La justicia que no llega: cuando las regiones se adelantan al Estado

Julián Ramírez, asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica, politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra

El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas.

Julián Ramírez

En Colombia, la desconfianza hacia el aparato judicial ha dejado de ser un murmullo para convertirse en un clamor colectivo. Para el ciudadano común, el sistema parece moverse entre rebajas de pena, libertades anticipadas y vencimientos de términos que, en la práctica, se perciben como premios a la impunidad. Mientras tanto, en las orillas del Estado, allí donde la institucionalidad llega tarde o no llega, resurgen formas comunitarias de resolución de conflictos que, con todos sus matices y riesgos, a menudo producen más orden que el propio ordenamiento jurídico. Este contraste, incómodo pero innegable, revela un divorcio profundo: por un lado, el lenguaje solemne de la ley; por otro, la experiencia cotidiana de una justicia que, ante la ausencia estatal, termina resolviéndose por mano propia. Y esto no ocurre solo en la periferia rural, sucede, de manera cada vez más visible, en el mismísimo corazón del centralismo: Bogotá.

Cabe señalar que no se trata de negar los avances normativos ni de idealizar la informalidad. Se trata de admitir que el modelo centralista luce exhausto. Colombia es un país pluricultural y plurirregional, sin embargo, ha pretendido administrar justicia con una plantilla única, diseñada desde y para un centro que con frecuencia desconoce las periferias. La imagen es tosca, aunque útil: tratamos de vestir un cuerpo continental con un traje europeo de talla estándar; el resultado es torpeza, parálisis y frustración generalizada.

Nuestro sistema, diseñado bajo parámetros homogéneos, ignora la diversidad de legitimidades que conviven en el territorio. En Bogotá, por ejemplo, se debaten protocolos de justicia restaurativa en seminarios bienintencionados; en contraste, comunidades afro del Chocó han practicado durante generaciones formas eficientes de reparación y reintegración, y en la Amazonía los pueblos indígenas sostienen nociones de justicia profundamente vinculadas al entorno y a la recomposición del tejido social, no al mero castigo.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué insistir en un único modelo cuando el país exhibe realidades tan disímiles? No se trata de un elogio a la informalidad por sí misma, sino de un llamado a reconocer lo que ya funciona y a integrarlo dentro de un marco constitucional que lo regule y lo potencie.

Álvaro Gómez Hurtado habló de la “presencia diferenciada del Estado” para describir una nación donde la autoridad no llega igual a todas partes. En vastas zonas rurales, esta realidad se expresa en un dato crudo: cuando a un campesino le usurpan su tierra, su primer recurso no es un juzgado; acude a quien ejerce autoridad efectiva en el territorio. Durante décadas, en numerosos municipios, esa autoridad ha sido un comandante guerrillero o un jefe paramilitar.

¿Por qué ocurre esto? Porque al intentar resolverlo por vías institucionales, se le exigirían escrituras, planos y folios en una Colombia con altísimas tasas de informalidad en la propiedad. El pleito se eterniza, la violencia escala y la convivencia se rompe. En cambio, le guste o no al observador, el actor armado resuelve en horas lo que el despacho judicial tramitaría en años. No es un ideal: es la expresión brutal de un vacío estatal. La respuesta no puede ser romantizar la violencia, pero tampoco negar el fenómeno: sin justicia accesible y oportuna, la gente busca juez donde lo haya.

Este mismo patrón se replica en contextos urbanos. En barrios como Ciudad Bolívar, Kennedy o Bosa, cuando la delincuencia se desborda, los vecinos no esperan pasivamente, sino que forman “vigías” o “frentes de seguridad”, aplican castigos expeditivos a presuntos vándalos o ladrones y, en casos extremos, recurren a la llamada “limpieza social”. No se trata de anécdotas aisladas, sino de la expresión urbana del mismo vacío que, en el campo, alimenta a los “comandantes”. Aquí, el juez de facto no es un actor armado, sino la turba enardecida o grupos organizados de vecinos desesperados.

Hay ejemplos que el debate oficial suele soslayar por su carga polémica. En zonas de Urabá y del norte de Córdoba, comunidades han ejercido sanciones ejemplares contra agresores violentos: desde trabajos comunitarios hasta mecanismos de vigilancia social y reparación directa a las víctimas. No es un sistema perfecto —ninguno lo es— y conlleva riesgos de arbitrariedad. Aun así, para muchas de estas comunidades, los resultados son tangibles: menos extorsión, mayor seguridad nocturna y disuasión efectiva.

