaño de la población podría «superar sus medios de subsistencia». La expresión de Malthus de este miedo vino más tarde, citandola Condorcet. Pero Condorcet avanzó en su argumentación diciendo que esto podría ocurrir porque se escogerían libremente tasas de fertilidad menores, resultantes de mejor educación (incluyendo educación femenina) y «el progreso de la razón». Malthus, sin embargo, rechazó totalmente el argumento e insistió que nada diferente a medidas obligatorias haría que la gente redujera sus tasas de fertilidad.
En la actual escuela malthusiana existe una tendencia a enfatizar cambios a algunos puntos de vista de Malthus, pero su incredulidad en las fuerzas del razonamiento y la libertad, a diferencia de la fuerza de las obligaciones económicas, en llevar la gente a escoger familias menores, permanece inmodificado. De hecho, en uno de sus últimos trabajos, publicado en 1830 (Malthus murió en 1834) él insistió en su conclusión que «no hay razón para suponer que además de las dificultades de proveer totalmente las necesidades básicas de vida se debe evitar que numerosas personas se casen tempranamente o se les imposibilite cuidar la salud de las familias más numerosas» (Malthus [1830] 1982: 243).
Este debate en particular no es difícil de establecer empíricamente. No sólo las tasas de fertilidad se reducen con el tiempo, además «el progreso de la razón en el desarrollo de una nueva norma de familias más pequeñas ha jugado un papel mayor en esta evolución». Es más, comparaciones entre países muestran que una reducción en las tasas de fertilidad está claramente relacionada con mayor poder de las mujeres jóvenes cuyas vidas se ven más afectadas por el exceso de cuidado de niños. Esta lección emerge claramente también de comparaciones entre cientos de distritos de la India. No es sorprendente que la educación de las mujeres y el acceso al empleo, que incrementa su poder de decisión en las familias, emergen como las dos más grandes influencias en la reducción de la fertilidad. A pesar de que la tasa de fertilidad de toda la India, incluso después de una reducción de 6 niños por pareja a 3, es todavía muy alta respecto a un nivel de sostenimiento mínimo de dos por pareja, es interesante e importante resaltar què muchos distritos han reducido las tasas de fertilidad a niveles como el de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia o China.
Las disminuciones de fertilidad en las provincias de Kerala, Tamil Nadu y Pradesh Himachal de la India están relacionadas claramente con mayor capacidad de decisión de las mujeres, que a su vez se relaciona con la rápida promoción de la educación en las mujeres y otras influencias en el estatus y la participación de las mujeres jóvenes. Otro ejemplo interesante es Bangladesh, donde una rápida reducción en las tasas de fertilidad pareció estar asociada con la expansión de las oportunidades de planeación familiar, mayor inclusión de las mujeres en la actividad económica (por ejemplo, a través de microcréditos) y una mayor discusión pública sobre la necesidad de cambiar el patrón existente de disparidades de género. Todas estas influencias, incluyendo el papel de instituciones de planificación, ayudan a las mujeres jóvenes a adquirir mayor libertad productiva, y contribuye al ascenso social de la mujer. La expansión del papel de la mujer en la sociedad de Bangladesh ha sido ampliamente reconocido. La tasa de fertilidad disminuyó de 6,1 a 3,4 un una década y media (entre 1980 y 1996) y continúa bajando fuertemente; a principios del año 2000 estaba un poco por encima de 3 niños por pareja. Todo esto ha ocurrido sin ninguna medida coercitiva, y sólo mediante mayor libertad social, especialmente sobre las mujeres.
Un contraejemplo puede ser la China que ofrece evidencia positiva de los buenos efectos de medidas coercitivas sobre la planificación familiar (por ejemplo, la política de «un niño por familia»). Es necesario hacer más estudios sobre los detalles de la experiencia china, pero, a nivel agregado, la disminución de la fertilidad ha sido clara. La pregunta relevante ahora es si una disminución similar se habría presentado sin la necesidad de medidas coercitivas, por los éxitos de China en la educación femenina y en el empleo.
El estado indio de Kerala, donde la educación femenina también ha aumentado muy rápidamente pero donde no hay medidas de planificación familiar coercitivas, también experimentó una disminución significativa en las tasas de fertilidad. De hecho, la expansión de la educación femenina en Kerala fue más rápida que en China, así como la caída en la tasa de fertilidad, ya para 1979, cuando la China introdujo su política de «un niño por familia». La tasa de fertilidad cayó de 2,8 a 2,0 entre 1979 y 1991; durante el mismo período la tasa en Kerala cayó de 3,0 a 1,8. Las tasas de fertilidad han continuado disminuyendo en ambas regiones, pero la tasa de Kerala siempre está por debajo en todo el período. Además, como esta caída provino de procedimientos de libre elección en lugar de coercitivos, la mortalidad infantil ha continuado cayendo más que en China: a pesar de que la tasa de mortalidad infantil era básicamente la misma en 1979, ahora es el doble en China y mucho mayor para niñas. Así, tanto la efectividad como aspectos humanitarios son argumentos para hacer que la disminución en las tasas de fertilidad se base en más y no en menos libertades.