En Castilla, corregimiento del norte de Córdoba, un delincuente reincidente fue juzgado públicamente y condenado a reparar caminos vecinales. Meses después, la comunidad reportaba una sensación de mayor seguridad; el sancionado, bajo supervisión social, se había reincorporado a labores productivas. ¿Garantiza esto la ausencia de abusos? No. ¿Muestra que la comunidad, cuando se organiza, puede generar orden donde el Estado ha sido errático? Indiscutiblemente sí.

La diversidad jurídica no implica caos. Nigeria reconoce sistemas consuetudinarios junto a tribunales estatales. Guatemala admite la justicia maya en ámbitos comunitarios. Incluso en Somalia, tras el colapso estatal, el derecho consuetudinario (Xeer) mantuvo cierta paz local en territorios huérfanos de gobierno central. No se trata de copiar modelos, sino de aceptar un principio elemental: la unidad nacional no exige uniformidad absoluta.

Por ello, vale la pena discutir sin eufemismos un federalismo judicial por regiones culturalesAndina, Caribe, Pacífica, Amazonía, Orinoquía e Insular— con autonomía regulada para adaptar procedimientos, sanciones y prioridades. No es carta blanca, sino elasticidad responsable.

  1. La Constitución como techo y piso: derechos fundamentales inamovibles.
  2. Asambleas legislativas regionales con competencia en materia penal y penitenciaria.
  3. Cortes regionales con jueces formados en prácticas locales.
  4. Coordinación interregional para criminalidad transfronteriza.
  5. Sistemas penitenciarios diferenciados, con énfasis en penas alternativas donde el encarcelamiento masivo ha fracasado.

Polémicas que debemos enfrentar

  1. “¿No legitima esto la justicia por mano propia?” No. Se trata de dotar de marco jurídico a prácticas comunitarias que ya existen, evitando excesos y garantizando derechos.
  2. “¿No habrá disparidades intolerables?” Las hay hoy, solo que clandestinas y sin control. Un federalismo judicial serio visibiliza, regula y somete a estándares mínimos esas diferencias.
  3. “¿No se abrirá la puerta a castigos degradantes?” Cláusulas pétreas deben prohibir torturas y tratos crueles. La autonomía no es sinónimo de barbarie.

Conclusión: la justicia no espera al Estado

El centralismo judicial prometió igualdad; entregó indiferencia. Las regiones, con todas sus tensiones, ya están buscando soluciones. El deber del Estado no es aplastarlas: es encauzarlas. Como dijo Alirio Pineda, campesino de la Sierra Nevada, con sabiduría sencilla: “Durante siglos nos han dicho cómo debemos resolver nuestros conflictos, pero quienes nos lo dicen no resuelven los suyos”.

El debate está servido. Negarlo es condenarnos a repetir los mismos errores, mientras el clamor por justicia continúa creciendo en la periferia de un Estado que aún no decide escuchar.

Tres madres de rehenes políticos fallecieron apenas sus hijos fueron liberados

Caracas. – Tres madres de tres rehenes políticos que fueron liberados esta semana en Venezuela, apenas tuvieron horas para ver sus hijos libres, ya que fallecieron casi simultáneamente, tras haber sufrido los rigores del sufrimiento y de las vigilias que realizaron frente a los centros de detención y tortura.

Son los casos de Carmen Dávila, Yarelis Salas y Omaira Navas, quienes sufrieron serias complicaciones médicas, a raíz del esfuerzo que realizaron para exigir las excarcelaciones de sus hijos.

En el caso de Carmen Dávila, de 90 años, ya se encontraba hospitalizada cuando su hijo, el doctor Jorge Yéspica Dávila, detenido durante más de un año en Aragua por el «delito» inventado por la dictadura de «incitación al odio», fue liberado. La dama, en cama, no pudo ni siquiera enterarse de la excarcelación. Sufrió una crisis relacionada con la presión arterial que obligó a su hospitalización. Cuando Yéspica logró llegar al centro médico, su madre ya se encontraba inconsciente, y murió el pasado jueves 22 de enero.

También, un día antes, el 21 de enero, ya había perecido Yarelis Salas, de 39 años, tras sufrir un infarto luego de participar en una vigilia frente al Centro Penitenciario de Aragua (Tocorón).

Su hijo, Kevin Orozco, fue excarcelado cuatro días después, gracias a una súplica de varias ONG y dirigentes sindicales, quienes pidieron la libertad del joven para que pudiera despedirse de su madre.

A pesar de la liberación, para Orozco ya era demasiado tarde. Su madre fue víctima del dolor y la impotencia, mientras aguardaba en una vigilia frente al citado penal, reclamando por la libertad de su hijo.

El caso más reciente es del Omaira Navas, ocurrido este pasado martes 27 de enero. Navas era madre del periodista Ramón Centeno, quien fue excarcelado el 14 de enero. Según lo denunció el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP), Centeno salió en silla de ruedas del penal, debido a las severas complicaciones de salud que padeció.

La mujer falleció luego de sufrir un accidente cerebrovascular (ACV), condición que se vio agravada luego de los años que soportó durante la injusta encarcelación de Centeno, de cuyo decaimiento tras las rejas fue testigo.

Los tres casos, ocurridos en menos de una semana, han generado fuerte impacto en la opinión pública venezolana. Portales informativos, redes sociales, ONG y defensores de los Derechos Humanos han tomado los casos de Dávila, Salas y Navas como una alerta, ante los desmanes que ha logrado hacer la Narcotiranía chavista en contra de las familias de quienes los adversan.

Entre 20 y 22 liberaciones de rehenes políticos han confirmado dos ONG hasta el momento

Caracas. – Entre 20 y 22 liberaciones de rehenes políticos en todo el país fueron confirmadas este miércoles por las ONGs Foro Penal y Comité para la Liberación de Presos Políticos (CLIPPVE), respectivamente.

Foro Penal confirmó este miércoles 20 nuevas excarcelaciones en Venezuela, con lo que elevó a 297 su cifra de casos verificados desde el inicio del proceso de liberaciones, anunciado por la líder encargada del narcorégimen chavista, Delcy Rodríguez, el pasado 8 de enero.

El director presidente de la organización, Alfredo Romero, informó en X que han verificado «20 nuevas excarcelaciones», de las cuales 15 son de ciudadanos venezolanos y 5 extranjeros.

Igualmente, Romero detalló que 19 de las liberaciones tuvieron lugar en la cárcel El Rodeo I, en el estado Miranda (norte), y las restantes en la región de Amazonas (sur, en la frontera con Brasil y Colombia).

Mientras, CLIPPVE  informó este miércoles que contabilizan 22 liberaciones, realizadas desde la noche del martes 27 de enero en la cárcel de El Rodeo I (Miranda). Entre los liberados, según la organización que monitorea detenciones y desapariciones forzadas, figuran cinco ciudadanos extranjeros cuyos datos están siendo verificados por las ONGs.

El anuncio inicial de CLIPPVE detalló ocho nombres confirmados de los 22 liberados: Jorge Granados, Víctor Manuel Seijas, Yosmar José Tabares Marín, Diego Mejías, Keberth Barceló, Luis Chirinos, Douglas Merchán y Kevin Leonardo Álvarez.

Cabe señalar que estas personas eran parte de un grupo de presos políticos que los familiares aguardaban en un campamento instalado fuera del penal desde hace unos 20 días, en una vigilia permanente por la libertad de sus seres queridos.

Se incendió sorpresivamente sede del CNE en Caracas

Caracas. – Un conato de incendio en la sede principal del Consejo Nacional Electoral (CNE), ubicada en Caracas, se registró durante la noche de este pasado martes sin que se conozcan, todavía, las razones del siniestro y el alcance de los daños provocados.

El hecho inicio pasadas las 10:00 pm, y se reportó en diversas redes sociales. En algunas imágenes se puede apreciar humo saliendo de algunas ventanas y siendo atendido por las autoridades y funcionarios militares.

Hasta el momento ningún organismo oficial se ha pronunciado sobre lo ocurrido. Sin embargo, según los Bomberos de Caracas el fuego se habría originado por una sobrecarga en un sistema de aire acondicionado dentro de las instalaciones.

El organismo explicó que la alerta temprana permitió una rápida actuación de los funcionarios, lo que evitó la propagación de las llamas hacia otras áreas del edificio. Tras sofocar el incendio, se realizaron labores de enfriamiento para descartar nuevos focos.

Posteriormente, los efectivos iniciaron las investigaciones correspondientes para determinar con precisión las causas del incidente. Tampoco se ha precisado el alcance de los daños causados por las llamas, lo cual avivó todo tipo de especulaciones en las redes sociales al respecto, justo en medio del clima de tensión con EE. UU., y cuando diversos actores políticos del país se encuentran exigiendo la celebración de elecciones presidenciales luego de la captura de Nicolás Maduro.