El valor de Tasa de fertilidad, total (nacimientos por cada mujer) en Venezuela fue 2.23 en 2020. Durante los últimos 60 años este indicador ha alcanzado un valor máximo de 6.36 en 1960 y un valor mínimo de 2.23 en 2020, lo que nos indica que las medidas tomadas durante estos últimos años han dado su fruto positivo, esperamos las medidas coercitivas sigan mejorando e incrementando.
Andrea Peña, politóloga egresada de la Universidad de Carabobo (UC) con un diplomado en Gobernabilidad e Innovación Pública de la UCAB. Además, posee conocimiento de primera instancia con proyectos sociales en comunidades vulnerables.
“Suiza demuestra que la soberanía no se defiende solo con armas, sino con una infraestructura social y una identidad política que convierte la neutralidad en un activo estratégico para todo el planeta.”
Andrea Peña
Suiza representa una anomalía exitosa en el sistema internacional de Estados: mientras que la mayoría de las naciones han buscado seguridad a través de alianzas colectivas —como la OTAN— o la hegemonía regional, Suiza ha construido su existencia sobre la base de la neutralidad perpetúa. Sin embargo, esta neutralidad no es un vacío de poder, sino un constructo teórico y práctico profundamente complejo.
A continuación analizaremos el «Caso Suizo», sustentado en autores clásicos y contemporáneos, evaluando su capacidad de defensa, su rol diplomático y los desafíos que enfrenta en el presente siglo.
El fundamento jurídico-filosófico: Emer de Vattel y el Derecho de gentes
Para entender a Suiza, es necesario retroceder al jurista suizo Emer de Vattel (1714-1767), cuyo tratado Le Droit des gens —el Derecho de gentes— es la piedra angular de la neutralidad moderna. Vattel argumentaba que la neutralidad no es una renuncia a la soberanía, sino un ejercicio supremo de la misma. Según su teoría, una nación tiene el derecho natural de permanecer en paz mientras otros están en guerra, siempre que mantenga una imparcialidad estricta.
A juicio de Vattel, la neutralidad es un derecho, es decir, el Estado neutral tiene derecho a no ser invadido y a continuar su comercio con las partes en conflicto. Si bien, Vattel sostiene que la neutralidad solo es respetada si el Estado demuestra la voluntad de defender su territorio. De allí el origen de la «neutralidad armada» de Suiza, quien no pide la paz, sino que la impone en sus fronteras a través de la disuasión.
Perspectiva realista: Kenneth Waltz y la «Autoayuda» (Self-Help)
Desde la teoría del Realismo Estructural, autores como Kenneth Waltz sostienen que el sistema internacional es anárquico y que los Estados deben confiar en su propia capacidad para sobrevivir (self-help). Suiza es el ejemplo perfecto de esta teoría aplicada, pues la estrategia militar suiza, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, se basó en el concepto del Réduit National. La lógica realista dicta que un invasor no se detiene por tratados, sino por un análisis de costo-beneficio.
También, destaca el hecho de que Suica cuenta con un terreno alpino que fue transformado en una fortaleza natural —puentes, túneles y carreteras clave están minados por diseño— y, basado en el ideal republicano de Jean-Jacques Rousseau, quien elogiaba la figura del «ciudadano-soldado», mantiene un ejército donde la población civil es la fuerza combatiente. Esto constituye un efecto disuasorio muy fuerte, pues invadir Suiza necesitaríam además de derrotar a un ejército profesional, ocupar cada hogar de una población armada.
El constructivismo y la identidad: Laurent Goetschel
El autor contemporáneo Laurent Goetschel, experto en política exterior suiza, ofrece una visión desde el Constructivismo. Para Goetschel, la neutralidad no es solo una herramienta de seguridad, sino el núcleo de la identidad nacional suiza. En un país con cuatro idiomas oficiales —alemán, francés, italiano y romanche— y una profunda división religiosa histórica, la neutralidad hacia el exterior actúa como el pegamento que evita que Suiza se fracture por las lealtades de sus ciudadanos hacia las potencias vecinas (Alemania, Francia o Italia). «La neutralidad suiza es un instrumento de cohesión interna antes que una política exterior», sugiere Goetschel.
Funcionalismo y los «buenos oficios»: Suiza como potencia protectora
Desde la teoría del Funcionalismo, el valor de un Estado en el sistema internacional se mide por la función que desempeña. Suiza ha profesionalizado su neutralidad a través de los «Buenos Oficios». Como reporta Swissinfo, Suiza actúa bajo el mandato de «Potencia Protectora». Este rol permite que la comunicación internacional no se colapse totalmente durante las crisis. Además, es necesario señalar que Suiza representa a EE. UU. En Irán desde 1980 y a Rusia en Georgia desde 2008.
Todo esto no significa, sin embargo, que Suiza esté aislada, pues su neutralidad es bastante activa: utiliza su estatus para ser la sede de organismos como la Cruz Roja Internacional y la ONU en Ginebra, convirtiéndose en el «terreno neutral» donde la diplomacia global es posible.
La fortaleza subterránea: teoría de la defensa total
La seguridad suiza se apoya en una infraestructura civil sin parangón en el mundo. Respondiendo a la Teoría de la Defensa Total, el país ha integrado la supervivencia civil con la estrategia militar. Como señala Escudo Digital (2023), Suiza es el único país con capacidad de búnkeres para proteger a más del 100% de su población. Cuenta con más de 360,000 refugios privados y públicos. Esta «arquitectura de supervivencia» comunica a cualquier agresor potencial que una campaña de bombardeos o incluso un ataque nuclear no lograrían quebrar la voluntad del Estado, ya que el mando político y la población civil pueden operar bajo tierra durante meses.
Desafíos contemporáneos: ¿El fin de la Neutralidad?
El conflicto en Ucrania en 2022 y la evolución de la seguridad europea han puesto a prueba el modelo suizo. Según análisis de la BBC y La Razón, Suiza se enfrenta a una presión sin precedentes para alinearse con la arquitectura de seguridad occidental. Por ejemplo, está el tema de las sanciones económicas: al adoptar las sanciones de la Unión Europea contra Rusia, Suiza ha caminado por la «delgada línea roja» mencionada por juristas como Bruno Simma. ¿Puede un país ser neutral si participa en una guerra económica? La postura oficial de Berna es que la neutralidad es militar, pero no moral ni económica frente a violaciones flagrantes del derecho internacional.
Además, está la cooperación con la OTAN: aunque Suiza no es miembro de la OTAN, su participación en la «Asociación para la Paz» indica un realismo pragmático. Como explica La Razón, Suiza sabe que, en un conflicto continental a gran escala, su seguridad depende de la estabilidad de sus vecinos. Esto ha llevado a debates internos sobre si la neutralidad absoluta es un lujo del pasado o una necesidad del futuro.
La síntesis del modelo suizo
El éxito de Suiza no es fruto del azar geográfico, sino de una aplicación rigurosa de principios teóricos que han evolucionado desde el siglo XVIII. El modelo se resume en tres pilares: imparcialidad de Vattel, la disuasión de Waltz y la identidad de Goetschel ha creado un Estado que es demasiado útil para ser atacado y demasiado costoso para ser invadido. Suiza demuestra que la soberanía no se defiende solo con armas, sino con una infraestructura social y una identidad política que convierte la neutralidad en un activo estratégico para todo el planeta. En un mundo que vuelve a la lógica de bloques, el «puente suizo» sigue siendo una pieza indispensable, aunque cada vez más difícil de equilibrar, en el tablero de la política internacional.
Si la neutralidad nació para proteger al Estado de las guerras de religión y de las ambiciones dinásticas europeas, ¿cómo debe transformarse este concepto en una era de ciberguerra e interdependencia económica total, donde las fronteras físicas —incluso las de los Alpes— son cada vez más porosas?
Referencias bibliográficas
Goetschel, L. (2011). Neutrality as an Identity Marker: The Case of Switzerland. Routledge.
Rousseau, J.-J. (1762). El Contrato Social.
Simma, B. (1999). NATO, the UN and the Use of Force: Legal Aspects. European Journal of International Law.
Vattel, E. de. (1758). Le Droit des gens; ou, Principes de la loi naturelle.
Waltz, K. N. (1979). Theory of International Politics. McGraw-Hill.
María José Salinas, comunicóloga y especialista en relaciones públicas. Desde hace más de siete años impulsa las ideas de la libertad con una visión emprendedora, además de promover el empoderamiento femenino a través de proyectos y espacios de liderazgo. Su trabajo combina estrategia, comunicación y una defensa auténtica del individualismo y la acción personal, siendo líder del capítulo Guanajuato, México, de Ladies of Liberty Alliance (LOLA)
“Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.”
María José Salinas
Hay una mentira que se ha repetido hasta el cansancio y ya suena como verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad. Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos” … lo dicen con tal convicción que dudar de ello casi parece un acto de mala fe. Pero esa seguridad absoluta es justamente lo que debería ponernos en alerta, porque apropiarse del lenguaje de la libertad no es lo mismo que defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa: vender libertad en las palabras y estrangularla en los hechos.
La verdadera libertad, esa que incomoda, la que no pide permiso, nunca salió del colectivismo, sino que nació de una idea simple y radical: cada individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo vieron con una claridad que hoy muchos prefieren ignorar; si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es solo un favor que te hace el poder.
Por eso la libertad no se puede partir en pedazos. No puedes exigir control absoluto sobre tu cuerpo y al mismo tiempo aceptar que el Estado te quite, como si nada, el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras decretas qué opiniones son aceptables y cuáles merecen cancelación. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, inflar el Estado hasta convertirlo en el gran tutor, juez y carcelero de la vida ajena.
La libertad auténtica es indivisible, y eso es lo que más les molesta. Les molesta a los progresistas porque les obliga a soltar su vicio favorito: meterse en la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también le molesta a cierta derecha que todavía cree que puede legislar la moral privada desde el Congreso.
El cuento oficial es demasiado conveniente: izquierda = liberación; derecha = opresión. Y millones lo repiten sin tomarse la molestia de revisar la historia. Pero eso pasa porque saben que la historia no perdona. El Che y Fidel hoy convertidos en camisetas fashion persiguieron, metieron a la cárcel y mandaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba, se fusilaba o se enviaba al gulag. Y no era la excepción a la regla, era el resultado lógico de darle poder absoluto a quien se cree poseedor de la verdad.
Cuando el poder se concentra tanto, la libertad deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio que te pueden quitar cuando les dé la gana. Y hoy ese proceso ya no necesita disfraces; en Cuba, Venezuela y Nicaragua el progresismo se quedó sin eufemismos: el que piensa diferente es reprimido, censurado o encarcelado por el sistema, sin rodeos.
Mientras tanto, el circo sigue. Artistas, influencers y activistas llegan de países con economías más o menos abiertas se hospedan en hoteles emblemáticos de lujo como el Nacional, el Meliá o el Bristol Habana Vieja con piscinas, aire acondicionado y luces que nunca se apagan, y usan los mismos recursos (agua, electricidad, comida y combustible) que el régimen debería destinar a la población. Todo esto mientras Cuba atraviesa una de las peores crisis humanitarias en décadas: apagones masivos que han dejado a millones sin luz por 12, 16 o hasta más de 20 horas, alimentos que se pudren sin refrigeración, colas eternas para un pedazo de pan y una escasez de combustible que ya tiene al país al borde del colapso.
Desde su burbuja climatizada, posan para Instagram y luego le exigen “resistencia” y “soberanía” al cubano de a pie que lleva más de sesenta años aguantando la misma tiranía, y que ahora, en pleno 2026, apenas sobrevive entre velas, hambre y oscuridad.
Es facilísimo defender el socialismo cuando no eres tú quien paga el precio… y cuando tu habitación de lujo tiene generador propio mientras la gente común cocina con leña o carbón.
Ese contraste no es una simple anécdota, es la radiografía moral del progresismo contemporáneo: más apegado a su narrativa que a la realidad, más interesado en mantener su aura de superioridad ética que en reconocer los hechos que le estallan en la cara.
En México la trampa es aún más fina y cínica. Se habla de más gasto público, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente importante el Estado de derecho sigue brillando por su ausencia. No faltan leyes, faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas bonitas, sobran incentivos torcidos.
Al final, tanto el paternalismo progresista como el moralismo conservador comparten el mismo pecado de fondo: no confían en el individuo. Uno quiere criarlo con subsidios y el otro vigilarlo con prohibiciones. Los dos terminan asfixiándolo.
Por eso la frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso, sino una contradicción en los huesos. La libertad no se divide. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.
Mientras México siga atrapado en esa falsa pelea izquierda-derecha, seguiremos dando vueltas en el mismo hoyo. El verdadero cambio no llegará cambiando de partido. Llegará cuando por fin cambiemos las ideas que nos han llevado al fracaso una y otra vez.
Los países que sí avanzaron Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia no lo hicieron concentrando más poder, sino liberando al individuo. Los resultados saltan a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el espejo más cruel de lo que pasa cuando se lleva la idea contraria hasta el final.
México no necesita más gobierno, sí menos ilusión. Necesita entender de una buena vez que la libertad no se pide, se ejerce; que los derechos no se negocian por subsidios; y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.
«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo ya sea una raza, una clase o un Estado. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”, expresó Ayn Rand en una oportunidad.
El problema de fondo nunca ha sido solo quién gana las elecciones. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con una crudeza brutal. Es tiempo de que como ciudadanos tomemos la responsabilidad del futuro de nuestros países. Leer, cuestionar e informarnos debería ser obligación y regla para ejercer un voto consciente y con la responsabilidad que ello implica.
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